INTRODUCCIÓN
La caída de la Segunda República no fue el resultado de una decisión improvisada, sino la culminación de un proceso conspirativo complejo, prolongado en el tiempo y protagonizado por diversos sectores del Ejército y de la derecha política. Desde los primeros contactos clandestinos hasta la articulación de planes insurreccionales coordinados, la conspiración contra el Gobierno del Frente Popular fue tejiéndose entre reuniones discretas, rivalidades personales, dudas estratégicas y una creciente radicalización del clima político.
Este texto recorre las primeras tentativas del complot militar en los meses previos al golpe de Estado de julio de 1936, analizando el papel de figuras clave como Mola, Sanjurjo, Franco y los miembros de la UME, así como las divergencias internas, los fracasos iniciales y la progresiva maduración de una trama que acabaría desembocando en la Guerra Civil española.
Los militares entran en contacto. Primeras tentativas
En fin, mi general, aquí me tienes a tus órdenes cada día más inflado, trabajando con más gusto y viendo que las luchas y contrariedades sirven para seleccionar a los hombres; que esta selección se tendrá que hacer porque todos se irán dando cuenta de quiénes son los acomodaticios, los flojos, los vividores, y quiénes son los que ponen por encima de su bienestar y de sus conveniencias el cumplimiento del deber por duro que sea…
[Carta de Yagüe a Franco, 25 de marzo de 1936]
Los estudios más recientes sobre la conspiración no la ven como un proceso único y bien formado, sino como el fruto de varias conspiraciones paralelas que dieron como resultado un final único muy debilitado. Para Julio Aróstegui, a partir de abril de 1936 hubo dos claras líneas conspirativas, que solo en el momento del alzamiento llegaron verdaderamente a fundirse para la acción: la primera se aglutinaba en torno a los generales Mola (jefe de la Comandancia Militar de Navarra, con sede en Pamplona) y Sanjurjo (residente en Estoril) y estaba integrada, en un principio, fundamentalmente por militares retirados.
El líder de la segunda era Franco, indudablemente el general con más prestigio del momento, que consiguió aglutinar a generales, jefes y oficiales con mando efectivo. La conspiración de Mola fue más pública que la de Franco, consiguiendo hacerse cada vez con más generales en actividad tanto por los efectos de esa publicidad como al convencerse él y Sanjurjo de que los únicos que tenían posibilidad de sacar a los soldados a la calle eran los generales con mando de tropa. Franco permaneció a la expectativa en Canarias, siendo clara su resolución solamente a partir del asesinato de Calvo Sotelo.
Enrique Sacanell habla de hasta cuatro procesos conspirativos. Antes de mediados de mayo de 1936 existían cuatro proyectos insurreccionales plenamente documentados: el que encabezaba Mola bajo la dirección de Sanjurjo; el de la Junta de Generales bajo la jefatura provisional de Villegas; el que tramaba Queipo de Llano tras el cese de su suegro como presidente de la República; y el que elaboraba la Junta Suprema Militar de la Comunión, que ofrecería a Sanjurjo ser la cabeza militar de sus requetés. El primero fue el que resultó triunfante.
A pesar de la opinión de la reciente historiografía, la conspiración fue una sola, aunque en distintas etapas. La evolución la hizo cambiar, crecer y madurar. Fue meticulosamente preparada y estudiada, lo que permitió presentarse en julio de 1936 con una fuerte organización, aunque con algunos errores, como no podía ser menos en una trama tan amplia y que se pretendía secreta.
La conspiración contra el gobierno del Frente Popular comenzó incluso antes de las elecciones que le dieron el triunfo. El punto de partida fue una reunión celebrada en Madrid, en el domicilio del general Barrera, en el mes de enero de 1936. Acudieron los generales González Carrasco, Fernández Pérez, Orgaz, Villegas y Ponte. Asistió también la Junta Suprema de la UME y algunos delegados de provincias. En previsión de la victoria de la izquierda, se acordó la ejecución del movimiento para el momento de las elecciones. En otras reuniones celebradas en días posteriores se decidió realizarlo el miércoles posterior a las mismas. El general Goded, director de la trama, decidió su suspensión pocos días antes, cuando ya algunos generales estaban en su misión de destino, como González Carrasco, que se enteró en Barcelona. La sublevación no estaba madura y su fracaso parecía asegurado. Pero el germen quedó formado y listo para continuar.
Los primeros pasos de la definitiva conspiración militar contra la República, que provocó el golpe de Estado de julio de 1936, se dieron a los pocos días de tomar posesión el nuevo gobierno del Frente Popular. Los generales Goded, Rodríguez del Barrio y Varela fueron las piezas clave del inicio del movimiento conspirativo, estimulado tras el traslado del primero, Franco y Mola, entre otros, fuera de Madrid. Con fecha 21 de febrero, Franco fue destituido como jefe del Estado Mayor del Ejército —nombrado por Gil Robles como ministro de la Guerra— y enviado a Canarias como comandante militar. Fanjul, también destituido, recibió destino en Madrid. Goded, inspector general del Ejército, fue nombrado comandante militar de Baleares. Y Mola, destituido como jefe de las fuerzas militares de Marruecos, fue destinado a la Comandancia General de Pamplona, dependiente de la región militar con sede en Zaragoza.
Los ánimos estaban encendidos entre los trasladados. Tanto es así que, según el testimonio del ayudante de Goded, al día siguiente de ser destinado a Baleares este fue al Cuartel de la Montaña con ánimo de lanzarse a la calle al frente de los regimientos que allí había, pero tuvo que desistir del propósito ante la oposición de los respectivos coroneles, quienes convencieron al general de abandonar una temeridad condenada al fracaso.
En el mismo sentido se manifestaría uno de los presentes, el comandante Arsenio Fernández Serrano, destinado en el mencionado cuartel, quien el 17 de febrero acompañó al general Goded a la reunión que mantuvo con los jefes de las tres unidades de guarnición en el cuartel: el coronel del Regimiento de Infantería n.º 4, González Celaya; el coronel del Regimiento de Zapadores, García Pruneda; y el comandante del Grupo de Alumbrado, Marías Marco, para llevar a cabo con carácter inminente un levantamiento militar.
El comandante Fernández Serrano ofreció una compañía de Infantería y unos tanques de Artillería preparados para salir en el acto. Goded salió decepcionado ante la negativa de los jefes militares, expresando su disconformidad con el acuerdo tomado, diciendo al declarante: «Ahora se ganaría. Después costará mucha sangre, y quién sabe el resultado».
La reunión clave, promovida por el general Mola y auspiciada por la UME, tuvo lugar en Madrid el 8 de marzo, en casa de José Delgado, agente de Bolsa y militante de la CEDA, situada en la calle General Arrando, número 19, horas antes de la marcha hacia Canarias del general Franco.
Acudieron Mola, Franco, Rodríguez del Barrio, Fanjul, Varela, Orgaz, Ponte, Villegas, Saliquet, González Carrasco y Kindelán. También el teniente coronel Galarza, en representación de la UME.
Se procedió a nombrar una junta formada por varios de estos generales, sobre todo los residentes en Madrid (Rodríguez del Barrio, Fanjul, Varela, Orgaz, Villegas, Saliquet, González Carrasco, Kindelán y García de la Herrán) y, como jefe, se designó a Sanjurjo.
Este era uno de los generales más condecorados de la historia de España. Como general de división dirigió el desembarco de Alhucemas, primera operación anfibia de la historia llevada a cabo con éxito. Había sido alto comisario de España en Marruecos, director general de la Guardia Civil y del Cuerpo de Carabineros. Por su intentona militar de 1932 fue condenado a muerte. Azaña aceptó conmutarle la pena capital por la cadena perpetua. Posteriormente, las Cortes le amnistiaron. Residía en Estoril (Portugal), donde se encontraba exiliado.
Según fuentes próximas a Sanjurjo, este se negó a aceptar la jefatura de Franco, receloso de él y de su entorno, tal vez, entre otras causas, por no haberse sumado a su golpe militar de agosto de 1932. La versión del propio Franco resulta bien distinta:
«A mí me propusieron ser quien dirigiese el Movimiento, pero no acepté, pues estaba seguro de que el general Goded no me obedecería con agrado, ya que le había notado una actitud muy especial cuando desempeñé el cargo de jefe del Estado Mayor Central. Prefiero —dije— que el jefe del Movimiento sea el teniente general Sanjurjo, pues por su mayor categoría y prestigio militar, su jefatura será reconocida por todos los generales, y por su carácter modesto y sencillo se dejará aconsejar en todo lo que redunde en bien del triunfo del Alzamiento.»
Rodríguez del Barrio, inspector general del Ejército, quedó como responsable en representación de Sanjurjo, y a su lado Valentín Galarza actuaría como jefe de Estado Mayor. Después de cinco horas de debate solo se llegaron a dos conclusiones, expuestas con energía por el general Franco: que el movimiento solo se desencadenase en el caso de que las circunstancias lo hiciesen absolutamente necesario y que tal movimiento sería exclusivamente por España, sin ninguna etiqueta determinada, sin denominación política.
También se debatió sobre las tácticas posibles (sublevación en Madrid y extensión a todas las provincias o sublevación en provincias para converger sobre la capital), pero no se llegó a acuerdo.
Esta reunión resultó trascendental para el futuro inmediato de la conspiración, sobre todo teniendo en cuenta que su resultado fue muy distinto al planeado por el alma de la misma hasta entonces, Galarza.
Pocos días antes de la citada reunión, el general Sanjurjo recibía una carta del técnico Galarza en la que le exponía sus temores sobre la persona de Rodríguez del Barrio. Para él, siempre había pretendido ser el jefe, pero en los momentos decisivos, cuando en dos o tres ocasiones todo estaba preparado para la sublevación, se había echado atrás y nada hizo, «como no fuera el manchar a los demás achacándoles la misma carencia de facultades de que él adolece y ha evidenciado una y otra vez».
En cambio, opinaba que Franco, también indeciso años antes, tenía ahora verdadera decisión, no importando que estuvieran fuera del centro. Galarza terminaba recomendando a Sanjurjo que no delegara el mando en ningún general, pues lo debería asumir él, y que nombrara un comité formado por Villegas, Varela y Orgaz con un jefe de Estado Mayor para organizar todos los preparativos necesarios para el golpe.
Además, recomendaba que en el momento preciso del mismo, si Sanjurjo no estuviera presente en España, como era previsible, fuera Franco, al que denominaba cariñosamente «el pequeño que está fuera», el jefe de la sublevación.
Al día siguiente de la reunión, un automóvil con dos ocupantes paró de noche ante la casa del general Franco: era el general Varela, que en el coche del diputado señor Delgado, y conducido por este, recogía a Francisco Franco. Dentro del vehículo ambos generales concretaron los últimos pormenores de la preparación del movimiento, antes de salir Franco para Canarias. Parece ser que las últimas palabras de este al marcharse fueron: «Se me aparta de aquí, pero os juro que volveré en cuanto las circunstancias exijan mi presencia, para el bien de España»[12].
Los generales de Madrid se reunieron en varias ocasiones para preparar el movimiento. Se organizaron juntas regionales, designando las divisiones de que cada uno debía hacerse cargo, y se formaron dos planes: uno, considerar Madrid como fundamental y África como secundaria; y otro, a la inversa, quedando Madrid como objetivo, preparándose desde África la marcha sobre Madrid[13].
No solo se trabajaba en Madrid. Mola, desde Pamplona, dio un gran impulso a la conspiración. Mola llegó a la capital navarra la noche del 14 de marzo. «El Gral. se entregó de lleno a la redacción de instrucciones, claves, normas, prevenciones, organización de columnas, itinerarios, objetivos de estas, estando constantemente enlazado por cifrados con el teniente coronel D. Valentín Galarza, residente en Madrid y jefe de E. M. del Movimiento», según testimonio de su ayudante[14].
Para este, uno de los principales colaboradores de Mola, desde la distancia, era el general Franco, con quien se relacionaba por escritos cifrados por medio del teniente coronel Galarza; del teniente coronel de Sanidad Militar Luis Gabarda Sitgar, residente en Santa Cruz de Tenerife, donde tenía montada una clínica de gran reputación médica; y de un tal Castilla, de Pamplona, y del comandante de Infantería retirado Sergio Arteche Ros, amigo íntimo del general Mola. El enlace en Madrid del general Franco era Ramón Serrano Suñer.
El general Francisco Franco no había participado en la Sanjurjada de 1932, entre otros motivos por creer que todavía no era el momento, debido a que el pueblo estaba aún ilusionado con el régimen, y por ver la acción poco conjuntada[15]. Pero en marzo de 1936 ya no tuvo duda: «Yo siempre fui partidario del movimiento militar, pues comprendía que había llegado la hora de salvar a España del caos en que se hallaba con los socialistas y todas las fuerzas de izquierdas, que unidos marchaban decididamente a proclamar una dictadura del proletariado, como sin reserva alguna proclamaba Largo Caballero en sus mítines y en la prensa, y sobre todo en el Parlamento»[16].
Según el testimonio del teniente coronel de Caballería Juan José Alfaro Lucio[17], que en 1936 ejercía el mando del Establecimiento de Cría Caballar y remonta de Marruecos en Larache y luego fue el responsable del alzamiento en esta ciudad, en mayo de 1936 asistió en Madrid a la Asamblea del Arma que trataba sobre asuntos de Socorros Mutuos y del Colegio de Huérfanos en representación de todos los oficiales de Caballería destinados en Marruecos. Allí tuvo conocimiento de la conspiración por el capitán José Navarro Morenés, quien después de la guerra sería ayudante del Generalísimo. Marchó a Pamplona y el general Mola le ordenó dirigirse a Franco.
Otro testimonio en el mismo sentido de implicación de Franco es nada menos que el del responsable de la UME, comandante Barba, quien unos meses antes del alzamiento fue destinado forzoso a Tenerife, al sospechar las autoridades de su implicación en la conspiración. En Santa Cruz de Tenerife tuvo ocasión de hablar con el general Francisco Franco «de todas estas cuestiones»[18]. Días antes de la fecha señalada fue trasladado a Valencia, donde participó activamente en la conspiración.
Si los propios protagonistas de la conspiración confirman la participación activa del general Franco desde el principio, no parece tener mucho fundamento la opinión de algunos especialistas, para los que Franco se sumó a la misma a partir del asesinato de Calvo Sotelo, constituyendo esta su principal consecuencia. «Franco permaneció a la expectativa en Canarias, siendo clara su resolución solamente a partir del asesinato de Calvo Sotelo», opina el profesor Aróstegui[19].
Para Sacanell[20], cuya mayor aportación la realiza a través de la documentación inédita del archivo del general Sanjurjo, Franco se sumó al alzamiento en los últimos momentos:
«Cuando el 23 de junio dirija su carta a Casares, no habrá descartado siquiera la idea de mantenerse fiel al Gobierno de la República. Mola le enviaría, a lo largo del mes de junio, cuatro mensajes, obteniendo la callada por respuesta. No extrañe a nadie, pues, que sus compañeros de conspiración le llamasen Miss Canarias, por lo mucho que se dejaba cortejar. Cuando por fin se decida a subir al Dragon Rapide tras cortarse el bigote para no ser reconocido, Queipo comentará: “Ese bigote es lo único que Franco ha sacrificado por el alzamiento”.»
Gabriel Cardona[21] va todavía más allá. Parece que la sublevación surgió casi al azar y que Franco pasaba por allí de casualidad. Refiriéndose al alzamiento de Melilla el 17 de julio dice: «Como no tenían ningún general al frente, telegrafiaron a Francisco Franco, comandante general de Canarias, ofreciéndole el mando».
Pío Moa[22] opina también que Franco solo se decidió a participar en la conspiración tras el asesinato de Calvo Sotelo, porque no lo creía bien organizado —se había planeado como una serie de acciones violentas, pero breves y resolutivas— y esperaba hasta el final un giro en la política del gobierno. Cuando se comprometió lo hizo con absoluta resolución.
Para Tusell[23], Franco tuvo un papel escaso en la conjura militar. Estuvo en la reunión del 8 de marzo en Madrid pero después, a raíz de su marcha a Canarias, desapareció del centro de gravedad de la misma. Y no solo no participó en la organización de la conspiración, sino que para muchos de los conspiradores su decisión de sumarse fue una incógnita hasta el último momento. El 12 de julio remitió un mensaje en clave («Geografía poco extensa») que implicaba su no participación en la sublevación. La noticia fue recibida con irritación por Mola. Solo el asesinato de Calvo Sotelo provocó la intervención del general Franco.
Quizás pudo pasar que Franco hiciera un doble juego, confirmando a unos y dando largas a otros, que todo es posible en una trama golpista. Según Paul Preston[24], Franco venía jugando un doble juego, como se apreciaba en la carta que el 23 de junio de 1936 escribió a Casares Quiroga. En ella insinuaba que el Ejército permanecería leal si se le trataba como era debido; aunque más bien parecía referirse a su situación personal: si Casares le asignaba el puesto adecuado, desbarataría el golpe. Mola lo sumó a última hora por su prestigio tanto en el Ejército de Marruecos como entre las clases altas y medias, por el papel que había tenido en la represión de las insurrecciones obreras de Asturias en 1917 y 1934.
Casi mes y medio después de la reunión de Madrid, la conspiración fijó la fecha del golpe militar. El día 17 de abril la Junta de Generales se reunió en el domicilio del general González Carrasco, decidiéndose llevar a cabo el levantamiento tan solo tres días más tarde, el día 20, a las diez de la mañana[25]. La cabeza del mismo estaría en Madrid, donde, bajo la suprema dirección de Rodríguez del Barrio, los generales Varela y Orgaz se harían cargo, respectivamente, del Ministerio de la Guerra y de Capitanía. Villegas se alzaría en Zaragoza, Fanjul en Burgos, Ponte y Saliquet en Valladolid, Mola en Navarra, González Carrasco en Barcelona y Franco en África.
El sábado 18 de abril, pocas horas antes de la fecha señalada para el golpe, Rodríguez del Barrio decidió suspenderlo, tanto por la escasez de apoyos como por el conocimiento del gobierno de toda la trama por ciertas indiscreciones de la esposa del general[26], aunque ante el general Varela, a quien primero notificó el aplazamiento, alegó razones de carácter particular. El tiempo daba la razón a Galarza y a sus dudas sobre este personaje. «Varela intentó disuadirle, pero todo fue inútil. Llamadas urgentes a todas las provincias dando contraórdenes; indignación de muchos y lágrimas de requetés y falangistas, que veían defraudadas sus ilusiones»[27].
Posteriormente se comunicó la suspensión a todos los mandos comprometidos, unos presentes en la capital y otros en camino o situados ya en sus puestos de observación. El gobierno reaccionaría enviando desterrados a Orgaz y Varela a Canarias y Cádiz, respectivamente; destituyendo a Rodríguez del Barrio de la inspección que ostentaba, y pasando a la situación de disponible a otros de los comprometidos.
El fracaso de Madrid significó el triunfo de Pamplona. Mola tomaba ahora las riendas de la conspiración en su tercera (y definitiva) etapa. Maíz, enlace de Mola, pone en boca del general estas palabras: «Ahora es cuando debemos y podemos encauzar el proyecto. Pero serenamente, sin precipitación alguna»[28].
CONCLUSIÓN
Las primeras tentativas conspirativas contra la República ponen de manifiesto que el golpe de julio de 1936 no fue fruto de la improvisación, sino de un proceso largo, lleno de vacilaciones, tensiones internas y reajustes estratégicos. Las dudas sobre el liderazgo, la rivalidad entre generales, los fracasos iniciales y las diferencias sobre el momento oportuno para sublevarse revelan un entramado frágil, que solo logró consolidarse tras meses de tanteos y errores.
La figura de Franco, envuelta en interpretaciones contradictorias por parte de la historiografía, simboliza bien esas ambigüedades: entre la prudencia calculada, el oportunismo político y la integración final en una conjura que terminó imponiéndose. El triunfo de la línea de Mola desde Pamplona marcó el cierre de esta fase inicial y abrió la etapa definitiva de preparación del alzamiento, cuyas consecuencias resultarían devastadoras para la historia de España.
