Franco está ahí. Ha cumplido la misión que le ha encargado el Gobierno, ha demostrado su fidelidad a las instituciones que ha llevado al poder el voto popular y, al mismo tiempo, su eficacia y capacidad para el mando, desde el propio Ministerio de la Guerra, un mando circunstancial, pero al máximo nivel, que pronto va a ver confirmado con carácter oficial.
«La revolución de Asturias fue el primer acto para la implantación del comunismo en nuestra nación… La concatenación del intento revolucionario en Asturias, Cataluña y Madrid pretendía les asegurase el triunfo… Fracasado en Madrid, estrangulado en Barcelona, la rebelión había sido concienzudamente preparada por los agentes de Moscú. Contaban los revolucionarios con las debilidades de aquel régimen y la incapacidad de sus cabezas rectoras.»
«No contaban con que se trataba de una operación de guerra con todas sus consecuencias y que en el Ministerio de la Guerra se iban a encontrar con un capitán experto en la materia. El contubernio de Izquierda Republicana (partido de Azaña) de los separatistas catalanes que intentaban aprovechar la revolución para proclamar la república catalana y desgajarse de la nación, y los socialistas que con la experiencia y dirección técnica comunista creían iban a poder instalar una dictadura. La masonería, que creía poder explotar la carne de cañón de los obreros a través del Partido Socialista para asaltar el poder. Los millones del Banco de España no fueron devueltos. Sus líderes se escaparon al extranjero. La masonería les facilitó la huida por las fronteras.»
«Conversación con el ministro de la Guerra. Los momentos eran gravísimos, había que ser eficaz. Salvar a la nación de la gravísima situación que se avecinaba, presentaba (sic). Necesidad de hablarle francamente al ministro, destacarle su responsabilidad personal en la materia. Intervención del presidente. Un ayudante suyo espiando (sic) los movimientos durante todo el día… Había que reducir la resistencia con rapidez si no se quería suceder una guerra civil.»
«Se necesitaban jefes expertos y tropas entrenadas.»
«La marcha de López Ochoa. Su lentitud y sus paradas, parecía no querer llegar. La tragedia del masón. Su pacto con Belarmino, le dejó marcharse. Si no se obra como se obró, hubiese triunfado la revolución»
En pocos sitios podrá encontrarse un resumen mejor y más complejo de la simplicísima filosofía «franquista». Aquí aparecen los grandes enemigos, el comunismo, la masonería, el separatismo, los «contubernios». Se demuestra también su deseo de dar fortaleza al régimen para que no lo avasalle la revolución, es decir, que no aparece ni por un momento intención alguna de minar a la República. Antes bien, se ve su satisfacción por actuar desde la legalidad, de ahí sus retrasos y reservas en lo que concierne a la conspiración político-militar, más militar que política, que se empieza a concretar seriamente a partir del triunfo del Frente Popular. Pero conociendo su pensamiento, tan claramente expuesto en los párrafos antes citados, ¿cómo iba a dudarse de su participación en el alzamiento del 17 de julio, una vez que se diesen las circunstancias de octubre del 34 y el régimen fuese incapaz, o no quisiese, detener la revolución en marcha? ¿Quién podría dudar que, llegado el momento, Franco, que había mandado plenamente en 1934, iba a admitir ser mandado por otro? Lo deja bien claro: ese capitán, que escribe con mayúsculas al comentar la revolución de Asturias, no podría ser otro que él si un día el Ejército tiene que cargar con la responsabilidad de salvar a España del caos. Ésa es su mentalidad, es decir, España y el Ejército, y con el Ejército, por España, Francisco Franco. ¿Mesianismo? La Historia ha sido así.

