INTRODUCCIÓN
La persecución religiosa en la zona republicana durante la Guerra Civil española no fue un fenómeno aislado ni fruto del descontrol puntual de los primeros meses del conflicto. La violencia contra sacerdotes, monjas, religiosos y laicos comprometidos con su fe se prolongó en el tiempo y alcanzó niveles de crueldad que estremecen incluso décadas después de los hechos.
Los testimonios documentados muestran que, más allá de la eliminación física del adversario ideológico, existió en numerosos casos un ensañamiento deliberado contra quienes representaban la Iglesia Católica. Torturas, humillaciones, violaciones, mutilaciones y ejecuciones extrajudiciales formaron parte de una persecución sistemática motivada por el odio religioso.
En este artículo se recogen tres casos extremos, sobradamente documentados, que ilustran la brutalidad de aquella represión y el martirio sufrido por numerosas víctimas cuyo único “delito” fue su fe.
Beata Francisca Espejo, torturada, violada y asesinada a culatazos
La persecución religiosa en la zona republicana no se detuvo tras los primeros meses de guerra. En 1937 la retaguardia roja seguía mostrando su odio a la fe.
Francisca Espejo Martos tenía 63 años cuando estalló la Guerra Civil. A los 20 años tomó el hábito trinitario y fue encargada del torno en el convento que esta orden religiosa tenía en la localidad jienense de Martos. El 21 de julio de 1936 el convento fue asaltado por un grupo de milicianos locales. Alguno de ellos había sido criado gracias a las ayudas que la hermana Francisca Espejo daba a quienes acudían a pedir ayuda al torno del que se ocupaba.
Sor Encarnación -nombre de profesa de Francisca Espejo- escapó junto a su tía, Sor Rosario, que era la priora del convento. Se alojaron en casa de un familiar donde permanecieron hasta el 11 de enero de 1937. Ese día fueron detenidas la abadesa de las clarisas, sor María Isabel Aranda; la superiora de las Hijas de la Divina pastora, Victoria Valverde González; y sor Francisca Espejo y su tía.
Tras la detención fueron llevadas al Ayuntamiento de Martos, pero por el camino, la tía de Francisca, que tenía ochenta años, fue liberada al recibir los milicianos la recriminación de varias mujeres del pueblo que les acusaban de intentar ganar la guerra deteniendo a ancianas inofensivas.
A la una de la madrugada del día 13 de enero las superioras de las clarisas y de las Hijas de la Divina Pastora, junto a Francisca Espejo fueron sacadas de la celda que ocupaban y, en compañía de 47 varones también detenidos, fueron llevados a un pequeño pueblo cercano llamado Las Casillas de Martos.
Allí fueron fusilados los 47 hombres que habían hecho el camino de 16 kilómetros junto a las tres religiosas. Ellas fueron obligadas a ver como se sucedían las tandas de asesinatos mientras se insultaba a las víctimas y a las tres monjas.
Al filo de las cuatro de la madrugada, cuando terminaron los asesinatos, las tres monjas fueron conminadas a blasfemar y apostatar de su fe. Todas se negaron. Entonces fueron apartadas unos metros del cementerio y conducidas junto a un pequeño terraplén donde les arrancaron la ropa.
Los milicianos intentaron violarlas, pero ante la resistencia de las tres monjas, todas ellas con más de cincuenta años, sus asesinos las mataron allí mismo. Francisca Espejo fue asesinada a culatazos de fusil y su cuerpo fue mutilado. Así lo encontraron quienes fueron a desenterrar los cuerpos tras la Guerra Civil.
El cuerpo de la beata Francisca Espejo tenía el cráneo hundido con los huesos de la cabeza fracturados, una pierna se encontraba totalmente descoyuntada y girada hacia la parte trasera del cuerpo. La religiosa enviada para reconocer el cuerpo lo describió de la siguiente manera: “Era horrible… no había otro cuerpo tan maltrecho, tan destrozado. Reconocí sus manos artríticas, la deformación de sus pies, debido al reuma que padecía”. El cuerpo de la religiosa no presentaba ni un solo disparo. Había sido asesinada a culatazos.
Descuartizamientos, palizas y otros tormentos a los mártires vicencianos
El 10 de noviembre de 2017 fueron beatificados 60 mártires de la Familia Vicenciana, asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa cometida en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil. Todas las víctimas sufrieron malos tratos, torturas y agresiones durante el tiempo que estuvieron presos.
Los más afortunados eran fusilados a las pocas horas de su detención, pero hay algunos casos en los que queda claro el ensañamiento bárbaro contra quienes habían decidido elegir el camino religioso, aunque eso supusiera, como ocurrió en la España frentepopulista, acabar padeciendo el martirio.
El caso más llamativo, por su salvajismo, de los 60 mártires vicencianos fue el de José Ibáñez Mayandía. Tenía 59 años cuando fue detenido el 26 de Julio en el hospital que regentaban las Hijas de la Caridad en Madrid. Eran las seis de la mañana y un grupo de milicianos le estaba esperando a la entrada del patio de la institución. Allí simularon un registro en el que los anarquistas que le estaban deteniendo dijeron haber encontrado una pistola. Lo que aprovecharon para detenerle y llevarle al Ateneo Libertario de Chamberí, en la calle de García Paredes, en la casa contigua a donde se encontraba le hospital al que había acudido el religioso.
Una vez allí fue desnudado y le ataron las manos a la espalda y encargaron a varios chicos de no más de 15 años que le flagelasen desnudo, a la vista de los enfermos a los que había acudido a asistir espiritualmente. Por la tarde fue conducido en un coche por un grupo de milicianos a la Dehesa de la Villa, donde le dispararon varios tiros con una pistola y no le dieron el tiro de gracia.
Unas horas después, el mismo grupo de milicianos iba a la misma zona a asesinar a otro detenido y se encontraron José andando, malherido, que bajaba para enfilar la calle de Francos Rodríguez. Inmediatamente lo volvieron a llevar al Ateneo Libertario donde le golpearon y, ante su resistencia física, lo descuartizaron vivo bajo la dirección de un carnicero anarquista. Después, sus restos fueron puestos en una sábana y paseado por el hospital para que lo vieran los enfermos.
El caso de Juan Puig Serra también muestra ese odio que llevó a los milicianos a ensañarse con sus víctimas. El 19 de julio se había trasladado a Palma de Mallorca junto a varios hermanos para celebrar el centenario de la llegada de los primeros hermanos vicencianos a la isla. Le detuvieron un día después y el 5 de agosto, trasladado al castillo de San Fernando, convertido en prisión. El 13 de octubre, junto a otros siete sacerdotes y cuatro seglares, fue encerrado en una celda. Al atardecer, un grupo de milicianos abrió la puerta de la celda en la que se encontraban apiñados y abrieron fuego mientras blasfemaban y soltaban carcajadas.
Pedro Gambín Pérez fue detenido el 20 de julio en la Casa de Misericordia de las Hijas de la Caridad en Cartagena, donde intentó que las hermanas que vivían allí no fueran detenidas y conducidas a una checa. Fue detenido y conducido a la cárcel de San Antón de esa localidad, donde ingresó como el preso número 13.
Tras sufrir numerosos tormentos y torturas, el 15 de agosto fue sacado de la prisión a las dos y media de la madrugada y conducido a la carretera de Murcia junto a varios presos más. Cuando el camión que los trasportaba se paró en una zona despoblada, pidió ser el último en morir para así dar la absolución a los demás. Cuando llegó su turno, le dispararon cinco tiros en la barriga y lo dejaron desangrándose. Poco después pasó por allí un carretero que escuchó sus lamentos, pero no pudo atenderle porque se acercó un coche de milicianos. Cuando volvió unos minutos después, Pedro había muerto.
No son los únicos casos, como estos se repiten en cada una de las biografías de los sesenta mártires vicencianos beatificados. Y lo que es más triste, son miles de casos similares los que se vivieron en la retaguardia del Frente Popular en la persecución religiosa que se desarrolló durante la Segunda República y la Guerra Civil.
Aserrada y dada de comer a los cerdos por negarse a apostatar
Apolonia Lizárraga era la madre superiora de las Hermanas Carmelitas de la Caridad desde el año 1925. Cuando estalló la Guerra Civil tenía 69 años y se encontraba en la Casa General de Vic. Allí se preocupó durante los primeros días de la guerra por encontrar acomodo seguro para las novicias y los enfermos que estaban a cargo de la congregación de religiosas.
Tras haber intentado garantizar la seguridad de todas las personas a su cargo, ella misma se buscó acomodo en la casa de una familia que colaboraba con su orden. Allí permaneció hasta que fue apresada durante un registro realizado por milicianos del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista).
Inmediatamente fue trasladada a la checa barcelonesa de San Elías -bajo control de la CNT-FAI-, que ocupaba el edificio que hasta el comienzo de la guerra había sido un convento de religiosas Clarisas. Allí permaneció varios días presa, sometida a privaciones, insultos y golpes. Finalmente, el ocho de septiembre, uno de los responsables de la cárcel, apodado “el jorobado”, en compañía de otros tres milicianos, la trasladaron al patio central.
Una vez allí fue desnudada íntegramente y se le propuso apostatar para salvar su vida. La religiosa se negó, y los milicianos la colgaron de un gancho que habían instalado en una de las paredes. Ese gancho se usó en numerosas ocasiones para dar muerte de manera salvaje a los presos allí detenidos.
Esta muerte consistía en que eran aserrados vivos, hasta que morían desangrados entre terribles dolores. Y sus cuerpos eran posteriormente descuartizados y dados de comer a una piara de 42 cerdos que habían llevado a la checa tras una requisa realizada en los alrededores de la ciudad.
Poco después, los milicianos realizaron la matanza de varios de estos animales y vendían el producto anunciándolo como “chorizo de monja”. En clara referencia al martirio cometido con la superiora de las Carmelitas de la Caridad.
Varios testimonios de supervivientes de la checa de San Elías coinciden en señalar cómo fue la muerte de Apolonia Lizárraga:
“Actualmente se han encontrado testigos que nos refieren que estando ellos presos en la cárcel de San Elías en el año 1936, era de dominio público que el jefe de la checa, un tal «Jorobado», cebaba cerdos con carne humana. Que muchos presos eran echados a dichas piaras y que la General de las Carmelitas de la Caridad, Madre Apolonia Lizárraga, fue una de dichas víctimas que aserraron, descuartizaron (en cuatro partes) y luego en trozos más pequeños fue devorada por dichos animales que en la citada checa engordaban en número de 42”. Así lo cuenta Antonio Montero en su libro Historia de la persecución religiosa en España.
Otros testimonios coinciden en explicar la misma versión:
“Fue cogida prisionera, llevada por los milicianos a una checa, la desnudaron y la llevaron a un patio. La ataron muñecas y tobillos y fue colgada de un gancho a la pared del patio. Con un serrucho la cortaron. Ella rezaba y rogaba por sus asesinos. Estos luego dieron su cuerpo a comer a unos cerdos que tenían allí, que al poco tiempo los mataron y los comían y vendían diciendo que eran chorizos de monja“.
La Madre Apolonia Lizárraga fue beatificada el 28 de octubre de 2007 y recibió el nombre de Apolonia del Santísimo Sacramento.
CONCLUSIÓN
Los tres casos expuestos no constituyen episodios aislados ni excepcionales dentro del contexto de la persecución religiosa en la España de los años treinta. Son, por desgracia, representativos de una violencia sistemática que tuvo como objetivo erradicar la presencia pública de la fe católica mediante el terror, el escarnio y la eliminación física de sus representantes.
Recordar estos hechos no implica negar otras violencias cometidas durante el conflicto, sino reconocer una realidad histórica que durante décadas fue silenciada o relativizada. La memoria de las víctimas exige rigor, respeto y verdad histórica.
Solo desde el conocimiento de lo ocurrido, sin manipulaciones ideológicas ni ocultaciones interesadas, es posible comprender la magnitud del odio religioso que se desató en aquellos años y honrar a quienes perdieron la vida por mantenerse fieles a sus convicciones.
