El 2 de abril de 1939, un día después de que Francisco Franco anunciara oficialmente el final de la Guerra Civil Española, fueron exhumados en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio, en Alicante, los restos mortales de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, ejecutado en esa ciudad el 20 de noviembre de 1936 tras ser condenado por un tribunal de la Segunda República.
La exhumación se llevó a cabo una vez que las tropas nacionales tomaron el control definitivo de Alicante, una de las últimas ciudades republicanas en rendirse. El acto tuvo un profundo significado político y simbólico para el nuevo régimen, que desde el inicio de la guerra había convertido a José Antonio en una de sus principales figuras de referencia, presentándolo como el «Ausente» y elevando su figura a la categoría de mártir.
Los restos fueron identificados y preparados para su posterior traslado, mientras numerosas autoridades civiles, militares y miembros de Falange participaron en las ceremonias organizadas en torno a la exhumación. Durante aquellos primeros días de abril se celebraron diversos actos religiosos y homenajes que pretendían rendir tributo al fundador del movimiento falangista en el momento en que concluía el conflicto civil.
Aunque la exhumación tuvo lugar el 2 de abril de 1939, el traslado definitivo no se realizó hasta varios meses después. El 20 de noviembre de 1939, coincidiendo con el tercer aniversario de su muerte, comenzó un largo cortejo fúnebre que recorrió España desde Alicante hasta el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. El féretro fue transportado a hombros por relevos de militantes falangistas a lo largo de centenares de kilómetros, convirtiéndose en uno de los actos propagandísticos más destacados de los primeros meses del nuevo régimen.
En El Escorial, José Antonio permaneció enterrado durante casi veinte años. Posteriormente, el 30 de marzo de 1959, sus restos fueron trasladados nuevamente para ser inhumados en la basílica del Valle de los Caídos, donde ocuparon un lugar destacado frente al altar mayor. Permanecieron allí hasta abril de 2023, cuando fueron trasladados al cementerio madrileño de San Isidro en aplicación de la legislación sobre memoria democrática.
La exhumación realizada en Alicante el 2 de abril de 1939 representó el inicio de un proceso mediante el cual el régimen franquista convirtió la figura de José Antonio Primo de Rivera en uno de los principales símbolos políticos e ideológicos del Estado. Su memoria fue objeto de numerosos homenajes oficiales, mientras su legado quedó estrechamente vinculado a la historia del franquismo y de la Falange.
Hoy, aquel episodio forma parte de la historia contemporánea de España y continúa siendo objeto de estudio por su relevancia política, simbólica e institucional durante los primeros años del régimen franquista.
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