Dada la evolución económica de su zona no es extraño que Franco pudiera estar relativamente optimista en cuanto al futuro tras la guerra y en función de ello trazara ambiciosos planes económicos y sociales, pese a que en septiembre estallara la II Guerra Mundial como conflicto europeo lo que podría mejorar, como sucedió durante la I Guerra Mundial, la situación económica y acelerar la recuperación al actuar como palanca de desarrollo a través del crecimiento de las exportaciones agrarias, mineras e industriales y paliar el problema de la falta de alimentos por la caída de la producción agraria tras la incorporación de la España republicana que acabó abruptamente con la abundancia alimentaria en que vivió la España nacional. Pero no fue así. Lo que no le llevó, pese a las enormes dificultades, a poner en tela de juicio los avances sociales logrados durante la guerra, pese a las críticas indirectas que por el gasto suponían tal y como indicaba el Ministro de Comercio en 1940 al hablar de la situación de los precios, la producción y los salarios:<<si a esto unimos circunstancias de tipo social como postulado de justicia con el triunfo del Movimiento, originando nuevas cargas a la mano de obra en servicios y seguros, llegamos a la consecuencia de que el costo de la producción española, en lo industrial y en lo agrícola, de la mayoría de los productos, está alejado del precio internacional de los mismos>>; pero plantearle a Franco la reducción de esas cargas era como chocar contra un muro.
Durante la guerra había dicho: <<yo no aspiro solamente a vencer, sino a convencer. Es más: nada o casi nada me interesaría vencer si en ello no va el convencer. ¿Para que serviría una victoria vacía, una victoria sin finalidades auténticas, una victoria que se consumiera a sí misma por falta de horizontes nacionales? Lo españoles, todos los españoles, los que me ayudan hoy y los que hoy me combaten, se convencerán>>. Leyendo a Franco es fácil percibir que esperaba conseguir ese convencimiento a través de la obra a realizar: recatolización de España, industrialización del país, desarrollo económico con elevación del nivel de vida de los españoles, soberanía e independencia nacional, construcción de un Estado Social y edificación de un nuevo sistema político.
En diciembre de 1939, como ya era habitual, Franco se dirigió por radio a los españoles para hacer balance y trazar cuál iba a ser su programa político asumiendo que la guerra y la operación de unificación de las dos economías en que había estado partida España planteaba años duros. Si la economía en la zona nacional había permitido mantener el abastecimiento la unificación de las dos zonas, la incorporación de grandes zonas de población, supuso el rápido agotamiento de los superávits agrarios y de no pocos productos desatándose, además, la inflación mientras los salarios permanecían estables. Un mes después de la Victoria era imposible asegurar el abastecimiento de productos básicos. El Ministerio de Industria y Comercio estableció, en mayo de 1939, el racionamiento. En junio se publicó la norma que establecía las raciones a percibir a través de las cartillas de racionamiento -el recuerdo más impactante y negativo de la dureza de la posguerra para una generación de españoles- según la situación individual o familiar. Franco, en su discurso, no hace un ejercicio de escapismo y es interesante su relectura, que no he encontrado en ninguno de los trabajos sobre la economía y las opciones del Caudillo en el primer franquismo que tanto abundan. Interesante, porque en él plantea indirectamente lo que realmente entiende por autarquía, en realidad mercantilismo, que no es el cierre del comercio exterior, ni el aislamiento, sino la sustitución, en aquellos ámbitos en que se entendía que era posible, de las importaciones por la producción propia. Un discurso estructurado en dos partes claramente diferenciadas: por un lado, la situación económica con su imbricación estructural, (causas coyunturales y estructurales); por otra, las directrices de la actuación económico social que piensa llevar a la práctica a través, como él mismo dice, de la Gaceta del Estado prometiendo un Estado que redistribuya la riqueza e impulsando la economía a través de un programa de obras públicas[1]. Juzgue el lector:
<<Españoles:
La guerra de liberación ha planteado a España problemas de magnitud sin precedentes: ingentes destrucciones materiales, valores espirituales aniquilados, un sistemático despojo de bienes económicos, públicos y privados y una unidad amenazada por los residuos de un sistema político con sus grupos y sus banderías.
La derrota de los marxistas había forzosamente de dejar en el cuerpo nacional fermentos de disolución y rebeldía entre esa masa de enemigos vencidos, de cuya moralidad y patriotismo es exponente aquel acaudalado cabecilla marxista que públicamente patrocinó el abandono a los nacionales de una Patria despojada y en ruinas.
Un imperativo de justicia impone, por otra parte, no dejar sin sanción los horrendos asesinatos cometidos, cuyo número rebasa al de 100.000[2]; como sin corrección a quienes, sin ser ejecutores materiales, armaron los brazos e instigaron al crimen, creándonos así el deber de enfrentarnos con el problema de una elevada población penal, ligada con vínculos familiares a un gran sector de nuestra nación[3].
[…] La guerra ha causado en todos los tiempos un estado de depresión en la vida económica, a la que no se han sustraído las naciones más fuertes y poderosas.
Así España, que sufrió con ella la más terrible de las revoluciones conocidas, tiene que pasar hoy por un período de escasez y de limitaciones, en el que la mala fe de los enemigos encubiertos encuentra campo favorable para sus enredos.
Yo vengo previniendo a los buenos españoles, desde el día mismo de la victoria, que se preparen para estas batallas de la paz. Mediten todos cuáles son sus deberes hacia un Estado que tantos dolores ha costado crear y cierren sus filas contra el enemigo. Es necesario salir al paso de la insidia y la calumnia; cerrar la boca de los difamadores.
El árbol se conoce por sus frutos, y donde hay un murmurador, un sembrador de alarmas o de insidias, hay siempre un traidor. ¡En guardia todos los españoles! ¡Alerta la Falange! ¡Qué puesto de honor le corresponde en esta lucha! No por pequeños hemos de despreciar a nuestros enemigos […] destacan esos pequeños grupos de cretinos que pasean su miseria física y moral alternando las tertulias frívolas con los lugares de crápula, para verter en ellos las consignas que desde el extranjero les remiten y que no vacilan en buscar ambientes hasta en aquellos sectores de población afectados por el área penitenciaria, intentando echar sobre el régimen que parecen patrocinar, el baldón de hermanarlo con una monstruosa impunidad para los crímenes de nuestros hermanos. ¡¡Cabe más miseria física y moral!!
Otras veces es la falta eventual de pan en algún pueblo o la escasez de artículos el motivo explotado para sus torpes maquinaciones. No basta salirles al paso con la corrección, es necesario, paralelamente divulgar cómo los sacrificios de nuestra nación son ínfimos en relación con los que alcanzaron a otros pueblos que sufrieron la guerra.
Rusia, que pasó una revolución de igual signo que la que asoló a España, padeció durante muchos años horrendas mortandades, causadas por el hambre; otros pueblos de Europa, análogamente, conocieron penalidades sin cuento. ¿Qué son nuestras pequeñas dificultades comparadas con las de ellos?
Jamás Gobierno alguno tuvo que enfrentarse con mayores y más graves problemas. La mayoría de los españoles ignoran cuál era la vida económica de la nación antes del Movimiento; a qué cifras monta el importe de la alimentación de nuestro pueblo. Una muestra tenéis en que con todo el oro de la nación, el cuantioso robado a los particulares y con crédito abierto en las principales naciones, los rojos no pudieron, durante solo tres años, mitigar el hambre del pueblo que sojuzgaban.
Además, es necesario conozcáis, para que os deis cuenta de la magnitud del caso, que las vandálicas destrucciones rojas, con el robo y desaparición del Tesoro español y de tantos bienes nacionales, con ser tan graves, no encerarían tanto daño si nuestra economía anterior hubiera sido fuerte y no sufriésemos las consecuencias de tantos lustros de abandono.
Así, nuestra balanza de pagos con el extranjero encuentra un gran desnivel desfavorable en lo que va de siglo, con la única excepción de los cinco años en que los suministros a las naciones en guerra nos ofrecieron un accidental superávit.
Hasta el año 1914, en que tiene lugar la guerra europea, el déficit medio de nuestro comercio exterior alcanzaba la cifra de 100 a 150 millones de pesetas, en parte compensado por las importaciones invisibles de dinero procedentes de los españoles en América.
De los años 1915 a 1929, en que repercute la guerra, tenemos un superávit medio conocido de 700 millones de pesetas.
Terminada aquella, surge de nuevo el desnivel, para alcanzar un déficit, entre los años 20 al 30, de unos 600 millones de pesetas.
La proclamación de la República produce una reducción de las actividades nacionales y de la producción, y con ella una disminución en globo de nuestro comercio a la mitad aproximadamente que en los anteriores, descendiendo el déficit a unos 300 millones, media de los años 31 al 35.
Este desnivel permanente y visible de nuestro comercio encierra tal gravedad para nuestra economía, que el suprimirlo ha debido constituir la directriz principal de nuestra política económica, que evitaría el que la riqueza nacional se agotase en esta sangría suelta de centenares de millones que anualmente marcha a vigorizar la economía de los países exportadores.
Un estudio detenido de los principales productos que componen nuestras importaciones nos presenta la particularidad de ser en su mayoría originarios del campo y capaces de producirse en el área de nuestra nación.
Figura en primera fila el algodón, que alcanza una cifra superior a los 200 millones de pesetas, y que aumentará al mejorar las condiciones de vida de nuestras clases medias y humildes y su capacidad de consumo.
Otras fibras vegetales, igualmente redimibles, exigían hasta hoy una importación superior a 75 millones de pesetas.
La seda y sus tejidos influyen en nuestro desnivel con otros 75 millones por término medio.
El tabaco en rama y elaborado rebasa la cifra de 200 millones de pesetas.
Para pagar el caucho que necesitamos, son 60 millones, aproximadamente, los que salen anualmente.
En legumbres secas se acerca a 50 millones el valor de su importación.
Las semillas oleaginosas constituyen otro importante renglón con 50 millones de pesetas.
La madera, con 120; la pasta de papel, con 30, y el papel, con 10, nos dan 160 millones para la madera y sus derivados.
Los cereales, cada tres o cuatro años, registran una cosecha mala, con una notable importación para cubrir el déficit que en los años de 1927 a 1930 alcanzó una cifra media para el año de 120 millones.
Total de productos de la tierra, 910 millones de pesetas.
Como se ve, el sector más importante de nuestro desnivel lo constituyen productos de la tierra, en su casi totalidad obtenibles en nuestro suelo.
La selección e imposición al labrador de semillas de mayor rendimiento, ya en vías de hecho, y el fomento del empleo del abono reducirá la elevada cifra que hoy importamos.
Existen otros importantes sectores de la importación que, como veremos, contribuyen a este estado desfavorable de nuestra balanza, y que en todo o en parte pueden reducirse.
En huevos, la importación media de los años buenos era de 60 millones de pesetas, cuando una buena política avícola del fomento del gallinero en nuestros medios rurales, hubiera podido redimirnos de ese elevado gasto.
Hierro y acero: este importante sector destaca con un gasto anual en importación de maquinaria de 150 millones de pesetas, y de vehículos de tracción automóvil de otros 150 millones, con 60 más de otras manufacturas y 60 de chatarra.
Una acertada política industrial debió hace tiempo haber reducido la primera cifra, fabricando en España parte de la maquinaría; y por cuanto se refiere a los automóviles, no es problema la implantación de su fabricación.
En lo que respecta a las herramientas y aceros especiales, nuestra guerra ha demostrado que la capacidad técnica está a la altura de resolver estos problemas que solo necesitan el impulso económico industrial.
La chatarra, con su importación periódica, hace tiempo exige una racionalización en el empleo del hierro, que nos facilite, por envejecimiento, la cantidad de chatarra indispensable.
Gasolina y petróleo: la importación se cifra en 150 millones de pesetas con tendencia a duplicarse esta cifra cada cinco años.
Nuestro suelo ofrece pizarras bituminosas y lignitos en cantidad fabulosa, aptos para la destilación, que puede asegurar nuestro consumo.
Productos químicos: Destacan entre estos productos los abonos, con una importación superior a los 160 millones de pesetas anuales, redimibles en casi su totalidad con fabricación en España de los nitratos y sulfatos armónicos, sintéticos o derivados de nuestras destilaciones, así como con la explotación al límite de nuestros fosfatos.
Material eléctrico: sube nuestra importación a más de 65 millones de pesetas, cuando somos productores de materias primas indispensables y podrían fabricarse en una gran parte.
Bacalao: También es importante la cantidad que recibimos y que lleva camino de reducirse con la creación de nuestra flota bacaladera, que rinde productos que sobrepasan al 25% del consumo nacional, y que trata de liberarse ampliándola en el plazo más corto y sustituyendo en parte el bacalao con la corvina de nuestras costas del Sáhara, de peor calidad, pero utilizable y excelente alimento para las clases modestas.
Si analizamos nuestro comercio con las naciones de quienes importamos esos productos, encontramos con procedentes de países que tienen notablemente desniveladas a su favor la balanza comercial, y muchos que apenas nos compran.
Existen en nuestra balanza de pagos otros sectores menos visibles, pero muy importantes, que contribuyen a aumentar nuestro desnivel, entre los que se encuentran:
Fletes del comercio exterior efectuados en barcos extraños.
Seguros en Compañías extranjeras.
Películas cinematográficas
Este examen, sin duda harto prolijo, pero necesario, os demostrará nuestra situación, y cómo ha existido un campo favorable para atacar el problema de nuestra balanza comercial, ya que España ofrece tierras magníficas para ser regadas, montes para su repoblación, cantidad de materias primas transformables y brazos con exceso para el trabajo.
Si esto fuese poco, nos encontramos al término de la guerra con deudas oro del Comité de divisas del año 35 pendientes de pago de varios millones de libras, no obstante nuestra oportuna indicación a las naciones acreedoras de que exigiesen el pago de quienes estaban dilapidando el Tesoro de nuestra Patria[4].
[…] Y en esta situación y con esta penuria de medios, España está salvando la crisis más grande que ha sufrido ningún pueblo, sin hipotecas ni claudicaciones. Para coronar esta obra es necesaria la colaboración de todos los buenos españoles, en un espíritu de servicio y sacrificio. Mas este espíritu de sacrificio es necesario que no pese sobre los menos dotados, sino al contrario sobre los que tienen qué sacrificar.Si el sentido patriótico de nuestro pueblo le ha llevado a consumar el máximo sacrificio por la Patria, dar la vida y la de los propios hijos, ¿es mucho pedir el que sacrifiquen unos pocos los excesos de su codicia?
La nueva España no puede aceptar el tipo de comerciante o productor desaprensivo que especula con la miseria ajena. El comerciante serio cumple una misión en nuestra sociedad, hace posible, por su capital y por su pericia, la existencia de productos a la mano de las zonas consumidoras, evitando a la familia la formación de su despensa; regula las oscilaciones del mercado con sus compras oportunas; atrae hacia las zonas de consumo los artículos de los productores; orienta a estos de los gustos y preferencias de la masa consumidora; facilita a las clases modestas los artículos a crédito. Todo ello por un interés moderado al capital que moviliza.
Es una rueda indispensable en el progreso económico, cuyas deformidades se acusan inmediatamente en el campo de la economía nacional, ocasionando la miseria de nuestros hogares humildes.
Yo invito a los comerciantes honrados a reducir a este sector de tenderos desaprensivos que, explotando la escasez y especulando con los artículos, crean en la sociedad un ambiente desfavorable hacia el comercio, con daño inmediato de sus propios intereses, pues perturbando el restablecimiento de la normalidad y ocasionando un gran desequilibrio en el presupuesto de las clases modestas, acentúan su miseria y retrasan el progreso económico de la nación, de la cual el comercio es el principal beneficiario.
[…] Tienen que convencerse todos que no cabe trabajo serio ni progreso económico sin la estabilidad de precios, y en la batalla para lograrlo yo espero la colaboración de todos los españoles, que deben ayudarnos con su valor cívico, en la corrección inexorable de cuantos intenten comerciar con la miseria ajena.Es tan necesaria esta labor, que no vacilo en este día de balance, en que termina un año de gloria y da comienzo otro de trabajos, en turbar estas horas de meditación y de recuerdo para unos y de esparcimiento y alegría para otras, con la prosa de estas cifras y de estos problemas, que, áridos en la forma, encierran, sin embargo, tesoros de poesía, pues pueden trocar en alegría y abundancia muchas lágrimas y miserias.
Estas son las inquietudes de mi espíritu en estos momentos en que quiero que sepáis a dónde y por qué vamos. Yo os dije desde el primer día de la guerra que luchábamos por una España mejor, y que serían estériles los sacrificios nuestros si no realizábamos la Revolución indispensable a nuestro progreso económico y estabilidad política. Así, desde los primeros meses, la Gaceta del Estado va recogiendo en sus páginas los cimientos de esta gran obra que en la vida de las naciones cuesta decenios alcanzar.
Como lo lograremos es lo que hoy me interesa participaros; que lo mismo que ayer vivisteis en los partes de guerra el glorioso marchar de nuestras tropas, podáis seguir mañana los avances del resurgimiento de nuestra Patria, sintiéndoos partícipes de esta obra común, que hizo posible la sangre generosa de nuestros héroes, y que será el más hermoso fruto de vuestras privaciones y de vuestro trabajo.
Vosotros conocéis cómo es la España que recibimos: con los grupos en lucha, con sus burgos tristes y sus vida míseras, sus funcionarios hambrientos y sus obreros sin trabajo; la que entregaba a la muerte, sin defensa, millares de vidas de tuberculosos por año; la que registra la más alta mortalidad infantil; la que ofrece el irritante contraste de los palacios suntuosos y de las vivienda míseras.
Necesitamos una España unida, una España consciente. Es preciso liquidar los odios y pasiones de nuestra pasada guerra, pero no al estilo liberal, con sus monstruosas y suicidas amnistías, que encierran más de estafa que de perdón, sino por la redención de la pena por el trabajo, con el arrepentimiento y con la penitencia; quien otra cosa piense, o peca de inconsciencia o peca de traición[5].
Son tantos los daños ocasionados a la Patria, tan graves los estragos causados en las familias y en la moral, tantas las víctimas que demandan justicia, que ningún español honrado, ningún ser consciente puede apartarse de estos penosos deberes.
Pero una cosa es la justicia y otra la pasión; la justicia ha de ser serena y generosa[6]. No debe rebasar los límites que la corrección demanda y la ejemplaridad exige, y esto es incompatible con la satisfacción en el castigo ajeno, con el rencor y con el odio, con el encono hacia los vencidos, que, ni lo admite la caridad cristiana, lo repugna también un imperativo patriótico.
En este sentido os anuncio medidas que evitarán que la pasión o la envidia pueda ser motor que empuje a la justicia.
Ha habido enromes delincuencias, desviaciones punibles; pero ¿cuántos han sido arrastrados por el ambiente y la frivolidad? ¿Cuántos otros no fueron empujados a organizaciones y a partidos por una necesidad de trabajo o un humano anhelo de mejora?
¿Es que pueden sentir fidelidad a un sistema quienes sufren en él una situación perpetua de injusticia y de miseria…?
Este ha sido el gran motor explotado por nuestros enemigos; y, sin embargo, en la zona nacional, este pueblo, que no es distinto del otro, pues solo la suerte de las armas en los primeros días decidió su situación entre los bandos, ¡qué ejemplos nos dio de patriotismo!
A los que hayáis analizado la historia económica de los tiempos contemporáneos no os pasará desapercibido que España dio en las últimas décadas un salto de gigante en la multiplicación de sus riquezas.
A las viejas fortunas, que se valoraban a principios de siglo por miles y si acaso por millones de reales, sucedieron las que hoy se evalúan en decenas de millones de pesetas.
Sin embargo, este crecimiento de los bienes nacionales solo benefició a un reducidísimo sector de nuestra sociedad, con detrimento de los otros sectores, que vieron retroceder su bienestar.
Faltó el Estado previsor y justo que aprovechase este fenómeno de multiplicación de bienes para lograr, con una más justa y equitativa distribución de la riqueza, que se elevase el bajo nivel de vida en que la mayor parte de la nación aparecía sumida.
Pudo y debió realizarse. Así nos atrevemos a afirmarlo, en el momento en que nos disponemos a acometer la gran obra de resurgimiento, con el trabajo serio y en silencio, que con ritmo casi matemático encontraréis cada día en las páginas de nuestra Gaceta.
Yo sé que cuando salgan a la luz nuestros futuros presupuestos, cuando en el próximo mes de enero se hagan públicos nuestros proyectos, no han de faltar los eternos agoreros intentando sorprender la buena fe de los capitalistas timoratos.
Yo les digo a esos espíritus apegados a los bienes que el mejor seguro de sus caudales es la obra de redención que realizamos.
[…]¿Es que puede algún español permanecer indiferente ante los grandes problemas de la miseria ajena, de la tuberculosis y de tantos males como afectan a nuestras clases humildes?
Hemos iniciado esta labor en plena guerra, y hemos de continuarla; en el campo sanitario creamos más de 7.000 camas en sanatorios, que son un quinta parte de las necesarias para la lucha antituberculosa; ¿Qué para ello se imponen sacrificios mayores a la España sana? Cierto, pero no debe importarnos el legar a nuestros hijos una carga mayor, no cabe medida más justa; no dudemos que el juicio que en un mañana merezcamos será distinto del que dolorosamente formamos de los que nos precedieron y no quisieron o no supieron resolver este problema.
¿Cuál ha de ser el tiempo necesario para realizar esta obra? El mínimo que imponen los estudios de emplazamiento y la materialidad de las construcciones.
Es la enorme mortandad infantil otra causa de pérdidas humanas; son espantosas las cifras que hasta hoy alcanzaba, por descuidos y abandonos evitables; su remedio es mucho menos costoso y está en la propaganda, los pequeños auxilios y el admirable y amoroso cuidado ya iniciado por nuestra Falange Femenina. Esta tiene que ser una de las grandes obras de nuestro Movimiento; llegar a los últimos lugares a donde el Estado no llega para, con celo, mantener nuestras consignas.
La cuestión de la vivienda constituye otra de las grandes lacras nacionales y está intensamente ligada a la sanitaria. Más del 30% de las viviendas españolas son insalubres, según las estadísticas formuladas por nuestra Fiscalía de la Vivienda. Su sustitución por otras, en excelentes condiciones, no presenta dificultades, por cuanto su construcción significa la creación de una riqueza movilizable, que compensa con creces los pequeños sacrificios estatales.
Nuestra Fiscalía de la Vivienda, registrando el mal y destacando el remedio, ha hecho mucho ya en este sentido, y el Instituto Nacional de la Vivienda multiplica sus actividades para realizar su programa de ejecutar en diez años más de 200.000 casas allá donde las necesidades son mayores.
Estas tres grandes obras -instituciones antituberculosas, de puericultura y viviendas- tienen en sí tal fortaleza que cuanto pueda decirse en su favor es corto ante las realidades. Su ejecución ha de tener el más grande poder de captación entre nuestros adversarios.
A estos golpes hemos de forjar la unidad de España.
Las obras públicas, creando riqueza o revalorizando las existentes, son para una nación un excelente regulador, que, a la par, impulsa y estimula su prosperidad. Aún aquellas obras en que parece que el Estado no recibe un directo provecho, le ofrecen un dilatado campo de ingresos y beneficios; percibiendo el erario público un impuesto en toda transacción u operación mercantil o de transporte que se realice, toda cantidad lazada al mercado acaba, al término de un determinado ciclo, en las arcas del Tesoro, perdiéndose solo el tanto por ciento pequeño que representa el ahorro, que, a su vez, el Estado absorbe por medio de los empréstitos o que los particulares recogen para nuevas creaciones de riqueza.
Una masa trabajando crea siempre riqueza, es un capital rindiendo; un obrero parado es un capital inactivo que vive a costa de la producción que otros realizan. Ha de ser, pues, el objetivo a perseguir por nuestro Estado el evitar la acción ruinosa de las masas de parados.
Las obras públicas, contemplando la iniciativa particular, viene a resolver este problema y, a la vez que multiplican la riqueza, crean con ella nuevas canteras de trabajo, aumentan la capacidad de consumo de los españoles a quienes afecta, con la consiguiente demanda de productos, que es también mayor trabajo para los que producen.
En orden a la economía nacional, las obras públicas permiten la realización de los más vastos programas. Las de colonización, los nuevos regadíos y la repoblación forestal son forjadores de tal grado de riqueza, que solo su enumeración tienen suficiente elocuencia. Cuanto en ello se gasta, se recoge con creces en plazo más o menos corto.
La multiplicación de nuestra industria, la explotación de nuestra minería, mientras lo permitan los mercados interiores y exteriores, sin llegar a la saturación, es crear riqueza y favorecer la economía proporcionando al Estado pingües ingresos directos e indirectos. La Marina mercante, costosa en principio, es una obra pública más.
Constituye una faceta de nuestra economía al redimirnos del renglón de los fletes en buques extranjeros, y aun en casos de pérdidas, es fuente de trabajo y obra muy superior en rendimientos a los de una carretera, que nadie naturalmente discute.
No cabe resurgimiento sin una fortaleza militar. No olvidemos que nuestra grandeza duele a poderosas naciones. El logro, pues, de nuestro resurgimiento descansa en un Ejército de tierra, mar y aire que avale nuestra situación geográfica y respalde nuestras libertades y nuestros derechos.
Los gastos militares, que maliciosamente tanto se han considerado como gastos muertos, participan de las características de algunos sectores de las obras públicas; el dinero que el Estado dedica a su dotación se reparte en el País como en aquellas y es recogido a través de los impuestos.
Otro problema que no puede abandonarse es el de la situación de nuestros funcionarios, honrados y modestos, que ven transcurrir la vida en un ambiente de necesidad y de miseria. ¿Qué ideas grandes pueden caber en cuerpos míseros?
Yo os aseguro que en estas recepciones que a mí presencia han tenido lugar en las provincias cuando desfilaban con sus trajes raídos, su aire cansino y sus rostros macilentos por el trabajo y la vigilia tantos hondados funcionarios, he sentido la gran tragedia de España y el ansia de esta Revolución de que tanto se asustan los timoratos.
Nuestra nación nos ofrece la necesaria riqueza para que todos vivan con más holgura; pero para lograrlo es necesario que todos, a su vez, tengan fe en nuestros futuros destinos y que no sientan impaciencias, que ese bienestar es posible creando y multiplicando la riqueza, aumentando las fuentes de producción y de trabajo, pero no sepultándolas anticipadamente con pesadas cargas.
En los nuevos presupuestos se ha encarado el Estado con estos problemas, y en la ley acordada el día de ayer en Consejo de ministros se inicia la mejora de nuestros funcionarios, en los términos discretos que los momentos aconsejan, que oscila entre un 40% para los sueldos más modestos, hasta el 16% a los jefes superiores de la Administración, aumentos que tendrán efectividad el primero de febrero.
Esta preocupación y solicitud del Estado hacia sus servidores es necesario sea correspondida con una mayor asiduidad en el trabajo y un mayor rendimiento; la época exige nuevo ritmo, y no es posible continúe aquel aire cansino que antaño llegó a caracterizar las oficinas del Estado. Yo aspiro que elevando y dignificando a nuestros funcionarios volvamos a los otros tiempos anteriores, en que el haber servido al Estado era constitutivo de un timbre de honradez y laboriosidad.
¿Con qué medios contamos para esta labor?
Con la movilización de nuestras riquezas naturales bajo un régimen de paz y colaboración nacional de cuantos integran el proceso económico. En el levantamiento o, mejor dicho, la creación de nuestra economía tenemos que llenar lo que sin cimientos encontramos. Con la subordinación de todo interés particular al supremo de la nación. Con la racionalización de nuestras producciones y la labor protectora del Estado. Con el estímulo de la iniciativa privada, savia y vigor de las actividades nacionales, y con el aumento progresivo de la capacidad consumidora de nuestro pueblo.
El bienestar económico de la colectividad nacional está íntimamente ligado a esta labor, que si se hubiera orientado y estimulado a tiempo hoy podríamos mejorar la base, acelerar el ritmo.
El robo y la exportación por los rojos de la gran cantidad de oro de nuestro Banco de emisión han dificultado en el orden exterior la rápida resolución de nuestros problemas de comercio.
Mientras el oro sea en el exterior el módulo de estimación de las monedas y un metal codiciado por los pueblos no podemos prescindir para nuestras relaciones comerciales de su existencia y de contar con una masa de dinero o de oro con que cubrir los déficit de nuestra balanza de pago[7].
[Sin decirlo directamente Franco estima que la situación de guerra que se vive puede ser un elemento capital para la economía española capaz de compensar la falta de oro tal y como sucedió en la zona nacional durante la guerra civil]Hemos visto en nuestra guerra cómo nuestra capacidad de producción y nuestras reservas de trigo, hierro, lanas y bienes nacionales desempeñaron el papel del oro en nuestra economía. Si esto es una realidad, tenemos que pensar en volver a los tiempos en que la riqueza se medía no solo por el oro, sino por los depósitos de estos bienes fácilmente almacenables. ¿No vemos cómo las guerras y las vicisitudes del mundo incluso los revaloriza y les otorga un aprecio muy superior al oro?
Si una toneladas de oro almacenadas en los sótanos de un Banco ofrecen a la moneda fortaleza y garantía, ¡cuánta no le ofrecerán el almacenaje de materias primas y productos comparables al oro, más necesarios que él para la vid y que permitirían, por otra parte, regularizar nuestra producción! ¡Magnífica cantera para nuestra economía!
Un país como el nuestro, débilmente industrializado, con grandes posibilidades de mejora en el orden agrícola y ganadera, con una riqueza minera muy estimable y un nivel de consumo por hombre muy inferior a los restantes países europeos posee un vasto campo de resurgimiento, impulsando en forma armónica las fuentes de producción y la capacidad de consumo.
La riqueza de la nación no descansa solo en sus bienes materiales: oro, materias primas y producción industrial y agrícola; la riqueza no es completa si no existe la debida armonía de estos medios con la potencia consumidora. El ajuste de estos factores racionalizándolos, es objeto perseguido por las naciones que, liberadas de los torpes prejuicios liberales, se encaminan a realizar su progreso económico>>[8].
[1] Resulta curioso que en 1985 se diera valor de gran descubrimiento a un documento del propio Franco sobre la reconstrucción nacional cuando en este discurso se establecen las mismas líneas y era público y estaba impreso en 1939. Cfr. TUSELL, Javier: <<La autarquía cuartelera. Las ideas económicas de Franco a partir de un documento inédito>>. Historia 16, nº 115 (noviembre 1985).
[2] Un guarismo elevado pero no exagerado. Franco podía haber hinchado la cifra de forma aleatoria y no lo hizo. Las fichas elaboradas tras la guerra ofrecían un total de más de 80.000 víctimas de los republicanos. Entre sus papeles Franco conservaba un documento que indicaba que el total de mártires de la Cruzada clasificados por provincias ascendía a 119.960. Algunas comprobaciones sobre los listados nominales indican que hay nombres no incluidos y otros que no eran en realidad <<mártires>>. Es probable que las diferencias, a tenor de nuestra proyección, pudieran cifrarse en un porcentaje menor al 25%, lo que nos indicaría que los asesinados por los republicanos podrían rondar en realidad las 80.000/90.000 personas. Si estimáramos que en esas listas estuvieran incluidos todos los soldados muertos en el frente del Ejército Nacional, lo que no es cierto, superaría los 60.000 asesinados por los republicanos. Ahora bien, a esa cifra habría que añadir, porque al no ser considerados como tales no aparecen pues se trata de listados nominales, los desaparecidos o cadáveres sin reconocer que no fueron inscritos y reconocidos como <<caídos>> hasta mucho más tarde siendo entonces inscritos en el registro civil, y, naturalmente, los republicanos asesinados por los republicanos (fundamentalmente anarquistas, miembros del POUM y los ejecutados en las unidades comunistas por retroceder ante el enemigo, práctica habitual en unidades como las mandadas por El Campesino). Ignoramos si tuvieron la consideración de caídos, y por lo tanto fueron incluidos en los listados, aquellos que fallecieron por cualquier motivo en los campos de concentración/trabajo que los republicanos pusieron en marcha a finales de 1936. DIHGF. vol. I, p. 289.
[3] Políticamente Franco habría salido ganando mucho, sobre todo en popularidad, si en la Navidad de 1939 hubiera anunciado una amnistía o algo similar. Su criterio era distinto. Lo que es dudoso es que supiera cuál iba a ser el volumen de republicanos que iban a acabar en las cárceles o en los campos de prisioneros a la espera de juicio. Los estudios sobre esta cuestión son harto parciales y, además, se manejan las cifras pero no se interpretan porque lo que se trata de demostrar es que Franco desató una feroz represión con tintes genocidas para acabar con grupos sociales, en este caso los republicanos, o los obreros o los izquierdistas. La documentación de su archivo lo que nos dice es que ante la magnitud del problema su posición era: primero el juicio y después aplicar una política de indultos. Sin embargo, el problema se enquistó entre 1940 y 1942. Se carecía de capacidad para realizar los procesos con celeridad. La documentación nos muestra, a la espera de un estudio sereno y ponderado, que había muchas resistencias contra los antiguos <<rojos>>. En la mesa de Franco había críticas porque en este o en aquel pueblo los <<rojos>> no se habían depurado (un curioso informe se hizo llegar a Franco en junio de 1939 en el que la Confederación Agraria Católica de Cataluña se quejaba de la ley que beneficiaba a los arrendatarios que <<son rojos>> en perjuicio de los propietarios. DIHGF, vol. I, pp. 537-542). También quedan rastros de ello en la lenta actuación de las Comisiones creadas para la revisión de las condenas con quejas por su escasa capacidad de resolución. En realidad los procesos no estuvieron casi concluidos hasta finales de 1942 y entonces la aplicación de indultos se hizo muy rápida. La mayoría de los presos encausados por la guerra civil -otra cosa con los que actuaron en la guerrilla o en el maquis después de guerra- fueron puestos en libertad entre 1943 y 1944 cerrándose la mayor parte de los campos de prisioneros. A partir de ahí resulta muy difícil sostener titulares del tipo <<toda España era una prisión>>. Ciertamente, Franco pudo actuar de otra forma, aunque el ambiente no fuera muy propicio para ello (en la España nacional las voces a favor de otra política fueron muy escasas, y solo a nivel individual). En 1958 Franco recordaba en Le Figaró: <<Personalmente, ¡cuántas veces he conmutado penas, pese a las protestas de algunos exaltados>>. En esos mismos años asumía que se debieron producir <<algunos actos exagerados>>. No es de menos recordar que una reunión, quizás en un Consejo, uno de los Ministros militares, cuando se propuso conceder permiso para permitir el retorno de Marañón dijo: <<si viene ese, cojo la pistola y le pego un tiro>>. Pero, como premonitoriamente ya escribí hace 17 años, sin leyes de memoria histórica, la forma en que se aplicó la administración de responsabilidades al final de la guerra acabaría considerándose como uno de los aspectos negativos de los inicios del régimen de Franco explotados hábilmente tanto desde la esfera de la política como desde la historiografía antifranquista.
[4] Prosigue Franco enumerando la factura que ha dejado la zona frentepopulista que el lector puede encontrar en el capítulo La ruina heredada de este trabajo.
[5] Bajo la influencia del jesuita P. Julián Pereda, discípulo de Jiménez de Asúa, Franco incluirá en el sistema penal la denominada redención de pena por trabajo en 1938 que se completa en sucesivas disposiciones en las que se incluye también (1940) la reducción de pena por estudios y por formación religiosa. En el caso de la religión la pena se podía reducir hasta en seis meses (la enseñanza quedaba bajo la dirección de los capellanes); también se reducía pena por participar en actividades artísticas en la prisión. Los que decidían, voluntariamente, trabajar veían reducida su condena por día de trabajo, tenían un plus de sobrealimentación, cobraban y según la situación de la familia esta también recibía un dinero. Actualmente, sin mucho fundamento y subvirtiendo la realidad, se habla de los <<esclavos de Franco>> que construyeron presas, pantanos y el Valle de los Caídos. Reiteremos que era una decisión voluntaria, algo que confirma el número real de presos, comunes o políticos por delitos relacionados con la guerra civil, que se acogieron a tal medida (tanto al trabajo como a las actividades internas). El año que más presos se acogieron a esta medida fue 1943 con 27.884 presos redimiendo condena (en 1942 fueron 23.610 y en 1944 se acogieron 26.519). Si atendemos al número de expedientes de libertad condicional a resultas de la redención de penas entre 1939 y 1944 nos encontraríamos con unos 150.000. Cifras orientativas porque los expedientes pueden ser reiterados en función de la resolución al igual que habrá presos que se acogieran a la medida varios años (si sumáramos el total de los que cada año estuvieron redimiendo condena nos aproximaríamos entre 1939 y 1945 a los 145.000 presos).
[6] Los datos son los datos y las ejecuciones a resultas de penas no conmutadas de los Consejos de Guerra están registradas. Entre 1939 y 1950, por todo tipo de delitos y no solo por causas derivadas de la guerra civil o actividades de oposición, el total de ejecuciones judiciales es de 22.642. Entre 1939 y 1943, cuando prácticamente los procesos estaban cerrados, el total sería de 20.981. Aunque se sumaran a estas todas las defunciones registradas como <<muertes violentas por causas desconocidas>> difícilmente se podría llegar a las 30.000. Cfr. REDONDO: op. cit. p. 107.
[7] Franco inicia aquí una disquisición sobre el papel del oro. Llega incluso a anunciar que los yacimientos de oro españoles tienen <<cantidades enormes>> superiores a las entregadas por los republicanos a la URSS, con cierta ingenuidad lo hace, sin duda, para encontrar respaldo en los intentos de negociación de créditos y empréstitos. A la vez recuerda a la población que durante la guerra se mantuvo la situación económica sin oro. Anota que Alemania ha resurgido sin oro. Estima que se vislumbra el fin del peso del oro en los intercambios, abogando por ese cambio. Dado que no tiene oro hace de la necesidad virtud y asume que su oro será, en parte, los bienes almacenados (materias primas).
[8] En este olvidado discurso Franco dedica la última parte de su exposición a precisar públicamente cuál es la posición de España ante la guerra; sorprendiendo que estas palabras no se citen en extensión por los autores que han abordado esa cuestión. Recordemos que el conflicto se inicia, tras el pacto germano-soviético, con la entrada de las tropas alemanas en Polonia en septiembre de 1939 y la consiguiente declaración de guerra de Francia e Inglaterra. Los últimos combates se cerraron el 2 de octubre. La URSS por su parte ocupó la parte de Polonia que le correspondía según el reparto con Alemania. En agosto de 1939, Hitler había conseguido garantías de neutralidad en caso de conflicto de Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca y Suiza. El 30 de noviembre estalla la guerra entre la URSS y Finlandia; la Sociedad de Naciones declara a la URSS potencia agresora. A principios de octubre, Hitler lanzaba una oferta de paz a Inglaterra y Francia que es rechazada el 10 de octubre; también se opondrán a la propuesta de mediación realizada por los países neutrales el 12 de noviembre. También intentará mediar el rey de Rumanía. Inglaterra comienza a trasladar más de 150 mil hombres a Francia para realizar un despliegue rápido en caso de que Alemania ataque en el Oeste, incluyendo la ocupación de la neutral Bélgica. La posición de Franco, alineándose con los neutrales, es muy nítida, tras proclamar que el origen de la guerra está, en parte, <<en los especuladores internacionales, dueños y señores del régimen liberal y de la injusticia imperante en el mundo>>. Estima que <<no puede ser la salvación de una nación, de hecho vencida, el motivo de la prolongación de una lucha que amenaza destruir otros Estados. No puede fundamentarse la continuación de la guerra en el desequilibrio que ocasiona la potencia bélica de una nación cuando surge un potente enemigo, que precisamente exige se contrapese, ya que por su masa y sus doctrinas es la máxima amenaza para la civilización que necesitamos defender [Franco se refiere a la URSS y en 1939 está prefigurada la que será su teoría de las dos guerras]. Para nadie es un secreto las pugnas que en los Balcanes tratan de encender la guerra y extender el conflicto a los países que desean mantener la paz. Cualquiera que sea el resultado que la suerte de las armas pueda dar a los bandos en lucha, el resultado será igual de catastrófico… Nuestra nación, que luchó con heroísmo durante tres años por salvar la civilización cristiana de sus desaparición en Occidente, vive estos momentos los dolores de los otros pueblos de Europa y une su voz a la suprema Autoridad de la Iglesia Católica, de nuestra dilecta hermana la Italia Imperial y de tantos Estados que propugnan el cese de una lucha que, de llevarse hasta el final, abrirá paso hacia Occidente de la barbarie asiática>>. Algo de capacidad de previsión parece que tenía Franco en este aspecto, en la situación geoestratégica del mundo. Pero su decisión de ser neutral era un hecho conocido. En mayo de 1939, el Ministro de Exteriores, conde de Jordana, comunicó al embajador inglés que España no estaría en condiciones de ir a la guerra antes de tres años. En julio de 1939, Franco le dijo a Ciano que España necesitaba como mínimo cinco años de paz para recuperarse. Cuando la guerra estalló solo habían transcurrido dos meses. FRANCO: Mensaje del Caudillo a los españoles. Editora Nacional; Madrid, 1939.
