Discurso pronunciado por Blas Piñar en Mota del Cuervo el 31 de mayo de 1981 dentro de un recorrido por los pueblos que visitó José Antonio en mayo de 1935. Tras la guerra fue usual la realización de actos conmemorativos a partir de 1941. En el XXXII el orador principal fue Miguel Primo de Rivera, sobrino de José Antonio. En esta ocasión, aunque no lo cite, parte de un planteamiento temprano del fundador de la Falange en el que indicaba que la «aspiración a una vida democrática será siempre el objetivo de la ciencia política». Piñar apunta su definición de la democracia desde su antiliberalismo.
En nuestro recorrido por tierras conquenses no podía faltar Mota del Cuervo. Vinculada a José Antonio desde aquel lejano en el tiempo, pero presente por su lozanía, 30 de mayo de 1935, hemos querido llegar hasta aquí:
Para recordar la doctrina que enseñó y el ejemplo que nos brindó.
Para renovar lealtades que otros quebrantaron, fidelidades que otros rompieron, juramentos que otros pisotearon. Y para compensar, con nuestra presencia multitudinaria y nuestro entusiasmo fervoroso, el desmán cometido aún no hace mucho por los que, mezclando la cobardía con el odio, trataron de arrancar la imagen en piedra del que al cabo de los años les fustiga con su palabra arrebatadora y el sacrificio de su vida joven, levantados y ofrecidos como una bandera de ilusión y de esperanza.
Ya quisieran los adversarios contraponer a nuestros héroes, héroes similares. Pero es imposible. El heroísmo es una palabra que solo surge en un clima de amor y de ideal. Por eso, cuando al amor sustituye el odio, cuando al ideal sustituye la envidia, no pueden surgir los héroes; surgen forzosamente los rencorosos, los verdugos y los criminales.
Aún está reciente la historia de la Cruzada, con los cien años de honradez, transparentados en el martirologio sin número, en las cruces que aún se levantan en los caminos, en los barcos de la muerte, en los rompeolas de la sangre, en las minas sepulcros, en los genocidios de los Paracuellos del Jarama.
¡Ay de quien lo olvide! Dispóngase a otra victimación airada.
¡Ay de quien, olvidando las lecciones de la Historia, que no son más que lecciones de la Providencia, impartidas para su aprendizaje, abandone la vigilancia, la postura valiente, el vigor de una filosofía, y acepte las posturas blandas, consensuantes, que conducen a la entrega sin armisticio, a la derrota sin condición, a la esclavitud sin capitulaciones!
El fruto del olvido, las consecuencias amargas del consenso, del cambio de la política nacional por el liberalismo, de la puerta franca a las concepciones marxistas, son tan evidentes que ahí están los resultados, a la vista de todos. Ayer los enumerábamos en Motilla del Palancar: bancarrota y paro en la economía, ruptura de la unidad de la Patria; terrorismo inacabable; desprestigio internacional.
No insistiré en los males, que son, por evidentes, más que conocidos. Prefiero auparme al terreno de los principios y ofrecer las soluciones, porque a mi modo de ver, el pueblo, nuestro pueblo, está harto de las palabras y de promesas que el viento se encarga de disipar, y ansioso de hechos, de realidades concretas, que le permitan caminar hacia el futuro.
Con tal objeto, necesitamos destruir los tabúes, el encandilamiento verdaderamente alienante de las palabras taumatúrgicas. Y una de esas palabras, que lo cubren todo, que lo justifican todo, que demandan con tiranía desde su altar todas las vejaciones y todos los delitos, es la democracia.
El día 27 de febrero hubo unas manifestaciones, escasamente concurridas, para defender, entre otras cosas, la Democracia, y defendiéndola para que a su amparo no sólo continúen, sino que aumenten los males de la nación: el paro, las autonomías políticas, el terrorismo y la mendicidad por las cancillerías extranjeras.
Siendo esto así no caben más que dos posturas: o la Democracia es eso, y entonces la repudiamos, o la Democracia no es eso, y quienes la utilizan no hacen otra cosa que cubrir con el vocablo su propia mercancía averiada.
Lo que nos lleva a romper el tabú y formular la pregunta que el adversario no contesta: ¿Qué es la democracia y en qué consiste lo que vosotros identificáis con ella?
Y el asunto nos importa, porque se ha convertido en lugar común que nosotros merecemos una descalificación general porque somos, según se dice y repite, enemigos de la Democracia.
Descartada la Democracia popular, que enmascara el totalitarismo marxista, la democracia, en síntesis, puede ser: o una democracia social, que se ocupa con celo de las clases más oprimidas para elevar sus niveles vitales, o una democracia política, que no es otra cosa que un modo de organizar la participación de los ciudadanos en las tareas de la vida pública.
Ahora bien; esta participación puede arrancar de justificaciones distintas y discurrir por cauces diferentes.
Si la justificación se halla en la aritmética de la mitad más uno, del sufragio universal, de la ley como decisión de voluntad, de la soberanía de las masas, de la independencia absoluta del poder político, y el cauce para esa participación se halla en los partidos, como fabricantes de opinión y acumuladores de votos, estamos en presencia de una democracia numérica y liberal.
Si la justificación se halla en el bien común, en la ley como categoría de razón, en la autonomía del poder político, pero subordinado al derecho natural y a unos valores fundamentales que no crea el ordenamiento positivo, porque son anteriores a él y constituyen su presupuesto, y la razón que justifica su existencia, y el cauce para esa participación se halla en la sociedad misma, tal y como ella es, y por tanto, en las instituciones que la integran y vivifican, estamos en presencia de una democracia orgánica y nacional.
El tema, por tanto, no tiene solución si, de manera apriorística, a quienes apoyamos esta forma de entender la democracia se nos califica de antidemócratas, sino en saber dónde está la verdadera democracia.
Y para ello bastan dos cosas: acudir a la reflexión intelectual y hacer un inventario de las obras, es decir, a un examen de la política de resultados.
I. Reflexión intelectual
a. La autoridad, ¿de quién viene?
b. La mayoría no determina la verdad ni el bien (Cristo y Barrabás) y constituye una tiranía. No es lo mismo reconocer que existen el sol, la luna y las estrellas, que darles nacimiento.
c. La sociedad no está constituida por partidos, sino por células (familias) e instituciones (comunidades políticas y agrupaciones profesionales y de todo género).
d. Los conceptos de masa (multitud), pueblo (sociedad), nación (convivencia histórica), patria (destino).
e. Libertad responsable.
II. Política de resultados
Monarquía – República – Monarquía liberal.
El paréntesis de la dictadura de Primo de Rivera.
El régimen del 18 de julio.
III. Soluciones
a. Concepto del hombre y de la autoridad. El Estado para el individuo en lo que concierne a los valores, y el individuo para el Estado en lo que afecta a las funciones. El Estado confesionalmente religioso (porque no es un club deportivo).
b. La Ley como categoría de razón.
c. La sociedad, orgánicamente constituida.
d. La Nación, como triple unidad de Historia, de convivencia y de destino.
e. El pueblo, convocado para la información, la consulta y para la decisión.
Frente a la democracia del número, nosotros nos inclinamos por la democracia de la razón, que en parte coincide con el «Ideario para la Constitución de la III República», de Madariaga, ya que no hay sociedad sin orden, sin jerarquía, sin continuidad y sin disciplina.
Por ello, el Estado ha de ser autoritario, tiene la obligación de asegurar esas condiciones.
¡No importa que nos llamen fascistas porque hablemos así! Si por fascistas se entienden aquellos hombres que tienen una fe y unas creencias, en sí mismos y en su Patria, efectivamente lo somos.
¡No importa que nos llamen asesinos porque lo cierto es que no hacemos otra cosa que predicar el amor a España!
Estas frases no son mías; son de José Antonio. ¿Y no convendría recordarlas, en apoyo de nuestra moral, cuando los insultos se repiten?
Camaradas y amigos:
¡Viva Cristo Rey!
¡Arriba España!
¡Adelante España!
