Faro de Cabo Mayor de Santander.
En Santander capital existieron tres checas: la Municipal, la de la calle del Sol y la de los Ángeles Custodios.
El militante socialista, dependiente de comercio, Manuel Neila, al ser nombrado Jefe de Policía del Frente Popular comenzó a ejercer la represión, el terror y el asesinato en las citadas checas. Formó una guardia de milicianos bien dispuestos al asesinato y al saqueo. Las checas estaban rebosantes, empezando las “sacas”, o sea los asesinatos: bien arrojando a los detenidos vivos por los acantilados del faro de Cabo Mayor de Santander, o fusilándolos en las tapias del cementerio de Ciriego. Otros detenidos fueron llevados al barco prisión ‘Alfonso Pérez’, buque mercante de 7.000 toneladas, anclado en un principio en el fondeadero de los Mártires, en la bahía antigua, y posteriormente en la dársena de Maliaño o “El Cuadro”, en la parte del muelle de la Junta de Obras del Puerto, de Santander. Sirvió de prisión a un sin número de sacerdotes, religiosos, militares y simples católicos que, en parte fueron asesinados en el Cabo Mayor y en su mayoría en el mismo buque, bien ametrallados en la cubierta o bien arrojándoles bombas de mano a las bodegas en que se encontraban hacinados.
Los asesinados en el Faro de Cabo Mayor tuvieron una terrible muerte. El Faro se alza sobre un enorme farallón de unos cuarenta metros de altura que cae a pico sobre las aguas y al que sirven de base agudos peñascos barridos por las bravías aguas del Cantábrico. Desde lo alto eran arrojadas las víctimas que caían sobre las erizadas rocas y eran arrastradas por las olas. Luis Araquistain en su libro “Por los caminos de la guerra”, escribe: “Quien se asome a la baranda del Faro, si es cristiano, hará que suba a sus labios una oración como encendido holocausto a los pobres mártires asesinados en el Faro del Cabo Mayor por la barbarie roja”.
Los frailes trapenses del monasterio de Cóbreces (Santander), después de ser maltratados y escarnecidos brutalmente, fueron llevados al Faro del Cabo Mayor, y con las manos atadas a la espalda y con la boca cosida con alambre, fueron arrojados vivos al precipicio. Eran los RR. PP. Pío Heredia Zubia, prior; Amadeo García Rodríguez, Valeriano Rodríguez García y Juan B. Ferris Llopis; Fr. M. Álvaro González López (hermano de votos simples); Fr. Antonio Delgado (postulante), Fr. M. Eustaquio García Chicote, Fr. M. Ángel Vega García, Fr. M. Ezequiel Álvaro Fuentes, Fr. M. Eulogio Álvarez López y Fr. M. Bienvenido Mata Ubierna.
El cañón de Ronda.
En el primer mes de la guerra civil, en Ronda, 512 personas simpatizantes del bando nacional fueron despeñadas al vacío por el cañón que rodea a la ciudad, desde una casa situada en su borde.
Mártires de La Garrofa (Almería).
El 14 de agosto de 1936 fueron asesinadas 28 personas en La Garrofa (Almería). Tenían entre 20 y 62 años. Tras ser fusilados, fueron arrastrados al mar por una lancha motora atados con cuerdas de dos en dos. Sus cuerpos reflotaron y llegaron a la desembocadura del río Andarax, varios kilómetros más al levante.
Salvaje asesinato del coronel Francisco Lacasa el 20 de julio de 1936.
El 19 de julio de 1936, a las cinco de la mañana, tropas del Regimiento de Cazadores de Santiago salieron de los cuarteles de Barcelona y cuando desembocaban por el Paseo de Gracia con la Avenida 14 de Abril (Diagonal), fueron recibidos por los milicianos con una descarga cerrada. Ante este inesperado ataque, el coronel Francisco Lacasa Burgos resolvió buscar refugio en el Convento de los Padres Carmelitas, situado en la esquina de la Diagonal con la calle de Lauria. Le secundaron el teniente coronel Vázquez Delage y el comandante Rebolledo, convirtiéndose el convento en un fortín que quedó sitiado por tres mil individuos armados de fusiles y dotados de considerable número de ametralladoras.
A la madrugada el cerco se estrechó más y el ataque cobró inusitada fuerza, sin que los defensores cedieran en su resistencia, ante lo cual la Generalidad, durante la mañana del 20 de julio, envió al teniente de Asalto Nicolás Felipe para parlamentar con Lacasa, comunicándole que la casi totalidad de las fuerzas se habían rendido y que el general Goded estaba prisionero. El coronel Lacasa le contestó que no se rendirían y que continuarían luchando mientras les fuera posible resistir. Esta negativa enfureció a los sitiadores y al mediodía reforzaron el asedio grandes contingentes de la Guardia Civil mandados por el coronel Escobar, el cual le expuso unas condiciones honrosas para la capitulación. Se respetaría la vida de todos los que se rindieran; los heridos serían evacuados al Hospital Militar, y el resto de los prisioneros serían entregados a las autoridades militares de la región, para juzgarlos regularmente; por último, la Guardia Civil se encargaría de los prisioneros y garantizaría la seguridad de todos.
Lacasa meditó su responsabilidad al entregar a una muerte segura a los que peleaban bajo su mando, máxime al conocer el fracaso del alzamiento en Barcelona. Una vez hubo consultado con sus oficiales, el coronel Lacasa se dirigió al coronel Antonio Escobar Huertas, diciéndole que ordenase el avance de la Guardia Civil, la única fuerza a que estaban dispuestos a entregarse. Se adelantaron los guardias para recibir a los prisioneros, pero al mismo tiempo avanzaron detrás de ellos la turba enfurecida, enarbolando fusiles y vociferando insultos y blasfemias. Al abrirse la puerta, y cuando salían los primeros prisioneros, el populacho rompió el cordón de guardias y ante su casi general pasividad, se entregó a una bárbara matanza. Caen a tiros, a machetazos, a golpes de culata, el coronel Francisco Lacasa, el teniente coronel Vicente Vázquez Delage, el comandante Antonio Rebolledo, los capitanes Claudio Domingo y Pedro Ponce de León y otros oficiales y soldados. Once padres carmelitas sufrieron el martirio, asesinados y destrozados a navajazos.
Al coronel Francisco Lacasa Burgos le cortaron la cabeza, que la chusma paseó después en triunfo, y al comandante Antonio Rebolledo, gravemente herido, lo rodearon las turbas, asesinándolo y aún moribundo lo llevaron a la jaula de los leones del Parque Zoológico de la Ciudadela, donde fue lanzado a las fieras. Al capitán Claudio Domingo con una sierra le cortaron la cabeza y fue paseada en lo alto de una bayoneta, y su cuerpo destrozado acabó también en la jaula de los leones.
Jefe y oficiales de la Armada, brutalmente asesinados y arrojados al mar en Cartagena.
El día 21 de julio de 1936 fueron detenidos en la base aeronaval de San Javier los jefes y oficiales de los barcos y dependencias de la misma por una muchedumbre miliciana embriagada por su triunfo en Cartagena. Conducidos a esa ciudad, se les dio como cárcel la bodega del barco “España nº 3” surto en la bahía. Este buque mercante, construido en Alemania en 1906, de 2.188 t de desplazamiento, al estallar la guerra se hallaba en Cartagena, siendo utilizado como barco-prisión por las autoridades republicanas.
Con los marinos entraron en prisión en el “España nº 3”, jefes y oficiales del Ejército que se hallaban en los castillos y que la horda consideraba peligrosos, siendo sometidos a un régimen inhumano.
El día 14 de agosto de 1936 entró en el puerto el acorazado “Jaime I”. Llevaba en los mástiles las rojas banderas soviéticas, y en las bordas se apiñaba la marinería vociferante, con los puños en alto. El buque llegaba escorado, con graves averías, con muertos y heridos a bordo. La aviación nacional lo había buscado en su refugio de Málaga, castigándolo implacablemente. Aquella misma noche los del “Jaime I” se presentaron en la Escuela de Armas Submarinas y pidieron que los detenidos del “España nº 3” fueran ejecutados sin juicio y en pleno mar. Una patrulla de milicianos acompañaba a la comisión del “Jaime I”.
El jefe de la base dictó entonces dos órdenes que equivalían al asesinato de los detenidos: que el “España nº 3” se diese a la mar inmediatamente y que el barco quedase a las órdenes del jefe de la guardia del “Jaime I”, Javier García Rey, tercer maquinista. A las dos y media de la madrugada el “España nº 3” zarpaba con su carga lúgubre, ya de agonizantes, y se ponía a media marcha a unas cinco millas del puerto.
Entonces se formaron dos piquetes, uno a proa y otro a popa, y fueron sacados de la bodega a diez de los detenidos, y amarrados a la banda de estribor dispararon sobre ellos, matándolos, y arrojando los cadáveres al agua, de dos en dos, con una parrilla en los pies. Como el número de presos era de ciento cincuenta y cuatro, y los verdugos se dieron cuenta de las dificultades que la matanza había de ofrecerles, dudaron si poner pie a tierra para que las ejecuciones se realizasen en el mismo arsenal. Discutieron largo tiempo, y al fin prevaleció la opinión de que los asesinatos continuasen fuera de la bahía.
Todos de acuerdo ya, se colocaron en la parte de proa de la bodega un maquinista y dos marineros, armados de pistolas-ametralladoras, y otro maquinista y otros dos marineros en la parte de popa, con idénticas armas. Un grumete fue entregando a todos los detenidos papel para que pudiesen escribir a sus familias despidiéndose de ellas, y una vez que lo hicieron se les obligó a subir a cubierta por parejas. Allí los hermanos Rego les mataban a tiros de pistola y arrastraban los cadáveres para dejar paso a las siguientes parejas. De dos en dos, los cuerpos fueron arrojados al mar, lo mismo que los anteriores, con pesos en los pies.
Terminada la matanza, el barco enfiló a la bahía y entró en el arsenal con la tripulación en cubierta a los gritos de “¡Viva la República!” y “¡Mueran los traidores!”
Lo que realmente estremece, es la comunicación que el comandante del barco “España nº 3” envió al jefe del arsenal, relatándole lo ocurrido:
«Tengo el honor de poner en su conocimiento que a las dos treinta minutos de hoy salió este buque a la mar para dar cumplimiento a la orden muy urgente de usted, que así lo dispuso. Hallándose este buque fondeado en la bahía, como en días anteriores, pude notar en la dotación cierto nerviosismo, del que en distintas ocasiones he tenido que dar cuenta a usted por parecerme en algún momento peligroso para la seguridad de los detenidos. En el día de ayer, con motivo de la llegada a este puerto del “Jaime I”, averiado y con muertos y heridos por bombardeo aéreo, se observó una mayor indignación en las personas que presenciaban cuantas operaciones se hacían en el citado acorazado y que pedían noticias de lo sucedido. Una vez en el mar, la indignación subió de punto, pidiendo que se hiciera justicia más rápida con los detenidos, porque según ellos lo que se pretendía era substraer a los presos de un castigo ejemplar, ya que no se había tomado una resolución acerca del juicio sumarísimo. Tuve que intervenir, recomendándoles calma y diciéndoles que ya estaban actuando los jueces, pero esto, lejos de calmarles, los excitó más, hasta el punto de que perdí el control sobre ellos. Armados como estaban y con una superioridad numérica manifiesta, me era imposible hacer nada que pudiera evitar sus propósitos. Cuando llevábamos navegando unas cinco millas hacia el Sur con cien grados al Este, fuimos obligados a poner el barco a media marcha. En estos momentos procedieron a llamar a cubierta a las personas detenidas, y colocándolas a la banda de estribor, eran fusiladas por grupos y luego lanzadas al mar con unos pesos en los pies. Cumplidos sus propósitos, después de baldear la cubierta, decidimos volver al puerto, a lo que ellos no se opusieron, marchando el barco entre aplausos y mueras significativos, de la dotación del “Jaime I”, al arsenal donde se reprodujeron las ovaciones y gritos cuando pasaba frente a los talleres de la Sociedad Española de Construcción Naval y hallándose los muelles y el arsenal completamente ocupados por otros marineros».
André Marty y las Brigadas Internacionales.
André Marty nació en Perpignan (Francia) el 6 de noviembre de 1886. Fue encargado por la Internacional Comunista de la organización del reclutamiento y disposición de las Brigadas Internacionales con el cargo oficial de Inspector General.
La carta del comunista André Marty, que dirigió al Comité Central del PCF el 15 de noviembre de 1937, no puede ser más elocuente para darse una idea de la clase de individuos que como brigadistas acudieron a España en octubre de 1936 procedente de distintos países europeos, EE.UU y alguno hispanoamericano:
«En España, mezclados con magníficos militantes comunistas, socialistas, antifascistas italianos, emigrados, alemanes y anarquistas de diversa condición y raza, hemos recibido a muchos centenares de elementos criminales internacionales, y mientras algunos de ellos se han limitado a vivir anchamente sin hacer nada y combatir, muchos han iniciado, aprovechándose de los primeros días, una innumerable serie de delitos abominables: estupros, violencias, robos, homicidios por simple perversión, hurtos, secuestros de personas, etc. No contentos con eso, fomentan sangrientas rebeliones contra las autoridades de Valencia, y no ha faltado alguno que se ha dedicado a ser espía de Franco. A medida que la Policía de Valencia se hacía dueña de la situación, tales elementos eran perseguidos y enviados a Albacete, centro de las Brigadas Internacionales a mis órdenes. Y así como ciertos de los aludidos han redimido sus culpas combatiendo valientemente y cayendo en los encuentros más encarnizados que las Brigadas han sostenido por la salvación de Madrid, otros dan pruebas de ser incorregibles.
Pretendían continuar en Albacete las criminales empresas que habían llevado a cabo en otras partes. Una vez detenidos, se escapaban del campo de concentración, agrediendo y matando a los centinelas. En vista de esto, no he dudado en ordenar las ejecuciones necesarias. Esas ejecuciones, en cuanto han sido dispuestas por mí no pasan de quinientas, todas ellas fundadas en la calidad criminal de los condenados».
Así pues, André Marty, conocido como “El Carnicero de Albacete”, “Le Boucher”, “Il Macelaio” o “The Butcher”, ejecutó a quinientos brigadistas, pero también señaló que otros habían redimido sus culpas combatiendo, comprobándose una vez más la historia de que en las Brigadas Internacionales estaban los peores individuos del hampa, salvo una minoría de idealistas que pagaron con sus vidas el error cometido. André Marty omite decir lo que sucedió en las batallas de la Granja en mayo de 1937, ni en la de Brunete en julio del mismo año, en las que soldados de las Brigadas se negaron a avanzar contra el adversario, siendo ejecutados al estilo soviético: un golpe en la espalda y un tiro en la nuca.
La frase preferida del “carnicero de Albacete” era:
“La vida de un hombre vale 75 céntimos, el precio de un cartucho”.
Para Guillermo Cabanellas (“La guerra de los mil días”. Ed. Heliasta, Buenos Aires 1975):
«André Marty pasará a la historia de la guerra española como un ejemplar sanguinario, cuya manía de fusilar a la gente constituía la revelación no de un genio, sino de un enfermo mental, de un asesino nato, que saciaba así sus bajos instintos. Difícilmente podía adivinarse en el rostro rechoncho, de doble papada y ojos azules, al sanguinario verdugo que fríamente exterminó a miles de sus ‘camaradas’ por las causas más baladíes y por los pretextos más infundados».
Fusilados y quemados en Nuestra Señora del Collell.
Pocos días antes de la liberación de Barcelona, hecho ocurrido el 26 de enero de 1939, los del Frente Popular ordenaron que los presos políticos menores de cincuenta años de edad fueran encuadrados en batallones disciplinarios, para sumarse a las obras de defensa y los demás pasasen a Ripoll (Gerona). Cundió el pánico en las cárceles de la Ciudad Condal, pues se recordaba lo ocurrido en Madrid, en noviembre de 1936, cuando la caída de la capital parecía inminente y numerosos presos fueron asesinados en Paracuellos del Jarama y en Torrejón de Ardoz.
Más de 50 cautivos barceloneses, entre los cuales figuraban los hermanos Bassas Figa, el abogado Bosch-Labrús, el doctor Fontcuberta-Casas, el presbítero Guiu Bonastre y el financiero Garriga-Nogúes Planas, fueron llevados a Ripoll y desde allí al santuario de Nuestra Señora del Collell, en el partido judicial de Besalú, no demasiado lejos de Olot. En los últimos días de la retirada de los rojos de Cataluña, fueron asesinados en el Collell. La matanza fue cometida a toda prisa y algunas de las víctimas sobrevivieron al fusilamiento, entre ellos Rafael Sánchez Mazas, fingiéndose muertos, refugiándose en una masía de Cornellá del Terri (Gerona).
Entre los encarcelados en Barcelona se encontraban monseñor Anselmo Polanco, obispo de Teruel y el defensor de aquella ciudad, el coronel Rey d’Harcourt. El 23 de enero de 1939, Polanco, Rey d’Harcourt, el coronel Francisco Barba, el comandante Herrero, el reverendo Felipe Ripoll, el teniente coronel de la Guardia Civil José Pérez de Hoyo y el antiguo comisario de Policía José Coello de Portugal, junto con otros cautivos procedentes de Teruel, fueron trasladados a Santa Perpetua de Moguda (Barcelona), para unirse allí a un grupo de italianos prisioneros de guerra. El 27 de enero, los llevan a Ripoll, y desde aquí, a pie, a San Juan de las Abadesas. El 31, pasan por Figueras y llegan a Pont de Molins, donde les alojan en ‘Can Boach’. El 6 de febrero se recibe en Pont de Molins una orden del Negociado de Prisioneros y Evadidos, suscrita por el general Vicente Rojo Lluch, donde se ordena entregar a las Fuerzas Aéreas y en calidad de rehenes a «las personalidades de relieve, así como al obispo de Teruel y a los italianos», para conducirlos a la Zona Central. El día siguiente, entre las diez y once de la mañana, llega un camión militar a ‘Can Boach’, con un comandante, un teniente, un comisario político, dos sargentos, seis cabos y treinta soldados, cuya procedencia nunca es aclarada. Exigen la entrega inmediata de Rey d’Harcourt, del obispo Polanco y de otros 38 prisioneros. Los ceden los guardias, si bien protestan cuando los atan de dos en dos, afirmando que aquellos hombres no son peligrosos. Replica el comandante que su custodia ha terminado y ahora le corresponde a él ejercer la suya.
Maniatados por parejas, los llevan a un barranco, el de Can Tretze, entre Pont de Molins y Les Escaules. A las dos de la tarde, en unos matorrales de la hondonada, los acribillan a tiros y luego prenden fuego a los cuerpos, tras rociarlos con gasolina.
