El accidente aéreo de José Sanjurjo, ocurrido el 20 de julio de 1936, tuvo importantes consecuencias para el desarrollo de la Guerra Civil española y el ascenso de Francisco Franco.
A las cuatro y media de la tarde del lunes 20 de julio, se estrella el avión Push-Moth que llevaba a Sanjurjo de Lisboa a Burgos.
Accidente casual, sin la menor sombra de posible sabotaje. Hay que ponerse en la piel de Franco para comprender que con una visión corta, a él, de momento, la muerte del previsto jefe del Alzamiento le complica las cosas, pues si bien a Sanjurjo nadie le discutía y ello le daba tiempo para ir desarrollando sus propósitos, ahora, con la capitanía vacante, podía desencadenarse una lucha interna para ocuparla. Ya hemos visto las relaciones y prevenciones que existían desde un principio entre Franco y los divisionarios más antiguos que él, Queipo de Llano, Cabanellas y Goded, amén del prestigio y autoridad que había ido adquiriendo Mola como director de la conspiración.
Cuando se estrella el avión pilotado por Ansaldo, Franco no tenía noticias claras sobre el triunfo definitivo del golpe de Queipo de Llano en Sevilla; Cabanellas en Zaragoza, en situación difícil, no le ofrecía seguridad alguna, y del fracaso de Goded en Barcelona estaba convencido, si bien de su ejecución no tuvo noticia hasta mucho más adelante, en Sevilla, el 13 de agosto.
Todas estas ideas, sin duda, pasaron por su mente siendo analizadas con conocimiento de causa, previsión de futuro y criterios muy personales. La consecuencia, como prueban los hechos, es que Franco se lanza aún más decididamente a poner en juego todas sus cartas haciendo abstracción de la presencia, situación y planes de los generales citados.
Lo que acucia es poner en marcha todo el dispositivo que las circunstancias le han deparado, conseguir los medios que le faltan y que considera indispensables para ser algo más que el jefe de un ejército colonial aislado y, por lo tanto, inútil para el movimiento naciente; sin la rápida intervención de ese ejército se corre el riesgo de que no pase de ser un pronunciamiento en gran escala, pero flor de un día. Franco tiene arraigada hace tiempo la idea de que la sublevación se va a convertir en una guerra civil y no breve precisamente. El país está profundamente dividido y el enfrentamiento será de pueblo contra pueblo, de parte del Ejército contra parte del Ejército. No le sorprende en absoluto que una gran parte del aparato militar esté del lado del Gobierno. Los datos de este fraccionamiento están en todas las historias. Pero sabe también que las fuerzas de Marruecos, profesionales, con espíritu y bien entrenadas, van a ser decisivas. Hay que pasar con ellas a la península. Franco y su ejército. Como tantas veces a través de la Historia, el camino más corto para llegar al poder en las horas más graves lo decide un pelotón de soldados con un caudillo al frente.
Por eso, la preocupación primordial del general africano va a ser la guerra antes que la política, aunque para hacer la guerra va a tener que actuar en político, un político sui generis que lleva dentro y que va a irse manifestando de manera creciente a partir del 18 de julio. Pero un político que verá y enfocará siempre la política con mentalidad militar.
Esa mentalidad es la que le lleva desde el día siguiente de su llegada a Marruecos a montar una estrategia urgente de relaciones internacionales. Es un aspecto de la trayectoria de Franco en aquellas fechas que a nadie ha pasado inadvertido en su doble vertiente. De una parte busca, donde sea, los medios para poder pasar la mayor parte de sus tropas a la península y de neutralizar la acción de la flota del Gobierno desde la zona internacional de Tánger y en el estrecho. Por otro lado, con estas gestiones, que emprende como jefe absoluto de los rebeldes, inicia el camino para que se le reconozca como tal por las potencias extranjeras, adelantándose a cualquier iniciativa procedente de sus colegas en el Alzamiento.
Aunque pretendo ser lo menos casuista posible, creo que es necesario el análisis de la situación en la España resultante de la sublevación y ver la trascendencia de los primeros pasos que da Franco, que tanto van a pesar en la definición de su capitanía. Para ese análisis, sin pretensión alguna y por vías de pura lógica, es necesario traer aquí algunos aspectos concretos de la situación en esos días inmediatos a la sublevación. Procuraré la máxima concisión.
Es fácil tener presente en la imaginación un mapa de España e ir modificándolo día a día. Está partido por gala en dos, pero es tan confuso e indefinido en los primeros momentos, que éxitos y fracasos se entremezclan y varían en el curso de pocas horas. Columnas que salen hacia unos frentes inexistentes, luchas en ciudades todavía indecisas, cerco de núcleos de resistencia, presiones de última hora para decidir voluntades, informaciones contradictorias y guerra de falsas noticias mezcladas con arengas y mítines, voluntarios en aluvión de una y otra parte…
Sin embargo, hay datos concretos y esenciales que a nadie escapan y menos que a nadie, a Franco, que en su mayor parte los había previsto mucho antes, con su habitual desconfianza y una mentalidad poco corriente que es pesimista en los conceptos y optimista en la acción.
En las ciudades más importantes se va a confirmar el previsto fracaso de la sublevación. No es cuestión de relatar aquí el desarrollo de episodios bien conocidos y de explicar las razones de tales fracasos.
Para Franco todo habría sido distinto si el Movimiento triunfa en Madrid y Barcelona. Su protagonismo no habría tenido razón de ser, al menos desde la plataforma de lanzamiento africana. Un golpe de Estado triunfador en unas horas o en pocos días obligaba a la inmediata formación de un directorio al modo de Primo de Rivera y todo lo más a la elección, entre los conmilitones, de un presidente del mismo, es decir, algo de lo que ocurrió en Salamanca en septiembre del 36, pero sin el formidable avance del Ejército del Sur, sin la liberación del Alcázar de Toledo y, en definitiva, sin que hubiese habido guerra.
Es decir, que el fracaso inicial de la sublevación en tantos y tan importantes puntos de nuestra geografía fue un factor que ayudó enormemente a Franco en su camino hacia la cumbre, una prueba más de los favores del azar y de cómo él sabía aprovecharlos.
En pocas horas se conoce que el Gobierno cuenta con los elementos materiales más importantes para que la contienda se decida de su lado en breve plazo. Los más importantes parques de material de guerra, las zonas industriales del país, el oro y las divisas, las regiones más pobladas y más afectas al Frente Popular, altos mandos militares, los aeropuertos con más aparatos, los productos agrícolas claves para la exportación, las relaciones diplomáticas oficiales con todos los países, la frontera francesa en sus pasos fundamentales, casi todas las costas… y lo que es esencial en las primeras horas: el dominio del mar, porque la marinería se ha rebelado contra la oficialidad, se ha apoderado de la mayor parte de la escuadra y puede fácilmente cerrar el paso del estrecho de Gibraltar, impidiendo el acceso de las fuerzas de África a la península.
Ésa va a ser la preocupación primera de Franco en cuanto se hace cargo del mando. Mola lo tenía ya previsto en una de sus «instrucciones» del mes de junio. La obtención de medios de transporte y la adquisición de armas y de cartuchería va a agobiar a los dos máximos responsables de la sublevación que desde el Norte y desde el Sur tendrán que hacer verdaderos milagros para reparar los fallos iniciales, cubrir tanto vacío y compensar la enorme superioridad de medios que dispone el Gobierno en la inmensa mayoría de los terrenos.
Frente a acorazados, cruceros, destructores y submarinos, Franco cuenta apenas con un cañonero, un guardacostas y muy poco más.
Si la República del Frente Popular hubiera sido justa y avisada, el mayor monumento en la plaza mayor de todas las ciudades debería haberlo dedicado al telegrafista Benjamín Balboa. A su actuación personal se debió que toda la Escuadra no estuviera desde el primer día al servicio de los rebeldes. Él interceptó el mensaje de Franco a la flota para dar la señal de incorporarse al Movimiento. Él impidió que el almirante Salas diera las órdenes para que los buques se hiciesen a la mar siguiendo las instrucciones de Franco. Él alertó al Gobierno y detuvo, pistola en mano, al capitán de corbeta Cástor Ibáñez, que iba a coordinar las operaciones de los sublevados desde el centro de transmisiones de la Ciudad Lineal. Él cortó de raíz las posibilidades de que se sumase al Alzamiento la base de Cartagena… La verdad es que todas las condecoraciones, laureadas de Madrid y estrellas rojas de Stalin serían pocas para premiar el colosal servicio que prestó ese bravo militante del Frente Popular al Gobierno de la República. ¿Puede imaginarse lo que habría supuesto para los sublevados contar con un acorazado, tres cruceros, once destructores, doce submarinos, etcétera, desde el primer día? ¿De qué lado hubiesen caído las ciudades costeras, los puertos más importantes: Barcelona, Valencia, Bilbao, Gijón, Málaga, Santander, Cartagena…? ¿Y todo el Ejército de Marruecos trasladado en un par de días a la península? Todo esto lo impidió Benjamín Balboa. La decidida actuación de este hombre singular produjo una formidable cosecha de poder bélico, luego dilapidada en poco tiempo por un Gobierno que creyó que con demagogia revolucionaria se podía ganar una guerra y que era fácil reemplazar a una oficialidad con técnica y formación adecuadas, lo que no se improvisa. Para el Ejército de tierra en aquellos tiempos no eran necesarios los conocimientos que hoy se precisan. Así llegaron a mandar cuerpos de Ejército y divisiones los Modesto, Líster, Campesino, etc. Pero en la Marina y la Aviación no era lo mismo. La prueba fue que, en poco tiempo, la muy reducida flota nacional, mandada por marinos profesionales se impuso a la abrumadora superioridad material del enemigo. Y en el aire tardaron bastante en formarse los cuadros de pilotos para los aviones modernos que empezaron a llegar desde el extranjero para ambos bandos, por lo que durante bastante tiempo estuvieron a cargo de una mayoría de aviadores franceses, italianos, rusos y alemanes.

