Francisco Franco en 1936, durante el proceso de concentración del poder militar y político que lo convirtió en Generalísimo de los ejércitos sublevados y Jefe del Estado.
La marcha de Marruecos a Toledo, con el decisivo paso del Estrecho, habían aumentado el prestigio del general Franco a límites insospechados, aparte de que contaba para cualquier eventualidad con un aparato de guerra —sus columnas africanas— muy superior a cualquier otro del lado nacional. Por otra parte, no hay que suponer divisiones internas porque la unidad entre los militares sublevados fue total, sin quiebra, a lo largo de toda la contienda, antes y después del mando único.
Otro tanto muy favorable a Franco fue la exclusiva que se le atribuyó para las relaciones internacionales, desde sus primeras gestiones, en Tetuán, para que la flota republicana abandonase Tánger y para obtener armamento y aviones en Italia y Alemania; luego, para conseguir grandes cantidades de carburantes norteamericanos a crédito. Estas atribuciones nadie se las disputó y sirvieron también para que en el extranjero se le considerase el interlocutor válido, cuando aún se hablaba de triunviratos y de directorios por algunos interesados en que así fuese, aunque estos propósitos nunca alcanzaron la menor trascendencia ni posible viabilidad.
Los monárquicos alfonsinos, de gran influencia política en los primeros días de Burgos, tenían un único candidato al mando supremo, Franco; para ellos el que mejor garantizaba la evolución del Movimiento hacia la Monarquía y la pronta restauración de Alfonso XIII. Este no había tardado en dar muestras de su antigua y siempre vigente predilección por su gentil hombre, del que fue padrino de boda. Pero no son sólo los monárquicos liberales. Guillermo Cabanellas, tan profunda…
«Franco se convierte con prontitud en la esperanza de todos sin contrariar a nadie. Cedistas, falangistas, tradicionalistas y monárquicos alfonsinos ven en aquél el artífice de sus anhelos».
Es cierto que estos y otros muchos tantos se los ha ido apuntando Franco a lo largo de su carrera y los ha reafirmado y dado proyección concreta con sus recientes éxitos. Pero es que, además, su candidatura, prácticamente única, se impone por su propio peso, por la aplastante lógica de los hechos. ¿Es que es posible que alguien imagine al liberador del Alcázar, que por su cargo mandaba ya en todo el Ejército en 1934 como jefe del Estado Mayor Central, subordinado a otro general en otoño del 36, o discutiendo sin superioridad en un mando colegiado? Ni a uno solo de los militares implicados en el Movimiento se le pasaba tal idea por la cabeza por aquellos días. Y recuerdo una escena de la que fui testigo casual en un pueblo de Santander, allá por agosto del 36, en una habitación en la que estaban reunidos siete u ocho militares, jefes y oficiales, poniéndose de acuerdo para ver la actitud que tomaban al ser requeridos para servir al Ejército de la República. Era una reunión clandestina porque, sorprendidos allí por la sublevación, estaban sin embargo dispuestos a no servir al Frente Popular frente a sus compañeros sublevados. No se me olvidará nunca que, en medio de su amistosa pero controvertida reunión, hubo un punto de unanimidad absoluta: si Franco toma el mando, hemos ganado la guerra.
No digamos antes de la definitiva del día 28. Pero prefiero limitarme al sucinto relato de unos hechos acerca de los cuales no hay diferencias esenciales entre tíos y trovamos, los comentarios, ajenos y propios, que los hay para tomar como un axioma de todos los ejércitos, en todas las guerras, empezó la sublevación no habían dado lugar a conflictos notorios y porque Queipo había aceptado su virreinato del Sur en el que se desenvolvía como pez en el agua y porque Mola se había subordinado voluntariamente a Franco desde el primer día. Los demás no contaban, porque Cabanellas no aceptaba desde el principio que era el mando colegiado y eso estaba descartado desde el principio por la mayoría.
El día 21 de septiembre se reúnen en la dehesa de Antonio Pérez Tabernero, a 30 kilómetros de Salamanca, varios generales que previamente se han citado en el café Novelty de la capital. En la finca, campo de Muñodono, en el término de Matilla de los Caños, pastan las famosas reses bravas que se lidian con el nombre de Antonio Pérez de San Fernando. Ahora, en el aeródromo militar que se ha improvisado allí y como huéspedes del ganadero, se van a reunir los generales Cabanellas, Queipo de Llano, Franco, Saliquet, Dávila, Mola, Orgaz, Gil Yuste y Kindelán, así como los coroneles Moreno Calderón y Montaner. El «Adelanto» de Salamanca, citado por R. de la Cierva, da como asistente también al general Valdés Cavanilles, que no figura en la lista de Guillermo Cabanellas. El hijo del viejo general que presidió la reunión debía tener noticias exactas y fidedignas de lo que allí pasó, pero da una versión que, sin ser inexacta, está llena de interpretaciones y comentarios que rezuman un antifranquismo visceral, por lo que pierde mucho de su valor cuasitestimonial.
Lo que no llegó a plantearse abiertamente en una reunión previa, celebrada en Burgos el día 14, fue que estaban dispuestos a no marcharse de la dehesa salmantina sin resolverlo. Kindelán y Orgaz tienen instrucciones de Alfonso…
«Mola se une a ellos en seguida para vencer la resistencia de Cabanellas, que quiere que sea un directorio el que dirija la guerra». El argumento de Mola es estrictamente militar: «Pues yo creo tan necesario el mando único que si antes de ocho días no se ha nombrado generalísimo, yo no sigo». Ahí queda eso, y me voy». Mola, que nunca fue un irresponsable, no habría cumplido esa amenaza, pero la utilizó consciente del peso específico de su opinión.
No consta en los testimonios la actitud de Franco en aquella jornada, pero no hay historiador de los hechos que no esté persuadido de que él ya entró en la reunión convencido de que iba a ser elegido para el mando militar supremo y decidido a no aceptarlo si no iba unido también al mando supremo político. Esta última cuestión no llegó a plantearse allí, pero el primer e indispensable paso estaba dado. En una semana, hasta el 28, la hábil maniobra coordinada por un equipo reducido, eficaz y leal, unida al formidable talento del Alcázar y la escasa fuerza de los aún más escasos oponentes prepararon la siguiente partida.
Así, la idea inicial de los generales monárquicos, nombrar un generalísimo con mando supremo durante la guerra, se vería superada por la fuerza de los hechos. Cierto es que Kindelán fue el máximo promotor de Franco a la jefatura del Estado, pero limitándola a la duración de la contienda. La actuación del monárquico jefe de la Aviación nacional queda perfectamente reflejada en sus propias palabras después de haberse reunido en Cáceres con Millán Astray, con Nicolás Franco y con el coronel Yagüe que, a pesar de haber sido relevado del mando de la «columna Madrid» por aparentes discrepancias estratégicas con Franco, sigue a su lado en entusiasta función política de la que pronto dará muestras fervorosas.
Las palabras de Kindelán se expresan así: «Juntos los cuatro, dimos una nueva y fuerte carga a Franco, proponiéndole una nueva reunión en la que se precisasen las atribuciones del Generalísimo y se propusiera que ese cargo llevara anexa la jefatura del Estado».
Estado con objeto de reunir en una mano todas las riendas del gobierno de la entidad nacional».
La Cierva, en la serie sobre la guerra civil publicada en el semanario «Época» (cap. 19), dice que Franco no se opuso en principio a la limitación de tiempo para su jefatura de Estado, pero estaba dispuesto a rechazarla en la próxima reunión de los generales.
Las palabras que pronuncia Yagüe en el balcón del palacio de los Golfines de Arriba, en Cáceres, son inequívocas. Una gran manifestación aplaude entusiasmada a Franco que, rodeado de sus leales, comparece como libertador del Alcázar. Yagüe proclama: «La conquista de Toledo es motivo de orgullo para todos. Artífice de esta obra es el general Franco… Mañana tendremos tiempo que España tuviese un jefe de Estado con talento. La noticia de hoy es grande; la de mañana será mayor».
El relato que hace R. de la Cierva de los hechos sucedidos a continuación no puede ser más elocuente y escueto, ajustado a la realidad y basado en el testimonio de Kindelán. Por eso lo reproduzco aquí y evito perderme en lucubraciones y detalles anecdóticos que puede encontrar el lector interesado en la obra citada de Guillermo Cabanellas:
«Franco está en el mismo escenario del campo salmantino a las doce de la mañana (del 28 de septiembre) cuando empieza la reunión decisiva de la Junta de Defensa Nacional. Ya que monta la guardia en el aeródromo con una centuria de Falange y una unidad del Requeté. A las 13,45 horas, Kindelán trata de leer el proyecto de decreto que conocemos. Cabanellas se opone y sugiere un aplazamiento.
«Mola acogida tuvo mi lectura —dice Kindelán— en especial el artículo 3.º (que adscribía el mando único a la jefatura del Estado) mereció muestras de disconformidad generales». Incluso Orgaz flaquea. Kindelán propone interrumpir la sesión para comer.
«Después de comer —sigue Kindelán— se iniciaron conversaciones parciales en las que brilló el oro más puro del patriotismo y desinterés por parte de todos, llegando a un pleno acuerdo sobre lo propuesto y fijando Cabanellas el corto espacio de dos días para hacerlo realidad». Entonces, según un claro testimonio de Franco, fue cuando el mismo exigió, para aceptar, que se borrasen todas las limitaciones de poder y tiempo en su cargo de generalísimo.
El 7 de marzo de 1946, reproducido en la prensa de Madrid al día siguiente, Franco dijo: «Cuando vinieron los generales a ofrecerme el mando supremo del Estado y de los ejércitos, como en aquellos tiempos en que al jefe se le elevaba sobre el palenque, y con unanimidad de conceptos, falangistas y monárquicos, y el pueblo, se me dijo: “Tú vas a ser el jefe”, y yo respondí que no podía aceptar la jefatura del Estado español, ni la dirección de estos ejércitos, ni derramar la sangre que había de correr a raudales, si no era para, con la victoria, eliminar las causas que habían producido tantas desdichas».
Es decir, que Franco en el campo de Salamanca, ante los generales, reclamó la supresión de la frase «mientras dure la guerra» en el decreto de nombramiento, que Cabanellas había prometido; aquel texto se publicó en el Boletín de la Junta al día siguiente, 30 de septiembre. Las discusiones acerca de si el nombramiento era de jefe del Gobierno del Estado o de jefe del Estado no pueden ser más bizantinas, y sólo lo han surgido muy «a posteriori», pues entonces nadie paró mientes en el supuestamente importante matiz. Cabanellas llamó a Franco jefe del Estado en el acto de la toma de posesión; el artículo primero del decreto decía: «quien asumirá todos los poderes del nuevo Estado», e inmediatamente se nombraba un secretario general del jefe del Estado.
El nombramiento no era sólo militar «para concentrar en un solo poder todos aquellos que han de conducir a la victoria».
Mirando las cosas con la perspectiva de que hoy disfrutamos, y procurando pensar con cierta lógica, resulta un tanto incongruente que aquellos militares, de ideas y trayectorias políticas diversas dentro de un común denominador anti-Frente Popular, implicados a fondo en la sublevación y versados en el arte de la guerra, se lanzaran con verdadera urgencia, como en caso de auténtica necesidad, a nombrar un Generalísimo y jefe de Estado. ¿Cómo es compatible esa decisión con el convencimiento de casi todos de que la guerra era cuestión de unos días, que con la ya inminente caída de Madrid se acababa la contienda? ¿Qué necesidad había de modificar una situación provisional que estaba dando excelentes resultados? En unos momentos en los que se empiezan a preparar las autoridades y los convoyes de suministros para ocupar la capital de España, se crea un estado de derecho, no para quince días de lucha y marcha triunfal, sino para el nuevo Estado que vendrá con la paz.
Hay una cierta contradicción entre los dos nombramientos; si se designa un Generalísimo es porque se piensa que la guerra va a ser larga y se va a desarrollar en varios frentes. Sólo eso justificaría las prisas por unificar el mando militar. Pero si es así, ¿por qué confiarle la más alta magistratura de un Estado antes de que exista ese Estado, ya que no se puede considerar como tal una parte del territorio, sin reconocimiento de la sociedad internacional, sin capitalidad oficial, sin estructura administrativa, sin definición política precisa…? Es como empezar la casa por el tejado. Y todo ello no tiene más que una explicación: todos se han dejado convencer, de un modo o de otro, por la audacia, la astucia, el prestigio y el peso específico de Franco, que ha sabido convertirse en pocos días en el candidato del pueblo de la zona nacional y en el jefe más conocido en el extranjero. Ha tenido hasta la habilidad de que sean sus compañeros los que le propongan, los que le busquen. Se deja querer y acepta la carga como un servicio a la patria. Es así, efectivamente, pero se trata de un servicio que culmina todos sus afanes desde hace muchos años.
Recuerdo que un día, esperando a Franco en el palacio de El Pardo para asistir a una misa maronita, Alberto Martín Artajo, ministro de Asuntos Exteriores y mi jefe de entonces, me dijo: «El Caudillo está harto de ceremonias. Le estoy muy agradecido por haber aceptado ser padrino de esta Misa. El otro día cuando se lo propuse me contestó: “Sí, claro, asistiré si usted me lo propone y cree que hay razones internacionales para ello. Llevo veinte años así, de servicio en este puesto. Porque estoy aquí porque me llamaron, y no puedo dejarlo a medias”».
