El 22 de marzo de 1952 marca simbólicamente para los españoles el fin de la larga posguerra y de las privaciones. Por vez primera, la serie de buenas cosechas que desde 1950 se estaban produciendo podían asegurar los abastecimientos libres. El gobierno decretaba el fin del racionamiento del pan, al que seguirían en cascada la mayoría de los productos, empezando de forma inmediata por los comestibles. Era el fin de las cartillas de racionamiento, aunque hasta enero de 1953 se mantendría la tarjeta del fumador. Una decisión, el fin de las cartillas, que probablemente, de forma total o parcial, debió de tomarse unos años antes lo que hubiera beneficiado tanto a la producción como a las clases populares. Desde 1950 los datos iban situando la economía española no en los parámetros de 1939, ya superados hacía tiempo, ni en los confusos de 1936, sino en los máximos anteriores a la guerra civil que eran de 1929 (Tabla 14).
| Tabla 14 Evolución del PIB total y per cápita
(en euros corrientes y constantes) |
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| Año | PIBpm
(millones de €) |
PIBpm per cápita (€) | PIBpm
(millones € de 2010) |
PIBpm per cápita
(€ de 2010) |
| 1929 | 314,954 | 13,53 | 103.264 | 4.436 |
| 1933 | 288,008 | 11,68 | 96.647 | 3.290 |
| 1935 | 318,540 | 12,57 | 103.759 | 4.093 |
| 1936 | 263,021 | 10,27 | 85.120 | 3.324 |
| 1939 | 384,011 | 14,92 | 81.015 | 3.148 |
| 1940 | 478,805 | 18,49 | 87.055 | 3.362 |
| 1945 | 764,345 | 28,56 | 90.029 | 3.364 |
| 1947 | 1.262,42 | 46,33 | 96.368 | 3.537 |
| 1949 | 1.397,46 | 50,27 | 94.743 | 3.408 |
| 1951 | 1.939,70 | 68,82 | 108.424 | 3.847 |
| 1953 | 2.090,43 | 73,12 | 117.308 | 4.103 |
| 1956 | 2.730.41 | 93,29 | 137.483 | 4.697 |
| 1959 | 4.002,76 | 132,98 | 151.792 | 5.043 |
| 1963 | 6.425,99 | 204,1 | 207.491 | 6.597 |
| 1970 | 16.744,7 | 494,94 | 342.247 | 10.087 |
| Fuente: Jordi Maluquer, España en la economía mundial. | ||||
La disolución progresiva del bloqueo internacional y del aislamiento, con sus innegables repercusiones económicas, aunque no se llegara a declarar un bloque económico internacional contra España pero si lo fue de facto durante varios años, marcó la rápida mejora económica. Hecho este que derriba con facilidad la teoría de que tanto las circunstancias de la II Guerra Mundial como del posterior aislamiento no distorsionaron, condicionaron y retrasaron de forma trascendente la recuperación económica española y que, a la vez, impusieron el mantenimiento de las medidas autárquicas propias del inicio del franquismo dada la falta de alternativas posibles, pues como apunta Álvarez de Miranda, la autarquía fue un <<mal necesario>> ante un <<aislamiento impuesto que no deseado>>[1].
España por fin podía rebajar su déficit, dejar de dedicar las divisas a la importación de alimentos, adquirir materias primas y bienes de equipo, importar fertilizantes… aprovechando además la onda expansiva de la economía europea occidental que cerraba el periodo de recuperación económica de esos países, asistida por los EEUU, tras el final de la II Guerra Mundial. El incremento constante aunque lento del nivel de vida fue una tónica general en los años cincuenta, comparativamente inmenso para una parte amplia de la población cuando miraban hacia los durísimos años cuarenta. Los crecimientos de los años cincuenta, negados o menospreciados durante mucho tiempo por los historiadores, fueron una realidad. La población asalariada, los sectores obreros, las clases populares, se estaban beneficiando de las realidades del <<franquismo social>> que llevaban aparejadas un <<salario social>> indirecto, pero iban a afrontar este primer crecimiento importante con salarios muy bajos, algo contra lo que bramaba con toda razón el Ministro de Trabajo José Antonio Girón. Todo esto lleva al historiador a preguntarse: ¿cómo hubiera sido la evolución económica española sin el bloqueo internacional iniciado en 1946 y que se mantuvo férreamente hasta 1949? No es difícil pensar que el intervencionismo, la relativa autarquía, se hubiera relajado antes o hubiera evolucionado de forma distinta, o que, por ejemplo, los altísimos gastos militares, que lastraban de forma trascendente el Presupuesto, hubieran caído reduciéndose al menos a la mitad librando importantes cantidades de recursos para el gasto público, etc. Pero una cosa son los presupuestos de los historiadores económicos sobre qué se debió hacer y otra hacerlo sin contemplar la situación política en la que se vivía o los factores que influían directamente en la economía a la hora de tomar decisiones, que vistas desde hoy sea fácil de calificar como errores monumentales.
Largo parece el debate sobre cuándo, en cifras macroeconómicas, España recuperó los niveles de 1929 o de 1935; la oscilación va de 1949 a 1954 según el criterio del autor y la intención de sus líneas para confirmar su tesis o los datos que se evalúen. De un modo u otro estaríamos hablando de un período comprendido entre 10 y 14 años desde el final de la guerra civil. Evidentemente muchos años cuando lo previsible pudiera haber sido unos 5/6 años en condiciones internacionales normales. Demostración palpable, según hoy es moneda común afirmar, de la responsabilidad incuestionable del régimen de Franco en este atraso, derivada de una política económica <<nefasta>>, un <<desastre económico>> y una <<pérdida de 15 años de crecimiento económico>>[2], en la que no cabría refugiarse en las destrucciones derivadas de la guerra civil o en la pertinaz sequía (las excusas-justificaciones favoritas del régimen en cualquier manual al uso).
Naturalmente la mayor parte de los estudios publicados, que, insistimos, procuran orillar en su interpretación la comparativa con respecto a la situación real del punto de partida, julio de 1936 o abril de 1939, para valorar sin prejuicios la labor de los gobiernos de Franco, lo que plantean, muchas veces entre líneas, es que el régimen de Franco es responsable de la fractura en la modernización de España -la depresión era anterior a Franco-, porque la guerra civil es prácticamente producto de un <<capricho>>, casi de una ambición personal, y por tanto Franco es responsable total de las consecuencias de la guerra por sublevarse[3]; porque si no hubiera habido guerra España habría superado antes la recesión de los treinta y recuperado su marcha convergente con la Europa Occidental. Pero esto solo es teoría y declaración ideológica a la vez, cuando no un mero recurso al cuento de la lechera. Ahora bien, dado que en la memoria colectiva, en los años noventa, era muy difícil prescindir de las destrucciones de la guerra y del hambre y la quiebra económica de la zona republicana, es usual, desde los trabajos de Jordi Nadal, recurrir a la historia comparativa para demostrar que el régimen de Franco provocó un atraso mayor al de otras naciones, ya que los países de la Europa Occidental que sufrieron la II Guerra Mundial, con destrozos, en algunos casos, mayores que España, recuperaron sus máximos prebélicos en una media de 3 a 5 años una vez acabada la contienda. Lo que implica que España debería haber superado la quiebra económica producto de la guerra en torno a 1944/1945, pero no sucedió así. ¿Por qué esa diferencia? Por los errores de la política económica de Franco, contestan algunos sin matización alguna.
Lo que a la vez no hacen estos autores en sus tesis de análisis es establecer cuánto habrían tardado esos países occidentales en recuperarse sin la ayuda norteamericana y si, además, lo hubieran tenido que hacer en una situación de bloqueo internacional. ¿Qué habría sucedido en Francia o en Italia si la ayuda norteamericana no se hubiera hecho efectiva cuando en 1947 estaban en una situación de auténtico colapso ante una hambruna sin precedentes? O a la inversa, ¿qué hubiera sucedido si España no hubiera sido excluida, aunque fuera a niveles de lo recibido por Portugal o Suiza, del European Recovery Program (Plan Marshall) y de los mecanismos internacionales que multiplicaron el valor de las ayudas o si las autoridades españolas hubieran dispuesto del acceso a los créditos blandos que acompañaron a la ayuda americana?
En vez de plantear el interrogante, es más sencillo ampararse en la idea de que el régimen de Franco era culpable por existir y que por tanto Franco es responsable directo y consciente de esa situación, porque su permanencia en el poder obligó a los españoles a soportar las consecuencias del rechazo internacional y del aislamiento forzado orquestado por Méjico, la URSS y sus satélites en la gran pantomima de la condena contra España en las Naciones Unidas. A estas alturas resulta sorprendente que todavía se siga presentando la farsa como una defensa de la democracia, cuando parte de los países votantes no eran democracias y sí que se sostenían por la fuerza. Así, Maluquer escribe desacertadamente: <<no es menos verdad que la exclusión fue el resultado de una elección política por parte española>> (Claro, Franco podía haberse marchado y entregar el poder a un gobierno monárquico pro-aliado, lo que se hubiera hecho en perfecta tranquilidad y armonía). Es un modo de verlo, ingenuo a todas luces y ayuno de los condicionantes geoestratégicos de la época, pero… me recuerda aquel viejo chiste sobre Franco -ya se sabe que al Caudillo le gustaban los chistes que se hacían sobre él- altamente ilustrativo:
<<Estaba el Consejo de Ministros reunido, con los malos datos y los problemas encima de la mesa y a un Ministro se le ocurrió:
-Excelencia, ya tengo la solución. Declaramos la guerra, nos derrotan y después nos ayudan a reconstruirnos.
Entonces, Franco, lo miró y le dijo:
-Bien, Ministro, pero ¿y si ganamos la guerra?>>.
| Tabla 15 Las ayudas del Plan Marshall para la recuperación
(millones de dólares) |
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| País | 1948-1949 | 1949-1950 | 1950-1951 | Total |
| Reino Unido | 1.316 | 921 | 1.060 | 3.297 |
| Francia | 1.085 | 691 | 520 | 2.296 |
| Alemania | 510 | 438 | 500 | 1.488 |
| Italia | 594 | 405 | 205 | 1.204 |
| Grecia | 175 | 156 | 45 | 366 |
| Suiza | – | – | 250 | 250 |
| Portugal | – | – | 70 | 70 |
| España | – | – | – | 0 |
Para ahorrar una larga explicación que no es objeto de nuestro trabajo, invitamos al lector a que reviste la estadística que nos presenta las ayudas recibidas del Plan Marshall (Tabla 15) por aquellos países que recuperaron sus máximos prebélicos en esos 3/5 años con los que se compara la situación española y se haga esta doble pregunta: ¿Cuánto hubieran tardado en recuperarse sin esa ayuda? ¿Qué hubiera hecho el gobierno de Franco con 1.000 millones de dólares o con 500? Estamos seguros que los niveles prebélicos se hubieran alcanzado en un tiempo más o menos similar. Baste recordar que la ayuda norteamericana, los créditos, obtenidos tras la firma de los Acuerdos de Madrid (1953), que solo muy relativamente pueden compararse en sus condiciones con el Plan Marshall, hicieron crecer a la economía española muy rápidamente en los años cincuenta, lo que invita a pensar que con esta ayuda en el período 1948-1951 y sin el cerco internacional la economía española hubiera alcanzado el punto de arranque del despegue, del crecimiento acelerado (1960-1961), una década antes.
El optimismo económico de las autoridades nacionales duró muy poco tras la ocupación final de Cataluña, Levante y el territorio hasta Madrid; zonas ampliamente pobladas. Llegaba el momento de intentar saber cuál era la situación real del país pero, como en no pocas ocasiones explicaría el propio Franco, carecían de datos y de los organismos necesarios para obtenerlos[4]. La crisis republicana y la guerra civil habían supuesto una importante caída que no se puede obviar. En 1929, antes de la crisis republicana, según algunos autores, la renta nacional era 25.289 millones y la renta per cápita de 1.033 pesetas. En 1939 la renta nacional había descendido a 18.748 millones y 740 pesetas per cápita. Independientemente de la variedad en las cifras, lo cierto es que en números redondos la caída se podía situar en un 25-30%. Tremendo para una economía como la española.
Ciertamente, en esto tienen razón los trabajos publicados, las destrucciones podían no ser globalmente tan significativas, pero… La destrucción de viviendas, quizás el efecto más visible, afectaba solo a algunas zonas concretas pero en muchos casos eran las ciudades más pobladas (Oviedo, casi una ruina, por ejemplo, era probablemente la ciudad más destruida debido a los bombardeos continuos de los republicanos; también presentaban importantes daños zonas de Madrid, Cataluña o Aragón) pues no se había combatido en toda la España y los daños de los bombardeos aéreos eran, salvo excepciones, muy limitados, pero suponía un déficit de viviendas al que se añadían las malas condiciones de no pocas de las existentes. El gobierno asumió muy pronto la tarea de iniciar la reconstrucción a la vez que las tropas nacionales progresaron en su avance. Así, el 30 de enero se crea para ello el Servicio Nacional de Regiones Devastadas. Más importante era la pérdida de 225.000 toneladas en la flota mercante, que se haría difícilmente insoslayable en la primera posguerra, o el 40% de pérdidas en locomotoras y vagones, o los problemas para las comunicaciones en Cataluña y Levante por puentes destruidos, o los daños en unas vías de comunicación ya de por sí afectadas por la falta de inversión durante el gobierno republicano desde 1931 y que dudosamente podrían ser calificadas de carreteras. Pero a pesar de todo las pérdidas eran muy importantes por más que algunos autores se empeñen en presentarlas como no determinantes (Tabla 16)
| Tabla 16 Indicadores de las pérdidas derivadas de la guerra
(base 1929=100) |
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| Indicador | 1935 | 1939 |
| Población activa | 106,1 | 105,1 |
| Producción agrícola | 97,3 | 76,7 |
| Producción industrial | 103,3 | 72,3 |
| Renta nacional global | 100,3 | 73,5 |
| Renta per cápita | 94,6 | 66,8 |
| Fuente: Consejo Economía Nacional y INE | ||
Ahora bien, el gran problema, era la pérdida de capital circulante -que Franco creía se podría capear como se solventó durante la guerra- y de capital humano[5], junto con las deudas de guerra. Lo primero fue reiteradamente invocado, lo segundo, por razones obvias, no se valoró más que de forma genérica, aunque tuvo su incidencia entre 1940 y 1944[6], y lo tercero andaba oculto bajo la retórica de la ayuda prestada en tiempo difícil por los países hermanos (claro que según algún autor Franco podía haberse negado a pagar o aplazar mucho los pagos en el primer quinquenio de la posguerra, aunque negoció, sobre todo con Italia, las mejores condiciones posibles para saldar la cuenta de deudas dadas las circunstancias).
Según resumen Carreras y Tafunell, atendiendo a la comparativa con países como Francia, Italia o Grecia tras la II Guerra Mundial, <<el estancamiento español de posguerra no puede ser atribuido a las destrucciones físicas o humanas acaecidas durante la guerra civil. Esto no significa, naturalmente, que las pérdidas de factores productivos ocasionados por ella no tuviesen relevancia económica>>. Pero esto no es más una opinión harto discutible. Lo que ocurre es que el constipado no afecta igual a todos los enfermos y sobre todo, cosa que olvidan los que mantienen el valor de las conclusiones de la tesis comparativa, cuando esos países contaron para superar las pérdidas con la ayuda americana, lo que rebaja en mucho las conclusiones extraídas de la comparación[7].
<<¡Es muy fácil -anotaba Franco- reconstruir y recuperase cuando llueven los auxilios económicos de todo orden! Pero nosotros no solo hemos carecido de esas derramas económicas, sino que -¡misterio de la Providencia, que sabe hasta dónde resisten los pueblos esforzados!- hemos contemplado sedientas nuestras tierras y casi vacíos nuestros pantanos con la pertinaz sequía, que ha mermado nuestra capacidad de producción hasta extremos sin precedentes. Si nos sobra voluntad de trabajo y sabemos explanar caminos y levantar gigantescas presas y canales, no podemos, sin embargo, hacer descargar las nubes a nuestro antojo. Por eso, cuando la verdad rompió el cerco de la incomprensión extranjera, pretendiendo paliar la injustica, ha quedado pendiente la reparación. Si en la conciencia de los españoles el tiempo puede borrar el daño recibido, en el libro de la Historia quedará perenne el juicio de ese aislamiento y la falta de asistencia en etapa de ayuda general>>[8].
Prescindiendo de lo anterior, para estos autores, la culpa/responsabilidad absoluta de las penalidades de posguerra y del atraso habría que buscarlas en la <<política económica, donde la estrategia del nuevo régimen franquista condenó a España a una grave infrautilización de la capacidad productiva de casi todos los sectores económicos, abocados a una situación de persistente penuria y atonía inversora>>. El problema es que las vías alternativas que teóricamente dibujan, excluidos los errores, no son lo suficientemente consistentes más allá del diseño teórico.
Los objetivos confesos de Franco eran reconstruir e industrializar el país y elevar el nivel de vida de los españoles, lo que así dicho suena irreprochable. Para ello había hecho relativamente suya la teoría autárquica que se había extendido durante el período entreguerras que cuadraba bien con el nacionalismo económico que se desprende de sus discursos, pero esta implicaba nacionalizaciones industriales, reducción de las importaciones para acumular divisas -algo absolutamente primordial por su práctica desaparición-, producir todo lo posible en el país para poder exportar y evitar el encadenamiento que, según este nacionalismo, suponía la inversión exterior y el dominio por parte del capital extranjero de sectores estratégicos como la energía, las comunicaciones o las materias primas. Franco estimaba que ese tipo de industrias deberían de ser nacionales y, en parte, del Estado si este quería ser realmente soberano[9]. Pero algunas de estas opciones no eran exclusivas del fascismo y las iban a poner en práctica países tan pocos sospechosos como Inglaterra o Francia en el caso de sectores estratégicos tales como la energía. Otro juicio podría merecer, pero en función de los criterios que sobre la economía política o la política económica cada cual sostenga, la decisión de proteger la industria nacional para que fuera realmente nacional reduciendo las posibilidades de la inversión extranjera a un 25% del total del capital o se planteara la necesidad de evitar que las beneficios obtenidos en territorio nacional no tuvieran reinversión en el país.
Para Franco la autarquía, su modo de entenderla y plantearla, era la llave para alcanzar la soberanía plena y para llevarla a la práctica era preciso el intervencionismo que se había puesto en marcha, con buenos resultados, en la zona nacional durante la guerra civil (también hubo mucho de intervencionismo durante la II República o en la dictadura de Primo de Rivera), pero es muy dudoso que su diseño, destinado a impulsar el crecimiento, la industrialización, fuera como acabó siendo debido a los condicionantes externos que coartaron las posibilidades de importar lo necesario para hacerlo despegar en los primeros años de la posguerra. En sus discursos, que algunos se toman al pie de la letra siendo muy mal leídos en ocasiones -esa funesta manía de leer de forma aislada sin tener en cuenta el contexto y la coyuntura-, se idealizaban las posibilidades de la economía española llegando a decir que no era necesario importar, pero esto no era más que una pantalla, porque el problema era que España, en sus condiciones, poco podía importar.
<<España es un país privilegiado que puede bastarse a sí mismo. Tenemos todo lo que nos hace falta para vivir, y nuestra producción es lo suficientemente abundante para asegurar nuestra propia subsistencia. No tenemos necesidad de importar nada, y es así como nuestro nivel de vida es idéntico al que había antes de la guerra. En España hay, debe haber, trabajo para todos. Se trata solo de distribuirlo bien; y en este respecto exigiremos que también que cada uno cumpla con su deber>>.
En realidad, Franco sabía muy bien, como, por ejemplo, señalaba en 1951, cuál era la realidad española, aunque como todo político procurara responsabilizar de ello a los anteriores gobernantes:
<<En este empeño necesitamos borrar de la conciencia de los españoles aquel pueril equívoco de que España es una nación rica, una nación rica en productos naturales. No, señor: existen naciones ricas y naciones pobres y España no es de la ricas; España lleva más de veinte siglos explotando sus tierras y sus veneros de riqueza y más de cincuenta años con sus intereses industriales y agrícolas abandonados. La generación que nos precedió nos legó una pobre herencia. A finales del siglo XIX España vio nuevamente recortado su antiguo territorio, que quedó reducido a los quinientos mil kilómetros cuadrados de la superficie actual de España. Y en esta misma superficie, en la que a primeros del siglo vivían 18 millones de españoles; en esas mismas tierras, pero con sus minas y veneros de riqueza más reducidos, necesitamos hoy vivir 28 millones de españoles. Y yo pregunto: ¿Qué se ha preparado contra esto en España? ¿Cómo se ha multiplicado la riqueza en estos cincuenta años? Comparadlos con los diez que nosotros llevamos y veréis que, a pesar de las dos guerras y de las pertinaces sequías, a pesar de las condiciones meteorológicas adversas y del acoso con que nos rodeó el mundo, hemos sabido multiplicar la riqueza y, en la medida de lo humano, hemos empujado y aumentado la producción española en todos los órdenes>>.
La autarquía y el intervencionismo[10] no eran un anatema en la Europa de los años treinta, con notables difusores como el economista Mihail Manoilesco, quien a su vez se convirtió en un rendido admirador del Nuevo Estado español: <<Es el Estado cristiano en toda su pureza y con toda su fe. Es el “Estado ético” en su concepción más intransigente y buscando la garantía suprema, aquella que únicamente el Todopoderoso puede conceder a las instituciones humanas>>. Mainolesco era un ferviente defensor de la necesidad de la industrialización soberana que solo podía llevar a cabo el Estado, que influiría notablemente en las tesis ideológico-económicas de los momentos fundacionales del régimen de Franco[11].
Era lógico que las autoridades del Nuevo Estado miraran los crecimientos de Alemania, Italia e incluso de Portugal, o de Turquía. Recordemos que Alemania, tal y como anota Jordi Nadal, <<había protagonizado la recuperación económica más espectacular del continente>>[12]. En 1938 Italia estaba en sus indicadores económicos más altos en el período prebélico. No era extraño que las nuevas autoridades de la España nacional asumieran que ese era el camino y que sería fácil trasladar las recetas aplicadas por esos países. Pero, ¿cuáles eran realmente los límites y las orientaciones de esa autarquía? ¿Hasta qué punto lo que sucedió después era programático o fue condicionado por las circunstancias económicas e internacionales? ¿Era, como no pocos autores han sostenido, el camino más lógico dentro de la coyuntura?
Más allá de las declaraciones de Franco o de los recuerdos de algún colaborador de entonces, o de las habituales descripciones del Generalísimo como un analfabeto económico, lo que indican los muchos informes que se conservaban en el archivo de Franco sobre este periodo es que era muy difícil decidir el camino a seguir para alcanzar los objetivos planteados y que todas las propuestas quedaron matizadas y mediatizadas por el estallido de la guerra en Europa y sobre todo por la evolución entre 1940 y 1941 de los acontecimientos, imprevisibles, que cambiaron las previsiones sobre cómo iba a ser la guerra. Un conflicto que ya no se iba a parecer a aquella I Guerra Mundial de la que España sacó réditos económicos incuestionables. Cuando el gobierno se vio obligado a implantar el racionamiento y las cartillas, nunca pensó que esta medida fuera a durar más de una década, era una solución transitoria. Las cartillas -disiento de no pocos historiadores- no eran un elemento programático económico de la autarquía franquista, fueron producto de la necesidad y de la imposibilidad de adquirir un mayor número de abastecimientos en el exterior.
Atendiendo a los textos, a los informes y a las propuestas se hace evidente que nunca se planteó una autarquía plena, ni aislar económicamente a España, ni acabar con el comercio exterior. La idea era, como hemos visto en el discurso de Franco, reducir el déficit crónico de la balanza de pagos reduciendo las importaciones en todo aquello que el país podía producir, abrir una política de sustitución y de industrialización endógena; lo que, desde mi punto de vista -no soy economista ni tengo prejuicios hacia la empresa pública- no era un mal planteamiento. Pensar que eso podía hacerlo la iniciativa privada española de la época me parece más que cuestionable. Todo ello siempre amparado en la idea de ser dueños de la soberanía política y económica, torciendo el destino que muchos adjudicaban a la economía española. Algo a lo que Franco solía hacer referencia indirecta: <<Esa cantinela que más de una vez habrá cantado en vuestros oídos, inspirada por el extranjero, de que España no debe industrializarse, de que España es un país agrícola y campesino, encierra la pretensión encubierta de que España sea una colonia>>[13]. Claro que si sustituimos el término agrícola y campesino por el de camareros y hoteleros, por el de país de servicios, quizás se entienda mucho mejor lo que quería decir el Caudillo.
Franco conservó entre sus papeles un informe a él remitido por su Ministro de Industria y Comercio, Juan Antonio Suanzes al que Franco encargaría la constitución de lo que sería el INI, proponiendo las líneas de la <<autarquía>>, tanto en el plano económico como en el social, pues asumía Suanzes que las causas profundas de la guerra civil habían sido económicas y sociales -y lo decía en 1939-; prefigura también cómo iba a ser el modelo industrial del régimen de Franco con su dualidad público/privado. Invitamos a leerlas despacio y luego juzgar las intenciones de la propuesta[14]:
<<Líneas Generales de la Orientación Económica del Nuevo Estado.
Política Económica.- Sus matices. La Acción del Nuevo Estado habrá de destacarse en su directriz económica (dando a esta expresión el sentido más amplio). Parece lógico que la Revolución dé sus primeros y más decisivos pasos en esta orientación ya que las causas profundas de nuestra guerra civil tienen un acusado carácter económico social.
La política económica tiene que orientarse en forma de asegurar al Estado la dirección indispensable de la producción convirtiendo esta última en un instrumento útil al servicio del interés nacional. Es concepción básica del Estado totalitario que la producción es un medio (acaso el más poderoso en tiempo de paz) con el que el Estado tiene que contar para hacer posible y mantener la independencia de la Patria y lograr un bienestar interior suficiente, base indispensable de la paz social.
Esta directriz económica de la política general del Estado, tiene distintos matices que son, en líneas generales, los siguientes: a) social; b) económico productor; c) económico distribuidor; d) financiero.
Finalidades fundamentales que con su política económica ha de conseguir el Estado.
Son dos resultados fundamentales que ha de tender a conseguir en el campo de la economía el nuevo Estado totalitario. Ha de procurar: 1.º- Asumir el “poder social”; 2.º- Asumir el “poder económico”.
En política económica facilitará la reconstrucción urbana, industrial, agrícola y minera; el resurgimiento de todas nuestras riquezas; la nivelación más conveniente al interés de España de nuestra balanza exterior de pagos hasta llegar a conseguir la autarquía[15]. Todo ello solo puede hacerse con una política que tenga por nervio o guión estas dos metas que anteriormente se han señalado porque al caminar hacia ellas el Estado dentro de la Economía marcha hacia una situación cada día más firme de estabilidad y de poder.
La orientación social está ya bien definida.
El Fuero del Trabajo con el complemento de todas las disposiciones emanadas del Ministerio de Organización y Acción Sindical ha orientado desde un principio el matiz social de la política económica para llegar a conseguir que el Estado asuma el “poder social”. Es seguro que este resultado se obtendría promulgando y llevando a la práctica la Ley de Bases de la Organización Sindical, puesto que mediante su aplicación con la colaboración activa del Partido, se podría cambiar la mentalidad de todos los elementos productores orientándola en el sentido de “Servicio” al interés nacional. El Sindicato Vertical, tronco que ha de dar savia a una serie de Obras, Instituciones y Servicios para atender a la mejora moral, cultural, física y material de los trabajadores, sería el instrumento apto y eficiente para caminar con paso firme en esta dirección[16]. Las directrices de esta política social, son las siguientes:
-Previsión: se tiende al seguro único (en estudio para su realización práctica)
-Condiciones de trabajo: se tiende al salario justo (se han dictado ya disposiciones regulando categorías y salarios en estudio otras muchas)[17].
-Protección a la familia; Subsidio familiar, Instituto Nacional de la Vivienda, Obra Nacional de la Artesanía.
-Mejora del nivel moral, cultural y físico; Obras e instituciones en proyecto de realización: la Alegría en el Descanso; Bolsa de Cura de Aguas, etc.
-Mejora económica de los productores; implantación de Servicios (Cooperativas, de Crédito, etc.)
-Protección a los trabajadores modestos para que no estén inactivos. Oficinas de colocación.
-Protección al trabajador expatriado; Tutela de emigrantes.
Toda esta labor social tendrá un desarrollo armónico a través de la Organización Sindical mediante la cual podrá infiltrarse entre todos los productores el “espíritu de servicio” de nuestro Movimiento que permitirá llevarla fácilmente a la práctica. Su implantación se hará con un ritmo más o menos rápido pero el camino está perfectamente señalado y conduce a dar al Estado el “poder social”, fin que interpreta fielmente nuestra doctrina política en esta esfera de acción.
No debemos pasar desapercibido como una faceta importante de la acción social, la de procurar que todos los productores tengan la debida participación en la resolución de problemas que afecten al interés general de la producción. No basta realizar la justicia social, se precisa también que los productores estén interesados en la política económica del Estado y cumplan el servicio de prestarle ayuda como colaboradores del Poder público. El Estado así mantendrá su carácter de Estado autoritario y no caerá en el error de convertirse en un Estado dictatorial.
La Organización Sindical prevista atiende a esta faceta en la que toma contacto más acusado el matiz social con los otros matices de carácter marcadamente económico.
Orientación económico-productora.
Es la orientación económico-productora la que en mayor medida ha de hacer posible que el Estado asuma el “poder económico”. Esta orientación está determinada por el desarrollo de la consigna dada por el Caudillo de: Producción, Producción, Producción. Para ello creemos que se necesita.
1.º Que determinadas producciones puedan ser eficazmente vigiladas o dirigidas por el Estado. Nos referimos a aquellas que afectan a la independencia, a la defensa o a la seguridad de la Nación, ya sea desde punto de vista guerrero o económico; son las que pudiéramos llamar “producciones básicas”, fibra y nervio de la economía nacional: la industria Siderometalúrgica, la del automóvil, la de producción de Carburantes, la del Transporte, etc., etc.[18]
La intervención del Estado en estas industrias para vigilarlas y hacerlas potentes debe de hacerse sentir solamente en aquellos centros que puedan considerarse como “ejes” dejando a la iniciativa privada las industrias derivadas o complementarias de menor importancia.
En general estas “producciones básicas” viven precisamente al calor de los grandes suministros que el Estado les encarga o bajo su protección aduanera; un trabajo intensivo de las mismas tiene como consecuencia inmediata el resurgimiento general de la industria, no solamente porque a su amparo nacen otras complementarias, sino también porque su desarrollo contribuye a una mayor fortaleza de la nación creando un ambiente de seguridad propicio para que el capital se arriesgue en nuevas empresas.
2.º Que el impulso a las “producciones básicas” no dificulte el desarrollo de las complementarias y accesorias que son también absolutamente precisas y deben estar completamente en manos de la iniciativa privada.
Se ha de evitar por tanto que la Banca -en donde se reúnen grandes capitales constituyendo un centro de iniciativas y de propulsión de nuevas empresas- concentre su atención en las “producciones básicas”. Si no se toman precauciones con seguridad la Banca utilizará la mayor parte de su capital disponible en las “producciones básicas” ya que estas tendrán la protección del Estado, posiblemente la seguridad de un mínimo de trabajo intensivo durante un cierto periodo de tiempo. La Banca restringirá entonces su función crediticia al absorber acciones de las “producciones básicas” y desentenderse de las otras actividades industriales de menos importancia en manos de la iniciativa privada que de este modo quedará limitada por una política desacertada del Estado.
3.º Para que la intervención del Estado en las “producciones básicas” sea eficiente no basta que tenga derecho por prescripción estatutaria a hacer uso de dicha facultad por medio de delegados o representantes en las mismas.
Si en la empresa que desarrolla una “producción básica” existen grupos poderosos de accionistas unidos por un interés común, con seguridad de una manera insensible se tomará la dirección que al interés de estos grupos favorezca y que generalmente se presentará a los representantes del Estado como coincidente con el interés general de la Nación. La vida de una empresa es una acción constante y armónica de esfuerzos que para que sea eficaz debe estar dirigida a un fin que en el caso de las “producciones básicas” debe ser el de servir exclusiva y primordialmente al interés nacional. Si en esta empresa la Banca interviene como propietaria de un número elevado de acciones, será fácil que pretenda atender en primer término a sus intereses egoístas y si el Estado se apercibe y por medio de sus representantes trata de evitarlo, se encontrará en frente de la Banca rompiendo la armonía a que antes nos referimos. No debe olvidarse que la Banca tiene resortes que desbordan el ámbito nacional y que en un caso semejante podría acudir a medios de defensa y resistencia que se extendieran fuera del círculo de la empresa de que se trata. Si la Banca fuera el principal accionista de estas “producciones básicas” tendría realmente en sus manos el “poder económico” de la Nación (que es lo que ahora ocurre) aunque las disposiciones dictadas por el Estado y los términos de los Estatutos de estas mismas sociedades le dieran aparentemente el poder al Estado; la fuerza de la Banca se haría sentir en los momentos de debilidad del Poder Público.
Parece pues evidente, la necesidad de que en las “producciones básicas” los accionistas no puedan sindicarse o constituirse en grupos y especialmente no puedan en ningún caso ser o estar representados por la Banca. Los Estatutos de las empresas que desarrollen “producciones básicas” deberán prever esta contingencia.
4.º Las empresas dedicadas a “producciones básicas” habrán de funcionar como empresas privadas, limitando la orientación estatal a lo estrictamente preciso para señalar su orientación y ejercer la debida y necesaria vigilancia; en ningún caso esta intervención debe significar entorpecimiento, ni tampoco una ayuda excesiva que facilite un encarecimiento del producto o un retraso en los métodos o técnicas industriales empleados.
Orientación económico-distributiva.
Se precisa también la intervención del Estado en la distribución de los productos sobre todo en los momentos de escasez, y desde luego, especialmente en las importaciones y exportaciones.
Esta intervención debe realizarse con la eficacia debida pero procurando no ser el propio Estado el que asuma directamente funciones gestoras.
El Estado señalará normas, establecerá intervenciones y en casos especiales llevará directamente la gestión, delegará en la Organización Sindical de modo que sean los propios productores los encargados de aplicar las normas a que antes nos referimos.
El Estado ha de señalar cupos de importación y exportación para cada país de acuerdo con los tratados comerciales, pero puede delegar las exportaciones de cada producto a Servicios Sindicales sobre los que él ejerce una directa vigilancia; por ejemplo, la exportación de la naranja o del aceite puede llevarse por un Servicio Sindical con la intervención directa de todos los productores. Este servicio puede estar intervenido por un representante del Ministerio de Industria y Comercio que vigile el exacto cumplimiento de las normas establecidas, tenga que dar necesariamente su conformidad a determinados acuerdos y pueda poner veto a los mismos hasta resolución definitiva del Ministro.
Las importaciones pueden realizarse en forma semejante: el Ministerio de Industria y Comercio habrá de fijar los cupos y, a propuesta de los Servicios Sindicales otorgar los permisos de importación.
En forma análoga se puede proceder a la distribución de productos.
En resumen, el Estado en la política comercial fija directrices, establece normas, vigila su cumplimiento, pero normalmente evita ser gestor y convertirse en intermediario.
Esta orientación tiene ventajas grandes: evita una gran burocracia al Estado, facilita una intervención más directa del productor, puesto que el mismo puede actuar con una mayor libertad cerca de Organismos que dependen de los Sindicatos.
El Estado puede decirse que después de establecer la política general de exportación, importación y distribución vigila su cumplimiento resolviendo propuestas de los propios Sindicatos y armonizando todos sus esfuerzos en este campo de acción.
Los organismos estatales se mantienen así en un plano más elevado sin que puedan rozarles posible inmoralidades que con su vigilancia procurarán evitar[19].
Orientación financiera.
Está perfectamente definida en la Memoria leída al Consejo de Ministros por el Caudillo. Memoria que contenía cuanto se refiere a la circulación fiduciaria, régimen de impuestos para la reconstrucción nacional y para la nivelación de los presupuestos. No hemos de extendernos en determinados modus operandi para llevar a la práctica esta política, porque nos separaríamos del objetivo final de esta breve nota. Solo señalaremos que parece indispensable crear el Banco Nacional, que asuma las funciones del actual Banco de España (sin ser su sucesor) y sea instrumento que regule la política crediticia de la Banca Privada>>.
No se trataba de establecer la autarquía plena porque ello era imposible, sino de intervenir. Así lo argumentaba el propio Suanzes a Franco en 1940:
<<Conviene aclarar que no obstante ser España un país de economía muy completa, no pude pensarse prácticamente en el establecimiento de un régimen autárquico absoluto. Aparte del problema del abastecimiento, muy agudizado en los pasados meses, España necesita una cantidad de primeras materias y de productos industriales que en algún tiempo no podrá obtener de su suelo y que, sin embargo, son indispensables a su desenvolvimiento económico y a su reconstrucción. Por consiguiente, mientras no poseamos recursos económicos propios ilimitados para satisfacer nuestras necesidades de compra, será necesario que el Estado determine en cada momento el orden de prioridad con que se ha de atender sus necesidades con los recursos limitados de que también en el momento se puede disponer>>.
Franco estimaba en 1939 que en 10 años España podría ser una gran potencia, tardó algo más pero difícilmente se podría negar que lo consiguiera. En unas notas sobre la economía del Nuevo Estado de enero de 1940 que tenía Franco se podía leer: <<La restauración general de la producción, del comercio interior y exterior y de los transportes hasta el nivel de 1936, requiere tiempo suficiente, en muchos aspectos años>>[20]. No solo era eso. Cabe recordar que el Estado Nuevo surgió de los campamentos militares, era un estado sin aparato institucional. Todo el aparato institucional quedó en manos republicanas. La guerra permitió mantener lo que Serrano Suñer llamó el <<estado campamental>>, pero una vez ganada la guerra era necesario reconstruir el Estado institucional y administrativamente. Un hecho que rara vez se consigna en toda su extensión en unos textos en los que acaba pareciendo que en abril de 1939 los nacionales llegaron a Madrid, abrieron la puerta de los ministerios y se encontraron con los papeles y las máquinas de escribir. Con ello queremos subrayar que las dificultades eran inmensas, incluyendo la reorganización del aparato económico pero también del tejido industrial y esto, sin duda, fue un factor que debiera ser tenido en cuenta a la hora de valorar la situación[21]. Algo que, sin embargo, sí aparecía en los informes falangistas de 1960:
<<Hay que añadir a los problemas de la conversión de la guerra a la paz de parte de la industria española, los emanados de la pérdida definitiva de un alto porcentaje de mano de obra especializada, el consumo reprimido de las poblaciones de la zona roja que hubo que atender perentoriamente, y el trastorno burocrático general, que afectó también al personal dedicado a las cuestiones económicas en un momento en que estas iban a precisar de más numerosos y experimentados funcionarios>>[22].
Es relativamente fácil hacer un listado de errores para caracterizar lo sucedido económicamente durante los años cuarenta y responsabilizar de forma absoluta a la gestión económica de la <<catástrofe>> del decenio. El lector tiene experiencia directa de cómo se maneja, sin embargo, la coyuntura para descargar responsabilidades cuando el objeto de análisis goza de las simpatías del autor o del economista. No es así, evidentemente, en el caso del régimen de Franco.
La situación bélica en Europa podía ser un elemento activo para la recuperación económica, al permitir incrementar las exportaciones españolas y por tanto disponer de divisas para asumir las importaciones necesarias para la reconstrucción y el desarrollo, tal y como había sucedido durante la I Guerra Mundial, pero es que a partir de la caída de Francia y la resistencia de Inglaterra la II Guerra Mundial dejó de ser como la anterior para España. El talón de Aquiles, además de los problemas de infraestructuras de comunicación para fortalecer el mercado interior, estaba en la producción agraria destinada al consumo, el problema que no había tenido la economía nacional durante la guerra se manifestó de forma aguda a partir de la cosecha de 1939 y se agravó con las malas cosechas de los años siguientes y las medidas de control del gobierno no fueron tan eficaces como desde el papel se presuponía. Pero esto ni estaba en el guión ni en las previsiones.
Franco había afirmado durante la guerra que iba a controlar las materias primas y de hecho la guerra se lo permitió, contaba con ellas como elemento sustitutorio de la falta de divisas y de hecho sería un sector importante para la exportación durante parte de la II Guerra Mundial. A la vez España necesitaba importar maquinaría, materias primas, etc. Pero en 1940 las necesidades de productos de alimentación coparon las importaciones, siendo acuciante la necesidad de importar trigo debido a las malas cosechas y la falta de abastecimientos. Así, si en 1935 las importaciones de alimentos representaban un 6,57% del total en 1940 se disparaban hasta el 35,73%, lo que da idea de la caída de la producción o del incremento del consumo interno. Si en 1935 ello suponía un gasto de 122 millones de pesetas oro, en 1940 se gastaba más del doble, casi 250 millones de pesetas oro. Lo que obligó a reducir las importaciones en otros sectores o dejar que media España se muriera de hambre[23]. Y de esto no tuvo la culpa la gestión económica; como no la tuvo en el hecho de que las exportaciones agrarias fundamentales (naranjas, vino, almendras…) por falta de demanda en el mercado internacional cayeran espectacularmente hundiendo las perspectivas de acumular divisas y poder gastar más en importaciones a partir de 1941. No es que el gobierno tuviera muchas opciones cuando lo inmediato era lo fundamental. Pero entre finales de 1940 y el verano de 1941 lo que se daba por sentado es que la guerra iba a acabar pronto, que la URSS no iba a resistir (así lo estimaban los Estados Mayores en Inglaterra y EEUU) y que la situación internacional variaría en breve, por lo que convenía aguantar porque se estimaba que las dificultades tendrían un tiempo limitado. Como sabemos no fue así y cuando Franco asumió que se abría una guerra larga, distinta a la de 1939-1941, tendría poco margen de maniobra en lo que ya era una guerra también económica.
Pero la coyuntura, que teóricamente podía haber sido beneficiosa dada la importancia que iba a tener el mercado de los países beligerantes, se transformó en poco positiva para España. Fue según algunos autores porque el gobierno no supo aprovechar profundamente la coyuntura favorable. Así, nos dice Jordi Nadal, <<cuando centramos nuestra atención en el desarrollo de la industria de transformación, queda todavía más de manifiesto el insatisfactorio nivel de aprovechamiento de las condiciones favorables creadas por la guerra exterior por parte de la economía española>>, pero esa industria demandaba energía e importaciones para poder trabajar[24]. España, pues, necesitaba para ello importar más para reconstruirse y poder aprovechar la situación de guerra, algo elemental, pero no lo hizo, volvemos a Nadal, por <<otros motivos como la escasez de medios de pago, limitado recurso al endeudamiento y voluntad autárquica>>. Dicho así todo lo anterior suena perfecto, pero es que en España no quedaban divisas -recordemos que se las había pulido el gobierno del Frente Popular- y, evidentemente, la capacidad de endeudamiento era efectivamente muy limitada (no ignorando el hecho de que Franco fuera a lo largo de su vida renuente a endeudarse, lo que haría felices a no pocos economistas hoy) y estos dos motivos/condicionantes fueron fundamentales. El problema es que lo que nos proponen no es un dibujo exacto, o al menos no es tan definido como nos lo pintan, porque Franco, su gobierno, estimaba poder utilizar los minerales como divisas e inició las siempre difíciles negociaciones para obtener créditos en las mejores condiciones posibles.
Al acabar la guerra civil España se presentaba como un buen terreno para el negocio y la apertura de empresas, también para la inversión. La reconstrucción siempre es un buen negocio. Las propuestas de crédito se acumularon en la mesa del Generalísimo. España necesitaba dinero y créditos que solo podían conseguirse en Inglaterra o EEUU, aunque la administración Roosevelt era notoriamente <<antifranquista>>. En 1939 los mercados financieros de ambos países eran proclives a apoyar a Franco. De hecho lo habían hecho durante la guerra[25]. Recordemos que Inglaterra fue uno de los primeros países en firmar convenios económicos con los rebeldes en 1936 y según Hugh Thomas <<los grandes financieros de Europa y América no solo esperaban la victoria nacionalista, sino que además la deseaban>>[26]. España tenía que negociar créditos para la recuperación y el pago de las deudas de guerra.
La negociación de un crédito no se hace de forma inmediata sino que es objeto de conversaciones para obtener las mejores condiciones posibles, sobre todo cuando se está en una situación de necesidad, algo que con suma facilidad olvidan algunos autores. Primero, era necesario hacer el balance y saber lo que se necesitaba, otra cosa es que la caída de los abastecimientos tras la fusión de la zona nacional y la zona roja conllevara el vaciado de los almacenes y condujera a la aparición del racionamiento en mayo de 1939, lo que pronto se convirtió en apremio para el gobierno. El problema es que transcurridos algo más de tres meses desde el final de la guerra civil estalló la II Guerra Mundial y ya nada volvió a ser lo mismo. Lo lógico es que, de no estallar la guerra, España hubiera conseguido créditos para la reconstrucción y el desarrollo y la historia se hubiera escrito de otra manera, incluyendo un modelo autárquico muy atemperado. Sin embargo, con una caída de la producción agraria y con problemas de abastecimiento, prácticamente sin divisas y con una deuda total, incluyendo los vencimientos republicanos, que los diferentes autores sitúan en más de 500 millones de dólares, junto con el control de las importaciones realizado por los aliados y el estrangulamiento de los mercados durante la guerra mundial, parece evidente que la afirmación del profesor Juan Velarde de que la <<autarquía>> española fue más fruto de la situación, al convertirse en el único camino posible, que producto de una línea programática inamovible. Lo que no quiere decir que Franco hubiera dado barra libre a la inversión extranjera o renunciado a la industrialización desde el Estado aun cuando inicialmente esta se planteara como subsidiaria.
¿Qué era lo que buscaban las autoridades españolas? ¿Era tan descabellado o era mejor obtener créditos a cualquier precio como sugieren algunos autores sin atender a los tiempos?[27] La evolución del conflicto a lo largo de 1940 es, a nuestro juicio, la que hizo imposible conseguir el tipo de empréstito que, según Higinio Paris Eguilaz, hubiera necesitado el país:
<<Somos partidarios de un empréstito exterior pero con características completamente distintas a las deseadas por los medios financieros.
Lo que necesitamos no es un pequeño crédito para adquirir bienes de consumo y restablecer nuestra defectuosa economía anterior al Movimiento sino un gran empréstito para invertirlo íntegramente en la capitalización creando una serie de industrias que nos faltan, es decir variando nuestra estructura de producción.
Concretamente hay que crear en España la industria de abonos nitrogenados, que antes de nuestra guerra representaba una media anual de importación de 59 millones de pesetas-oro, la de automóviles con 43, la de motores Diesel con 8, Gasolina y lubrificantes con 57 (de posible fabricación por destilación e hidrogenación de lignitos y hulla), la celulosa con 18 y algunos productos químicos. De ese total que solo los productos enumerados suponían una importación de 185 millones de pesetas-oro anuales, hay que producir en España, por lo menos un 50% o lo que es igual ahorrar productos de importación de los indicados por valor de unos 1000 millones de pesetas-oro anuales.
Ese ahorro es el que debe servir de base financiera para el pago de intereses y amortización del crédito. La cuantía de este debería ser por lo menos de unos 100 millones de pesetas-oro para invertirlo en unos 4 años y amortizarlo en 15. Casi todo él debe ser concedido en forma de utillaje y todo lo más necesitaríamos un pequeño crédito auxiliar en divisas libres. La inversión debe hacerse solo para capitalización en la forma expuesta y tener la suficiente voluntad heroica para negar su empleo en todo lo que signifique bienes de consumo, de los cuales deben importarse con cargo a las divisas procedentes de exportaciones y a los ingresos por compensación así como a pequeños créditos a corto plazo y a la entrada de Rentas de españoles en el extranjero>>.
Pero el hecho, que difuminan no pocos autores, es que el gobierno de Franco intentó conseguir créditos en EEUU e Inglaterra, aunque siempre condicionado por la situación bélica y la amenaza de que un movimiento en falso provocara la invasión de la Península por parte alemana en el invierno de 1940 (se olvida muy rápidamente que esta no era una posibilidad remota sino que los alemanes tenían un plan trazado y también el Estado Mayor británico). Al mismo tiempo, no parece que en el primer bienio de la posguerra España estuviera en condiciones de incrementar sus exportaciones para acumular divisas aprovechando la situación de guerra, entre otras razones porque la producción no cubría las necesidades de consumo propio y, según el Ministro de Industria, en 1940 <<la extraordinaria demanda del mercado interior insuficientemente abastecido determina la absorción de la casi totalidad de lo que en 1936 era excedente; tal ocurre con las frutas y hortalizas, las conservas de pescado, los laminados de hierro, el carbón y los hilados>>.
Evidentemente ninguna de las opciones de lograr créditos del exterior entre 1940 y 1942 le salieron totalmente bien a Franco, pues de lo contrario no estaríamos escribiendo estas líneas y más de un autor se habría ahorrado escribir algunas decenas de páginas al marchar la economía española, probablemente, por otros derroteros. Ahora bien, los historiadores economistas prefieren una explicación sencilla, simple y fácil de vender, que coadyuve a incrementar la sombra negativa sobre Francisco Franco. En esta línea, coherentemente en su argumentario -eso sí se debe reconocer-, la falta de progresos económicos suficientes durante la II Guerra Mundial fue debida a la decisión española de alinearse con el EJE en vez de hacerlo con los aliados. ¡Ni más, ni menos! ¡La explicación madre de todas las explicaciones! Claro que, casi con toda seguridad, entonces Adolfo Hitler hubiera invadido sin miramientos la península y la historia, también la económica, se habría escrito de otra manera y lo mismo hasta ni los aliados ganaban la II Guerra Mundial. No sé si para Europa la historia hubiera sido distinta, pero para los españoles seguro, porque Franco lo que había dejado meridianamente claro era que si era invadido resistiría. Mejor ignorar, evidentemente, que lo que hizo el Caudillo fue mantenerse dentro de una equidistancia imperfecta en función de la evolución del conflicto[28].
Volvamos a la realidad y no a los futuribles. La economía española, para su recuperación, demandaba importaciones y créditos. No era fácil para quienes no tenían divisas aunque sí cierta credibilidad. Era imposible, por ejemplo, incrementar la producción agraria sin contar con la importación de abonos y tractores (la agricultura tuvo que conformarse con los animales de tiro -cabaña especialmente afectada por la guerra- y los recursos humanos), y aun así, obteniendo lo necesario, los economistas estiman que se hubieran necesitado tres años para recuperar la producción por lo que hubiera sido necesario mantener altas importaciones de alimentos. Pero lo mismo sucedía con la producción industrial. También la industria demandaba importaciones esenciales (celulosa, caucho, sulfato amónico, petróleo, algodón, maquinaria y otras materias primas…) que durante la guerra iban a ser difíciles de obtener, por lo que en la distribución de lo obtenido también se imponía el racionamiento, los cupos del gobierno; otra cosa es si estos no se gestionaron adecuadamente o si debieron centrarse en un tipo u otro de importaciones. El hambre, además, condicionaba las cosechas y limitaba los cultivos de exportación. A la vez era difícil importar cuando se carecían de divisas y de capacidad de endeudamiento, y más aún haciéndolo en una situación bélica.
¿Qué hizo el gobierno de Franco? Recordemos que ni Gran Bretaña, ni sobre todo Francia, eran países políticamente próximos al régimen español, aun cuando existieran simpatías en los medios conservadores y económicos británicos. En mayo de 1939 España solicitó a los EEUU un crédito para poder importar algodón para impulsar la fabricación textil. El gobierno americano exigió contrapartidas: seguridad para los intereses americanos, que España renunciara a la nacionalización de la Telefónica y liberación de los americanos que estuvieran presos por formar parte de las Brigadas Internacionales. En agosto le fue concedido un préstamo reducido para abastecer a las fábricas durante un año. Era un caramelo, pues hasta que España no cediera en el tema de la Telefónica no habría más préstamos. Por ello, el Ministro de Comercio e Industria, Luis Alarcón de Lastra, advirtió públicamente de la hipoteca que esto podía suponer y que no iban a admitir. Pero por debajo de las declaraciones todo era cuestión de proseguir negociando. A España le quedó el recurso de jugar con sus materias primas lo que le llevó a un enfrentamiento con los intereses alemanes y a denuncias de estos por suministrarlas a los aliados[29]. Así pues el juego con la venta de las materias primas a los beligerantes en cantidades importantes que permitieran una acelerada acumulación de divisas no parce que fuera tan sencillo como escribirlo, sobre todo porque para esa acumulación lo que interesaba era la venta a los americanos o a los británicos y no parece que Hitler estuviera muy dispuesto a consentir la venta de materiales estratégicos, al menos a Gran Bretaña hasta finales de 1941 cuando los EEUU entraron en la guerra.
En noviembre de 1939, con la guerra ya abierta, el gobierno español inició negociaciones para un acuerdo comercial con Inglaterra. El primer problema era saldar la deuda que tenía pendiente la II República. España lo que quería negociar era un empréstito por un importe superior, con ese dinero se adquirirían en Inglaterra <<productos ingleses naturales o manufacturados que pudiesen servir a la reconstrucción nacional>>. La deuda era de unos 3 millones de libras y el empréstito sería por 5 millones amortizables en 5 años. La negociación continuó porque los acuerdos se cerraron en marzo de 1940[30]. El acuerdo fue satisfactorio para España que consiguió su propósito: se podrían comprar productos a condición de no ser reexportados y la facilidad a los barcos que venían de Argentina con alimentos para llegar al país. Nuevos acuerdos se formalizaron en Londres, después de una mediación portuguesa, en julio de 1940. En mayo de 1940 se abrió la posibilidad de <<negociaciones>> entre Madrid y Washington para que el Departamento de Estado concediera a España un crédito entre 150 y 200 millones de dólares. Es este crédito el que al no concretarse utilizan como supremo argumento algunos historiadores para referir cómo la decisión de Franco condenó a España al hambre por no querer aceptar las condiciones americanas: mantenimiento de la neutralidad, aunque en el fondo su concesión dependía de si era posible autorizarlo sin encrespar a la opinión pública americana y obtener para el mismo el apoyo de los miembros del Congreso y el Senado, lo que tampoco era tan sencillo[31]. Así escrita, sin tener presentes los condicionantes, hasta queda bien la responsabilidad o la irresponsabilidad de Franco, siempre y cuando no se tenga presente la evolución de los acontecimientos. Cabe recordar que en ese mes Franco hizo llegar al Departamento de Estado americano su decisión de mantenerse neutral con lo que era posible seguir con la negociación[32].
En algo más de seis meses se habían conseguido abrir vías de financiación que permitían pensar que las medidas extremas iban a ser temporales y que era posible la reconstrucción y el desarrollo. La situación comenzó a variar cuando la guerra se hizo real en el frente Occidental tras el inicio de las operaciones militares en Noruega por parte de los británicos a primeros de abril de 1940. La invasión de los países neutrales (Bélgica y Holanda[33]) por los alemanes para atacar a Francia y la rapidísima victoria germana llevaron a Franco a proclamar la <<no beligerancia>> el 12 de julio de 1940. Cinco días después Petain pedía a Franco que actuara como mediador para pactar las condiciones de un armisticio entre Francia y Alemania. 10 días después Inglaterra decretaba el bloqueo europeo afectando a España. El comercio con España quedaba regulado por los navicerts que iban a someter al país a una política de mero abastecimiento para la mínima subsistencia que evitara tanto su recuperación económica como una eficaz ayuda a las potencias de EJE en caso de desarrollarse. España quedaba económicamente dependiente de los aliados occidentales, es decir de Inglaterra y EEUU. En estas condiciones era imposible que la economía española no solo se recuperase sino que no se estancase. Y ante esto muy poco podía hacer el gobierno, salvo amenazar con que colocado en una situación extrema iría a la guerra. Es lo que hizo Serrano Suñer, Ministro de Asuntos Exteriores y tenido como abanderado de la entrada en la guerra al lado de Alemania, en noviembre de 1940 ante el embajador británico[34]. Con el petróleo y el trigo como arma era sumamente sencillo neutralizar España y condicionar su evolución económica, como de hecho hicieron los aliados, así que no es extraña ni la falta de productividad industrial suficiente, ni las restricciones, ni la atonía inversora que anotan los historiadores económicos sin relacionarla directamente con esta realidad ¿Cómo iba a producir más España para poder exportar mucho más allá de lo que producía si ni tan siquiera podía importar chatarra o algodón en niveles suficientes?
Se podría argumentar que el gobierno, como opción, podía haber vendido muy cara su neutralidad a Inglaterra y los EEUU, obteniendo fuertes compensaciones, pero eso sería ignorar que tanto los EEUU como Inglaterra tenían decidida su política de suministrar solo lo necesario para la subsistencia a sabiendas de que España era dependiente. Churchill se vio obligado a tratar de convencer al más agresivo presidente Roosevelt de que esa era la estrategia que debían seguir. No olvidemos que en 1940 el 44.8% de las exportaciones españolas tenían como destino Gran Bretaña y los EEUU mientras que de esos mercados provenían el 23,9 de las importaciones, el perjuicio del semibloqueo que España iba a sufrir en estos años es evidente, no hace falta ser un experto en economía para deducirlo.
El principal problema era la importación de petróleo y trigo que dependían de los permisos británicos, en estos meses los envíos descendieron. En septiembre los informes británicos indicaban que las fábricas españolas solo trabajaban algunos días y que la cosecha de trigo había sido muy mala. Franco se enfrentaba a una situación extrema conjugada con la presión alemana para que entrara en la guerra. Esta situación movió a Inglaterra a autorizar a Madrid a realizar compras de cereales en cantidades de 100.000 toneladas al mes. Diez días antes España solicitaba un crédito a los EEUU por valor de 100 millones de dólares. Dada la dificultad de aprobarlo en el Congreso americano se optó por una solución indirecta, el envío de trigo a través de la Cruz Roja. Franco aceptó, pero desde EEUU se exigió una declaración pública de que España no entraría en la guerra. Con los alemanes en la frontera y la inminente entrevista en Hendaya con Hitler era un despropósito. Ahora su prioridad era negociar con Hitler. Cuando Franco se entrevistó con Hitler en Hendaya el 23 de octubre de 1940 la larga lista de peticiones de suministros y el retrato catastrófico de la situación española no eran una excusa, eran una realidad. Franco, por mucho que exagerara las necesidades, estaba en un callejón sin salida. Unos días antes, Churchill en la Cámara de los Comunes habló de la posibilidad de estudiar el tema del bloqueo <<con el más vehemente deseo de satisfacer las necesidades españolas y ayudar a su renacimiento>>. Aunque España podrá negociar entre 1940 y 1943 con Alemania teóricamente sin grandes problemas, el Tercer Reich no podía facilitar suministros estratégicos y además como era un sistema de pagos sobre deuda e intercambios no permitía la acumulación de divisas que emplear en el mercado libre condicionado, siempre, por los permisos aliados[35]. Las negociaciones económicas con Alemania distaron de ser fáciles, llegando al punto de ruptura entre finales de 1940 y el primer semestre de 1941. Franco había decidido no entrar en la guerra. Churchill fijó la política con respecto a España: <<no ceder, pero alimentar>>. Aunque Serrano Suñer mostró su oposición, Franco autorizó al Ministro Carceller a buscar acuerdos con Gran Bretaña, que se había ofrecido a ello solicitando un estado de las necesidades españolas. Dos acuerdos trascendentales se firmaron en noviembre y diciembre. Los acuerdos sobre importaciones y exportaciones iban a estar vigente varios meses, pero, al menos, España podría comprar de forma limitada trigo a los ingleses y a Argentina. El gobierno británico concedía un empréstito para la compra de productos. También se aprobó un envío americano gestionado por la Cruz Roja en enero de 1941 de harina, leche en polvo y medicinas. Todas estas negociaciones permitieron subsistir en España cuando mayor fue la presión alemana para entrar en la guerra (entre diciembre de 1940 y junio de 1941), pero no es necesario indicar que la subsistencia no permitía la financiación de la reconstrucción y de la subsiguiente expansión económica[36]. Está fuera de toda lógica pensar que Franco, en esos meses, con la operación alemana de entrada en España en manos del alto mando germano, hubiera podido ceder a las peticiones americanas realizando una declaración pública anunciando su decisión firme de no entrar en la guerra. Recordemos, por ejemplo, que en diciembre de 1940 Hitler asumía como inminente el ataque sobre Gibraltar y el 12 de enero firmaba la directriz pertinente, aunque incomprensiblemente decidera conseguir para iniciar la acción la aquiescencia de Franco o su entrada en la guerra. ¿Cómo hubiera reaccionado Hitler si Franco declara públicamente que no iba a entrar en la guerra y le llegaban los créditos aliados? Dejamos al lector la respuesta.
Cabría preguntarse si durante este tiempo Franco decidió jugar hábilmente con los aliados y los alemanes dadas las posiciones contrapuestas de Carceller y Serrano Suñer de cara a obtener los créditos y suministros necesarios. Dejemos ahí el planteamiento. La evolución bélica lejos de mejorar para la situación española empeoró: unidades alemanas estacionadas en Francia; en abril Yugoslavia y Grecia caen en manos alemanas; en mayo los paracaidistas germanos, los mismos que se entrenan para tomar Gibraltar, ocupan Creta. No era una entelequia que los alemanes presentaran un ultimátum a Franco o decidieran entrar en España, y para cerrar el círculo Serrano Suñer decidió intentar asaltar el poder con un particular y medido desafío a su cuñado para que diera todo el poder a la Falange, o lo que era lo mismo a él. En medio de estas circunstancias era imposible, pese a que continuaron las negociaciones, avanzar en un acuerdo con los EEUU. Es más, se acentuaron las restricciones y en agosto de 1941 la economía española quedó estrangulada por la falta de petróleo. A lo que se sumaba la amenaza inglesa de intentar un ataque a través de España o la toma de Canarias (Operaciones Puma y Pilgrim)[37]. Franco, por su parte, recurrió al Ministro Carceller para intentar tender puentes con los EEUU mientras tenía que hacer frente a la crisis que enfrentaba a los altos mandos militares con Serrano Suñer y la Falange.
Independientemente de las valoraciones lo cierto es que las negociaciones con los EEUU siguieron abiertas hasta el ataque japonés a Pearl Harboor, aunque con muchas reticencias y, sin duda, por la insistencia inglesa para que variaran su política con respecto a España. A pesar de ello, se pudo cerrar un acuerdo para un suministro mínimo de petróleo que solo daba para la subsistencia. Según parece también se gestionó un crédito para compras. La política americana se guiaba por el objetivo de mantener a España fuera de la guerra siguiendo los parámetros británicos. El acercamiento español a los EEUU comenzó a ser evidente en febrero-marzo de 1942. Con el desembarco aliado en el norte de África y la inversión del curso de la guerra la gestión de créditos se hizo más difícil, aunque se incrementó el volumen de las exportaciones de mineral y se buscó la liquidación de los créditos y de la deuda. A finales de 1942 era evidente que España había encontrado su piedra filosofal para la exportación, el wolframio que hasta esas fechas solo tenía un comprador, Alemania. Los precios se dispararon por la competencia. Los aliados compraban tungsteno a altos precios. Esto permitió acumulaciones hasta 1944 cuando la presión americana para cortar los suministros al Reich se vio acompañada de nuevas restricciones en el suministro de petróleo. Las restricciones eléctricas fueron el pan de cada día. La posibilidad de obtener créditos en mejores condiciones debido a la necesidad de mantener a España neutral no solo despareció, sino que además, desde 1943, los gastos militares se dispararon porque la amenaza de una invasión, no solo alemana, se hizo más probable que en 1940-1941.
Podríamos seguir acumulando datos sobre la importancia de estos condicionantes externos y explicar así que el problema no estuvo solo y fundamentalmente en las condicionadas decisiones económicas del gobierno como sostienen algunos autores. Pero esta coyuntura negativa, variable casi mes a mes impidiendo hacer proyecciones a largo plazo, determinante a mi juicio, es para nuestros habituales historiadores económicos también culpa de Franco por haberse alineado en su <<neutralidad bélica>> al lado del EJE en vez de hacerlo con los aliados. De ahí a afirmar que España, como sostiene Jordi Catalán, mantuvo <<una política exterior agresiva ante las potencias democráticas>> entre 1939 y 1942 parece un exceso literario necesario para sostener una débil tesis -sin ella se cae todo el andamiaje- más que una afirmación sostenida tanto por la realidad de los hechos como por la valoración que en EEUU y Gran Bretaña, pero sobre todo en esta última, se daba a las decisiones españolas (no está mal leer a Churchill de vez en cuando). Pero es fácil escribir evitando las imposiciones geoestratégicas o olvidando la posición sobre lo que pasaba en España por parte de los aliados. Unos aliados que tenían que asumir que España no podía declararse neutral, porque sin duda en Franco pesaba la gran pregunta: ¿de qué les había servido declararse neutrales a Bélgica o a Holanda cuando las divisiones alemanas se pusieron a rugir? Franco optó por la neutralidad asimétrica y ganó la partida en una política exterior que siempre estuvo en sus manos y en la que a lo largo de su gobierno mostró una tan singular como innegable altura.
A diferencia de lo que sostienen una parte destacada de los textos publicados en las tres últimas décadas sobre la evolución económica del régimen de Franco, estimamos que fueron las imposiciones de la guerra económica, sobre todo a partir del verano-otoño de 1940, las que atrasaron dramáticamente las posibilidades de recuperación de la economía española, acentuaron lo que habitualmente se presenta como el modelo autárquico y sus consecuencias negativas, condicionando las decisiones del gobierno y su capacidad de intervención. Lo que además se prologó, tras el brevísimo aire de optimismo surgido al finalizar la guerra en Europa -una nueva oportunidad económica- cuando los aliados optaron, a través de las recién surgidas Naciones Unidas, por un bloqueo mucho más duro que el sufrido durante la guerra, ya que al aislamiento internacional se sumó de facto el aislamiento económico al menos hasta finales de 1948 cuando empezó a resquebrajarse. Todo ello supuso que los esfuerzos inversores realizados en ese decenio no pudieran fructificar hasta la década siguiente tal y como explicaba en 1961 Antonio Robert:
<<El decenio 1940-1949 fue el fundacional. Las dificultades derivadas de la segunda guerra mundial y del aislamiento impidieron el normal abastecimiento de la industria en materias primas -disminuyendo el grado de utilización de la capacidad productiva- y en utillaje y materiales de construcción, que alargaron el período de fructificación de las inversiones que se estaban realizando>>.
Detengámonos, por ejemplo, en un condicionante claro que actuó sobre la capacidad de maniobra del gobierno, especialmente a partir de 1943. Observados los hechos y datos desde el presente es fácil estimar que una de las grandes barreras con las que chocó la recuperación económica fue la falta de decisión a la hora de asumir el riesgo de reducir progresivamente los gastos militares. Contrariamente a la lógica los gastos se incrementaron a pesar de que España había abandonado en 1941 cualquier veleidad de entrar en la guerra. Claro está que señalar la necesidad de haber reducido esos gastos es mucho más fácil anotarlo hoy que hacerlo en la época. Aunque algunos autores se inclinen, para mantener la tesis con el menor condicionamiento coyuntural posible, por asegurar que este alto gasto estaba relacionado con la <<brutal represión>>, lo que es una boutade, o con el deseo de entrar en la guerra -tesis que hoy muy pocos se atreven a enunciar-. Prescinden, o no lo consideran determinante, del hecho de que España estuvo en el mapa de operaciones de aliados y alemanes durante mucho tiempo y que las autoridades españolas eran conscientes de que necesitaban armas y mantener un exceso evidente de tropas; que por ello había que mantener un despliegue costoso en las posesiones africanas y en la frontera pirenaica; que a partir de 1943 el problema de las autoridades españolas era defensivo y no agresivo; que en 1944 se produjo un intento de invasión por parte del maquis comunista[38]; que tras la guerra mundial existió la posibilidad de que se produjera una intervención en España por parte de los aliados… El hecho es que el alto gasto militar, que en los años 60 sería criticado por Franco, condicionó el gasto público hasta extremos increíbles, pues por más que se detraigan las cantidades que no eran directamente militares aunque dependieran de la administración militar, se trataba de porcentajes altísimos. Dos elementos pesaron en ello: primero, el propio Franco y el Ejército deseosos de convertir a España en una potencia militar con un programa a diez años que también suponía fuertes inversiones industriales y que propiciaría el desarrollo como el propio Generalísimo había explicado; segundo, la situación internacional. Los gastos en defensa, que algunos autores elevan en la cifra, llegaron a suponer más del 50% de los gastos del Estado entre 1942 y 1945, los años de máximo peligro ante una posible invasión alemana o aliada; durante el segundo quinquenio de los cuarenta se mantuvieron entre el 47% y el 32%. No es necesario incidir en lo que hubiera significado que una parte de ese gasto se hubiera derivado hacia otro tipo de necesidades dado que, por ejemplo, el proyecto de presupuestos para el bienio 1962-1963 reducía el gasto militar al 23% y para los presupuestos de 1975 se situaba en algo más del 11%.
¿España no creció, no incrementó su producción, no se recuperó o la realidad es que no pudo hacerlo dadas los condicionantes externos? ¿Hasta qué punto el modelo autárquico del régimen no se vio asentado en esa coyuntura, como única vía, y al mantenerse durante tanto tiempo no era sencillo abandonar o modificar en algunos de sus aspectos no programáticos? Gran parte de las medidas adoptadas eran las típicas en unas circunstancias como las del inicio de la posguerra: el racionamiento, los cupos para las importaciones, la nacionalización de empresas o incluso la discutida política de cambios. El problema es que no existió vía alternativa alguna para acabar con ese marco a partir de 1940 y hasta 1949. España hubiera necesitado importaciones masivas de alimentos, materias primas y utillaje pero ni pudo obtener los créditos necesarios, ni tuvo la acumulación de divisas precisa, ni pudo hacer frente a los estrangulamientos del mercado, tanto por la retracción de las compras como por la decisión política de los aliados. El PIB creció muy débilmente pero creció, al igual que la renta o la producción industrial; pero creció poco, aunque los diversos autores no lleguen a un acuerdo en las cifras. Ahora bien, si utilizamos los datos económicos del régimen de 1961 valorándolos con índice 100 en 1940 se puede apreciar ese lento crecimiento industrial en los cuarenta y la aceleración en los cincuenta; otras series vendrían a demostrar que allá donde pudo, sectorialmente, la producción minera e industrial recuperó los índices de 1935 en torno a 1940 (Tabla 17).
| Tabla 17 Índices de Producción Industrial | |||
| Años cuarenta | Años cincuenta | ||
| 1940 | 100 | 1952 | 152 |
| 1942 | 103 | 1954 | 175 |
| 1944 | 105 | 1956 | 206 |
| 1946 | 116 | 1958 | 247 |
| 1948 | 116 | 1960 | 252 |
| 1950 | 126 | ||
Y en España, salvo probablemente los años 1940-1941, aunque el hambre fue evidente, no se produjo una sobremortalidad derivada de la subalimentación -un dato constatable es el hecho, como señalamos en un capítulo anterior, de que el número de comedores de Auxilio Social comenzó a descender-, porque la población creció y las tasas de mortalidad cayeron durante la década de los cuarenta incrementándose la esperanza de vida (la mortalidad cayó casi 6 puntos, la mortalidad infantil en 44 y la esperanza de vida se incrementó en 12 años). Son datos importantes porque indican que la política social estaba dando sus resultados, por más que algunos autores procuren ampararse en excusas para evitar reconocerlo del tipo de que no era una política moderna.
Es evidente que, independientemente del peso del intervencionismo, los condicionantes externos no comenzaron a desvanecerse hasta 1949. ¿Podía incrementarse la producción y la productividad industrial sin materias primas, sin fuentes de energía, con restricciones eléctricas y sin divisas para comprar? ¿Podía una industria importante como la textil incrementar su producción y recuperar sus niveles, independientemente de los cupos del gobierno, cuando los aliados controlaban la cantidad de algodón que España podía importar? ¿Podía impulsarse el consumo interno y el mercado interior con unas infraestructuras muy dañadas sin las inversiones necesarias a pesar de que el gobierno trazó un ambicioso plan de reconstrucción? ¿Podía mejorar la economía cuando fue imposible restaurar la comunicación por ferrocarril a niveles anteriores a la guerra durante esa década al estar cegada la posibilidad de importar material? ¿Podía mejorar el mercado cuando la gasolina era escasa y el limitado parque móvil no podía circular manteniéndose como opción el tiro? ¿Podía incrementarse la producción de energía eléctrica cuando era imposible importar maquinaria y no se disponía de cobre y acero? ¿Cómo se podía aprovechar la producción hidroeléctrica cuando parte de los cuarenta se vieron sometidos al ciclo de escasez de lluvias típico de España? Ahí quedan las cifras de producción eléctrica para demostrar que cuando se pudo superar la situación, cuando comenzaron a dar sus frutos las primeras nuevas instalaciones, muchas impulsadas por el INI, al cesar el bloqueo, la producción de energía eléctrica creció rápidamente, lo que muestra la expansión económica por el aumento del consumo (Tabla 18)[39]:
| Tabla 18 Producción eléctrica anual en millones de KWH | |||||||||
| 1940 | 1942 | 1944 | 1946 | 1948 | 1950 | 1952 | 1954 | 1956 | 1958 |
| 3,6 | 4,4 | 4,7 | 5,5 | 6,1 | 6,9 | 9,6 | 10,5 | 13,7 | 16,3 |
¿Podía implementarse una política agraria de incremento de la producción que llevara a eliminar el racionamiento, si era imposible importar maquinaria, productos fitosanitarios, y fertilizantes, si se produjeron en toda la década años de malas cosechas, especialmente en 1945, y el principal problema era importar trigo para mantener la alimentación de la población? Cierto es que el régimen optó por invertir en industrializar el país de forma endógena a través del Instituto Nacional de Industria. Que pese a las dificultades en el decenio, la producción industrial creció en los sectores energéticos, mineros, químicos y en algunas industrias de bienes de consumo (lógicamente no se logró el crecimiento en la industria alimentaria o en la textil) y arrancó la transformación de la industria artesanal en industria. Al mismo tiempo, inició su política de obras públicas con las primeras construcciones de pantanos[40], pero no descuidó, a pesar de lo que se escribe, la obtención de los abastecimientos de alimentos necesarios. No lo hizo durante la II Guerra Mundial, donde la factura del trigo ocupaba parte de los recursos; no lo hizo durante el cerco internacional con el acuerdo de compra de trigo y carne a la Argentina de Perón, que no respetó el bloqueo internacional, consiguiendo créditos hasta el cese de los envíos en 1949.
Sostener que el INI fue burocrático e ineficaz, que la política de cupos no fomentaba otra cosa que el amiguismo y la corrupción y tesis similares, que al final tienen como último argumento la fácil refutación de cualquier intervencionismo en aras del libre mercado es una opción anclada más en el prejuicio que en la realidad; al igual que considerar negativo y antieconómico desarrollar una industria nacional soberana blindada ante la inversión extranjera, porque un país sin soberanía económica es un país menos soberano. Subrayar que se sometió a la población al hambre por incompetencia, casi por capricho o por una errónea orientación nos parece un exceso efectista pero incierto. En realidad, de acuerdo con sus parámetros, sería más lógico reprochar a los responsables económicos del decenio no haber sido más radicales. No haber iniciado una reforma agraria en el sentido técnico planteado por Franco que se aplazaría más de una década; no haber realizado las nacionalizaciones de los ferrocarriles creando la RENFE o de la Telefónica sin destinar dinero a las indemnizaciones[41]; no haber impulsado una reforma de la hacienda tal y como se anunciaba obteniendo recursos de los grandes capitales o no haber podido controlar el mercado negro y el mercado especulativo con medidas extraordinarias, pese a las demandas de un sector falangista, encabezado por Girón, que organizó manifestaciones contra los especuladores y el estraperlo.
Economistas e historiadores económicos como Catalán, Carreras o Tafunell insisten en que en estos años fue responsabilidad, casi exclusiva entendemos, de las directrices políticas la infrautilización de la <<capacidad productiva de todos los sectores económicos>>, y que <<para una economía tan dependiente del exterior para el aprovisionamiento de productos energéticos, materias primas y bienes de equipo como la española el éxito de la recuperación solo podía traerlo una política que garantizase el suministro de esos inputs>> y la política económica del primer franquismo no solo no lo hizo sino que no <<ayudó a recomponer la capacidad exportadora, de la cual dependía en buena medida volver al volumen de importaciones necesario para el relanzamiento>>[42]; pero a tenor de lo señalado, teniendo en cuenta y no ignorando las circunstancias, ¿cómo hubieran podido hacer eso las autoridades franquistas? Es fácil afirmar que el problema estaba en el mercado intervenido, en los cupos de energía y materias primas, olvidando que estos eran producto de la imposibilidad de importar todo lo necesario. Su permanencia, el racionamiento, no son muestra, como anotan Carreras y Tafunell, <<del fracaso absoluto de la política interventora del régimen>>, sino que inclinan la balanza a estimar que difícilmente hubieran podido hacer otra cosa, porque no existía la posibilidad de importar libremente cuando el mercado estaba condicionado por la guerra y se carecía de las divisas necesarias. Una situación que condicionó todo lo demás, incluyendo los errores en la inversión. Evidentemente sin esos condicionantes, sin los estrangulamientos de la guerra, sin la invasión de la guerrilla comunista y sin los años del bloqueo subsiguiente los elementos condicionantes hubieran desaparecido, el racionamiento se hubiera diluido y la capacidad productiva ser hubiera desarrollado. Una situación en la que, como nos recuerda Fernández Miranda, era necesario <<producir bienes y servicios que el pueblo español necesitaba y que casi nadie o casi nadie, desde afuera, le facilitaba>>[43].
Al finalizar la guerra mundial, lo que abría enormes posibilidades para el crecimiento económico, se respiró un cierto optimismo, sin prever el aislamiento internacional a que España sería sometida en ese quinquenio, Franco anunciaba: <<Grandes obras hidráulicas, eléctricas y de regadío, amplios planes de colonización y de parcelación de fincas, grandes proyectos de nuevas industrias, de ampliación de nuestra minería, de aumento de nuestra flota, de repoblaciones forestales y puesta de tierras en regadío están en periodo de empezar a rendir sus frutos y facilitarán esta tarea de suprimir totalmente el paro y asegurar el nivel de vida anunciado a principios de 1937>>. Proyectos en los que, naturalmente, la guerra mundial había actuado como factor retardatario. Pero no se puede obviar, como sorprendentemente deja de tenerse en cuenta en algunas historias económicas, que la situación se tornó harto complicada para los vitales intercambios con Francia desde el último año de la guerra y en los dos años siguientes cuando la importante frontera francesa estaba en situación de guerra con la invasión de los maquis y la lucha contra las partidas guerrilleras comunistas, lo que obligó a seguir con altos gastos militares, a la que se sumó el cierre de la frontera por parte del país vecino. A partir de ahí, el bloqueo internacional se iba a encargar de retardarlos nuevamente y mantener sobre España la presión de los condicionantes externos.
Es interesante subrayar que en esta situación de depresión el régimen no renunció a mantener políticas sociales que permitieran a la inmensa mayoría de la población, en medio de las penalidades, encontrar un apoyo. Además de la política de protección y atención a la que nos referiremos en el siguiente capítulo, señalemos, por ejemplo: el control del precio de la luz en contra de las demandas de las eléctricas[44] o la decisión de congelar los alquileres (23-9-1939). Por no mencionar, tras los problemas que habían tenido los yunteros extremeños para mantener las tierras arrendadas, tal y como sucedió durante la guerra, sin la presión de los propietarios, la promulgación de las Leyes de 28 de julio de 1940 y 23 de julio de 1942 que protegían a los pequeños arrendatarios al establecerse el derecho a prórroga forzosa en el arriendo si se cumplían determinadas condiciones, lo que se mantuvo hasta 1954. Medidas que hoy serían tachadas de populistas y que son criticadas, por ir en contra del libre mercado, en cualquier manual de historia económica al uso.
No es fácil pronunciarse cuando girando hacia la economía real y hacia la microeconomía, algo fundamental en nuestro trabajo, volvemos la vista hacia los abastecimientos, la producción agraria, las cartillas de racionamiento, el estraperlo, los salarios y la especulación. Franco creyó, desde el punto de vista de la microeconomía o la economía real, que podía mediante el control de precios y salarios mantener y mejorar el nivel de vida de los españoles y en especial de los campesinos[45]. Pero lo cierto es que el gobierno no fue capaz de controlar la inflación mientras que los salarios crecían muy muy por debajo de la misma a lo largo de toda la década. Si arrancamos el problema desde la situación de los campesinos, sobre todo porque en esos años se dio un fenómeno ante el que el gobierno no tuvo capacidad de respuesta, una reagrarización indudablemente aupada por la caída industrial, podemos situarnos ante la realidad. Durante la guerra, en la zona nacional, se mantuvo la producción, y se implementó el Servicio de Recuperación Agrícola para poner en marcha las tierras en la zona republicana una vez que el avance nacional las reintegrara. La elevada producción de trigo hizo nacer el Servicio Nacional del Trigo, que no era una institución autárquica, sino que estaba orientada a garantizar las ganancias de los campesinos y unos precios accesibles, pero que pasó de hacer frente a la superproducción a encontrarse con la necesidad de producir más, que siguió actuando una vez abandonadas las tendencias autárquicas porque su concepción no era esa. Las orientaciones cambiaron cuando el problema principal pasó a ser el abastecimiento. El gobierno reaccionó con la Ley de 5 de noviembre de 1940 para incrementar la producción de trigo. Pero la única salida fue establecer el racionamiento. Como explicará a finales de los cincuenta el Ministro de Agricultura Cirilo Cánovas García:
<<Frente a una demanda insatisfecha se levantaba una oferta desproporcionada con aquella, y, en algunos casos, de franca escasez. De haber optado por la libertad comercial, la elevación especuladora de los precios hubiera hecho imposible no solo satisfacer la primera de aquellas necesidades, sino incluso desarrollar la economía del país. El Gobierno se plegó a las necesidades del momento y actuó con un criterio realista: intervino precios, estableció contingentes en el comercio exterior y racionó el consumo>>.
La realidad es que el Gobierno no tuvo otra posibilidad. Como señalamos, el establecimiento de las cartillas de racionamiento no era algo privativo de la posguerra española, se impuso también en no pocos países al final de la guerra mundial, donde también hubo un tiempo de hambre (gravísima en Alemania por ejemplo y también en Italia). El problema real fue que lo que debiera haber sido transitorio se mantuvo más de una década, lo que dio origen a un permanente mercado negro especulativo que no solo hacía inviable el sistema de redistribución justa de las penurias, sino que perjudicaba a las clases populares al crear una doble inflación: la de la subida de los precios y la de los precios en el mercado negro. Una dura realidad que se hizo patente de forma traumática en 1941. Aunque se promulgó una legislación especial para reprimir el fenómeno su aplicación fue poco eficaz como lo demuestran las críticas desde el seno del propio régimen. Los falangistas desplegaron una auténtica campaña política contra los estraperlistas. Arrese llegó a pedir el exterminio de los estraperlistas, pero el hecho es que el gobierno no actuó con contundencia y el enriquecimiento aprovechando la situación de penuria se extendió apareciendo las fortunas del estraperlo.
¿Por qué no se actuó de forma contundente? Básicamente porque el estraperlo permitía a no pocos campesinos, que ocultaban parte de su producción, obtener rentas suplementarias; amparándose en este estraperlo de necesidad -era usual hacer la vista gorda- más o menos tolerado, los grandes estraperlistas pudieron extender la lacra de la inevitable corrupción. Parece posible afirmar que ese pequeño estraperlo fue ampliamente tolerado. Así se podría deducir, en la línea de lo indicado, de los informes que recibía Franco sobre la situación en toda España, como por ejemplo se puede extraer de este sobre El Ferrol del Caudillo:
<<Considerando las irregularidades que se consignan en lo que a Abastos se refiere, nada de extraño tiene que las madres de familia, arriesgando la sanción que se les pudiera imponer, se dirijan a las afueras a comprar artículos de primera necesidad, tropezando con la codicia del campesinado. Los artículos donde más se efectúa el estraperlo, aunque en pequeña escala debido a la vigilancia, son patatas, alubias y pan, así como grasas. Existe una modalidad de adquisición de estos artículos mediante el intercambio de aquellos productos, café, azúcar, aceite y jabón, que ofrece el individuo con estos últimos productos racionados o que ha logrado adquirir, por los que cosecha el campesino, a los que no se les suministra con tanta regularidad>>[46].
Leyendo los informes que llegaban a Franco, no ignorando que este no era el único problema sino que se combinaba con otros igualmente graves en aquellos momentos, resulta evidente que no se tuvo capacidad de respuesta y que en la situación de inflación y bajos salarios aquellos complementos eran para la inmensa mayoría una necesidad y no un elemento de enriquecimiento. Era una situación que no se ignoraba, que se denunciaba y ante la que se pedía que se actuara, porque los bajos salarios, por más que se reforzaron con la aparición de lo que podemos denominar <<salarios sociales>> en forma de ayudas, sumían en la pobreza a una gran parte de la población -ya señalamos el incremento acusado de los índices de pobreza en los años cuarenta-. Así se refleja en uno de los informes de esta época conservados por Franco, pero las soluciones apuntadas eran en la práctica, a nivel nacional, casi inviables. El racionamiento y el Auxilio Social garantizaban al menos un suministro que impidió, como señalamos, no solo el incremento de la mortalidad sino que además permitió el crecimiento de la población:
<<Los precios de todos los artículos, incluso los de alimentación que son los fundamentales, han sufrido un alza evidente. La realidad práctica que cualquiera puede contratar en su limitada economía privada es que la vida cuesta hoy, de dos y media a tres veces más que en 1935. ¿Razones?
Desorganización, falta quizás de un planteamiento completo del problema y una especulación tremenda de la situación creada por la actual guerra que, sobre agravar el problema, ha creado un ambiente de inmoralidad cuyas consecuencias pueden ser gravísimas.
Considerando el caso medio de una familia obrera de 4 personas, a base de la ración teórica para su sostenimiento (0.4 kg. de pan, 0,1 kg. de leguminosas, 0.250 kg. de patatas, 0,05 kg. de aceite, 0,03 kg. de azúcar, 0,01 kg. de café, 0,075 kg. de bacalao, 0,025 kg. de tocino o 0,125 kg. de carne y 0,2 kg. de pescado por persona y día) y aplicando a esta ración los precios de tasa, resultan un gasto diario de 9,56 pesetas.
Los jornales promedios son 13,30 pts. máximo, 10,60 medio y 7,90 pts. mínimo, y admitiendo que el 70% del jornal se consuma en alimentos, resulta que en la hipótesis totalmente utópica, de que al obrero se le pudiera dar la ración que necesita para su sostenimiento, solo los jornales máximos podrían vivir; los medios tendrían que consumirse íntegros en alimentación, y los mínimos no llegarían a poder consumir lo indispensable para sustentarse, teniendo, solo para comer, un déficit del 25%. Si a esto se añade que la ración diaria que se señala es completamente ilusoria, se llega a la conclusión evidente de que la gente no puede comer y, naturalmente, que es inadmisible una situación oficial de hecho que admita el principio de que los alimentos sean inaccesibles para la masa principal de la población. La clase media, que vive de sueldos ligeramente incrementados con respecto a la subida del nivel de vida, vive en una penuria vergonzante, en proporción, del mismo tipo que la del obrero. Las clases más acomodadas, de recta constitución moral, se están comiendo sus capitales, y los únicos que están haciendo fabulosas ganancias son los egoístas y malos patriotas, en toda la variada gama de comerciantes e industriales desaprensivos, intermediarios especuladores y funcionarios prevaricadores. Naturalmente, esta es una situación de catástrofe que requiere urgentísimo remedio.
Lo primero es impedir el ocultamiento y la especulación, llegando a los extremos de dureza, para que todos, absolutamente todos los productos alimenticios puedan ser distribuidos equitativamente y a precio de tasa entre todos los españoles. La consecuencia inmediata es la necesidad de una organización eficaz para llevar a cabo esta función.
Pero no basta […] o se baja la vida o se suben los salarios. No hay otra opción posible, ya que la combinación de ambas soluciones no es sino una variante de cada una de ellas.
Cualquiera de ambas soluciones requiere la más rigurosa intervención en la economía, y una política de tasas llevada a rajatabla, porque existiendo carencia de productos, situación esta inmodificable mientras el Mundo no se normalice, la demanda es superior a la oferta y el mercado libre conduciría a una continua carrera de jornales detrás del nivel de vida y por ende al caos económico>>[47].
El descontento era una realidad que Franco percibía claramente en los informes que la DGS le remitía sobre la situación en toda España. Aunque se prodigaron las multas y no fueron infrecuentes los Consejos de Guerra el hecho es que no se produjo una acción masiva contra el estraperlo y por lo tanto este continuó:
<<En todos los mercados de la Capital se vuelven a vender nuevamente de una manera descarda legumbres de todas clases y otros artículos de primera necesidad con un aumento enorme de los precios del pasado mes. El público hace comentarios con referencia a la Ley sobre la represión de la venta de artículos a precios abusivos y dicen que si no se lleva a cabo la tan anunciada represión, no se debió publicar la Ley que ha tendido a encarecer la vida más de lo que estaba>>[48].
Quedará siempre la duda de si hubiera sido posible, ya en el segundo quinquenio de los cuarenta, haber reducido la especulación mediante la liberalización progresiva de algunos productos, tal y como se demandó en algunos informes remitidos a Franco. Es evidente que, además del pequeño estraperlo, de la detracción de parte de la cosecha a la declaración, el gran estraperlo y la especulación fueron las dos lacras de la época, algo que a la altura de 1960 reconocían sin disimulo las Orientaciones que la Secretaria General del Movimiento enviaban a las distintas Jefaturas Provinciales, algo similar a los argumentarios que hoy utilizan los partidos políticos:
<<La relativa insatisfacción de la demanda nacional hizo… que la intervención de los mercados para la distribución de una oferta insuficiente, permitiera el juego de ciertos negocios de tipo especulativo o puramente temporales, sin suficiente base técnica o económica, que coadyuvaban al alza de los precios>>.
Pero la realidad también es que, independientemente de la producción oculta que me parece que algunos autores exageran en su cantidad real, en España la crisis de los abastecimientos se mantuvo debido a la falta de importaciones, tanto de alimentos como de utillaje y abonos, durante la II Guerra Mundial y durante el bloqueo internacional. Entre 1945 y 1948 las compras en Argentina de trigo y carne permitieron a los españoles sobrevivir frente a un bloqueo que les condenaba a caer en los niveles de la inanición, al objeto de promover una situación de descontento social que provocara la caída del régimen de Franco. Todos los historiadores coinciden a la hora de señalar que el efecto fue precisamente el contrario. Pero no es menos cierto que, si no se estaba dispuesto a aplicar una política de control absoluto, lo que hubiera generado nuevos conflictos sociales, una liberalización progresiva de los productos de consumo, aunque fueran los de segundo orden, hubiera aminorado los precios reales al hacer imposible la especulación e incluso incrementado la producción, tal y como recomendaban algunos políticos del momento; pero es evidente que el gobierno se atrincheró en la tesis de que ello provocaría el alza de los precios haciéndolos inaccesibles para parte de la población que podía acceder a ellos merced a las cartillas; es probable que con una serie de buenas cosechas en vez de malas el proceso de liberalización se hubiera acelerado. Pero fue la necesidad la que mantuvo el modelo.
En 1960 la publicística oficial indicaba que España había superado su atraso y se había incorporado de forma plena y total a la revolución industrial y en ello había tenido un papel fundamental, y lo seguiría teniendo en el desarrollo, la empresa pública, nucleada en torno al INI. Aunque creado por ley de 25 de septiembre de 1941, es evidente que el recurso a la acción del Estado como industrializador directo estaba latente en la guerra civil, en el proceso de movilización industrial de la misma, en las industrias militares de guerra, tal y como ha puesto de manifiesto Elena San Román, y en la mente tanto de Franco como de quien sería su creador y durante muchos años su máxima autoridad, Juan Antonio Suanzes, pues ambos se retroalimentaban en la visión económica de los inicios del Régimen. Disiento de Viñas al presentarlo como la muestra de la voluntad autárquica del régimen, más bien era la voluntad industrializadora del Estado y la relativa ausencia de un empresariado capaz de llevar adelante el programa, en un tiempo convulso como fue la década de los cuarenta, que se fue pergeñando entre 1938 y 1939, la que llevó a ello[49]. En la ley que lo creó brillaba la aplicación del principio de subsidiariedad al considerar que en España no había acumulación de capital y/o ambición empresarial para impulsar las grandes industrias que se necesitaban y que, por tanto, correspondía al Estado-empresario ponerlas en marcha. Sea como fuera, lo cierto es que en 1941 el Estado se inclinó hacia la idea de crear un importante e imponente sector público empresarial y financiero y esto, para bien o para mal, fue obra del régimen de Franco.
Conocemos, porque se ha relatado en diversas ocasiones, que Juan Antonio Suanzes, Ministro de Industria y Comercio en el primer gobierno de Franco (1-1-1938), había hablado con Franco en diversas ocasiones sobre este tema, planteando la necesidad de que la industrialización se impulsara desde el Estado a través de un organismo, un holding oficial con capacidad financiera, que intervendría en sectores estratégicos: defensa, minas, transportes, aviación, automóviles, siderurgia, refinerías de petróleo…[50] Es habitual acusar al INI de haber sido creado, como organización propia del totalitarismo fascista, como un elemento autárquico-militar. Una cosa es que los dirigentes del Nuevo Estado, empezando por Franco, por su propia biografía, quisieran tener un Ejército bien dotado y ser una potencia militar y, por tanto, dominar los sectores estratégicos básicos, incluyendo la industria militar, desarrollando la aviación y la construcción naval, y otra crear una maquinaria industrial para la guerra como, a veces, se parece querer sugerir. El INI, no podía ser de otra manera, por una razón de soberanía, que es su verdadera fundamentación ideológica, sin desconocer aspectos sociales, asumió todo lo relativa a la industria militar o vinculada a la misma, pero era algo más. La idea fundamental era contribuir a la industrialización del país y no a industrializar para la guerra, lo cual, además, se vio condicionado y retroalimentado por la situación en que vivió España en los cuarenta[51]. Además de que, como había expuesto en público Franco, una industria militar con límites muy amplios podía ser un elemento de desarrollo industrial y económico (a la larga España se convertiría en una solvente exportadora de material militar[52]).
La lista de empresas que constituyó el holding del INI, las que asumió o de aquellas en que participó, forman parte de la historia de la industria española que colocó a España entre las 10 potencias industriales del mundo, siendo el primer grupo industrial español, y ante eso pocos argumentos caben. Las principales industrias españolas eran del INI o eran empresas públicas: Empresa Nacional Torres Quevedo, Hispano Aviación S.A., Empresa Nacional Bazán (1947), ENOSA (Empresa Nacional de Óptica), HASA (Hispano Aviación S.A.), ENMASA (Empresa Nacional de Motores de Aviación), ENDAS (1943), EL CANO (1943), ENASA (1946), Empresa Nacional Santa Bárbara, Tabacalera (1945), Iberia, ENDESA, ENHER, ENCASO (Empresa Nacional Calvo Sotelo de Combustibles Líquidos, 1942), SEAT (Sociedad Española de Automóviles de Turismo, 1950)[53], CASA (Construcciones Aeronáuticas), ENSIDESA (1950), REPESA Escombreras (1949), RENFE[54]. Actuando como un poderoso grupo de inversión pública. No pocos autores suelen criticar el INI, más por lo que tiene de empresa pública y de intervencionismo que por otra cosa, disminuyendo su importancia real al vincularlo a la industria militar, aunque esta también era una industria económicamente importante; otros incidiendo en algunos proyectos fracasados como las investigaciones para el desarrollo de combustibles alternativos; otros prefieren centrarse en su relativa rentabilidad al no seguir las líneas del mercado y no ajustar sus costes y proyectos; incluso, algunos de los críticos desprecian la alta capacitación de no pocos de sus ingenieros y directores sin entrar a analizar sus currículos y su continuidad en la empresa española. Todo ello no desdora su papel como elemento clave de la industrialización y de la conversión de España en potencia industrial. Pero a la vez el INI, especialmente con sus inversiones a finales de los cuarenta, se había volcado en sectores fundamentales para el desarrollo tales como la fabricación de vehículos, la producción de fertilizantes, el refinado de petróleo, la producción de energía eléctrica o la construcción naval, y antes había reconstruido sectores fundamentales como el del carbón o el acero. Sin el INI sería incomprensible el rápido desarrollo industrial de los años cincuenta, con la electrificación.
<<El sector energético, que tanto había obstaculizado la recuperación económica en la década anterior, también resurgió con gran fuerza como resultado de una adecuada política industrial y de la disponibilidad de más divisas para importar petróleo. Entre 1949 y 1952 la generación de electricidad aumentó un 94%. Ese salto productivo se explica básicamente por las inversiones realizadas en el sector a finales de los años cuarenta como consecuencia de la prioridad dada entonces por el INI a la ampliación de la potencia instalada. Entraron en funcionamiento grandes centrales térmicas -que aprovechaban reservas carboníferas sin salida comercial- e hidroeléctricas, construidas por las empresas públicas del sector energético (Endesa y ENHER más ENCASO, reconvertida en una refinería de petróleo común y corriente que además explotaba recursos carboníferos produciendo electricidad en varias centrales térmicas). Esta política inversora se complementó con el establecimiento de un nuevo marco regulador del sector eléctrico, como paso previo para la descongelación de las tarifas eléctricas. Se interconectaron las diversas redes para compensar los déficits de unas zonas con los excedentes de otras. Una vez realizada la interconexión se procedió, en 1952, a la unificación de las tarifas y a la creación de un organismo (OFILE) para gestionar los intercambios de energía entre las compañías. La subida de los precios de la electricidad -que se mantuvieron bajo el control del gobierno- dio el estímulo que faltaba para animar a las empresas eléctricas privadas a invertir en nuevas centrales. En poco tiempo desaparecieron las restricciones a pesar del acelerado ritmo de crecimiento de la demanda>>[55].
En mis años de estudiante era usual prolongar la <<catástrofe económica>> hasta finales de los años cincuenta. Algunos historiadores, considerados por la izquierda académica como <<profranquistas>>, subrayaban el cambio de principios de los años cincuenta, en consonancia con la documentación oficial del Régimen que provocó los primeros conflictos sociales más relacionados con las tensiones del crecimiento que con el antifranquismo. A finales de los ochenta ya era usual admitir como una realidad esa expansión, de ahí que los años cincuenta fueran caracterizados por García Delgado como <<decenio bisagra>> o más recientemente como el periodo de la <<industrialización sustitutiva de las importaciones>>. Los años cincuenta están caracterizados por un crecimiento intenso, por una fuerte expansión industrial. Sin renunciar a la idea de una industria nacional protegida, como anota Velarde se produce lo que él denomina el Primer Plan de Estabilización en 1948 que abre ese crecimiento y que viene a demostrar cómo las autoridades, adecuándose al previsible fin del bloqueo internacional, a la posibilidad de mejorar las exportaciones dado que el dinero americano fluía a una Europa necesitada de productos, inician cambios significativos que se pudieron haber producido mucho antes de no mediar los condicionantes indicados. La resultante es el incremento de las exportaciones hasta alcanzar superávit, el nuevo impulso industrializador por parte del Estado (estandarte de ello serán SEAT, los camiones Pegaso, los fertilizantes, el incremento y abaratamiento de la energía o la creación de la refinería de Escombreras -España no tendrá petróleo pero se prepara para ser una potencia en el refinado-). Como hay agua y fertilizantes la agricultura despega e inicia su particular revolución, llegando el fin progresivo del racionamiento y el fin del mercado negro y los negocios del estraperlo junto con la corrupción. Como se quiebra el bloqueo llegan los créditos americanos que permiten paliar los déficits. Se pueden importar materias primas y maquinaria, primero por el superávit y después por la ayuda americana. A partir de 1951 el modelo intervencionista, a nuestro juicio, se racionalizó. Los vientos de cambio anunciaban tiempos de desarrollo alcanzables merced al esfuerzo que habían hecho los trabajadores en la década de los cuarenta, aunque para no pocos pudieran ser meras visiones palabras como las de Girón en 1951, repasadas desde la actualidad no eran más que previsiones de una realidad que se confirmaría en este periodo:
<<Jamás el trabajador español ha contribuido tanto con su esfuerzo a la producción y de que jamás ha estado tan preparado y tan resuelto como ahora para aumentar el ritmo.
Supliendo con el genio la carencia, supliendo con la fantasía y con la inteligencia la escasez de máquinas y materias primas, los técnicos españoles han encontrado en los trabajadores a sus órdenes el ejército aguerrido que ha hecho posible este caminar entre tinieblas, acechanzas y peligros […] no hemos llegado desnudos a este claro de la Historia […] no hemos llegado con las manos vacías, sino que hemos llegado con los frutos de nuestro propio sufrimiento hecho dones para la Patria; ahí están las ciudades nuevas, las aldeas nuevas y los embalses nuevos, los campos liberado de la incuria, los ríos liberados de la anarquía, los yermos liberados de la esterilidad. Pero es que además ahí están las máquinas salidas de nuestros talleres de industria pesada, las locomotoras de vapor y eléctricas, las grandes unidades navales, las creaciones de nuestra industria eléctrica, de nuestra óptica, de nuestra industria química, de nuestra industria textil y, finalmente, lo que ya constituye una creación casi milagrosa de nuestros técnico y de nuestros obreros: nuestra industria del automóvil pesado, que ha sorprendido a Europa y ha dado a España días de gloria técnica en los más rigurosos Certámenes internacionales[56].
[…]Yo os anuncio un futuro esplendoroso: nuestros campos, que ya no se parecen a los campos de 1936, serán mejores que los campos de 1951. Nuestra industria que ha dado un salto elástico comparada con la de 1936, será también mejor que la de 1951. Y serán mejores nuestros técnicos, nuestros campesinos, nuestros especialistas, nuestros funcionarios, nuestros financieros, nuestros comerciantes, nuestros profesionales. Y mejores nuestros barcos y nuestros ferrocarriles y mejores nuestros automóviles y mejor el hombre español de arriba abajo y la producción aumentará por sí misma, pero a condición, señores, de que nunca más la injusticia, la barbarie esclavista, el egoísmo, la impaciencia inmediata o la capitulación ante poderes enemigos, vuelva a poner el sebo escurridizo de su miseria en la cucaña por la que trepa lleno de ilusión el trabajador español que la Revolución de Franco ha alumbrado para asombro del mundo. Si nuestra producción ha aumentado hasta el punto increíble de haber salido del bloqueo económico que nos impuso un mundo sectario convertidos en constructores de automóviles, imaginaos lo que una política de rescate del hombre, de recuperación de este entrañable desconocido que es el trabajador español, imaginaos lo que un paso más en la perfección de ese trabajador español va a deparar a la Patria española>>.
Lo cierto es que nuestra argumentación viene a demostrar, insistimos, que si España no hubiera padecido los estrangulamientos que sufrió durante la II Guerra Mundial, ni el bloqueo internacional producto de la condena de las Naciones Unidas y hubiera podido acceder a las ayudas y créditos en pie de igualdad como otras naciones, la recuperación se habría alcanzado muchos años antes cancelando lo que debiera de ser considerado como el período de economía de guerra (1936-1948). Los datos son los datos y el crecimiento es imposible de ser ignorado. Así Velarde Fuertes indica que <<en los siete años que transcurren de 1951 a 1957 avanza en porcentaje el producto nacional bruto por habitante, tanto como lo había hecho en la anteguerra española de 1901 a 1935: en torno a un 33% en ambos casos>>[57]. Hasta Carreras y Tafunell se tienen que rendir ante la evidencia:
<<La entrada en la nueva década señala un cambio de tendencia inequívoco en la evolución de la economía española. Mientras los años cuarenta habían sido de claro estancamiento, los cincuenta serán de fuerte expansión. En el primer decenio el PIB per cápita solo creció a un ritmo del 0.7% anual; en el segundo (hasta 1958), lo hizo al 4,9%. Este ritmo de crecimiento probablemente no tenía precedente histórico. La industria, convertida en el motor del crecimiento económico, progresó como nunca antes lo había hecho. El producto industrial creció a una tasa anual del 7,2% de 1950 a 1960 (y del 8.8% entre 1950 y 1958)>>[58].
Para Maluquer estaríamos hablando de un <<crecimiento económico lastrado>>, quizás porque se sume a la opinión de que el crecimiento fue inferior al de su potencial o porque, como indica con claridad, persistían los obstáculos institucionales o por los problemas económicos estructurales que estaba creando. Lo evidente es que hasta los más críticos asumen que en este decenio se completó la recuperación económica del país en medio de no pocas tormentas políticas internas, pero lo que no se puede ignorar es que al gobierno le faltó criterio para acometer cambios económicos profundos, eliminar las redes de encarecimiento intermediario, modificar el sistema arancelario y plantear un modelo fiscal nuevo, aunque el pie de cristal de la expansión de los cincuenta estaba, en contradicción con los objetivos programáticos de Franco, en el comercio exterior y en la expansión de la industria de sustitución de las importaciones junto con el aumento del consumo interno. El crecimiento demandaba más importaciones pero a la vez no extendía con fuerza las exportaciones. Ello obligaba a acometer reformas que debieron introducirse a mediados de los cincuenta pero que se retrasaron tanto por la coyuntura política como porque implicaban la renuncia a la vía anticapitalista. Reformas que salían de la mente de los jóvenes economistas de unos estudios que Franco había impulsado. A tenor de lo que sucedió después, asumir este camino podía haber supuesto adelantar los crecimientos de los sesenta en el tiempo.
[1] Ingeniero de minas estuvo en la empresa privada, incluyendo la presidencia de la Oficina Cherifiana de Fosfatos marroquí, hasta su paso a la pública en 1969 para ejercer en el INI la Dirección de Minería y Siderurgia y presidiendo ENSIDESA de 1973 a 1975. En marzo de 1975 fue nombrado Ministro de Industria en el último gobierno de Francisco Franco. Ya en la democracia presidio el Consejo Superior del Ministerio de Industria y Energía y el Fórum Atómico Español para ser después presidente del Fórum Atómico Europeo. Cfr. ÁLVAREZ DE MIRANDA, Alfonso: Política energética e industrial: intervenciones del Ministro de Industria Alfonso Álvarez de Miranda. Ministerio de Industria; Madrid, 1976; ÁLVAREZ DE MIRANDA: <<Cuarenta años de la industria española>>, El Legado…, vol. II, pp. 353-374.
[2] <<En España la Gran Depresión del siglo XX no ocurrió como en los otros países capitalistas entre 1929 y mediados de los años 30, sino entre 1936 y 1950. El retroceso y estancamiento de este período, significaron, en primer lugar, una ruptura con el proceso de crecimiento pausado pero incesante que venía conociendo España desde 1840. El descalabro en los niveles de bienestar de la población es históricamente excepcional. En el último siglo y medio los españoles no han soportado un empobrecimiento tan prolongado y dramático como el sufrido entre 1936 y 1950. En segundo lugar, esta depresión comportó la ampliación de la distancia, en términos de niveles de desarrollo económico, que separaba la economía española de las otras economías de la Europa Occidental>>. CARRERAS Y TAFUNELL: op. cit. p. 281.
[3] Más complicada se haría esta interpretación si se atendiera a las explicaciones que muchos sufríamos en nuestros años de estudiantes en las que se razonaba que Franco era el producto de las clases dominantes que <<crearon>> al Caudillo para defender sus intereses frente a los deseos de cambio social (los más radicales claro hablaban de contención de la revolución y no de democracia o similares, eso vino después, cuando se reciclaron y han acabado pagando su frustración revolucionaria convirtiendo a Franco en su bestia negra para refugiarse en su último mito juvenil, el <<antifascismo>>).
[4] Franco se referiría al problema que supuso implementar una política económica en estos años sin datos, sin poder controlar estadísticamente la evolución. Era algo que ya preveía necesario desarrollar el Fuero del Trabajo. Es curioso que con respecto a estos años lo que Franco guardara en su archivo son informes sobre la situación muchas veces basados en datos parciales o en impresiones genéricas de la situación según las provincias.
[5] Desde un punto de vista económico es algo que se debe resaltar y valorar. Por un lado las pérdidas directas del conflicto ya implicaban una fractura demográfica, sobre todo porque se concretizó en población joven masculina en tantos porcentuales muy elevados. Unos 300.000 españoles perdieron la vida a causa de la guerra entre 1936 y 1939, algo más de un 1% de la población. Sobre 450.000 españoles abandonaron el país en los meses finales de la guerra, la inmensa mayoría a consecuencia de la derrota republicana. Se trataba de un capital humano muy importante porque muchos procedían de la zona industrial. En julio de 1940 es probable que hubieran retornado más de 300.000 (según los datos del International Labour Office Yearbook 1939-1940 quedaban en Francia a finales de 1939 51.400 civiles y 71.300 excombatientes). Como hemos señalado, en su discurso de final de año de 1939, Franco negó cualquier posibilidad de amnistía general y ello supuso, teniendo en cuenta el retorno de los exilados, un incremento de la población encarcelada con un colapso penitenciario que agravó la dura vida de los presos en un marco de penuria y hambre. En enero de 1940, la cifra de personas en las prisiones ascendía a 270.719. Un año después el número había disminuido muy poco (233.373, más de 90.000 aguardaban juicio, otros 98.000 tenían penas de privación de libertad). Durante los 4 años siguientes la pérdida de este capital humano tuvo innegables repercusiones económicas y sociales muy difíciles de valorar. En 1941, consciente del problema, Franco dio una serie de indultos que pusieron en libertad a cerca de 100.000 presos. A principios de 1943 los indultos habían reducido la población penal a 114.958 personas (la mayoría de los 92.477 no comunes estaban en prisión por condenas derivadas de la guerra civil); este año otros 40.000 presos saldrían en libertad. En junio de 1945, la población penal era de 51.000 presos (33.267/36.581 entraban dentro de la consideración de políticos, la mayoría en relación a condenas vinculadas a la guerra civil, otros por sus actividades opositoras o pertenencia a la guerrilla comunista). En ese mismo año se produjo la última liberación masiva (en 1947 estaban en prisión por delitos no comunes 15.998 personas, 5.721 por causas relacionadas con la guerra civil, parte del resto estaban en relación con las actividades de la guerrilla comunista). Ahora bien, conviene recordar que los prisioneros de guerra del EJE, incluyendo población civil, en manos de los aliados, no pudieron comenzar a regresar a sus casas hasta 1948 siendo usados como mano de obra (varias decenas de miles fueron enviados a otros países incluyendo EEUU o Inglaterra). Los que estuvieron presos en los campos comunistas del Este de Europa y la URSS, todos ellos campos de trabajos forzados, no fueron repatriados totalmente hasta 1952-1956. El número de prisioneros alemanes y austriacos sumaba varios millones de personas.
[6] En febrero de 1942, la industria catalana se veía funcionando al ralentí por la falta de materias primas y de personal especializado. En un informe de la DGS dirigido a Franco se señalaba este problema: <<a este respecto conviene señalar asimismo que los republicanos que abandonaron España, como consecuencia de la guerra civil, dejan sentir cruelmente su ausencia en la economía del país>>. Informe de la DGS (7-2-1942). DIHGF. vol. III, p.268. En un informe a Franco de Higinio Paris de 1940 se hacía referencia a este problema: <<a pesar de lo expuesto, si tenemos en cuenta que a las estadísticas oficiales hay que añadir el aumento de la población penal, gran parte de ella en edad de trabajo>>, el problema del paro continuaba siendo un <<problema muy importante>>. DIHGF. vol. II-1, p. 351.
[7] Usualmente los autores se refieren al estudio comparativo de Jordi Catalán valorando las pérdidas en locomotoras, vagones, marina mercante, producción de energía eléctrica, ganado bovino y equino y la población. Maticemos algunas de las conclusiones que son habituales: la red ferroviaria española de 1935 era ya de por sí insuficiente; las pérdidas en material rodante y la limitación de las importaciones impidieron su mejora antes de 1950. Según Maluquer en 1950 solo se disponía del 61.7% del material móvil de 1936. Simplemente no había más capacidad de inversión ni de importación. CATALÁN: op. cit. pp. 51-59; MALUQUER: op. cit. p. 223.
[8] FRANCO: Mensaje de fin de año (31-12-1950). Discursos y mensajes del Jefe del Estado 1951-1954. Publicaciones Españolas; Madrid, 1955, p.9
[9] Quizás el lector pudiera pensar que Franco era un adelantado de la antiglobalización si se leen algunas de las críticas que estos movimientos hacen a las multinacionales y al dominio del capitalismo financiero sobre las naciones.
[10] El lector no debe olvidar, a partir de aquí, que el intervencionismo es una doctrina económica condenada en la actualidad ante la preeminencia que debe tener el libre mercado y la desaparición o, al menos, la reducción a la mínima expresión del sector público dentro del tejido empresarial-industrial. Cualquier política que esté orientada en sentido contrario se considera negativa y contraria al crecimiento y la modernización económica. El intervencionismo solo se acepta, y cada vez de forma más relativa, a la hora de la redistribución social de la riqueza, pero no son pocos los que abogan por la transferencia a las esferas de lo privado de gran parte de la protección social.
[11] El primer libro editado en España de Manoilesco estaba dedicado a los legionarios rumanos de la Guardia de Hierro caídos luchando contra los republicanos en Majadahonda el 13 de enero de 1937. Catedrático de Economía fue Ministro del gobierno rumano y tuvo notable influencia sobre los responsables económicos de Italia y Alemania. Cfr. MANOILESCO, Mihail: El partido único. Heraldo de Aragón; Zaragoza, 1938, p. 199; Teoría del Proteccionismo y del Comercio Internacional. Madrid, 1943.
[12] NADAL: op. cit. p. 62.
[13] FRANCO: <<Palabras en la visita a las instalaciones industriales de Aranjuez (27-6-1951)>>. Discursos y mensajes del Jefe del Estado 1951-1954. Publicaciones Españolas. Madrid, 1955, p. 83.
[14] Informe económico del Ministerio de Industria y Comercio (8-8-1939). DIHGF. vol. I, pp. 572-583.
[15] Es evidente que lo que está diciendo es que la balanza sea equilibrada o positiva en vez de negativa como era en ese momento, no que no se comprara nada fuera o que España se situara en un aislamiento económico radical; que es la versión común que se da o se entiende cuando se habla de autarquía. El sueño era pensar que eso se podía conseguir con las deficiencias estructurales que España tenía.
[16] Finalmente la Organización Sindical desarrollará todos esos aspectos con una importante labor social entre y para los trabajadores.
[17] Al margen del documento y a mano se anota: <<Justicia en las relaciones de Trabajo; interviniendo conflictos individuales, impidiendo los colectivos. A cargo del Estado. -Magistratura del Trabajo>>.
[18] Independientemente de aquellas señaladas, en relación con la época, debemos anotar que en la actualidad no pocos autores alternativos reclaman la necesidad de que las industrias estratégicas, sectores como Defensa o Energía, estén bajo la tutela o dirección del Estado; partiendo de la idea de que es preciso recuperar soberanía económica. A lo que se añade a futuro la posibilidad de ampliarlas al sector agroalimentario o al del agua. Lo que naturalmente espanta a los defensores del libre mercado de la forma más extensa posible.
[19] La propuesta de todo este apartado no se llevó así a la práctica.
[20] DIHGF. vol. II, pp. 50-63.
[21] Los historiadores antifranquistas y los habituales evaluadores de la represión suelen olvidar con suma facilidad que los grandes centros industriales quedaron en poder de los republicanos. Que la represión ejercida por los partidos del Frente Popular (eran milicias del PSOE, del PCE o anarquistas) fue también una represión de clase y que no pocos empresarios, además de perder sus industrias, fueron ejecutados sin contemplaciones (en Cataluña y Alicante el dinero podía salvar la vida porque esta se podía comprar a los frentepopulistas, en Alicante por unas 50.000 personas), pero también técnicos o directores. Después de la Victoria se abrió un proceso de restitución de industrias y puesta en marcha de las mismas que por fuerza y por todas las circunstancias fue lento condicionando la productividad.
[22] Secretaría General del Movimiento. Orientación 41 <<Plan de Estabilización Económica>> (25-6-1959).
[23] GUTIÉRREZ CANO, Joaquín: <<El comercio interior y el comercio exterior>>, en El Nuevo Estado español. Veinticinco años de Movimiento Nacional 1936-1961. Instituto de Estudios Políticos; Madrid, 1961, pp. 525-564.
[24] Jordi Nadal, para demostrar la mala gestión económica del régimen durante la II Guerra Mundial, presentándola como una oportunidad perdida que agravó los males, recurre a la comparación de la evolución económica con el resto de países neutrales europeos: Portugal, Suiza, Suecia y Turquía. Como ejercicio está bien, pero es una comparación eminentemente falsa, ya que esos países no tenían que hacer frente a la recuperación inmediata de los efectos de una guerra, a los gastos de reconstrucción, ni tenían que satisfacer pagos por deudas, ni -según los casos- tenían los mismos gastos de defensa, ni se encontraron con un problema grave de abastecimientos por falta de producción, ni…
[25] Es necesario subrayar que grandes bancos ingleses como el Midlang Bank, el Barclays, el Martin´s Bank, el Btritish Oversas Bank, junto con los americanos Chase Guarentee Trust y el Almagamted Bank iniciaron un boicot a la República. El Chase National Bank de Rockefeller apoyó sin fisuras a los nacionales. La República se quedó sin posibilidades de recurrir al crédito internacional mientras que los nacionales lo conseguían sin dificultad.
[26] No es extraño que en muchos manuales se procure orillar que Franco y los nacionales tuvieron ayudas financieras durante la guerra que les llegaron desde países distintos a Alemania o Italia. El financiero Juan March puso a disposición del general Mola una cartera de valores con 600 millones de pesetas y dio las garantías para que la compañía petrolera norteamericana Texaco facilitara los abastecimientos de petróleo iniciales. Portugal fue uno de los países que prestaron ayuda económica a los rebeldes en 1936 mediante créditos facilitados por el Banco Espíritu Santo, a los que se añadieron los de la Sociedad General de Comercio, Industria y Transporte Limitada junto con los de la Caja General de Depósitos, además del apoyo logístico que supuso. Francesc Cambó, líder de la Lliga Regionalista catalana, inició una recaudación en los países democráticos que llegó a superar los 410 millones de pesetas. La comunidad judía de Melilla facilitó a Franco créditos con la banca judía. La Compañía General de Tabacos de Filipinas también facilitó 1.200.000 dólares sin intereses. El banco inglés Keinwoert, Sons & Co. dio a Franco créditos por 2.3 millones delibras a un interés reducido. En la misma línea la Sociedad de la Banca Suiza dio a Franco otro crédito de un millón de libras. Por otra parte, las industrias americanas eran partidarias mayoritariamente de los nacionales y algunas burlaron sin grandes dificultades, algunas cubiertas por el Secretario de Estado Cordel Hull, las leyes de neutralidad americanas. General Motors, Ford y Texaco facilitaron vehículos y carburante a los nacionales. La Texaco se había alineado con Franco merced a la decisión de su director general Tolkild Rieber quien además del crédito (¨No os preocupéis por los pagos”) no cobró los transportes de un total de 1.9 millones de toneladas de petróleo. Ford facilitó vitales camiones, el propio Franco utilizaba un camión Ford 85, también enviaron vehículos a los nacionales las compañías Studebaker y General Motors, en total unos 12.000 vehículos. También llegó material militar como las 40.000 bombas de la Dupont de Nemours. Cfr. HOCHSCHILD, Adam: Spain in our Hearts. Americans in the spanish civil war, 1936-1939. Houghton Mifflin Harcourt, 2016; MARTÍNEZ MOLINOS, Guillem: <<El suministro de petróleo>> en La economía de Guerra. La Guerra Civil Española, vol. 16. Historia 16. Madrid, 1996; THOMAS, José María: Roosevelt y Franco. De la guerra civil española a Pearl Harbor. Edhasa; Barcelona, 2007.
[27] Resulta curioso lo taxativos que son algunos autores a la hora de explicar que Franco se negó a concertar créditos porque esa era su decisión autárquica. Sin embargo, el 9 de octubre de 1939 firmaba un documento con el título de Fundamentos y directrices de un Plan de saneamiento de nuestra economía, armónico con nuestra reconstrucción nacional que no parece avalar sus tesis. En el mismo se especifica la necesidad de adquirir maquinaria y patentes en el extranjero, la gestión de créditos (<<los necesarios en cada una de las etapas>>). En lo referente al comercio exterior Franco anota: 1º. Suprimir importaciones que no sean indispensables; 2º Reducir aquellas otras que puedan tener un sustitutivo o permitan esta reducción; 3º Implantación de nuevas industrias y riegos que nos faciliten los productos que hoy importamos; 4º Intensificar nuestras exportaciones, incluso primándolas; 5º Estipular tratados comerciales que obliguen a comprarnos a quienes vendiéndonos sus productos hoy no nos compran o lo hacen en desproporción notoria; 6º Incluir en los tratados con los imperios a los países y colonias de ellos dependientes y que nos importaban sus productos sin compensación; 7º Hacer tratados triangulares estudiando la economía de los terceros países; 8ª Dejar fuera de nuestro tratados los productos de cartel o de imposición en los mercados que se puedan equiparar al oro (aceite, hierro, piritas, potasas, mercurio, etcétera)>>. No creo que nadie pueda calificar estas directrices de inadecuadas o insensatas. Otra cosa es que no se esté de acuerdo con el intervencionismo. TUSELL: op. cit. pp. 47-49.
[28] Señalemos, por ejemplo, que cuando el Tercer Reich inició su guerra submarina, gracias a esa posición los barcos españoles quedaron fuera de la posibilidad de ser atacados a cambio se permitía el abastecimiento de los submarinos alemanes desde las costas gallegas o que anclaran para ello en sitios escondidos; o el fondeado de barcos mercantes italianos o alemanes en puertos españoles desde los que se realizaban operaciones de sabotaje. Independientemente de las simpatías, que las había, otro tipo de política, esa aproximación a los aliados que indican algunos autores que Franco debiera haber realizado, hubiera supuesto el inmediato hundimiento de la depauperada marina mercante española, porque España hubiera tenido que hacer frente a las presiones alemanas. Cfr. SÁENZ-FRANCÉS, Emilio: Entre la antorcha y la esvástica. Franco en la encrucijada de la II Guerra Mundial. Editorial ACTAS; Madrid, 2009.
[29] Véase un informe dirigido a Franco por J. Bernhardt de 29-4-1940. DIHGF. vol. II, pp. 174-175.
[30] Negociaciones comerciales con Inglaterra (18-11-1939). DIHGF. vol. I. pp. 656-657.
[31] Según un informe del archivo de Franco la embajada americana abrió esta puerta. España quería un empréstito largo lo que los representantes americanos en Madrid veían difícil, pero sí créditos largos a través del Export Bank. Las negociaciones se deberían realizar en EEUU con presencia oficial, incluso de un Ministro español, y se estimaba que durarían tres meses. El 28 de mayo de 1940 el embajador español transmite a Madrid <<sería absolutamente inútil intento negociar empréstito. Pánico producido medios económicos y financieros posible victoria alemana paraliza actualmente cualquier propósito tal género>>. Tengo la impresión de que algunos prefieren no tener en cuenta con qué información trabajaba el gobierno español. Cfr. Informe del Ministro de Hacienda (25-5-1940); Telegrama de Cárdenas desde Washington (28-5-1940) DIHGF. vol. II, p. 199 y 201.
[32] PAZ, Fernando: La neutralidad de Franco. España durante los años inciertos de la II Guerra Mundial (1939-1943). Ediciones Encuentro; Madrid, 2017, p. 100.
[33] Franco tuvo noticias a través del agregado militar español en Berlín del aplazamiento de la invasión a mediados de noviembre de 1940 y de la reactivación de la misma a mediados de diciembre. Era evidente que el declararse neutral servía de muy poco ante los imperativos estratégicos. Informe de Juan L. Roca de Togores (15-12-1939). DIHGF. vol. I, pp. 684-686
[34] PAZ: op. cit. p. 105.
[35] En septiembre las peticiones españolas a Berlín eran de 800.000 toneladas de trigo, 800.000 de petróleo, 625.000 toneladas de fertilizantes, 100.000 de algodón y 25.000 de caucho. Alemania no podía facilitar tales cantidades.
[36] Algunos autores anotan que Franco prefirió no importar más alimentos que atenuaran el hambre y la falta de abastecimientos. El lector ya se habrá dado cuenta de que no podía importar más que lo que le permitían. Es curioso, pero incluso algunos productos como el arroz fueron formalmente excluidos por los aliados de las posibilidades de importación.
[37] Recordemos que en el verano de 1942 los aliados habían desarrollado la denominada Operación Backbone complementaria a la Operación Torch. La fuerza área angloamericana bombardearía Almería, Cádiz y Málaga para abrir un desembarco destinado a ocupar Andalucía tras ocupar el Marruecos español. Franco mantenía en Marruecos, ante la posibilidad de ser atacado, un despliegue de más de cien mil hombres.
[38] Las autoridades españolas tenían información sobre esta acción varias semanas antes de producirse (es probable que fuera resultado de las conversaciones mantenidas en Paris en julio de 1944, poco después de la liberación, entre el representante del Estado Mayor español, el entonces Comandante Manuel Gutiérrez Mellado, y el Deuxieme Bureau francés, autorizadas por el general De Gaulle ). En total se desplegaron 16 Divisiones de Infantería del ejército español para contener cualquier invasión (más de 200.000 hombres). El lector debe tener presente que solo habían pasado unos meses desde el desembarco en Normandía y que por tanto era necesario asumir que la Operación Reconquista protagonizada por el PCE podía ser el inicio de una operación mayor. Es de destacar que muchas de las unidades que pararon la invasión de los maquis estaban compuestas por soldados de quinta, lo que indica que en ningún caso se temía que estos hombres pudieran cambiar de bando. Entre otras se pueden citar los Regimientos Tetuán 14, Mallorca 13, Belchite 57, Numancia 9 cuyas fuerzas actuaron secundando a la Guardia Civil. Aunque no se suele recordar también hubo civiles en la lucha contra los maquis como voluntarios falangistas de la Guardia de Franco. Los maquis comunistas penetraron con una estructura esqueleto que debía de nutrirse de voluntarios antifranquistas hasta formar un verdadero ejército, pero no consiguieron un apoyo que ser reveló inexistente.
[39] Los datos los obtenemos del trabajo de Manuel Robert Robert miembro del Consejo de Economía Nacional sobre política industrial en España.
[40] Fue una decisión trascendental inclinar la inversión hacia la construcción de pantanos y embalses, sin la que es imposible entender la expansión económica posterior. Tres grandes objetivos tenía esta política iniciada de la mano del Ministro Peña Boeuf: luchar contra las sequías periódicas, transformar terrenos de secano en regadío y obtener energía eléctrica. Pese a todas las dificultades la inversión se dirigió a crear estas grandes infraestructuras. En marzo de 1939 se ponían en marcha las obras del canal (160 kilómetros) que aprovechando las aguas del Guadalquivir regaría 75.000 hectáreas de campiñas en la zona de Jerez; en 1940 se iniciaron las obras del pantano de Rosarito en Cáceres para convertir en regadío 13.000 hectáreas; también está en marcha el pantano de Cíjara, la presa de Yesa. Franco inicia su costumbre de inaugurar estas obras entre multitudes campesinas como la multitudinaria recepción que recibió en Ejea de los Caballeros al inaugurar el pantano de San Bartolomé. En 1951 se habían inaugurado 32 pantanos y se estaban construyendo 32.
[41] Sería paradigmático referirse a las nacionalizaciones de los ferrocarriles para crear RENFE o de la Telefónica que se hicieron con pago a los accionistas y que supusieron, incluso, la obtención de un empréstito -para este no hubo problemas internacionales- para pagar a los accionistas de la ITT.
[42] CARRERAS y TAFUNELL: op. cit. pp. 286-293.
[43] ÁLVAREZ DE MIRANDA: op. cit. p. 359.
[44] El mantenimiento de los precios de la luz en niveles asequibles fue una obsesión de Franco como recuerdan no pocos de sus ministros. Cuando una subida, por aquello de adecuar los precios, se planteaba en el Consejo de Ministros, Franco solía posicionarse en contra y poco restaba que decir. Pero al lector este tema del precio de la luz y la necesidad de mantener el acceso a la misma a los sectores más desfavorecidos a buen seguro que le debe sonar como muy actual.
[45] Ejemplo de esta política, en plena guerra, fue el decreto de 23 de agosto de 1937, que creaba el Servicio Nacional del Trigo para garantizar las ganancias de los campesinos. La propuesta, de inspiración sindical católica, consistía en que el Estado compraría a los agricultores el trigo y lo distribuiría para así evitar el abuso de los intermediarios y garantizar el abastecimiento. Este servicio estuvo activo hasta 1971. Contemplado en su totalidad resulta difícil, como hacen algunos autores, achacar a su existencia la caída de la producción en la posguerra, donde además pesaron otras circunstancias más definidoras que la salvaguarda de los precios.
[46] Informe de la DGS (6-2-1943) DIHGF. vol. III, p.258.
[47] Informe (18-12-1941). DIHGF, vol. II-2, pp. 431-433.
[48] Informe de la Secretaria de Falange (1/10-12-1941). DIHGF. vol. II-2, p. 419
[49] Si se repasa la legislación de 1939-1940 es evidente que se diseñó una política de apoyo a la industrialización a través de la empresa privada nacional con ayudas estatales que no fructificó probablemente más por los riesgos del momento y las bajas expectativas de rentabilidad que por la falta de capitales.
[50] Suanzes estudió con detenimiento el modelo italiano del Instituto per la Recostruzione Italiana (IRI) y la Banca Nazionale del Lavoro. El INI recorrería un camino inverso al del IRI. El organismo italiano se destinó hasta 1937 a salvar a las empresas y bancos hundidos o en peligro; después pasó a ser un instrumento para la industrialización. El INI nació para ser instrumento. Elena San Román ha profundizado en las diferencias entre las dos instituciones calificando al español de más militar que fascista. SAN ROMÁN: op. cit. pp. 144-148.
[51] Cfr. SAN ROMÁN: op. cit. p.79 y 84.
[52] Esta industria que ya existía antes del régimen de Franco pero que adquiere relevancia internacional con la actuación del INI y de las industrias militares es otra herencia del Régimen. Señalemos, por ejemplo, que en 2016 las exportaciones de material militar españolas ascendieron a 1.837,6 millones de euros. Recordemos que la industria militar española es hoy una de las más importantes del mundo siendo sus tres buques insignia Navantia (su origen más próximo está en la Empresa Nacional Bazán constituida por el Estado en 1947 que creó su propia tecnología para la construcción de buques, se transformó en Navantia en 2005 y sigue siendo pública), Santa Bárbara (creada en 1960 fue vendida por el gobierno Aznar al grupo multinacional General Dynamics) y EADS-CASA (creada en 1923 fue adquirida por el gobierno de Franco hasta tener la práctica totalidad de las participaciones, fue privatizada por Aznar en 1999 y vendida al Grupo Airbus). Entre las exportaciones más conocidas durante el franquismo están los aviones SAETA (primer avión a reacción español, 1955); el avión C-212 AVIOCAR (1970); el vehículo BMR que comenzó a diseñarse a finales del franquismo o el fusil de asalto CETME (1949-1952), considerado uno de los mejores del mundo.
[53] España necesitaba una industria automovilística que no había sido capaz de despegar antes de 1936. En junio de 1949 se puso en marcha el proyecto vinculado al INI, siendo decisión de Franco su instalación en la Zona Franca de Barcelona. Nacía así la SEAT una empresa mixta con participación del capital privado (el Estado tenía el 51% y la Banca el 42%). En 1956 salía de su cadena de producción el primer 600 que iba a impulsar y permitir la democratización del coche en los sesenta al poder acceder a él amplias capas de las sociedad española. En 1963 se fabricaban 63.000 vehículos. Una empresa señera a la que cabría achacar su falta de decisión para ampliar la producción en un mercado en constante crecimiento. Tras la salida de Suanzes y las presiones contra el poderoso sector público español, la entrega de SEAT se inició de la mano de López Bravo quien vendió a FIAT un 20% de las acciones privando al INI de la mayoría accionarial. A la muerte de Franco continuaron las presiones y eso que en 1976 se preveían fabricar 600.000 unidades dedicándose el 25% de la producción a la exportación. Finalmente acabó en 1986 en manos del grupo Wolkswagen. Como este autor recuerda aquellos tiempos anota que primero se convenció a los españoles, como en tantas otras ventas, de que ya no era rentable.
[54] A estas se deban añadir otras mixtas, público-privadas, como al Compañía Telefónica Nacional de España (pronto sería la imagen del capitalismo popular con sus famosas acciones, las Matildes), CAMPSA. De las grandes empresas solo eran privadas CEPSA, Altos Hornos de Vizcaya, IBERDUERO e HIDROLA (ninguna de estas tenía capital extranjero).
[55] Se vuelve a demostrar que en cuanto desaparecieron los condicionantes y se desarrollaron las infraestructuras se produjo el crecimiento. CARRERAS Y TAFUNELL: op. cit. pp. 307-308.
[56] Girón se refiere al premio obtenido por los camiones Pegaso en un certamen internacional en Italia.
[57] VELARDE FUERTES, Juan: <<La economía de la era de Franco (1936-1975)>>, en El legado de Franco, vol. I. pp. 726-727.
[58] Para estos autores, de todos modos, la economía española no logró en los años cincuenta avanzar a más velocidad que el conjunto de las economías de la UE-17, aunque su producción industrial estuviera algo más de un punto por encima de la media de la Europa Occidental. Maluquer, siguiendo a Morellá, nos da las tasas de crecimiento anual de algunas industrias entre 1950 y 1958: la energía pasó del 4,4 en los cuarenta al 8,6; la minería del 2,2 al 8,1; la metalurgia del 1,9 al 10,1; el textil del 0,1 al 7; el índice de producción industrial del 2,2 al 7,9; el índice de producción de bienes de consumo del 0,8 al 6,9. Cfr. CARRERAS y TAFUNELL: op. cit. p. 318; MALUQUER: op. cit. p. 275.




