Durante la noche del 24 al 25 de julio de 1938, el Ejército Popular de la República lanzó la ofensiva que daría inicio a la Batalla del Ebro, considerada el enfrentamiento más importante, largo y sangriento de toda la Guerra Civil Española. La operación fue diseñada por el gobierno de Juan Negrín y por el Estado Mayor republicano con el objetivo de recuperar la iniciativa militar y aliviar la presión franquista sobre Cataluña y Valencia.
Tras la ofensiva de Aragón y la llegada de las tropas nacionales al Mediterráneo en abril de 1938, el territorio republicano había quedado dividido en dos: Cataluña, por un lado, y la zona centro-sur por otro. La situación estratégica era extremadamente delicada para la República, que necesitaba una victoria militar capaz de cambiar el curso de la guerra y mejorar su posición ante la comunidad internacional.
En la madrugada del 25 de julio, miles de soldados republicanos cruzaron el río Ebro en silencio utilizando barcas, pontones y puentes improvisados entre las localidades de Mequinenza y Amposta. La sorpresa inicial fue total y las primeras horas de la ofensiva permitieron al Ejército Popular avanzar rápidamente y ocupar numerosas posiciones en la ribera derecha del río.
Las fuerzas republicanas, dirigidas principalmente por el general Juan Modesto y con la participación destacada de unidades mandadas por Enrique Líster y otros jefes militares, lograron capturar miles de prisioneros y recuperar parte del territorio perdido meses antes durante la ofensiva franquista en Aragón.
Sin embargo, el mando franquista reaccionó rápidamente. Francisco Franco decidió convertir el Ebro en una batalla de desgaste destinada a destruir las mejores unidades republicanas. Para ello concentró una enorme superioridad en artillería, aviación y efectivos, contando además con el apoyo de la Legión Cóndor alemana y de la Aviación Legionaria italiana.
Durante más de tres meses ambos ejércitos combatieron en condiciones extremadamente duras en escenarios que se harían célebres, como la Sierra de Pàndols, la Sierra de Cavalls o la zona de Gandesa. Los bombardeos constantes, las altas temperaturas del verano y la escasez de suministros convirtieron la batalla en una auténtica guerra de desgaste.
La Batalla del Ebro finalizó el 16 de noviembre de 1938 con la retirada de las últimas tropas republicanas al otro lado del río. Las pérdidas humanas fueron enormes en ambos bandos y el Ejército Popular quedó gravemente debilitado para afrontar la posterior ofensiva sobre Cataluña.
Para muchos historiadores, el inicio de la Batalla del Ebro marcó el último gran intento de la República por alterar el desenlace de la Guerra Civil Española y constituye uno de los episodios militares más emblemáticos de la historia contemporánea de España.
Artículos relacionados
