A finales de la década de 1950, cuando el régimen franquista había alcanzado una notable estabilidad política y económica, comenzaban a surgir entre algunos de sus principales dirigentes importantes reflexiones acerca del futuro de España una vez desapareciera Francisco Franco. Una de las más significativas fue la extensa carta privada que José Antonio Girón dirigió al Jefe del Estado, convertida hoy en un valioso documento para comprender los debates internos del franquismo sobre la institucionalización del régimen.
Lejos de cuestionar la figura del Caudillo, Girón manifestaba una profunda preocupación por la excesiva dependencia que el Estado mantenía respecto a la autoridad personal de Franco. En su análisis sostenía que la tranquilidad del país descansaba casi exclusivamente sobre la confianza depositada en el Jefe del Estado y advertía que esa situación generaba incertidumbre sobre el futuro. Su conclusión era clara: «el sistema jurídico sobre el que el Movimiento reposa tiene unos fallos que le impiden perpetuarse».
A partir de esta premisa, el autor defendía la necesidad de reforzar jurídicamente el Movimiento Nacional, dotarlo de mayores garantías legales y consolidar instituciones permanentes capaces de asegurar la continuidad política del Estado, preservando los principios surgidos del 18 de Julio y evitando que la sucesión pudiera abrir una etapa de inestabilidad. La carta constituye, por ello, uno de los testimonios más relevantes del pensamiento político interno del franquismo durante su proceso de institucionalización.
Excelencia:
Tengo que pedir excusas a S. E. con el mayor respeto por permitirme una confianza que nace primeramente de veinte años de servicio a sus órdenes, en la guerra primero y después en la paz; y en segundo lugar que nace de una constancia entrañable en el afecto, en la obediencia y en la admiración que hacia S. E. siento. La confianza consiste en dirigirme a S. E. privadamente y consiste también en hacerlo a mano, a riesgo de darle un mayor trabajo pero con la seguridad de que no queda rastro de esta carta, por otro lado sin importancia por ser mía, pero en la que quiero volcar sinceridades que no deben trascender.
Quisiera que esta carta fuera como un espejo limpio que devolviera a S. E. la imagen de una realidad española verdadera o falsa (que también lo falso puede ser real); una realidad que se expresa en un conjunto de hechos, reacciones, gestos, frases, reflejos que acaban por constituir, al cabo de veinte años, la fisonomía del país y su expresión frente a la Historia presente, frente a la historia futura y frente a S. E.
Si esta carta no refleja exactamente lo que acontece, reflejará exactamente lo que a mí me parece que los españoles creen que acontece. Y considero un deber el entregarle a S. E. aquella imagen recogida por mí con limpieza y con honradez. Esta imagen es, en suma, lo que suele llamarse «la opinión pública», y como esa opinión está, a menudo, formada por elementos falsos, como he advertido antes, resultaría peligroso tomarla como base firme de actuación (que es lo que conduce a ciertas democracias a la catástrofe) aunque no sería prudente desdeñarla como lo que es: pura información.
Hay un sonsonete que domina, como un fondo monótono y permanente, el panorama español. Este sonsonete es el de que «cómo va a conservarse esto después de Franco». Cuando el español dice esto alude a un conjunto de cosas que él considera conquistas; alude, en suma, al Movimiento y, de una manera más vaga pero cierta, también alude a España puesto que estima que España vive, existe y alienta, gracias al Movimiento. El español vive intranquilo, o le han hecho intranquilizarse, sobre la incertidumbre del futuro de sus hijos y del futuro de su patria y contempla con un poco de asombro el hecho de que pequeños accidentes, minúsculos si se comparan con lo que es capaz de resistir un país fuerte, descomponen, enervan y hasta «histerizan» el ambiente español.
Semejante estado de ánimo, exasperado por el soplo enemigo, se proyecta, además, sobre una falta de continuidad en el futuro que el español quiere ver y que le conduce hacia el derrotismo. La oscuridad de este futuro aumenta la angustia, como la oscuridad material aumenta el miedo. Sin ninguna causa visible de ilusión, de estabilidad, de tarea para el porvenir, la impresionabilidad, la vehemencia, la inconstancia características de nuestro pueblo, se inclinan hacia lo catastrófico, entran en la vertical de la decepción y se dejan ganar por cualquier pesimismo inoculado.
Es entonces cuando los molinos se hacen gigantes, cuando cualquier pequeña imperfección, cualquier incomodidad, cualquier deficiencia de las muchas que la vida diaria presenta en cualquier país, se convierte, para los españoles, sumidos en el pesimismo, en insoportables cargas y en la revelación de que caminamos inexorablemente hacia un abismo. Proliferan entonces, sobre el terreno así preparado, la calumnia, la murmuración. No hay hecho minúsculo o inocente que no se convierta en síntoma de corrupción, no hay honra que aguante ni prestigio que se tenga en pie y la ola de la maledicencia avanza y acaba por ganar al pueblo, ingenuamente dispuesto, que se lanza a la lamentación al grito de «¿qué va a pasar cuando nos falte Franco?».
La juventud, por su parte, abiertos los ojos a la curiosidad, con ansias naturales de crecimiento, nacida ya en su alma la esperanza de intervenir algún día en la vida pública española, al tiempo que participa, contrariando su tendencia natural al optimismo, del estado de ánimo general, observa un clima de fraude que evidentemente empieza a matizar la vida nacional y que se hace más visible a la pureza de los ojos juveniles. Observa que un mundo, cada vez más poblado, en el que la clase dirigente habita, vive sobre un sistema de fraude. Un ansia de vida mejor (que sería lícita servida por medios lícitos) conduce a millares de espa
ñoles a buscar el fraude como sistema complementario de vida, como aditamento de un sueldo o de un ingreso fijo que considera insuficiente para alcanzar un nivel de vida al que le emulan, no pocas veces, personajes muy destacados en la vida española. Y la juventud, ansiosa de ejemplo, acaba por dar ella misma el ejemplo de su repulsión primero y de su rebeldía después, porque la juventud, por su propia naturaleza, no propende a la desilusión, a la desesperanza y a la tristeza en que, de otro modo, caería también al proyectar su estado de ánimo sobre un futuro incierto. En este estado no es extraño, por muy censurable que nos parezca, que los agitadores enemigos intenten asociar a sus fines la rebeldía de unos y el desaliento de los otros. Y de este modo se multiplica el ataque contra todo y contra todos; ataque ampliado por el resonante de una propaganda extranjera que nos es tradicionalmente adversa.
Entonces, a los ojos de todos los españoles, cualquier solución para el futuro, desprovista de garantías de continuidad de una política, aparece vinculada al caos. Y aún las Instituciones más tradicionalmente representativas de la prudencia, de la experiencia, del método, de la continuidad, exteriorizan su intranquilidad ante un futuro que compromete su trascendental misión porque se presenta como un fantasma flotante en el vacío o cuando mucho como un gran muñeco con los pies de barro.
Los propios hombres encargados de mantener la tensión política del país se sienten enervados y relajados y acaban por contaminarse del pesimismo y por ver el mismo horizonte amenazador delante de sí.
En las clases populares se da el caso, normal en todos los pueblos viejos, de que actúan la picardía, la malicia, la sagacidad, la astucia y hasta una cierta bellaquería que se deriva de ellas y que son como el sedimento que han dejado en el espíritu del pueblo las viejas y olvidadas culturas, para sentir, matizada por sus peculiaridades, idéntica preocupación. Los pueblos que alguna vez fueron grandes, poderosos y cultos suelen conservar, aún en la decadencia a que les condujo la vileza de políticos sin fe en el destino de la patria, estas manifestaciones un poco deformadas del ingenio que sustituyen la falta de conocimientos y de ideas que nacen del ejercicio de la cultura y que aclaran más el juicio. De tal modo que la picardía y la cultura pueden hallarse incidiendo sobre el mismo hecho histórico, enjuiciándole de la misma manera, aun habiendo partido de distinta actitud mental.
El pueblo, por una tendencia natural en la persona humana y en sus agrupaciones naturales, exige que quien le mande se haga acreedor todos los días a dos cosas: la admiración y el aplauso. Un sentimiento permanente y otro explosivo. Uno que se elabora poco a poco por la contemplación diaria de una acumulación de virtudes universales y otro que estalla cuando sobre el que manda, en un momento determinado, coinciden todas las virtudes que el pueblo ama y aparecen sublimadas, estilizadas agudamente sobre un punto, hasta provocar el entusiasmo. Los dos sentimientos han de ir juntos. Porque el sentimiento de la admiración sin el del entusiasmo que aplaude, puede degenerar en tristeza sumisa, en pasividad, en indiferencia. Y el sentimiento de entusiasmo sin el de la admiración, puede ser un estallido vano que no deja huella. Entusiasmo y admiración juntos es lo que nutre al español en el orden histórico. Entusiasmo por la coincidencia en el que manda de todas las virtudes raciales. Admiración porque ve en él la tenacidad, la serenidad, la experiencia, la fidelidad a principios que admira y a virtudes que conoce pero que no posee. Estos dos sentimientos los une el español en Franco porque le ve dueño de las condiciones que los provocan: valor, honor, dignidad, patriotismo, oportunidad, agilidad, talento, voluntad, serenidad, inspiración, fidelidad a su pueblo, abnegación. Y tiembla ante la idea de que la lucha diaria, la permanencia en el frente de combate durante tanto tiempo alcance a rozar al hombre al que permanentemente admira y alternativamente aplaude.
Y si el español es vehemente para unas cosas, lo es para otras contradictorias. Y si empieza a vacilar empieza a disparatar. No contra Franco, al que quiere salvar de la contaminación de un medio que le enerva, sino contra la clase dirigente. Y aún dentro de la clase dirigente se dispara también, porque también ella puede ser víctima de la angustia ambiente.
En el deseo de ver al Caudillo alejarse de las salpicaduras y de los desgastes de la lucha diaria busca el español la permanencia de las condiciones necesarias para alimentar su admiración y provocar su aplauso. Y busca, en definitiva, la posibilidad de que, proyectado sobre el futuro, el Caudillo mismo, sin el acuciamiento de la lucha diaria, desde su alto puesto de mando señale el camino por donde el español encuentre nuevamente la esperanza iluminada por la ilusión. Garantía de futuro, en suma, sin la cual todos los planes materiales de fortalecimiento económico, de acción política y de justicia social estarán trazados en el agua y no lograrán devolver, por brillantes que sean, la tranquilidad y la alegría a un pueblo que anda su camino abrumado por una interrogación angustiosa: «¿Y después?». Y se pregunta: «Si un tiro a un joven estudiante, un manifiesto clandestino en ciclostyle, una algarada de estudiantes, una huelguecita desencadenada por elementos indisciplinados o impacientes, son cosas capaces de hacer perder los nervios al país, ¿qué ocurrirá el día en que nos falte Franco? ¿Dónde está, no su sucesor, sino un sucesor con sus características? ¿Quién como él puede reunir en sí, lícitamente, con licitud histórica y jurídica, los poderes que él reúne? ¿Cómo puede él transmitirle a nadie lo que solo él tiene derecho a poseer, lo que a él solo le hemos dado de libre voluntad? ¿Quién después de él puede sumar en sí el conjunto de circunstancias que hagan al español seguir dependiendo de la voluntad de la inteligencia, de la inspiración de una sola persona?»
Esta cadena de preguntas y otras semejantes, es decir, un estado permanente de interrogación, le produce al español fatiga, fastidio y angustia. Y acaba por padecer la propia figura del Caudillo. En él el español confía para el ejercicio de todos los poderes. En quien le siga no, y esto le hace mirar hacia Franco como con el reproche de un hijo que cree que su padre no le ha librado de los riesgos de una testamentaría confusa.
España ha creído ver en su Caudillo a un ser excepcional dotado de unas cualidades verdaderamente preclaras que se manifiestan en cada episodio de nuestra historia contemporánea. Le ve disponer de un armamento político variado y ágil que maneja con precisión en cada instante. Le ve dueño también de una serena actitud que inspira una confianza ciega, pero el temor de perder tal tesoro por la acción ineluctable del tiempo le desasosiega y le angustia.
Con motivo del problema sucesorio el país dijo «sí» a la pregunta de Franco porque estaba seguro de que él, con fidelidad a su propia personalidad y con el empleo de sus cualidades excepcionales puestas al servicio de tal problema, iba a su solución. Y quedó tranquilo después de su preocupación, convertida en obsesión por los enemigos del Régimen, por el problema sucesorio.
Luego ha nacido una nueva preocupación: «La de qué va a ser de España en otras manos». Esta preocupación ha sido alimentada por los mismos atacantes del Régimen y constituye el primer escalón de un nuevo avance.
Sin embargo el español ha confiado en que también ahora Franco despliega aquellas cualidades excelsas. Y por lo tanto le cree operando, con prudencia y teniendo en cuenta las características del pueblo, con el mismo acierto de siempre, en dirección a la consolidación para el futuro no ya de una Institución, sino del Movimiento Nacional. Y así cuando le oye decir que «al Movimiento le sucederá el Movimiento»
se inmediatamente en el sentido de que hay una misión colectiva, que cristalizará en formas jurídicas aún inéditas pero ya perceptibles, mediante las cuales la persona que se halle en la cúpula del Estado permanezca replegada en posiciones muy elevadas, que permitan la contemplación panorámica, pero sin desgastarse con el roce de la línea de lucha en la que solo puede permanecer intacto y entero un personaje de la estatura histórica y política de Franco, pero en la que a nadie más le puede ser permitido permanecer sin riesgo ya de perecer como monarca sino de dañar al Estado mismo con una participación en la lucha diaria para la que no están preparados todos ni protegidos por circunstancias excepcionales en la medida en que Franco está preparado y protegido. Y el español, que admira entre otras cualidades de su Caudillo la prudencia y la serenidad, está seguro de que el General Franco jamás despilfarrará el caudal político que Dios y los españoles han puesto en sus manos y cuya conservación es tan necesaria para España.
España aceptó, por criterio de fe ciega en su Caudillo, la decisión de establecer una Monarquía asentada sobre las bases del Movimiento Nacional. Lo aceptó, a pesar de creer que la Monarquía presentaba como Institución unas características de impopularidad y de inactualidad que hacían difícil su establecimiento. Impopularidad nacida de la creencia de que representa privilegios de casta, espíritu retardatario, ideas sociales vetustas y raquíticas, que el Movimiento había barrido enérgicamente. Inactualidad por el sucesivo derrocamiento de monarquías en el mundo sin más reposición que la de Grecia sostenida más por razones de estrategia inglesa que por profundos motivos nacionales.
Es más, el pueblo español estaba seguro de que el Caudillo no pensaba de otro modo y por eso, a pesar de todo, aceptó, no ya por el criterio de fe ciega a que me refería antes sino porque su experiencia le infundía confianza en las decisiones de Franco. Y, además, porque establecida la Monarquía sobre bases verdaderamente nuevas y teniendo en cuenta las características de nuestra psicología nacional, era evidente que resultaba preferible a la República que ofrecería siempre una inevitable perspectiva de desórdenes y de disturbios. Por lo tanto cabía considerar a la Monarquía, instituida sobre las bases que neutralizaran su impopularidad pasada, como un régimen de orden, de continuidad y de garantía de eficacia de aquellos principios que a España le interesa conservar como una conquista del Movimiento.
Mas discurriendo sobre este hecho aceptado ya, el español se planteaba nuevos problemas (por cierto agrandados por el soplo del enemigo siempre dispuesto a atizar todas las hogueras del pensamiento).
Uno de los problemas quedaba planteado como sigue: si la Monarquía es impopular y es anacrónica en principio, su establecimiento en la soledad, sin más motivo que el de una Sucesión, sin el cortejo de instituciones y de cuerpos jurídicos que la escolten y la protejan, no encontraría defensores calificados. En su torno se agruparían los nostálgicos, los vividores y los que le fueran «leales por especulación política» en frío. Es decir, los que la consideraran un mal inevitable, preferible a otros males. La Monarquía se vería en trance de perecer. Si esto se le pensaba poner remedio, por gentes de buena fe, inocentes, desmemoriadas, tozudas, mediante lo que se llamaba ingenuamente una preparación propagandística de advenimiento de la Monarquía. Pero las gentes sensatas replicaban oponiéndose y con razón, a la apertura de un sistema de propaganda y de ambientación de la Monarquía. Porque sin duda una inteligente propaganda dirigida al espíritu tradicional y caballeresco de los españoles, sumaría muchos adeptos a la Monarquía, pero a la vez crearía inmediatamente un frente de opinión adversa que manejaría con violenta desenvoltura todos los tópicos fáciles que pueden esgrimirse contra la Monarquía en España. Y antes de haberse logrado la unión de los españoles bajo esa Monarquía se habría consumado una profunda escisión y se habría creado un nuevo e irreparable estado de guerra civil entre dos fracciones de españoles. Y a este estado, los nostálgicos de la Monarquía responderían con acciones románticas por puro apego estético a lo formal o por afección sentimental hacia las personas y solo producirían bellos, heroicos e inútiles gestos. Los vividores se dispersarían y correrían a situarse en posiciones de observación para inclinarse hacia donde pudieran seguir realizando su finalidad: vivir. Los «leales por especulación política» se agruparían en la defensa de la Monarquía por servicio al Estado y a la continuidad del Movimiento sin pensar tanto en salvar una Institución como en salvar lo esencial: el Movimiento mismo, que al día siguiente volvería a plantearse sus problemas de origen. Se habrían perdido unos lustros de consolidación y quién sabe si quedaría amenazada su vida por fuerzas aguerridas de otro mundo político al acecho.
Por todas estas consideraciones y porque ciertas apariencias tácticas parecían denotarlo así, España creyó, y sigue creyendo ahora, que su Caudillo iba a la instauración de la Monarquía por otros caminos.
A propósito de esto se refiere siempre, como sintomático de las cualidades de S. E., el episodio de la conquista de Koba-Darsa de la que se había apoderado el enemigo, cortando con ello la comunicación entre Xauen y Guan-Lau. Ataques masivos y diarios, por el mismo sitio y a la misma hora, por parte de efectivos nuestros numerosos y bien armados, eran rechazados por los moros. Hasta que, al cabo de ocho días de desgaste, el General Sanjurjo dio la orden al Teniente Coronel Franco, requerido al efecto, para que intentara la ocupación. Y en efecto, a distinta hora, por distinto sitio, bajo distintas condiciones, con fuerzas reducidas a dos compañías de Regulares y dos de la Legión, el Teniente Coronel Franco ocupó en el primer día Koba-Darsa con bajas insignificantes.
España cree que el Caudillo va a la instauración de la Monarquía por caminos distintos a los que puede prever un ser vulgar. Y cree que, para recorrerlos, tendrá en cuenta todas las características del pueblo español (que Franco nunca deja de considerar) y entre las que no quedan excluidas la inconstancia y la vehemencia. Es decir, cree que va a una instauración de la Monarquía sin entusiasmo ni adverso ni propicio, sin partidarios exaltados y frenéticos, ni adversarios rabiosos y decididos. Cree, en suma, que conociendo la psicología del español y oponiendo a la vehemencia de los unos y de los otros líneas elásticas que no provoquen reacciones ni hagan surgir cabecillas de uno y otro bando, es decir, manejando sabiamente la inconstancia, se aflojarán los resortes de la vehemencia con lo que puede llegarse a una instauración «en playa» y a que la Institución tuviera un período largo libre de ataques, bajo la presencia del Caudillo, de modo que pudiera echar raíces y quedar firme para el futuro. Con este procedimiento se suponía que el Caudillo ganaría tiempo para ir sumando elementos adecuados para que la Monarquía quedara liberada de toda posibilidad de adoptar en el futuro formas, modos y concepciones opuestos al Movimiento del 18 de Julio y al sentido profundamente social que le caracteriza y que es, universalmente, el signo de nuestro tiempo. Incluso el español había llegado a neutralizar un razonamiento muy propio de su manera de pensar. Y era el de no comprender bien qué era Monarquía Social.
Monarquía y Social habían llegado a fuerza de experiencia histórica a ser dos términos antitéticos. No se imaginaba una Monarquía que no estuviera rodeada de los elementos clásicos previstos: boato, aristocracia, liturgia civil, protocolo, reverencias, todo el montaje teatral con que la había conocido, con que se la habían hecho conocer o con que se
la habían presentado en otros países a través del cinematógrafo o de las revistas. A todos estos elementos les daba escolta, según el ánimo del español medio, un contenido político feudalista. Y a pesar de la magia que todo aquello presta a la Monarquía, el español no dejaba de ver tras ello la sombra de privilegios y de injusticias seculares; por otra parte no se imaginaba una Monarquía de chaqueta, al estilo de las escandinavas, con sus reyes en bicicleta yendo al mercado, sin estar rodeados de aquella pompa que si por un lado le despertaba al pueblo imágenes de servidumbre, por otro parece proteger las monarquías contra el peligro de la popularidad y hasta contra el peligro de la subversión al crear una especie de inferioridad supersticiosa en las masas.
De todo este conjunto de confusiones mentales le sacaba al español la misma fiel conclusión que le devolvía la tranquilidad: «Franco lo conseguirá todo. Franco lo piensa así y sus soluciones tendrá».
A esta conclusión llegaba el español deseoso de verse libre de nuevos peligros en el futuro y condicionado, de una parte, por el amor demostrado por el Caudillo hacia su pueblo y, de otra, por la experiencia que las cualidades de S. E. le ofrecen siempre.
Mas los enemigos de la Patria no descansaban en minar aquella conclusión. Y entonces atizaron de nuevo la intranquilidad con otro «slogan»: ¿Y si la sucesión ocurre de repente? ¿Quién garantizará la persistencia de los principios sagrados del Movimiento? ¿Quién le preservará de los humores del sucesor? ¿Qué poder permanente, propiamente nacional, ajeno a la persona sucesora, que no sea el Ejército (cuya intervención podía parecerse a un golpe de Estado o podría entrañar peligros de tal) tendría solidez y autoridad para que la sucesión repentina e inesperada no supusiera un riesgo para el Movimiento mismo?
Con este nuevo estado interrogatorio, en el que estamos al presente, los enemigos de la Patria han alterado otra vez la tranquilidad y han desbaratado la Esperanza que había puesto España en aquella táctica de la instauración de la Monarquía por caminos no frontales.
Y en este momento es cuando ha nacido la especulación sobre sistemas de seguridad para el Régimen, alguno de los cuales se ha creído ver apuntar en recientes declaraciones acerca de «nuevas Leyes» que configuren jurídicamente la Monarquía de modo que la frase «al Movimiento le sucede el Movimiento» tenga sentido. En una palabra, se piensa en la continuidad del poder ejecutivo con independencia de otros poderes y con garantía de que no va a estar sujeto ni a las veleidades de la llamada «opinión pública» ni a las de un sucesor que nunca ofrecerá las garantías que el Caudillo ofrece y al que nunca se le podían entregar, como se le han entregado a Franco, todos los poderes. Se piensa, por tanto, en el instrumento jurídico que asegure firmemente el Régimen sin exponerle a la codicia de los ambiciosos ni a los humores del Monarca.
Se piensa también, para acabar con la zozobra de la inseguridad, en un conjunto de Leyes que definan la intangibilidad de los principios del Movimiento y que garanticen su defensa. Porque, piensa la gente, hasta ahora el Movimiento está jurídicamente inerme. Las Leyes existentes se estiman insuficientes. Los jueces, por ejemplo, faltos de instrumento legal, en un ataque al Régimen como el recientemente perpetrado por un grupo de universitarios, apenas han podido encontrar y con muchos trabajos, otra figura de delito que la de «reunión ilícita». Nuestras Leyes actuales necesitan pruebas demasiado objetivas y solo a través de ellas ven el delito. Por esta razón, la defensa del Régimen tiene que hacerse hoy de un modo policial en vez de hacerse de un modo legal. Y lo policial en vez de producir tranquilidad produce siempre zozobra. Se cree necesario por los españoles, y así se espera como consecuencia de ciertas manifestaciones, la promulgación de Leyes que dejen al Estado suficientemente defendido y señalen a la Policía su verdadera misión, que debe quedar reducida al descubrimiento de los ataques y a la aprehensión de quienes los realicen para entregarlos a unos tribunales que puedan castigar y no que se vean obligados a poner en libertad a unos delincuentes que, retenidos luego gubernativamente, obliguen a suspender las garantías del fuero de los españoles con el estrago político consiguiente y con el riesgo de ser interpretado como nerviosismo del Gobierno que en nada favorece su autoridad. Porque, piensa el español, ¿qué fortaleza es la de un Movimiento que se estremece jurídicamente hasta el punto de suspender las garantías por un ataque de unas cuadrillas sueltas sin fuerza y sin arraigo? El español se imagina la fortaleza legal del Régimen de tal modo sólida que no ya un ataque como aquel a que me refiero, sino ataques mucho más violentos y poderosos apenas logren hacer pestañear a un Gobierno que disponga de unas Leyes que caigan automáticamente sobre los perturbadores políticos con un peso abrumador, sin que se descompongan los nervios del país ni por un tiro ni por cien millones de tiros.
La propia facilidad con que el sonsonete de la inseguridad se ha propagado a toda la Nación hasta constituir un axioma de la vida española, ha producido en el español una seguridad de que el sistema jurídico sobre el que el Movimiento reposa tiene unos fallos que le impiden perpetuarse. Ni siquiera discute este hecho que da por cierto por definición. Al observar que ni siquiera existe polémica en torno de la seguridad de que llegado el momento de sustituir al Caudillo todo se acaba, se advierte que el español está convencido de que llegado este momento nada hay que hacer. Si el español oyera discutir acerca del precepto «x» o del precepto «y» de una Ley, o tomaría parte en la discusión o confiaría en una minoría la solución del problema de la continuidad. Y cuando para calmar su intranquilidad se le arguye con la Ley de Sucesión se aprecia que su enunciado no produce eco alguno vital en la opinión. Se nota que le falta algo que produzca eco, algo que le sensibilice, algo que si es preciso le excite como signo de vida futura, como respuesta del porvenir, como anticipo de una esperanza.
El español todo lo espera de su Caudillo y por eso desea vehementemente que no le alcancen las salpicaduras de la marcha, los peligros de la línea de fuego en la que él, por heroísmo personal, por abnegación patriótica, prefiere estar, tanto en la guerra como en la paz. Desea desde hace años preservarle del desgaste que produce el tener que ocuparse tan visiblemente, tan sin hurtar el cuerpo al riesgo, del contacto diario con problemas que salpican con su vulgaridad y de los que España quiere preservar a quien quiere guardar en toda la integridad de su riqueza política, en plena lozanía para la resolución de problemas que inexorablemente ha de plantear la Historia en el elevado terreno de la gran política. Ver a su Caudillo alcanzado por problemas minúsculos de huelgas o de pequeñas algaradas de muchachos, le enerva. Y piensa que este sistema ha de evolucionar hacia un ordenamiento más perfecto.
El español parece hallarse ante un nuevo momento de intranquilidad de espíritu que solo puede curarse con una nueva ilusión en Franco. De otro modo pensaría en soluciones disparatadas y entre ellas ha surgido, con todos los peligros que una interpretación ligera de la idea supondría, la de los partidos con «mando colectivo». Mas todo se disipará ante cualquier manifestación sintomática que pueda apreciarse como indicadora de haberse emprendido un camino, o de haberse reanudado, que garantice la llegada al objetivo propuesto: la continuidad. El español, inconstante e impresionable, volvería a su tranquilidad y abandonaría cualquier actitud capaz de perturbar la vida nacional.
Cuando hablo del español, Excelencia, no excluyo a los Ministros que tenemos el honor de estar directamente a sus órdenes. Nosotros somos hombres que nos movemos igual que el resto de los españoles en el fondo que este espejo que presento a S. E. quiere recoger. Muchas veces, por no añadir a S. E. preocupaciones; muchas veces también por no ensombrecer su ánimo con la proyección de aparentes ambiciones personales, los Ministros, respetuosamente siempre, acaban por no comentar con S. E. estas cosas.
Y yo, que ya no sé si soy el más joven entre ellos, pero que soy el más viejo en la obediencia a S. E., y no puedo proyectar la menor sombra de ambición personal, puesto que he nacido para obedecer, me he permitido traer ante S. E. esta visión reflejada de la realidad española. Sería demasiado enfático e impropio de la manera sencilla con que S. E. ha matizado el trato conmigo a través de tantos años, el terminar esta carta con frases. Basta una, la de siempre: A sus órdenes, mi General.
Con el mayor respeto y la más firme obediencia le saluda,
José Antonio Girón.
