Fragmento del discurso de Blas Piñar pronunciado el 4 de julio de 1976 en Colmenar Viejo en el cine San Lorenzo. Piñar ese día habló vistiendo la camisa azul defendiendo, como habían mantenido, la necesidad de la unidad entre la Falange y el Tradicionalismo de cara al proceso político abierto. En el mismo abordó un tema recurrente entre sectores de ambos movimientos, el de la unificación de 1937. Piñar acababa de presentar en el Ministerio de la Gobernación la Declaración Programática de la Asociación Política Fuerza Nueva para la constitución de la misma. En esta se afirmaba la fidelidad a los ideales del 18 de Julio, la continuidad perfectiva a partir de los principios del Movimiento. En la misma había referencias claramente joseantonianas (el hombre portador de valores eternos, la unidad de la Patria «concebida como unida de historia, de convivencia y de destino en lo universal»…). Con la legalización de los partidos políticos será preciso rehacer esta primera declaración programática.
Nos reunimos en Colmenar Viejo –camaradas y amigos– en un acto de afirmación nacional, junto a la capital de España, en unos momentos decisivos.
Próximo el XL Aniversario del Movimiento Nacional, que probablemente transcurrirá sin pena ni gloria, olvidado y forzándose su olvido, por los que vivieron y prosperaron bajo el Régimen y ahora lo repudian.
Reciente la disolución práctica del Movimiento Nacional, con admisión de los partidos políticos, condenados por la Tradición, por la Falange y por Franco.
En marcha la Reforma urgente, sin pies ni cabeza, alocada, que pretende barrer de un plumazo la obra de un Sistema que dio a España el periodo más largo de paz y de prosperidad que ha registrado la historia.
Con una crisis en el desarrollo económico, que ha obligado al Gobierno a endeudarse en el exterior y a solicitar la entrega adelantada de impuestos no liquidados.
A las 72 horas de una crisis total de gobierno, consecuencia lógica de una línea política signada de arriba abajo por la contradicción permanente.
Y no será porque nosotros, con el máximo respeto, pero también con gallardía, advertimos lo que iba a ocurrir, en un artículo famoso, que produjo fuerte conmoción y que no tuvo para mí consecuencias agradables, titulado: «Señor presidente».
Retirados los Principios a la penumbra del desván, sin función ni quehacer el Movimiento, sustituido el Estado por un Estado distinto; en marcha el lavado de cerebro para llevarnos a la convicción de que Franco y su Régimen fueron negativos y su obra un auténtico desastre; clara la intención de declarar inútil el sacrificio de una guerra dura y difícil y la entrega abnegada de una generación; pasivos e inertes, en apariencia al menos, los que por razón de oficio deberían velar por el mantenimiento de la Constitución, contra los enemigos de dentro y de fuera; confusas, dispersas, divididas y en algunos casos hasta antagónicas y con cabezas de puente en las filas adversarias las fuerzas políticas que dieron nacimiento al Sistema; decididos estamentos importantes e influyentes de la Iglesia católica a apoyar con descaro a los que siempre fueron sus declarados y mortales enemigos, ¿qué hacer?
Yo me explico en estado de amargura, de insatisfacción, de náusea y hasta de ira, de tantos españoles de buena voluntad: de los que combatieron en la Cruzada; de los que fueron a luchar en Rusia contra el comunismo; de los afiliados a la Vieja Guardia y a la Guardia de Franco; de los que bebieron con limpio corazón la doctrina en los campamentos del inolvidable Frente de Juventudes; de los familiares de los caídos, héroes y mártires. (Ovación de gala)
Ante esta situación de ánimo hay que optar por uno de los siguientes caminos:
• aturdirse en el trabajo o en la frivolidad
• caer en la desidia o en la desesperación
• reaccionar con fortaleza y con coraje
Nosotros elegimos, hace diez años, cuando otros dormitaban, asentían o contemporizaban, la última vía.
Pero no basta con elegir. Hay que reflexionar y actuar luego con entusiasmo, con lógica y con eficacia.
Hace diez años salimos a la calle; apenas advertimos las termitas que comenzaban a roer el Régimen. A su cabeza venía, como era de suponer, camuflado y vestido de oropeles, el liberalismo.
Los derivados de la libertad
La palabra libertad, tan noble y tan expresiva, es pródiga en derivados, negativos y positivos. De libertad deriva liberación, pero también el neologismo, que se puso de moda por entonces, liberalización.
[…] Liberar implica una actitud de asepsia, de neutralismo indiferente de asomada al mirador para presenciar el espectáculo, sin que importe el argumento o el desenlace. En este sentido, el proceso liberalizador se ha desenvuelto en tres fases cronológicamente sucesivas: la liberalización informativa, la liberalización económica y la liberalización política.
Está claro que había muchas cosas que corregir y medidas de urgencia que retocar, pero el camino liberalizador no era el correcto, sino el incorrecto, para conseguir la evolución concorde y homogénea del Régimen.
La liberalización informativa supuso la licitud progresiva de todas las ideas y de todos los criterios morales, amorales e inmorales, aunque de este modo se aniquilase el alma de la nación y se prostituyese a los ciudadanos. (Gran aplauso general)
La liberalización económica supuso la aceptación plena del capitalismo y la sustitución, ya a punto de concluirse, del Sindicato único y vertical por el Sindicato horizontal y clasista.
La liberalización política supuso y supone ya, en la hora presente, el regreso a los partidos políticos, y con ellos a una España dividida y enfrentada, propensa a la aniquilación en cada contienda electoral y en los preparativos de las mismas.
En este último orden de cosas, el asociacionismo fue el punto de partida del ensayo, pero habilísimo, ya que consiguió, para el momento difícil en que nos hallamos, la división de los hombres del Movimiento, agrupados en organizaciones distintas. El divide y vencerás no lo echaron en saco roto los que proyectaron y pusieron en práctica la maniobra.
Las ventajas del asociacionismo
Sin embargo, el asociacionismo, como casi todas las cosas en esta vida, ha tenido algunas ventajas:
• demostrar que el pueblo no lo quiere,
• saber quién es quién al llevar la hora de las posturas decisivas para el futuro de España, pues no basta vestir una camisa azul o lucir una boina roja. Todo ello es algo exterior, vestidura, indumento, que valen en tanto detectan al exterior actitudes y formas auténticas de ser. Lo que importa e importará siempre a la hora de la verdad no es el aparato visible, sino las conductas (gran ovación).
• situar las incrustaciones interesadas y advenedizas, motivadas por razones muy diversas, en su lugar verdadero de origen y con su marca incontestable de procedencia.
Pero no sería ni lógico ni consecuente hacer lo que criticamos de nuestros enemigos: la vuelta al pasado, la reorganización de las fuerzas políticas de origen.
A mí me parece muy bien la unidad falangista; como felicitaré de la unidad de los tradicionalistas. Pero, ¿no hemos aprendido nada en los últimos cuarenta años? ¿no tenemos una obra ingente que conservar, depurar y completar?
Por otra parte, ¿dónde divergen o se contradicen en la doctrina dos movimientos políticos que nacen del alma de la nación, que pretenden servir a España?
Y, además, ¿no nos dice nada la sangre vertida en común en las trincheras y en la zona marxista?, ¿tenemos derechos nosotros a separar lo que Dios y la muerte unieron de un modo ejemplar y en cierta manera sagrado?
Yo sé que la tentación marxista es muy fuerte, yo diría que diabólica. Ha penetrado en la Iglesia. Ha penetrado en el carlismo, ¿cómo no había de insinuarse en los oídos falangistas?
Hoy se esboza una interpretación marxista de José Antonio (como hay también a escala superior una interpretación marxista del Evangelio). Nada más absurdo, sin embargo. No solo por la concepción espiritual de la Falange, sino por la propia vida del fundador, traspasada de ascetismo religioso, como prueba de su testamento, solo equiparable al de Franco: su concepción del hombre portador de valores eternos y su amor de perfección por España, por una España que no le gustaba, le alejan de toda interpretación materialista.
José Antonio no fue de izquierdas, como tampoco lo fue de derechas, porque la derecha es un producto liberal y defensivo, conservador y encorsetado; y José Antonio salió del ámbito liberal para una contemplación de España a la luz de su propio ser y de su propia historia.
Por eso, cuando José Antonio habla de Revolución, lo hace con toda radicalidad, pero con un pleno sentido, cristiano y tradicional.
La Revolución de José Antonio no es un salto en el vacío, ni una suma de alborotos callejeros (que eso son motines y revueltas, nunca revoluciones), ni una copia o remedo de lo que sucedía por aquel entonces en algunos países de Europa.
La Revolución nacional, así lo dijo José Antonio, tiene sus raíces, para ser española, en la Tradición.
Entonces, ¿dónde se hallan las diferencias fundamentales?
Para la Falange y para la Tradición, España ha de ser un Estado unitario, en el que se recoge y respeta la rica multiplicidad de sus regiones.
Para la Falange y para la Tradición, la sociedad, en lo económico, superando el sistema capitalista y el liberalismo, y tomando inspiración en los gremios antiguos, en los que la lucha de clase ni siquiera se podía imaginar, debe organizarse en Sindicatos verticales.
Para la Falange y la Tradición, el pueblo participa en la tarea legislativa, a través de sus cauces orgánicos y de las estructuras sociales básicas, nunca a través del sistema artificioso y sobrepuesto de los partidos políticos.
Para Falange y para la Tradición, el catolicismo es elemento decisivo en la formación de la nacionalidad española, y arco fundamental, cuya conservación es sagrada, de nuestra historia.
Si la Falange, contra la disidencia de algunos puritanos, captó, de manera quizá confusa en aquel entonces, la trayectoria de la Iglesia en su aspecto temporal, esa trayectoria nos obliga, manteniendo la confesionalidad católica del Estado, a pedir la separación de ambas potestades. (Gran aplauso general)
Para la Falange y para la Tradición no hay tampoco diferencia fundamental en cuanto a la Monarquía. Está clara y perfectamente dibujada la Monarquía que defendieron los requetés en tres guerras civiles, enfrentándose contra los europeizados de la época.
Por su parte, José Antonio no se opuso a la Monarquía como tal. Se opuso, eso sí, con vigor y argumentos, al liberalismo bajo cobertura monárquica. El federalismo dejó vacía a la institución, caída, por ello mismo, sin pena y sin gloria, y por la que no valía la pena luchar.
Pero José Antonio, que fue leal, como un caballero, al Monarca, acompañó a doña Victoria cuando marchaba al exilio, dando una lección a los Judas de entonces (aplausos), que también abundaron.
José Antonio, además, hizo la defensa apasionada de la «unidad de mando y de poder» de la gloriosa y auténtica Monarquía española, creadora y guardiana del Imperio, y cuando tuvo que elegir un emblema distintivo para su movimiento, no creó uno imaginariamente, ni buscó entre los que podía ofrecerle el momento republicano que vivía, sino que apeló a la vieja Monarquía nacional y asumió para sus jóvenes escuadristas el yugo y las flechas de los católicos reyes Isabel y Fernando. (Ovación estruendosa)
Para mí, por eso, la única interpretación auténtica y genuina de la Falange y de su fundador consiste en contemplarlo como una creación del genio de España, como un fruto de su Tradición vitalizante y renovadora. En la Falange la Tradición permanece, vibra, se actualiza y agiganta; se pone al día, cubriendo metas y horizontes que la necesidad de los tiempos, sin desvío, necesitaba.
Alegar para introducir la disidencia, desde un campo, que el tradicionalismo coincide con la reacción, es una falsedad insultante, porque, como el mismo Carlos Marx reconoció, el tradicionalismo era, y lo sigue siendo, un movimiento popular, de gentes sencillas y de alpargata, que defendían y defienden con valor insuperable y con tenacidad inaudita un bagaje de ideas auténticamente populares y democráticas.
Insinuar, desde otro campo, con idéntico propósito de división, que la Falange es totalitaria, supone una insidia y un apoyo a quienes la han combatido con saña, por lo que su aparición supuso en la vida española. ¿Cómo puede ser totalitario un movimiento que parte de unos postulados espirituales, poéticos, y que pretende no sofocar la vida de la sociedad, sino espolearla desde el Estado para que alcance su plenitud?
Ahora bien, y perdonadme el inciso, una cosa es que la Falange no sea totalitaria y otra que para probarlo se grite: «¡Falange, sí; fascismo, no!»; porque con independencia de que pueda o no identificarse fascio y totalitarismo, la verdad es que José Antonio y la Falange tuvieron un inmenso respeto por el fascismo y por Benito Mussolini, y porque resulta ingrato utilizar una frase tan despectiva, cuando tantos camaradas italianos cayeron en España y por España, para que España pudiera continuar existiendo. (Se registra una de las ovaciones más importantes)
Nosotros hemos defendido siempre la unidad del Movimiento y la diversidad ineludible dentro del mismo. Pero también hemos insistido con tenacidad machacona en que una cosa es la diversidad y otra la dispersión a que actualmente asistimos.
La unidad, para mí, no es una coalición pasajera con fines electorales. La unidad exige un patrimonio de ideas básicas y comunes.
Ahora bien, si la Tradición y la Falange los han tenido y los tienen, si Víctor Pradera pudo decir «¿Bandera que se alza?» en Acción Española al conocer el discurso de José Antonio en el teatro de la Comedia, ¿qué puede impedir la unidad?
Yo sé que circulan y quedan en el aire temas delicados que aclarar. Con este fin me permito traer a colación la frase de un diario liberal madrileño que hablaba de la expropiación falangista del Movimiento Nacional. La cosa tiene realmente gracia, porque con razón se decía en una reunión nacionalsindicalista que los ministros estrictamente de la Falange no habían pasado de siete.
Pues si esto es verdad con relación a la Falange, yo preguntaría cuántos han sido los ministros del Régimen procedentes o vinculados al carlismo, y además qué fue de la magnífica prensa carlista que en el año 1936 mantenía los valores tradicionales y gozaba de inmenso prestigio en algunas regiones. (Gran aplauso)
No, no ha habido ni expropiación falangista, ni mucho menos expropiación carlista del Movimiento Nacional. Lo que ha habido, realmente, ha sido una confiscación liberal del Estado.
Quizá esto es lo que preveían los que hicieron reparos al famoso decreto de unificación de 19 de abril de 1937.
Es fácil juzgar a distancia, lejos de la presión de una época que felizmente se superó. En esta línea de pensamiento, de una parte, hay que entender que sin la unificación los españoles de la zona nacional, temporalmente iguales que los de la zona enemiga, hubiesen podido caer en análogas discusiones que hubieran convertido en un caos la España franquista y hubieran hecho más larga la guerra y más difícil o imposible la Victoria.
Si entonces lo importante, lo fundamental, eran España y la Victoria, la unificación fue necesaria, y, además, pese a todo fue, de inmediato, un éxito político.
Fal Conde y Hedilla
Hedilla y Fal Conde no formularon observaciones a la unificación porque entendieron que los movimientos políticos que representaban eran antagónicos o porque subordinaron a su interés personal o de grupo el servicio supremo de España. Suponerlo así equivaldría a ofender su caballerosidad, su hombría de bien y su patriotismo.
Fal Conde y Hedilla, que soportaron con resignación, silencio, heroísmo y un alto espíritu cristiano las duras sanciones que se les impusieron, temían, y no sin razón, que al amparo del cuerpo unificante padeciese la unidad de la doctrina común, merced a las incrustaciones liberales y a los advenedizos sin ideología, pero dispuestos a medrar a costa del sacrificio de los mejores.
Pero ahora, todos los supuestos de entonces han desaparecido, y la depuración automática, al resquebrajarse el Sistema y despegarse de los puestos y de los principios básicos los liberales de la incrustación, los advenedizos sin escrúpulos y los evolucionados a partir de su biografía falangista o tradicionalista, obligan a una nueva consideración y planteamiento del tema de la unidad.
Ahora, quedamos solamente los que permanecemos en absoluta línea de lealtad a nuestras convicciones de origen, y los que han llegado después y con gallardía las profesan en medio de la deserción generalizada.
Si la Falange era un movimiento, pero no el Movimiento, algo semejante podemos decir de la Comunión tradicionalista. Pero la no identificación con el Movimiento como organización, que últimamente no era más que burocracia y nómina, no quiere decir que, de no haberse producido la necesidad dolorosa de la guerra, la Falange y el Tradicionalismo no hubieran llegado a identificarse y fundirse.
Al nacionalsindicalismo, que vemos configurado en 1936, se llegó moldeando en un Movimiento creciente unidades que nacieron en horas distintas: las Juntas de Actuación Hispánica de Onésimo Redondo, el Caudillo de Castilla; las JONS, de Ramiro Ledesma; la Falange, de José Antonio.
¿Quién puede negar que en esa línea de inteligencia la Falange, que quería anclar en la Tradición española su Revolución nacional, no hubiera llegado, por amor a España, a un entendimiento y a una identificación con el carlismo?
No retroceder
¿Y acaso no es el momento actual, por un lado, más peligroso que entonces, y, por otro, más clarificador de las posturas individuales y de grupo?
Por eso, insisto una vez más, entiendo que nos está prohibido retroceder. El retroceso sería peor que eso que se llama con insensatez inmovilismo. Para nosotros, el punto de partida, con las decantaciones y correctivos necesarios, está en el 18 de Julio, que en conciencia no podemos negar. De esa fecha somos herederos y tributarios.
Nosotros aceptamos, desde luego, su herencia, aunque, como ya tuvimos ocasión de exponer en los últimos diez años de actuación, deseamos purificarla de los errores cometidos, de las inserciones ideológicas extrañas, pero partiendo de su vitalidad anterior inagotable.
Insistir ahora, para la puesta en marcha de la unidad, en la diferencia que sin duda ha existido entre Movimiento-organización y Movimiento-comunión, a que antes nos referíamos, es indispensable.
Si el primero estaba fenecido y se mantenía, por diversas razones que ya no es el caso de explicar, en una especie de «unidad de vigilancia intensiva», para conservar las apariencias y respetar con hipocresía el pensamiento de Franco, lo cierto es que aniquilada virtualmente la organización por su clase directora nacional —¡ya veréis lo que duran el yugo y las flechas en el edificio de la calle de Alcalá!—, queda, sin embargo, la comunión y el deseo de unidad en amplios sectores, compenetrados con la doctrina y celosos de continuar, perfeccionándola, la obra que con tal doctrina como impulso promotor fue lograda con tenacidad y ahínco.
Fieles a tres cosas
[…] Entre la desilusión y la ira santa, nosotros tratamos de evitar aquella y de canalizar de un modo organizado y constructivo la segunda.
A tal fin no renunciamos, ni siquiera mitigamos, nuestra fidelidad al 18 de Julio, a la doctrina coincidente de la Tradición y de la Falange y a la obra de Franco. (Aplauso ensordecedor)
