EL RUMOR
Calle de Alcalá y Julio. Un mes de Julio muy madrileño, muy brillante, muy lleno de gente. Y es raro que la gente no haya salido de veraneo a estas altas alturas caniculares. Es raro que el mes de Julio encuentre a Madrid lleno. Pero aquél Julio ‘histórico de 1936, Madrid permanecía en Madrid.
Era así, porque en la alegre ciudad, todos los ciudadanos tenían un algo, definitivo, rotundo. Un algo, que nadie sabía precisar y que sin embargo estaba en el ambiente-. Sí, algo tenía que pasar.» «Tenía que pasar». Aquello no podía seguir así». Y «aquello», era nada menos que España.
En verdad que observamos un fenómeno extraño, tratándose de un pueblo como Madrid. Observamos que desde el día trágico, espantable, en que la gente se enteró del asesinato del Ilustre don José Calvo Sotelo, Madrid se había tomado silencioso. De ser una ciudad que daba gritos», que hablaba a voces», que reía a carcajadas», se había transformado en pueblo receloso, bisbiseante, de ciudadanos que se hablaban al oído.
¿Qué había pasado para aquella metamorfosis?
Es que la gente tenía miedo del que estaba ail lado. Todos recelaban del compañero del asiento en el autobús, en el tranvía, en el Metro. Todos tenían de los que caían en la mesa próxima del café. Los «unos», se sentían, espiados por los «otros». Los «otros», creíanse descubiertos por los «unos». Y así, Madrid, se convirtió en -una ciudad recelosa…
El día 17 de Julio dd histórico año 1936, tomó cuerpo la extraña inquietud y el santo anhelo de Madrid.
Por la calle de Alcalá, que era la calle por donde salía todo lo fundamental de Madrid y por donde entraba todo lo importante de España, subía el rumor. Un rumor en la calle de Alcalá, frente al mes de Julio desbordados los cafés, fuera de su cauce el río humano. Un rumor que situaba en forma decisiva el problema de España. Un rumor que partía el eje de la conciencia española dejando a España dividida en dos mitades. Un rumor que llevaba a todas las conciencias la voz de lo definitivo. Ya no era posible «conllevar» la situación—como decía Marcelino Domingo—porque no era posible que los «unos», gentes de tradición, de honor, de principios humanos, de fe católica, de exaltación española, gentes en fin de la civilización, pudieran convivir con los «otros», -gente sin patria y sin Dios, esbirros de la Rusia esteparia y brutal de Stalin, ¡marxistas sin sentido de la familia y sin criterio humano, gentes (materializadas y brutales, ejercitadores del crimen desde el Poder, incitadores al sacrilegio, a la profanación al incendio, a la vejación de todos los derechos humanos, a la violación de todos los principios de la civilización, ¿Qué decía el rumor que subía calle de Alcalá arriba aquella tarde del 17 de Julio? Decía el rumor que nuestro Ejército de Africa se había sublevadlo. Decía el rumor que el Ejército, una vez más, se disponía a salvar a España y a rescatarla de sus secuestradores, de sus Gobiernos de asesinos, de sus explotadores viciosos, acéfalos e indocumentados.
Y el rumor subía calle de Alcalá arriba, rotundo, definitivo; y, al paso del rumor, los españoles de la calle de Alcalá abrían el corazón, la esperanza y el alma a la fe.
Todo. Aún Dios estaba dispuesto a salvarnos.
¡Bendito sea Dios!
La opinión hierve
Al día siguiente, 18 de julio, la calle tomó su aspecto normal.
Se discutía, se hablaba a voces; se volvía por los fueros de la libertad de expresión. Las gentes gesticulaban y se encendían al hablar.
—Yo le digo a usted que el propio Gobierno ha mandado matar a Calvo Sotelo.
—Y yo le respondo que está llegando la hora de acabar con todos los «carcas», como usted.
—Yo represento a la España de siempre.
—Usted representa a la «caverna».
—Y usted, la «hotentocia». Únicamente perteneciendo a una raza inferior se puede pertenecer al «Frente Popular».
—Luego dicen… No sé cómo puedo contenerme.
—Se habrá usted acordado de que tiene hijos. Ustedes solo se atreven por la espalda y protegidos por el Gobierno.
—¿Qué quiere usted decir?
—Lo que he dicho. ¿Para qué quiere su «democracia» las entendederas?
—No ofenda a la «democracia». No hable de lo que no sabe.
—Sí, hombre. No voy a saber. La democracia de ese «Frente Popular» es un concepto lamentable de la igualdad: ir revueltos en vez de marchar juntos; abusar del libertinaje en vez de usar de la libertad; demoler en vez de construir; embrutecer en vez de educar; alucinar en vez de descubrir; llevar a los hombres al adoctrinamiento de la sensibilidad; verter la incultura en el crimen; abusar de la fuerza como razón, atropellando la fuerza de la razón. Eso es el «Frente Popular»: un contubernio de republicanos, socialistas, comunistas, sindicalistas y anarquistas que no sabe adónde va ni de dónde viene.
—¿Eso lo dirá usted?
—Pues claro que lo digo. ¿Cómo puede haber una política, ni siquiera un medio político, ni una idea común, entre un anarquista y un republicano, entre un republicano y un comunista, entre un comunista y un sindicalista? ¿No comprende usted, hombre del diablo, hombre sin Dios y sin fe, que son teorías distintas? ¿Cómo quiere usted que, siendo distintos, puedan compaginarse para gobernar? Precisamente para gobernar es para lo que no pueden ir juntos, ni siquiera revueltos. Tal vez, para conquistar el poder, puedan unirse en un «frente de oposición»; pero ¿para gobernar? No es posible. El mando, que es Gobierno y es Estado, no puede ser más que unidad.
—Nosotros aspiramos a una vida mejor, a un sentido más amplio de los derechos del hombre, a una digna justicia social.
—Ustedes lo que tienen es la cabeza llena de tópicos y de doctrinas sin digerir. ¿Cómo pueden hablar de dignidad, de derechos y de justicia quienes practican el crimen desde el poder, desconocen los deberes y buscan la exaltación ejemplar de un sistema político en la figura de un salteador de conciencias y de la caja del Banco Nacional?
—Eso es una infamia.
—En España no hay más infamias que las que ustedes cometen a las órdenes de Largo Caballero, Casares Quiroga, Prieto, La Pasionaria y Galarza. Y todos, a la sombra trágica de ese gran delincuente que se llama Manuel Azaña.
—Eso sí que no se lo consiento.
—¿Y qué va usted a hacer para impedírmelo?
Unas bofetadas; un grupo de curiosos y, luego, los guardias. Después, el consabido:
—Circulen.
Todavía el 18 de julio podía discutirse en la calle. Al día siguiente ya no. Ya no podía discutirse ni opinar. Los que abogaban por los derechos del hombre negaban todo derecho a los hombres.
Pero todavía, el 18 de julio, se podían cambiar opiniones y bofetadas.
La opinión, en carne viva, hervía aquella tarde…
Casares Quiroga celebra una entrevista histórica y siniestra
Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros, lugarteniente de Azaña, espíritu enfermizo, enteco, afiliado para el mal, sinuoso, escurridizo como los reptiles; el reptil mismo introducido en la política española por las «rendijas» inconfesables del oportunismo.
¡Casares Quiroga, palacio del bacilo de Koch! Excepción de tuberculosos, hombre impar en la escuela del mal. ¡Casares Quiroga, incorporador del crimen como «medida de Gobierno»! ¡Casares Quiroga, el más siniestro entre los siniestros personajes de la incómoda República Española, era presidente del Consejo de Ministros!
Tenía en sus manos los destinos de España, y así fueron los destinos de la República…
Casares Quiroga, desde su «poltrona presidencial», estaba atento principalmente a todo lo que afectase al orden público.
En el Ministerio de la Gobernación había un hombre con barba de verdad y catalán: Moles. Casares controlaba el Ministerio de la Gobernación porque allí tenía a un hombre de su confianza: el comandante de la Guardia Civil, Naranjo.
Del orden público se servía para suprimir a quien le estorbase; para ello contaba con la complicidad del director de Seguridad, Mallol, y con los «servicios» del excapitán de la Guardia Civil, Condés, reincorporado al glorioso Instituto para salpicarlo y ejercer de brazo ejecutor en la siniestra red de Casares Quiroga-Mallol.
Casares, al situarse ante el hecho consumado de la sublevación en Marruecos, dijo:
—Yo acabaré con todo esto.
—¿Y cómo? —le preguntaron.
—Acabando con quien haga falta. Ellos solos, adelantándose, me han dado oportunidad para forzar la revolución desde el poder.
Todo estaba preparado. Existían compromisos secretos con las fuerzas socialistas; solo faltaba conseguir la unión con los comunistas y con la Confederación Nacional del Trabajo. Todo se andaría; se estaba andando. Nada mejor para precipitar la unidad de mando que una amenaza fascista.
Por lo pronto, lo más importante era reducir el movimiento y, sobre todo, hacerlo abortar en Madrid.
Casares mandó llamar a Naranjo y, creo que en el Ministerio de la Guerra, celebraron una entrevista histórica y siniestra.
Naranjo era, en lo militar, lo que Condés era para el orden público.
Tenemos una referencia de esta entrevista, que había de tener tan rotundas consecuencias en la historia del movimiento.
La versión que podemos ofrecer como exacta es esta:
Casares hizo pasar a su despacho al comandante Naranjo.
—¿Qué hay? —dijo.
—Buenas noticias.
—Habla.
—He desconectado todos los enlaces. Tengo confidentes en todos los cuarteles. Puedo asegurar que la Guardia Civil no se echará a la calle. Y algo tanto o más importante.
—¿Qué es ello?
—Que los fascistas se encerrarán en el Cuartel de la Montaña y que aquel reducto será su tumba. En el Cuartel de la Montaña acabaremos con el «fascismo» de Madrid.
—¿Por qué?
—Porque se levantarán creyendo en la Guardia Civil y en las guarniciones de Alcalá de Henares, Toledo, Campamento de Carabanchel y Cuatro Vientos.
—¿Todo eso había comprometido?
—Todo eso. Pero he dicho y repito que la Guardia Civil no se echará a la calle; fallarán los mandos, que son míos. En los cuarteles, sin embargo, responderán los mandos y fallará la tropa.
—¿Y el elemento civil?
—A ese lo «cazaremos» a la entrada del Cuartel de la Montaña, en el Cuartel de la Montaña y cuando se rinda el Cuartel.
—¿Estás seguro de que el Cuartel se rendirá?
—No tendrán más remedio; en un momento propicio, algunas clases —cabos, sargentos y brigadas— provocarán dentro la desmoralización entre los soldados.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Y en Carabanchel?
—Allí no hay nadie más que los jefes y oficiales. Eso se cae solo.
—¿Y Cuatro Vientos?
—Nuestro en absoluto. Ya ves cómo Pastor te ha dado juego.
—¿Vicálvaro y Getafe?
—Nada. Aquellos soldados no permitirán que se les «reduzca».
—Así, pues, Madrid es cosa nuestra.
—Puedes tener la seguridad.
El presidente y el comandante se estrecharon las manos. Todo un pacto. Quedaba sellado el secreto de una complicidad que pasaría a la historia de la delincuencia como un «caso» sin precedentes en la historia.
Así se decretó el secuestro de Madrid. De la pobre ciudad, que fue alegre y vivió confiada.
La calle
Calor en la calle. Calor de canícula y calor de apasionamiento.
Las gentes ya se consideraban beligerantes. Había que deslindar los terrenos, disponerse a todas las contingencias, a todos los sacrificios, a todas las luchas.
«Unos» y «otros» sabían que se iban a jugar la carta decisiva.
Ser o no ser. Las dos tendencias, «fascismo» y «marxismo», saltaban al «ring». Gran match entre el nacionalismo y el bolchevismo. Uno de los dos contrincantes tenía que desaparecer, porque los dos ya no «cabían» en el suelo de España.
Todavía Madrid ofrecía su fisonomía normal. Todavía se tomaba café en las terrazas de «La Granja» y «Negresco». Todavía, en «Aquarium», las sedas y la frivolidad se desbordaban como la espuma en la ancha copa del urbanismo. Todavía las «muchachitas en flor» nos ofrecían flores para la solapa. Todavía el «limpia» estaba dispuesto a ponerse «a nuestros pies». Aún se podía enviar al «botones» por una cajetilla. Aún era posible mandar parar un tranvía sin cerrar el puño. Todavía podíamos usar el cuello, la corbata y la educación.
Pero, a pesar de todo, el «calor de la calle» no era un calor normal. La calle sabía que se la estaban disputando. La calle sabía que se la estaban discutiendo. Y sabía más: sabía que el primero de los beligerantes que se lanzase a ella sería su dueño y señor.
Es sabido que la calle es siempre del primero que llega. Para conquistar la calle, como para conquistar cierta clase de mujeres, no hay nada más que «madrugar».
¿Qué había pasado entre los elementos nacionales que no se adelantaban para la conquista de la calle?
Pues pasaba que estos elementos esperaban el cumplimiento de una palabra de honor que nadie cumplió. Esperaban la iniciación, cada uno en su puesto. Esperaban lo que no llegó, porque la traición había abierto brecha en los mandos de la Guardia Civil. Se habían dividido las opiniones. Sin embargo, los hombres azules no perdían su contacto. Confiaban siempre en su glorioso destino histórico.
Al fin de cuentas, si «la Falange» la dejaban sola, sola haría la revolución. Pero no había que pensar en eso; los mandos de algunas guarniciones próximas a la capital habían acordado esperar el efecto que producía en el Gobierno el salto de África a la Península, que el movimiento tenía previsto y que no tardaría en producirse, si es que no se había producido ya a aquellas horas.
Había que esperar. Había que tener paciencia. La calle todavía no era de nadie…
Por las terrazas de los cafés corrían estas preguntas:
—¿Tienes noticias?
—¿Sabes algo?
—¿Conoces detalles?
Nadie era capaz de apagar esta sed de curiosidad.
Nadie sabía nada.
Nadie conocía detalles.
Y todos, todos, opinaban, sin embargo…
La calle sí. La calle sabía que se la iban a disputar los hombres. La calle sabía que su posesión iba a costar mucha sangre. La calle, como esas hembras de la «picaresca» flamenca, esperaba el encuentro con la misma emoción que ponían las hembras retrecheras en el encuentro de los «majos» que se las disputaban.
La calle creía que iba a precisar de una legión de poetas para cantar sus glorias…
Y la calle también estaba equivocada. Los poetas no iban a tener que cantar otra cosa que traiciones; los poetas tendrían que dedicarse a exaltar a los mártires, que es en lo que se transforman los héroes cuando son víctimas de la traición.
—Oye, chaval, ¿tienes un «Heraldo»?
El transeúnte pedía el periódico con el mismo énfasis que podría poner en una provocación.
Otro transeúnte replicaba con aún mayor importancia:
—Oye, chico, dame un «Ya».
Los dos transeúntes se miraban. En las miradas se cruzaban un reto, que la calle recogía temblando de emoción…
Una referencia importante
Calle de Alcalá, arriba y abajo, crecía el rumor.
—Lo de Marruecos es mucho más importante de lo que se creía.
—Parece que Valladolid, Burgos y Pamplona se han sumado al movimiento.
—Dicen que Casares Quiroga ha ordenado al general Núñez de Prado que salga en avión para nuestras posesiones de Marruecos.
—Sí; que el general Núñez de Prado ha salido en avión para Marruecos es verdad.
—Aseguran que lleva una delicada misión.
—¡Toma!… Y tan delicada.
Comentarios, comentarios, siempre comentarios.
Los pueblos meridionales suelen ser individualistas, y su individualismo les lleva a la exaltación por caminos de violencia. Esa exaltación, que origina un temperamento propicio al heroísmo, es, sin embargo, causa muchas veces de que las ideas no logren el reposo preciso para una asimilación que permita claridad en el juicio.
En España hemos discutido muchas veces por el solo hecho de hacer discutir al amigo y, otras muchas, hemos dejado de ser amigos por el afán de discutir.
Por ello, en el campo de experimentación de las ideas, nos hemos entregado a la «idea» con un ímpetu y un apasionamiento poco reflexivos.
El pregonado socialismo de Madrid no era otra cosa que la causa de la exaltación del obrerismo frente al señoritismo y del señoritismo —de lo peorcito de cada casa— exaltado también hacia un obrerismo de tipo delincuente. Un obrerismo indispensable para una carrera sin esfuerzo; una carrera para la que no era precisa una especial preparación; una carrera en la que podía llegarse a «líder» conductor de masas sin saber nada de nada y sin concepto esencial de las masas mismas.
La escoria del marxismo eran los obreristas metidos a señoritos: Largo Caballero e Indalecio Prieto. El peligro del marxismo estaba en los señoritos intelectuales que sabían de letras, como Jiménez de Asúa, Álvarez del Vayo y Araquistáin. La escoria y el peligro social se escondían entre los Ossorio y Gallardo, los Fernando de los Ríos y los Besteiro. Ellos eran el punto de referencia que sacaban para buscar un equilibrio.
—El marxismo responde a un concepto zafio de los deshumanizadores del humanismo.
Y entonces saltaban como energúmenos.
—Ese es un concepto pedestre. El marxismo es una manifestación liberal de la cultura. Ahí tiene usted: Besteiro, que es catedrático de Lógica, es marxista; don Fernando de los Ríos, que es un gran señor, es marxista; Ossorio y Gallardo, que es el derecho y la elegancia del verbo, un antiguo maurista, es un simpatizante del marxismo.
Y, claro, como todavía la lógica estaba representada por Besteiro, uno no podía decir que, en la historia futura de la delincuencia monstruosa, estos hombres ocuparían la vanguardia de la responsabilidad por el daño de su ejemplo. Por su tolerancia responsable. Por su resistencia pasiva. Por su permanencia en el error y su concepto cerril de la constancia. Ellos permanecían, por terquedad doctrinal, junto con los que, en nombre de la doctrina, se oponían a sus propios fundamentos doctrinales, abusando del derecho de la doctrina e imponiendo la fuerza de un derecho hiperbólico por la fuerza del número.
Por la calle de Alcalá, calle central de todas las aspiraciones políticas, calle víctima, iba el rumor.
—El general Núñez de Prado ha tenido que regresar sin poder aterrizar en Marruecos.
—Casares Quiroga lleva cuarenta y ocho horas sin dormir.
—Dicen que está furioso.
—Aseguran que Zaragoza se ha sumado al movimiento.
—Parece que Casares Quiroga ha ordenado al general Núñez de Prado que se dirija en avión a Zaragoza.
—¿Pero quién dirige el movimiento militar?
—Dicen que Cabanellas.
—¿Y Franco? ¿Qué se sabe del general Franco?
—Nada… No se sabe nada.
—Parece que está reunido el Consejo de Ministros.
—Sí. Hay marejada política.
—Y todo esto ha de ser el pórtico de algo grande.
—No podíamos seguir como estábamos. Había que acabar con la «posibilidad» de utilizar la fuerza pública como instrumento del «crimen».
—El crimen desde el poder tenía que acabar.
—No podía ser «el asesinato a domicilio».
Y, frente a estos comentarios que a su paso levantaba el «rumor», se alzó una referencia importante sobre Madrid.
—¿No sabían ustedes nada?
—¿De qué?
—De que el día en que asesinaron a Calvo Sotelo iban a asesinar también a Gil Robles y a Goicoechea.
—¿Es posible?
—¿Y qué razón hay para que no lo sea? Aceptada la monstruosidad de ponerse de acuerdo el presidente del Consejo con el director de Seguridad para asesinar a un diputado, ¿qué más da asesinar a uno que a tres?
Era verdad. Aceptada la «monstruosidad» como un hecho consumado, la referencia que por Madrid circulaba era más que verosímil, casi indudable. Y la referencia era que los señores Goicoechea y Gil Robles iban a ser asesinados la misma noche que lo fue el ilustre Calvo Sotelo.
—¿Y no lo fueron?
—Porque los dos políticos de derechas estaban fuera de Madrid aquella noche.
Todo Madrid daba por cierta la referencia…
19 de julio. Asalto e invasión de Madrid
Amanecía Madrid el 19 de julio sin haber podido descansar. Muchos madrileños, jocundos, esperaron la revolución asomados a los balcones. Pero la noche transcurrió serenamente, sin más conmociones que aquellas que en cada casa produjeran el afán discutidor y los distintos puntos de vista sustentados a grandes voces.
—Núñez de Prado no regresa.
—Dicen que está prisionero en Zaragoza.
—Casares Quiroga no sale del Ministerio de la Guerra.
En la mañana del día 19, Madrid se echó a la calle, pero se echó en el más apacible de los sentidos, porque la calle todavía no tenía dueño. Madrid salió a ver, a oír y a tomar datos para poder contar. Aún se conservaba el exterior de la vida normal. Sin embargo, Madrid, aquella mañana, se dio cuenta perfectamente de la solemnidad de su momento. Madrid, que era un pueblo pegado a las tradiciones, veía con espanto que las tradiciones se le iban a romper.
Su iglesia de San Luis ya había ardido. Aquella gran hoguera de la calle de la Montera, frente por frente al Ministerio de la Gobernación, era todo un antecedente precursor de lo que a Madrid le esperaba si el marxismo lo dominaba. Aquellas ruinas de la casa de Dios ofrecían toda la elocuencia de la sugestión. Aquella fue la «primera tolerancia» del Frente Popular, representado al llegar Azaña, jefe del Estado; Casares, presidente del Consejo; y Amós Salvador, ministro de la Gobernación; la serpiente, el bacilo de Koch y la «cretinez», ejerciendo el poder.
Madrid sabía que la serpiente seguía en la Jefatura del Estado y Casares en la Presidencia; lo único que había cambiado era el Ministerio de la Gobernación. Se había ido la «cretinez» y habían puesto a un hombre con barba y catalán. Frente a todo aquello no había más remedio que prevenirse para el dolor.
¡Qué hospitalario había sido Madrid!
Tanto, que aquellos mismos a quienes acogió, aquellos a quienes hizo hombres, estaban en condiciones de asaltarlo y quedarse con él. En el Ministerio de la Gobernación tenían la guarida.
¡Pobre Madrid!
Aquella tarde del 19 de julio tomaba café en la terraza de «La Granja» un secretario de Guerra del Río. Entre él y un transeúnte se cruzó este diálogo:
—¿Hay novedades?
—Sí —contestó el secretario de Guerra del Río—. Franco se ha sublevado en Tenerife.
—Hombre, eso está bien.
—¿Qué dices, insensato? Va a durarle bien poco.
—¿Eso quién lo dice?
—Yo.
—¡Ah! Entonces, bueno.
Y el transeúnte dio media vuelta, dejando a su interlocutor con la palabra en la boca.
Y en todo Madrid, en el Madrid europeo, capitalino, urbano y limpio, una alegría incontenible.
—¡Franco! ¡Está Franco por fin!
—¡Franco dirige el movimiento!
—¡Franco ha dicho que se han acabado los males de España!
—¡Franco!
—¡¡Franco!!
—¡Por fin el General! ¡Por fin!
—El movimiento está ganado. Tenemos a Franco.
—Franco es la garantía.
—Franco es la justicia.
—El estar Franco es el triunfo.
—Como que Franco es el mejor general de Europa.
—Del mundo. El mejor estratega es Franco.
—Franco es la austeridad, la modestia, la juventud, el talento.
—Franco es el genio.
—Y, además, no tiene antecedentes políticos.
—Ahora sí que es posible que España se salve.
Esto decía Madrid cuando tuvo noticia cierta de que Su Excelencia el Generalísimo don Francisco Franco Bahamonde era el caudillo de la causa de España frente a Rusia.
Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros del Frente Popular, circulaba por las calles en su automóvil oficial, rodeado de coches de escolta, por cuyas ventanillas asomaba la amenaza «democrática» de los fusiles.
Cuando las gentes lo veían pasar, se levantaban estos comentarios:
—Lleva tres noches sin dormir.
—Este es un hombre enérgico.
—Este sí que va a acabar con las gentes decentes.
—Está muy enfermo…
—No se preocupe, que «bicho malo» nunca muere.
En verdad, Casares, masón, en alianza con el marxismo de Largo Caballero, dúctil y obediente al oro ruso, era el eje de la revolución. Azaña, la cabeza de la revolución. Casares, el brazo. Largo Caballero, lo irremediable. Prieto, la ganzúa. La Pasionaria, el libertinaje. Galarza, la vergüenza invertida. González Peña, el bandolerismo.
Y a la sombra de estos siniestros personajes, la ambición, la concupiscencia y la delincuencia refinada de los Ossorio y Gallardo, los Araquistáin, los Martínez Barrio, los Asúa y los de los Ríos.
Y, al lado de esto, la tontería eminente de los Giral, los Rico, los Barcia, los Marcelino Domingo, los Palomo, los Companys y los Aguirre.
He aquí el caudillaje de la masonería servidora del dinero de Moscú.
Toda España se agitaba al grito de la liberación. Casi toda España obedecía el grito.
Reunido el Consejo de Ministros, Casares propuso, sin ocultar ya la importancia del movimiento, adoptar medidas terminantes:
- Decretar la cesantía de los mandos militares.
- Desarmar a la Guardia Civil y a las fuerzas sospechosas de la guarnición.
- Armar sin pérdida de tiempo al pueblo y echarlo a la calle.
Mientras tanto, en los cafés céntricos se observó un desfile incesante. Poco a poco, España se iba poniendo en pie.
—¿Ha visto usted a mis compañeros?
—Hoy no han venido.
—Bien, voy a reunirme con ellos.
—¿Tienes arma?
—Sí.
En el café de Recoletos, punto de reunión de elementos falangistas, entraban y salían clientes procurando no coincidir más de tres por mesa.
—¿Qué hay que hacer?
—Tú, esperar órdenes en tu casa.
—¿Y mi gente?
—Tenerla preparada para esta noche.
—¿Las armas?
—Nos las darán en el Cuartel de la Montaña.
—¿Y si las órdenes no llegan, hasta qué hora espero?
—No lo sé. Te avisaré. Creo que esta noche hemos de «dormir» en el Cuartel.
—¿Y la Guardia Civil?
—¡La Guardia Civil! No hablemos de eso.
—¿Por qué?
—Parece que los mandos se han echado para atrás.
—¿Todos?
—Todos no; pero los que quedan nada pueden hacer.
—¿Y los números?
—Les han quitado los fusiles.
—¡Oh! ¿Entonces?
—Entonces, y siempre, nosotros cumpliremos con nuestro deber.
—Naturalmente.
—Hace falta derramar mucha sangre.
—Todo por España.
—¡Arriba España!
—¡¡Arriba!!
Un clamor de medias voces, encendidas de fe y devoción…
Aquella noche, los Guardias de Asalto —los compañeros de aquellos que se prestaron a secundar a Condés en el asesinato de Calvo Sotelo— cazaban por las esquinas de la calle de Ferraz a los bravos muchachos de la Falange que pretendían ganar el Cuartel de la Montaña.
No obstante, doscientos camisas azules lograron penetrar en el Cuartel para escribir con su sangre una de las gestas más emocionantes del martirologio…
Mientras esto ocurría en la calle de Ferraz, en el resto de la capital de España desembocaba el episodio más dramático del drama de Madrid.
Camiones repletos de municiones y armamento —fusiles, pistolas, correajes y machetes— recorrían las calles entregando un fusil a todo el que lo pedía, primero con la «garantía» de un carné de la UGT y después sin más garantía que pedirlo.
Aquellos fusiles, todos aquellos fusiles, «gritaban» su procedencia. Los correajes eran bien conocidos de todos; su color amarillo delataba el origen: aquellos fusiles habían pertenecido a la Guardia Civil.
La calle estaba siendo asaltada. Las hordas «rojas», descritas aquí como insensatas, inconscientes, acéfalas, bárbaras e incultas, estaban siendo armadas por los «monstruos» de la responsabilidad, contra la civilización.
En los relojes urbanos proseguían su marcha las horas civilizadas; en un momento gritaron a coro las once campanadas.
En el cielo, la luna. Una luna clara de julio. En la tierra, la oscuridad espantable de una noche tenebrosa en las conciencias.
El pueblo había quedado armado.
La calle ya tenía dueño.
Por las esquinas, los primeros milicianos ejercían su «autoridad».
—¡Alto a las milicias!
Los escasos transeúntes eran cacheados.
—¡Alto a las milicias!
Voz imperativa, tono impertinente. Los instintos iban a lanzarse al festín, donde pensaban saciar todos sus apetitos.
Apetitos de sangre, dictados por el rencor que acumularon los siglos.
—¡Alto a las milicias!
Aquello era la voz de la revolución, que ya estaba en la calle y que había sido armada por el propio Gobierno.
Sobre la meseta central de Castilla la Nueva, las hordas acababan de tender la gran cruz donde la barbarie iba a crucificar a la pobre ciudad que vivió confiada.
La calle ya tenía dueño.
Y la calle gritaba:
—¡Alto a las milicias!
Y Madrid fue rojo…
El jefe del Estado, el presidente del Consejo de Ministros y el Gobierno, expresión del «Frente Popular», nacido —según el autor— de la indignidad, del «pucherazo», de la intriga y del malabarismo político, habían coincidido en mantenerse en el poder por encima de toda contingencia nacional, por rotunda y grave que fuese.
Y así, obedientes a este «principio romántico»: permanecer; permanecer por encima de todas las cataratas de sangre que su permanencia significara; permanecer aun cuando fuera necesario amontonar los cadáveres de media España; permanecer frente a todo derecho, a toda razón y a toda moral.
Permanecer, siempre permanecer. Y, mientras la grey se entretenía en el asesinato, en el incendio y en la subversión de la justicia, de la moral y del derecho, ellos desvalijar museos, robar bibliotecas y desfondar bancos.
Lo más que podía ocurrirles era que perdieran la guerra. Y eso era ganarlo todo para sus ambiciones; eso significaba el «movimiento» de fondos, la devastación de los tesoros artísticos, la «urgencia» de ganar la frontera por asuntos de Estado, por conveniencias comerciales, por necesidades de la guerra misma. Perder la guerra era un buen negocio para ellos, porque «justificaba» ausencias y objetos de valor en «colecciones particulares».
¿Qué importaba que España se desangrase si ellos salvaban la piel, adquirían calidades de «protagonistas» ante el mundo y se enriquecían?
Y como ellos tenían su sede en Madrid, y a Madrid fue a parar lo peorcito de cada familia —traslados y credenciales— porque así convino al Frente Popular; como en Madrid radicaba la fuerza de la UGT y de la CNT; y como en Madrid se desarmó a todas las personas decentes para armar a los indeseables de todas partes; y como, además, se desarmó a la Guardia Civil y se decretaron destituciones fulminantes para desconectar la civilización, Madrid pudo ser asaltado por los delincuentes de todas partes, armados por el propio Gobierno con los fusiles de la propia Guardia Civil.
Y así, la ciudad azul, alta, noble, aristocrática, cristiana y vertical, pudo ser roja.
Pero el verdadero Madrid está prisionero y crucificado cara al sol, en plena meseta de Castilla la Nueva…
La voz de la infamia
Las radios, aquella noche inolvidable, amarga e histórica, vertían a todos los hogares la voz de la infamia.
—El movimiento era un atentado al derecho del hombre.
—La sublevación no tenía importancia.
—En cuarenta y ocho horas el Gobierno acabaría con los «facciosos».
Y, cabalgando sobre estos sofismas, todas las infamias, todos los insultos, todas las vergüenzas y todas las licencias con que el bajo estilo precisa adornar su dialéctica.
—Casares Quiroga dimite.
—Martínez Barrio, presidente del Consejo.
—Martínez Barrio dimite.
—El farmacéutico Giral, jefe del Gobierno.
En seis horas, tres ministerios.
Y aquello, ¡aquello!, era la «legalidad». «La legalidad» frente a toda España puesta en pie de guerra. Si don Alfonso XIII hubiese tenido aquel concepto cerril de la legalidad, la sangre hubiera teñido el suelo español en abril de 1931, porque, «legalmente», el triunfo en las capitales de provincia y en la capital de la nación, en unas elecciones de concejales donde la monarquía obtuvo mayoría, no tenía ninguna fuerza para derribar un régimen secular.
Pero la voz infame de las radios controladas por el Gobierno, desbocada sobre las ondas de aquella noche inolvidable, desmoronaba prestigios, sembraba la discordia y practicaba el confusionismo.
—¿Pero usted oye?
—¿Lo está usted viendo?
—Eran unos canallas.
—Lo tenían todo preparado.
—Solo el pueblo puede salvarnos.
Y, ante estas «cosas», frente a estos conceptos, al tropezar con el sentido político de la zafiedad, ya no podía reaccionarse. Ya no podía uno discutir nada. Desde aquella noche, la «libertad de pensar» no podía ejercerse entre los que tenían la desfachatez de pregonar al mundo que luchaban por la «libertad».
Desde aquella noche quedaron secuestradas la verdad y la propia estimación.
En la calle, aquella noche, había triunfado un grito terrible:
—¡Alto!… ¡Alto a las milicias!
¡¡Miedo!!
Y aquella noche, Vicálvaro no cumplió con su compromiso, ni Getafe, ni las guarniciones de Madrid.
¿Indecisión? ¿Traición? ¿Falta de fe?
Nadie podrá nunca concretar las respuestas. Nadie nunca podrá explicar nada. Los que podrían hablar murieron con honor, por el honor de España. Los que pudieron quedar no hablarán tampoco, porque ya no tiene remedio y vienen días gloriosos, impropios para desenterrar traiciones que se pagaron con la vida o se pagarán con el destierro.
Lo que pasaba era lo que tenía previsto el comandante Naranjo. En unos sitios fallaron los mandos y en esos sitios se desarmó a la tropa; en otros falló la tropa y se asesinó a los mandos. Por algo decía Casares Quiroga que el comandante Naranjo era muy inteligente. Del capitán Condés —paz a los muertos— también decía Casares que era muy «útil» y un gran amigo del pueblo. ¡Qué amigos tenía el pueblo!
Pero, en aquella ocasión, Naranjo había ganado la partida; a la mañana siguiente de aquella noche del 19 de julio de 1936 caían heroicamente los caballeros del Cuartel de la Montaña, del Campamento de Carabanchel y los de Alcalá de Henares, Getafe y Vicálvaro.
Naranjo había prestado un gran servicio al Frente Popular, al crimen, a la traición. Naranjo era un magnífico servidor de la barbarie.
Pero la noche del 19 de julio estaba en pie. En pie sobre Madrid y sobre la historia.
Luna buena en el cielo; luna buena de poetas; luna coqueta. De esas lunas blancas que bajan a bañarse en los lagos.
Y en la tierra, sombras. Sombras negras, hondas; sombra sucia; sombra amparadora de Celestina; sombra propicia para entenebrecer las conciencias y transformar los paisajes…
La noche estaba en pie.
Era el minuto solemne en que los relojes cortan la medianoche. Doce gotas de plomo sobre la ciudad, lanzadas desde lo alto de los relojes torreones.
Es la hora de «esperar a mañana». De considerar inadecuado que los caminos no estén en calma. De reflexionar sobre la actitud que habrá de adoptarse en los días próximos.
—Yo creo que debemos esperar tranquilamente a ver qué pasa.
—¿Tú crees que se puede estar tranquilo después de asomarnos a la calle?
—Yo creo que va a armarse una sonada.
—¿Y lo crees tú, que decías que nunca pasaba nada en España?
—Pues rectifico y creo que va a pasar; que está pasando.
—Dios nos tenga de su mano.
—Creo que, en esta hora, debes rezar hacia adentro. Y descolgar el Cristo de encima de la cama.
—Es un Cristo de cuando nos casamos. Él ha presidido nuestros días y nuestras noches de amor y de dolor.
—Yo también siento descolgarlo. Al fin y al cabo, cuesta trabajo renunciar en un minuto a las normas de toda una vida.
—Es triste tener que ocultar a los ojos de las gentes nuestros sentimientos.
—Desde chicos nos enseñaron a amar a Dios sobre todas las cosas.
—¿Y tú crees que llegaremos hasta tener que descolgar los Cristos de encima de la cama?
—Yo creo que sí, mujer, y temo por ti.
—¿Qué quieres decir?
—No me hagas caso.
—¿Tú crees?…
—Vamos a asomarnos. Apaga la luz. Mira.
Desde los balcones del hogar, al lado de la mujer con la que edificamos una familia y gustamos de la honda emoción de los hijos, se veía la calle profunda, chapoteando en la luna que corría por el asfalto y lo transformaba en un espejo.
¡La calle honda!
Muy honda. Y en la calle, la impertinencia desharrapada. Y sobre el hombro de los desharrapados, la correa amarilla de la Guardia Civil y, pendiente de la correa amarilla de la Guardia Civil, los fusiles auténticos de la Guardia Civil.
—¡Alto a las milicias!
—¡Alto!
—¡Manos arriba!
La autoridad había sido desarmada. Y «aquello» era la nueva autoridad.
En verdad que «aquello» era terrible.
La mujer y el hombre se retiraron del balcón.
—¿Has visto? —decía el hombre.
—Sí. Yo creo que esto es el principio de un Estado sin frenos.
—Yo creo que sí. Habrá que descolgar el Cristo. Y quemar los cuadros de santos. Y romper el retrato del abuelo, que era carlista.
—Y echar al fuego los recordatorios de nuestros muertos, que tienen ángeles y Dolorosas.
—Y quitarse la medalla del cuello.
Un silencio que llenan los suspiros.
—¿Tú ves? Los niños no se han dormido.
—Voy a acostarlos.
—Y nosotros también debemos descansar.
—Creo que nuestro sueño ha huido para muchos días.
Y la madre quiere acostar a los niños. Antes los persigna; la costumbre, la dichosa costumbre, nómina lenta de las tradiciones, encaje sobre la almohadilla del tiempo; les hace rezar por el abuelo muerto y una Salve por la Virgen del Pilar, que es la Virgen capitana de España, para que «a papá le dé mucha salud y a todos proteja del mal».
—Y ahora, a la cama —dice la madre.
—No —se defienden los niños—; a la cama no.
—¿Por qué?
—Porque tenemos miedo.
Es entonces cuando el padre interviene.
—¿Miedo? ¿A qué?
Y los hijos responden:
—A la calle. A los hombres de la calle. Tenemos miedo de los hombres de la calle. Esos hombres deben de ser los padres de esos «chicos» que tiran piedras y dicen palabrotas. Tú nos has dicho que no nos «juntásemos» con los «chicos de la calle». ¿Qué extraño tiene que tengamos miedo de esos hombres que juegan en la calle con «escopetas»?
Los padres guardaron silencio. Ellos también tenían miedo de los «hombres de la calle», de esos hombres que gritaban a los transeúntes:
—¡Alto a las milicias!
Los hombres, las mujeres y los niños de la civilización coincidían en una cosa terrible en aquella noche espantable. Coincidían en el miedo, como si todos fuesen niños.
Y así era, sin duda, porque ante las fieras no hay hombres, ni mujeres, ni niños, ni Cristos, ni santos…
Las fieras no conocen el sentimiento de la emoción, de la caridad, del arte ni de la fe…
En el amanecer de aquella noche, camino del día 20 de julio del histórico año de 1936, se oyeron los primeros cañonazos, volaron los primeros aviones, cayeron las primeras bombas, florecieron los primeros héroes, se forjaron los primeros mártires y se incendiaron las primeras iglesias…
Madrid ya era rojo.
La guerra civil quedaba decretada…
