Escribe Franco:
«Hay que reconocer la ilusión con que grandes sectores de la nación recibieron a la República que nadie esperaba y que fue consecuencia directa de los desaciertos políticos monárquicos en los últimos años. La ingratitud de la Monarquía con el general Primo de Rivera que, con tanta eficacia, le había servido diez y siete años y que había logrado pacificar Marruecos y elevar el nivel de la nación en todos los órdenes, y el espectáculo que ofrecían los partidos monárquicos, liberales, constitucionalistas, monárquicos sin rey, revanchistas en el fondo, que no perdonaban al soberano su colaboración con la Dictadura, asquearon y apartaron al pueblo de las instituciones, crearon la crisis de prestigio que tanto influyó en el voto de las principales capitales de provincia.
»La falta de moral y de autoridad de los que ejercían el poder hizo el resto, al entregar el poder a los revolucionarios sin quemar un cartucho en defensa de la legalidad…
»Se reveló entonces la pérdida de arraigo en gran parte del país de la institución monárquica, su indiferencia por las formas de gobierno… Pesó mucho en aquel ambiente la injusticia con Primo de Rivera a que el pueblo es tan sensible, su entierro por las rondas sin cruzar la capital, aquella mezquina frase del comunicado oficial de que “bajo su mando acaeció la pacificación de Marruecos”.»
Al leer estas consideraciones retrospectivas estamos ante una evolución, ante un nuevo enfoque de Franco respecto a la situación política española. La República, que él no esperaba, es ya un hecho y un hecho con el que hay que contar, tanto desde el punto de vista —primordial— del escalafón, como de la nueva relación «General Francisco Franco – República española». Y como el general es pragmático se constituye en atento observador de los primeros pasos del nuevo régimen, que no van a ser escasos ni nimios en asuntos militares.
