INTRODUCCIÓN
El mes de noviembre de 1939 quedó marcado en la historia de España por uno de los episodios más solemnes y simbólicos del primer franquismo: el traslado de los restos de José Antonio Primo de Rivera desde Alicante hasta el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. A tan solo unos meses del final de la Guerra Civil, este acontecimiento se convirtió en una manifestación de duelo colectivo y de afirmación política, en la que miles de personas acompañaron, a lo largo de centenares de kilómetros, un cortejo fúnebre que atravesó pueblos y ciudades en un ambiente de recogimiento, fervor y ritualidad.
Durante diez días ininterrumpidos, España entera fue testigo de un recorrido organizado con precisión milimétrica, en el que el relevo constante de falangistas, las ceremonias religiosas, las salvas de honor y las muestras populares de respeto configuraron una escenografía única. Esta crónica recoge, paso a paso, el desarrollo de aquel traslado que, más allá de su dimensión logística, tuvo un profundo significado político, social y simbólico en la España de posguerra.
El día 10 de noviembre de 1939 se reunía en Madrid la Junta Política Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las JONS. En dicha reunión la delegada nacional de la Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera, dio cuenta del final del proyecto de organización por parte de la Sección Femenina, Instituto de Estudios Políticos para asuntos económicos y sindicales, y la propia Junta Política, secundando la decisión que ya había tomado el Caudillo de España Francisco Franco, para el traslado de los restos mortales de su hermano, fundador de Falange Española, José Antonio, desde la sepultura provisional del cementerio de Alicante a la definitiva del Monasterio de San Lorenzo del Escorial. La conducción se haría a hombros, a partir del día 20 de noviembre y concluiría el 30 del mismo mes, en jornadas, con turnos ininterrumpidos de día y de noche. Se dio luz verde a la organización del homenaje póstumo a José Antonio, dictando una serie de normas para recibir el paso de la comitiva fúnebre con los restos de José Antonio, que serían de inexcusable cumplimiento, tanto para la comitiva como para todos los pueblos por los que pasase el cortejo en su caminar hacia El Escorial
En todos los diarios nacionales y emisoras de radio se dio a conocer el programa y todos los detalles de la forma en que se verificaría el traslado. El cadáver de José Antonio sería conducido a hombros de falangistas desde el sepulcro alicantino hasta el Monasterio madrileño de San Lorenzo de El Escorial. Cada, diez kilómetros se establecerían los puestos, en los que cada jefe de Falange provincial, habría de relevar a sus camaradas de otra provincia, Por medio de monolitos de piedra, se fijaría la hora exacta de los relevos que quedarían así como testimonio permanente ante la historia. La ceremonia de los relevos consistiría en la entrega del mando del cortejo y del cuerpo de José Antonio por cada jefe provincial. Quien lo entregase pronunciaría las palabras: “José Antonio Primo de Rivera”. Y el jefe que recibiese el cuerpo de José Antonio, contestaría: “¡Presente!”. Ese rito se repetiría hasta que el jefe provincial del último término hiciese la transmisión de entrega del cadáver en El Escorial al general Muñoz Grandes, Ministro Secretario General del Movimiento. Este, a su vez, lo haría al presidente de la Junta Política, Ramón Serrano Suñer y éste, por último y con las mismas palabras, lo entregaría al Caudillo de España Francisco Franco. Durante el trayecto, sin perjuicio de los hachones que llevarían las milicias, alumbrarían por la noche el paso de la comitiva grandes hogueras a un lado y otro del camino. Las armas de las milicias que iniciasen la marcha, se transmitirían en cada relevo, de tal modo que esas armas, siempre a la funerala, y el Cristo de las Navas, que figuraría también en la comitiva, serian permanentes durante todo el trayecto. El cumplimiento de cada uno de los relevos sería señalado por una salva de cañón, que unido a toques de campana se repetiría en todos los pueblos españoles por los que pasase el cortejo.
Formarían la comitiva, además de las delegaciones provinciales de Falange, la Junta Política de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, el Consejo Nacional del Movimiento, que se reuniría en pleno, el día antes de la iniciación de la marcha en Alicante, y representaciones del Gobierno y de los Ejércitos. En la víspera del traslado, el cadáver sería llevado desde el cementerio a la iglesia de San Nicolás, donde se instalaría la capilla ardiente. En ésta daría guardia el Consejo Nacional en pleno.
Durante ese traslado, la jefe Nacional de la Sección Femenina, rezaría el Rosario, en lo que había sido cárcel, donde fue fusilado José Antonio y que era ya “Casa de José Antonio”. Asimismo se rezaría el Santo Rosario en todas las parroquias de Alicante, anunciado por un toque fúnebre de campanas y dirigido por el cura párroco
En la noche del día 19 de noviembre, dos grandes hogueras se prenderían en lo alto de los castillos de Santa Bárbara y San Fernando. En el centro del puerto de Alicante se colocaría un bloque de cemento de gran tamaño, que sería el primer monolito conmemorativo con la fecha de la iniciación del traslado y que tendría las mismas características que el que se instalaría en el Monasterio de San Lorenzo del Escorial, en el momento de la llegada del cortejo
En la mañana del día 19 de noviembre de 1939 Alicante despertó tomada por miles y miles de falangistas, que habían llegado en vehículos, trenes, autobuses y camiones procedentes de todos los lugares de la provincia y de diversos puntos de España. La ciudad se encontraba completamente cubierta de banderas de España y de Falange Española con crespones negros.
Se encontraban ya en Alicante el presidente de la Junta Política de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, Ramón Serrano Suñer y su esposa; el conde de Mayalde, José Finat; los ministros de Justicia, Esteban Bilbao, Educación Nacional, José Ibáñez Martín y Obras Públicas, Alfonso Peña Boeuf y los consejeros Nacionales del Movimiento, Pilar y Miguel Primo de Rivera, Antonio María de Oriol, Dionisio Ridruejo y Eugenio Montes.
Desde primeras horas de la tarde los tres kilómetros que separaban Alicante del cementerio de Nuestra Señora del Remedio estaban abarrotados de falangistas que cubrían la carrera por donde había de desfilar el cortejo. Miles de camisas azules lucidas por obreros, campesinos, estudiantes, ferroviarios, militares, hombres y mujeres anónimos, que querían despedir al Jefe Nacional de la Falange en su último viaje.
A las tres y media de la tarde en el cementerio alicantino tuvo lugar una nueva exhumación del cadáver de José Antonio. En el momento de exhumar los restos del fundador de la Falange, las baterías de artillería, instaladas en el castillo de Santa Bárbara, dispararon las reglamentarias salvas de ordenanza. El féretro con los restos de José Antonio, fue trasladado desde el nicho 515, donde se encontraba desde la toma de la ciudad de Alicante y el final de la guerra de liberación Nacional, al Panteón de los Caídos del cementerio alicantino, donde, en presencia su hermano Miguel, su primo Miguel, los miembros de la Junta Política, Dionisio Ridruejo, José Luna Meléndez, Sancho Dávila, el General Sagardía, el Jefe Provincial de Alicante, Luis Castelló, con sus Delegados de servicio; el Jefe Provincial de Madrid, Jaime Foxá; Gumersindo García Fernández, Javier Millán Astray, Mario Pena, Jefe de todas las milicias concentradas en Alicante; el conserje del cementerio y algunos más, fue abierto y trasladado el cuerpo, envuelto en la bandera Nacional, a una nueva caja mortuoria sobre la que se colocó la bandera roja y negra de la Falange.
Miguel Primo de Rivera, su hermana Pilar, José Mallol, Javier Millán Astray, Alfredo Fraile y el conserje del cementerio, habían sido quienes reconocieron el cadáver de José Antonio cuando el 4 de abril de 1939, finalizada la contienda se procedió a su exhalación de la fosa común donde se hallaba tras su fusilamiento y trasladado a un nicho con el número 515 del cementerio de los Remedios.
Ante un notario, el alcalde de la ciudad y un capellán, en representación estos dos últimos de la autoridad civil y eclesiástica, hicieron entrega de los restos de José Antonio al jefe provincial del Movimiento de Alicante Luis Castelló Gallud, Mientras las guardias establecidas en su honor junto al nicho presentaron armas.
De seguido se puso en marcha el cortejo, siendo llevado el féretro a hombros de miembros de la centuria alicantina “José Antonio” y de la madrileña “Ramón Laguna”. En la presidencia del mismo, el ministro de Obras Públicas Alfonso Peña Boeuf, en representación del Gobierno, los consejeros Nacionales Miguel Primo de Rivera, Sancho Dávila, Luys Santa Marina, José Finat y Escribá de Romaní, Raimundo Fernández Cuesta, José Miguel Guitarte, José Antonio Giménez Arnau, Leopoldo Panizo, José Luna Meléndez, el general Antonio Aranda y las autoridades militares y civiles de la provincia.
Abría la marcha del cortejo el clero con la cruz alzada, órdenes religiosas, sacerdotes encargados de llevar el Cristo de las Navas, el féretro, colocado en unas largas andas, cubierto de terciopelo negro, que contenía los restos de José Antonio, llevado a hombros por doce escuadristas de la centuria “Ramón Laguna”, que se relevaban cada cuatrocientos metros. Jefe Provincial y dos Jerarquías, camaradas de la provincia que habían de efectuar los relevos parciales, cerrando el cortejo milicias armadas.
A ambos lados del féretro daban guardia miembros de la centuria “José Antonio” de Alicante con su guion al frente, que llevaba bordado el lema: «La muerte espera a los que han de morir«. Tras el féretro una compañía del regimiento de Infantería número 34 de Cartagena, con escuadra de gastadores, bandera y banda de música; la primera, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta centurias de la Vieja Guardia de Madrid, y Banderas de Falange Española de las JONS de Callosa del Segura y de Elche.
A las cinco menos cuarto llegó el cortejo al cruce de la carretera general de Ocaña con el camino del cementerio. En ese punto había levantada una cruz y ante ella el clero rezó un responso. Mientras varios aviones del ejército sobrevolaron por encima de la comitiva.
En un gran arco monumental con siete escalones, colocado a la entrada de Alicante, 58 flechas de la capital presentaron armas. A ambos lados de la carretera, formaban las milicias falangistas de todos los pueblos de la provincia. Al llegar al cortejo frente a la Cárcel Modelo, ya nombrada Casa de José Antonio, se rezó un nuevo responso.
Tras su paso por la plaza de Los Luceros, atestada de público, el cortejo enfiló la Avenida de Alfonso el Sabio, donde formaban fuerzas del Regimiento quinto de Infantería de Marina, de Cartagena, con bandera y música, y el Regimiento de Infantería número 11 con sede en Alicante, así como cuatro filas de militantes falangistas portadores de hachones encendidos.
Por las calles de Méndez Núñez y San Isidro, el cortejo se encaminó a la Colegiata de San Nicolás, ante cuya fachada principal se detuvo. Miembros del Gobierno de la Nación, presididos por el ministro de la Gobernación Ramón Serrano Suñer, Consejo Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las J. O.N.S., la Junta Política y la representación del Gobierno, que se encontraban en el atrio de la Colegiata, acompañaron el féretro hasta un gran túmulo levantado delante del altar mayor donde quedaría colocado. A partir de ese instante, los restos del Fundador de la Falange serían velados por componentes de varias centurias de la Vieja Guardia. Durante toda la noche hasta casi la madrugada, miles y miles de fieles desfilaron ante el cadáver de José Antonio.
A las seis de la mañana del día 20 de noviembre, cuando se cumplían tres años del fusilamiento de José Antonio, con el templo lleno de fieles, dieron comienzo las ceremonias religiosas finales en sufragio del alma del fundador de la Falange Española.
Frente al altar mayor se alzaba el túmulo con 24 hachones encendidos y alrededor del mismo daban guardia de honor miembros de las centurias de Madrid y Alicante. El templo se encontraba adornado con grandes crespones negros. Entre el catafalco y el altar una monumental corona de laurel.
Una capa de flores cubrió todo el suelo de la parte central del crucero de la colegiata. Detrás del túmulo se colocó el presidente de la Junta Política, Ramón Serrano Suñer que presidiría el duelo, junto a los miembros de la junta política y consejeros Nacionales. Después de la Misa de réquiem y tras un solemne responso, la Junta Política se hizo cargo del féretro.
La salida de la Colegiata del féretro que contenía los restos de José Antonio fue emocionante. Más de doscientas mil personas, que llenaban por completo calles y avenidas, guardaron un silencio absoluto y conmovedor, como destacaba la prensa, solo roto por lo estampidos de los cañonazos disparados y los sollozos de muchos fieles. Toda la carrera estaba cubierta por milicias Falangistas de Alicante, Murcia y Valencia, y fuerzas del Ejército.
De seguido el cortejo, al que se incorporó la imagen del Cristo de las Navas, y del que formaría parte hasta El Escorial, inició de nuevo su marcha en dirección al puerto. Allí los buques de guerra surtos en la bahía y las baterías de la plaza dispararon salvas de ordenanza. Desde la cubierta del Minador “Júpiter” por medio de altavoces, se invocó seis veces el nombre de “José Antonio”, y el público, que llenaba la explanada, contestó con un sonoro y rotundo ¡Presente!
Varios cazas del Ejército del Aire sobrevolaron la comitiva, y dejaron caer una lluvia de flores y laureles encima del féretro. Unos 350 barcos de pesca, ocupados por pescadores de todo el litoral de la provincia de Alicante, hicieron sonar sus sirenas, mientras que las tripulaciones, formadas sobre cubierta, gritaban también “José Antonio, ¡Presente!”, como homenaje póstumo al joven César Hispano. En el centro del puerto se levantó un monolito que indicaba el lugar de la partida del cortejo en su marcha de Alicante al Monasterio del Escorial por las tierras de España.
Por el Paseo Marítimo, atestado de público, se fueron realizando con perfecta precisión los relevos de quienes tuvieron el honor de llevar sobre sus hombros los restos mortales de José Antonio. Poco a poco la comitiva, acompañada por varias Escuadrillas de Aviones, que lanzaron sobre el cortejo flores y laureles, se dirigió hacia la salida de la ciudad. Delante de la cárcel Modelo, lugar donde entregó su joven vida por España, José Antonio, el cortejo se detuvo por última vez antes de enfilar la carretera en dirección hacia Monforte del Cid. Antes de abandonar el término municipal, la Sección Femenina colocó sobre el ataúd un paño negro con el yugo y las flechas bordadas en oro por militantes de Madrid y la bandera Roja y Negra de la Falange Española. El jefe provincial de Alicante Luis Castelló entregó el féretro al jefe de la delegación de Murcia Rafael de la Cerda, quien antes de alcanzar Monforte del Cid se lo cedería al jefe Provincial de Valencia Adolfo Rincón de Arellano
En Monforte del Cid, miles de vecinos del pueblo y de otros de la comarca, abarrotaban la carretera. En la plaza principal con todas sus casas y balcones adornados con las banderas Nacional y de la Falange con crepones negros, centenares de antorchas y bengalas alumbraron el paso del cortejo en medio de un silencio sepulcral. El párroco de la localidad rezó un responso. Pilar y Miguel Primo de Rivera, junto a Dionisio Ridruejo presidieron, entre un bosque de brazos en alto, el paso del cortejo que llevaba los restos mortales de su hermano José Antonio, que siguió su ruta marcada en dirección a Elda.
De Alicante al Escorial. El entierro de José Antonio. Días 21 y 22 de noviembre.
A las dos de la madrugada del 21 de noviembre, la comitiva que trasportaba de Alicante al Monasterio de San Lorenzo del Escorial, los restos mortales de José Antonio Primo de Rivera, a hombros de la delegación de Jaén, bajo el mando de su jefe provincial Francisco José Rodríguez Acosta, llegaba a Elda, que esperaba con un gran Cruz en honor a los caídos y sus calles se encontraban llenas de vecinos y con hogueras encendidas.
Con la carretera cubierta por una alfombra de flores y mirto, y llena de hogueras, el cortejo salló de Elda. El vecindario acompaño a la comitiva hasta más allá de cuatro kilómetros de la ciudad. Tres kilómetros antes de llegar al pueblo de Sax, portó el féretro la representación de Granada con su jefe provincial José León Arcas. A las 5,45 de la madrugada, el pueblo entero recibió a la comitiva con más de cuatrocientas antorchas que iluminaban las principales calles de la población.
A las once menos cuarto de la mañana el cortejo, a hombros de la delegación de Málaga, presidida por su jefe Provincial Francisco Prieto Moreno, llegaba a Villena, cubierta con crespones negros colocados en gran cantidad en balcones y ventanas, desde las que se lanzaron flores al paso de la comitiva. Miles de personas llenaron todas las calles y se escuchó constantemente la invocación de ¡José Antonio! “¡Presente!”. Las milicias falangistas de Villena y de pueblos de la comarca cubrieron la carrera en tres filas. Se celebró un funeral y se entonó un responso.
A las tres y diez de la tarde, el cortejo, escoltado por toda la población, abandonó Villena en dirección a La Encina.
A las seis menos cuarto de la tarde, la comitiva llegaba a La Encina, donde era esperada por un inmenso gentío y por las primeras autoridades de la provincia y jerarquías de Falange Española, que habían llegado desde la capital, a fin de despedir a la comitiva al dejar la provincia de Alicante.
A las diez de la noche de ese día 21, el cortejo abandonaba la provincia de Alicante y se introducía en la de Albacete, entre hachones encendidos, rezos y numerosas hogueras, que ardían a ambos lados de la carretera, en lomas, alcores y serranías. La Jefatura Provincial de Cádiz entregaba en ese momento el féretro a la de Córdoba cuyo jefe provincial Rogelio Vignote lo recibía
A las seis menos cuarto de la mañana del día 22, el cortejo, a hombros de la representación de Sevilla, a cuyo mando iba el teniente coronel, jefe provincial de Milicias Juan del Castillo Ochoa, llegaba a Almansa. En una noche muy fría con escarcha, Almansa y lo pueblos limítrofes recibieron multitudinariamente al cortejo, que se dirigió a la iglesia de la Concepción, donde se celebró un funeral con gran solemnidad. Miembros de la Sección Femenina cantaron el salmo “De Profundís” y se rezó un responso. Durante el acto religioso dieron escolta al féretro media centuria de Yeste y la representación de Huelva.
A las siete y veinte minutos, terminado el funeral, de nuevo se ponía en marcha el cortejo, entre el sonido de las salvas de fusilería, en el momento en que el cadáver de José Antonio abandonó el templo de la Concepción.
Con media hora de retraso del horario previsto, la comitiva abandonó Almansa, con un día espléndido, siendo acompañada por las autoridades de Almansa y centenares de vecinos, más allá de tres kilómetros del pueblo, donde se realizó un relevo, haciéndose cargo de las andas la representación de Huelva, al mando del delegado provincial de auxilio social Rafael Garzón, con un ritual que se repetiría muchas veces durante el trayecto de la comitiva y que era la delegación que cedía el féretro, invocaba. ¡José Antonio!, a lo que el Jefe de la delegación que lo recibía contestaba ¡Presente!
Tras ello se firmaba un acta de entrega que decía:” En el kilómetro ___ de la carretera de Alicante a Madrid el jefe provincial de _______ hace entrega al de la provincia de__________, de un féretro de ébano que contiene los restos de José Antonio, que por carretera se trasladan desde Alicante al Escorial. La Jefatura de _____________, se hace cargo del mismo, obligándose a velar fielmente por él, durante la etapa confiada a su custodia, al término de la cual hará la correspondiente entrega a la Jefatura de ___________________, de la próxima etapa. Para que conste debidamente se extiende la presente por duplicado a las ________ horas y __________ minutos del día_______ de Noviembre de 1939. “
En el kilómetro 102 y antes de llegar a la Venta de la Vega, se realizó otro relevo esta vez con la representación de Badajoz, siendo su jefe provincial Fernando Calzadilla, quien se hizo cargo de la custodia del féretro. Al cortejo se unieron numerosas personas, entre ellas muchos falangistas procedentes de Alpera. En el cruce de la carretera se unieron a la comitiva, falangistas y paisanos de los pueblos de Bonete, Fuente Álamo e Higueruela y otros muchos vecinos de la comarca, que en caballerías y carros, acudieron a presenciar el paso de los restos de José Antonio.
A las seis y media de la tarde la comitiva, con el féretro a hombros de la delegación de Cáceres, que lo había recibido de la de Badajoz, llegaba a Bonete, donde fue recibida por las autoridades locales y comarcales, así como por gran cantidad de vecinos Entre las representaciones que acudieron figuraban más de doscientos niños y niñas, que portaban banderas Nacionales y del Movimiento.
A la entrada del pueblo se había levantado un arco con la inscripción: «José Antonio, ¡Presente!”. Frente a la iglesia y ante la Cruz de los Caídos, revestida de verde y de seis metros de altura, se rezó un responso. Acto seguido el jefe provincial de Cáceres, José Luna Meléndez hizo entrega del féretro al de Castellón de la Plana. Los restos del Fundador fueron trasladados a la iglesia del pueblo donde se rezó el Santo Rosario, emprendiéndose, una vez finalizado el oficio religioso, de nuevo la marcha, con dirección hacia Chichilla.
De Alicante al Escorial. El entierro de José Antonio. Días 23 y 24 de noviembre.
Antes de las tres de la madrugada del día 23, la comitiva que trasladaba los restos de José Antonio, de Alicante al Escorial, llegaba a Villar de Chinchilla. El vecindario, en vela, recibió los restos en respetuoso silencio. La representación de la Falange de Teruel por medio de su jefe provincial Florencio Acevedo, cedió las andas a los falangistas de la provincia de Huesca con su jefe, el hermano del inolvidable Julio, Pablo Ruiz de Alda y Miqueléiz.
En el kilómetro 142, ya entrando el día, se hizo cargo del féretro la delegación de Navarra. La representación de Navarra con su jefe Antonio Correa Veglisón, llevaba, tras el féretro, el guion de Ruíz de Alda, con las tres estrellas de capitán, el emblema de Aviación y el yugo y las flechas, bordados en rojo sobre fondo negro. Por primera vez en todo el trayecto, el féretro fue portado por 16 hombres, en lugar de 12, como se había venido haciendo hasta ese instante. Con un frio intenso, se rezó un responso y el cortejo continuó su marcha hacia el pueblo de Chinchilla.
A Las doce y veinte y cinco, el cortejo fúnebre cortejo pasaba por el kilómetro 152, donde el jefe provincial de la Falange de Navarra Antonio Correa, hizo entrega de los restos del Fundador a la Delegación de Zaragoza, compuesta por el jefe provincial y consejero nacional José Muro Sevilla, más 36 camisas viejas y otros falangistas, En el momento del relevo, entre los falangistas de Navarra y Zaragoza, la Aviación Nacional evolucionó en los cielos arrojando flores sobre el cortejo fúnebre. La comitiva entonó el salmo “De profundis”. A la delegación de Zaragoza le correspondió el trayecto más largo, pues llevó el féretro desde el kilómetro 152 hasta el 168.
Llegados desde Chinchilla, se incorporaron al cortejo, milicias de Falange, que se habían adelantado a recibirlo, concentrándose también falangistas de Pozo Cañada con una sección de caballería y representaciones de la Sección Femenina y organizaciones juveniles, jerarquías y corporación municipal, bajo mazas.
En Chinchilla de Monte Aragón, el pueblo en masa acudió a recibir los restos de José Antonio. A las dos menos cuarto de la tarde, emprendió de nuevo la marcha el fúnebre cortejo, con dirección a Albacete. Hasta la capital no se realizarían ya más relevos.
A primera hora de la tarde comenzaron a concentrarse en Albacete falangistas llegados de toda la provincia, así como una enorme muchedumbre que sobrepasaba las ochenta mil personas.
A las siete de la tarde, en las afueras de Albacete, comenzaron a verse las luces rojas de los hachones, antorchas y faroles, que señalaban la llegada del fúnebre cortejo. Millares de albaceteños se encontraban ya en la capital a la espera de la llegada de la comitiva. A lo largo de la carretera ardieron cientos de hogueras, así como en los alrededores del parque de Canalejas, donde se concentraron miles de personas, entre ellos cinco mil afiliados a la Central Nacional Sindicalista y Flechas de las Falanges Juveniles, que cubrieron carrera en los últimos cuatro kilómetros de llegada a la capital albaceteña. Varias escuadrillas de la Aviación Nacional sobrevolaron el cortejo lanzando flores.
Con un frío intensísimo, a medida que el cortejo llegaba a Albacete, la emoción fue la nota predominante. En la entrada de la ciudad, donde un mojón marcaba el kilómetro 168, la Delegación de Albacete se hizo cargo de las andas, recibiendo el féretro el jefe provincial Fulgencio Lozano Navarro. El Parque de Canalejas y el Paseo por el que pasaría el cortejo, estaban regados de flores. A la espera de la llegada del cortejo fúnebre, para rendirle honores de ordenanza, se hallaba formada una compañía del 83 regimiento de armas de acompañamiento, de guarnición en esa capital, portadores de bayonetas caladas y cascos de acero.
Ante la Cruz de los Caídos esperaba el jefe provincial del Movimiento, señor Lozano, acompañado de los consejeros Nacionales Jesús Muro, Raimundo Fernández Cuesta y Luys Santa Marina, las jerarquías provinciales, además de las autoridades militares y civiles, y jefes y oficiales de! arma de Aviación. A ambos lados los sacerdotes y la centuria de honor de Albacete compuesta de camisas viejas v ex cautivos. La aviación no cesó en sus vuelos, proyectando sobre el cortejo unos potentes focos de luz amarilla que le iluminó por unos instantes.
Eran las ocho y media de la noche cuando llegó el cortejo ante el soberbio obelisco que señalaba la Cruz de los Caídos. Allí se entonó un responso, rezado por más de 12 sacerdotes. Terminado éste, la centuria de honor de Albacete dio escolta al féretro, acompañada de una interminable hilera de antorchas, hacia la parroquia de San Juan Bautista. El cortejo se inició con el clero con cruz alzada. Después el féretro, escolta de honor y presidencia. Fuerzas del 83 regimiento mixto de armas de acompañamiento, arma de Aviación y milicias. Cubrieron carrera, afiliados y afiliadas a las Falanges Juveniles y Sección Femenina Todas las calles del tránsito se hallaban cubiertas de laurel y flores.
A las nueve y media entró al cortejo en la parroquia de San Juan Bautista, siendo colocado el féretro en el centro del templo ante el Altar Mayor y ante él desfilaron las fuerzas que le habían acompañado.
Durante toda la noche se turnaron en guardia de vela, además de las primeras autoridades dos centurias de honor formadas por camisas viejas y ex cautivos. Sin cesar, al templo afluyó ingente cantidad de personas a orar unos minutos y desfilar ante el féretro.
A las cuatro y media de la madrugada del día 24, daban comienzo las misas de réquiem, y a las seis en punto se iniciaron los funerales. A las 8,15 de la mañana, el cortejo reanudó su marcha, llevado el féretro a hombros de milicias de Albacete. El trayecto por el que discurrió estaba cubierto por Milicias, Falanges Juveniles y Sección Femenina
El féretro fue conducido hasta la puerta del edificio de la Jefatura provincial de Falange, donde se rezó un nuevo responso. Miles de albacentenses, a pesar de la escarcha y el intenso frio, acompañan en silencio la comitiva.
A las 9,15, de la mañana los restos de José Antonio llegaron al arco final de despedida, levantado en la Fuente de las Cañicas. El pueblo siguió junto al cortejo y le acompañó durante varios kilómetros
Toda la carretera hasta el kilómetro 177, fue cubierta por Flechas y Pelayos y Sección Femenina. Allí las autoridades provinciales de Albacete, que llevaron el féretro sobre sus hombros, lo cedieron a la representación de Tarragona, que lo recibiría por medio de su jefe provincial José María Fontana.
A las cinco y media de la tarde la comitiva llegó al pueblo de La Gineta. Dos kilómetros antes de la entrada en La Gineta, se habían unido al cortejo las milicias, jerarquías y autoridades locales, así como numerosas personas, venidas de las aldeas próximas. Asimismo llegaron milicias y la Sección Femenina de Tarazona de la Mancha y Madrigueras, La entrada en el pueblo se realizó entre una gran hilera de hogueras encendidas a ambos lados de la carretera. Una escuadrilla de aviones sobrevoló sobre la comitiva, arrojando ramos de flores.
Junto a las primeras casas de La Gineta se había levantado un arco luminoso y los edificios se hallaban adornados en puertas y ventanas con colgaduras de la Bandera Nacional y mantones y lazos negros. En el centro del pueblo se realizó el relevo, cediendo las andas los militantes de Tarragona a la representación de Barcelona, recibiéndolo su jefe, el consejero nacional Luys Santamarina.
A las seis de la tarde, tras rezarse un responso, con un frio intenso, el cortejo salió del pueblo en dirección a La Roda. En la comitiva continuó la bandera de Falange Española Tradicionalista de Albacete y varias escuadras de camisas viejas, que llegaron hasta el límite de la provincia. Iban también los consejeros nacionales Fernández Cuesta y Bernal.
En Montalvo un gran arco con una enorme foto de José Antonio y una inscripción que dice: “José Antonio ¡Presente! Montalvo te recibe”
El siguiente relevo se produjo en el kilómetro 187, cuando las manecillas de los relojes marcaban las once de la noche, por la Falange de Barcelona, cuyo jefe provincial y consejero Nacional, Luys Santamarína, cedió el féretro con los restos de José Antonio, a la de Gerona, siendo recibido por su jefe provincial José Franquet Alemany.
De Alicante al Escorial. El entierro de José Antonio. Días 25 y 26 de noviembre.
En la madrugada del día 25 de noviembre, la comitiva que transportaba los restos mortales del fundador de la Falange Española José Antonio Primo de Rivera, llegaba al pueblo de La Roda profusamente engalanado con banderas de España y la Falange. En la torre de la iglesia del pueblo se había colocado una cruz luminosa. Allí tras rezarse un responso, en un altar situado ante la Jefatura Local del Movimiento, los restos de José Antonio pasaron de la provincia de Gerona a la de Lérida, siendo recibos por su jefe provincial Francisco Mora, La comitiva se dirigió al templo parroquial donde se rezó el Rosario. Tras el rezo del Santo Rosario, la comitiva se puso en marcha, llevando las andas la representación de Lérida, siendo despedida por el vecindario en pleno y una inmensa muchedumbre.
A las seis y media de la mañana se hizo entrega del cadáver a la provincia de Álava, representada por el secretario provincial, José María Asensio, al que acompañaban varios delegados de servicios y una escuadra de camisas viejas. Llevaban la bandera de la primera centuria de Álava, condecorada con la Medalla Militar Colectiva en la guerra de Liberación Española de 1936-39. Dio guardia de honor una escuadra de falangistas de El Bonillo y Tarazona de la Mancha. Medio kilómetro antes de producirse el nuevo relevo, salió a recibir el cortejo media centuria de Minas, a cuyo pueblo se llegó a las diez y media de la mañana. En la puerta de la jefatura local de Falange se había levantado un altar ante el cual se colocó el féretro y se rezó un responso. Varios arcos levantados en honor del fundador de la Falange, realizados con flores naturales. En uno de ellos muy visible se leía el nombre de José Antonio.
A la salida del pueblo, lugar donde quedaría fijado un monolito, se hizo un nuevo relevo. La delegación de Ávila, con el jefe provincial Alberto Rodríguez Cano se hicieron cargo del féretro. Terminado el ritual de costumbre, con salvas, responsos y oraciones, el fúnebre cortejo continuó su marcha. A él se incorporan las milicias de Villarrobledo.
A tres kilómetros de Minaya, límite de la provincia de Albacete, los restos de José Antonio entraban en la provincia de Cuenca, donde esperaban al cortejo gran número de falangistas, con el gobernador civil de la provincia, el jefe de la Comandancia de la Guardia civil y el alcalde de El Provencio y otras autoridades. Desde el límite de la provincia hasta el pueblo de El Provencio, todo el trayecto estaba abarrotado de gentes venidas de todos los puntos de esa comarca, muchas de ellas llegadas en numerosas caravanas de típicos carros manchegos, tirados por mulas cascabeleras, que llevaban en espera desde la noche anterior.
El gobernador civil, formó en uno de los relevos y llevó a hombros los restos de José Antonio. Tras más de siete horas de caminata desde Minaya, la comitiva entró a media tarde en El Provencio, primer pueblo de la provincia, situado a 251 kilómetros de Alicante, donde las andas pasaron a manos de la representación de Guipúzcoa cuyo delegado de Prensa Manuel Fernández Cuesta, se las cedió al jefe provincial de Santander Carlos Ruiz. Un norme gentío acompañó el paso de la comitiva por el pueblo donde se rezó un responso.
El cortejo continuó por tierras de Cuenca y ya en la madrugada del día 26, la comitiva llegaba al pueblo de Las Pedroñeras, situado en el kilómetro 263, donde se hizo cargo de los restos de José Antonio la Falange de Asturias recibiéndolo su jefe provincial Rafael Arias de Velasco. El pueblo, al ser todavía noche cerrada, estaba iluminado por una gran cantidad de en hogueras. Eran las cinco de la madrugada y el frío intenso no impidió que todos los vecinos se echasen a la calle para contemplar en silencio y con fervor el paso del histórico cortejo.
Diez kilómetros después, en El Pedernoso, Asturias era sustituida por Lugo, representada por su jefe provincial Ramón Ferreiro Rodríguez, con dos escuadras de caballeros mutilados y otra de ex cautivos. En la presidencia formaban los consejeros Nacionales del Movimiento Joaquín Bernal, Raimundo Fernández Cuesta, Manuel Valdés Larrañaga y el general Moscardó, junto al gobernador civil señor Frontera, que acompañó el recorrido del cortejo por toda la provincia. Más tarde se incorporaría el coronel de Estado Mayor, Darío Gazapo.
Amaneció el día luciendo un sol otoñal. Al llegar al kilómetro 278 la comitiva se detuvo y ante un sencillo altar levantado en la carretera, el canónigo de la Catedral de Cuenca don Juan García Plaza, ofició el Santo Sacrificio de la Misa del domingo.
Finalizada la Misa, el cortejo reanudó la marcha y a la entrada, de Mota del Cuervo, el jefe provincial de Cuenca, José Alegría recibía los restos de José Antonio con las palabras de ritual y previa firma del acta del jefe de Lugo. En Mota del Cuervo, llena de vecinos, junto a las autoridades locales esperaba Pilar Primo de Rivera, que se incorporaría al cortejo. Centenares de militantes de Falange llegados desde los pueblos de Ciudad Real de Alcázar de San Juan, El Toboso, Tomelloso, Argamasilla de Alba y Campo de Criptana, llenaron con su presencia varios kilómetros de carretera, para ver pasar la comitiva donde iban los restos del Jefe Nacional de Falange Española. En 1935, José Antonio había estado en Mota del Cuervo, donde presenció un desfile de las incipientes milicias de la propia Mota del Cuervo y ayuntamientos limítrofes. Entró en varias casas donde fue agasajado por varios vecinos.
Tras el paso por la venta de Don Quijote, donde Alonso Quijano se armó caballero, Cuenca cedía a la delegación de Ciudad Real las andas portadoras del féretro de José Antonio. A las cinco y media de la tarde llegaba la Comitiva al límite de la provincia de Cuenca con la de Toledo. José Antonio abandonaba su querida provincia de Cuenca, por la que se había presentado a las elecciones de febrero de 1936 y donde había sido desposeído de forma fraudulenta de su acta de diputado.
Sobre las once y media de la noche la comitiva atisbaba Quintanar de la Orden situado a 302 kilómetros de salida de Alicante. A la entrada del pueblo, miembros de las Falanges Juveniles, situados de cinco en cinco metros, en dos filas, cubrían toda la carrera, llevando antorchas. Grandes hogueras ardían también a lo largo de la carretera, contribuyendo a aumentar la solemnidad de aquellos momentos.
Unos cuatro kilómetros antes de llegar a Quintanar, se agregaron a la comitiva Agustín Aznar y el jefe provincial de Madrid, Jaime de Foxá, que también se relevaron para llevar el féretro. Otros dos rosarios se rezaron antes de llegar a Quintanar, con la multitudinaria presencia de falangistas de Ciudad Real con representaciones del Campo de Criptana y Daimiel, que eran las delegaciones falangistas más antiguas de la provincia. Asimismo formaron cuarenta cadetes de la 0rganizacion Juvenil de Ciudad Real, que habían hecho el viaje a pie para presenciar el paso de los restos de José Antonio. A pesar del intensísimo frio todas las centurias formaron con la camisa azul remangada.
Ese mismo domingo día 26 de noviembre, a la mañana llegaba al puerto de Barcelona, a bordo del “Neptunia”, la misión militar italiana, que había sido encargada de depositar, en la tumba de José Antonio, una magnífica corona de bronce que el Duce Benito Mussolini envió a España con motivo del traslado de los restos del fundador de la Falange. Formaban dicha misión, que presidía el general Radogna, el coronel de Aviación Andrés Zotti y los oficiales Conradino Cerrado, Pedro Morlno, Mariano. Bruno, Mario Rizzo, Antonio Paseollo, Aurelio Lanfiasco, Carlos Kechler, Antonio Altomare, Armando Valenti, Primo Benchini, todos ellos oficiales de la división legionaria que luchó en España y que habían sido heridos y condecorados en la campaña española. Agregado a dicha misión figuraba el periodista, redactor del “Lavoro Fascista”, Alberto Consiglio.
En los muelles la representación Italiana fue recibida por representaciones y autoridades, del Movimiento, del Fascio italiano y por el personal del consulado general de Italia en Barcelona.
Por la noche, el gobernador militar de Barcelona, general García Escámez, que durante toda la campaña tuvo a sus órdenes a los oficiales italianos, ofreció a la misión una cena en el Hotel Ritz, a la que asistieron, además, el cónsul general Carlos Bossi, y las esposas del gobernador militar, del cónsul general, del coronel Zotti y de Infantes.
El general García Escámez excusó la presencia del general Jefe de la Región por retenerle obligaciones de su cargo.
Después del ágape, que tuvo carácter íntimo, los militares italianos se trasladaron al teatro Tivoli, donde presenciaron una función musical y fueron objeto de numerosas atenciones.
Al día siguiente la misión italiana prosiguió, por carretera, su viaje a Madrid, con objeto de cumplir el encargo que le había sido confiado por el Duce. La corona ofrecida por éste llevaba la siguiente inscripción: “II Duce al fondatore della Falange”
De Alicante al Escorial. El entierro de José Antonio. Días 27 y 28 de noviembre.
La llegada del cortejo a Quintanar de la Orden, en la madrugada del día 27 de noviembre, fue impresionante. Cuatro mil falangistas le esperaban. Pasaban algunos minutos de las doce de la noche cuando en la plaza de Quintanar se hizo entrega por la provincia de Ciudad Real de los restos de José Antonio a la de Orense. El féretro, a su paso por el centro de Quintanar, fue cubierto por una gran cantidad de flores, depositadas por la Sección Femenina de Alcázar de San Juan y por el ayuntamiento de Ciudad Real. Miembros de numerosas centurias, llegadas desde la capital y diferentes lugares de la provincia, de las Falanges Juveniles situados de cinco en cinco metros, en dos filas, cubrieron todo el trayecto por el que discurrió el cortejo portando antorchas. Grandes hogueras ardieron también a la entrada y a la salida del pueblo, contribuyendo a aumentar la emotividad de aquellos instantes.
A las diez y media de la mañana del lunes 27, en el kilómetro 320, cerca de Corral de Almaguer, la provincia de Pontevedra entregaba el féretro que contenía los restos de José Antonio a la de La Coruña. El jefe provincial de Pontevedra Jesús Suevos, entregó al Secretario Provincial de La Coruña y Jefe del Distrito Universitario de Galicia, en representación del Jefe Provincial de F. E. T, Casimiro Marra, el relevo tras las voces de ritual de ¡José Antonio! ¡Presente!, la firma del acta correspondiente y las salvas de ordenanza. Los miembros de la Delegación de La Coruña eran Casimiro Marra Rodríguez, Secretario Provincial de F. E. T. y Jefe del Distrito Universitario de Galicia; el querido primo de mi padre, Luis Antón Rodríguez, Jefe Provincial de Propaganda; mi recordado y admirado José María Velasco Calvo, Delegado Provincial de las Organización Juvenil; Arcadio Vilela Gárate, Secretario Local, y Antonia García, en representación de la Delegada Provincial de la Sección Femenina; Eduardo Patiño Pérez, José Laciana González, Carlos Folla Fernández, Juan Sáez Alfeirán, Antonio Moya, el inolvidable José Luis Mariño Cea “Chicho Balilla”, José Luis Gómez Diez-Miranda, Nicolás Pardo Armas, Salvador Sánchez García, Alfredo Arcos Cancela, Luis Bescansa Aler, José Pampín Pardo, José Trillo Rodríguez, José Antonio Couto de León, Oscar Pastor León, Juan Pardo Ramos, Martín Naya Veira, Eduardo Conde Botas, Juan Miguel Daporta González, Diego Mitchell Sánchez, Guillermo Muñiz Fernández, Luis López Vázquez, Luis Parga Cao, Juan Antonio Pedreira Lamaza, Juan Arias Martínez, Jorge Bruquetas Guce, Antonio Salgado Torres, Miguel Sáez Vinós, el bueno de “Miguelón”, Enrique Castro García, José Salgado Torres, Gonzalo Docampo Mendía, Lino Pampín Cordido y Feliciano Crespo Bello.
Los primeros en portar las andas fueron los camisas viejas Casimiro Marra, José María Velasco Calvo, Eduardo Patiño Pérez, José Laciana González, Carlos Folla Fernández, Juan Sáez Alfeirán, José Luis Mariño Cea, Juan Pardo Ramos, Martín Naya Veira, Antonio Salgado Torres, Miguel Sáez Vinós y José Salgado Torres, que en homenaje póstumo a José Antonio, se despojaron de todas sus condecoraciones ganadas heroicamente en la guerra de Liberación, dando así a entender que delante del Jefe Nacional, que dio su vida por la Patria, poca valían aquellas heroicas condecoraciones. Al pasar por Corral de Almaguer las calles del pueblo estaban cubiertas de flores y la Aviación Nacional sobrevoló varias veces la comitiva. Durante el trayecto se rezó el Santo Rosario y se cantaron varios Misereres,
A las dos de la tarde, en el kilómetro 330 los falangista coruñeses entregaron el féretro a los camaradas de León, que a su vez, diez kilómetros después, en el 340, entregaron el servicio a la de Palencia, cruzándose entre los jefes provinciales respectivos la consigna habitual “José Antonio, ¡presente!”, mientras se disparaban las salvas de ritual y se realizaba la firma del acta de entrega.
A lo lejos se divisó el pueblo de Villatobas, en el cual quedó fundada, en 1934, la Falange con 87 militantes, de los cuales la mayoría fueron asesinados por los rojos durante la guerra civil. Un gran arco levantado a la entrada del pueblo, al que se llegó a las ocho de la tarde, que tenía en la clave el retrato iluminado de José Antonio orlado de laurel y el conjunto rematado por una cruz.
En una bocacalle, en un lugar donde yendo al mitin de Mota del Cuervo, se detuvo unos momentos José Antonio para charlar con unos campesinos, se había levantado un obelisco con una Cruz y la siguiente inscripción: “En el sitio donde te vimos por primera vez te erigimos este monumento como recuerdo de que tu espíritu quedó con nosotros.”
A la salida del pueblo, el clero de Villatobas, que se había agregado a la entrada, cantó el oficio de difuntos.
En la madrugada del día 28 concretamente a las cinco, el cortejo llegaba a Ocaña, donde se efectuó un nuevo relevo. Allí el jefe provincial de Palencia Faustino Velloso entregó el cuerpo de José Antonio al jefe provincial de Zamora en funciones, Federico de Francia.
Hacía las diez y media de la mañana de un frio pero soleado día, el féretro con los restos de José Antonio Primo de Rivera, llevado en esos instantes por doce miembros de la Falange de Valladolid, con su jefe provincial Jesús Rivero, se detuvo en la Cuesta del Regajal. Allí, tras el rezo del Santo Rosario, se procedió a realizar un nuevo relevo de la guardia de honor y transporte de las andas, recibiéndolas el jefe de la Falange de Guadalajara, Francisco Cadenas, Centenares de vecinos de Aranjuez y los pueblos próximos, situados al borde de la carretera acompañaron a la comitiva en riguroso silencio.
La entrada a Aranjuez se efectuó a las doce en punto del mediodía. La carretera de Andalucía hasta la Plaza de San Antonio y después hasta el Puente de Barcas, se encontraba atestada de público. En la Plaza de San Antonio, junto a la Iglesia de San Antonio, se colocó un túmulo y detrás una cruz negra de siete metros de altura; a ambos lados se entrelazaban dos cartelones cuadrados con ramas verdes, en las que se leía: “¡José Antonio, Presente!” así como el nombre de las treinta y seis personas represaliadas y asesinadas en Aranjuez por las milicias marxistas entre 1936 y 1939.
A las doce y ocho minutos, la Falange de Guadalajara colocó el féretro ante el túmulo, adornado con cuatro grandes pebeteros con llama encendida, situándose a ambos lados del mismo diversos consejeros nacionales de FET y de las JONS, entre ellos, Raimundo Fernández Cuesta y Joaquín Bernal; jefe provincial de la Falange de Toledo, Cándido Torres; Ayuntamiento de Toledo en corporación, presidido por el alcalde Teodoro Valle y otras autoridades y representaciones. Al otro lado figuraban los jefes y oficiales del regimiento de caballería de guarnición en Aranjuez, con su coronel Gavilán y su teniente coronel César Balmori al frente, y clero parroquial de Aranjuez y Colmenar de Oreja. Formaba también la Sección Femenina de Falange de Aranjuez, cuyas delegadas portaban ramos de flores. Dieron guardia de honor al féretro falangistas excombatientes del Alcázar de Toledo, Tras rezarse un responso y entonarse canticos religiosos, la delegada de la Sección Femenina de Aranjuez, depositó cinco rosa rojas sobre el ataúd mientras se disparaban las salvas de ordenanza.
El siguiente relevo lo tenían que hacer falangistas toledanos de Noblejas. Pero por expreso deseo del Jefe provincial de Toledo, Cándido Torres, serian Falangistas de Aranjuez quienes portasen el féretro por las calles de la histórica villa, pasando por debajo del arco de San Antonio, que se encontraba cubierto por crepones y un retrato de José Antonio, en el centro, rodeado por el Yugo y las Flechas y coronas de hiedra y laurel.
Una escuadrilla de aviones caza del Ejercito del Aire sobrevolaron por encima del cortejo, a muy baja altura, dibujando en el cielo una gran cruz. La escolta de honor al féretro de José Antonio de la Falange Toledana, llevaba la bandera que fue guion de combate de los defensores de Alcázar, durante el asedio, realizada por muchachas de la Sección Femenina, dentro del propio recinto, con una colcha que arrebataron al enemigo rojo en una de las salidas de la histórica e inexpugnable fortaleza y que mandaba el jefe provincial Pedro Villaescusa, muerto heroicamente en su defensa. Tras cruzar el puente de Barcas, en las doce calles, los falangistas de Aranjuez cedieron las andas a sus camaradas de la Falange de Toledo, portando las andas del féretro el jefe provincial de Toledo, Cándido Torres y Falangistas de Noblejas.
En el puente de Carlos III, que había sido destruido por las tropas del Ejército rojo en la guerra civil y que se encontraba en proceso de reconstrucción, el féretro de José Antonio pasó a hombros del empresario, ingeniero jefe de Obras Públicas de Madrid, Julio Redondo, ingenieros, ayudantes y trabajadores de la empresa que realizaba las obras. En un gran arco de ladrillos levantado al efecto se leía “¡José Antonio! ¡Presente!”
En la mitad del puente, que divide las provincias de Toledo y Madrid, se había levantado un gran Cruz de madera y un arco, en cuya clave se había colocado un enorme Yugo y Flechas en color rojo. Tras rebasar el puente, nuevamente el féretro pasó a hombros de Falangistas de Toledo. Entre Seseña y la cuesta de la Reina, más de quince mil personas, que habían llegado desde Madrid, Toledo, y los pueblos del contorno, llenaban por completo la carretera. En la estación de Seseña esperaban el gobernador civil y gobernador militar de Toledo. La cuesta de la Reina se encontraba completamente alfombrada con flores, mirto y romero. De nuevo la Aviación Nacional sobrevoló el cortejo fúnebre lanzado flores. Se incorporaron a la presidencia de honor el consejero nacional José María Alfaro, subsecretario de Trabajo; el gobernador militar de Madrid, general Eduardo Sáenz de Buruaga; el alcalde de Madrid, Alberto Alcocer, el presidente de la Diputación, el jefe provincial de Madrid y delegados de servicios. En Valdemoro se hizo cargo de las andas el jefe provincial de Salamanca Ramón Laporta con el ceremonial de costumbre, quien a su vez diez kilómetros después lo entregaría al de Palma de Mallorca, Canuto Boloqui. La noche comenzaba a caer sobre la comitiva que se encaminaba hacia Madrid.
De Alicante al Escorial. El entierro de José Antonio. Día 29 de noviembre.
Pasadas las doce del día 29 de noviembre la comitiva que trasladaba los restos de José Antonio de Alicante al Escorial, llegaba a Pinto, que presentaba un magnifico aspecto. A ambos lados de la carretera una ingente cantidad de público se hallaba estacionado y ardían grandes hogueras. Allí se hizo cargo del féretro del Jefe Nacional José Antonio, la Falange de Logroño como su jefe provincial al frente, Tomás Moreno Carbayo. De Madrid y pueblos de la provincia habían llegado a Pinto numerosas comisiones y personas que venían a acompañar el cadáver de José Antonio, en su entrada a la capital de España.
Cuando las manecillas del reloj marcaban las cinco y media de la mañana, en noche cerrada, a diez kilómetros de Madrid, tomó el relevo de las andas, la Falange de Burgos, firmando el acta de entrega su jefe provincial Florentino Martínez Mata, En ese punto se incorporó al cortejo la cuarta centuria REMSA, “Representaciones Electro-Mecánicas, Sociedad Anónima”, integrada por falangistas operarios de esa empresa. El origen de esa centuria se encontraba en que, unos días después del discurso fundacional de Falange Española, celebrado en el teatro de la Comedia de Madrid, el 29 de octubre de 1933, el gerente de R.E.M.S.A., que tenía su sede en la calle de Padilla, Joaquín Canalda Palau, se entrevistó con José Antonio pidiéndole ingresar en la organización, como así fue, junto a tres de sus empleados: Guillermo Palao Royo, Félix Contreras Moreno y Antonio Moleres Estenaga, los cuales prestarían grandes servicios a la Vieja Guardia Falangista madrileña de la primera hora y serian el embrión de aquella brava y decidida centuria.
Desde la madrugada, las calles de la capital de España presentaban un aspecto de inusitada animación. Millares de vecinos de los pueblos próximos habían llegado durante la tarde y la noche para presenciar el paso del impresionante cortejo. Escuadras de Falange, Servicio de Propaganda del Movimiento y de la Jefatura Provincial de Madrid, dedicaron toda la mañana a situar, en los lugares más visibles de la calle de Alcalá y Avenida de José Antonio, grandes colgaduras negras y enormes pancartas con la inscripción ¡José Antonio`! ¡Presente!
Los principales edificios de las céntricas avenidas se hallaban revestidos con colgaduras y retratos de José Antonio y del Caudillo Francisco Franco.
A las ocho de la mañana ya se hallaban en movimiento para situarse en los lugares indicados por el mando, todas las fuerzas que integraban la Falange de Madrid. Secciones Femeninas, Sindicatos, Organizaciones Juveniles y Flechas.
Para cubrir carrera fuerzas de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, Guardia Civil y Policía Armada, también se habían estacionado desde la Plaza de España a lo largo de las calles del Duque de Osuna y Princesa, hasta la Ciudad Universitaria, en que se hallaban las milicias del S. E. U., que cubrirían a su vez la carrera desde ese punto hasta Puerta de Hierro.
Con las primeras luces del día sobre el cielo de Madrid, sobrevolaron, a escasa altura, gran número dé escuadrillas del recién creado Ejercito del Aire, para rendir el tributo de dolor de los aviadores de España a la memoria de José Antonio.
A partir de las siete de la mañana Madrid quedó por completo paralizado, suspendiéndose el tráfico rodado.
Ya desde las nueve de la mañana se hallaban en el Puente de la Princesa, conocido también con el puente de Andalucía, lugar por donde había de tener acceso a la capital el cortejo, todas los principales mandos de la Falange de Madrid, al frente de las cuales figuraban Pilar y Miguel Primo de Rivera, acompañados de otros miembros de la familia Primo de Rivera. Sección Femenina y varias centurias de las organizaciones Juveniles se hallaban formadas en la zona, así como parte de la centuria “José Antonio”, que había de relevar a los que llegaban desde Alicante dando guardia al féretro.
Minutos después de las nueve y media hizo su aparición la comitiva. Abría la marcha una sección de la Guardia Civil con arma a la funerala. Representaba esta fuerza a la guarnición de Madrid, y en su nombre se había incorporado a la caravana veinte kilómetros antes de llegar a la capital.
El momento de llegar el féretro a las puertas de Madrid fue de intensa emoción. Las campanas de la ciudad comenzaron simultáneamente a doblar a muerto, mientras la Artillería disparaba las salvas de ordenanza, correspondientes a los honores de Capitán General con mando en plaza, que se tributaron a los restos de José Antonio por decreto del Caudillo.
En ese instante portaban las andas miembros de la Falange burgalesa, cuyo jefe provincial, con arreglo al rito establecido en anteriores relevos y previa la firma del acta correspondiente, hizo entrega de la gloriosa carga al jefe provincial del Movimiento de Madrid, Jaime de Foxá.
£l jefe provincial Jaime de Foxá, en medio de un fervoroso silencio de la multitud que asistía al solemne acto, entregó el féretro a falangistas de la Vieja Guardia de Madrid, que convivieron con José Antonio, y lo trataron íntimamente.
La comitiva avanzó por el Paseo de las Delicias. A la entrada se había situado una monumental corona de laurel y crisantemos con una inscripción ¡José Antonio! ¡Presente!
En los balcones, colgados de los árboles, en las fachadas y escaparates de los establecimientos, se habían colocado rótulos y pancartas con la sencilla inscripción: ¡José Antonio! ¡Presente!
Ascendió el cortejo por el Paseo de las Delicias y pasó ante una multitud silenciosa situada a ambos lados de la calzada. El sepulcral silencio se mezclaba con sollozos y el musitar de las oraciones por los sacerdotes. Muchas personas presenciaron el paso del cortejo arrodilladas. En la glorieta de Luca de Tena, la Sección Femenina del Distrito del Hospital, arrojó flores naturales y ramos de laurel al paso del ataúd.
A las diez y cuarto de la mañana el cortejo llegaba a la Puerta de Atocha. La amplia calzada se encontraba invadida por miles de personas, que se agolpaban incluso en las calles adyacentes. Cubrían la carrera miembros de la Falange de ese distrito, uniformados y sin armas.
Frente a la estación del Mediodía, el clero entonó un responso, mientras una banda de música de Falange interpretó una marcha fúnebre.
A las diez y veinticinco, el fúnebre cortejo enfiló el Paseo del Prado en dirección a la Plaza de Cánovas del Castillo, donde se encontraban formadas al completo las organizaciones Juveniles de Madrid con bandera y banda de cornetas y tambores. A ambos lados de la entrada del paseo del Prado varios mástiles de los que pendían unos grandes crespones negros y en otros las banderas del Movimiento. El paseo se hallaba invadido por el gentío.
El aspecto de la Plaza de la Cibeles, era impresionante. Balcones y ventanas de la zona completamente llenos de gente. Aceras tomadas por miles de madrileños y foráneos. En torno a la fuente de la Cibeles formaba la Brigada de Trabajo de la Central Nacional-Sindicalista del Distrito del Hospital con sus instrumentos de trabajo.
Al entrar el cortejo en la Plaza de la Cibeles, un toque de atención recorrió a la multitud que se había estacionado en la gran plaza. Los clarines de una sección de Caballería, que se hallaba formada a la entrada del Paseo de la Castellana, anunciaron la llegada de la comitiva con la fuerza presentando armas.
En este punto del recorrido se sumaron a la comitiva gran número de mutilados de guerra, que portaban una gran corona de flores con cintas con los colores nacionales y el rojo y negro de la Falange Española.
En los edificios públicos, balcones y fachadas de casas particulares, del inicio de la calle de Alcalá con Cibeles, ondeaban grandes colgaduras negras con monumentales inscripciones blancas que decían “¡José Antonio! ¡Presente!”
La comitiva continuó por la calle de Alcalá y desembocó en la Gran Vía de José Antonio, a la entrada de la cual había esparcidas por el suelo gran cantidad de flores y en lo alto una pancarta con crespón negro con la inscripción: “¡José Antonio! ¡Presente!”
En la red de San Luis, entre las calles de Hortaleza y Fuencarral, formaba una representación del Fascio italiano, uniformados con camisas negras con los banderines de la organización.
En la fachada principal del Palacio de la Prensa, en la plaza del Callao, destacaba una gran colgadura con los colores nacionales y crespones negros.
La comitiva continuó su lento caminar por la Gran Vía en dirección a la plaza de España, a cuyo final de la avenida se encontraba situado el edificio de la C. N. S., donde se hallaban formados millares de trabajadores afiliados a la Central Nacional- Sindicalista. Al frente de cada grupo un banderín-guion señalaba las diversas profesiones y oficios a los que pertenecían. Figuraban también varios grupos femeninos de trabajadoras.
La plaza de España presentaba un grandioso aspecto. Desde las diez y media de la mañana habían ido llegando los ministros del gobierno, todos de uniforme; altos jefes de la Marina y de los Ejércitos de Tierra y Aire; generales, jefes y oficiales de la guarnición de Madrid, representando a todas las Armas y Cuerpos y fuerzas de Orden Público.
En lugares preferentes se hallaban también el cuerpo diplomático en pleno con personal de las Embajadas y Legaciones; los miembros de la Junta Política de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, Consejo Nacional, grupo de amigos de José Antonio, altas jerarquías del Estado y la Milicia; viejos militantes de los tiempos heroicos del glorioso Fundador, y alrededor, apiñándose en toda la enorme extensión de la plaza una multitud de personas. Una batería de Artillería situada en el Cuartel de la Montaña fue la encargada de efectuar las descargas en el momento de los relevos.
A la entrada de la calle del Duque de Osuna, pues en la Plaza de España se realizaría la entrega oficial del féretro al Ejército, formaban fuerzas militares, uniformadas con capotes, cascos y guantes blancos. que cubrirían la carrera a ambos lados de la calzada hasta la Ciudad Universitaria por el siguiente orden: fuerzas de Marina, que limitaban a la altura de la Plaza del palacio de Liria con fuerzas del Ejército del Aire, las cuales cubrían la línea hasta la Plaza de la Moncloa, exactamente a la altura de la Cárcel Modelo. A partir de ahí, hasta la denominada Glorieta de España, en la Ciudad Universitaria, se alineaban fuerzas del Ejército de Tierra.
A las once en punto de la mañana el cortejo entraba en la Plaza de España, donde se realizó una parada ante el gobierno de la Nación. El féretro fue colocado en el suelo y el clero rezó un responso, mientras las campanas de las iglesias próximas repicaban el oficio de los difuntos. La Falange madrileña hizo entrega del féretro a los oficiales de la Armada Española, que lo llevarían a hombros hasta el próximo relevo por las fuerzas de Aviación.
AI iniciarse ese acto se dio el grito de ¡José Antonio!, que fue contestado con un unánime y fervoroso ¡Presente!
Reanudó su marcha el cortejo, que desde la plaza de España lo encabezaron miembros del segundo escuadrón de Lanceros con uniforme de gala. Después iban fuerzas de Infantería y de Marina, una sección de enlace motorizada del Ejército de Tierra, una sección de la centuria “José Antonio” de Alicante, a la que seguía la primera bandera de cadetes de Madrid con bandera y banda de cornetas y tambores; el clero con Cruz alzada, representaciones de las distintas órdenes religiosas y seguidamente el féretro. A la derecha del mismo marchaba el general jefe de la Región militar del Centro, general Andrés Saliquet Zumeta. Inmediatamente después del ataúd, él Gobierno en pleno.
Detrás del Gobierno iba la Junta Política Nacional de Falange Española, formada por Pilar Primo de Rivera, Miguel Primo de Rivera, José Luna Meléndez, José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde; Dionisio Ridruejo, José María Oriol y Urquijo, José María Alfaro, Demetrio Carceller, José María de Areilza, Blas Pérez González, Ricardo Giménez Arnau, Ricardo Salvador Merino, Sancho Dávila Fernández de Celis y Alfonso García Valdecasas.
Detrás de la Junta Política el Consejo Nacional, figurando en primer lugar un grupo de amigos de José Antonio constituido por Raimundo Fernández Cuesta, Manuel Valdés Larrañaga, José Miguel Guitarte, Julián Pemartín, Joaquín Bernal, Manuel Mora Figueroa, Jesús Suevos, Jesús Muro, Luys Santa Marina y Eduardo Roca. A continuación varias filas, integradas por consejeros nacionales del Movimiento.
Tras los consejeros Nacionales marchaban los generales y almirantes entre los que figuraban los consejeros del Consejo Supremo de Justicia Militar, Valdés Cabanillas, Guerra, Cano Ortega y García Díaz; coroneles Cortés y Conde; general inspector de la Guardia Civil, Álvarez Arenas; general de Intendencia, Farinós; gobernador militar de Madrid, general Sáenz de Buruaga; general de la Guardia Civil, Piñols; director de Caballeros Mutilados, general Millán Astray; jefe del Alto Estado Mayor, general Vigón; director general de Enseñanza Militar, general Alonso Vega; jefe de la Tercera Región Militar, general Aranda Mata; teniente general, Fernández Pérez; general Sagardía; general del Cuerpo Jurídico de la Armada, Eugenio Blanco; general de Intendencia de la Armada, Miguel López, director de la Escuela de Estado Mayor, coronel Ungría, secretario general del Ministerio del Ejército, coronel de Estado Mayor señor Fuentes y otras autoridades militares.
Seguidamente mandos de Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N.S., en servicio. Inmediatamente detrás marchaban comisiones de la Armada, presididas por el almirante Ruíz de Atauri; representaciones del Ejército de Tierra, presididas por el general Solanes; comisiones del Ejército del Arre encabezadas por el subsecretario del Ministerio, general Barrón. Tras ellos representaciones de la Academia de Jurisprudencia, Banco de España, Colegio de Abogados, representaciones y delegaciones de provincias de todos los Ministerios y Departamentos oficiales de Madrid, así como delegados provinciales y otras autoridades
A las once y catorce minutos el cortejo llegó ante el Palacio de Liria, efectuándose un nuevo relevo, haciéndose cargo de las andas el Ejército del Aire.
El cortejo continuó se marcha lentamente hacia la Plaza de la Moncloa. En las aceras y calles adyacentes a la de la Princesa, se hallaba situada una abigarrada multitud.
El cortejo llegó a la altura de la Cárcel Modelo. Sobre aquellas ruinas de la antigua prisión, pendían grandes crespones negros, y la Bandera Nacional, también enlutada, ondeaba a media asta. A la puerta de la que fue cárcel se hallaban formadas varias centurias de la Sección Femenina y un coro, compuesto por cien muchachas, que entonó el «De Profundis» y otras composiciones litúrgicas.
Una vez más se detuvo la comitiva, efectuándose un nuevo relevo. Fuerzas del Ejército de Tierra se hicieron cargo de los restos mortales del mártir. Rompió el silencio el sonido claro de un cornetín y se abatieron las banderas y los gallardetes de las formaciones que se hallaban situadas en la Plaza de la Moncloa, rindiendo así las Falanges madrileñas tributo de condolencia ante su Fundador. Se hallaba también presente un grupo de jóvenes pertenecientes a la colonia alemana, que ostentaba la representación de las Juventudes Hitlerianas.
Cuando los coros femeninos finalizaron sus cantos y la comitiva reanudó su marcha, la artillería emplazada en el Cuartel de la Montaña, disparó de nuevo las salvas de ordenanza.
En la Plaza de la Ciudad Universitaria, entre las ruinas del instituto Rubio, Escuela de Arquitectura y Campo de Tiro, se alzaban dos grandes columnas dóricas enlazadas con un gran crespón negro y en el centro de la plaza se extendía una gran alfombra de flores. Aguardaban la llegada del fúnebre cortejo representaciones del Ministerio de Educación Nacional y la Junta consultiva del S.E.U. En uno de los lados de la plaza formaba una banda de música del Ejército.
A la una menos cinco, llegó el cortejo a la Ciudad Universitaria. Fue depositado el féretro en el suelo y se colocaron a su derecha el Gobierno y a su izquierda la Junta política y detrás el Consejo Nacional, generales y representaciones italiana y alemana portadoras de coronas ofrecidas por el Duce Benito Mussolini y el Führer Adolfo Hitler.
A la llegada del cortejo la Sección Femenina cantó el “De pro fundís” y el clero entonó un responso. Las baterías de artillería dispararon de nuevos salvas de ordenanza y a continuación se inició ante el féretro el desfile de las fuerzas que habían acompañado en el último tramo de las calles de Madrid al Fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera. La banda de música interpretó la marcha “Los Voluntarios” de Gerónimo Giménez. Abrió marcha una sección de enlace motorizada del Ejército de Tierra. A continuación marchaba el coronel que mandaba la línea con su escolta, seguido por la primera bandera de cadetes de Madrid con su banda de cornetas y tambores, fuerzas de infantería de Marina e Infantería del Ejército de Tierra y cerraba la marcha un escuadrón de lanceros, con uniforme de gala.
A la una y cuarto de la tarde los Consejeros Nacionales del Movimiento pertenecientes al S.E.U., con su jefe Nacional José Miguel Guitarte y el subsecretario de Trabajo, Manuel Valdés, se hicieron cargo del féretro, sustituyendo en el glorioso cometido al Ejército de Tierra. Varios estudiantes con armas relevaron a los soldados para dar escolta al cadáver.
En el puente de la Ciudad Universitaria más de veinte banderas y guiones de las secciones provinciales del S. E. U. se rendían al paso de la comitiva. Esta se detuvo un momento y las muchachas del S. E. U., depositaron en el suelo una gran corona de laurel, como ofrenda de la Universidad Central, y ramos, también de laurel, con cintas con los colores de la bandera de Falange Española y de las J. O. N-S., con la dedicatoria: “José Antonio! ¡Presente!”
El féretro pasó en andas por encima de los ramos de laurel y avanzó hacia Puerta de Hierro. Esta se encontraba adornada y en el centro destacaba un retrato de José Antonio, con una corona de laurel y la siguiente dedicatoria: “El Pardo a José Antonio”. En lo alto de la puerta central ondeaba la bandera nacional a media asta y a ambos extremos las banderas de Falange y Requeté.
A las dos en punto llegaba el cortejo a Puerta de Hierro, donde se hallaba formada la centuria “Francisco Fernández Huidobro”. Pasada Puerta de Hierro, a ambos lados de la carretera, grandes hogueras elevaban sus llamas.
Ei ministro de la Gobernación, Ramón Serrano Súñer, que al pasar el puente de la Ciudad Universitaria, se había incorporado a la comitiva, dio guardia de honor al féretro y más tarde portó también a hombros las andas, en compañía, entre otros, de los consejeros nacionales Manolo Valdés, Raimundo Fernández Cuesta, conde de Mavalde y Jaime de Foxá.
Se rezó un responso y se hizo cargo del féretro la Falange de Madrid y lo llevó hasta el kilómetro 7 de la carretera de La Coruña, en cuyo lugar fue relevada por la representación de Segovia. En el momento de la entrega del féretro a la Falange de Madrid el presidente de la Junta Política, Ramón Serrano Suñer, dio el grito de “¡José Antonio!, que fue contestado con un fervoroso ¡Presente!
El féretro pasó por el arco central de la Puerta de Hierro, cuya verja, que hacía muchísimos años no se abría, fue abierta por acuerdo del Ayuntamiento de El Pardo, como homenaje al Fundador de la Falange.
Con una tarde esplendida de sol, el cortejo prosiguió su lenta marcha por la carretera de La Coruña hacia tierras de la sierra madrileña de Guadarrama.
A las cuatro de la tarde la comitiva alcanzaba el cruce de la carretera de La Coruña con la local del pueblo de Aravaca, donde los vecinos habían salido en masa a la carretera para rendir tributo póstumo a José Antonio.
Al frente del vecindario, figuraban el clero parroquial y el Ayuntamiento en pleno, así como fuerzas de Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N.S., locales Sección Femenina y Flechas. Se detuvo un momento la comitiva para que el clero rezara un responso. La Sección Femenina y gente humilde del pueblo, tributaron un sencillo homenaje al Fundador de la Falange, depositando flores sobre su féretro.
El siguiente pueblo donde llegó la comitiva fue El Plantío, con varias casas derruidas por la dureza de los combates allí dirimidos en la pasada guerra. Todo el pueblo salió también a recibir al cortejo.
Hasta muy cerca de las primeras casas de El Plantío, habían conducido el cadáver todos los miembros de la redacción del periódico “Arriba”, órgano de la Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N.S., de Madrid, fundado por José Antonio, donde fueron relevados por la Falange de Segovia.
El relevo en El Plantío se efectuó frente al lugar conocido por “El Descanso”, y tuvo efecto alrededor de las seis de la tarde. La II Centuria de Falange de Madrid, con las formalidades de rúbrica, se hizo cargo de los restos de manos de la de Segovia. A continuación se rezó el Santo Rosario, y la comitiva siguió su camino hasta Las Rozas, a donde llegó a la diez de la noche. Allí esperaba el General Yagüe, reconocido falangista, que llevaba la camisa azul bajo el uniforme del Ejército español y que se incorporó a la comitiva, que tomaría, a la salida de las Rozas, la carretera que por Galapagar, conducía directamente a El Escorial.
De Alicante al Escorial. El entierro de José Antonio. Día 30 de noviembre. En el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
En la madrugada, del día 30 de noviembre, la comitiva que conducía los restos de José Antonio, llegaba al término del municipio de Galapagar, a unos 8 kilómetros del pueblo. En la línea divisoria del término municipal se encontraban las autoridades locales del mismo, representantes de Falange Española, Tradicionalista y de las J.O.N.S., así como comisiones de Torrelodones, Colmenar Viejo, Torrelaguna, Talamanca, Fuencarral, Colmenarejo y otras, que se unieron al cortejo hasta su entrada en el pueblo, al que llegó próximamente a las tres de la madrugada.
A la entrada del mismo se había levantado un magnífico arco, y a ambos lados de la carretera ardían inmensas hogueras, que alumbraban el trayecto en un gran trozo. Más un millar de falangistas, que esperaban en este punto, se unieron a la comitiva a fin de acompañarla hasta el Monasterio de El Escorial.
Poco antes de llegar a la Casa del Príncipe se realizó un nuevo relevo. La Falange del Escorial, que llevaba el féretro desde el kilómetro 45, entregó los restos a la Falange de Marruecos, dando guardia de honor la Centuria “José Antonio” de Alicante, que venía acompañando en todo el trayecto a la comitiva
El cortejo continuó sus lento caminar hasta llegar adonde se encontraban los consejeros nacionales, situados sobre una alfombra de flores y ramaje, mientras por parte de la Sección Femenina de Falange del Escorial se entonaron diversos cantos litúrgicos. La Falange de Marruecos entregó el féretro al Consejo Nacional de Movimiento, recibiéndolo el ministro secretario general del Movimiento general Agustín Muñoz Grandes.
Los consejeros nacionales tomaron entonces las andas y de nuevo se puso en marcha la comitiva, haciéndose, durante el trayecto, algunos relevos entre los consejeros. Sobre el Monasterio, a muy escasa altura, evolucionaron gran número de aparatos de la Aviación Nacional y las baterías artilleras, emplazadas en lugares próximos, comenzaron a disparar las salvas de ordenanza.
San Lorenzo de El Escorial se encontraba lleno de banderas Nacionales, del Movimiento y colgaduras con los lazos nacionales con crespones negros, sobre las que destacaban muchos retratos de José Antonio, adornados con ramos de laurel y coronas negras. Las calles de pueblo resultaron insuficientes para dar cabida a los miles de falangistas de ambos sexos que habían llegado durante toda la tarde, la noche anterior y la madrugada. De forma extraordinaria y con una magnifica organización se logró disponer de alojamiento para cincuenta mil personas.
En diferentes lugares de la villa se habían organizado puestos de socorro con servicios sanitarios. También se estableció una oficina especial con gran número de cabinas telefónicas para el mejor desenvolvimiento de la labor de los periodistas encargados de cubrir la información del acto fúnebre. “Auxilio Social» de la Sección Femenina, organizó un eficaz servicio de comidas, repartiendo varios miles de raciones durante la mañana, tarde y noche. Desde todos los lugares de España e incluso de Hispanoamérica, llegaron un incalculable número de coronas de flores y de laurel. Entre ellas destacaba, de forma llamativa, una con una dedicatoria que decía “La Falange de la zona roja”.
A las cuatro menos cuarto de la tarde la comitiva llegó a la puerta denominada de la Herrería, donde aguardaba la Junta Política, y al frente de ella Ramón Serrano Suñer. Detrás se había situado la comunidad de Agustinos del Monasterio con Cruz alzada. También se hallaban presentes delegaciones de Benedictinos, Capuchinos, Franciscanos, Carmelitas, Dominicos, Marianistas, Escolapios, Cristinos y de otras Órdenes y Congregaciones religiosas.
Hasta la Puerta de la Herrería el féretro fue cargado a hombros por los miembros del Consejo Nacional, que entregaron las andas, previa la firma del acta correspondiente, al presidente de la Junta Política y ministro de la Gobernación, Ramón Serrano Suñer, el cual, a su vez, designó a los miembros de ese organismo y del Consejo que habían de portarlas a continuación. El clero de los Agustinos rezó un responso, y la comitiva se puso de nuevo en marcha. Cuando la Junta Política se hizo cargo del féretro, en los montes cercanos a El Escorial comenzaron a arder grandes hogueras, y de nuevo la artillería hizo bramar los cañones, en homenaje a José Antonio.
Un toque de atención general anunció a la multitud la llegada del Caudillo, que vestía el uniforme de Jefe Nacional de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. Le acompañaban el jefe de su Casa Militar, general José Moscardó, y el de la Civil Julio Muñoz de Aguilar.
El Caudillo hizo su entrada en el Monasterio por la primera puerta de la Lonja, y desde allí se trasladó, a través de la basílica, al Patio de los Reyes, donde esperó la llegada de la comitiva.
Con un silencio sepulcral, la comitiva continuó avanzando muy lentamente, entre filas espesas que formaban millares de falangistas, a cuyo frente iban los distintivos, banderas y banderines de cada una de las Falanges. Inmediatamente detrás del féretro marchaba Ramón Serrano Suñer, que llevaba a su derecha a Pilar Primo de Rivera y a su izquierda a Miguel Primo de Rivera. Tras ellos, el ministro secretario general del Movimiento, general Agustín Muñoz Grandes, acompañado de todos los restantes miembros de la Junta Política, consejeros nacionales y mandos del Movimiento, jerarquías del Estado y de la Milicia.
A las cinco de la tarde la comitiva llegaba a la puerta principal del Monasterio. Aquí se realizó un nuevo relevo de las andas, situándose debajo de ellas otros miembros de la junta Política, consejeros Nacionales y amigos íntimos del Fundador de la Falange Española como Raimundo Fernández Cuesta, Manuel Valdés Larrañaga y Dionisio Ridruejo, entre otros.
Inmediatamente detrás del féretro, iba el Caudillo de España Francisco Franco. Marchaban seguidamente el Gobierno, Cuerpo diplomático, jerarquías y comisiones de entidades y corporaciones.
En el Patio de los Reyes, del que pendían grandes colgaduras negras, tres compañías del regimiento de Infantería número 1; otra compañía de la Armada y otra del Ejército del Aire, esperaban formadas para rendir honores. También formaban centurias integradas por camaradas de la vieja guardia de Madrid y también camisas viejas de la Sección femenina, portando banderas; otra centuria de camisas viejas de la provincia formaba en dos líneas en la escalinata.
Entre un impresionante y conmovedor silencio el féretro cruzó el enorme patio hasta llegar a la escalinata, donde de nuevo se detuvo. El presidente de la Junta Política, Ramón Serrano Suñer hizo la entrega protocolaria del féretro, mediante acta al Caudillo y Jefe Nacional Francisco Franco. Este, cuando los relojes marcaban las cinco de la tarde, pidió que se hicieran cargo del féretro viejos falangistas condecorados por José Antonio con la Palma de Plata, los cuales condujeron el ataúd desde la entrada del templo hasta el sepulcro situado bajo la lámpara central del crucero, delante del Altar Mayor. Los Palmas de Platas que eran Leopoldo Panizo Piquero, primer poseedor de !a Palma de plata; Juan Francisco Yela Utrilla, Ulpiano Cervero Lorendes, Ángel Alcázar de Velasco, Sancho Dávila Fernández de Celis, Narciso Perales Herrero, Santiago López Fernández, Juan Ruípérez del Campo, chófer del Generalísimo; Agustín Aznar Gener, José Miguel Guitarte Irigaray, Javier García Noblejas. Felipe Bárcena de Castro. Mariano Suarez-Infiesta y Suárez Polo y Alfredo Jiménez Millas, formaron también la guardia ante el féretro durante toda la función religiosa.
El Jefe del Estado se situó en un sitial, al lado del Evangelio, en el presbiterio, debajo del oratorio de Carlos I de España. Pilar y Miguel Primo de Rivera y otras personalidades allegadas al fundador, se colocaron inmediatamente después del Gobierno de la Nación. Frente al féretro y en un sillón de honor tomó asiento la esposa del Generalísimo, Carmen Polo de Franco.
El coro de los Agustinos dio inicio al oficio religioso con un canto gregoriano, alternado con música polifónica y antífonas. Después de la vigilia de difuntos comenzó el oficio de sepultura, y seguidamente el coro polifónico de Palma de Mallorca, dirigido por el maestro José María Tomás, cantó el oficio de enterramiento.
A las seis y cuarto de la tarde al llegar el féretro con los restos de José Antonio ante el sepulcro, los Palmas de Plata y Camisas Viejas que lo transportaron, se retiraron.
El féretro de José Antonio fue colocado en su tumba por veinte hombres que realizaron los trabajos de descenso del ataúd al sepulcro. El momento fue de emoción incontenible. El Caudillo, el Gobierno, autoridades y todos los presentes en el solemne acto, se pusieron en pie en posición de firmes. Llegado el féretro al fondo de la sepultura, sobre él se colocó una bandera rojinegra de Falange Española y de las JONS, que se había enarbolado en los tiempos heroicos desde su fundación, en octubre de 1933, a los momentos de persecución en la primavera trágica del 36, antes del estallido del Alzamiento Nacional y que desembocaría en la guerra de Liberación Española de 1936-39. Tras ello y para finalizar, situaron la losa procediendo a cerrar y sellar el sepulcro que guardaría los restos mortales de José Antonio.
Con la losa sepulcral cubriendo ya por completo la tumba de José Antonio, se colocó sobre ella la corona de bronce ofrecida por el Duce al Fundador de la Falange Española y también la corona de laurel dedicada por el Führer alemán Adolfo Hitler, en homenaje a José Antonio
De seguido la Orquesta Sinfónica de Madrid, dirigida por el maestro Félix Tellería, interpretó el “Cara al Sol”, de cuya música era autor, con arreglo a una nueva adaptación del himno para orquesta, hecha por el propio Tellería expresamente para ese acto.
Inmediatamente después el Caudillo se aproximó al sepulcro, y visiblemente conmovido, saludó brazo en alto y con voz entrecortada por la emoción pronunció las siguientes palabras: “José Antonio, símbolo y ejemplo de nuestra juventud: En los momentos en que te unes a la tierra que tanto amaste, cuando en el horizonte de España alborea el bello resurgir que tu soñaras, repetiré tus palabras ante el primer Caído: Que Dios te dé el eterno descanso y a nosotros nos los niegue hasta que hayamos sabido ganar para España la cosecha que siembra tu muerte. ¡José Antonio Primo de Rivera!
La ceremonia de enterramiento de José Antonio había terminado. Las baterías de Artillería continuaron disparando salvas de ordenanza.
En la anochecida unos potentes reflectores instalados en la casa denominada “de los Oficios” en torno a la fachada este y sur, proyectaron su luz sobre el impresionante Monasterio. En el alto de Abantos, en la cima de la sierra, ardieron veinte hogueras, y un monumental Yugo y Flechas, de más de 15 metros de altura, fue iluminado.
A las siete en punto de la tarde, el Caudillo, tras entonar el “Cara al Sol”, dando él mismo los gritos de ritual, abandonó el Monasterio a los acordes del Himno Nacional, interpretado por todas las bandas militares presentes, mientras todas las fuerzas que rindieron honores presentan armas.
Al Caudillo lo acompañó en su coche el presidente de la Junta Política y ministro de la Gobernación, señor Serrano Suñer. Tras ellos se formó una gran caravana de vehículos. En ese instante más de sesenta mil personas volvieron a entonan el “Cara al Sol”, dando al final del mismo los gritos de ritual el ministro sin cartera Rafael Sánchez Mazas, que también pronunció tres veces el nombre de ¡José Antonio!, contestado por la muchedumbre con un clamoroso ¡Presente!
Después de una formación de cerca de ocho horas, las organizaciones de Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N.S., y milicias de segunda línea que formaron en la Lonja y carretera que la circundaba, perfectamente iluminadas, rompieron filas y comenzaron a abandonar el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde se había vivido una de las páginas más conmovedoras, que quedaría impresa en letras de oro en la dilatada historia de nuestra querida Patria España. Delante del altar Mayor del Monasterio creado por Felipe, II quedaba una losa de granito con una sencilla Cruz, una palma y un nombre JOSE ANTONIO.
CONCLUSIÓN
El traslado de José Antonio Primo de Rivera desde Alicante hasta El Escorial en noviembre de 1939 fue mucho más que un cortejo fúnebre: constituyó un acto de gran carga simbólica que reflejó el clima político y social de la España recién salida de la Guerra Civil. A través de un recorrido marcado por la disciplina, la solemnidad y la participación masiva, el régimen consolidó una narrativa de unidad, sacrificio y memoria en torno a la figura del fundador de Falange.
La llegada al Monasterio de El Escorial puso fin a un viaje que quedó grabado en la memoria de toda una generación, no solo por su magnitud, sino por la intensidad emocional y ritual que lo acompañó. Aquel acontecimiento histórico sigue siendo hoy objeto de estudio y reflexión, como ejemplo de cómo los símbolos, los ritos y la escenografía pública pueden desempeñar un papel fundamental en la construcción del relato político de una época.
