El 2 de noviembre de 1933, José Ruiz de la Hermosa falleció en la localidad manchega de Daimiel, en la provincia de Ciudad Real, tras resultar gravemente herido durante unos incidentes producidos en el transcurso de un acto político. Su muerte tuvo una importante repercusión en los ambientes de la derecha nacionalista y sería posteriormente incorporada a la memoria simbólica de Falange Española como la de su denominado «Primer Caído».
Natural de Daimiel y funcionario destinado en Canarias, José Ruiz de la Hermosa había asistido pocos días antes al acto fundacional de Falange Española celebrado el 29 de octubre de 1933 en el Teatro de la Comedia de Madrid, encabezado por José Antonio Primo de Rivera. Aunque las fuentes históricas difieren sobre su grado de vinculación política concreta —algunas lo sitúan próximo a las JONS y otras a las Juventudes de Acción Popular—, su figura quedó desde entonces asociada al naciente movimiento falangista.
Los hechos que desembocaron en su muerte ocurrieron durante la celebración de un mitin político en Daimiel, en un ambiente de elevada tensión y enfrentamiento entre simpatizantes de distintas ideologías. Un intercambio verbal derivó en agresiones físicas, resultando José Ruiz de la Hermosa herido de gravedad y falleciendo poco después a consecuencia de las lesiones sufridas. El suceso se convirtió rápidamente en uno de los ejemplos más citados de la creciente violencia política que comenzaba a manifestarse en la España de los años treinta.
La repercusión del asesinato fue especialmente significativa dentro de Falange Española y del movimiento nacional-sindicalista, que elevaron su figura a la categoría de símbolo y mártir político. Durante los años posteriores, especialmente durante la Guerra Civil y el régimen franquista, su nombre fue recordado en actos conmemorativos y publicaciones vinculadas al falangismo.
Más allá de las interpretaciones políticas posteriores, el asesinato de José Ruiz de la Hermosa constituye uno de los episodios representativos del clima de polarización y violencia que caracterizó los últimos años de la Segunda República. Su muerte refleja la intensidad de los enfrentamientos ideológicos de la época y el progresivo deterioro de la convivencia política en la España anterior a la Guerra Civil.
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