INTRODUCCIÓN
El pensamiento de Ernesto Giménez Caballero sobre los nacionalismos se articula en torno a una idea central: la nación no se define únicamente por su presente, sino por la continuidad viva de su pasado. En este texto, el autor propone una interpretación profundamente simbólica y espiritual del fenómeno nacional, en la que la historia, la tradición y la memoria colectiva actúan como fuerzas determinantes.
A través de ejemplos como Alemania, Turquía, Rusia e Italia, Giménez Caballero desarrolla una visión en la que los pueblos resurgen cuando logran reconectar con su “genio” histórico. Este planteamiento trasciende lo político en sentido estricto y se adentra en una dimensión casi mística del nacionalismo, entendida como una encarnación de la continuidad histórica en líderes y movimientos.
El texto, escrito en el contexto de la Europa de entreguerras, refleja tanto las tensiones ideológicas del momento como una particular concepción del destino de las naciones, marcada por el peso de la tradición y la interpretación del pasado como motor del presente.
¡Oh! ¡Difícil secreto el de todo nacionalismo! Tan difícil como la solución que predicaba aquel maestro a sus discípulos en los graves problemas de biología: volver a los textos de la escuela; tornar a la sencillez máxima; a lo que los niños pueden resolver con sus textos elementales; a lo que puede resolver –y resuelve de hecho– el pobre analfabeto de la calle, el puro pueblo que llena un país desde centenios, muriendo, viviendo, muriendo, viviendo, en una santísima continuidad ininterrumpida.
El secreto de todo nacionalismo –como de todo resucitamiento– no está en lo que es, sino en lo que ha sido; y que por el hecho mismo de haber sido –esto es: penado, sufrido, vivido, anhelado–, quiere seguir siendo.
La solución de una vida nacional está siempre en la muerte, en los muertos.
Lo único vivo, eternamente vivo que posee una nación son sus muertos.
Y no se crea que quiero jugar de la paradoja al decir esta verdad, que es tan verdad y tan sencilla, que la saben los que no saben de otras verdades menos verdades.
No se crea que al decir esto pienso en un «culto de los muertos», en una «tierra de antepasados», en un «ritual hierático y muerto de los cadáveres». ¡Oh, no! Ya sabéis vosotros –vosotros los que me entendéis– que yo no me refiero a nada de eso ni huelo a cadaverina.
Los muertos de una nación no son los cadáveres. ni las tumbas, ni las efemérides muertas de una nación.
Los muertos de una nación somos, los mismos vivientes de esta nación, las vivencias de una nación. Pues los muertos de una nación viven en todo y en todos: cada uno de nosotros somos el resultado personal de una cadena de muertos de un país, que nos han dejado, al morir, lo más vivo que tenían, y que sigue viviendo y actuando en nosotros: desde el color de los ojos, desde el modo de hablar, desde las ganas de reír o de ser graves, hasta la manera de que nuestro corazón resuelva sus conflictos ante el mundo. ¿Qué son nuestras entrañas, nuestra raíz genital, sino la voz y el ansia viva de los que han muerto en nuestra tierra? ¿De los que han muerto queriendo, anhelando y viviendo, eso que –inyectado en sangre y espíritu– sentimos en nuestras propias vísceras actuales, actuar hoy, y vivir?
Y si de nuestras personas pasamos a nuestro paisaje, a nuestras ciudades, a nuestras fiestas, a nuestras cosas, aun las más inertes, veremos que en ellas alienta la vida de lo sido, de lo muerto, de lo que pugnó por vivir antes de morir. Por eso todos sabemos que los paisajes y las ciudades y las cosas de un país tienen alma, es decir, una vida espiritual que perdura, y que sólo capta el que la lleva previamente en sí: el hijo de ese alma: alma mater, alma genial, alma fecunda, alimento de vida, de integridad, de eternidad, en un país; tradición, entrega, prosecución de un alma. De un alma genial, de un genio. Pues el genio de un país existe. Y es el que decide de ese país, como ya lo sabían los antiguos[1]. Por eso ese alma, ese genio, no hablará a quien su alma la tenga partida en dos: bastardeada.
Por eso, esa vida de la muerte no hará vivir, vibrar, continuar viviendo a quien tiene la vida muerta para esa vida, al servicio de otra vida que no es la suya, y que, por no ser suya, es como si estuviese muerta. Muerta de muerte mortal, con mortandad de cadáver.
Por eso esa vida que exhalan –pura, luminosa y única– los muertos de un vivir nacional no puede ser entendida por los hijos de dos madres, por los que han traicionado a los muertos, es decir, a los vivos de su país.
No sonriáis por estas mis aparentes intervalencias de muerte y vida que quizás os recuerdan el estilo unamunesco, el paradójico. Yo no hago paradojas, unamunismos. Todo lo más hablo parabólicamente, que es el modo de expresar siempre lo evangélico, lo elemental.
Y para demostrarlo no tengo más que aludiros a los concretos ejemplos que antes os apunté; al resucitamiento de una nueva Alemania hitleriana, de una nueva Turquía y de una nueva Rusia y de una nueva Italia, en nuestros días, pueblos «bárbaros y algunos pequeños», que saben algo ya del drama de la modernidad. Genios que se incorporan.
El secreto del Führer alemán: Hitler
Quiero empezar por el más reciente de esos resucitamientos: ese que, por inopinado y actual, parece a las gentes un milagro, una ilusión. Y les parecería una fantasía si no estuviesen ahí esos millones de votos que arrastra Hitler, esos cortejos y legiones que arrastra Hitler tras sí, con paso cadencioso, misterioso, progresor y decidido de Marcha. ¿Quién es Hitler? ¿Un taumaturgo, una excepción humana, un sabio señor?
Personalmente no creo que Hitler sea más burdo ni más tosco que un Kemal Pachá, que un Lenin, que un Mussolini. Probablemente, ciertamente lo es más. Sin que por eso quiera yo decir que todos los restantes de esos capitanes de pueblos dejen de ser gente casi aldeana, elemental, ruda y de una pieza.
Pero, precisamente, en ese ser de una pieza y no de dos está su secreto, su finura, su sensibilidad: egregias, castizas. Precisamente en ese haber logrado asumir el genio, el alma, la casta de un ámbito, como una armadura exacta sobre su talla, está su éxito.
Si leéis el programa de Hitler, veis que casi no es programa. Que son dos o tres alaridos que le suben de su más honda raíz. Vamos a suponer –incluso si ello fuera posible– que Hitler fuera insincero, que fuese un aventurero que camuflase esos gritos o querencias. Daría lo mismo, con tal que los camuflase a la perfección, como si los sintiese de veras. Porque ahí no es Hitler el que grita: es el genio de un pueblo el que postula. Y que encarna en un representante u homúnculo. Si este homúnculo engaña al genio, el genio prescindirá de él, anulándolo en el acto. Precisamente, cada fracaso de un pueblo es la traición que este pueblo se hace a sí mismo en la figura de sus conductores o representantes.
Todo pueblo es en el fondo una querencia de amor de mujer. Cuando encuentra su hombre, se entrega. Porque en el amor es donde se encuentran los seres. Es también, todo pueblo, como un raudal de viento con voluntad de música que va buscando su instrumento para resolverse en melodía triunfal. Es todo pueblo, asimismo, como una arcilla que sufre la tortura de lo informe, hasta que una mano lo salva en forma, en estatua.
Por algo se da a los conductores de masa ese maligno consejo político de ponerse delante del pelotón para que el pelotón los siga. Pero, ¡ay del maligno, cuando el pelotón se apercibe que no se sigue a sí mismo!
El programa de Hitler se ha podido sintetizar en cinco frentes o rangos de batalla: 1) Antidemócrata. 2) Anticapitalista. 3) Anticomunista. 4) Antisemita; y 5) Antimasónico.
Ese programa, en su literalidad, puede decirse que es una copia del programa fascista. De ahí que por tales apariencias y por las otras apariencias de la camisa parda y las legiones en Marcha, se les haya denominado a los hitlerianos los «fascistas alemanes».
Y lo son, en cuanto que Fascismo –como veremos más adelante– no es ya, como se cree, símbolo de «Nacionalismo», de «Particularismo», sino de todo lo contrario de una nueva «universalidad», de una novísima «ecumenidad»[2].
Pero lo que distingue fundamentalmente «hitlerismo» de «mussolinismo» es sencillamente algo, muy modesto y minuto en la forma, pero de una trascendencia enorme en las consecuencias. Lo que distingue el «fascismo alemán del «fascismo italiano» es, simplemente: la forma de la Cruz que defienden ambos. La Cruz católica y la Cruz esvástica. La cruz mediterránea o latina: Y la cruz aria o germánica.
Una cruz como la romana, cuya esencia está basada en la fraternidad racial.
Una cruz como la prusiana, cuya esencia está basada en el orgullo de raza.
La diferencia de ambos fascismos está, pues, en que el alemán es un fascismo pagano, y el de Italia, uno cristiano.
De ahí arrancan esas polémicas –de amplia importancia– que dividen a italianos y alemanes fascistas entre sí. Fascistas de Roma y de Berlín están concordes en un programa político común: Cesarismo, Estadolatría, Antimodernismo (en sus formas de Capitalismo y Marxismo, de Liberalismo y Comunismo). Desprecio a Francia. Pero discrepan en lo más hondo: el sentido de jerarquía humana que implica la forma de las dos Cruces. Para el jerarca católico, la gradación humana es independiente de la sangre. Para el jerarca ario, la gradación humana está condicionada por la raza. Lo uno es: catolicismo. Lo otro es: racismo[3].
El racismo apoya sus fundamentos en el misticismo rubio aquel que hiciera soñar a nuestro Ortega y Gasset con sueno romántico de palmera en abeto. Sus valores son: Honor y Virilidad. Lo noble en el mundo, para el racismo, es la raza nórdica: pura expresión del germanismo: es el homo germánicus frente al homo aeconomicus del liberal-comunismo, y frente al homo mediterraneus del catolicismo.
De ahí que se haya podido ya señalar que el racismo de Hitler asiente sus orígenes en aquel movimiento austriaco, aquella secta del Los-von-Rom. Y –por tanto– que siendo un impulso de apariencia romana, sea en el fondo un peligro de antirromanidad.
(No en vano nuestros herejes, nuestros blondizantes de acá, han mostrado instintivamente más simpatía por el hitlerismo que por el fascismo italiano.)
Cruz romántica y cruz esvástica están destinadas a diverger tras esta inicial confluencia en que les une: su coyuntura antifrancesa y antirrusa, antiliberal y anticomunista. Están destinados a la lucha –eterna lucha de Austria contra Italia, de Lutero contra el vicario de Cristo, de Emperador contra Papado, de bárbaros contra Roma– si otra vez en la historia no asume su papel providencial conciliador y sintético: España. La España del César germánico (Carlos V) al servicio del Dios de Roma. La que identifica las dos formas de cruces (esvástica y lábaro) en una forma única y universa: católica. Pero de esto hablaremos en su punto preciso[4].
Ahora, lo que me importa relievizar era el secreto de la resurrección alemana actual: era ese milagroso resucitar del germanismo en Europa.
Secreto que –como el de todo nacionalismo (repitámoslo)– no es otro que un «secreto de muerte».
Es el secreto que los muertos alemanes estaban murmurando y confesando al corazón vivo de sus sucesores vivos.
En esa faz sanguínea, vital y arrolladora de impulso, que es Hitler; en esa torrencialidad casi cósmica de la nueva Alemania que despierta: ¡ved las faces sacras de todos los muertos en la guerra, en la Gran Guerra, y en todas las guerras germánicas, desde Ariovisto y Atila! ¡Desde la caballería germánica que derrota a Vercingetórix hasta las tropas luteranas del Taciturno! ¡Resurrección de la carne: del Genio: del Alma de un país![5]
¡Lo que no podía morir no había muerto! Y por eso resucita y quiere seguir viviendo.
¿Quién iba a decir en la Alemania democrática de Stressemann, en la Alemania bolcheviquizada de Espartacus, en la Alemania desesperada, trágica y muda de estos años, que por debajo de tanta grisura y catástrofe corría, puro, encendido y genuino!, ¡el voto de catorce millones de almas!
Ese ha sido el hallazgo de Hitler, su destino artesiánico de pinchar en la vena escondida del manantial, su genialidad de encontrar el genio de su tierra, de su raza. El milagro de Hitler es el milagro del Genio perdurable de lo germánico. Genio que no había muerto en el cementerio de Versalles. Genio que despierta a sus muertos para que sigan viviendo. ¡Poniendo en pie la vida mágica de una raza y de un pueblo!
El secreto del Ghazi otomano: Mustafá Kemal
El español que conozca la península balcánica y al visitarla lo haya hecho con instinto genial y despierto, sin duda que Turquía le ha producido estremecimientos misteriosos, avisos de singulares cercanías y concomitancias.
(De mí sé decir que «lo turco» me produjo una instintiva atracción al recorrerlo –aún no hace mucho– rápidamente.)
Sorprende al español constatar ante todo, que la península balcánica padece una historia –durante la Historia– muy semejante a la historia de la península ibérica.
Colonizada por Roma en la Edad Antigua –sobre tribus más o menos autóctonas, pero con raíces de provinencia oriental–, recuerda desde sus primeros momentos la suerte de España.
Efectivamente: durante la Edad Media, esa de los germanos (siglos V y VI.) Los cuales, lo mismo que al invadir la península románica de Occidente, Hispania, intentan reconstruir el roto imperio romano: de la Dacia, la Mesia, el Vadar y el Danubio.
A fines del siglo VII (679) los búlgaros del Volga, los rusos, vienen a desempeñar el papel invasor que los árabes en España (711). Bizancio en su Córdoba. Su Tsar es como nuestro Califa.
La península balcánica, durante toda la Edad Media, es un caos de reinos y de taifas. Lo búlgaro, lo serbio, lo griego, lo rumano, recuerdan nuestras divisiones leonesas, navarras, aragonesas, castellanas y andalumuslimitas.
Pero justamente la toma de Constantinopla en el siglo XV (1453) por los turcos otomanos, significa para el islam algo así como la toma de Granada para el Catolicismo (1492).
Los otomanos aparecen como los castellanos del Islam. Unificadores, ordenadores e imperiales. Vencen a los serbios en Kossovo (1389), a los búlgaros en Tirnovo (1393). Invaden Zéta en 1499. Belgrado en 1521. Y llegan al Dniester en 1538. Cuando Solimán se instala en Constantinopla, las armadas –los dos Genios hostiles– de Castilla y de Constantinopla, se encuentran y chocan en Lepanto. (Solimán ayudado por Francisco I el francés, el traidor cristiano que se alía con el infiel[6] para combatir al César germánico de España, Carlos V.)
Este encuentro naval famoso es «la más alta ocasión que vieron los siglos», al decir de Cervantes, quien derrama su sangre y pierde su mano, por ayudar a César y a Dios contra el francés y contra el Oriente.
España es el brazo diestro del Catolicismo: Lepanto. Turquía es el brazo diestro del Islam: Lepanto.
Los turcos mantienen la unidad balcánica hasta el siglo XIX, en un vago imperio de tipo feudal y mediévico. Un sultán que representa el principio temporal y religioso (Padischah y Califa). Una administración semiguerrera, semisacerdotal, en que las provincias se llaman vilayetos y los gobernadores valíes.
Pero el imperio turco, así como el hispánico, se desmembra y desvertebra durante el siglo XIX, al son de la Marsellesa sonada por Francia en todo balkán, como en toda república americana. De la anarquía resultante van cristalizando las autonomías eurorientales; el reino serbio, la Basileia griega, el Zarado búlgaro, etcétera.
Al llegar la Gran Guerra de 1914, Turquía, reducida, vencida, sueña sin duda, en un renacer guerrero, ayudada por Alemania. Pero Alemania es derrotada. Y el patriotismo turco ha de sufrir las consecuencias.
Inglaterra ayuda a los griegos, secular enemigo del turco, para una incursión en el Asia Menor. Se intenta, pues, no sólo arrojar al osmanlí de Europa, sino de Asia. Turquía parecía perdida irremisiblemente. Su sultán Mohamed VI no tenía ya coraje ni sentimiento de patria alguno. Se apoya en Inglaterra y se entrega a ella.
Pero en Turquía habíanse dado desde 1908 grupos de juventudes, haces de patriotas, que ansiaban un vasto por venir, un resurgimiento. Esos grupos se llamaron «La Joven Turquía», «Unión y Progreso»… Una de tales sociedades románticas y heroicas se denomina «La Patria».
Y su fundador: Mustafá Kemal.
Mustafá Kemal era un pura casta, un macedonio. Hijo de un comerciante y funcionario de Salónica, nace en la ciudad y la estirpe de Alejandro Magno. En esa línea macedónica de los grandes estadistas guerreros: Niasi bey, Talaat, Mohamed Alí, Enver… En 1904 era capitán de Estado Mayor. Y semejante a nuestros militares de las Juntas de Defensa, se pasa su vida en conspiraciones que a veces le cuestan caras.
Estalla la Gran Guerra; Mustafá se encarga del mando de la 19 división y combate en Areburnu. Pronto le surgen discrepancias con el mando alemán. Mustafá Kemal tenía el instinto de la guerra, y el general tudesco Falkenhayn, la pedantería. Pierde la pedantería. Cuando se acuerdan de que Mustafá tenía razón y se le ordena marchar sobre Bagdad, ya es tarde. Se ha firmado el armisticio: la derrota.
No sabiendo qué hacer el sultán con este Mustafá, le reduce en Anatolia, al frente de un grupo de tropas. (Del modo que en el siglo XV el Basileo bizantino deja a sus auxiliares, los turcos, en Gallípoli, sin saber que esos auxiliares guerreros le iban a vencer a él.)
En efecto; al desmoralizarse el ejército turco, Kemal organiza con los mejores ex combatientes haces de resistencia nacional. Y, desde Angora, la Toledo anatólica, de Clima duro y altiplánico, comienza a vigilar el futuro de Turquía.
El 14 de mayo de 1919 la Conferencia de la Paz se sienta tranquilamente en Versalles para repartirse Turquía.
Para los yanquis, Armenia y Constantinopla; para Grecia, Esmirna; para Francia, la Anatolia septentrional…
Los griegos no esperan mucho. El 19 de mayo desembarcan en Esmirna, ayudados por su protectora Inglaterra, que tenía en Venizelos un fiel mandatario.
Esmirna es el Fiume de los turcos. Un clamor nacional se levanta en el ámbito turco. «Esmirna permanecerá turca –se proclama–. Y Mustafa, desde su atalaya, mientras se ciñe las armas, dice a los suyos: «El turco jamás fue esclavo y no lo será jamás.»
El sultán vacila, corrompido por Inglaterra. Pero Mustafá Kemal, en octubre de 1922, mete el pecho de sus caballos en el Egeo, persiguiendo a los aterrorizados griegos, Una nación renace. A este gran capitán, Mustafá, se le llama el Ghazi, el Ductor, el Victorioso. Su poder avanza en marcha sobre Constantinopla.
El 17 de noviembre un telegrama anuncia al pueblo: «El sultán ha huido en la madrugada y ha embarcado en el crucero inglés Malaya, partiendo para Malta». La revolución nacional queda hecha en Turquía. Y Turquía comienza a recobrar su genio, su Destino.
¿Qué hace Mustafá Kemal en Turquía para reanudar el genio turco?
De una parte: modernizar el Islam turco. Occidentalizarlo.
De otra parte: tradicionalizar el Islam turco. Orientalizarlo.
Turquía: puente entre Asia y Europa, se ve en la misión de europeizarse a la oriental. O sea: introducir la civilización de occidente con sustancia turca, con estilo asiático.
Apoyado en la más pura tradición coránica que postula: «Id a instruiros por doquier, incluso hasta en China», este hombre no tiene miedo en suprimir el mahometismo acartonado del sultán como religión oficial. Proclama la libertad de cultos y de conciencia. Laiciza las escuelas Y la vida pública. Pero al mismo tiempo ensaya una reforma intensa del mahometismo. Nacionaliza la lengua turca, depurándola de barbarismos. Introduce el alfabeto latino. Inicia el vestir a la europea. Se pone sombrero en vez de fez. Y frac. Y baila en público.
Y arranca el velo en las faces femeninas. Y ordena la administración. Y emprende Obras públicas en vastos planes. Y reformas sociales. Y una reorganización del Ejército, con vistas imperiales y eficientes. Su República nace al son de la Marsellesa. Turquía se europeíza. Pero se europeíza a la sombra de una Ley de Orden público, de una Dictadura inapelable. La República es un Dictador. Una sola persona. El Ghazi. (En España se hubiera dado este mismo tipo sumando el de Primo de Rivera con el de Azaña. Por eso Dictadura y República son en España tan complementarias y tan opuestas; tan mancas.)
Los retratos de Kemal llenan las calles, las escuelas, los edificios públicos, como en Italia los de Mussolini. El Ghazi es fuerte, viril, sugestionador, como Mussolini, como Hitler. El Ghazi es el alma de la nueva Turquía.
Su República nace al son francés de la Libertad, Igualdad, etcétera. Pero su espejo está en Italia: en la Autoridad y la Jerarquía. El Ghazi es el Duce turco.
Pero no es un italianizante ni un galicizante, no es sólo un europeizante: el Ghazi es, ante todo, un turco. El Islam asoma de nuevo su Media luna –Media luna o una Hoz las armas de su frente– por los ojos verdes del Ghazi. Si el mundo occidental fracasa, y el mundo occidental –ruso-asiático– se organiza, allí está otra vez el turco para canalizar la historia: pronto a un nuevo Lepanto.
El Genio osmanlí ha despertado. Ahí está. Incipiente. Y vencedor. Con su triunfador: Mustafá, el Ghazi[7].
El secreto del Padrecito ruso: Lenin
Cuando un pueblo encuentra su Genio, es en el doble sentido de encontrarse a sí mismo en un realizador, en un hacerse Hombre el Dios de ese pueblo. Toda religión –y un aspecto religioso es todo nacionalismo– necesita de ese Misterio: que unas veces se da, en forma de Revelación y otras de Encarnación. Y a veces, simultáneamente.
El fenómeno del bolchevismo ruso ha sido un fenómeno religioso. Y en el sentido de que sólo Rusia ha sentido íntegramente ese fenómeno religioso, puede decirse que es ruso tal fenómeno. Circunscrito, específicamente genial, y suyo.
Mal entenderá el significado del Comunismo ruso quien le aplique fórmulas de tipo puramente sociológico. El comunismo de Lenin no ha sido para Rusia una Revolución francesa y sociológica, sino una encarnación mística de oscuras fuerzas latentes y actuantes –en su subsuelo– desde centenios. No entenderá el comunismo de Lenin quien sólo vea en él los desemboques naturales y evolutivos de la Revolución francesa, de los principios del 89, llegados agravadamente por el conducto de Marx. Ni lo entenderá quien crea que el Amor libre, y la negación de la Propiedad y el fanatismo materialista y la Edad de Oro sobre la tierra, y la concepción del Hombre-Masa sean conquistas rusas derivadas de la civilización occidental, europea, a la cual superan o intentan superarla con ellas.
No es un descubrimiento para uno –pero lo es aún para muchos– que Lenin, al encauzar el gran destino de Rusia, no hizo sino situarse en la más pura tradición de su pueblo. Sin inventar nada. Inventar en el sentido de sacarse las teorías de la cabeza. Pero inventando todo: en el sentido de in-venire, llegar a: llegar a los secretos hontanares que corrían, en mágico solipsismo, por las entrañas de su país, del modo como Dostoyewsky llegara un día anterior a denunciar esos mismos subsuelos, en su «humanidad novelada de Rusia».
Que Lenin haya tomado de occidente el instrumental para esa perforación trascendente, eso es otra cosa. Que Lenin haya apoyado su esfuerzo en palancas de construcción americana, francesa y alemana, eso es otra cosa.
También Pedro el Grande había abierto las ventanas de Rusia para que el viento de occidente diera fuerza a la maternidad gestatoria de Rusia.
Por eso Lenin sintió la veneración fraterna por Pedro el Grande de Rusia. Y admiró a Iván el Terrible, otro Padrecito «nacido para la lucha de clases».
Hoy ya es conocida por nosotros la vieja leyenda campesina que sólo sabían –antes de Lenin– los campesinos del terruño eslavo esa de la Bestia Sin Nombre; esa que anunciaba el advenimiento de una era próxima, de un Vestigio Anónimo y maravilloso, que dominaría la vieja tierra eslávica. ¡Bestia Sin Nombre!
Lenin es el conductor de ese sueño ruso. Su Padrecito. El adventor del Hombre-Colectivo, del Magnifico Hombre Exterior, del Dividuo, del Hombre-Mecanizado, del Hombre-Masa, de la Entidad-Impersonal-Colectivista: del Comunismo. Bestia Sin Nombre.
Ya el poeta Damián Bednii profetizo este Ser, este Genio de la santa Rusia:
Millones de pies: un único cuerpo…
Masas de millones; un único corazón…
¡Cadencia! ¡Cadencia!
Avanzan, avanzan marchando
¡Un-dos! ¡Un-dos!
Y antes que ese Poeta, ya el gran Profeta de la Rusia de Lenin –Dostoyewsky, el Profeta del Salvador ruso– lo había clamado al pronosticar el adviento del Hombre-Dios frente al Dios-Hombre.
Era el viejo evangelio ruso. Ése que ya sabían las misteriosas y arraigadas sectas populares de la tradicional Rusia: como los Molocanos, los fanáticos de la propiedad comunal y antipersonal. Los Clhystis, cultores del pansexualismo, de la anulación de la propiedad en el sexo. Los Eskopzis, nihilistas románticos, que llegaban a la eviración. Los Rascolniquistas, que soñaban el Paraíso de Dios sobre la tierra. Los Estundistas y Neoestundistas, que suprimían el dinero. Los Bagunnios o vagabundos. Los Estarobradzis o negadores del sacerdocio, anticlericales, por considerar que nadie debía interponerse ante Dios. Viejas entrañas rusas, que no habían dejado de palpitar.
El viento de occidente había traído el demonio de lo personal, de la conciencia autónoma, de la libertad.
Pedro el Grande había abierto la ventana, en el siglo XVIII. (Unos querían cerrarla: los narodnikis o casticistas. Otros: abrir toda Rusia como una ventana: los occidentalistas.)
Los zares, al impulso de la intellighentsia, fueron cediendo a ese demonio. Y se aliaron a él, en la Gran Guerra. El demonio de la Libertad (triunfante en Europa 1917), se comió a los zares. Y se dio el gusto de bailar todavía sobre el cuerpo horrorizado de Rusia: de bailar en forma de Kerenski. ¡Socialdemócrata, europeo, bastardo, hereje! Pero allí estaba el san Jorge ruso para matar al Dragón. Allí estaba Lenin, Padrecito Lenin, Genio de Rusia.
Donde hay libertad no hay Estado. La Libertad es un prejuicio burgués –he ahí Lenin, Padrecito de Rusia–, Oblomovof le dio las gracias llorando de gratitud. El pueblo ruso podía descansar de nuevo en su mística felicidad de no sentir el alma, la personalidad, el individuo. Almas muertas –gogolianas–. El ánima estaba infecta de Libertad, y dolía como una caries. Lenin sacó la muela en la Plaza Roja. Corrió la sangre. Pero el pueblo descanso da dolor que producía la muela, la Conciencia. ¡Nitchevó!
Lenin había comprado sus fórceps, su instrumental de curandero en la clínica alemana de Marx. Toda su aspiración –en adelante– fue la de un curandero mágico. El lograr una Rusia como una especie de Clínica dental inmensa. Como una Fábrica colosal. Su ideal de Rusia como «gran fábrica». Todos los hombres hechos tornillos, ruedecillas, engranajes: una, Máquina inmensa. ¡Divinización de la Máquina! Máquina santa de Rusia. Que nadie sintiera dolor de muelas, peso en la conciencia. ¡De frente, march! ¡Un-dos! ¡Un dos!
El mismo no sería más que un tornillo más fuerte en el artilugio. Un tornillo que destruyese la personalidad, como había previsto otro profeta, Gorki.
Imitación de la máquina, en vez de Imitación de Cristo. Pues Cristo salvaba la personalidad. Y la personalidad debía anularse, triturarse en la máquina.
¡Chicago! ¡Una Rusia como Chicago!
Chicago: ciudad
construida sobre un tornillo,
ciudad electromecánica.
Así cantaba Maiakowski, poeta de Lenin, del tornillo fuerte. Lenin muere pintando rascacielos, soñando electrificaciones.
La Ciencia, la dialéctica científica, lo científico: he ahí la superstición del comunismo ruso. Pero como analizó Friedrich Eckstein: todo ese cientifismo materialista del ruso, tiene por base la «falta de curiosidad», esto es, carece de la base de toda ciencia.
¿Qué harían ustedes de un Nietzsche, de un Voltaire en Rusia? –se le preguntó a un dirigente comunista–. No les dejaríamos vivir –respondió sonriendo.
La viuda de Lenin, Nadedja Krupskaia, a la cabeza del «Consejo Superior de Instrucción pública», mandó recoger de las bibliotecas públicas algunos peligrosos contagios para el dolor de alma. Las obras de Kant, de Platón, de Schopenhauer, de Spencer, de Mach, de Nietzsche. Ya Lenin había dicho que trataba a la Filosofía como a un enemigo. Y que siempre la reacción se había guarecido un todo idealismo filosófico.
Bog, nombre de Dios en ruso, tenía la misma raíz que bohaty: rico. Para el ruso, Dios era un Señor, un rico. «La religión, por tanto, tiranía, opio del pueblo.» El pueblo era El Dios en Rusia, decían las tradicionales consejas. Había que ir donde decían las consejas, esto es, con el pueblo. Era el modo de llegar al Dios ruso, al Hombre-Dios.
Lenin reposa con una mano sobre el pecho ante el desfile innumerable del pueblo ruso. El pueblo ruso no deja que le entierren. Quiere contemplar esa mano que valió para alumbrarle su manantial, su propio Genio. El pueblo ruso quiere contemplarse a sí mismo. Espectáculo religioso. Drama de Rusia. Genio de Rusia, el Padrecito Lenin.
El secreto del Duce italiano: Mussolini
Lo que pierde a las gentes para comprender la esencia del movimiento mussoliniano de octubre, 1922, esto es: de los orígenes del fascismo italiano, es esa su penosa, ridícula, pobre y zángana opinión de considerar al fascismo italiano como un bolchevismo del revés, es decir, como una reacción antibolchevique y nada más. O dicho con términos social-comunistas: el creer que el fascismo italiano sea un movimiento puramente burgués, una artimaña más de la burguesía itálica, la última, para salvarse como clase. Un movimiento sin más color que el clasista. Y en el que Mussolini no resultase más que el ejecutor a sueldo de un capitalismo rencoroso. Una especie de pistolero afortunado[8].
Ya muchas gentes se van convenciendo de que tal opinión –además de ser equivocada– es estúpida y vil. Pero como hay mucha más gente estúpida que certera, no nos extrañemos que tal opinión haya hecho su innoble curso, especialmente en países donde el genio peculiar de esos mismos países anda despistado y bastardeado desde largo tiempo.
Resultaría muy extraño para tales gentes saber que siendo todavía socialista oficial Mussolini –ya el gran Sorel, el magno Profeta del sindicalismo social–, hiciese, de su porvenir, clarividente oráculo diez años antes de su realización en 1912.
«Nuestro Mussolini no es un socialista ordinario. Creedme. Lo contemplaréis un día al frente de un batallón sagrado, saludando con la espada a la bandera italiana. Es un italiano del siglo XV, un condotiero. No se sabe esto todavía: pero es el único hombre enérgico capaz de repa rar las debilidades del Poder.»
Cuando llegó ese día, octubre de 1922, otros dos ex socialistas, Lenin y Trotsky, declararon a unos comunistas italianos: «Lástima que Mussolini se haya perdido para nosotros. Es un hombre fuerte que habría conducido al triunfo nuestro partido. Habéis perdido la carta que hacía falta ganar.»
Pero Mussolini no era un hombre a sueldo ni a compromiso. No era un partidista. Lenin y Trotsky no se atrevieron a confesar a esos italianos que Mussolini sólo podía ser as de triunfo y hombre fuerte, sirviéndose a sí mismo, es decir, a su genio; es decir: a su tierra, tierra de Italia. En el socialismo hubiese fracasado, como fracasó el resto de sus compatriotas socialistas.
(Cuando hablemos más adelante de los Tres genios en que se reparte el mundo histórico, podremos comprender el alcance de esto que digo.)
No hay más que seguir la trayectoria vital de Mussolini para ver cómo Mussolini va rectificando los propios errores de sí mismo. Todo su desarrollo no es más que la fatiga del llegar a ser lo que era de antemano, la lucha por el encontrarse en el genio de su tierra, de sus propias entrañas. De ahí que no pueda hablarse –sin burdedad– sobre que Mussolini fuera un traidor de sus personales convicciones, un oportunista, un desertor del socialismo. ¡No!
Lo que caracteriza al Predestinado de un pueblo, al hombre que encarnará un pueblo, en su historia, genialmente, es eso de verle fiel a sí mismo, esto es, fiel a ese su mismo pueblo, aun cuando las circunstancias le sitúen en coyunturas contrarias y hostiles a tal fidelidad.
En España no se leen las vidas de nuestros héroes. No se leen, entre otras cosas, porque la mentalidad miserable en que hemos venido viviendo ha impedido que esas vidas se escriban, se estatuicen, se dramaticen, se filmen difundan como lluvia de mayo sobre las almas tiernas de nuestra infancia nacional.
El mundo antiguo tuvo buen cuidado de nutrir con fabulas y estatuas el culto de sus almas niñas. El mismo concepto de «hombre antiguo» es hoy todavía un mito en el que creyeron, sobre todo, los hombres antiguos. Lo mismo le sucedió al cristianismo medieval. ¿Qué significa el Flos Sanctorum? ¿Qué significa la Floresta de Romances Caballerescos, de Poemas Épicos? ¿Qué significa –en nuestro Renacimiento– el Teatro heroico y sagrado de España?
Yo comprendo que las juventudes italianas tengan de su Duce una reverencia mítica, religiosa. Porque conocen su vida. y han contemplado su mirar que les dice de un golpe más secretos aún que su vida misma.
Mussolini es la tierra de Italia, lo genuino de Italia. Desde que nace. Desde que se lanza a vivir. Hasta el día que muera. Y hasta después que muera.
Mussolini nace, como de las raíces terruñeras de su patria. En uno de esos casolares puramente italianos, que vienen a ser como los caseríos navarros por lo que tienen de apegamiento al paisaje, pero sin el aislamiento señero y hosco de éstos. Nace en el viejo Casolar de Varano de Costa, que estaba en un otero de Dovía, aldea comunal de Predappio, en la región de la Romaña, la Castilla itálica. El Casolar en Italia es como la Casa Solariega del Proletariado, del Campesino. La Casa Solar de la nobleza más humilde: la del terrón de gleba. Es la célula matriz de la campesinidad italiana.
Sus ascendientes eran campesinos de un antiguo abolengo boloñés. Pero su padre había logrado emanciparse de la tierra para inclinarse sobre el duro mestier de doblar fierros en la fragua de la aldea. Mussolini abre su vida en esa cuña campesina y férrea. «Ayudaba a mi padre –cuenta el mismo– en su duro y humilde trabajo; y ahora mi faena es más dura y áspera que tornear hierros: plegar almas.»
De su padre, además de aprender a sostener el fierro, aprendió a sostener firme la Idea. Su padre era el socialista tenaz del pueblo, un socialista muy patriótico y ar diente, que salía a la plaza ondeando banderas donde se leían emblemas como éste: «Vivir trabajando, morir combatiendo.»
(Después, su padre espiritual, Alfredo Oriani, otro romañol, le dejaría esa misma herencia, de que el Ideal es lo único que no muere.)
La madre de Mussolini, Rosa Maltoni, era una humilde maestra elemental en la escuela de Dovía.
Su madre le dio el sentido de la tradición religiosa. Y las fiestas en la iglesia natal le quedaron a Mussolini acunadas para siempre en su subsuelo más hondo.
De chico fue un salvaje, un greñudo, un antisocial y un valiente. Era el chico de las pedreas, del robar nidos y frutas, el capitán de golfos castizos, golfos de campo, que son como guerrilleros de la naturaleza en carnes vivas.
Yo recuerdo ser lo primero que me impresionó del fascismo y de su Duce, cuando legue a Italia atiborrado de ideas liberaloides, urbanas y demotizadas: eso de la campesinidad, el olor a campo y tierra de su nueva política.
«A Mussolini –escribía yo entonces– donde se le encuentra en realidad –o sea en espíritu–, en fantasma, en obsesión, en imagen inesperada y repetida– no es tanto en Roma ni en los palacios, como por los vicos, por las campiñas, por las villas, por los lugares donde erró de niño, vagabundo rural y robanidos. Todos los muros del agro italiano portan en su pantalla blanca la aparición, alucinante y negra, de la faz del Duce. Como divinidad vigilante, la efigie de Mussolini emerge de las casas, de las granjas, de los establos. Pintada con molde de metal y fucsina, como letra o cifra de una expedición. Y junto a esa efigie, intimidante, la otra no menos agresiva del manganello, de la porra, del clásico basto, de la milenaria clava de Hércules. ¡Oh Mussolini, gran rey de bastos en la baraja popolana de la nueva Italia!»
«Si el fascismo es aristárquico por su estructura de partido, y monócrata por su representación del poder ejecutivo, es en el fondo archidemocrático: el pueblo mismo. ¿Archidemocrático? No: popular. La palabra democracia huele a burguesía, a ciudad, a cosa mediocre. Mientras popular es lo del campo, lo de la taberna, y el mercado, y la plaza, y la fiesta. Popular no es el hombre como obrero, ni como ciudadano, ni como funcionario. Sino simplemente como hombre elemental. Como campesino. Como hombre eterno. De ahí el fervor del fascismo por la política agrícola del agro. Y toda su propaganda que huele a trigo, a pan. A pan, a vino, a garrote.
Todo el mundo que habla con Mussolini, observa al instante campesinidad de este hombre. Y esta es su grandeza: en un país de agro y de emigración, haberlo comprendido y haber cortado un traje a su medida. Una camisa con que cubrir las vergüenzas y una estaca para ganarse violentamente el pan.»
El pan y el hierro. Chi ha del ferro ha del pane. Esta era una de las divisas mussolinianas que incorporó a la fe de la nueva Italia. Divisa de labrador y de herrero: de guerrero.
A Mussolini le veréis de maestro elemental de escuela, de emigrante, de vagabundo, de hambriento, de albañil, de encarcelado, de soldado, de herido de guerra, de periodista, de líder obrero, de motorista, de aviador, de orador; je veréis en todas las experiencias a que un hombre puede someterse para integrar el sentido total de una vida y de un pueblo, sin desconocer un solo sector de lo humano: hambre, miseria, dolor y gloria; pero le veréis siempre –en todo ese biódromo–: italiano, portando en su carrera el destino de su Italia, de su genio natal e histórico, decisivo.
Le veréis de socialista, de internacionalista, sufriendo el contagio de la bastardía socializante, dirigiendo el Avanti y la Utopía, y el Porvenir del trabajador. Pero en el acto lo veréis reaccionar, eliminar el tóxico y enderezarse más sano, más puro, más originario que nunca.
Ya en 1909, y estando acogido al Austria como emigrado, se le ocurre escribir que el confín de Italia no debe terminar en tal punto austríaco (en Ala). Es expulsado en el acto.
Ya mucho antes de su superación auténtica y eficaz del socialismo, decía a las masas –mientras tocaba desde su ventana el violín, en ironía enorme– frente a los falsos pastores bellacos: El socialismo no se logrará con charlatanerías. Y se reía del Partido oficial: «Eso es una especie de gran almacén. Si queréis: de gran botica, que se está preparando para quebrar.» Y ya entreveía el destino egregio de un nuevo mundo social al exclamar: «Frente a la manada obediente y resignada que sigue al pastor y se desbanda al primer aullido de los lobos, preferimos el pequeño núcleo resoluto, audaz, que ha dado una razón de ser a su propia fe, que sabe lo que quiere, que marcha directamente a su finalidad.»
«Socialistas pancescos de la nueva edad»; «pseudointelectuales del positivismo académico que miran con una sonrisa de asinidad inconmensurable toda tentativa de ideales».
«Esos subversivos directores del movimiento político y económico (los social-liberales) cuando no todos burócratas son obrerizantes retribuidos a veces con estipendios de obispo, son conferenciantes que especulan una inverecunda propaganda, son revolucionarios que no creen en la revolución. Son medias conciencias, medias culturas, medios hombres.»
Desde 1910 el emblema de Mussolini es ése: «Combatir construyendo.» «Me pegaréis –dice en una ocasión a las indignadas Casas del Pueblo italianas–, pero me escucharéis.» Le escuchan y no le pegan, naturalmente. «Me odiáis porque me queréis todavía», les dice en otra ocasión. Y a uno que quiere compadecerle frente a un Tribunal de Justicia en una de las doce veces que Mussolini estuvo en la cárcel , le amenaza romperle los morros (il muso) si habla de compasiones. «Para mí es un honor que me condenéis», había dicho al Tribunal. Y cuando el Partido le expulsa, él, orgulloso, magnífico, levanta una mano, ensangrentada y herida, emplazando a las masas a seguirle dentro de poco por las calles italianas. Profecía de Sorel: «Al frente de un batallón sagrado.»
Pero su genio no podía despertarse integralmente en esas escaramuzas de pequeña envergadura socializante. Necesitaba una ocasión grande y soberbia. La ocasión de la guerra. La ocasión en que el genio histórico de Italia podía jugarse su carta definitiva.
Y así fue. Este socialista, a quien el Partido y las teorías del Partido intentaban desmedular y desleír en un pacifismo internacionalista, hipócrita y cobarde, es el jefe de la rivolta ideale, que profetizara Oriani en el Cardello, un día.
¡La sangre es la rueda que mueve la historia! –había visto Mussolini desde su nuevo faro ideal, Il Popolo d’Italia.
¡La Patria no se niega: se conquista! Y desde el primer momento de la intervención italiana, de la cual es jefe y fautor, este hombre se alista como simple soldado de infantería y hace todos los años de guerra. Entregándose a su destino, desafiándolo, dejando escrito una especie de testamento de continuidad a sus amigos, un pequeño grupo de intelectuales y obreros guerreros.
Instintivamente, en las trincheras los soldados humildes le quieren hacer su jefe. Es el que en los ataques los anima con su palabra o su acción y su coraje. Es el que en las horas de calma, bajo el parapeto, les escribe las cartas y les alegra. El Mando se entera de esa idolatría y le quieren emboscar a Mussolini para salvar su vida. Pero él renuncia. Sigue en la trinchera. Se libra de la muerte con quiebros de predestinado. Pero una vez una granada le acribilla. Le hospitalizan. Y el enemigo bombardea el hospital sabiendo que está allí. Pero se salva una vez más. Como se salvará de los varios atentados que le ejecutarían estando luego en el Poder. Suerte de Predestinado. El genio de Italia, su ángel.
Es al tornar de esta guerra cuando Mussolini se encuentra del todo a sí mismo, porque empieza, por fin, a apoyar su alma en lo más vivo que el genio de una patria tiene: sus muertos. Una vez más en la historia salva un país su vida por tornar sagrada y piadosamente a sus muertos. La Italia de la desmovilización está entregada al liberal-socialismo. Se amnistía a los desertores. Se abofetea e insulta a los que visten de militar por las calles. Las fábricas se entregan a las manadas obreras para que ondeen sus banderas rojas y su hambre desesperada.
Es la hora de Mussolini. Es la hora que exclama: «Oh Toti, romano, tu vida y tu muerte valen infinitamente más que todo el socialismo italiano. Y vosotros, falange innumerable de héroes que quisisteis la guerra, sabiendo que queríais la guerra; que fuisteis a la guerra sabiendo que andabais a la guerra; que fuisteis a la muerte sabiendo que ibais a la muerte…, ¿no sentís cómo las hienas intentan desenterrar vuestros huesos y cómo hozan sobre la tierra empapada de vuestra sangre y se preparan a escupir sobre vuestro maravilloso sacrificio? Pero no temed, ¡espíritus gloriosos! Esa querencia, si ha comenzado, no terminará. Os defenderemos. Defenderemos a los muertos. A todos los muertos. Aun a costa de cavar trincheras en las plazas y en las calles de nuestras ciudades » Y así sucede. Al iniciar la Marcha triunfal hacia Roma, la invocación es Esta: «¡La hora de la batalla decisiva ha sonado! Invocamos a Dios y al espíritu de nuestros cincuenta mil muertos de que un solo impulso nos empuja: la grandeza de Italia!»
El fascismo nació –dijo Mussolini– «del profundo de la Estirpe italiana, amenazada en su existencia». Genio de Italia.
«Dentro de algún tiempo la psicología del pueblo italiano se habrá cambiado», preveyó Mussolini en 1920. «La guerra no es más que el preludio de nuestra revolución nacional», preveyó también.
Toda la vida de Mussolini –encontrada su genialidad popular– es una continua profecía que año tras año va cumpliendo. «Es el jefe que millones de individuos obedecen apasionadamente, porque sienten en él expresarse el genio inextinguible de la raza, el porvenir y la potencia de Italia», dice uno de estos individuos apasionadamente obedientes. Y en muchos hogares y lugares de Italia se lee esta reverencial inscripción: Mussolini ha sempre raggione. Siempre tiene razón.
Le obedecen porque ese jefe obedece, a su vez, a algo superior a él. «Si hay alguien en Italia que no sea libre, O soy yo.» «Acepto esta servidumbre como el más alto premio que pudiera alcanzar.» He ahí el secreto del Duce de Italia. Del supremo obediente y siervo de Italia. Genio de Italia. Es decir, de Roma.
«Roma es nuestro punto de partida y de referencia. Nuestro símbolo o si se quiere, nuestro mito.»
En efecto: Mussolini, que empieza su vida en la cuna romañola, llega a alcanzar poco a poco esa meta, ese mito, que era algo más que un mito y que una meta.
De socialista se hizo socialista italiano. De socialista italiano, asciende a italiano heroico. De italiano heroico a romano, a fascista. ¿Y qué es ser fascista?
Mussolini cree al principio que ser fascista es simplemente consolidar la unidad política de Italia, un asunto puramente «nacionalista». Por eso dice en sus primeros años de Poder que el fascismo no era una mercancía de exportación.
Pero al decir eso es que aún no servía bien al genio de Roma, integralmente.
Al llegar el año IX del fascismo, tuvo una vez más Mussolini que hacer acto de humildad genial y reconocer que el fascismo se extendía por el mundo, con fuerza para él antes insospechada.
Es que Roma se había puesto en pie. «Y cuando está en pie Roma todo el mundo se pone de pie», como había dicho ya un cronista medieval.
Frente a comunismo (oriente) y liberalismo (occidente); frente a la anulación del individuo (oriente) y a la supervalorización individual (occidente), Roma acababa de sintetizar, una vez más en la historia, su tradición eterna –Ciudad Eterna–; su genio de incorporación, de corporatismo, de Jerarquía y Libertad. Civilización: entre oriente y occidente: cristiana, europea: esto es, universal, católica.
Esa era la misión suprema del fascismo. Ese era el genio a quien tenía que servir.
Y Mussolini, tras enderezar hierros de batalla, se puso a plegar almas de toda una humanidad histórica: la nacida de Roma. Genio de Roma, Mussolini.
[1] NOTA DE 1932. En torno a las tumbas de los Héroes griegos es donde nacieron los primeros Oráculos. El alma o genio –la psique– de los Héroes vivía como una mariposa en lo hondo de la tierra. Al invocarla, este alma aparecía y hablaba por boca del Oráculo. Y transmitía su secreto de familia, de continuidad a la nación en peligro. El Cristianismo cambió el Héroe por el Santo. Y siguió invocando esa genuinidad espiritual de la Muerte Viva. Todo clan, familia, tribu o nación –prehistórica o histórica– basó y basará siempre su vida en esa tradición de muertos vitales.
Genio y Nación tienen la misma sustancia etimológica de engendro, de natividad (genus, natio). Es como la palabra Dios, que tiene la procedencia de Divus: rico, fecundo, abundante. Genio y Dios son, en el fondo, el mismo concepto sublime y genético. Concepto que los modernos laicos han acumulado sobre la palabra Vida.
Dios, Genio, Nación, Vida: la mariposa griega –Psique– tiende sus alas sobre todas esas cifras mágicas.
NOTA DE 1983. Ese fue el acierto de Franco al fundar el nuevo Escorial del Valle de los Caídos en el Paisaje más religioso de España. De esas Tumbas, a las que yo peregrino solitario, surgirá el nuevo Renacer de España aun cuando las profanen o destruyan. (Nota de EGC).
[2] NOTA DE 1938. Véase mi libro continuador y completador de éste: La Nueva Catolicidad, 1933. (Nota de EGC).
[3] NOTA DE 1932. Este concepto racista les hace a los «nazis» chocar fundamentalmente con lo judío. No sólo porque lo judío es de otra raza, y de una raza morena, sino porque el Genio de Israel es también esencialmente racista, basado en una continuidad de sangre. en un jus sanguinis. Los judíos son los hitlerianos de Oriente. Por eso chocan tanto un racismo con el otro racismo.
NOTA DE 1938. Esta afirmación mía la recogió y comentó Keyserling.
NOTA DE 1939, La preocupación racista estaba casi ausente del fascismo italiano hasta poco. Si ahora el fascismo comienza a hablar de la Raza, se debe a tres causas. Una: como consecuencia política del Eje Roma-Berlín, al consolidarse. Otra: para intentar defender al católico en Alemania, accediendo a perseguir lo judío en Italia. Y otra: el deseo que ha nacido en el régimen fascista de ennoblecer sus propios orígenes.
Pasa en los regímenes, como en los pueblos y como en los individuos. Al principio, cada cual es hijo de su padre y de su madre. Y no se preocupa más que de ser lo que es. Pero cuando se triunfa, viene el prurito a gentes, pueblos y regímenes, de endiosar su ascendencia y aseñoritar su descendencia.
Los historiadores antiguos y los del Renacimiento hacían derivar sus respectivas naciones de riñones divinos y de razas fabulosas. (Mariana, aún admite como progenies de España las fantásticas de Tubal y Gerión.) En la Edad Media no tardaron los Reyes en comenzar a serlo por derecho divino. Y pronto surgieron los heraldistas encargados a sueldo de fabricar árboles genealógicos a las familias a quienes un progenitor afortunado y audaz les legaba unos pergaminos, unas piedras viejas y la posibilidad de trabajar lo menos posible.
Ahora el fascismo italiano va sintiendo ese síntoma de madurez, de refinamiento y de lujo, que consiste en buscar la raíz aria y mítica de su estirpe elegida (Eneas preocupándose de sus orígenes troyanos).
España –en el problema racista– deberá tener siempre en cuenta estas dos advertencias fundamentales:
Primera: que nosotros somos un pueblo raceador, pero jamás racista. Nuestro destino católico y universal, la raíz íntima y fecunda de nuestro Imperio, ha evitado siempre dar categoría absoluta al concepto de raza. De ahí que sea España el único pueblo con una Fiesta de la Raza: el 12 de octubre. O sea una fiesta que conmemora, en sabia paradoja, ser España el pueblo capaz de haberse fundido a todo un continente de plurales razas desde el 12 de octubre de 1492. A nosotros nos preocuparon siempre más que los ascendientes las mujeres y los hijos. País fecundo, genital: genial. Somos raceadores, donjuanes, magníficos garañones varoniles de pueblos. Pero no gente eugenésica y maltusiana: Preservadora. Que todo lo coge con papel de seda. Con horror al contagio humano. No somos de esa gente que tiene miedo al amor y a los lunares en la cara.
La segunda advertencia que España deberá tener en cuenta en el problema de la Raza es ésta: la de ser la Raza un concepto relativo para nosotros y sólo aceptable en su categoría más espiritual y mística.
Frente al racismo nórdico con caracteres y técnicas de mundo animal: frente a la estirpe italiana, con preocupaciones de troncos y ramas, de índole vegetal, yo he propuesto un nombre mineral y entrañable para designar nuestra casta elegida: solera.
La solera de España será el resultante de esta guerra. Como un licor de sangre y como un alcohol de combate. La flor de nuestros mártires, héroes poetas y soldados: de nuestros combatientes. Será esta solera el suelo donde se asentará la España de mañana. Será la madre o lía del vino nuevo del porvenir.
Quien tiene solera tiene tierra: patria: tiene antecedentes geográficos. Frente a los internacionales de todo el mundo nosotros afincaremos nuestro pie –mientras vivamos– en este suelo que hemos empapado de nuestro dolor y nuestra sangre. Como hicieron todos aquellos abuelos españoles de la otra Reconquista. Y como deberán hacer nuestros hijos, si quieren seguir teniendo patria; padres; honor. Es decir: derecho a seguir viviendo en España. (Nota de EGC).
[4] NOTA DE 1938. El Anschluss de Austria por los hitlerianos ha dado ya realidad dramática a esta firme previsión mía de 1932. (Nota de EGC).
[5] NOTA DE 1934. Por eso el grito de estos países que resucitan viene a tener el mismo sentido genial. El A noi! de los fascistas italianos equivale al Erwache Deutchsland! de los nazis y al ¡Arriba España! nuestro. (Nota de EGC).
[6] NOTA DE 1938. La misma «constante» histórica que hoy ha hecho a la Francia del Frente Popular aliarse con el infiel bolchevique ruso contra España y Roma. (Nota de EGC).
[7] NOTA DE 1939. La muerte de Ghazi, acaecida a final de 1938, pone a Turquía otra vez en un «helesponto». Si triunfa el occidente alemán, el mar Negro y los Dardanelos se verán intervenidos. Pero si el bolchevismo vuelve a batir con fuerza sus alas asiáticas, también la Turquía íntegra del Ghazi dejará de sostenerse y triunfar. (Nota de EGC).
[8] «Nadie me ha negado hasta hoy estas tres cualidades: una discreta inteligencia, mucho coraje y un soberano desprecio por el dinero inmundo.» (Palabras de Mussolini.). (Nota de EGC).
CONCLUSIÓN
El análisis de Giménez Caballero sobre los nacionalismos plantea una visión en la que la identidad de los pueblos se construye desde una profunda conexión con su historia y su memoria colectiva. Para el autor, el resurgimiento nacional no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de una continuidad vital entre generaciones, donde el pasado actúa como fuerza activa en el presente.
Sin embargo, esta interpretación también revela las tensiones propias de su tiempo, al vincular los procesos nacionales con liderazgos fuertes y movimientos ideológicos concretos que marcaron profundamente la Europa del siglo XX. Su enfoque, cargado de simbolismo y retórica, invita a reflexionar sobre cómo se construyen las identidades nacionales y sobre el papel que desempeñan la historia, la tradición y la interpretación del pasado en la configuración de los proyectos políticos.
En última instancia, el texto ofrece una perspectiva útil para comprender el clima intelectual de una época convulsa y para analizar críticamente las distintas formas en que el nacionalismo ha sido concebido a lo largo de la historia.
