1. Desde 1945 comenzó a aceptarse oficialmente en España que el sistema político propio del Régimen de Franco pretendía ser una democracia orgánica. El nombre no era nuevo ni tampoco una invención del Generalísimo: aparece en el Krausismo, en Julián Besteiro, y en Salvador de Madariaga, en algunos documentos eclesiásticos y también implícita en las Bases institucionales de Gil Robles y Sainz Rodríguez. Consiste en superar las contradicciones íntimas del sistema de partidos, que reducen al hombre a ser tan sólo individuo, cuya voluntad suplanta convirtiéndola en un voto, es decir un número, sin caer en el otro extremo del totalitarismo que identifica a la sociedad con el Estado y hace de éste el omnipotente definidor de lo que es lícito y de lo que no es. Para ello se pretende que las instituciones creadas por la sociedad misma, sean las que alcancen representación para constituir el poder legislativo.
Franco creyó encontrar la fórmula que, tras su victoria inicial, le justificase: también él presidía una democracia de distinto género en la que la señal distintiva era que ninguna decisión pudiera tomarse por una sola persona ni tampoco por una suma numérica de individuos. Había trabajado en esta línea desde el primer momento al crear el Consejo de Ministros en lugar de una suma de ministerios independientes —si bien dejaba a cada Ministro la responsabilidad libre de un programa— y al restablecer las Cortes, poder legislativo y resultado de las opiniones de Sindicatos, Municipios, Provincias, instituciones económicas y culturales e incluso su propia opinión presente en el nombramiento de unos pocos procuradores entre personas que hubiesen prestado servicios al Estado en forma relevante. La Justicia, desligada de la política y del terrorismo, podía aparecer ahora como árbitro profesionalizado. Los visitantes extranjeros encontraban en España unas libertades reales en nada diferentes de las de su propio país: a veces, para personas sin prejuicios, esto constituía una verdadera sorpresa.
El Régimen era autoritario, no porque el Generalísimo y sus Ministros ejerciesen fuerte autoridad sino porque se consideraba teóricamente que la autoridad y la moral católica eran dos grandes bienes. Conviene advertir que autoridad y poder son, en cierto modo, términos antitéticos: autoridad es respeto y obediencia a la ley, cumplimiento del deber y en definitiva orden. Poder («potestas») es facultad coercitiva de que disponen las personas constituidas en autoridad para corregir y castigar a quienes no respeten u obedezcan las leyes. Desde este punto de vista el desarrollo moral de la autoridad que, para ser justa, debe acomodarse a los principios éticos naturales y cristianos, hace cada vez menos necesarios el ejercicio del poder. Franco se sentía muy satisfecho cuando alguien comentaba que en España había muy pocos policías por las calles. Con frecuencia también se contraponían las libertades «reales» que nacen del cumplimiento del deber de todos a las libertades «formales» que, en caso de desorden, se convierten en palabras vacías cuando no en el amparo de los abusos, la arbitrariedad o la inmoralidad. Sin duda se reía cuando el cardenal Segura o monseñor Pildain prohibían a sus fieles, bajo severas penas, asistir a las representaciones de una revista, La blanca doble, que se hizo más famosa por esta circunstancia que por su propio valor, pero prefería esto extremo a su contrario, la ilicitud de la pornografía o de la exhibición homosexual.
2. Los discursos de Franco a lo largo de 1948 constituyen, tomados en conjunto, una especie de reflexión en voz alta que nos ayudan a comprender cuál era su punto de vista sobre las razones que le habían permitido resistir la presión y modificar luego la opinión que los Estados Unidos tuvieran de su obra. En ningún momento se le ocurrió pensar que hubiese de modificar su tarea: se había enfrentado al comunismo en suelo español, le había vencido, y estaba dando a los demás la señal de alerta. En marzo de 1948, hablando a los muchachos del Frente de Juventudes, les dijo que, sin el Movimiento, España sería hoy, como las otras doce naciones europeas sojuzgadas por el comunismo, una colonia de la Unión Soviética. España se ha adelantado en diez años a los demás países en el descubrimiento de que una Patria es algo más que un suelo y unos hombres que le habitan: es «unidad de destino en lo universal» y conciencia moral. Por ello más doloroso que la pérdida del oro enviado a Moscú es el alejamiento de los niños, porque se trata de convertirlos.
Y añadió, parafraseando los famosos principios de la Revolución francesa, que «sacrificamos una pequeña apariencia de libertad por un orden completo de libertades». La libertad nace del orden y cuando se contraponen se incurre en sofisma puesto que el orden es la primera forma elemental de ejercicio de la libertad. Del mismo modo que la igualdad consiste en establecer mejoras sociales, mientras que la fraternidad «no es una frase de Ateneo… sino una realidad que descansa en el sentido católico de vida».
3. La inminencia de una guerra entre la URSS y las potencias occidentales pesó en las relaciones internacionales ya desde 1948, cuando los comunistas chinos, dueños de Manchuria, inician un avance que el Kuomintang parecía incapaz de detener, y, con la abierta intervención de las fuerzas soviéticas de ocupación, un ex-combatiente de las brigadas rojas en España, Klement Gottwald, se adueñaba del poder en Alemania Oriental por el procedimiento del golpe de Estado. Franco acumuló informes, ninguno optimista.
En abril, el socialista italiano Saragat, sembró la alarma entre sus correligionarios declarando que los Estados Unidos estaban ahora interesados en sostener a Franco porque no pensaban en otra barrera de contención frente al ejército soviético que los Pirineos.
Hablando a sus compañeros de armas en Sevilla, en octubre de 1948, el Generalísimo se hizo eco de estas preocupaciones. Definió a los militares de su tiempo como «la generación más sufrida»; su sacrificio, que había impedido en España una victoria del comunismo, aún no había terminado porque «el mundo da la impresión de estar en vísperas de otra batalla». Ha concluido un tiempo histórico de aislamiento entre las naciones para imponerse las interrelaciones entre países afines. «A la era de las rivalidades nacionales (ha seguido) la era de las rivalidades entre los grupos de naciones». Esta es la razón por la que «el Movimiento Nacional español (que) vino a salvar a España y a dar a todos satisfacción y justicia» ha tenido que ser reconocido y aceptado por las naciones de Occidente que comparten con él la defensa de unos principios que proceden de la civilización cristiana y que se encuentran amenazados por el enemigo común del imperialismo soviético.
En otra ocasión se declaraba consciente de que el mundo «sufre la crisis política más grande que han conocido los tiempos», al plantearse la cuestión social con preferencia a todas las demás. «Hay solamente dos sistemas para resolver los problemas sociales de los pueblos: o el anárquico de la lucha de clases, con todas sus consecuencias, que no los resuelven, o el sistema de la armonía de clases». «El primero» conduce al paro, al hambre y al egoísmo o «en aquellos otros países en donde los obreros han triunfado, mayor miseria, el mismo hambre y una mayor tiranía». «Así es Rusia… coronación de todos los procesos sociales de lucha de clases, la ejecución de la doctrina marxista». «Nosotros hemos rechazado este sistema… porque destruía y hubiera aniquilado la Patria».
4. La democracia orgánica poseía una plataforma fundamental en el Fuero de los españoles. Había en éste un artículo 6 reconociendo la libertad religiosa que, al producirse la alineación de España en el bloque de naciones capitaneado por los Estados Unidos, reclamaba el amplio cumplimiento. En 1947 el Generalísimo hizo la declaración pública que antes hemos examinado, provocando la tormenta que protagonizó el cardenal Segura. Este consiguió interesar en el tema a los otros arzobispos y que se tratara en la próxima conferencia de metropolitanos. El 28 de mayo de 1948 se hizo público un largo documento de advertencia.
El documento era definido por sus autores como «fiel y respetuosa exposición de hechos en relación con la legislación actualmente vigente en nuestra Patria, a S.E. el Jefe del Estado». En realidad, con palabras muy suaves y expresiones afectuosas, exigían el cumplimiento estricto del artículo 6 del Fuero de los españoles, que había sido negociado previamente por el Gobierno español con la Santa Sede y que concedía a los no católicos derecho a ejercer culto privado pero de ninguna manera público. «A lo cual venía obligado», recordaron. «Es imposible tener fe en la Iglesia católica sin desear como ideal para toda nación y para todo Estado el de la unidad católica». Así de claro: no defendían ni justificaban la violencia cometida en la capilla de Trafalgar, pero recordaban a las autoridades civiles que estaban obligadas a reprimir todo lo que atentase a la unidad católica o significase manifestación pública.
La prensa internacional, especialmente norteamericana, pronto advirtió que en España los obispos tenían un gran poder y prestó atención a quienes, siguiendo corrientes de moda, visitaban los Estados Unidos. Había el peligro de que sus declaraciones, al pasar por el tamiz de otras coordenadas de pensamiento, fuesen tergiversadas, pero de todas formas valía la pena esta apertura al exterior.
5. A las razones objetivas —bloqueo de Berlín, anuncio de guerra, desenmascaramiento del poder soviético— tenemos que sumar estas otras: Franco mostró en todo momento absoluta confianza en sí mismo y en la obra que estaba tratando de llevar a cabo y que definía como de establecimiento de un sistema intermedio entre capitalismo y socialismo. Esto es democracia orgánica, dotada de instituciones suficientes para establecer diálogo en paralelo con otras semejantes de los Estados Unidos. Esta confianza explica también que nunca abandonara su proyecto de restaurar, al final, la Monarquía. Pronto o tarde, don Juan tendría que convencerse de que él tenía razón. Por eso nunca respondió al Manifiesto de Estoril con medidas vehementes —para vehemencia bastaba la de la prensa del Movimiento— ni dejó de creer que cualquier solución pasaba por la vía del conde de Barcelona, incluso la que implicaba la eliminación de éste.
