Según la vieja sabiduría de la tradición monárquica, hay un momento supremamente grave y decisivo en la vida de los pueblos, cuando al propio tiempo hay que anunciar la desaparición del soberano y el acceso de su sucesor al poder. Entonces la fórmula: “¡El Rey ha muerto! ¡Viva el Rey!” conjuga en unos instantes la comunicación del hecho doloroso de la desaparición de quien había venido encarnando los poderes de la nación con la figura del sucesor, sobre cuyos hombros cae la pesada tarea de simbolizar la unidad y ejercer el supremo poder moderador.
Con la desaparición de Francisco Franco Bahamonde, Generalísimo de los Ejércitos, Caudillo de España, Jefe del Estado español a lo largo de casi cuarenta años, se clausura una larga etapa de la vida del país, aquella que ha llevado impreso el sello indeleble del hombre que la ha forjado. Estamos en la España que ha sido llamada, dentro y fuera de las fronteras, la España de Franco. ¿Cabe, en menos palabras, decir más? Ante esta impresión de grandeza histórica los adjetivos fáciles, la hinchada prosa del ditirambo ocasional –aunque la ocasión traiga al propio tiempo solemnidad y congoja- desdicen.
Quien ha ocupado cuarenta años de la historia de España no puede ser despedido apresuradamente en la premura de unas líneas. Estamos ante una de las personalidades más ricas y complejas de nuestro presente. Sin duda el retrato se irá perfilando, pasada la emoción del instante, con la gama de matices que hagan justicia a las virtudes del hombre, con su valor, su prudencia, su imperturbabilidad, y a los propósitos de una vida tenaz y absolutamente entregada a España, al servicio duro y disciplinado del Estado, en el que ha querido imprimir con voluntad constante las virtudes castrenses del orden, la unidad y la disciplina.
Durante largas y tensas semanas hemos asistido todos los españoles a la titánica lucha con la muerte que el viejo y glorioso guerrero ha sostenido. La tremenda lucha, la agonía –“¡Dios mío, qué duro es esto!”- del hombre que ha soportado las pruebas de una enfermedad llena de dramáticas incidencias ha conmovido a todos y un ambiente de general respeto -transido de adhesión y fervor político en unos, de humanísima comprensión en todos- se ha hecho en el país a lo largo de este tiempo. La muerte, que a todos alcanza, había de cobrarse al fin también esta vida tan tenazmente entregada al servicio de España.
El momento del tránsito humano de la vida a la muerte viene a coincidir ahora con otro tránsito, históricamente trascendental, el de lo que durante mucho tiempo hemos venido llamando, con el eufemismo de los textos legales y hasta de la conversación habitual, “las previsiones sucesorias”.
La obra política de Franco ha tenido unas constantes perfectamente homogéneas: su largo reinado, de carácter personal y excepcional, ha apuntado siempre a la preparación de un esquema de Gobierno impersonal y tradicional. La tarea de Franco culminó al legar a los españoles un marco que es el que creyó más conforme con las tradiciones de España y el carácter de los españoles, y aun diríamos el que más tenía en cuenta, a su juicio, la temible existencia de lo que él llamó nuestros “demonios familiares”. Y el marco era este que vemos ahora al propio tiempo como legado y punto de partida: España es un Reino, con un Rey y unas Leyes Fundamentales. Con el empeño tenaz por sacar al país de la pobreza y el de mantenerle al margen de los conflictos mundiales, éste de prever y configurar el marco legal en que había de producirse el hecho sucesorio ha sido uno de los tres grandes empeños de Franco.
“Él lo ha hecho todo y sostenido todo hasta ahora”, decía del Generalísimo el presidente Arias en su discurso del 12 de febrero de 1974. Y también: “En razón de circunstancias históricas de excepción, el consenso nacional en torno a Franco se expresa en forma de adhesión. El consenso nacional en torno al Régimen en el futuro habrá de expresarse en forma de participación. Esta habrá de ser reflexiva, articulada, operativa y crítica”. El paso de la responsabilidad colectiva, de la adhesión a la participación, no es algo que nos coja de improviso. Ha sido previsto y razonado largamente por muchos españoles, desde diversas posiciones. Pero posiblemente el tránsito no pudiera anticiparse porque el carácter excepcional de la magistratura que de un modo u otro se ha entendido que tenía carácter vitalicio dejaba en suspenso los pasos y rechazaba las provisionalidades y las transiciones.
Durante muchos años, el Príncipe don Juan Carlos de Borbón y Borbón se ha venido preparando para este momento. Con la muerte de Franco se cumplen las previsiones sucesorias, y llega a la suprema magistratura de la nación el hombre que el mismo Franco escogió, en el que los españoles han visto siempre, además, el nieto de Alfonso XIII, el hijo del jefe de la Casa Real española, el titular de una monarquía reinstaurada. Aclamado en las Cortes en momento solemne y repetidamente aplaudido por el pueblo español en lugares y circunstancias diversas, don Juan Carlos había asumido ya, hace poco más de un año, las funciones de la Jefatura del Estado cuando, por enfermedad, tuvo que apartarse Franco de las cargas de esa magistratura, y al hacerse cargo de nuevo de estas funciones en los pasados días se ha ganado la confianza de la opinión con su oportunísima visita a El Aaiún.
Don Juan Carlos de Borbón va a asumir ahora los poderes que le harán rey de todos los españoles, sucesor del Generalísimo Franco en la Jefatura del Estado. Mucha es la responsabilidad que recae sobre él, y mucha es también la esperanza que está puesta en su persona. Él está llamado a recoger una herencia política de muchos años y, al propio tiempo, a convocar a todos los españoles para hacer juntos un país en que la convivencia y el trabajo en común hagan de la patria un hogar en que todo el mundo se sienta a gusto, se sienta respetado y acogido, y pueda participar leal y honradamente en las tareas de las que depende el progreso de España y el bienestar de los españoles.
La gravedad y la solemnidad de la hora también en este caso se acomodan poco con los elogios que otras veces hemos prodigado y a los que se ha hecho acreedor. Ahora lo que importa es expresar lo que hay dentro de todos: esperanza. Y confianza en que quien lleva la historia en la sangre sabrá hacer frente con la dignidad que ha mostrado siempre a este trance sucesorio que ha de abrir un nuevo capítulo en la larga historia de España.
