El 22 de febrero de 1938 las tropas del bando sublevado recuperaron la ciudad de Teruel, poniendo fin a una de las batallas más duras y sangrientas de la Guerra Civil Española. Apenas mes y medio antes, el Ejército Popular de la República había logrado conquistar la capital turolense, obteniendo una importante victoria política, militar y propagandística que elevó temporalmente la moral republicana.
La recuperación de Teruel se convirtió desde el primer momento en un objetivo prioritario para el general Francisco Franco. La pérdida de una capital de provincia representaba un importante revés simbólico para el bando nacional y suponía además una amenaza para las comunicaciones y posiciones estratégicas en el frente de Aragón. Por ello, el mando franquista concentró importantes efectivos humanos y materiales para lanzar una poderosa contraofensiva destinada a recuperar la ciudad cuanto antes.
La batalla se desarrolló en unas condiciones climáticas extremas. El invierno de 1937-1938 fue uno de los más fríos del siglo en España, con temperaturas que descendieron hasta los veinte grados bajo cero en algunas zonas. La nieve, el hielo y el intenso frío causaron numerosas bajas por congelación y agotamiento entre soldados de ambos bandos, convirtiendo la lucha por Teruel en un episodio especialmente dramático.
Las fuerzas republicanas, muy castigadas por el esfuerzo realizado durante la conquista de la ciudad en diciembre y enero, encontraron enormes dificultades para resistir la presión de las tropas franquistas. La superioridad artillera y aérea del ejército nacional fue inclinando progresivamente la balanza a su favor, mientras los defensores republicanos se veían obligados a retroceder ante el avance enemigo.
Finalmente, el 22 de febrero de 1938, las últimas unidades republicanas abandonaron Teruel y las tropas franquistas entraron nuevamente en la ciudad. La reconquista puso fin a más de dos meses de combates continuos y dejó tras de sí una enorme destrucción material y miles de víctimas entre muertos, heridos y desaparecidos.
La batalla de Teruel es considerada por muchos historiadores como uno de los enfrentamientos decisivos de la guerra. El desgaste sufrido por el Ejército Popular de la República debilitó gravemente su capacidad ofensiva y facilitó el desarrollo de la posterior ofensiva de Aragón, que permitiría a las tropas franquistas alcanzar el Mediterráneo y dividir en dos el territorio controlado por la República.
La recuperación de Teruel tuvo además un importante efecto psicológico y propagandístico, reforzando la moral del bando nacional y evidenciando las crecientes dificultades militares que afrontaba la República en la fase final del conflicto.
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