INTRODUCCIÓN
En la primavera y el inicio del verano de 1936, la conspiración contra la Segunda República entró en su fase definitiva. Tras los fracasos y vacilaciones iniciales, el general Emilio Mola asumió la dirección efectiva del movimiento, reorganizando la trama militar y tejiendo una extensa red de apoyos en todo el territorio español. La conjura dejó de ser un conjunto disperso de iniciativas para convertirse en un plan coordinado, con estructuras, enlaces, financiación y respaldo político.
Este artículo analiza cómo se consolidó la conspiración en sus meses decisivos: la designación de Mola como director, el papel de Franco, la implicación de generales clave, la integración de Falange y el carlismo, la aportación económica de sectores de la derecha y de organizaciones patronales, y la construcción de una red militar clandestina que penetró en guarniciones, cuerpos de seguridad y organizaciones civiles. La conspiración definitiva no fue improvisada: fue el resultado de una planificación meticulosa que preparó el terreno para el golpe de Estado de julio de 1936.
LA CONSPIRACIÓN DEFINITIVA
«Ha de advertirse a los tímidos y vacilantes, que aquel que no esté con nosotros está contra nosotros, y que como enemigo será tratado.»
General Mola, Instrucción reservada n.º 5, 20 de junio de 1936.
La conspiración siguió en marcha tras el 20 de abril, aunque con importantes cambios. El primero afectó a la dirección de la misma. Ausentes de Madrid los generales Varela y Orgaz, se procedió, «precisamente por esta causa, a un nuevo ajuste de mandos y misiones, recayendo la delegación del general Sanjurjo en el general Mola, por varias razones elegido, siendo la primera y principal la del lugar en que este ejercía el mando, tan favorables al alzamiento»[29].
A finales de mayo, también en parte por esta misma razón de la facilidad de movimientos que tenía en Navarra, Sanjurjo designó al general Mola como «director», ante la imposibilidad que él tenía desde la distancia de implicarse en mayor medida en la conspiración y necesitarse en el territorio español un ejecutor más que un delegado, sobre todo para imponer autoridad en la organización y en la negociación[30].
Una de las primeras decisiones de Mola fue buscar la aprobación del general Franco, pues, según manifestó a uno de sus colaboradores, necesitaba de esta confirmación antes de lanzarse de lleno a su tarea. La obtuvo sin titubeos[31].
En Madrid quedaba como responsable un hombre considerado por él como indispensable: el teniente coronel Valentín Galarza, «el Técnico» en boca de todos. Los generales Fanjul y Villegas sustituyeron en la capital de España a Orgaz y Varela, respectivamente, e ingresaron en la conspiración los generales Queipo de Llano y Cabanellas.
Muchos de los conspiradores no tenían muy clara la adhesión de Gonzalo Queipo de Llano por dos razones: la primera, por estar emparentado, por la familia de su mujer, con Alcalá Zamora; la segunda, por haber estado implicado en el frustrado golpe militar de diciembre de 1930, con el que algunos republicanos, socialistas y militares de izquierda intentaron derrocar a Alfonso XIII. En 1931 había sido un ferviente partidario de la República.
Según el testimonio de Queipo[32], este venía entablando conversaciones con Mola desde finales de marzo. En abril comió con él en la venta de Irurzun, a veinte kilómetros de Pamplona, en la carretera de San Sebastián. Se fijaron como primer objetivo sumar a la conspiración al general Cabanellas, jefe de la V División. Dada la amistad que unía a Queipo con Cabanellas, este aceptó en el acto cuando le realizó la propuesta.
En junio, Queipo se hizo cargo de Sevilla porque allí la situación no estaba clara. El general García Escámez estuvo en la ciudad por encargo de Mola para pulsar el estado de ánimo de las fuerzas militares. «Las niñas bien, las encargadas mal», contestó con su impresión en mensaje cifrado al general Mola. Las primeras eran de comandante para abajo; las segundas, los de empleo superior a comandante[33].
La trama conspirativa ganó en organización y empuje en manos de Mola, tanto por ser ya el único responsable como por su capacidad estratégica, puesta en duda por algunos especialistas sin razón[34]. Frente a la opinión muy generalizada de los historiadores de una conspiración débil e improvisada, los planes de Mola estaban bien meditados, mejor estudiados y muy trabajados[35].
El general Mola era un hombre meticuloso y estudioso en todos los detalles, como él mismo confesaría al marqués de Valdeiglesias, director de La Época, durante la conspiración: «Yo siempre los he cuidado todos —concluyó—, y quizá por eso nunca me ha salido mal ninguna»[36], le dijo refiriéndose a su trayectoria militar y narrando sus operaciones en África.
Según el testimonio de uno de sus más estrechos colaboradores, «Mola cuidaba los últimos detalles del plan con todo esmero. Sustituía y acoplaba. Repasaba cifras, claves y, una vez consultados, volvían los papeles a sus carpetas de origen. Movilizaba a sus enlaces a todas horas. Recibía y transmitía instrucciones de previsión»[37].
Mola dejó pocos cabos sueltos. Su conspiración no tenía nada que ver con las anteriores, como las de 1923, 1926, 1929 y 1932. Los errores, que los hubo, se debieron más a apetencias e intereses personales que a fallos estratégicos e improvisación del general. Y era consciente en todo momento de los apoyos con los que contaba, con los que nunca contaría y con los dudosos. El fundador de la UME, Bartolomé Barba, «tenía listas en las que, por observación de su conducta y de sus ideas, conocía en todos los regimientos de España y África quiénes eran enemigos, quiénes neutrales o indiferentes, quiénes eran afectos»[38].
Donde encontraba mayor predicamento era en los oficiales. El director de La Época, marqués de Valdeiglesias, estuvo al tanto de la conspiración desde sus primeros momentos. Acudió a una reunión de jóvenes oficiales en casa de su amigo Bartolomé Barba, en la Red de San Luis, de Madrid. Asistieron unos quince o veinte militares. «Me quedé impresionado del grado de violencia verbal con que todos se expresaron», recordará el periodista[39]. Su ira se desataba no solo contra la República, sino contra todos los jefes superiores del Ejército, a los que no veían decididos.
La red y trama se extendían por todo el territorio español, en gran parte por el esfuerzo personal del general Mola, quien se entrevistó con la mayor parte de los generales y jefes implicados. Según el informe de su ayudante, Mola entabló contactos y sumó a la conspiración a mandos de diversos territorios, provincias y ciudades, como Madrid, Vitoria, Burgos, Valladolid, La Coruña, Asturias, Logroño, Bilbao, Valencia, Barcelona, Islas Canarias, Islas Baleares, Zaragoza, Cádiz, Sevilla, Palencia, Salamanca, León, Zamora, Ávila, Toledo y Marruecos español. El resto lo dejó en manos de una amplia red de enlaces y colaboradores, principalmente oficiales de la UME. En muchos casos, se trataba de los mismos protagonistas de agosto de 1932.
El 29 de mayo, Mola tuvo su primer contacto oficial con el jefe nacional de Falange, José Antonio Primo de Rivera, a través del agente de enlace Rafael Garcerán, antiguo pasante del bufete de José Antonio. El líder falangista se encontraba detenido desde el 14 de marzo. Durante las semanas siguientes se cruzaron una serie de mensajes en los que hacía confidencias al general sobre personas y funcionamiento orgánico del partido. Como había hecho antes con la UME, José Antonio intentó imponer ciertas condiciones políticas a los militares, pero Mola las rechazó[40]. A pesar de ello, Primo de Rivera dio instrucciones a la Falange para que se pusiera a las órdenes de los dirigentes del movimiento.
La Comunión Tradicionalista se sumó a la conspiración «oficialmente» el 15 de julio, aunque desde mucho tiempo atrás, en algunas provincias, los carlistas venían colaborando estrechamente en la preparación con los militares. Los carlistas deseaban que la sublevación militar acabara en la liquidación de la República y la proclamación de Javier de Borbón como regente de España para, mediante un plebiscito popular, decidir luego cuál sería el futuro régimen. Las negociaciones fueron arduas hasta el final. Tanto que el propio Mola, el 9 de julio, «se rendía», como reconocía en un escrito dirigido al responsable carlista:
Muy señor mío y amigo: al recibir su carta de ayer he adquirido el convencimiento de que estamos perdiendo el tiempo. El precio que ustedes ponen para su colaboración no puede ser aceptado por nosotros. Al Ejército sólo le interesa la salvación de España; nada tiene que ver con la ambición de los partidos.
… El tradicionalismo va a contribuir con su intransigencia de modo tan eficaz como el Frente Popular al desastre español. Allá ustedes con su responsabilidad histórica
Sanjurjo y su intermediario, Varela, convencieron a Fal Conde, jefe de la Junta Carlista de Guerra, para dejar en suspenso la decisión del régimen hasta que no se lograra el primer objetivo: derrocar a la República. La mañana del 15 de julio, el emisario de Mola llegaba a la localidad francesa de San Juan de Luz, donde Manuel Fal Conde le entregaba un documento firmado por él y por Javier de Borbón y Parma, en el que esta formación política aceptaba el programa que les había enviado el general Sanjurjo unos días antes y se sumaba «con todas sus fuerzas en toda España al Movimiento Militar para la salvación de la Patria»[42].
Además de falangistas y carlistas, la conspiración contó con el apoyo humano y económico de formaciones como Renovación Española y la CEDA, aunque algunos, como el propio Franco, dijeran posteriormente que no se tuvo en cuenta a la CEDA para «no dar publicidad de nuestra actuación»[43]. Ambas formaciones colaboraron en la trama tanto con sus afiliados, como muestran buena cantidad de testimonios de militantes en la Causa General, como con dinero. Gil Robles así lo reconocía en una carta manuscrita dirigida al general Mola desde Lisboa en diciembre de 1936. Unas semanas antes del movimiento se presentaron en su domicilio de Madrid Francisco Herrera, Francisco Rodríguez y Carlos de Salamanca para decirle, en nombre del general, que hacían falta con urgencia 500 000 pesetas para los primeros gastos del movimiento, cantidad que fue dada al día siguiente por el líder cedista de un remanente del fondo electoral de Acción Popular. El ayudante del general Mola diría posteriormente que no se utilizó tal cantidad[44], algo desmentido por su propio jefe, para quien en los días siguientes se sacaron unas 5000 pesetas para determinados gastos y «hasta el día del movimiento retiré una cantidad bastante crecida con destino a las tropas que salieron en la tarde del 19 de julio»[45].
También algunas organizaciones patronales contribuyeron económicamente al alzamiento. En el norte, varios militares se encargaron de pedir ayuda económica en los meses de abril y mayo a distintas sociedades. Fruto de esta solicitud, por ejemplo, el Consejo de la Unión Cerrajera de Mondragón decidió contribuir con 25 000 pesetas, «disfrazándolo como constitución de un fondo patronal», lo que un año después significó la condena de sus dirigentes por parte del Tribunal Popular de Bilbao[46].
No fueron las únicas fuerzas políticas comprometidas. En Valencia destacó el compromiso de Derecha Regional Valenciana. Más extraño resulta, en algunos lugares, como en Ciudad Real, la implicación de algunos dirigentes de Unión Republicana, formación integrada en el Frente Popular. Las personas, en algunos casos, estaban por encima de las organizaciones políticas a las que representaban.
El plan de Mola se basaba en tres premisas básicas: el peso de la organización lo llevaba la UME, la conspiración debía mantener el máximo secreto posible y el establecimiento de varios modelos de conspiración y alzamiento que garantizasen el triunfo. Mola confió la organización básicamente en la UME, por existir una «unión espiritual entre todos los oficiales, producto de la unidad de sentimiento», según el testimonio del comandante Bartolomé Barba[47]. También se contó con las asociaciones filiales de retirados y algunas organizaciones civiles de derechas. Según Barba, el plan intentaba ser lo más secreto posible, por conocer «la psicología humana, las pequeñas pasiones y los egoísmos terrenos». La consigna era no decir nada a los dudosos.
En todas las cabeceras de división se organizaron unas juntas más o menos numerosas, que a su vez se relacionaban con todas las guarniciones que estaban en su territorio. La Junta Militar estaba integrada por representantes de cada arma, cuerpo y demarcación. En cada provincia se organizó otra junta, con representantes de las distintas guarniciones. Esta controló los apoyos mediante una amplia red de agentes y enlaces para cubrir todas las guarniciones, unidades militares, fuerzas de orden público y fuerzas civiles y políticas comprometidas. Todo estaba estudiado al detalle.
En Cataluña, por ejemplo, el alma de la conspiración era el capitán del Regimiento de Artillería de Montaña Luis López Varela, quien dirigía la UME regional. El 18 de mayo quedó constituida la Junta Militar de Defensa Nacional en una reunión a la que asistieron unos setenta militares, representantes de todos los regimientos de Infantería, Caballería, Artillería e Ingenieros, así como del Estado Mayor, Aviación, Intendencia, Carabineros, Parque de Artillería, Dependencias Militares, Guardia Nacional Republicana y fuerzas de Seguridad y Asalto[48].
| Cargo | Nombre | Empleo |
|---|---|---|
| Presidente | Francisco Isarre | Teniente coronel de Intendencia |
| Secretario | Martínez Lange | Capitán Jurídico |
| Miembro | Emilio Pujol | Coronel de Intendencia |
| Miembro | Francisco Mut | Comandante de Estado Mayor |
| Miembro | Agustín Recas | Comandante de la Guardia Civil |
| Miembro | Luis López Varela | Capitán de Artillería |
| Miembro | Luis Oller | Comandante de Infantería |
| Miembro | José García Valenzuela | Capitán de Caballería |
| Enlace con guarniciones | Rafael Sanz | Coronel de Infantería |
| Enlace con guarniciones | Antonio Alcubilla | Teniente coronel de Infantería |
| Enlace con guarniciones | Julio Castro | Coronel |
| Enlace con guarniciones | Sanz Álvarez | Teniente coronel |
| Enlace con guarniciones | José Lubelza | Capitán |
| Enlace con guarniciones | Antonio Patiño | Capitán |
Fuente: Bernardo Félix Maíz, Alzamiento en España. De un diario de la conspiración, Pamplona, 1952, p. 112.
En Zaragoza, el general jefe de Artillería recuerda la importancia de los enlaces, uno en cada cuartel:
«Las primeras reuniones tuvieron lugar en la Sala de Esgrima del cuartel del Carmen y después en el cuartel del Cid, en el domicilio particular del teniente coronel Anselmo Loscertales y otras veces en el cuartel de Castillejos. Su importancia y tesón fue tremendo, no parando de reunirse con unos y otros; y no sólo eso: desde ese momento se fomentaron los encuentros entre los oficiales de la guarnición, organizando partidos de fútbol, tenis, cacerías y comidas»[49].
Los enlaces iban extendiendo los compromisos en cada guarnición o formación política. En muchos casos se exigía un compromiso de adhesión por escrito, donde, por la palabra de honor, el firmante se comprometía a coadyuvar al alzamiento militar. En el caso de Cataluña, por ejemplo, varias de estas hojas fueron encontradas en el registro de la vivienda del capitán Pedro Valdés, días antes de la sublevación. Además, las fuerzas de orden público de la Generalitat conocían los nombres de buena parte de los firmantes de la Guardia Civil[50].
En el Departamento Marítimo de Cartagena dirigió la conspiración el capitán de fragata Marcelino Galán Arrabal, comandante del destructor Almirante Ferrándiz, asistido por el capitán de corbeta Francisco Pemartí San Juan, quienes recabaron de todos los oficiales —a excepción de dos o tres que se consideraban de ideología contraria— la firma de un documento en el que se comprometían a sublevarse contra el gobierno[51].
CONCLUSIÓN
La conspiración contra la República, en su fase definitiva, muestra hasta qué punto el golpe de julio de 1936 fue el desenlace de un proceso prolongado de organización política, militar y social. Bajo la dirección de Mola, la conjura adquirió coherencia estratégica, disciplina organizativa y una extensa red de enlaces que cubría prácticamente todo el territorio español. A esta estructura militar se sumaron apoyos políticos de diverso signo, recursos económicos procedentes de partidos y organizaciones patronales, y la colaboración de fuerzas civiles armadas como falangistas y carlistas.
Lejos de tratarse de una reacción improvisada, la conspiración se consolidó mediante un trabajo sistemático de captación, coordinación y control de lealtades, que penetró en cuarteles, guarniciones, mandos intermedios y unidades completas. La minuciosa preparación, el secreto impuesto y la planificación de distintos escenarios de alzamiento explican en gran medida la rápida extensión del golpe en amplias zonas del país. Esta fase final de la conspiración evidencia que la quiebra del régimen republicano fue el resultado de una estrategia consciente de derribo del sistema político vigente, gestada durante meses en la sombra y ejecutada finalmente por una alianza de intereses militares y civiles.
