Suele ser usual utilizar las cifras de 1929 como las de más alto nivel de desarrollo económico antes de la guerra civil para establecer comparaciones sobre recuperación y retorno al crecimiento por parte del régimen de Franco, entre otras razones porque los datos de la II República no son completos pese a los avances realizados por la investigación y los de 1936, correspondientes a lo que significó económicamente la llegada del Frente Popular, son escasamente concretos y a no pocos les resulta incómodo hablar de lo que los meses de gobierno del Frente Popular supusieron económicamente para España y el futuro inmediato que se anunciaba, prefiriendo refugiarse en las referencias positivas a un ciclo largo (1914-1936) para acentuar o apuntalar la tesis de lo negativo que fue el régimen de Franco por su progreso/atraso. En el mismo sentido se suele recurrir a las cifras de 1935, pero sin entrar a fondo en los indicadores sobre lo que estaba sucediendo en España en 1936 y, finalmente, se esquiva entrar en la comparativa con la situación real en 1939-1940 tras la unificación definitiva de las dos economías: la de la zona nacional y la absolutamente quebrada de la republicana. Y es que a no pocos de los economistas historiadores o de los historiadores de la economía les gusta hacer trampas en el solitario.
De forma sintética recordemos que en los años veinte, en muchos apartados en coincidencia con la dictadura de Primo de Rivera, se vivió un importante crecimiento económico que permitió implementar algunas medidas sociales, con avance de la convergencia económica con la Europa occidental. La expansión industrial, el desarrollo de la construcción, la electrificación y las fuertes inversiones en obras públicas de Primo de Rivera son elementos destacados de un crecimiento que tuvo su talón de Aquiles en su modelo de financiación. La depresión de 1929 llegó a España pocos años después pero con intensidad distinta a la gravedad que propició en otros países y cuando más parecían manifestarse sus consecuencias estalló la guerra civil. La crisis final de la Monarquía y los años de la II República entre 1931 y 1935 fueron de crisis económica, aunque se podría haber entrado en un proceso de rectificación de la mano del gobierno de 1935 que, a nuestro juicio, fue frustrado políticamente con la caída del gobierno y la convocatoria de las elecciones fraudulentas que dieron el poder al Frente Popular[1]. Una crisis desigualmente valorada por los autores, porque España era un país poco integrado donde aún eran muy importantes los resultados de las cosechas que condicionaban la subida y la bajada de la economía. España, por mucha cifra macroeconómica con la que se quiera jugar, era básicamente un país atrasado social y económicamente con una leve e incipiente modernización. Ahora bien, el problema principal, dejando a un lado los errores económicos o la falta de implementación de medidas adecuadas, junto con el eterno debate, que también acompaña al régimen de Franco, sobre si en tiempo de crisis se pueden abordar mejoras laborales que implican gasto o alza de salarios[2], el problema económico de la II República fue que esta entraría en una pendiente destructiva en 1936 con la victoria del Frente Popular y sus anuncios de expropiaciones masivas de tierras y control obrero de las industrias (a lo que no renunciaría el PSOE tal y como lo haría constar en el programa común del Frente Popular), lo que elevó exponencialmente los niveles de falta de confianza e inestabilidad. De hecho, hasta 1935 los sucesivos gobiernos, especialmente durante el bienio derechista, consiguieron que las caídas del PIB fueran moderadas.
1935, por muchas circunstancias, fue un año bisagra. España aprovechó la onda de recuperación de 1933 y en 1935 se tuvieron buenas cosechas, lo que era fundamental en una economía agrarizada como la española: una conjunción positiva que la crisis política acabaría frustrando. En el último trimestre de 1935 la inestabilidad política azotaba nuevamente el panorama y el paro volvía a crecer. Aunque los números sean imprecisos, lo cierto es que entre 1935 y 1936 se produjo la elevación del número de parados alcanzándose cifras en torno al millón de trabajadores al filo de julio de 1936, lo que situaba al país, según algunos autores, en tasas de paro superiores al 12% de la población activa, retrotrayendo el país a la situación en este terreno de 1933, aunque dependiendo de los autores la gravedad de la situación social sería mayor si nos atenemos a lo que se dimana de los diferentes discursos políticos de entonces[3]. Algo de lo que queda rastro evidente en los Presupuestos Generales de la República cuando la partida destinada al Paro Obrero pasó del 1.3% para 1935 a prácticamente el triple para 1936; lo que indica que la lenta recuperación de la producción industrial entre 1931 y 1935 probablemente estaba en retroceso en julio de 1936; pero de esto no pocos prefieren no hablar. Al igual que plantear que el futuro Generalísimo, al que la derecha y el centro llamaban, pudo haber salvado por segunda vez la República, en febrero de 1936 y evitado la guerra civil, si el presidente del gobierno y el presidente de la República hubieran mantenido la legalidad como en 1934 apoyándose en el Ejército, realizándose el recuento final y la segunda vuelta electoral con todas las garantías; lo que el entonces Jefe del Estado Mayor Central, Francisco Franco, apoyaba como solución, siempre a las órdenes del gobierno, y a quien hubieran seguido, sin dudar, la práctica totalidad de los mandos.
Aunque los datos macroeconómicos abunden en la situación de crisis, en el marco coyuntural depresivo, estimamos que el problema fundamental de la II República en el aspecto económico fue su falta de credibilidad, básicamente porque tanto el modelo democrático como el libre mercado no cuadraban con la propuesta revolucionaria de gran parte del PSOE, del pequeño PCE o del poderoso movimiento anarquista -responsabilidad/irresponsabilidad que también se olvida con no poca frecuencia-. Como en tantos otros aspectos, la II República no consiguió atraer y ampliar sus bases sociales y económicas, al contrario las fue perdiendo por el camino. Lo que la II República, y especialmente una vez llegado el Frente Popular al poder, consiguió fue ir situando en la oposición al régimen republicano a amplios sectores del poder económico y del empresariado (no pocos empresarios lo pagarían con su vida en la zona frentepopulista en los primeros meses de la guerra después de que les fueran robadas sus empresas). Como anotan Carreras y Tafunell: <<Las empresas productoras de bienes intermedios y de bienes de inversión acogieron muy mal el nuevo régimen republicano. Sectores de la aristocracia terrateniente temieron que pudieran ser expropiados. Los banqueros no estuvieron seguros de no correr el riesgo de una nacionalización. Por si acaso muchas fortunas ponen la parte que tenían a mejor recaudo fuera de España>> a lo que se sumó el <<clima de permanente y creciente conflictividad>> que <<suscitó una absoluta falta de confianza entre los empresarios e inversores que, por otra parte, no tuvieron una actitud neutral o pasiva, sino que mostraron una hostilidad abierta hacia las políticas públicas iniciadas por los partidos de izquierda en el gobierno, o proyectadas desde la oposición en el Parlamento>>[4]. A lo que habría que sumar la desconfianza de los mercados internacionales y especialmente de la City.
La situación económica de crisis abierta que exacerbaba la llegada al poder del Frente Popular no sabemos a dónde nos habría conducido, pero no es descabellado sospecharlo si miráramos hacia la evolución económica negativa de la zona frentepopulista durante la guerra civil. Bastaría imaginarlo si releemos algunos testimonios de la época como los de Salvador de Madariaga tan reiterados como interesantes sobre lo acontecido a partir del triunfo del Frente Popular:
<<Había entrado el país en una fase francamente revolucionaria. Ni la vida ni la propiedad contaban con seguridad alguna […] No era solo el dueño de miles de hectáreas […] Era el modesto médico o abogado de Madrid con un hotelito de cuatro habitaciones y media y un jardín de tres pañuelos, cuya casa ocupaban obreros del campo ni faltos de techo ni faltos de comida, alegando su derecho a hacer la cosecha de su trigo, diez hombres para hacer la labor de uno, y a quedarse en la casa hasta que la hubieran terminado. Era el jardinero de la colonia de casas baratas que veía a conminar a la muchacha que regaba los cuatro rosales del jardín a que se abstuviese de hacer el trabajo que pertenecía a los jardineros sindicados; era la intentona de prohibir a los dueños de los automóviles que los condujeran ellos mismos, obligándoles a tomar un conductor sindicado; era la huelga de albañiles en Madrid con una serie de demandas absurdas con evidente objeto de mantener abierta y supurando la herida del desorden, y el empleo de la bomba y del revolver por los obreros contrarios al laudo contra los obreros que lo habían aceptado>>.
A la altura de 1936 la crisis industrial ya tenía impacto sobre el medio agrario y, teniendo presente la política de ocupación de fincas, de expropiaciones de hecho, junto con el temor de los pequeños y medianos propietarios a perder sus tierras, que hacían hervir al campo español, es evidente que la crisis agraria, con caída relativa de la producción y la reducción constante de las exportaciones (se pasó de los 2.525 millones de pesetas en 1931 a los 1.382 millones en 1935[5]), se hubiera acelerado y España era aún un país básicamente agrario (en 1935 representaba el 40% de la renta nacional). Todo ello incrementaría el ya sombrío panorama dibujado por Sánchez Asiain y nos situaría ante una de las muchas razones que llevaron a cientos de miles de españoles a apoyar la sublevación militar, porque cientos de miles de españoles apoyaron la sublevación desde el primer minuto y aún antes del primer minuto:
<<De acuerdo con los índices de actividad industrial, en el primer semestre de 1936 ya era evidente la situación depresiva de la economía española. De diciembre de 1935 a abril de 1936 la actividad de los ferrocarriles disminuyó un 21% y el movimiento marítimo cayó un 27%. La caída del descuento de papel comercial era un hecho. Los valores bursátiles estaban bajando considerablemente. Desde el punto de vista de las relaciones económicas con el exterior, la coyuntura a lo largo de los meses de paz de 1936 se definía como de “táctica suspensión de pagos de España en los mercados internacionales”… La política agraria empezaba a crear problemas entre el campo y la ciudad, mientras que las colectivizaciones agrícolas disminuían la productividad. Y la altamente desfavorable relación real del intercambio de los productos agrícolas en comparación con los industriales, que estaba llegando a límites dramáticos, justificó en cierta medida cómo se desarrollaron los apoyos sociales a la rebelión militar del 18 de julio>>[6].
Viene al caso la cita para recordar que cuando no pocos se refieren al <<retraso del franquismo>> o a la lentísima recuperación de los niveles de anteguerra no suelen referirse a los incompletos datos de julio de 1936, que sería lo lógico, sino a los de años anteriores, esquivando la crisis en la que estaba sumergiendo al país el Frente Popular. Por ello sería muy difícil de sostener, como anotan algunos autores, que sin la guerra civil, con el Frente Popular en el poder, España se hubiera incorporado a la recuperación económica de los países de la Europa occidental (suponemos que incluyendo, conviene no olvidarlo, las de los regímenes autoritarios como Austria, la Italia fascista o la Alemania nacionalsocialista, claro, la última reconvertida en gran potencia económica con una celeridad pasmosa). Cierto es que en julio de 1936 España tenía un colchón de seguridad en sus reservas de oro y plata -unas 700 toneladas de oro-, que ya se estimaba que se podrían vender para hacer frente a la crisis, pero cualquier conocedor de la historia de la guerra sabe que ese oro y plata fueron enajenados y enviados a la Unión Soviética (510 toneladas) en una operación moralmente injustificable llevada a cabo por el gobierno del Frente Popular, por más que historiadores como Ángel Viñas se empeñen en justificarla. Entre otras razones, porque no hubo depósito, sino entrega de la gestión a un país como la URSS (así Stalin se encontró con el oro y la plata de un país que era el cuarto en acumulación en el mundo, lo que no le vino nada mal y cobró a precio de oro la <<desinteresada>> ayuda prestada con inflación de las facturas). Lo que, naturalmente, lastraría cualquier recuperación después de la guerra, ganara quien ganara[7]. Lástima que no contemos con un estudio concreto, sí apreciaciones parciales, sobre el alcance real de esta gravísima pérdida de capital circulante a la que el gobierno de Franco tendría que hacer frente, junto con su estudio comparativo de impacto con respecto a las posibilidades de recuperación o con el valor de las destrucciones sufridas por los países del entorno durante la II Guerra Mundial (otro detalle del que suelen prescindir parte de nuestros historiadores económicos o economistas historiadores).
No pocos historiadores, economistas o no, prefieren obviar la catástrofe económica que fue la España dominada por los frentepopulistas y a la que el Nuevo Estado tuvo que hacer frente al acabar la guerra y por eso optaron por hacer sus estudios comparativos con 1935 o 1929. Lo que metodológicamente es acertado para analizar los ciclos económicos es, en función de su uso, es también en parte una manipulación de la realidad o una verdad a medias, porque lo que el gobierno de Franco asume no son las cuentas de la España de 1935, sino las de la España reunida de 1939 y entre ambos datos hay un trecho insalvable por la negativa gestión frentepopulista de su zona.
La guerra civil tuvo una clara vertiente de guerra económica, a la que el profesor Velarde ha dedicado importantes reflexiones. Guerra que también ganó Francisco Franco de forma brillante[8]. Es más, antes de ganar militarmente había aplastado a su enemigo económicamente. Al igual que en el aspecto militar y de recursos la España del Frente Popular tenía en julio-agosto de 1936 todas las cartas para ganar. Con los rebeldes estaba la España agraria del trigo y de otros productos de cultivos extensivos y solo un 20% de la industria. En la zona republicana los cultivos de exportación (30% de la agricultura y el 80% de la industria). A mediados de 1937, anota Sánchez Asiain, Franco había invertido la situación. El Caudillo consiguió que el modelo económico intervencionista y centralizado, propio de una situación de guerra, garantizara los suministros a la población, mantuviera, según Sánchez Asiain -algo suscrito por otros historiadores de un modo u otro-, una <<inteligente política monetaria>>. Franco pudo financiar su ejército mediante impuestos de guerra y contar con el Presupuesto Ordinario para la gestión de gobierno; consiguió el apoyo financiero exterior gracias a la acción de hombres como Françes Cambó, el líder de la Lliga catalana que entre otros movilizó a los capitales catalanes que estaban fuera de España comprometiendo su fortuna personal, o Juan March; logró que, pese a no contar con reservas que garantizaran sus pagos, le vendieran a crédito no solo Alemania o Italia sino también empresas norteamericanas como la Texaco o la Ford, sin cuya ayuda (petróleo y camiones) la victoria hubiera sido muy difícil (Sánchez Asiain indica que Franco consiguió algo fundamental desde la nada, la credibilidad financiera; esa que la República teniéndola perdió). El Generalísimo asumió muy pronto que estaba ante una guerra económica, actuando en consecuencia una vez fracasado el planteamiento estratégico del golpe diseñado por el general Mola de tomar la capital. Atacó en el norte por razones económicas, no solo para ocupar el territorio y liberar a los suyos, sino para privar a la República de una de sus zonas industriales (en la zona nacional se había impulsado la apertura de industrias en el territorio asegurado); utilizó su débil escuadra para bloquear a la República que tenía la superioridad en buques mercantes; actuó internacionalmente para cortar recursos a los republicanos; avanzó en Aragón para cortar el suministro eléctrico y reducir la capacidad de la industria catalana y decidió marchar sobre Valencia, aplicando la doctrina táctica de la época, además de por razones de política internacional por razones económicas.
Aunque en la zona nacional -que es la denominación exacta y no la de zona franquista- se practicó el intervencionismo, Franco siempre dejó clara su defensa de la propiedad y la iniciativa privada; la utopía revolucionaria tendría que quedarse en eso ante estos dos conceptos. En la zona republicana el libre mercado dejó de existir de la mano de su particular intervencionismo, tanto estatal como territorial (los Consejos Regionales de Asturias y Aragón eran, simplemente, revolucionarios e inútiles) y hasta de los partidos revolucionarios (que eran todos menos los nominalmente republicanos), lo que impedía cualquier organización económica eficaz[9].
No contamos con datos exactos que nos permitan conocer bien el grado de crisis económica en que la zona frentepopulista fue adentrándose, pero los datos parciales son difícilmente discutibles. Las colectivizaciones agrarias, que fueron diversas, si nos atenemos a sus resultados, por más que las pinten de rosa, no parece que contribuyeran a mantener la producción: si algo caracterizó a la zona frentepopulista desde relativamente pronto fue el hambre (el gobierno fue incapaz de asegurar los suministros al contrario de lo que sucedió en la zona nacional), a lo que se añadió el hundimiento de la producción de exportación[10].
<<Para 1939 tenemos cifras de la cosecha de trigo en toda España. En las 16 provincias de obediencia republicana en otoño de 1938, la cosecha del verano de 1939, plantada y sembrada bajo la República, alcanzó solo un 41% del promedio producido entre 1931 y 1935, es decir las dos quintas partes. El bajón comparativo fue del 60%. Sin embargo, en las provincias nacionales, la cosecha de trigo alcanzó el 78% […] o sea, casi el doble de lo producido ese año 1939 en la zona republicana. 1939 fue un año climatológicamente adverso en toda España, pero fue mucho peor en la zona nacional que en la republicana>>[11].
El control obrero de no pocas empresas e industrias arrojó un saldo no muy distante, caída de la producción, aunque con diferencias según los lugares. Según datos parciales referidos a 1938 mientras que la producción industrial había caído en la zona republicana en 9,5 puntos la de la zona nacional hacía crecido en 25,3, tomando como índice 1936[12]. Pero si vamos a datos concretos como los existentes para Cataluña aportados por Bricall, la industria catalana, el gran motor del país, que había iniciado una lenta caída a partir de febrero de 1936 que se aceleró a partir de mayo, perdiendo unos 20 puntos desde enero, había caído otro 20% en el verano de 1937; en el verano de 1938 desde enero del 36 había perdido un 70% en su índice de producción industrial cuando se iniciaba la batalla del Ebro. Es innecesario cualquier comentario.
La caída del valor de la peseta republicana fue impresionante. Los datos varían según los autores, pero el hecho es que en 1938 la peseta republicana prácticamente no valía nada y después esa peseta sin valor tendría que ser asumida en parte por el gobierno de la Victoria (Tabla 8).
| Tabla 8 Comparación de la depreciación de la peseta según Sánchez Asiain | ||
| Año | Peseta nacional | Peseta republicana |
| 1936 | -6,6% | -19% |
| 1937 | -17,1% | -75,1% |
| 1938 | -27,2% | -97,5% |
No muy distante es la evolución de los precios. Tomando base 100 en 1936, Sánchez Asiain nos indica que en 1938 los precios en la zona nacional se situaban en un índice de 137, en la zona republicana había subido de forma impresionante[13]. Pero no solo se trata de datos macroeconómicos. La sensación comparativa de los niveles de vida en ambas zonas en los informes extranjeros era para noviembre de 1938 demoledora, tal y como recoge Francisco Alía de un interesante informe británico. Mientras que en la zona nacional <<la gente está bien alimentada, decentemente vestida y contenta>>, en la zona republicana solo se puede hablar de catástrofe. No es de extrañar que tantos desearan el triunfo de Franco y manifestaciones multitudinarias recibieran a las tropas victoriosas unos meses después en Barcelona, Madrid y en tantos otros lugares:
<<La situación alimenticia es realmente mala y parece muy probable que se agrave mucho más… La verdad es que la amplia mayoría de la población de la España republicana está sufriendo una severa subalimentación incluso en los distritos rurales. El racionamiento de los obreros de industrias esenciales y de las tropas de retaguardia ya ha sido recientemente intensificado drásticamente. Las tropas del frente todavía están razonablemente bien alimentadas pero con crecientes dificultades preocupan mucho al gobierno… La catastrófica caída de la actividad productiva habrá de conducir más pronto o tarde al agotamiento de las reservas financieras del gobierno y, con el paso del tiempo, le será mucho más difícil conseguir los alimentos, el combustible y las municiones que importa del extranjero. Esta tendencia ya es claramente perceptible>>[14].
Incluso, si volvemos la vista a los Presupuestos de ambas zonas veremos que, pese a que todo lo devora lo relacionado con la guerra, en la zona nacional los dedicados a <<atenciones sociales>> superaban en lo atribuido en sus partidas a los de la zona frentepopulista, un dato que el lector deberá tener en cuenta cuando abordemos esta cuestión en el siguiente capítulo. Los Presupuestos de 1935 dedicaban un 1.7% al Ministerio de Trabajo y Sanidad y a Clases Pasivas un 6,5%; los de 1936 un 5,6% a Clases Pasivas y un 2,6% a Justicia, Trabajo y Sanidad. En los Presupuestos de 1938 el Gobierno de la República dedicaba a Trabajo un 0,3% y a Clases Pasivas un 1,5%. Por su contra, el Gobierno de Burgos asignaba a Clases Pasivas un 2,7% y un 0,9 a Trabajo y Justicia e iba a poner en marcha en ese año los subsidios familiares.
La guerra civil no fue, comentan algunos historiadores, especialmente destructiva, de hecho Franco había limitado cualquier ataque sobre zonas industriales, si se compara con las destrucciones de la II Guerra Mundial en Europa Occidental (claro que en esto habría mucho que precisar). Todo ello para tratar de inducir al lector en la idea de que responsabilizar, en todo o en parte, de las penalidades de la larga posguerra española a esas destrucciones fue una argucia franquista para ocultar su incapacidad, ya que con destrucciones peores los países europeos se recuperaron antes. En lo único que tienen razón es en que podría haber sido mucho peor.
Se calcula que la guerra civil costó unos 30.000 millones de pesetas. Ahora bien, más allá de las destrucciones y el valor importante -para nosotros mucho y digno de ser evaluado mejor- de la fractura demográfica, los republicanos lo que dejaron a Franco fue una particular factura económica que se suele obviar: la de su zona. Importante porque las destrucciones en ferrocarriles, locomotoras, puentes y producción no se pueden computar sin más de forma absoluta a nivel nacional, ya que esas pérdidas se produjeron en las zonas más desarrolladas del país. Dejemos al Caudillo referir el monto real de esa factura, porque en su relato se valora no la destrucción de la guerra en sí, sino esa herencia que le habían dejado. Así lo explicaba en 1939, cuando no cabía la necesidad de justificación a futuro de la situación económica, más allá de los problemas de abastecimiento derivados de la unificación de ambas zonas, y cuando exitosamente se estaba realizando la fusión económica de ellas. Pero lo cierto es que la renta per cápita, tras ello, se situaba en niveles de 1919, y en ello alguna responsabilidad cabe atribuirle a las autoridades frentepopulistas:
<<Nos encontramos al término de la guerra con deudas de oro del Comité de divisas del año 35 pendientes de pago de varios millones de libras, no obstante nuestra oportuna indicación a las naciones acreedoras de que exigiesen el pago de quienes estaban dilapidando el Tesoro de nuestra Patria[15].
Si a esta situación unimos la destrucción sistemática llevada a cabo por los rojos de la cabaña nacional, casi desaparecida del territorio que dominaron; la falta de siembra de la zona ocupada, que obligaba a España entera a vivir de las provisiones y cosechas del territorio en poder de los nacionales; la desaparición de los depósitos de materias primas, valorados en muchos centenares de millones de divisas; la voladura sistemática de todos los puentes del área a que afectó la guerra, que se elevan al número de varios millares, muchos de los cuales han sido la ilusión de muchas generaciones; la desaparición de una parte del material ferroviario, reducido a chatarra en muchos casos; la huida por la frontera pirenaica de todo el material automóvil de la región catalana, del que solo recuperamos, en estado lastimoso, una mísera parte; el robo y entrega a Rusia de una parte importante de nuestra flota mercante, que asciende a 48.000 toneladas, en poder todavía de los bolcheviques; los barcos perdidos en los puertos que fueron rojos, de los que en ocho meses llevamos salvados más de 48.000 toneladas, con un valor actual de 200 millones, obra admirable de nuestra Comisión de Salvamentos, ¿puede alguien extrañarse de que pueda escasear algún día el pan, o faltar la leche, o que los transportes no funcionen con la regularidad de los tiempos normales?
Un ejemplo os dará idea de la magnitud de nuestro problema.
El consumo normal de trigo de España es de 41 millones de quintales. Al ocupar la zona roja y encontrarla vacía tuvimos un déficit, hasta empalmar con la cosecha, de cuatro millones de quintales, que importamos del extranjero con los consiguientes sacrificios económicos.
La falta de siembra en la zona roja nos causó un déficit para el año agrícola en curso de 10 millones de quintales más, que España está importando del extranjero; y esto exige, aparte del enorme sacrificio de 35 millones de dólares, un transporte en barcos que asciende a 160 barcos de 6.000 toneladas, y en trenes, a unos 100.000 vagones>>[16].
[1] Durante mis años de estudiante era habitual soportar el mito del triunfo del <<pueblo>> -ya se sabe que la izquierda, incluida la académica, solo considera pueblo a los votantes de izquierda- en las elecciones de febrero de 1936. Mito necesario para poder sostener que la II República era un ejemplo de democracia destruida por la ambición de unos generales -en mis tiempos se incidía en que era la decisión de las clases oligárquicas y del capitalismo de acabar con la experiencia progresista-. Y así se predicaba sobre la <<verbena popular>> que abrieron esas elecciones de la mano de los trabajos de Santos Juliá. Colaboró a ello el intento de invalidar la tesis de que habían sido, como de hecho lo fueron, unas elecciones fraudulentas, en las que colaboró un estudio, ahora se demuestra que insuficiente, de Javier Tusell. Frente a ello era inútil argumentar que estas elecciones fueron denunciadas como fraudulentas en la época, y el monumental atraco que se hizo en la Comisión de Actas por parte de la izquierda, invalidando actas a su antojo, o lo que se deducía del debate sobre las elecciones posteriores en Cuenca o Granada; así como referir el clima de presión y violencia que en muchos lugares ejerció la izquierda coartando la libertad de voto. Pero lo decisivo de las elecciones de febrero no fueron, como han demostrado Manuel Álvarez y Roberto Villa, las votaciones en sí que se realizaron con relativa normalidad, sino la decisión de la izquierda de coaccionar los recuentos y proclamar una victoria que no se había producido consiguiendo adulterar el veredicto de las urnas: <<lo que resulta, desde luego, innegable es que las falsificaciones probadas inclinaron el escrutinio a favor de las izquierdas, privando de trascendencia a la inmediata segunda vuelta>>, indican Álvarez y Villa. Cfr. ÁLVAREZ TARDÍO, Manuel y VILLA GARCÍA, Roberto: 1936 Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular. Espasa; Madrid, 2017. p. 523.
[2] Recordemos que la gran parte de las mejoras laborales introducidas por la República, fundamentalmente en el bienio republicano-socialista, fueron mantenidas por Franco.
[3] Es usual encontrar como dato del paro de 1936 la cifra de 843.873 personas. Sin embargo este es el dato de febrero de 1936. El lector debe tener presente, como anota un informe sobre el paro fechado en 1939, que el gobierno del Frente Popular no facilitó ningún dato, <<inútil decir que tal silencio obedecía a que las cifras subieron en proporciones alarmantes>>. Uno de los éxitos de la zona nacional fue su lucha contra el paro forzoso. Según datos de abril de 1939, sin estimar la situación en la zona republicana que se incorporaba (Barcelona, Madrid, Gerona, Teruel, Valencia, Murcia, Alicante, Almería, Albacete, Guadalajara, Cuenca, Tarragona, Castellón, Palencia) el paro ascendía a 86.325 hombres y mujeres; el servicio de colocación creado habían encontrado trabajo para 34.298 personas. DIHGF. vol. I, pp. 445-462
[4] CARRERAS y TAFUNELL: op. cit. 254-256.
[5] NADA, Jordi, CARRERAS, Albert y SUDRIÀ, Carles: La economía española en el siglo XX. Una perspectiva histórica. Ariel; Barcelona, 1994, pp. 113-118.
[6] SÁNCHEZ ASIAIN: op. cit. p. 28.
[7] Calcule el lector lo que hubiera hecho Franco, o cualquier gobierno, si al acabar la guerra no se encuentra sin esas divisas, junto con el valor de los <<tesoros>> que los frentepopulistas tras su expolio -robo- sacaron del país (se calcula que con un valor de 200 millones de pesetas-oro), aunque hubiera tenido que negociar en una posición distinta el pago de los créditos. ¿Cómo habría sido la dura posguerra con unas 600 toneladas de oro? Mejor prescindamos de hacer ese tipo de ucronía o comparación parecen decirse no pocos a la hora de estimar que las pérdidas de la guerra no fueron tan graves y sí una especie de excusa franquista.
[8] Cfr. VELARDE FUERTES, Juan: <<Aspectos sobresalientes de la financiación de la guerra civil>>, en Razón Española, nº 169 (septiembre-octubre 2011), pp. 135-154; <<El capítulo marítimo de la economía de la Guerra de España>>, en Razón Española nº 113 (mayo-junio 2002), pp. 283-295.
[9] No es necesario recordar que en las zonas colectivizadas de Andalucía y Aragón se llegó a abolir la moneda.
[10] No puede el historiador no cegado más que sonreír cuando se busca cómo disimular la realidad utilizando el lenguaje. Así el hundimiento de la producción agraria en la zona republicana se presenta como <<producciones declinantes>>; tan declinante que la población se moría literalmente de hambre provocando una sobremortalidad que también se procura orillar. La sobremortalidad de la zona republicana derivada del hambre, las penalidades, las enfermedades de prisión fue muy alta -en la zona republicana hubo varias decenas de miles de internados en prisiones y en los campos de trabajo, constituidos a finales de 1936 por el gobierno presidido por el socialista Largo Caballero y no hubo más porque no ganaron prácticamente ninguna batalla-. Se estima que unas 140/150.000 personas murieron víctimas de la deficiente alimentación y la enfermedad, debido a lo que fue la incontestable incompetencia del gobierno republicano (en la zona nacional la sobremortalidad difícilmente alcanzaría las 17.000 personas). TORRES GARCÍA, Francisco: <<Las víctimas ocultas del Frente Popular>>, Diario YA (entrada 15-6-2017).
[11] Como los datos son contundentes Malefakis, de quien reproducimos el análisis, que no oculta simpatías por los republicanos, nos indica que la diferencia de producción se puede explicar <<en parte>> por el <<intenso reclutamiento militar llevado a cabo por la República>> (Franco no necesitó hacerlo y siempre tuvo presente que era necesario mantener la producción agraria, pero esto Malefakis prefiere ignorarlo al igual que preguntarse por qué la República tuvo que movilizar a tanta gente) y <<por los masivos encarcelamientos y ejecuciones ocurridos en estas provincias una vez conquistadas por Franco>> (porque ya se sabe que Franco era tan tonto que prefería tener gente en prisión a asegurar la recogida de la cosecha o reactivar los cultivos, se olvida de que los prisioneros de guerra trabajaban en Batallones de Trabajo y que el número de presos en 1939 no era tan masivo) sin obviar -¡menos mal!-, pero en tercer lugar en orden de responsabilidades, la parte del bajón atribuible al <<coste natural que representa implantar un sistema nuevo de economía>> -¡bonita frase para la distorsión! Evitando explicar que este nuevo sistema era la revolución-. Cualquier persona inteligente no puede más que sonreír ante el modo de tratar de distorsionar la realidad con las frases utilizadas por parte de autores como Malefakis, biblia de muchos historiadores antifranquistas. Como no le queda otro remedio tiene que admitir la superioridad en la gestión económica de Franco, pero ello le supera, le retuerce, así que escribe: <<el gobierno nacional no hizo milagros, pero tampoco fue nefasto [nefasto fue el frentepopulista aunque él también lo disimule con la prosa]. Su intervención en la economía no alcanzó una nota brillante, pero fue adecuada a sus objetivos>>. Para líneas más adelante explicar que, cuando ocuparon los nacionales Vizcaya, la industria estaba en colapso -fruto de la gestión republicana- (en 1937 había caído en un 75% con respecto a 1936 y en un año de gestión nacional ya estaba solo un 5% por debajo, la producción de hierro se situaba un 12% por encima de 1936 y la extracción en un 30% por encima de 1936) y las autoridades nacionales la recuperaron inmediatamente. A regañadientes y sin entrar a fondo tiene que escribir: <<es bastante obvio que la actuación industrial del franquismo fue bastante superior a la republicana>>. No le queda más remedio que reconocer que en la zona nacional había <<estabilidad económica y mejora del nivel de vida>> y que fue un factor importante para <<ganarse la aceptación de la población>>, eso sí recordándonos que el control y por tanto la adhesión <<dependía en gran medida del terror>> (por eso Franco tenía más soldados voluntarios, movilizaba menos quintas y conseguía producir más, mientras que en la zona republicana, donde todos estaban felices y contentos, sucedía exactamente lo contrario). Y en el colmo de los despropósitos habla de algunos productos en los que la producción aumentó (en realidad en casi todos) como <<la cerveza -que es un buen narcotizante->>, y es que a estos autores cuando escriben una sectaria estupidez les gusta tirar la piedra y esconder la mano pues esperan que el lector, al que toman por idiota, deduzca: Franco ordenó incrementar la producción de cerveza para que los españoles estuvieran atontados y le apoyaran. Pero esa gestión económica fue tan demoledora que, para no caer en el hazmerreír, tiene que escribir: <<fue una zona bastante próspera, bastante burguesa, bastante bien alimentada, además de tranquila y sin sobresaltos>>, justo lo contrario que la zona republicana añadimos. MALEFAKIS, Edward: <<La economía española y la guerra civil>> en La economía española del siglo XX, pp. 159-162.
[12] Jordi Catalán tiene que reconocer que la gestión industrial de los nacionales fue mejor que la de los republicanos. Los datos de Bricall para Cataluña sobre la industria son incontrovertibles con el hundimiento de la producción antes de que Franco limitara el abastecimiento de energía eléctrica cayendo en más de un 40%.
[13] Velarde Fuertes estima que en la zona nacional subió en 1939 hasta el índice 140,7 y en la republicana hasta el 1.440,2.
[14] ALÍA MIRANDA, Francisco: La agonía de la República. El final de la guerra civil española (1938-1939). Crítica; Barcelona 2015, p. 104.
[15] Tras hacer las cuentas, según los datos de 1940, el déficit acumulado del Tesoro republicano durante la guerra fue 3 veces superior al del Tesoro nacional. El lector puede sacar sus consecuencias sobre los costes de la guerra y la habilidad de cada uno para su financiación. SÁNCHEZ ASIAIN: op. cit. p. 527.
[16] FRANCO, Francisco: <<Discurso de 31 de diciembre de 1939>>. Mensaje del Caudillo a los españoles. Editora Nacional; Madrid, 1939, pp. 14-15.
