El pasado 30 de Abril se conmemoró el 80 aniversario de la finalización de la II Guerra Mundial iniciada por Alemania en 1939 con su invasión en Polonia.
En este aniversario quisiera referirme fundamentalmente al papel de tantos diplomáticos españoles en la labor de ayuda y apoyo a los numerosos judíos ante el horror que se estaba padeciendo y el silencio de las potencias.
Paradójico es clamar por la paz y manifestarse por ello aunque no está en nuestra mano evitar la guerra que sería realmente el objetivo.
La prueba es hoy mismo con conflictos en Europa o en Siria. O en Israel contra terroristas y el sufrimiento de los gazatíes o en África con ataques sistemáticos a comunidades cristianas. Y el mundo, impotente, mira a otro lado.
Ahí debía valientemente intervenir la ONU y aplacar cualquier intento de levantamiento de nación contra nación, de pueblo contra pueblo.
Pero inmersos en un conflicto por una u otra razón es cuando los sentimientos más humanos también prevalecen.
Héroes frente al abuso nazi de la segunda contienda europea del siglo XX hubo de varias naciones, alemanes como Schindler, polacos como Pilecko o el italiano Giorgio Perlasca. Suizos como Lutz o el sueco en contacto con Britz, Wolenberg.
Destacar la labor del Nuncio de Roma en Budapest, Monseñor Rotta en comunicación con nuestros diplomáticos españoles y la utilización de los túneles de la Nunciatura que databan de tiempo atrás cuando la invasión turca y que sirvieron de refugio a tantos judíos.
Y muchos anónimos que fueron de tal utilidad que sin ellos no hubiera sido posible esa acción humanitaria.
Pero veamos el caso de estos españoles destinados como diplomáticos en diferentes zonas de Europa y que destacaron en una operación desinteresada y decididamente arriesgada.
En el Museo de Yad Vashem en Jerusalém nos encontramos a siete compatriotas declarados como «Justos entre las Naciones» y que no puede ser más que un orgullo para España pues finalmente pudieron salvar la vida de entre 40 a 60000 judíos.
Siete españoles miembros del servicio Diplomático y fueron honrados por la comunidad judía por el esfuerzo solidario y humanitario de la II Guerra Mundial.
Dos años antes del fin de la contienda, en 1943 un oficial del ejército polaco Wifold Pileck puso al mundo en conocimiento de la suerte que estaban corriendo los judíos en territorios tomados por los nazis. Se adentró en los Campos de Concentración y facilitó la salvación de no pocos indefensos. Debo añadir que años después en 1948 fue ejecutado por el Partido Comunista polaco acusado de traición.
Prácticamente hasta 1942 no se supo de la realidad que acontecía a esos países dominados por Alemania y las deportaciones judías. Las primeras informaciones también venían de la «División Azul». En ellas se habla de «exterminio de locos», «guetos» y «traslados forzosos de la población».
Una de las comunidades sefardíes más numerosa se encontraba en Salónica (Grecia) donde a petición diplomática y el papel de Sebastián Romero, el Consejo de Ministros de España autorizó su repatriación.
Quien fuera titular del Ministerio de AA EE de España era Fco Gómez-Jordana Sousa quien dio directrices no oficiales al personal destacado en las representaciones diplomáticas españolas. Y a partir de 1944 tras su fallecimiento continuó igual consigna con el nuevo titular el Ministro José Félix de Lequerica.
Todo personal de Berlín, Vichy en Francia, Sofía, Bucarest, Budapest y Atenas realizaron la labor de atender, documentar y ocultar a cuantos judíos pudieron para salvarlos de las garras alemanas.
Sebastián Romero ya citado, Eduardo Propper de Callejón en París (ni sabe cuántos visados se entregaron a destajo en ese momento al extraviarse los registros), Ruiz Santaella en Berlín ejerciendo como agregado de Agricultura o Bernardo Rolland de Miotta en París actuando como Cónsul. Eduardo Gasset o Ginés Vidal en Berlín. Julio Palencia en Bulgaria y M. Ángel Muguiro y Sanz Briz ambos en Budapest.
Destaquemos el papel de Sanz Briz en Hungría, el ángel de Budapest. Nacido en 1910 en Zaragoza. Interesa anotar fecha pues es agregado diplomático y Embajador en una edad muy temprana con poco más de 30 años. Había sido destinado a El Cairo previamente.
Recibe información veraz de dos eslovenos fugados de un campo de concentración y decide actuar. Informa al Gobierno de Franco en Madrid en junio de 1944 y muy cautelosamente y jugándose el pellejo comienza a moverse.
Se ampara en una Ley de Primo de Rivera de 1924 que otorgaba nacionalidad española a los descendientes judíos nacionales expulsados por los Reyes Católicos. Ley ya derogada a fin de 1930.
Observa la situación de los judíos en Budapest:
No poder salir de casa más que dos horas al día, no asomarse por las ventanas, refugios separados y siempre situados en un vagón aparte de otros viajeros en los trenes. Prohibición de albergar judíos para los no judíos y embargo de bienes.
Se informa a Madrid aunque no se recibe respuesta por la misma prudencia que se debe llevar. Únicamente un mensaje: «haz lo que puedas».
Él que llega en marzo a Budapest ya tiene organizado para agosto todo el operativo.
Oliván, Secretario de Organización de la Embajada de España en Berlín coordina la ayuda con Sanz Briz que ya había iniciado contacto con Miguel Ángel Munguiro, diplomático español igualmente.
Salvan quinientos niños que los trasladan a Tánger ante la protesta de los alemanes.
Entablan conversaciones con el Nuncio de Roma, Rotta, ya mencionado en un párrafo anterior.
En Budapest se entrega dinero a las autoridades alemanas a través de 200 salvoconductos para salvar judíos.
Los 200 documentos se multiplican al añadir al número letras ascendiendo la cifra de 1800 y finalmente alcanzando los 5000 que Sanz Briz rescata en la capital de Hungría.
Y no puedo dejar de referirme a un acto de valentía exhibido por Sanz Briz al acudir en persona a las estaciones de tren en Budapest donde se agolpaban los judíos en el andén pendientes de ser trasladados.
Y él al grito de: «¿quién habla español?»
«Quien me diga una sola palabra en español, le entrego un visado»
Cualquier palabra.
¡Emociona ese gesto del diplomático!
En estos momentos de tanta claudicación y desafección nacional donde no parece que seamos un ejemplo para nadie, parece que celebrando la finalización de una guerra que nunca debió iniciarse podamos hacer causa justa y honor a quienes al servicio de España se encontraban y realizaron la tarea de salvar tantas vidas.
Es importante en honor a la verdad reflejar el informe elaborado por el Defensor del Pueblo Enrique Múgica, premiado con la Orden de Carlos III en el año, creo recordar, 1997, en el que destacaba la contribución de España a la salvación de miles de judíos en ese trágico periodo.
El Premio Nobel de la Paz en 1986, Elie Wiesel, indicó que España fue el único país que no devolvía judíos del III Reich.
Antonio Ribas Conrado
Licenciado en Filosofía y Letras (Rama Historia del Arte)

Gracias por publicar mi artículo. El paso de Briz por las Estaciones de tren pidiendo, más bien suplicando , una sola palabra de español para salvar a un inocente fue lo que me conmovió más.
Franco estaba detrás de toda esa labor humanitaria. Sin su Visto Bueno mucho menos se habría logrado.