INTRODUCCIÓN
La poesía patriótica, más allá de su dimensión estética, ha sido históricamente un instrumento de exaltación colectiva, un vehículo para expresar ideales de unidad, sacrificio y destino común. En el contexto de la Europa del siglo XX, esta forma de expresión adquiere una intensidad particular al vincularse con la figura del héroe, entendido no solo como individuo excepcional, sino como encarnación simbólica de una voluntad colectiva.
El texto que nos ocupa se inscribe en esa tradición, proponiendo una reinterpretación del héroe como figura moderna, distinta de los modelos clásicos pero heredera de todos ellos. A través de un tono lírico y ensayístico, se construye una visión en la que liderazgo, historia y emoción colectiva convergen en una narrativa que busca movilizar, inspirar y dotar de sentido a una época de profundas transformaciones.
Hoy ya nadie duda –nadie debe dudar– que Mussolini ha encarnado un tipo de Heroicidad nueva y actual en la historia. Distinta al tipo de Heroicidad griega, oriental, cristiana, renacentista y romántica. Mussolini no es un Aquiles, ni un Gautama, ni un San Francisco, ni un Fernando el Católico, ni un Napoleón. Es –sencillamente– Mussolini.
¿Y quién es Mussolini? Ah, eso es ya es otra cuestión.
Y, sin embargo, algo tiene Mussolini de esos Héroes y de otros Héroes.
De César, tiene la sangre y el aire que respira, su saludo civil.
De Pablo, el amor de lo humilde, de lo proletario, de lo explotado, de lo débil sobre la faz de la tierra.
De Carlomagno, la afición a la cultura y al arte.
Del Colleone, su mandíbula y su silueta a caballo.
De Carlos V, la fortuna de enlazar el mundo germánico con el mediterráneo, lo ario y lo moreno.
De Napoleón, la mirada aquilina y ardiente y el haber sabido insertar una revolución social en el cauce de un orden nuevo.
El romano fracasado en Napoleón –ese gran itálico desviado que fué Napoleón– revive en él. Pero sin invasión de pueblos, sin ofender fronteras, haciendo que los otros príncipes le acudan para que la guerra no incendie la paz. ¡Pax romana: sueño frustrado de Napoleón!
Yo definiría a Mussolini con esta frase audaz: “Napoleón fué un falso Mussolini.”
A Mussolini yo le he visto tres veces directamente. La primera fué en la Cámara de Roma. La segunda en Palacio Venecia. La tercera en la cena de un gran hotel.
La primera vez –la del Parlamento– se me apareció de modo absolutamente cesáreo. Casi inmóvil en su sede presidencial. Como marmóreo. Ni un gesto. Ni un ademán. Ni una nerviosidad. Aquel hombre era una estatua de sí mismo. Escuchó la lectura de todo un proyecto financiero. Hojeó rápidamente un volumen sobre África que le entregaron. Presenció una votación. Al terminar la sesión, salió erguido, firme, sereno –con esa majestad especial de su andar que se aprecia mejor en los Noticiarios de cine: un andar pleno, hercúleo, seguro. Lleno al tiempo mismo de elasticidad y de audacia. Andar de rey natural. Andar leonado.
Recuerdo que me impresionó tanto, tanto –que no sabiendo a quien comunicar de España mi emoción se me ocurrió allí mismo, en el Parlamento, escribir una carta a D. José Ortega y Gasset[1]. ¿Por qué elegí a Ortega y Gasset? No lo sé. Aunque tal vez sí lo sepa. Presentía yo en Ortega lo que luego confirmé: un gran romano fracasado. Mi entusiasmo y mi agresividad por nuestro gran Ortega radica ahí. Es Ortega, de todos nuestros maestros antecedentes, el mejor dispuesto a en tender el secreto de Roma. Esto es, el secreto de España. Su genio íntimo, su verbo imperial, sus magníficos estremecimientos de soberbia y mando –le capacitaban para entender lo que yo en aquella carta le quería aludir. Pero hay en Ortega algo negativo que le invalida y como anula esa su otra parte genuina: y es su formación intelectual antirromana, su corazón sumergido en un adobo bárbaro y alógeno.
Su sexo y su sangre sienten Roma, sí. Pero su alma cultural se arrobó, se atascó en la Europa de preguerra, en la mítica herética de una vida nórdica, afrancesada y liberal.
La segundo vez que vi a Mussolini fué ya –cara a cara–. Hacía algún tiempo que había expresado a mi ilustre amigo Giuseppe Bottai el deseo de contemplar al Duce en conversación. Una noche, y en altas horas, recibí un telegrama de su secretario particular, Chiavolini, citándome para el día siguiente, a las cinco en punto de la tarde, en el Palacio Venecia.
Acudí con un cuarto de hora de antelación. Lo que experimenté en ese cuarto de hora de espera, de observación de lo circundante, y de entrada exacta las cinco en punto en el inmenso salón de trabajo y recepción de Mussolini, lo he visto luego reproducido, generalmente, en los propias sensaciones de Emil Ludwig y de otros finos, agudos visitantes.
O sea: la impresión de fortaleza moderna –y lo es– de Palacio Venecia. La exigua vigilancia que separa al Duce de la calle, de la plaza: dos centinelas de la milicia fascista, y un par de puertas, sí férreas, abiertas. Luego una verja, que pone en contacto decisivo con el Héroe de Roma. En la sala de espera, con una luz discreta y reposadora, un rico vitrinaje museal, donde ganar en contemplación de arte los minutos que puedan perderse en la espera. Finalmente: la emoción del acceso a la sala del Mapa Mundi, la estancia de Mussolini.
Ludwig ha descrito esta sala muy bien: “Esta sala se halla vacía, sin mesas ni sillas, aun junto a las par redes; en los ángulos, grandes antorchas de llama do rada esconden la luz eléctrica. Allá lejos –casi hacen falta unos gemelos para verlo– se vislumbra la cabeza de un hombre que escribe ante una mesa, junto al círculo luminoso de una lámpara.”[2]
El llegar a esa mesa es una auténtica peregrinación. Da tiempo de enmendar la ruta, de erguirse, de asegurar los pasos, de serenarse el que no vaya sereno.
Yo tengo una cualidad que no sé si es buena o mala. Y es que sólo adquiero aplomo cuando sé que voy a enfrentarme con un hombre superior o con una mujer excepcional. Frente al hombre vulgar o la mujer banal –mi alma se corta y balbucea siempre. Me intimido.
Cuando Mussolini me ofreció un sillón estilo Savonarola frente a un sillón del mismo estilo, al de acá de la mesa, me encontraba yo firme, iluminado y silencioso. Mussolini comenzó a preguntarme, lanzando una cuestión en español: ¿Qué pasa en España? Como supuse –cosa que luego comprobé– que él lo sabía mucho mejor que yo, le respondí de modo sencillo y conciso. Me interesaba más recoger la primera nota física que aquel hombre me ofrecía.
La noche anterior había estado yo cenando con Bragaglia y el general Balbo y Umberto Fracchia, en el castizo restorán romano de Alfredo. Quien conozca a Alfredo, sabrá que es uno de los tipos más populares y divertidos de Italia. Su gesticulación, su voz, sus decires quedan impresos como si se hubiese visto en vez de a una persona a una colectividad nacional, exagerada, claro está: caricaturizada.
Mussolini me recordó en el acto –sin caricatura, en profundidad– a Alfredo. Este hombre –me dije– es, ante todo, un italianazo, un trozo de pueblo italiano, puesto en conmoción. Este hombre es un popular. Todo el aire cesáreo, marmóreo, exento –que me diera en la Cámara– se había desvanecido para dar paso al “popolano”, a algo muy concreto, vital, sano, inminente. Mussolini se reía, se sonreía. Con una risa que los españoles llamamos campechana, para aludir su oriundez campesina, terruñesa y simple. La voz de Mussolini –que en los discursos y los peligros y las solemnidades, es baja y honda como un rugido de atabal, así, en charla cercana, resultaba melodiosa, suave, tierna. Aparecía en ella un hombre de carne y hueso, un camarada humano, casi un compañero. La distancia se relajaba y uno se sentía en el más confortable de los mundos conversacionales.
Comprendí el secreto de por qué este hombre atrae voluntades y afectos definitivamente. O como él dice: pliega las almas. Enorme secreto para ser lo que es. Y que consiste en dar al hombre de la masa, a los otros hombres, la impresión de igualdad, mientras al mismo tiempo establece una jerarquía inabordable. Confianza y respeto. Cercanía e infinitud. Las dos palancas para mover legiones de albedríos. Con lo cual, las características del “Héroe” se me precisaron meridianamente. Ser casi un hombre: ser casi un dios. Y ay del que quiera humanizarlo demasiado, divinizarlo en exceso! Lo perderá de vista.
Una hora estuve con él, precisándole cuestiones españolas que él me mostraba –a su vez– con una precisión extraordinaria. Ya ha dicho uno de sus analizadores que Mussolini detesta la vaguedad, el “poco más o menos”. Y eso es tan cierto, que un amigo mío, director de periódico en Turín, se quedó asombrado al constatar que el Duce sabía con entera exactitud el número de desocupados en Turín, y otra serie de estadísticas –que él mismo, él, que las llevaba todos los días– no recordaba. Su memoria, su atención, es algo mágico.
Efectivamente, cuando al cabo de tres años le volví a ver en una cena que nos ofreció a los congresistas del Congreso Volta, Mussolini me reconoció casi en el acto. En medio de un centenar de personas, que no perdía de vista, me habló, acercando su voz a mi oído, mientras disparaba su mirar como una ametralladora en abanico, por encima de mi hombro, a todos los circunstantes. Me habló de mi libro “Genio de España”, que había leído, y de los capítulos que más le habían impresionado y de mis aciertos.
Durante la comida adoptó su aire estatuario, normal, marmóreo. De vez en cuando inclinaba la cabeza y la sonrisa, atendiendo a sus vecinos. Uno de ellos era Goering, el lugarteniente de Hitler, que aquella noche misma salió del banquete al aeroplano camino de la nueva Alemania a punto de nacer. El otro era una respetable señora, creo que holandesa, mujer de un profesor de Historia. Esta señora, en un rapto de intimidad casera, le preguntó al Duce cuántos hijos tenía:
–Señora, cinco.
–¡Ah! –respondió la señora, triunfante y magnífica –¡Yo tengo ocho!
–Pero yo, señora –la advirtió Mussolini sonriendo– no he dicho todavía mi última palabra.
Conocer a Mussolini profundamente, es difícil. Porque está trabado a un Destino en marcha. Tomarle fenómenos, apariencias, aprehenderle a través de intuiciones, de reflexiones –propias y de otros– es tarea más accesible.
De toda la copiosa bibliografía sobre Mussolini, yo recomendaría cuatro libros fundamentales completados con algo que después diré: Las “Autobiografía”, del propio Mussolini. El libro “Duce”, de Margherita Sarfatti. Los “Coloquios”, de Emil Ludwig. Y el libro de Balbo “Diario, 1922”[3]
Mussolini, en las páginas que ha escrito sobre sí mismo, aparece como un escritor de estilo directo. Escueto, dórico, denso y hondo. Y, sobre todo, humano. A través de esas páginas se entrevé mucho de lo que es y ha sido Benito Mussolini. Su calidad de combatiente de la vida, su entraña italiana, su poesía elemental. Muchas de esas páginas concisas, férreas y al tiempo mismo trémulas, tienen vibración de poema.
El libro de la Sarfatti (que en 1932 iba en 14ª edición) es imprescindible para percibir la formación de Benito Mussolini. La Sarfatti es una mujer con un papel delicado y decisivo en la vida de la nueva Italia. En torno a ella, a su salón, desfilaron muchas gentes que luego iban a tener una valoración primacial. Por ejemplo, d’Annunzio. Por ejemplo, Mussolini.
La Sarfatti ofrece una biografía muy rica en detalles de la vida de Mussolini. Oculta sólo aquellos que Mussolini mismo quiere ocultar, como él dice en un prólogo memorable: “En este libro está mi vida. Al menos aquella parte que puede conocerse, porque todo hombre tiene secretos y ángulos de sombra inexorables. Está mi vida como sucesión de acaecidos, como desarrollo de ideas.”
Los “Coloquios”, de Ludwig, amplifican y centran un germen que ya estaba en el libro de la Sarfatti: la posición de Mussolini frente a los problemas fundamentales de la vida y de la política. En este sentido, los “Coloquios” son un libro de los más alucinantes que pueden leerse hoy en Europa. Ludwig –salvo alguna in tención feroz y maligna que de vez en cuando dispara inútilmente contra la coraza broncínea del “Héroe”– tuvo el acuerdo de situarse en sugeridor de temas, en incitador de declaraciones.
Por él sabemos de la calma sustancial de este gran hombre. De que considera la guerra como una prueba para el entusiasmo humano. Pero de que la paz es, en último término, el secreto sueño de este César. Sabemos por Ludwig lo que gozó Mussolini al “Quijote”, leyéndolo en una cárcel. Lo que le separa y le acerca a Napoleón. Lo que piensa sobre la raza, la nación, los judíos, el socialismo, Roma, la Familia, el Estado, la Mujer, Malthus, Rathenau, César, Jesús, Renan, Balzac, los celos y el honor, la amistad, el deporte, los diversos pueblos del mundo, la religión, las masas, la nobleza, Kipling, Rusia…
–“¿Por qué no funda Europa?” –le pregunta Ludwig, con su olfato fino de judío–. Napoleón trató de hacerlo. Briand trató de hacerlo… Mussolini, fundador de Europa: podría ser usted el primer hombre del siglo.
–Sí, estoy más cerca de esa idea que hace cinco años. Pero los tiempos aún no están maduros. Hay que dejar que la crisis obre aún más profundamente. Vendrán nuevas revoluciones. Y éstas formarán el nuevo tipo europeo.”
Mussolini prevé el nuevo tipo de “Héroe” en Europa. Y Ludwig, también. Constatándolo en silencio.
El libro de Balbo, “Diario, 1922”, no trata directamente de Mussolini. Es la descripción, desde dentro, del fenómeno fascista en sus orígenes. Es el libro del Fascismo. Por tanto, el reflejo de Mussolini, que aparece sin vérsele, que se perfila sin líneas, que se moldea sin materia. Es el halo mágico de Mussolini en acción: su obra.
Finalmente: yo recomendaría –mientras dure– la visita detenida a la Exposición fascista de Roma, inaugurada con motivo del Año X. Es la exposición política más estremecedora y original que pueda contemplarse.
El vanguardismo italiano, Marinetti, con su escuela –han construido la arquitectura externa y la estructural o íntima de la exposición. Se observa, ante todo, esto: cómo un movimiento espiritual tal que el futurista en Italia (anárquico, revolucionario, subversivo, casi bolchevique) –ha podido nacionalizarse y fundirse al genio de un pueblo. Ha ocurrido en ese arte como a Mussolini con el socialismo: que se ha nacionalizado. Pero lo arrollador y mágico de esa “Mostra fascista” es el constatar paso a paso, documento a documento, retrato a retrato, fecha a fecha, que Mussolini comportaba en sí la cualidad más imprescindible del Héroe: la facultad profética, oracular: la previdencia del destino. Calcula los sucesos políticos con exactitud de astrónomo el tránsito de un astro.
Mussolini es hoy para Italia algo más que un jefe de Gobierno. Mussolini tiene ya lo más sublime que en política puede alcanzarse en la historia: la patriarcalidad, el sentido de Padre.
Es sabido por todos los etnólogos que, aun en las tri bus primitivas, la mayor felicidad social de ellas se alcanza cuando un jefe llega a perdurar y envejecer a su frente, por acciones continuadas de heroísmo. Ese hombre se va sublimando, se va despojando de materias y pasiones elementales y humanas, y se acerca a un tipo de divinidad cordial. Todo él se hace corazón. Se hace como un cordaje lírico y trascendente donde toda vibración del pueblo tiene su resonar y su nota.
Yo he visto en los ojos de Italia que Italia se ha entregado a este hombre con pasión y arrobamiento de mujer, de amante, y al propio tiempo con veneración de hija. Hay un fenómeno de enamoramiento mutuo: de cuerpos enlazados en un vuelo de Destino, en un vendaval dantesco y trágico. ¿Dónde van? ¿A la muerte? ¿A un estrellarse en infinitos pedazos?
Amor condusse noi ad una morte.
Van donde va el amor cuando el amor se da, enérgico y divino, en la vida.
Yo espero el día que el “Héroe” muera, para sentir el sollozo inenarrable y espantoso de Italia. ¿De Italia, sólo?
Cervantes –el primer Cervantes ‚el juvenil, el puro, el heroico, el anterior al Quijote, el de Lepanto y Argel, el Cervantes cuya imagen jamás enseña esta España roñosa y miserable a las almas de sus varones jóvenes–, Cervantes tiene una afirmación que es de las más definitivas que se han dicho en la vida: “dichoso el soldado que cuando está peleando sabe que le está mirando su Príncipe”. No temer morir bajo el mirar atento del Héroe.
En la Europa de estos últimos tiempos, en la España de estos últimos siglos –se nos había cegado la mirada hacia el Héroe. Se creía –vilmente– que admirar y consagrarse al hombre superior era algo depresivo, contra rio a la libertad del individuo y a unos derechos teóricos y todavía desconocidos.
Así, en España, se nos encerró al Cid bajo siete llaves. Y cuando el gran Menéndez Pidal quiso resucitarle, lo hizo lleno de prejuicios y timideces, presentándole como un buen hombre pacifista, que guerreaba por necesidad y como pidiendo perdón a los pósteros.
Frente al Cid se nos quiso hacer del Quijote el héroe nacional. Un héroe lleno de cansancio, de ironía y de fracasos. El Héroe de la renunciación.
Pero ha llegado la hora de tocar a rebato, de clarinear la vuelta al “Héroe”.
El Héroe es la puerta humana de la acción abierta a lo divino. El Héroe es una meta ideal, una norma de conducción a Dios. El culto al Héroe es un culto cerca no al culto del Padre Nuestro Todopoderoso. El culto al Héroe: es un aspirar sublime; es un ennoblecerse por el solo hecho ya de aspirar a él.
En la entrada de la Institución Libre de Enseñanza de Madrid, hay un cuadro –un único cuadro– que me dejó perplejo cuando lo ví: el Colleone, el Condottiere, esa figura que todos han encontrado hoy encarnada por Mussolini.
Pues de esa Institución ha salido el culto por la democracia y el antiheroísmo en España: ha salido esta República española sin Dios y sin Héroe.
Pero ha llegado la hora de atreverse en España a afirmar, en la vida pública, lo que antes se balbuceaba, sin fe y sin coraje, por los cuadros de las paredes. De poner “los gritos donde están los huevos”[4], frase que ya comenté en mi “Genio de España”.
Ha llegado la hora de alzar esa imagen del Héroe sobre la juventud del mundo, y pedir genuflexión, pero con la testa bien alta, mirando bien a los ojos del Príncipe. De este Príncipe o de otro. Mejor de otro, si es español.
Mirando bien a los ojos esquemáticos, normativos, trascendentales, del “Héroe”. ¡Juventud!
[1] Véase nota XXX.
[2] Ludwig, E., Conversaciones con Mussolini, en: Grande Sánchez, Pedro José, Fascismo, Tomo II. Escritos autobiográficos, SND Editores, Madrid, 2022, p. 169.
[3] Los libros dedicados a la vida de Mussolini pueden leerse en el segundo tomo de Fascismo publicados por esta misma editorial: Mi Diario de Guerra (1915-1917); Conversaciones con Mussolini (1932); Vida de Arnaldo (1932); Historia de un año. El tiempo del palo y de la zanahoria (1942-1943); y el Testamento político (1945).
[4] Consúltese p. XXX.
CONCLUSIÓN
La reflexión sobre el héroe en la poesía patriótica revela hasta qué punto la literatura puede convertirse en un instrumento de construcción simbólica y política. Más que describir una realidad, este tipo de discurso la configura, elevando determinadas figuras a la categoría de mito y otorgándoles un papel central en la interpretación del presente y la proyección del futuro.
En última instancia, el texto pone de manifiesto una aspiración recurrente en la historia: la búsqueda de referentes que encarnen valores colectivos y orienten a la sociedad en momentos de incertidumbre. Así, el héroe deja de ser únicamente un personaje para convertirse en un símbolo, una idea y, sobre todo, una llamada a la acción dirigida a las generaciones futuras.
