La imagen de Francisco Franco suele asociarse a su carrera militar y a su posterior protagonismo en la historia de España. Sin embargo, sus años de juventud en Melilla también estuvieron marcados por vivencias personales que muestran una faceta mucho menos conocida. Entre ellas destaca el intenso enamoramiento que sintió por Sofía Subirán, una joven perteneciente a una destacada familia vinculada a la administración española en Marruecos.
El siguiente texto está extraído del libro Franco, mi padre, obra de los historiadores Jesús Palacios y Stanley G. Payne, basada en el testimonio de Carmen Franco y en una amplia investigación documental. En este pasaje se reconstruye el primer gran amor del joven teniente, su perseverante cortejo, las numerosas cartas que escribió y el desenlace de una relación que nunca llegó a consolidarse, pero que dejó una huella duradera en su memoria.
En diciembre tuvo quince días de permiso para pasar las fiestas de Navidad en Melilla y luego volvió a la acción. En febrero fue destinado a un campamento muy cerca de Melilla. La vida social y de diversión en esta ciudad era entonces bastante intensa y complicada, existiendo dos niveles totalmente separados. Melilla era una ciudad pequeña, pero de población creciente por una presencia militar bastante numerosa. Para los soldados existían todos los locales de un barrio chino: muchísimas tabernas, casas de juego y burdeles de todas las clases, con centenares de prostitutas, algunas de no más de 12 años. Las infecciones venéreas alcanzaban las dimensiones de una plaga bíblica entre los soldados españoles.
Pero nada de esto atraía a un Franco austero y ordenancista, y también sentimental y romántico.
A otro nivel existía la sociedad formal española, de vida bastante intensa en esta avanzada de la cultura occidental. Había muchas recepciones y bailes en el casino militar y también teatro y algunos conciertos para la sociedad más refinada. El alto comisario mantenía todos los viernes una recepción abierta de dos horas. Esta circunstancia fue oportuna para que el nuevo teniente cultivara la amistad de una joven belleza de 18 años que había conocido durante sus días de permiso: Sofía Subirán, hija del coronel ayudante de campo del alto comisario de España en Marruecos, el general Luis Aizpuru. Para un hombre que acababa de pasar casi un año en la vida áspera y peligrosa del Rif, Sofía Subirán aparecía como una revelación angelical. Franco estaba deslumbrado y pronto totalmente enamorado. Era el primer amor de su vida.
Se había dejado crecer un bigote pequeño, pero seguía siendo «el teniente Franquito», como se le llamaba en su regimiento, con 20 años recién cumplidos y sin más recursos materiales que su sueldo militar, bastante miserable. En la sociedad militar del momento, literalmente no pintaba nada. A pesar de eso, Franco ya se había mostrado terco, persistente y decidido cuando se había fijado un objetivo que creía que le valía la pena. Durante seis meses pretendió a la joven Sofía con la intención de establecer relaciones formales y serias para un noviazgo oficial.
Sofía Subirán sobreviviría al propio Franco permaneciendo soltera de por vida. En 1978 contaría a dos periodistas su versión del modo en que Franco la cortejó, mostrando algunas de las cartas breves y postales que le escribió. Los días que Franco podía bajar a Melilla de permiso, era habitual verlos por las mañanas por el Parque Hernández o en los paseos habituales de la tarde. También en los bailes, algo que le encantaba a Sofía y nada a Paquito. Sofía le recordaba «muy serio», tratándola con gran cortesía y hasta exquisitez, como si fuera un ser sobrenatural y no de carne y hueso. Era igualmente «muy pato», un joven oficial al que no le gustaba bailar. Prefería hablar y no danzar. Ella apreciaba sus atenciones hasta cierto punto, pero se aburría mucho. De aspecto «muy delgado» y en su trato siempre un «verdadero caballero», de «buen carácter» y «muy amable», pero «demasiado serio», con poca vivacidad o sentido del humor. Ella encontraba algo incómoda una situación en la que Franco la trataba como «una gran dama» cuando era poco más —en sus propias palabras— que «una niña».
En total, la cortejó durante seis meses, entre enero y junio de 1913. En ese tiempo le escribió en más de treinta ocasiones unas doscientas cartas breves y aproximadamente un centenar de postales, ya que en muchos de los envíos incluía tres o cuatro misivas. Un cerco epistolar impresionante. En los tres primeros meses iniciaba los escritos con «Mi distinguida amiga», para luego pasar a «Mi buena amiga Sofía», mostrando así una exquisita formalidad, hasta llegar paso a paso a «Mi querida amiga Sofía» y en una ocasión «Queridísima amiga Sofía». Le declaró su amor por vez primera el 8 de marzo. Y cinco días después, lleno de impaciencia, le escribió que esperaba su contestación «con angustia».
Pero todo fue en vano. Estaba tratando de volar muy alto, demasiado alto, cortejando a la hija del cuñado del alto comisario, un objetivo muy ambicioso, mientras Franco en ese momento —como Sofía dijo años después— era «poca cosa», tanto personal como profesionalmente. Sus atenciones la halagaban y la entretenían; ella le encontró amable y muy correcto, pero bailaba muy mal, no tenía vivacidad y, al fin y al cabo, la aburría. Finalmente, tuvo que aceptar la realidad y en su carta final del 5 de julio terminó con un «Adiós, Sofía». Sabía que había perdido, pero no cabe duda de que la pasión que la joven había despertado era genuina y parece que en años posteriores preguntaba por ella de vez en cuando.
