El 15 de febrero de 2024 se derogó, por impulso del partido político VOX, la sectaria Ley de Memoria Democrática de Aragón que desde 2018 imponía via legis un relato único de la historia y obligaba a retirar todos aquellos símbolos que tuvieran relación alguna con la época franquista o con los vencedores de la Guerra Civil en la región aragonesa. Así las cosas, la ejecución de esta ley acabó por retirar de las vías públicas la mayor parte de las esculturas, monumentos y placas que quedaban de la citada época (1936 – 1975) completando así el expolio cultural que ya inició el gobierno de Zapatero con la pretérita ley nacional de Memoria Histórica, luego llamada de Memoria Democrática.
Más allá de la contradictio in terminis que supone el oxímoron de mezclar memoria -siempre subjetiva- e historia -siempre objetiva-, y democracia, lo verdaderamente preocupante del asunto es la soviética obsesión de la izquierda española en querer borrar todo vestigio físico de épocas pretéritas y su norcoreana intención de construir un relato oficial en que partidos de historia criminal como el Partido Socialista Obrero Español sean considerados únicamente víctimas del conflicto. Para la izquierda española, absolutamente desnortada en la actualidad en cuanto a sus fines y objetivos fundacionales, que ya ha olvidado eso de la justicia social y la redistribución de la riqueza previa ingesta masiva de marisco y tras probar de primera mano las prebendas que otorga el uso y el abuso sistémico del poder, solo le queda remover con el palo de la ira el avispero del pasado simplificando algo tan complejo como la Guerra Civil y convirtiendo la historia reciente de España en una papilla de digestión rápida administrada a través de unas cápsulas maniqueas al gusto del potencial votante que, a veces, sabe de la Guerra Civil o de Franco lo que algún familiar le ha contado.
Puestos a destruir y a derribar toda manifestación corpórea que no comulgue con los postulados de la izquierda progresista actual sería propicio preguntar a los próceres de estas corrientes si considerarían volar por los aires las pirámides de Egipto o los templos de Angkor porque fueron construidos con mano de obra esclava que no cotizaba en la Seguridad Social. Aunque es posible que si aplican estrictamente este criterio deberían promover, también, el derribo de cientos de obras faraónicas construidas en la China de Mao o en la Rusia de Stalin.
Al tiempo que escribo estas líneas se encuentra suspendida cautelarmente la derogación de la Ley de Memoria Democrática de Aragón por el recurso que ha presentado el gobierno socialista de Pedro Sánchez ante el Tribunal Constitucional, puesto que este ejecutivo no acepta la democrática y legal derogación en el parlamento aragonés de una ley ordinaria. Más allá del resultado que este infame circo arroje lo cierto es que las placas y monumentos que han sido retirados jamás volverán a ser repuestos.
Algunos porque han sido destruidos y otros porque les espera el negro destino de la oscuridad de un sótano de almacén. Algunas de las piezas que se han destruido eran meras cruces sin ningún tipo de placa conmemorativa aneja. La sencilla cruz de ladrillo de Villaba Baja, Teruel, constituía ya, por ejemplo, un elemento más del pueblo y contaba con el cariño de los vecinos. La obsesión de la izquierda española por arrasar las cruces nos recuerda a las peores épocas de nuestra historia y nos hace pensar que quizás sea la cruz, símbolo principal del cristianismo y del mejor humanismo occidental, el verdadero y último objetivo a abatir. En Alfambra, por ejemplo, se optó por resignificar la cruz de los caídos de la localidad y añadir una placa para que figurasen así los asesinados por ambos bandos. Por ello, jamás entenderé qué sentido tiene borrar de las iglesias el nombre de aquellas personas que fueron martirizadas y asesinadas por defender su religión. Por si fuera poco que a uno lo fusilen de manera vil por su fe se le une el escarnio de borrar su nombre de los lugares públicos como si el asesinado hubiera de ser silenciado por no haber simpatizado ideológicamente con sus asesinos que, por cierto, de todo habría.
En cualquier caso, aquí, en esta obra, quedarán por siempre impresas las fotografías de la mayor parte de aquellas manifestaciones físicas de una época que la izquierda española ha decidido eliminar en un expolio cultural sin precedentes.
Ojalá los tiempos venideros estén exentos del totalitarismo sectario izquierdista que, por desgracia, nos está tocando vivir.
