Albiñana y Sanz, José María.
Nació en Enguera (Valencia). Doctor en Medicina, ejerció como especialista en enfermedades nerviosas y mentales, ampliando sus estudios en Francia, Bélgica y Holanda. También se doctoró en Filosofía y Letras. En el año 1911 fundó el periódico La Sanidad Civil, que redactaba él solo. Actuó como representante de España en el Congreso Internacional de Historia de la Medicina. En 1921 estuvo en México estudiando la primitiva medicina azteca, país del que fue expulsado por su abierta propaganda españolista. Estos trabajos científicos fueron publicados por ABC, bajo el título general de “Reivindicaciones Españolas”. A su regreso a España fundó en 1930 el Partido Nacionalista Español, en el que se invitaba a inscribirse a “todos los hombres honrados que sientan la inapreciable dignidad de haber nacido españoles”. En 1932 colaboró activamente en la sublevación militar capitaneada por Sanjurjo, y tras el fracaso de la misma, el Gobierno republicano acordó su confinamiento en Las Hurdes, donde permaneció cerca de un año. Estuvo presente en el mitin fundacional de la Falange, celebrado el 29 de octubre de 1933 en el teatro de la Comedia de Madrid. En las elecciones generales de 1933 fue elegido diputado a Cortes por Burgos con el Partido Nacionalista Español. En 1934 se incorporó a los monárquicos de Renovación Española. En el año 1936 fue reelegido diputado, por la misma circunscripción de Burgos, con el Bloque Nacional.
Autor de algunas novelas como Sol de Levante (México, 1923), Aventuras tropicales. En busca del oro verde (Madrid, 1928). Bajo el cielo mejicano (Madrid, 1930). De carácter político, hay que destacar los siguientes libros antirrepublicanos: Prisionero de la República, 1931; España bajo la dictadura republicana, 1932; Confinado en Las Hurdes. Una víctima de la Inquisición republicana, 1933.
Con el triunfo electoral en 1936 del Frente Popular, fue detenido en Madrid y conducido a la cárcel Modelo, donde con otros muchos reclusos, entre los que se encontraban los ex ministros Rico Avello, Álvarez Valdés y Martínez Velasco; Melquíades Álvarez, jefe del Partido Republicano Liberal Demócrata, y que había sido durante muchos años amigo y jefe político de Manuel Azaña; los falangistas Fernando Primo de Rivera –hermano de José Antonio- y el aviador de la heroica gesta del “Plus Ultra”, Julio Ruiz de Alda; el comisario de policía Santiago Martín Báguenas y los generales Capaz y Villegas, fue asesinado en el patio de la cárcel el 23 de agosto de 1936.
Este asesinato en masa de la cárcel Modelo fue un hecho espantoso que descalificó, ya para siempre, a la República, hiriendo en lo más íntimo al presidente Manuel Azaña, tal como lo recuerda en su libro La Velada en Benicarló:
“Yo estaba en Madrid la terrible noche de agosto en que fue asaltada la cárcel y asesinadas por una turba furiosa algunas personas conocidas. Yo también hubiese querido morirme aquella noche, o que me mataran. La desesperación no me enloqueció. ¡Ingrata fortaleza!. El presidente del Consejo lloraba lágrimas de horror. Razón le sobraba.”
El número de asesinados llegó aproximadamente a los doscientos, en ese asalto de los milicianos del Frente Popular a la cárcel Modelo. Tanto Azaña como su jefe de Gobierno, José Giral Pereira, lloraron esa terrible matanza, pero ninguno de los dos expresaron su horror ni su reprobación en público.
Melquíades Álvarez y González Pivada (1864-1936).
Nació en Gijón. Estudió la carrera de Derecho y fue decano del Colegio de Abogados de Madrid. Ilustre jurista y orador. En el año 1912 fundó el Partido Reformista. En 1922 fue elegido presidente del Congreso de los Diputados. Aunque desde el primer momento fue enemigo de la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, no consiguió consolidar su espacio político durante la República, basculando, un tanto indeciso, entre la derecha republicana y la izquierda moderada. Creó el Partido Republicano Liberal Demócrata, del cual fue su jefe desde la proclamación de la República hasta 1936. Diputado por Valencia en las Cortes constituyentes de 1931 y reelegido por Oviedo en 1933. En éste año, con el triunfo de la derecha en las elecciones generales, apoyó claramente al Gobierno de derechas, oponiéndose a los movimientos revolucionarios de 1934 en Asturias. En los días anteriores al alzamiento militar de julio de 1936, parece ser que intentó contactar con el general Sanjurjo.
Al estallar la contienda se hallaba en Madrid, siendo detenido por el Frente Popular y conducido a la cárcel Modelo de Madrid, donde fue asesinado en el patio del recinto penitenciario el 23 de agosto de 1936, junto con otras relevantes personalidades, ya relatadas en la biografía del doctor José María Albiñana.
José Calvo Sotelo (1883-1936).
Nació en Tuy (Pontevedra). Estudió Derecho en Zaragoza y en Madrid. Abogado de Estado que hizo una brillantísima carrera política, primero a la sombra de Antonio Maura y después con la dictadura del general Primo de Rivera. Fue diputado a Cortes por Carballino (Orense), gobernador civil de Valencia, director general de la Administración Local, ministro de Hacienda, etc. Al proclamarse la República, en 1931, se marchó a Portugal y, posteriormente a Francia. Con el Gobierno presidido por Alejandro Lerroux, volvió a España el 4 de marzo de 1934, dispuesto a luchar contra un Régimen que le cerraba todo porvenir. Emprende la organización de las fuerzas de derecha. Desde su escaño en las Cortes hace una labor demoledora contra la República. Activo colaborador de la revista Acción Española. En diciembre de 1934, al constituirse el Bloque Nacional, se convierte en su más cualificado representante, destacando por su antirrepublicanismo y por su siempre valerosa actitud ante las Cortes. Es de destacar su violento incidente con el presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga, en la sesión parlamentaria del 16 de junio de 1936, donde fue objeto de insultos por algunos diputados izquierdistas. En un momento de su discurso, contestando al presidente del Gobierno, que le había amenazado, dijo:
“Yo tengo, señor Casares Quiroga, anchas espaldas. Su Señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y para las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde ese banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Bien, señor Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de Su Señoría. Me ha convertido Su Señoría en sujeto, y por tanto no sólo activo, sino pasivo, de las responsabilidades que puedan nacer de no sé qué hechos. Bien, señor Casares Quiroga. Lo repito, mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi Patria y para gloria de España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más! Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: «Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis». Y es preferible morir con gloria que vivir con vilipendio. Pero a mi vez invito al señor Casares Quiroga a que mida sus responsabilidades estrechamente, si no ante Dios, puesto que es laico, ante su conciencia, puesto que es hombre de honor; estrechamente, día a día, hora a hora, por lo que hace, por lo que dice, por lo que calla. Piense que en sus manos están los destinos de España, y yo pido a Dios que no sean trágicos.”
Un mes después, en la madrugada del 13 de julio de 1936, es detenido en su domicilio de la calle Velázquez 89, por un grupo de guardias de Asalto, mandados por el capitán de la Guardia Civil, Fernando Condés y, con el pretexto de ser conducido a la Dirección General de Seguridad –no obstante la inmunidad a la que como parlamentario tenía derecho-, es subido a la camioneta Hispano-Suiza, nº 17, de la Dirección General de Seguridad. Al llegar el vehículo al cruce de Velázquez con Ayala, cambia de dirección y ante el asombro del diputado, el pistolero Victoriano Cuenca dispara contra la nuca de Calvo Sotelo. El asesino, inclinándose sobre la víctima, que se ha desplomado exánime de bruces, hace un segundo disparo apuntando a la cabeza. La camioneta sigue Alcalá arriba hacia el cementerio del Este, donde dejan el cadáver, diciendo a los guardas nocturnos que es un sereno que han encontrado muerto en la vía pública, y que cuando se haga de día, les traerán la documentación correspondiente. De regreso al cuartel de Pontejos, Condés ordenó a Bayo Cambronero, guardia de Asalto conductor del vehículo, que lavase las manchas de sangre de los asientos y suelo de la camioneta.
Los doctores Piga y Aguila Collantes, practicaron la autopsia del cadáver:
“La muerte del señor Calvo Sotelo se perpetró en el autocar nº 17 de la Dirección General de Seguridad, y fue debida a las lesiones encefálicas ocasionadas por dos disparos de arma de fuego en la región de la nuca. La muerte fue instantánea y sin que el agredido pudiera defenderse ni suponer, acaso, el momento de la agresión”.
El entierro tuvo lugar a las cinco de la tarde del 14 de julio, asistiendo al acto unas 30.000 personas. El cadáver de Calvo Sotelo se amortajó con hábito franciscano y con una bandera monárquica. Antonio Goicoechea y Cosculluela, político monárquico, pronunció el siguiente discurso:
“… No te ofrecemos que rogaremos a Dios por ti. Te pedimos a ti que ruegues a Dios por nosotros. Y ahora, ante esa bandera colocada como una reliquia sobre tu pecho, ante Dios que nos oye y nos ve, empeñamos solemne juramento de consagrar nuestra vida al cumplimiento de esta triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte y salvar a España, que todo es uno y lo mismo; porque salvar a España será vengar tu muerte, e imitar tu ejemplo será el camino más seguro para salvar a España…”
El 18 de julio de 1948, el jefe del Estado Generalísimo Franco le hizo merced del título de duque de Calvo Sotelo.
Ramiro Ledesma Ramos (1905-1936).
Nació el 23 de marzo de 1905 en Alfaraz (Zamora). Funcionario de Correos por oposición a los dieciséis años de edad y articulista precoz, autor de cuentos de innegable valor literario, tales como El vacío (Madrid, 1922); El joven suicida (Madrid, 1923) y las novelas El sello de la muerte (Madrid, 1924), dedicada a Unamuno y El fracaso de Eva. Estudió Ciencias Exactas y Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. Discípulo y admirador de Ortega y Gasset, colaboró en la Revista de Occidente, en Gaceta Literaria y El Sol. El 14 de marzo de 1931 funda y dirige una revista semanal “de lucha y de información política” con el título de La conquista del Estado, la cual sirvió de vehículo para hacer público su ideario. Aunque de circulación minoritaria, despertó un gran interés en las filas de las clases política e intelectual. Junto con Juan Aparicio López, Antonio Bermúdez Cañete, Roberto Escribano Ortega, Ernesto Giménez Caballero, Ramón Iglesias Parras, Francisco Mateos González, Alejandro M. Raimúndez, Antonio Riaño Lanzarote, Manuel Souto Vilas y Ricardo de Jaspe Santomá, fundó las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (JONS). Dicha organización era esencialmente juvenil y universitaria. Tras conocer a Onésimo Redondo Ortega, jefe y fundador de la Junta Castellana de Actuación Hispánica, se lo atrae hacia las filas de las JONS. En 1933, Ramiro Ledesma establece contacto con José Antonio Primo de Rivera, que acaba de fundar Falange Española. Poco tiempo después las JONS se fusionan con Falange Española. La organización resultante de tal fusión va a llamarse Falange Española de las JONS, de la que Ledesma Ramos tendrá el carné número 1. Al principio fue gobernada por un triunvirato compuesto por José Antonio Primo de Rivera, Julio Ruiz de Alda y el propio Ramiro Ledesma Ramos. Poco tiempo después, éstos dos últimos, delegaron sus funciones ejecutivas a José Antonio.
El 4 de marzo de 1934 en Valladolid, Ramiro Ledesma pronunció unas palabras, en el primer acto político celebrado por Falange Española de las JONS, y que serían un augurio del trágico destino de los cuatro fundadores de aquel Movimiento, de aquellos cuatro hombres jóvenes que pusieron en juego su vida, y la perdieron, vilmente asesinados por las hordas rojas: José Antonio, Onésimo Redondo, Julio Ruiz de Alda y el propio Ramiro Ledesma. En aquel mitin dijo:
“En nuestra profunda sinceridad radica para nosotros la garantía mejor de este Movimiento que hemos iniciado. Pero hay aún otra garantía que os ofrecemos sin vacilaciones a vosotros, y es la de que nuestra propia vida jugará en todo momento la carta de nuestra victoria, que es y ha de ser, infaliblemente, la victoria misma de España y de todos los españoles.”
Debido a diferencias ideológicas entre José Antonio y Ramiro, el 14 de enero de 1935, Ledesma y otros antiguos dirigentes de las JONS, abandonaron la disciplina de Falange Española. No hubo expulsión, sino que de motu propio, decidieron separarse de la Falange. A continuación fundó un periódico titulado La Patria Libre. Al estallar la guerra civil fue detenido en Madrid por las milicias marxistas y conducido a la cárcel de Ventas. Junto a él y, entre numerosas personas, se hallaba el sacerdote P. Manuel Villares, gracias al cual se conocieron los últimos momento de la vida de Ramiro Ledesma. Lo relató así: “El último capítulo de la vida de Ramiro Ledesma está todavía inédito. Se conoce su vida como luchador político, pero se desconocen casi completamente las circunstancias de su muerte y los últimos meses de su existencia. Yo he sido testigo presencial de este periodo porque coincidí con él en la cárcel y le traté con mucha intimidad. Nos trasladaron a la cárcel de Ventas. Allí fuimos destinados, de momento, al departamento de lavaderos, porque estaba ya toda abarrotada. Constituíamos una masa heterogénea de presos políticos, golfillos, gentes indeterminadas, predominando un grupo de estudiantes salesianos de la casa de formación Mohernando. Entre otros, recuerdo que estaba también allí Agustín Figueroa, hijo del conde de Romanones. Todos los días por la noche rezábamos el rosario, y después se cantaba el “Cara al Sol”.
Un día le pregunté a Ramiro: -Tú, ¿por qué no rezas también el rosario?
-Cuando yo era chico, lo rezábamos en mi pueblo los domingos, y no creo que haya obligación de rezarlo, y menos todos los días –me contestó.
Esto me dio ya pie para derivar la conversación hacia temas religiosos. Él no sabía que yo era sacerdote. Vestía de paisano y tenía la documentación de alumno de la Facultad de Filosofía y Letras, cuyos estudios estaba cursando en Madrid.
Nuestras conversaciones sobre temas religiosos se hacían cada vez más frecuentes. Parecía como si presintiera su muerte, y quería llegar a ello con el problema de la fe resuelto… Se mostraba reacio a aceptar la fe si no era por un acto de evidencia, y aquella frialdad intelectual con que abordaba los problemas le hacía desdeñar la vía del sentimiento. Pero Dios toca siempre en el corazón. Un día, después de larga conversación, me dijo que necesitaba una tregua para pensarlo. Aquella noche la gracia surtió sus efectos. Al día siguiente, cuando nos reunimos en el patio, me dijo: -No sigas. Creo ya, con la fe ingenua con que creía cuando era un monaguillo de mi pueblo.
Entonces le aconsejé que si era así, su primer acto debía ser el ponerse a bien con Dios. No quería yo que confesara conmigo para dejarle más libertad en momento tan trascendental y le mandé a don José Ignacio Marín, sacerdote joven, que solía confesar en un rincón del patio, paseando con los penitentes. Así lo hizo, y después noté en él una gran tranquilidad y una seguridad y alegría desconocidas. Le había desaparecido la preocupación religiosa que tanto le aterraba…
A la noche se presentó en la cárcel un Comité que comenzó a hacer interrogatorios por las celdas. Aquélla noche salieron unos veinticinco presos…
No sé si venían directamente por él o al descubrir su verdadera personalidad se lo llevaron. Mi celda estaba encima del salón de actos donde se reunían los presos que sacaban para cargarlos en los camiones. A altas horas de la noche, no puedo precisar la hora, se sintió un tiro abajo, en el salón de actos, que por acción de la onda explosiva hizo vibrar todo el suelo de la celda. Yo no sabía lo que había pasado ni si lo habían sacado, porque vivía en una galería diferente a la de él. A la mañana siguiente un oficial de prisiones nos relató lo ocurrido. Al querer meter a Ramiro en el camión, éste se abalanzó a un miliciano, intentando cogerle el fusil y diciendo: -A mí me mataréis donde yo quiera y no donde vosotros queráis. Entonces otro miliciano le disparó un tiro a bocajarro y quedó muerto en el acto. Así murió Ramiro Ledesma Ramos. Abrazado a la espada como un Nibelungo, como un héroe. Pero también con espíritu cristiano, abrazado a la cruz y confortado y sostenido por la fe de Cristo.”
Era el 29 de octubre de 1936. A la derecha de la puerta de entrada del cementerio de los Mártires de Aravaca (Madrid), una lápida ostenta esta inscripción: “En fosas comunes, se hicieron aquí tierras de España, muchas de las víctimas de un tiempo de odio que desató su furia sobre el solar patrio. Os recordamos entre ellas a las de Ramiro de Maeztu, definidor de la Hispanidad, y Ramiro Ledesma Ramos, adelantado en la convocatoria de una empresa revolucionaria y nacional. Ofrendarles a todos vuestro esfuerzo y oración.” Informado Ortega y Gasset de su asesinato, exclamó: “No han matado a un hombre, han matado a un entendimiento”.
Autor, entre otros trabajos de Discurso a las juventudes de España (1ª edición: 1935). ¿Fascismo en España?. Sus orígenes, su desarrollo, sus hombres. Ed. La Conquista del Estado, Madrid, 1935. ¡Hay que hacer la revolución hispánica!. Ed. Albero, Madrid, 1931.
Ramiro Maeztu Whitney (1874-1936).
Nació en Vitoria el 4 de mayo de 1874. De padre vasco navarro y madre escocesa, cursó el bachillerato en su ciudad natal. Por necesidades económicas, a los quince años marchó a París y a La Habana, para ayudar a su padre en sus actividades mercantiles. En 1893 regresa a España, ejerciendo de periodista en Bilbao y en Madrid. Su vocación literaria le hace fundar el grupo “Los Tres”, en compañía de Azorín y Pío Baroja. Contrajo matrimonio con la inglesa Alice Mabel Hill
Dice de él su amigo Juan Ignacio Luca de Tena: “a los veinte años era anarquista; a los treinta, republicano y camarada de los señores que integraban la famosa Institución Libre de Enseñanza; colaboraba en España, la revista de los intelectuales izquierdistas, y su firma, ya muy prestigiosa, se veía frecuentemente en El Sol de los tiempos de Ortega. Yo no recuerdo exactamente cuándo comenzó su evolución hacia la derecha; tal vez al principio de la Dictadura”.
Con la pérdida de las últimas colonias españolas en 1898 se acentúa su sensibilidad crítica y denuncia en numerosos artículos la falta de pulso de su patria. De 1905 a 1919 residió en Londres, desde donde enviaba crónicas a La Correspondencia de España; La Prensa, de Buenos Aires; El Heraldo de Madrid y El Sol. En 1928 y durante la dictadura del general Primo de Rivera, fue embajador de España en la República Argentina. Tras la proclamación de la República colaboró en Acción Española, de cuya revista llegó a ser el director. Era el órgano del partido del mismo nombre, en el que publicó varios artículos que más tarde recopilaría en uno de sus mejores libros y el que tuvo mayor resonancia: Defensa de la Hispanidad (1934), cabeza de una trilogía con dos grandes proyectos más: Defensa del espíritu y Defensa de la Monarquía. Diputado monárquico en las Cortes de la República, fue nombrado académico de Ciencias Morales y Políticas en 1933, y académico de la Lengua en 1935. El 31 de julio de 1936 fue detenido por los milicianos del Frente Popular por el delito de haber escrito tanto sobre España y por España. Logró que le llevaran a la cárcel de Ventas las cuartillas para completar Defensa del espíritu, que sus verdugos arrojaron a la basura después de arrancarle la vida el 29 de octubre de 1936 en Aravaca (Madrid). Frente al pelotón de milicianos que lo iban a asesinar, segundos antes de que le llegara la muerte, pronunció Ramiro su frase lapidaria:
“Vosotros no sabéis por qué me matáis, pero yo sí sé por lo que muero”.
Sin duda, fue el más intelectual de todos los intelectuales vilmente asesinados por las hordas marxistas. Autor, entre otros libros de Don Quijote, don Juan y la Celestina, La crisis del humanismo, El sentido reverencial del dinero, etc.
Se calcula que dejó escritos unos catorce mil artículos de una enorme calidad y profundidad. Salvador de Madariaga y José Ortega y Gasset, habían exaltado a Maeztu como el escritor español de base cultural más ancha y sólida sobre todos los del primer tercio del siglo XX. Junto a Unamuno y Ortega, Maeztu fue sin duda el primer intelectual español de los años treinta, pero tuvo la desgracia de ser asesinado en la zona roja y no en la nacional, por lo que la difusión actual, por los diferentes medios de comunicación, hacen creer que el intelectual más importante que recibió muerte violenta en la guerra civil, fue Federico García Lorca, buen poeta sin duda pero que, en cuanto a categoría cultural e intelectual, estaba a años luz de Ramiro Maeztu.
Pedro Muñoz Seca (1881-1936).
Nació en El Puerto de Santa María (Cádiz) el 20 de febrero de 1881. Estudió el bachillerato en el colegio de los Jesuitas de su ciudad natal. Cursó en la Universidad de Sevilla las carreras de Derecho y de Filosofía y Letras. Su vida literaria la desarrolló en Madrid como colaborador de “Blanco y Negro”, “Ilustración Española y Americana” y “Nuevo Mundo”.
El 28 de noviembre de 1904 estrenó El contrabando, escrita en colaboración. A partir de entonces se dedica enteramente a la labor de autor teatral para lo que poseía un gran ingenio. Fue uno de los más famosos y populares comediógrafos de España. Alcanzó un gran éxito en su época La venganza de don Mendo (1918), parodia del teatro del Siglo de Oro. Otra obra que le dio mucha fama fue la titulada Los extremeños se tocan. Con la llegada de la República escribió obras antirrepublicanas, dedicándose a la crítica de leyes, instituciones y costumbres, como La oca (1931), que era una visión burlesca del problema campesino de Andalucía; Anacleto se divorcia (1932), sobre la ley de divorcio aprobada por las Cortes republicanas; El ex… (1933), sátira sobre los diputados ineptos; Jabalí, etc. Estas obras le valieron la animadversión de los republicanos.
A los pocos días de comenzar la guerra civil fue detenido en Barcelona, donde había acudido el 15 de julio para estrenar su último éxito de Madrid. Cuando la sublevación de Goded fracasó en la Ciudad Condal y empezó la revolución con todos sus horrores, se refugió en una pensión modesta. Allí lo detuvieron los milicianos y trasladado a Madrid.
Para justificar de algún modo las oleadas de matanzas, la Junta de Defensa, por medio de la Consejería de Orden Público, instituyó tribunales populares, formados por facinerosos que realizaban una parodia de juicio. Estos juicios sumarísimos empezaron en la cárcel de San Antón el 21 de noviembre de 1936. En aquellos dramáticos momentos, Muñoz Seca aún conservó el humor, diciendo a sus carceleros:
“Podréis quitarme las monedas que llevo encima, podréis quitarme el reloj de mi muñeca y las llaves que llevo en el bolsillo, podéis quitarme hasta la vida; sólo hay una cosa que no podréis quitarme, por mucho empeño que pongáis: el miedo que tengo”.
El día 25 tuvo lugar el “juicio” a Muñoz Seca. El 28 de noviembre, salieron de San Antón dos importantes sacas, y en la primera, compuesta por 113 presos estaba Pedro Muñoz Seca. Sabiendo adónde le llevaban dijo a sus asesinos:
“Me equivoqué al ingresar en la prisión de Madrid y deciros lo que os dije; sois tan hábiles que me habéis quitado hasta el miedo”.
Aquel 28 de noviembre de 1936 fue asesinado en Paracuellos del Jarama.
Víctor Pradera Larumbe (1873-1936).
Nació en Pamplona. Estudió la carrera de Derecho en la Facultad de Madrid. También cursó la carrera de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Desde muy joven, su vocación por la política le llevó a desempeñar el cargo de diputado electo por la provincia de Guipúzcoa. En 1899, con veintiséis años, obtuvo su primera acta de diputado a Cortes por Tolosa y Pamplona. Católico tradicionalista, no se encerró en el carlismo dinástico, sino que apoyó al rey Alfonso XIII y a la Dictadura del general Primo de Rivera. Fundador, con Calvo Sotelo, del Bloque Nacional, se mostró partidario de la unidad española. Gran orador y escritor colaboró en diversas publicaciones periódicas de su época. Sus escritos fueron recopilados y se publicaron sus Obras Completas en 1945, siendo autor del prólogo el Generalísimo Franco, con consideraciones doctrinarias y observaciones acerca del sentido del Movimiento Nacional.
En 1931 anticipó los rumbos catastróficos que se avecinaban. Cuando José Antonio Primo de Rivera pronunció su célebre discurso fundacional en el Teatro de la Comedia, Víctor Pradera escribió un artículo memorable en el que reconocía las razones del fundador de la Falange, señalando que no se trataba de interés de grupo, sino patrimonio de la verdad española. Apoyó con simpatía el nacimiento de Falange Española. Se situó en planos de enlace entre las diversas corrientes de derecha. En 1935 publicó El Estado nuevo, que junto con el discurso de la Comedia de José Antonio y el ensayo Anarquía o jerarquía de Salvador de Madariaga, se convirtió en breviario político e institucional de Franco para la articulación de su régimen.
Detenido por las hordas marxistas, fue llevado a la cárcel de Ondarreta en San Sebastián, de donde lo sacaron junto a su hijo Javier, los dos hermanos Balmaseda, el comandante Velasco, el ex ministro de la República Diego Jalón, Juan Lizárraga y Melchor Lacabe, para ser fusilados por las turbas, el 4 de septiembre de 1936. Víctor Pradera se abrazó a un crucifijo, después de afirmar su fe frente a sus verdugos y perdonando a éstos. Pocos días después, el 13 de septiembre, una columna del Ejército Nacional mandada por el coronel Alfonso Beorlegui Canet y otra a las órdenes del coronel José Iruretagoyena Solchaga, entraban en San Sebastián, comprobando los asesinatos de varios líderes de la derecha, tales como Honorio Maura, Joaquín Beunza y Leopoldo Matos, cometidos días antes de la retirada de los rojos.
El 18 de julio de 1949, el jefe del Estado Generalísimo Franco le hizo merced del título de conde de Pradera, por sus méritos como “figura relevante de la Tradición”.
José Antonio Primo de Rivera (1903 – 1936).
Tercer marqués de Estella, Grande de España y primer duque de Primo de Rivera, hijo de don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja y de doña Casilda Sáenz de Heredia, nació en Madrid el 24 de abril de 1903, en la calle Génova 22. El mayor de seis hermanos (Miguel, Carmen, Angelita, Pilar y Fernando), estudió Derecho en la Universidad de Madrid y se licenció en 1922. Ejerció la abogacía desde 1925 a 1930 sin manifestar la menor intención política, quizá debido al puesto que su padre ocupaba.
En 1930, a la caída de la Dictadura presidida por el general don Miguel Primo de Rivera, ingresó en la Unión Monárquica Nacional con el propósito de reivindicar la memoria de su padre, y que poco tiempo después protagonizó un incidente con el general Gonzalo Queipo de Llano, al cual abofeteó públicamente en un café de Madrid por haberse permitido juzgar desdeñosamente a su progenitor, lo que, dada su condición de oficial de complemento del ejército, le obligó a comparecer ante un consejo de guerra que le condenó a la pérdida de tal condición y a su expulsión de la milicia. Tras la proclamación de la II República se presentó a diputado, pero no obtuvo los votos suficientes. Se manifestó a sus electores de esa forma:
“No me presento a la elección ni por vanidad ni por gusto a la política, que cada instante me atrae menos… ¡Quiero un puesto en las Cortes para defender la memoria de mi padre!”.
Tras los sucesos del 10 de agosto de 1932, fue detenido por orden de Ángel Galarza, a la sazón director general de Seguridad, por suponérsele implicado en la sublevación encabezada por el general Sanjurjo. A uno de los agentes que le practicaron la detención, le dijo: “Llevar el nombre de un padre honrado y conocido resulta un pretexto suficiente para configurar un delito político. Dígale a quien le ha mandado, a Angelito Galarza, que a él no le podrán detener por igual causa.” Puesto en libertad, proyectó con el diario “La Nación” crear una revista que nunca salió a la luz al ser secuestrada por el Gobierno de Azaña. Colabora en “El Fascio”, que dirige Manuel Delgado Barreto y en el que escriben Rafael Sánchez Mazas, Ramiro Ledesma Ramos y Ernesto Giménez Caballero. Por orden gubernativa, suspenden la publicación. Con el aviador y héroe del Plus Ultra, Julio Ruiz de Alda y Migueleiz, funda el Movimiento Sindicalista Español, embrión de lo que poco tiempo después sería Falange Española.
El 29 de octubre de 1933, acompañado por Alfonso García-Valdecasas y Ruiz de Alda, interviene en un acto de “afirmación nacional”, celebrado en el teatro de la Comedia de Madrid. En este mitin se concretó la fundación de un nuevo movimiento político: Falange Española (FE).
En 1933 fue elegido diputado a Cortes por Cádiz, desarrollando una brillante labor parlamentaria, interviniendo en todos los grandes debates, teniendo sus discursos una gran resonancia nacional, manifestando la doctrina de la Falange. En febrero de 1934 se produce un primer acercamiento y posterior fusión con las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista) de Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, que se hace real el 4 de marzo de 1934, en el teatro Calderón de Valladolid, bajo el triunvirato formado por José Antonio, Ramiro Ledesma y Ruiz de Alda. Pronto queda como jefe único José Antonio. Con la revolución de Asturias y Cataluña del 6 de octubre de 1934, Falange Española estuvo presente en la manifestación contrarrevolucionaria, celebrada en la Puerta del Sol de Madrid. Sus discrepancias con Ledesma Ramos le llevaron a la ruptura con un sector de las JONS. En las elecciones de febrero de 1936, José Antonio, candidato por Cuenca, fue desposeído de su triunfo mediante diversos artilugios del Frente Popular. Sin su inmunidad parlamentaria fue detenido junto a otros dirigentes falangistas de Madrid en marzo de 1936 y en el mes de junio fue trasladado a la prisión provincial de Alicante. En el mes de noviembre de 1936, el embajador soviético, el judío Marcel Rosenberg, da la orden de matar a José Antonio, para lo que se monta rápidamente un procedimiento “legal” a base de un Tribunal Popular compuesto por destacados enemigos del acusado: socialistas, comunistas y anarquistas. Los procesados son José Antonio, su hermano Miguel y la esposa de éste, Margarita Larios. El sumario tenía treinta y ocho folios. El juicio oral se señaló para el día 16. José Antonio se encargó de la defensa de sus hermanos y de la suya propia. El fiscal pide la pena de muerte para el fundador de la Falange, como autor, por inducción, de un delito de rebelión militar. A Miguel, treinta años de reclusión y a su esposa, seis años y un día. El mismo día 17 de noviembre, José Antonio otorga testamento ológrafo. Es separado de su hermano Miguel y conducido a la celda número 1: la de los condenados a muerte. Pidió, y obtuvo del Director de la prisión, un confesor. Fue mosén Planellas, que se encontraba preso y que fue fusilado pocos días después, el que confesó a José Antonio. Al regresar a su celda, el sacerdote dijo a sus compañeros: “Hoy he confesado a un hombre que va a morir por todos”.
José Antonio en su celda, sentado en una banqueta y sobre una mesa de pino, escribió su maravilloso testamento:
“Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a este trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no me aplique la medida de mis merecimientos sino la de su infinita misericordia. Me acomete el escrúpulo de si será vanidad y exceso de apego a las cosas de la tierra el querer dejar en esta coyuntura cuentas sobre algunos de mis actos; pero como, por otra parte, he arrastrado la fe de muchos camaradas míos en medida muy superior a mi propio valer (demasiado bien conocido de mí, hasta el punto de dictarme esta frase con la más sencilla y contrita sinceridad), y como incluso he movido a innumerables de ellos a arrostrar riesgos y responsabilidades enormes, me parecería desconsiderada ingratitud alejarme de todos sin ningún género de explicaciones.
No es menester que repita ahora lo que tantas veces he dicho y escrito acerca de lo que los fundadores de Falange Española intentábamos que fuese. Me asombra que aún, después de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persista en juzgarnos sin haber empezado ni por asombro a entendernos, y hasta sin haber procurado y aceptado la más mínima información. Si la Falange se consolida en cosa duradera, espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una brecha de serena atención entre la saña de un lado y la antipatía de otro. Que esa sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla, y que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos.
Ayer, por última vez, expliqué ante el Tribunal que me juzgaba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones, repasé y aduje los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más observé que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban primero con el asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta frase: «¡Si hubiéramos sabido que era esto, no estaríamos aquí!» Y ciertamente no hubiéramos estado allí: ni yo ante un Tribunal Popular, ni otros matándose por los campos de España. No era ya, sin embargo, la hora de evitar esto, y yo me limité a retribuir la lealtad y la valentía de mis entrañables camaradas ganando para ellos la atención respetuosa de sus enemigos.
A esto atendí y no a granjearme con gallardías de oropel la póstuma reputación de héroe. No me hice “responsable de todo” ni me ajusté a ninguna otra variante del patrón romántico. Me defendí con los mejores recursos de mi oficio de abogado, tan profundamente querido y cultivado con tanta asiduidad. Quizá no falten comentadores póstumos que me afeen no haber preferido la fanfarronada. Allá cada cual. Para mí, aparte de no ser primer actor en cuanto ocurre, hubiera sido monstruoso y falso entregar sin defensa una vida que aún pudiera ser útil y que no me concedió Dios para que la quemara en holocausto a la vanidad como un castillo de fuegos artificiales. Además, que ni hubiera descendido a ningún ardid reprochable ni a nadie comprometía en mi defensa, y sí, en cambio, cooperaba a la de mis hermanos Margot y Miguel, procesados conmigo y amenazados de penas gravísimas. Pero como el deber de defensa me aconsejó no sólo ciertos silencios, sino ciertas acusaciones fundadas en sospechas de habérseme aislado adrede en medio de una región que a tal fin se mantuvo sumisa, declaro que esta sospecha no está, ni mucho menos, comprobada por mí, y que si pudo sinceramente alimentarla en mi espíritu la avidez de explicaciones exasperada por la soledad, ahora, ante la muerte, no puede ni debe ser mantenida.
Otro extremo me queda por rectificar: El aislamiento absoluto de toda comunicación en que vivo desde poco después de iniciarse los sucesos, sólo fue roto por un periodista norteamericano que, con permiso de las autoridades de aquí, me pidió unas declaraciones a primeros de octubre. Hasta que hace cinco o seis días conocí el sumario instruido contra mí no he tenido noticia de las declaraciones que se me achacaban, porque ni los periódicos que las trajeron ni ningún otro me eran asequibles. Al leerlas ahora declaro que entre los distintos párrafos que se dan como míos, desigualmente fieles en la interpretación de mi pensamiento, hay uno que rechazo del todo: el que afea a mis camaradas de la Falange el cooperar en el movimiento insurreccional con «mercenarios traídos de fuera». Jamás he dicho nada semejante, y ayer lo declaré rotundamente ante el Tribunal aunque el declararlo no me favoreciese. Yo no puedo injuriar a unas fuerzas militares que han prestado a España en África heroicos servicios. No puedo desde aquí lanzar reproches a unos camaradas que ignoro si están ahora sabia o erróneamente dirigidos, pero que a buen seguro tratan de interpretar de la mejor fe, pese a la incomunicación que nos separa, mis consignas y doctrina de siempre. Dios haga que su ardorosa ingenuidad no sea nunca aprovechada en otro servicio que el de la gran España que sueña la Falange.
Ojalá fuese la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia.
Creo que nada más me importa decir respecto a mi vida pública. En cuanto a mi próxima muerte la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta. Acéptela Dios nuestro Señor en lo que tenga de sacrificio para compensar en parte lo que ha habido de egoísta y vano en mucho de mi vida. Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonan todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico”.
En la madrugada del 20 de noviembre de 1936, tras despedirse de su hermano Miguel, es conducido al patio de la prisión y minutos después, junto con dos requetés y dos falangistas, cayó abatido por las balas. “Apuntaron los fusileros y se confundieron los ecos de los disparos y la voz recia del Jefe de la Falange que lanzaba su último ¡Arriba…!”
Una vez finalizada la guerra civil, los restos de José Antonio fueron trasladados desde Alicante hasta El Escorial, por las tierras de España, a hombros de sus camaradas durante diez días, haciendo su entrada en el patio de los Reyes del monasterio de El Escorial, a las cinco de la tarde del jueves 30 de noviembre de 1939, donde recibió cristiana sepultura, al pie del altar mayor.
Francisco Franco le dedicó estas palabras:
“José Antonio, símbolo y ejemplo de nuestra juventud: en los momentos en que te unes a la tierra que tanto amaste, cuando en el horizonte de España alborea el bello resurgir que tú soñabas, repetiré tus palabras ante el primer caído: Que Dios te dé el eterno descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que hayamos sabido ganar para España la cosecha que siembre tu muerte”.
Pasados unos años, los restos mortales de José Antonio fueron trasladados, previa autorización de sus familiares, al Valle de los Caídos, donde reposan en la actualidad. El 18 de julio de 1948, el jefe del Estado Generalísimo Franco le hizo merced del título de duque de Primo de Rivera.
Julio Ruiz de Alda y Migueleiz (1897-1936).
Nació en Estella (Navarra), fue el mayor de doce hermanos, de los cuales ocho alcanzaron la juventud. Salió de la Academia de Artillería con el número uno de su promoción y tomó parte activa en la guerra de Marruecos. Su batería fue la primera unidad europea que pisó las calles de la ciudad santa de Xauen. A los veintitrés años ingresó en la aviación militar y como piloto participó en acciones bélicas en el Rif. Ramón Franco, que estaba preparando su vuelo a Buenos Aires, para suplir la baja de Barberán, se decidió por Ruiz de Alda, que estaba cumpliendo servicio en el aeródromo de Cuatro Vientos.
Para acometer la proeza de cruzar por primera vez en la historia, una aeronave el océano Atlántico, salieron de Palos a las 7 horas y 47 minutos del día 22 de enero de 1926, a bordo del hidroavión “Plus Ultra”, el comandante Ramón Franco, el capitán de Artillería, Julio Ruiz de Alda, el teniente de navío, Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada. En siete etapas recorrieron 10.270 kilómetros, permaneciendo en el aire 50 horas y 50 minutos.
El “Plus Ultra” amaró en el río de la Plata a las doce y 27 minutos del 10 de febrero de 1926, siendo recibidos en Buenos Aires los protagonistas de la heroica gesta, por un entusiasta público que tributó una ovación imponente. Tras sonar los himnos argentinos y la marcha real, Ramón Franco hizo entrega al presidente de la República Argentina, Alvear del mensaje de Alfonso XIII de que era portador. El gobierno español decidió ceder el “Plus Ultra” al pueblo argentino, regresando los aviadores a España en el crucero “Buenos Aires”, que les ofreció el gobierno argentino. El 16 de abril, en Cuatro Vientos, tuvo lugar la imposición de la medalla “Plus Ultra” al comandante Ramón Franco y la Medalla del Mérito Aéreo a Ruiz de Alda y a Durán. Al imponer la Medalla a Ruiz de Alda, el monarca le dijo: “La ganáis por abnegado y estudioso”.
Gran amigo y correligionario de José Antonio, participó activamente en la fundación de Falange Española. Tomó parte en el mitin fundacional de este partido, celebrado en el teatro de la Comedia de Madrid el 29 de octubre de 1933. Miembro del triunvirato -los otros dos componentes eran José Antonio y Ramiro Ledesma- de Falange Española de las JONS, en cuya organización ocupó siempre un discreto segundo plano. Detenido poco antes de iniciarse la Cruzada de Liberación, por orden de las autoridades republicanas, fue recluido en la cárcel Modelo de Madrid, siendo fusilado en el patio del establecimiento penitenciario, el 23 de agosto de 1936, juntamente con los ex ministros Rico Avello, Álvarez Valdés y Martínez de Velasco; el jefe del Partido Republicano Liberal Demócrata, Melquíades Álvarez; el médico y falangista, Fernando Primo de Rivera, el doctor Albiñana, el comisario de policía Martín Báguenas y los generales Capaz y Villegas.
Rafael Salazar Alonso (1895-1936).
Nació en Madrid, donde cursó sus estudios, licenciándose en Derecho. Se afilió al Partido Radical. Al proclamarse la II República fue concejal y presidente de la Diputación de Madrid y luego diputado por Badajoz. Desempeñó la cartera de Gobernación en los gabinetes presididos por Alejandro Lerroux García y por Ricardo Samper Ibáñez, entre el 3 de marzo y el 4 de octubre de 1934, distinguiéndose como firme defensor del orden. El 1 de septiembre de 1936 fue detenido en Madrid por un grupo de milicianos pertenecientes a la FAI, y trasladado al cuartel general de los mismos, cercano al Ministerio de la Gobernación. El sábado 19 de septiembre de 1936 el diario “Informaciones” de Madrid publicaba que “Salazar Alonso, en sus declaraciones, ha manifestado ser «republicano liberal demócrata», rechazando la jefatura de Lerroux y aceptando a Gil Robles, jefe del vaticanismo de España”… El 22 de septiembre, el mismo diario publicaba su sentencia de muerte, tras la farsa de un juicio protagonizado por un “tribunal popular”, siendo asesinado a tiros por los milicianos del Frente Popular, en los lavaderos de la cárcel Modelo de Madrid, el 23 de septiembre de 1936.
