1.
Una evolución económica que se presentaba como camino hacia la mayor responsabilidad de la iniciativa privada, no podía discurrir sin que se produjesen al mismo tiempo modificaciones políticas. El Régimen había superado, con la Ley de Sucesión, su primera etapa constituyente; pero ahora, sobre esta plataforma institucional del Fuero, las Cortes y la Monarquía, era necesario construir nuevas formas que permitiesen la participación del país en las tareas legislativas y de gobierno. Suprimidos los partidos políticos, porque se rechazaba directamente como una falsificación de la voluntad nacional que ellos seleccionasen los candidatos idóneos, era preciso buscar otros cauces hacia la participación que no adoleciesen de la misma o parecida artificiosidad. Para Franco y sus inmediatos consejeros el problema consistía en saber de qué modo podrían ponerse en marcha mecanismos que produjesen buenos legisladores, buenos gobernantes, buenos administradores. La empresa era difícil porque no existían modelos que imitar ni precedentes que seguir.
Franco buscaba desde 1952 medios para crear el régimen que definiera como democracia orgánica, queriendo indicar que no son los individuos sino los órganos que componen la sociedad los que deben emplearse como instrumentos esenciales. Al extinguirse los movimientos armados en el interior y aliviarse de una vez por todas las tensiones económicas, el Caudillo sentía la necesidad de abandonar, liberándose de ellas, muchas de las prerrogativas acumuladas por necesidad sobre su persona, para fortalecer en cambio su papel de árbitro, que es el que corresponde a un Rey y también el que pensaba legar a su sucesor. De ahí la insistencia en anteponer la actitud pasiva y reconciliadora a la de integración y creadora que el Generalísimo estimaba necesaria.
En el fondo se trataba de una muy grave decisión política: aludir a la reconciliación entre «todos los españoles» significaba renunciar a cualquier juicio de valor, eliminar toda distinción entre el bien y el mal, someterse en definitiva a lo que los grupos decidieran. Integrar equivalía en cambio a someter a todos los grupos, reconociendo validez únicamente a las instituciones que, en sí mismas, contenían valor potencial. Libertad para crear, pero no para destruir. En busca de energía política para la democracia orgánica, Franco acudió a Falange Española, porque tenía el sentido de la justicia social, y al Tradicionalismo, que podía dar la vena fuerte de la catolicidad, y a ambos conjuntamente y no por separado porque era, por encima de todo, un hombre de voluntad integradora.
Durante estos años que van de 1951 a 1957 Franco se vio acompañado siempre por el entusiasmo popular. Por muchos esfuerzos de organización que se hubieran propuesto las manifestaciones no hubieran presentado el aire fresco aclama-torio sin la cooperación espontánea del hombre de la calle, siempre dispuesto a salir para ver a su Caudillo cuando nadie le impedía estar en casa o marcharse a pasear por otra parte. Pero no le seguían en cambio muchos de sus colaboradores. Ruiz Giménez, que había sido llamado para insuflar en uno de los sectores vitales de la sociedad, el cien-tífico, ese militante catolicismo falangista, se definía a sí mismo como un «autoritario hijo de la generación liberal».
Lo cual significaba quedarse en la superficie. El problema no era ser autoritario sino cómo establecer unos criterios de autoridad que, siguiéndolos, produzcan un crecimiento de la «libertad profunda» del hombre.
2.
Al espigar los discursos de Franco de 1952, encontramos explicitada la voluntad integradora. La democracia orgánica se identifica con el Movimiento que es, en gran parte, Tradición viva, «capaz de adaptarse a las necesidades de cada hora» y en gran parte, también, idealismo falangista, no hegeliano. Ambas fuerzas, «Tradicionalismo y Falange, no quisieron nunca ser partidos» sino fuerzas constitutivas de un sistema que se ofrece «abierto a todos los españoles de buena fe, que quieran militar en el servicio político de la nación». «Vosotros sabéis muy bien —dijo en otra ocasión, refiriéndose a la guerra civil— que no se trató de la victoria de un grupo o de una clase». «La victoria fue de todos y por eso se administró para todos». Por celebrarse en este año el quinto centenario del nacimiento de Fernando el Católico, en dos ocasiones aludió a la obra de éste, como si quisiera advertir un paralelismo entre aquella y la suya propia. Prescindiendo ahora de lo que puede significar un gesto de vanidad, importa señalar que encontraba el fundamental índice de identidad en la fidelidad a la Iglesia. El Congreso Eucarístico de Barcelona fue presentado por algunos sectores de la prensa como el principal acontecimiento del año.
La democracia orgánica exige que se reconozcan como entidades «naturales» aquellas células de la sociedad que existen antes y al margen del sistema. La familia, los sindicatos, las corporaciones locales, los colegios profesionales y las instituciones académicas se cuentan entre ellas. Ellas son además las que convierten al hombre en persona, es decir, sujeto de derechos y de deberes, sin los cuales deja de ejercerse la libertad o se convierte en una simple independencia para irresponsables —«libertinaje»— como con mucha frecuencia explicaba Franco. La suprema célula de convivencia natural es la nación, la Patria autónoma de cuyo bienestar depende el de los ciudadanos que la componen. Pero esta Patria, que no se identifica con el Estado como en la doctrina hegeliana, puesto que el Estado es instrumento al servicio de aquella; tampoco se identifica con la voluntad o las preferencias de los hombres que actualmente en ella viven: el pasado y el futuro pasan como obligaciones fundamentales.
Veamos algunos de los pensamientos del Generalísimo. «Frente a esta falsa democracia, anuladora del individuo, oponemos nosotros una democracia orgánica. Abominamos de los partidos políticos porque habían reducido a España a su más simple expresión, tras un siglo de luchas cruentas de unos contra otros. Para nosotros, la existencia de la Patria no puede ser sacada a discusión de hombres. Hay cosas que están por encima de los derechos de los hombres». Cabría añadir: los partidos políticos no son entidades naturales sino artificiales; existen como medios para el funcionamiento de un determinado sistema que niega valor a la integración y le concede en cambio a la confrontación entre opiniones de la que la más importante no es la más sabia, prudente o profunda sino la más numerosa. Pero en la sociedad humana el número de sabios, santos o nobles escasea.
3.
Franco pensaba que la estructura del Estado que estaba obligado a construir, tenía que colocarse al servicio de un depósito histórico de ciertos principios, formas de vida y pensamiento, normas para la conducta, que constituía esa «hispanidad» de que Maeztu y García Morente hablaran. La españolidad como manera de ser y contenido no sólo es susceptible de conservación. Reclama a cada instante nueva vida, crecimiento. Entre la Patria y las instituciones naturales que la componen existe una relación vertical, de jerarquía: las ciudades están al servicio de los ciudadanos y subordinadas al bien común de la Patria y no a unos cuantos de sus habitantes aunque sean transitoriamente la mayoría.
En las palabras de Franco el término vertical adquiere sinónimos de integración mientras que horizontal casi equivale a enfrentamiento y disgregación:
«Aquella división artificiosa de derechas e izquierdas, nacida al calor del régimen liberal que nos trajo la guerra de la Independencia, forzosamente había de conducirnos a la ruina, como vivíamos antes del Movimiento Nacional: escindidos los pueblos, peleadas las ciudades, españoles contra españoles, menospreciadas las esencias de la Patria, paralizado el trabajo, atropelladas las conciencias, detenido el progreso, sin la menor mejoría del bien común, objeto de toda política honrada».
De todas formas el Caudillo se negaba a admitir que su Régimen fuera una nostalgia del pasado. Al contrario era el sistema liberal parlamentario el que le parecía un arcaísmo anclado en términos fuera de lugar. «El mundo vive hoy una era de revolución social en pleno desarrollo. Poco importa que algunos quieran desconocerla. Y esa bandera de la revolución social es la que intenta explotar el comunismo, arrastrando al mundo hacia el caos materialista». La revolución social le parece un bien necesario, el materialismo en cambio un mal absoluto. «A una doctrina engañosamente cautivadora hay que oponerle otra verdadera, que cautive más. No podemos volver a aquella desdichada división de derechas e izquierdas, en buena hora superada».
Situándose en una tradición cristiana califica la carencia de bienes de miseria, que debe ser desarraigada. «Alcanzar los términos de una justicia como la que reclama nuestro lema, es la cifra y resumen de los problemas históricos contemporáneos». Cuando Franco pronunciaba frases como esta,
«no se trata del salario justo, ni de la seguridad social, ni de determinadas mejoras, ni de la ocupación permanente en el trabajo; se trata de todo eso a la vez en un solo problema general y básico, que constituye la razón de ser y uno de los fines primarios y fundamentales del Estado»,
se percibían en ella los ecos del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera y también del trabajo activo que Girón desarrollaba para convertir muchas de estas palabras en tangible realidad.
