Artículo publicado en la revista Fuerza Nueva (13-11-1983)
Y para morir aquéllos que subliman una causa. Un 20 de noviembre vio morir a Antonio Rivera, el Ángel del Alcázar. Ese mismo 20 de noviembre, el de 1936, vio morir a José Antonio, el fundador. Y otro 20 de noviembre, el de 1975, vio morir a Francisco Franco, el Caudillo. Por eso, la fecha tiene su aureola y su aguijón, su recuerdo y su mensaje; y por eso, el 20 de noviembre de cada año es preciso detenerse para escuchar el mensaje y volver a asumirlo, para renovar el recuerdo y ahincarlo más a fondo en la memoria.
Se trata de tres hombres distintos: Antonio Rivera es un apóstol seglar, con veinte primaveras de vida; José Antonio es un patriota que ha sabido electrizar a la mejor juventud de España; Franco es un militar que ha salvado a la Nación, y un político que, de la nada, creó un Estado nuevo.
Antonio Rivera, presidente de la Juventud de Acción Católica de su diócesis, moría de la gangrena que le produjo la amputación de su brazo izquierdo, malherido durante la defensa del Alcázar. José Antonio caía acribillado por las balas de un piquete asesino, en Alicante, cuando la aurora acariciaba los tejados de la ciudad. Franco entregaba su vida, consumido por la dedicación constante a su ardua tarea, en un sanatorio construido para acoger a los beneficiarios del seguro generoso que creó su acertada política social.
Tres hombres diferentes, repetimos. Diferentes por la edad y por la vocación concreta, pero animados por un mismo afán, por una sola y noble ambición: por el deseo de ofrecerse, sin ninguna reserva, a un pueblo al que amaban y a una Patria a la que querían fiel a su Historia y a su destino.
De Antonio Rivera —cuyo proceso de beatificación está en marcha— escribió uno de sus amigos, reconquistado por él para la Verdad: «entre los muros del Alcázar jugó con su vida, ganando una muerte de gloria para la gloria de España». Y se jugó su vida proclamando, con la serenidad de quienes cumplen con su deber, aquel principio fundamental de deontología castrense que reza: «tirad, pero tirad sin odio». Tirad, porque de este modo cumplís en la guerra vuestra misión de combatientes. Sin odio, porque con ese talante obedecéis a un imperativo cristiano.
El entonces coronel Moscardó, jefe de la fortaleza toledana, repetía una y otra vez: «¡valiente ese muchacho!». El Cardenal Gomá —con el que España tiene contraída una deuda de honor impagada todavía— le llama «nuestro héroe», y en el prólogo a una de sus biografías alude al «olor reconfortante de su sangre generosa [que] dio en el Alcázar en defensa de la santa causa de Dios y de la Patria, a la que había consagrado lo mejor de su existencia».
Antonio Rivera murió sabiendo que se moría, dedicando enteramente a lo divino las últimas horas de su vida joven. Si «en el camino de la virtud —decía— no avanzar es retroceder», su camino fue un avance sin retroceso, hasta escalar la cumbre de la virtud heroica que supuso aquella última exclamación jubilar de la partida: «me voy al cielo, ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!».
José Antonio, el fundador, que sentía la inmensa responsabilidad que había contraído al alzar la bandera del 29 de octubre, se vio precisado a aclarar a los suyos, para ser protagonista de esa aclaración iluminadora más tarde, que «la muerte es un acto de servicio», y que la vida sólo vale la pena vivirla consumándola en aras de una empresa noble y grande a la vez.
José Antonio quería que sus militantes ardorosos del tiempo difícil aprendieran la lección magistral del sentido de la muerte y de la vida, de tal modo que aquélla, la muerte, como subrayó al enterrar a un camarada asesinado —Ángel Montesinos Carbonell— se contemplara como un «sacramento heroico».
Con ese temple —más que estoico, cristiano— anunció José Antonio a los que el 20 de noviembre de 1936 fueron fusilados poco antes de que los fusiles marxistas disparasen sobre él: «¡Muchachos, tened ánimo! Este es un momento nada más, y vamos a una vida mejor.»
Y en esa vida mejor, en el paraíso que nos aguarda después de la cruz, pensaba como un clásico José Antonio cuando redactaba su testamento: «Condenado ayer a muerte, pido a Dios… me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que la preveo, y al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia.»
«No es alegre morir», decía, pero «morir sin protesta» y perdonando «sin ninguna excepción», es una gracia que la Providencia concede a los verdaderos arquetipos.
Franco, el Caudillo, fue el general victorioso de la Cruzada y el artífice del Estado que se construyó con la doctrina convergente de la tradición española y de la revolución nacional. Si el Movimiento que dio origen a la Cruzada y al Estado del 18 de julio fue posible, ello se debió, sin duda, a esa doctrina y a los hombres que la encarnaron, pero, sobre todo, al gesto de rebeldía que transformó los planteamientos teóricos y los esfuerzos aislados y con escasa viabilidad de éxito en la marcha militar arrolladora que Franco alentó y dirigió desde Canarias, primero, desde África, más tarde, desde la Península, después.
Del 18 de julio de 1936 al 1 de abril de 1939 se entrelazan la línea militar que condujo a la victoria y la política que edificó el Estado, un Estado social, de inspiración cristiana, al servicio de la Nación.
«Si al Ejército —diría en plena lucha Francisco Franco (19 de julio de 1937)— no le es lícito sublevarse contra un partido ni contra una Constitución, porque no le gusten, tiene el deber de levantarse en armas para defender la Patria, cuando esté en peligro de muerte.»
Y para evitar la muerte de la Patria —deshecha por los separatistas de las tierras, de las clases y de los partidos; destrozada económicamente; herida en su fe y en sus costumbres por quienes trataban de conseguir lo que García Morente calificara de «imposible histórico»— Franco levantó en armas al Ejército, y con el Ejército a quienes no querían de ningún modo y a ningún precio que España dejase de existir.
Franco definió la empresa noble que, según José Antonio, hace gozosa la vida. En su mensaje póstumo a los españoles —que deberíamos aprendernos de memoria— Franco nos habla de «la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre», es decir, de la gran empresa por la que murieron tantos españoles en la historia reciente y en la antigua, y a la que se entregó sin límite el que fuera nuestro Caudillo.
Tal empresa, por ser española, tiene una profunda vivencia religiosa. Si cada pueblo está dotado de un resorte misterioso para recuperarse de su postración, Spengler aseguraba que el nuestro no era otro que el resorte místico de la tensión religiosa.
El enfrentamiento doloroso de 1936 fue, en última instancia —aunque hoy algunos se escandalicen—, una guerra de religión, una Cruzada, con santos a millares que dieron con su vida el testimonio de su fe y de la Fe. Y Franco lo sabía mejor que nadie, y más que nadie sabía que el hombre pelea, pero Dios concede la victoria.
Por ello, su espada victoriosa no fue a un museo de la campaña, sino a formar parte del tesoro de la Catedral de Toledo, por él liberada de la profanación atea.
«Unir los nombres de Dios y España», quería Franco (¿qué te parece, lector, la propuesta?), a la vez que, a escasas horas de su muerte, deseaba «abrazarnos a todos».
Yo, al menos, a la distancia de los años transcurridos, acepto con alegría estimulante el abrazo, cuyo calor me llega, como llega al alma el calor del espíritu que no muere; y acepto también la propuesta de Dios y España; una propuesta que, terminado el tiempo y de cara a la eternidad, nos hizo —y por tanto me hizo— un hombre que, en la época de la fuga y de la apostasía, escribió con la grave solemnidad, pero con la dulce sencillez de los moribundos:
«En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia en cuyo seno voy a morir».
20 de Noviembre, buen día para morir y para meditar las tres lecciones que la fecha conmemorada nos ofrece: la del Ángel del Alcázar, lección sobrenatural de la contienda, que la convirtió en Cruzada; la de José Antonio, lección nacional de la lucha, que la configuró como una guerra liberadora; la de Francisco Franco, lección militar y política del conflicto, que hizo de la guerra un tratado de táctica y de logística, y de la victoria un punto de partida, y no la cara final de un paréntesis sucio.
Las tres lecciones interpelan sobre la conducta de aquéllos que las escuchamos con respeto o con devoción. ¿Fue aquello, de verdad, un punto de partida? ¿Fue un esfuerzo desgarrado o inútil, que conviene olvidar?
Quienes hacemos esta revista contestamos negativamente a la segunda pregunta y de modo afirmativo a la primera. Seguiremos sembrando. No haremos traición. No desertaremos. No permaneceremos indiferentes, perezosos e inactivos viendo cómo el adversario —inimicus homo— siembra con tenacidad la cizaña.
Sabemos que hoy la siembra es penosa, pero tenemos la esperanza de que cosecharemos al fin con alegría.
