Representación alegórica de la Guerra Civil española y de las decisiones militares y políticas de Franco durante el conflicto, entre 1936 y 1939.
1.º Es posible que las más duras críticas que haya recibido Franco conciernan a la falta de generosidad con los vencidos, a la dureza de la represión en la posguerra. Indudablemente se trata de hechos incontrovertibles que solamente situándose en las circunstancias de aquellos años pueden admitir paliativos.
Franco fue intransigente, duro, incluso injusto, pero consecuente con unas normas que se había fijado desde el momento de la sublevación. Los que no se sumaron a ella siendo militares, quedaban fuera de la ley militar.
Si la guerra hubiera terminado en unos pocos meses, la victoria nunca habría sido tan total y absoluta, no habría habido exilio masivo de los enemigos y los dirigentes de la República, oficialmente autoridades legales, habrían permanecido en España, al menos la mayoría, lo que habría obligado al pacto, a la componenda bajo patrocinio internacional o a hacerlos prisioneros. En cualquier caso, unos enormes problemas insolubles que, a la fuerza, habrían condicionado la autoridad y el poder de Franco.
Todos estos problemas los evitó la guerra larga. La intransigencia, la dureza, incluso la injusticia en algunos casos de las medidas que aplicó o permitió el Caudillo contra los que se quedaron fueron perfectamente normales y consecuentes con la mentalidad del bando vencedor en aquellos momentos y con el desarrollo de una guerra en la que el terror y el odio primaron sobre todo.
Y al predominio entonces del militar sobre el político y al aplicar la ley militar prolongó aún más la contienda. Pero esta idea común para cualquiera que hoy, a los cincuenta y cinco años, analice los hechos pasados resulta muy difícilmente aplicable a los hechos y exaltados de abril de 1939, para quienes la frontera entre criminales de guerra y simples adversarios, de un lado y de otro, era una raya indecisa y teñida de sangre.
2.º Franco, como hemos visto, necesitó la ayuda militar italiana y alemana. En la primera etapa de la guerra —los años de modo angustioso— una guerra breve le hubiera entregado sin remedio en brazos de quienes le sacaron de apuros. No tenía ni fuerza, ni posición, ni otros amigos, para contrarrestar sus exigencias.
A lo largo de la contienda fue fortaleciendo su posición personal y constituyendo un poderoso Ejército propio, pagando deudas o asegurando su pago, adquiriendo voz y voto. Su situación internacional se fue consolidando y, paso a paso, las potencias occidentales se fueron acercando a Burgos, con lo que el equilibrio creciente de influencias permitió al Generalísimo insinuar una neutralidad de futuro que pronto se convertiría en algo tangible, esencial para mantener al pueblo español fuera de la gran contienda que se avecinaba. Sin la larga guerra de Francisco Franco algo que habría resultado imposible. De ahí en adelante, cualquiera puede hacer su composición de lugar. Lo que sí puedo afirmar por mi parte es que, entre abril y septiembre de 1939, el nuevo Estado español estableció y mantuvo relaciones diplomáticas plenas y amistosas con todos los países importantes del mundo, con las consabidas excepciones de la URSS y México. La guerra mundial vino, dolorosamente, a interrumpir una trayectoria de paz y reconstrucción, ilusionadamente emprendida por todos los españoles de buena voluntad, porque fueron las consecuencias de esa lucha tan cercana las que reavivaron divisiones en nuestro país y nos llevaron a graves dificultades económicas, de las que, con el esfuerzo de todos, se empezó a salir bien avanzada la década de los cincuenta.
3.º Al terminar la guerra española, Franco recibió los más entusiastas y cordiales telegramas de S. M. el rey Alfonso XIII y de su hijo y heredero de los derechos dinásticos, don Juan de Borbón. Sus textos son sobradamente conocidos, y el tema de las relaciones entre dichos personajes ha servido para verter ríos de tinta, la mayor parte de las veces más para confundir y tergiversar que para acercar y aclarar.
Las sucesivas declaraciones y actitudes de Franco durante la guerra en relación con la Monarquía son también conocidas de todos. España, para él, fue en seguida un reino, con bandera e himno de la Monarquía tradicional y con el santo y seña de los Reyes Católicos como modelo.
Una guerra corta, con un Franco inseguro o recién exaltado a la jefatura del Estado, habría creado una situación dificilísima, estando, además, rodeada de generales y de políticos alfonsinos. ¿Restauración? ¿Regencia? ¿Vuelta a una legalidad republicana conservadora? Para Franco y para muchos, cualquiera de estas soluciones hubiera sido una frustración del Alzamiento y, por tanto, una vuelta a las andadas.
Pero la guerra larga lo arregla todo. El nuevo jefe del Estado se consolida, se hace indispensable, consigue no sólo la aceptación, sino el fervor de todas las fuerzas que participaron o se incorporaron al Movimiento. Es el indiscutible vencedor alzado sobre el país por todos sus compañeros; el representante del poder, encarna al régimen para amigos, enemigos y extranjeros. Es una responsabilidad y un honor que no se comparten, que no admiten plazos. Nunca será el Mussolini de un Víctor Manuel. ¡Iba a cambiar el rumbo de su destino, aquel que hemos seguido a lo largo de todas estas páginas! En nadie confía. Su sucesión sólo se producirá después de su muerte o de su incapacidad total. Para ella prepara, siempre en la línea dinástica de Alfonso XIII, al nieto de éste, don Juan Carlos de Borbón. Al Conde de Barcelona le excluye muy pronto —1945, 1946— por razones que nunca se explicaron en público.
En el nuevo rey, libre en sus decisiones, se reúnen las más nuevas condiciones: va a reinar en un país que Franco ha transformado, ha cambiado de arriba abajo en sus casi cuarenta años de Gobierno, un país moldeado y moldeable al que el viejo guerrero le va a pedir que preste al joven rey el mismo apoyo, la misma lealtad que a él le brindó en vida. Pero va a reinar con las directrices políticas que mantuvo su padre, don Juan de Borbón, a través de sus muchos años de exilio. Venturosa y paradójica acumulación, herencia de Franco, ideas del Conde de Barcelona, que sólo es posible porque antes España padeció y salió adelante en la larga guerra de Francisco Franco.
4.º ¡Cuánto tardó Franco en tomar Madrid! ¡Cuánto tardó Franco en entrar en Madrid! ¿Heroica resistencia de Madrid? Dejemos con sus nostalgias del «no pasarán» a los que construyen el pasado con sus frustrados deseos. Siempre la tuvo, de general de Brigada, de Mayor encerrado, de tímido contubernio, de jefe del Estado diputado periférico, de cuasiintelectual con complejos, de semiconspirador reticente… Después, de Tetuán a Burgos, del 18 de julio del 36 al 1 de abril del 39, de Generalísimo. Ya lo hemos ido viendo.
La conquista de Madrid suponía el fin de la guerra. Madrid debería quedar para el final, la fruta madura, los brazos abiertos. ¡Qué gran ocasión para el reencuentro, cuando la larga guerra ha removido ya todos los obstáculos! Franco no se acerca al frente de Madrid, cuando está ya a punto de caer. Tampoco siente curiosidad por visitar, aunque sea de incógnito, la ciudad recién conquistada. Prepara el regreso, inevitable, con calma, pienso que con cierta preocupación, con desgana. ¿Dónde instalarse? Se le propuso el palacio de Larios, toda una enorme manzana con gran jardín en el cuadro que forman las calles de Lista, Marqués de Villamagna, Serrano y Paseo de la Castellana. Allí se había instalado provisionalmente el cuartel general de Saliquet. Se rechaza, con cierta lógica, por demasiado céntrico y visible; también por razones de seguridad, aunque estas no pesaban mucho en aquellos tiempos, ni pasaron como en nuestra época, por lo menos hasta el asesinato de Carrero Blanco.
Hace poco tiempo, Serrano Suñer me contaba que un día en Burgos, poco después de la toma de Madrid, su pariente, el duque de Almodóvar, le anunciaba muy alarmado que «Paco», para Madrid, para el fin de preparar la instalación definitiva del Caudillo en el Palacio de Oriente. Al de Almodóvar a Serrano le pareció un disparate, por razones obvias, y el segundo así se lo expuso a Franco, con sólidos argumentos. El Generalísimo, sin embargo, no pareció admitirlos. «—¿Por qué, Ramón? —vino a decir—. ¿No se había instalado allí Azaña, el presidente de la República?». Razonamiento simplista muy propio de Franco. Efectivamente, si se instala en el Palacio de Oriente, en aquellos momentos de fervor y confianza, a nadie le hubiera extrañado. Pero Franco debió meditar las razones de su ministro y consejero político. Al día siguiente, la operación Palacio Real había concluido.
Provisionalmente fue elegido para residencia del Caudillo el palacio de Viñuelas, propiedad del Duque del Infantado, cerca de la carretera de Francia, a pocos kilómetros de Madrid. Luego, Franco, con muy buen sentido y al parecer personalmente, se decidió por el Palacio del Pardo, que reunía, para todo, inmejorables condiciones.
Cuando entró en Madrid, en triunfador, había pasado más de mes y medio desde el día de la conquista. En el desfile de la Victoria, el 19 de mayo de 1939, la capital de España se entrega con entusiasmo, con una especie de inteligente locura colectiva, al Ejército vencedor y a su capitán.
La ceremonia religiosa que siguió al desfile, con todos los más gloriosos símbolos de la historia de España concentrados en la basílica de Santa Bárbara, culminaba, como un pórtico de esperanza, la larga guerra de Francisco Franco.
Etapa nueva, llena de inmensas posibilidades, pero rodeada de sombras de tormenta. Aciertos y errores, factores ajenos, culpas propias, generaciones que no vivieron la guerra… El tiempo, siempre el tiempo, que Franco hizo suyo un día para gobernar después toda una época.
