Entre los numerosos testimonios sobre los últimos meses de vida de Francisco Franco, pocos ofrecen una perspectiva tan humana y cotidiana como la recogida por El paciente de El Pardo, obra escrita por José Luis Palma Gámiz, miembro del equipo médico que atendió al jefe del Estado durante su enfermedad final.
En estas páginas, Palma Gámiz rescata el papel, a menudo olvidado, de las enfermeras que acompañaron al denominado «Paciente de El Pardo» durante su larga convalecencia. Sus recuerdos permiten asomarse a la rutina diaria del Palacio, a la disciplina casi cuartelera que marcaba las jornadas del enfermo y a la relación de cercanía y respeto que se estableció entre el paciente y el personal sanitario encargado de su cuidado.
El fragmento que sigue recoge precisamente esa visión desde la enfermería: una mirada alejada de la política y centrada en la vida cotidiana, las costumbres y la dimensión más humana del hombre que durante décadas ocupó la jefatura del Estado español.
Me contó cosas curiosas, algunas hasta divertidas, de sus experiencias palaciegas. En el fondo estaba un poco harta; ella era muy movida, le fascinaba la dinámica de su trabajo en reanimación y llevaba allí demasiado tiempo sin hacer prácticamente nada. Quería hablar con el jefe para pedir un relevo pero no sabía ni cómo ni cuándo hacerlo. Yo me ofrecí a hacerlo por ella, pero los acontecimientos se precipitaron y el cese le sobrevino forzosamente, como a los demás. Su relación con el enfermo era cordial y hasta afectuosa. Franco, como paciente, no daba mayores problemas, eso lo pude comprobar yo mismo. Acataba sin rechistar todas las órdenes médicas, excepto aquellas que pudieran interferir con su metódico ritmo de vida. Por ahí no pasaba.
Yo creo que el General se sentía bien con ellas dos y hasta pudiera ser que les cobrase afecto. Le tomaban las constantes vitales por las mañanas, le acompañaban a cierta distancia en sus paseos, informaban a Pozuelo un día tras otro del estado clínico del paciente, del que nada había que comentar, y se aburrían el resto de la jornada. Nani y Lina se alternaban en esta labor monótona un día sí y otro no. La familia estaba contenta y sobre todo muy tranquila al comprobar que aquellas dos enfermeras, aparte de ser excelentes profesionales, eran deliciosamente encantadoras y muy educadas.
Ya te dije que cuando Cristóbal me pidió dos nombres le puse en bandeja dos de las mejores, aunque el resto era de azúcar y canela. Luego, unas en El Pardo y otras en La Paz, acabaron por formar parte de un equipo extraordinario de ATS que fueron siempre silenciadas en los partes médicos. Aquello no me pareció justo. La labor de ellas fue, por lo menos, tan importante como la nuestra.
Lina me contaba la vida tan monocorde del paciente y, en ciertos aspectos, tan cuartelera. Yo mismo pude comprobarlo días más tarde. Era austero hasta el aburrimiento. Le tocaban diana a la misma hora todos los días, festivos incluidos, y por consejo de Pozuelo caminaba por los pasillos de palacio mientras oía marchas militares para dinamizar el paso. Las comidas eran frugales y jamás tomaba ni una gota de vino, y eso que en las bodegas de palacio se acumulaban magníficas cosechas.
Jamás fumó ni permitía que nadie fumara en su presencia; sin embargo, cuando venía a visitarlo el Príncipe, don Juanito como se le llamaba en aquella casa, el General indicaba al coronel ayudante que colocase un cenicero sobre su mesa.
—Es que don Juan Carlos creo que fuma, sabe usted —decía como de pasada.
No comía mucho, pero cuando había platos gallegos se le cambiaba la expresión. Pasaba horas y horas en su despacho mientras el coronel ayudante dormitaba en la antecámara escuchando el tic tac de un reloj que no parecía tener prisa.
