Manuel Tarín Iglesias.
Franco ya no está. Durante estos últimos meses se ha desarrollado al entorno de lo que puede llamarse la “era franquista” un curioso fenómeno: en el espacio de pocos meses se ha pasado desde una violenta ofensiva internacional, congelación de negociaciones con la CEE, manifestaciones antiespañolas, mini retirada de embajadores… y poco después, cuando la enfermedad de Franco cumple su última singladura, en los mismos países, casi en la misma prensa, se inicia el “sí, pero…”. Y resulta que Franco no fue responsable de la guerra civil, que elevó el país hasta dejar el subdesarrollo, que merced a él, en esta centinela de Europa, que es la Península, pudo impedirse cualquier frivolidad extremista; que se preocupó del nivel educativo… Resulta paradójico casar las reacciones de hace un par de meses y la de hace un par de semanas. La conclusión es que Franco fue un hombre incómodo, desde el 1 de octubre de 1936, hasta el mismo momento de su fallecimiento; e incómodo porque nadó siempre en contra la corriente que trataba de atraerlo, infructuosamente, a sus aguas jurisdiccionales.
Basta leer la extensa literatura escrita desde los comienzos de la guerra civil, con las opiniones e informes de los gobernantes del llamado Eje; las infructuosas exigencias de los mismos cuando eran los amos de Europa, y las mismas exigencias de los amos posteriores para que aceptaran sus planteamientos políticos. La navegación con viento en contra fue una constante, una necesidad en la travesía de Franco y cada vez que el imperio de su Gobierno se encontraba más sólido, más duras debían de resultar las ofensivas.
La primera gran incógnita a despejar es el por qué el régimen de Franco pudo durar casi 40 años, con unos planteamientos domésticos rudimentarios. Acaso la frase de Franco, a sus legionarios, “sólo os pido voluntad y eficacia” resume la estrategia, su programa de gobierno a lo largo de la andadura. El carisma de un hombre joven –asciende al poder después de obtener una gran victoria bélica-, honesto, prudente y pacificador, arrastró a la inmensa mayoría del pueblo español, partidario de la voluntad y eficacia, moviendo sus peones con la habilidad de un Fisher metido a política. En cada momento –por encima de las pasiones y los intereses que crecen y se multiplican con el tiempo- estuvo atento, incluidos los fallos, a no dejar el timón, a no aceptar presiones –de ahí la incomodidad que producía su prolongada presencia- y a la eficaz misión de un caminar seguro.
Es posible que los españoles de esta etapa, por su parte, acataron con docilidad, no un programa, sino una figura, una figura de estas características y con el halo de la victoria. El gobierno, el poder, ha sido evidentemente personal. Fuera del triunfalismo que podría representar, a estas alturas cualquier elogio a su gestión, ya será la historia la encargada de poner los puntos sobre las íes.
Lo indudable, es que, a partir de este momento, las circunstancias han variado, y de un poder personal se va a pasar a un poder colegiado, más vecino a lo existente en Europa, más próximo a las fórmulas continentales y de entrada, sin duda causará buena impresión; seremos admitidos en las romerías y meriendas internacionales. Adelante. Pero ¿y la política doméstica? El gran reto que hoy está sobre la mesa, es adivinar si los españoles son capaces de gobernarse con un mínimo de sentido común, sin querellas sangrientas, tolerantes unos con otros. Una gran masa de marginados se incorpora a la política. Bienvenidos sean. Los que han colaborado con Franco deben hacer sitio para que también quepan los otros.
Pero que unos y otros no aspiren a convertirse en monopolio, en aumentar las querellas que el gobierno a Franco impidió; en evitar las alteraciones de orden que Franco obtuvo; en paralizar el desarrollo que impuso el fallecido Generalísimo.
A partir de esta fecha los exclusivismos han caído, pero si se tratara de sustituir unos exclusivismos por otros, el fracaso sería rotundo. El reto que está lanzado es saber si los españoles, todos, colectivamente y en paz somos capaces de gobernarnos solos.
Si se retrocede a la disputa diaria, a la paralización de actividades, a las exigencias desorbitadas, del resultado, frente a un estado de anarquía, podría surgir la necesidad de un nuevo poder personal, con el agravamiento de que figuras como las del fallecido Caudillo, ya no se dan en el país.
Evidentemente, con la muerte de Franco, acaba su régimen, su sistema. En estos cuarenta años–¡cuántos sudores, Señor!– ya los juzgará la historia, pero la responsabilidad ha dejado de ser un solo hombre para alcanzar a treinta y cinco millones de españoles, que habitan en este país.
Julio Manegat.
Apenas amanecía cuando, camino del periódico, he visto la primera bandera a media asta, con un crespón negro en su centro. Soplaba frío el aire norteño y se agitaba la bandera. Por la calle, las gentes sabían la noticia, de algún modo, estaba en los rostros de todos. En algunos casos crucé mi mirada con otros transeúntes: era como decirse unos a otros lo mismo. No hacían falta palabras. Ni acaso hagan falta ahora. Siempre he dicho que la retórica ha hecho mucho daño a nuestro país porque nos hemos dejado vencer por la retórica de las grandes palabras.
Y a veces llega la hora de los grandes silencios. De los profundos respetos. Por ello están, desde la madrugada de hoy, las banderas a media asta. Como un gran silencio lleno de palabras, de recuerdos, de meditaciones. Para todos, sea cual sea nuestra edad, nuestra circunstancia, incluso nuestro sentimiento político, el fallecimiento del Jefe del Estado, la muerte de Franco, posee un sentido, una dimensión de importancias. Nadie puede alejar de sí la realidad de que, de alguna forma también, termina una etapa de la historia de España y comienza otra. Dios quiera que sea, que es lo que siempre debemos desear en este país, para concordia, paz y futuro de todos los españoles.
Desde que murió el rey don Alfonso XII, en 1885, es la primera vez, en noventa años, que se produce en España la muerte de su Jefe de Estado. Alfonso XIII falleció en el destierro y los presidentes de la República también murieron fuera de España. No es sólo una efemérides, es un signo de casi cuarenta años de dedicación a una patria. Ningún español de los ahora vivientes puede recordar, de no ser un centenario de singular memoria, la muerte de otro Jefe de Estado en España. Mucho más significará para aquellos que desde niños conocimos el nombre de Francisco Franco. Pero acaso todo esto ya sea también anécdota.
Quiero recordar esa bandera que ha madrugado hoy en su luto. Después, como la pólvora triste, han sido todas las banderas del país las que han ondeado, las que ondean a media asta. Llenas de silencio. Llenas de palabras. La Historia grande será la que hable de Franco, de lo que ha significado para este país nuestro de rabia, de gritos y canciones de amor o de canciones de odio. Hoy no es hora de juicios ni siquiera, creo yo, de discursos colmados de grandes palabras. Hoy es momento de respetos, de silencios, de lealtades que muchos acaso pretenderán graciosamente ocultar. Es un corte señalado por un crespón negro en una bandera. Y así se verán desde Galicia a Baleares, desde Guipúzcoa a las Canarias, o a aquellos adelantados fortines de la Legión en el Sahara, o en los navíos españoles que hoy surcan las aguas de cualquier mar.
Y todo esto, bien cierto es, no es retórica ni recuerdo triunfalista, ni pólvora en salvas. Es el reconocimiento severo de que España termina un capítulo de su vida y se apresta a comenzar otro. Ojalá demostremos todos los españoles, todos, que somos capaces de vivir con dignidad este nuevo capítulo que, forzosamente, debía comenzar al morir Francisco Franco. Que lo vivamos con dignidad, con inteligencia de comunicaciones, de respetos, de esperanzas comunes en un destino común que ha de tener, por encima de todos, el signo de las manos que se estrechan.
Madrugaba en el aire aquella bandera, en plena calle. Como yo, más de un transeúnte alzó sus ojos para mirarla. De alguna forma, la bandera estaba también en el corazón.
Vicente Enrique y Tarancón
El mensaje del cardenal arzobispo de Madrid-Alcalá y presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Vicente Enrique y Tarancón, con motivo del fallecimiento de Francisco Franco, dice así:
“A los fieles de la diócesis de Madrid y a todos los españoles de buena voluntad. En estos momentos históricos para nuestra patria creo servir mi deber pastoral, convocándonos una vez más en un triple esfuerzo cristiano de oración, reflexión y esperanza.
Oración por quien durante tantos años, ha regido los destinos de nuestro país y, ha llegado hoy, a las dulces manos de Dios. Que el Señor premie su total entrega al servicio de la patria y a nosotros nos conceda, luz para reconocer, mejorar y hacer fecundo cuanto de positivo se ha logrado durante estos años en nuestra querida España.
Reflexión porque la desaparición de nuestro Jefe de Estado nos apremia a la más clara afirmación de los lazos que deben unirnos a todos los españoles para superar, sobre todo en estas horas, cualquier causa de discrepancia entre hermanos en pos de formas de armoniosa, libre y respetuosa convivencia. Hacemos un llamamiento especial a todos aquellos que más puedan hacer ahora por la paz: que quienes poseen mayor poder, bienes económicos, prestigio social y cultura, e influencia en la opinión pública, pongan todos estos dones recibidos de Dios, al servicio de la comunidad y especialmente, de aquellos que más carecen de esas mismas posibilidades.
Esperanza también como cristianos y como ciudadanos españoles. Esperanza, porque España es hoy un país joven, moderno y lleno de vida, profundamente impregnado de ideales de igualdad civil y de justicia social en el que siguen substancialmente vigentes los valores de nuestra concepción cristiana. El caudal que mueve esta esperanza es mucho más poderoso que la preocupación que puedan suscitarnos los problemas que hemos de afrontar en esta hora.
Sobre don Juan Carlos de Borbón, llamado a llevar sobre sí la suprema carga del Estado, para la que con tanta dedicación y prudencia se ha preparado, y que convoca en torno a sí todas esas esperanzas, invocamos como pastor de la Iglesia, la bendición de Dios para que haga frente con fortaleza y decisión las altas responsabilidades que en este momento asume.
A esta oración, reflexión y esperanza os convoca la Iglesia de España, solidaria con los problemas de su patria e identificada con las inquietudes de cada uno de sus fieles”.
El cardenal primado, don Marcelo González Martín
“Ante el fallecimiento de Su Excelencia el Jefe del Estado español, me dirijo a todos vosotros para pediros vuestras oraciones por el eterno descanso de su alma.
Es una hora triste para la Patria española porque desaparece el que con tanta abnegación, llevada hasta el heroísmo de una manera casi permanente se ha sacrificado por ella durante toda su vida. Pero esta tristeza no debe en ningún momento apagar nuestros sentimientos de esperanza cristiana que precisamente han de manifestarse con serenidad de espíritu ante el hecho de la muerte. La esperanza es ahora confianza en Dios y súplica fervorosa para que el Señor se apiade del que ha fallecido, le conceda el perdón de sus pecados y le otorgue el premio de la vida eterna que por los méritos infinitos de Cristo es ofrecido a cuantos creen en Él.
Oraciones también por su esposa y sus familiares, seres humanos al fin, que, como todos, al ver morir a quien amaban, necesitan el consuelo de la fe para el espíritu atribulado.
Y aún más, pido vuestras oraciones por España y por todos los españoles para que la paz, la prosperidad y el justo desarrollo de la vida del país merezcan de unos y de otros el empeño más noble a cuyo servicio pongan todas sus energías. Nadie arrebatará jamás al Jefe del Estado que acaba de morir el honor de ocupar una de las páginas más gloriosas en los anales de la historia de la patria. La que él ha escrito con su vida y con su muerte es tan excelsa que podrá seguir iluminando a todos los españoles con tal de que exista una sola actitud: buena voluntad.
Aparte los sufragios que espontáneamente queráis ofrecer, según vuestra piedad, las autoridades civiles y eclesiásticas se pondrán de acuerdo para celebrar oportunamente solemnes funerales en la Santa Iglesia Catedral, en el Seminario Diocesano y en todas las parroquias de la diócesis.”
José Antonio Lorén.
“El deporte no puede ni debe quedar al margen del dolor que aflige a España por la muerte del Caudillo. De un hombre que ha seguido siempre con tanta atención como interés el desarrollo y la ejecutoria del deporte español y los logros de sus deportistas. Ha sido tradicional, como en pocos estados, la presencia de campeones deportivos en el Palacio de El Pardo recibidos en audiencia especial con cálidas expresiones de simpatía, de gratitud; con palabras que enlazaban el agasajo personal y representativo con renovación de estímulo y de aliento.
De sus últimas audiencias podrían concretarse en lo individual la de Manuel Orantes tras su relevante victoria en Forest Hills y en lo colectivo la del Real Club Deportivo Español con motivo de sus Bodas de Platino; precisamente el club que recibió de manos de Franco la primera Copa del Generalísimo. Ricardo Zamora, figura legendaria, acaso prototipo en categoría, proyección internacional y caballerosidad, recuerda que, al saludarle, le dijo: “Hola, Zamora, ¿ya no paramos, eh?” Y Ricardo repuso que, “claro, los años han pasado…”. Era un recuerdo, grato, acaso nostálgico, pero siempre en línea de actualidad. Y en todos los deportes porque no había audiencia que saliera de El Pardo sin la satisfacción de que el Caudillo se había referido a algo más que al motivo específico de la recepción. Personalmente, discúlpenme, no olvidaré mi presencia en una de hockey sobre patines, cuando la selección española regresó de su gran triunfo en el campeonato mundial disputado en la localidad argentina de San Juan y en el breve diálogo complementario preguntó con pleno conocimiento de la modalidad, recordó otras victorias de relieve y, esbozando cordial sonrisa, comentó “nos tenéis muy bien acostumbrados…”.
Pero su afición al deporte no era tan solo pasiva, sino también activa a través de la caza, de la pesca y del golf, disciplinas que hasta hace unos veinte años, bien entrado en la sesenta, combinaba con el tenis y la equitación. Era el sentir del buen deportista que no sólo sigue y comenta sino que también participa. Actualmente era campeón nacional de caza mayor con un venado que abatió en la sierra de Cazorla, hará un año aproximadamente, que le confirió doscientos doce puntos y era no menos extraordinario en la caza menor demostrado en aquella línea en la que cobró más de mil quinientas perdices. Y si era magnífico cazador, también en la pesca puede situársele entre la elite mundial. En 1957 obtuvo el título nacional de pesca de atún, categoría “amateur”, y al poco tiempo un récord mundial de capturas con un gigantesco cachalote.
Octogenario ya, pocos meses antes de su muerte, Francisco Franco siguió practicando deporte; introduciéndose en el agua de los fríos ríos asturianos, incansable en sus recorridos por las riberas en busca de salmones, caminando por los campos de golf… Su estatura, su mirada penetrante y tranquila, el gesto mesurado, le hicieron un cazador y un pescador realmente extraordinarios. Deportes en los que la serenidad, la paciencia y el ademán exacto, hacen al gran experto. Y Franco lo ha sido.
No olvidemos tampoco que de no haber sido por él, la ley de Educación Física que fue la promoción, el auge del deporte español, ni hubiera llegado siquiera a las Cortes. Y en la misma realidad no deja de tener ribetes de simbolismo que su última audiencia, aunque a título privado, la concediera a don Juan Gich. “El Caudillo me recibió con mi esposa y mis hijos. Le había pedido esta audiencia porque quería que mi familia le conociera. Siempre le tuve gran afecto, pero en estos cinco años como delegado nacional, ese afecto se convirtió en un profundo sentimiento”, ha dicho el señor Gich. No es por esto ni por aquello, es por todo que el deporte español está íntimamente vinculado al dolor que aflige a España por la muerte del Caudillo.
