Con voz transida por la emoción con la gravedad y la tristeza propias de la hora, el presidente Arias leyó ayer a los españoles todos el mensaje póstumo de Francisco Franco. Del fondo de la larga agonía brotaban unas palabras que eran al tiempo de confesión, de despedida, de legado y de aliento.
Dos son las vertientes fundamentales del mensaje, y ambas merecen ser recogidas con la atención y el respeto de un testamento escrito o dictado en las fronteras mismas de la muerte, con el talante recogido y hondo de quien sabe que le ha llegado la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio. Franco ha querido morir en el seno de la Iglesia católica, y al pedir a Dios que le acogiera benigno ha querido seguir las enseñanzas del Padrenuestro, en el que la medida y semejanza del perdón que pedimos es el perdón que otorgamos. Franco ha pedido perdón a todos en su hora última y ha manifestado que de corazón perdonaba a cuantos se declararon sus enemigos, “sin que yo los tuviera como tales”.
En esas palabras resonaba la nota profunda, humana, de quien raramente ha puesto de manifiesto sus sentimientos íntimos. Dicen que ese mensaje fue escrito entre el 17 y el 24 de octubre y entregado a su hija Carmen, para que en el momento de la muerte lo hiciera llegar al presidente del Gobierno, quien parece que no tenía noticia de que ese mensaje existiera.
La otra nota que suena sustancialmente en el breve texto que don Carlos Arias leyó conmovido es la invitación a rodear al Rey de afecto y lealtad, de apoyo y colaboración; es la invitación a la unidad y la paz. Se trata de una unidad interior sin mengua de la multiplicidad de las regiones, rica multiplicidad que Franco invita a exaltar viendo en ella una fuente de la fortaleza de esa misma unidad de la patria; se trata de unidad también frente a los peligros exteriores –una vieja idea del Generalísimo-, con invitación a deponer miras personales y servir los supremos intereses del pueblo español; y de unidad, en fin, servida por la justicia social y la difusión de la cultura. En torno a don Juan Carlos de Borbón quiso imaginar Francisco Franco, en la hora grave de la muerte, un porvenir venturoso para España.
Una vertiente afecta, pues, a lo íntimo de la persona, a su actitud ante los demás hombres y ante el Altísimo; la otra, a esta España que nosotros tenemos que hacer entre todos, pues los pueblos viven una vida que rebasa los límites de la existencia personal de cada uno para internarse en el horizonte que queda enfrente y hacerse, poco a poco, historia.
Los españoles estamos hoy –eso dicen todas las palabras que se pronuncian- deseosos de entendernos y de convivir en paz. Estamos deseosos de incorporarnos cada vez más plenamente al mundo europeo, al ámbito de la civilización occidental que sabemos es el nuestro y al que queremos contribuir.
Queremos que España sea un lugar de paz, queremos tener la ocasión de mostrar a todos –y por lo pronto a nosotros mismos- que si no han de faltar dificultades y diferencias –pues sabemos que ése es el tejido de la vida- no existe ninguna razón para que no pueda hacerse aquí lo que en otras partes se hace.
El progreso económico que en el decenio de los sesenta se ha producido en nuestro país es fruto, sin duda, de diversos factores coincidentes. Pero no debemos olvidar que un pueblo que es capaz de realizaciones como las que hemos conseguido, realizaciones que no hubieran sido posibles sin espíritu de trabajo, de cooperación, sin imaginación para concebir objetivos y asociarse y colaborar para alcanzarlos, es un pueblo que no puede considerarse menor ni inmaduro. La madurez de los españoles, nuestra madurez, es ya un tópico en los discursos oficiales. En ella habrá de encontrar el Rey de España, don Juan Carlos de Borbón, el concurso que necesita para realizar con pleno acierto su misión histórica. En esta columna hemos dicho que existe, dentro y fuera, una disposición favorable. Hagamos en paz una tierra de paz, un hogar para todos. La historia no se detiene.
Julio Trenas.
El pueblo madrileño acudió esta mañana al trabajo conociendo la noticia del fallecimiento del Jede del Estado. En todos los rostros se apreciaba la gravedad, el impacto producido por una realidad, no por tristemente esperada menos dolorosa. El país ha vivido estos treinta y cinco días de la enfermedad de Franco, pegado el oído al transistor de radio, pendiente de las ediciones, habituales o “extras” de los periódicos, atento a cualquier noticia que pudiera suponer el más leve resquicio de esperanza en lo que ya se cernía sobre todos como un hecho ineluctable. Nada hacía sospechar, en la mañana de ayer, el decisivo agravamiento. En la sesión matinal de las Cortes, concluida poco antes de las doce, no se dio comunicación alguna por parte del presidente. Las noticias de la primera hora hablaban de estado estacionario, dentro de una situación crítica.
Fue al darse a conocer el parte médico de la una treinta de la tarde cuando renació, y ya con visos fatales, la sensación de irrecuperabilidad. Todavía la comunicación de las Casas Civil y Militar de las ocho treinta de la tarde y otra producida a las once y treinta de la noche acentuaban la evolución desfavorable. Ya el país se aprestaba a lo peor. Esta sensación quedó acentuada por el cambio de la programación en Televisión Española y Radio Nacional de España: sus espacios mudaban los temas ligeros y alegres por otros de mayor seriedad, de acuerdo con las angustiosas circunstancias. Con esta impresión se acostó el pueblo madrileño, para levantarse con la certidumbre de la noticia.
Se comentaba ayer en las Cortes la posibilidad de que Franco muriese el mismo día en que treinta y nueve años antes, murió José Antonio Primo de Rivera, fusilado en la prisión de Alicante. Y ha sido así, casi a la misma hora. José Antonio moría a las seis aproximadamente de la mañana de aquel noviembre de 1936. Franco ha entregado su alma a Dios poco antes de las cinco y media de esta mañana de noviembre de 1975. En la Residencia Sanitaria de La Paz, sobre un pequeño monolito que recuerda la inauguración del edificio por el Caudillo, el 18 de julio de 1964, se izó una bandera a media asta. Había un temblor doloroso, insuperable por la obligación comunicativa del momento, en la voz del ministro de Información y Turismo, don León Herrera Esteban, al leer a los informadores, a las seis y cinco de la mañana, la triste noticia. Una hora antes, a las cinco, las Casas Militar y Civil habían comunicado que la enfermedad del Generalísimo entraba en su fase final.
A esa misma hora, el presidente del Gobierno y el ministro de Justicia, notario mayor del Reino, acudieron al edificio, haciéndolo poco después don Alejandro Rodríguez de Valcárcel, presidente de las Cortes, del Consejo del Reino y del Consejo de Regencia. Este último, integrado además por monseñor Cantero Cuadrado y el teniente general Salas Larrazábal, reunido en el palacio de las Cortes, ha asumido automáticamente la Jefatura del Estado en nombre del Príncipe de España. Cuando escribo estas líneas, una furgoneta aguarda en la fachada posterior del pabellón general de La Paz y hay preparada para escoltarla una caravana de 15 automóviles. En este furgón fue trasladado poco después de El Pardo el cuerpo del Generalísimo Francisco Franco Bahamonde. En el palacio donde rigió España, con pulso sereno y entrega total de su vida y sus afanes, se ha instalado la capilla ardiente privada, que agrupará en torno al cadáver del Caudillo, el dolor de su familia. Se ha rogado que nadie trate de acudir a este duelo familiar. Quienes unidos a él por la sangre vieron cómo Franco entregaba toda su vida al país, tienen derecho a permanecer íntimamente junto a él en estos momentos de terrible dolor. Mañana, a partir de las ocho y hasta el domingo, todo el pueblo español podrá acudir a rendir el postrer homenaje de una oración al Jefe del Estado español. Monseñor Enrique y Tarancón ha dirigido una exhortación a los fieles de la diócesis madrileña en la que expresa su dolor por el trance histórico y pide a los españoles superar cualquier causa de discrepancia entre hermanos.
No se ha suspendido el acto de recuerdo a José Antonio Primo de Rivera en el Valle de los Caídos, que será presidido por el vicesecretario general del Movimiento don Antonio Chozas Bermúdez. El país, España entera, en silencio y recogimiento, vive este primer día de luto, íntimo, por Francisco Franco, artífice de una paz que continuará, como Rey, después de la jura solemne que el sábado tendrá lugar en el palacio de las Cortes, el Príncipe de España, don Juan Carlos de Borbón. Un capítulo de la historia, difícil y heroico, se cierra con la muerte de Franco. Otro capítulo, de continuidad en la esperanza, se abre con la figura del preconizado Rey de los españoles”.
