Inexorablemente, la noticia tenía que producirse. El proceso del estado de salud de Francisco Franco Bahamonde no daba, ciertamente, margen para otro desenlace después de los boletines médicos hechos públicos durante los últimos días. El fatal desenlace es ya una realidad. El pueblo español se había acostumbrado a confiar en que la singular fortaleza de Franco iba a demorar todavía más, a pesar de su avanzada edad, el fatal desenlace. Tan sólo en las horas próximas a este momento cobramos todos conciencia de que estaba cerca la muerte. Si institucionalmente la nación no queda en un vacío de poder, pues Franco previsoramente había inspirado las normas necesarias para evitarlo, sí que se produce una sensación de momentáneo desamparo por la desaparición física de quien durante una importante etapa histórica ha regentado los destinos de este país, tanto en días confusos y difíciles como en momentos de expansión y satisfacción.
España ha cerrado ahora una etapa. Franco ha muerto a los treinta y nueve años de su exaltación a la Jefatura del Estado. Su etapa de gobernante ha sido una de las más largas que ha tenido España en toda su Historia. Llega el momento de Don Juan Carlos de Borbón. La vida de Franco ha terminado.
En estos momentos de duelo nacional, en que han de acumularse las referencias a la figura y ejecutoria militar y política de Franco, parece conveniente destacar su sentido previsor de futuro en el orden institucional de la nación. Porque Franco no deja ningún testamento político del que ahora haya de tomarse conocimiento y pauta, sino la letra clara, cimentada en el consenso nacional, de unas normas fundamentales que forjaron la constitucionalidad del Reino y consideraron como problema de presente el acontecer inexcusable del futuro. Con serena objetividad de quien habla de tercera persona, Franco impulsó y refrendó leyes, que regulaban el suceso de su incapacidad, enfermedad y sucesión. La expresión “vacante la Jefatura del Estado” se repite en un articulado redactado para dar curso a la voluntad de quien tal Jefatura regentaba y había de autorizar con su firma. Y si esa previsión se recoge en textos que habían de ser sometidos a referéndum o remitidos a las Cortes, el grado de serenidad para superar toda lógica emoción, se observa en el texto por él mismo leído ante el Pleno de las Cortes el 22 de julio de 1969 al proponer la aprobación de una Ley designando al Príncipe Don Juan Carlos de Borbón y Borbón como sucesor suyo, a título de Rey.
Una ley que, cual exposición de motivos –consideración de Franco para con las Cortes- supo de alusiones a su desaparición, a la vacante en la Jefatura del Estado, a sus deseos de dotar a la nación de un proceso institucional completo previsto en las leyes y de caracterizarlo en cada circunstancia, para no exponer a España a los peligros de los azares garantizando la continuidad en el tiempo como elemento básico para el desarrollo ordenado y pacífico de la convivencia social de los españoles. Sereno sentido previsor, del que ahora, con “la vacante la Jefatura del Estado”, aunque asumida ya por el Príncipe, accidentalmente, merced al mecanismo del artículo 11 de la Ley Orgánica del Estado, nos vemos beneficiados. Su previsión de futuro, se ha cumplido.
El relevo de la Jefatura del Estado es ciertamente un hecho normal. Todo el armazón institucional permanece con idéntica capacidad creadora. No se ha producido el vacío, sino la mecánica de las Leyes Fundamentales, la sucesión normalmente prevista en la ley aprobada entonces por las Cortes que aporta la forma monárquica que ha de tener como Rey al Príncipe Don Juan Carlos de Borbón y Borbón. La vida continúa sin detenerse la Historia, y hacia el futuro con voluntad de futuro.
La visión previsora de Franco rinde a España ahora este nuevo servicio. La tan repetida frase de “todo queda atado y bien atado”, goza en estos momentos de indudable realismo. Con tranquilidad, con seguridad y confianza, sin trauma alguno, la vida de la nación continúa en paz y así continuará, con el beneplácito del pueblo y respaldo legal, en la nueva etapa que con la Corona titularizará como Rey Don Juan Carlos de Borbón y Borbón.
Francisco Franco, no hay quien lo dude, pensó previsoramente en España. La personalidad de Franco que en el orden militar ganó prestigio aún fuera de nuestras fronteras antes de que, al poco de nuestra contienda civil, ascendiera al mando supremo de los Ejércitos con el título de Generalísimo y al de Caudillo por la esencia política que igualmente se le concedió por fervor popular, se acrecentó con el tiempo en esa otra característica que ha asumido durante los mismos años como versado en los negocios de Estado, como estadista. La España de Franco, designación determinante cuando era necesaria, pasó a ser el Estado español, suprema institución de la comunidad nacional en la que Franco hubo de manifestarse primordialmente como hombre de Gobierno. La España en quiebra, y del subdesarrollo que afectaba a gran parte de la población, demandaba esa primacía de la atención para los asuntos de Estado.
No es cuestión de hacer tremendismo, ni estar en el cómodo triunfalismo. Ha de bastar la más objetiva contemplación de los resultados. Y los resultados nos conducen a esta España que, con los inevitables problemas propios de toda nación en desarrollo y de complejidad de intereses económicos del orden internacional, ha conseguido la mayor tasa de prosperidad en todo el curso de su historia contemporánea.
La “civilización de consumo” ha sido posible gracias a ese desarrollo que en el campo de la industria, del comercio, de la instrucción pública y del reconocimiento del derecho del mundo laboral, ha sido meta de los afanes de la Administración de la posguerra. Han sido necesarios indudables cálculos de buen Gobierno, conociendo los límites de la propia limitación. Como lo ha sido la planificación para el impulso de la economía una vez superados los tiempos en que el reparto de lo escaso impuso el valor de su reconocimiento y las más severas medidas de fiscalización e intervención estatal. Pudo al fin pasarse de los planes de estabilización, a los de desarrollo. Y la “civilización del consumo” fue con nosotros, con todos sus pros y sus contras, como en cualquier parte de ese mundo. La tarea de Franco, jalonada, claro está, de colaboración de sus sucesivos Gobiernos, nos ha situado en este momento en que los logros están a la vista y en toda esfera de los asuntos públicos, por mucha oscilación que llevan consigo como algo inevitable en unos y otros momentos. Los vaivenes en la economía no tienen únicamente una causa aislada en el concierto mundial; pero son eso, vaivenes que más que desdecir los logros del desarrollo alcanzado, lo que hacen es justificarlos al provocar los problemas que tan sólo por ellos son posibles.
Estamos así al cabo de los de la labor estadística de Franco, a tan gran distancia del punto de arranque, sin hacer entrar en juego el ayer lejano, que toda la preocupación radica precisamente en ir pisando fuerte en el plano de la integración europea en el orden de lo comunitariamente económico, en un pariguial con los restantes estados del continente. Esta es la mayor elocuencia del progreso adquirido, sin recurrir a la elocuente pero fría colaboración de la estadística. Una España institucionalizada, que ha hecho posible y normal su propia continuidad, y situada en elevada cota de desarrollo, es la natural consecuencia de la personalidad que como estadista caracterizó a Francisco Franco.
Tácito. «Diario de Barcelona». Jueves, 20 de noviembre de 1975.
Un largo capítulo de la historia de España llevará siempre como título el nombre de Francisco Franco. Con él muere un insigne soldado y uno de los estadistas más importantes de las últimas centurias de nuestra vida política.
La nación debe respeto a quien dedicó su vida al servicio de una concepción del Estado. Ser fiel al propio pensamiento es, sin duda, la más noble justificación que un hombre puede ofrecer de su vida. Para la gran mayoría de los españoles, Franco era un personaje familiar enraizado en sus propias biografías. Nada de cuanto ha sucedido en este país en los últimos cuarenta años puede ser entendido sin una referencia expresa a quien con voluntad indomable condujo durante todo ese tiempo la pesada carga de gobernar el Estado.
La grandeza de los pueblos no consiste sólo en vivir y recordar las grandes victorias, la historia es un continuo fluir de acontecimientos y sólo la asunción explícita de todos ellos completa la personalidad de toda nación grande.
La entrega total del hombre al servicio de un ideal y la dura, dolorosa y larga lucha final con la muerte, nos sumen hoy en actitud de profundo respeto.
Cuando mañana demos fe de nuestras propias convicciones y nos enfrentemos resueltamente con nuestras propias responsabilidades, recordaremos la entereza del hombre que hoy entra en la historia.
Narciso Jubany, cardenal-arzobispo de Barcelona
La Oficina de Prensa del Arzobispado de Barcelona ha facilitado la siguiente nota firmada por el cardenal Jubany:
“La noticia de la muerte de S.E. el Jefe del Estado, Generalísimo Franco, ha puesto fin a unos días de verdadera preocupación y angustia. España ha estado pendiente de su penosa enfermedad, que al fin le ha conducido al sepulcro. Ante su cuerpo exánime, los creyentes elevamos nuestras oraciones al Señor para que le acoja en su seno y quiera tenerle en cuenta su dedicación al servicio de la Patria. La esperanza en su misericordia es viva en nuestro corazón y la plegaria es el mejor homenaje póstumo que podemos tributar a quien ha regido durante tantos años los destinos de España.
En estas circunstancias, anclados vivamente en el presente y valorando lo conseguido en los últimos tiempos, debemos proyectar nuestra mirada también hacia el futuro. El pasado pertenece ya al dominio de la historia. Ahora hemos de considerar principalmente el deber que nos incumbe de estar a la altura de los tiempos y de asumir la responsabilidad de satisfacer las obligaciones que nos atañen, como ciudadanos y como cristianos.
Los momentos que vivimos son, en sí mismos, importantísimos y cruciales. Los pueblos de España están deseosos de emprender su marcha hacia el futuro, en una adecuada integración de todos los ciudadanos sobre la base de una libertad y una paz auténticas. Los españoles sabemos que ello dependerá tanto del acierto de los gobernantes como del comportamiento de todos. Ante esta perspectiva, además de poseer una conciencia responsable, estamos convencidos de que, para los que creemos en Dios, la oración es imprescindible. Porque en Él tenemos el verdadero y más sólido fundamento de nuestra esperanza.
Hemos de rogar a Dios, sobre todo, por Su Alteza el Príncipe de España, don Juan Carlos de Borbón, que está llamado a asumir la más alta magistratura del país. En su persona confluyen hoy muchas esperanzas. Que la gracia del Señor le acompañe siempre.
Los ciudadanos, por nuestra parte, hemos de hacer cuanto podamos para que una verdadera reconciliación nos una a todos, dentro de un sano y auténtico pluralismo. Ciertamente esta reconciliación no es tarea fácil en los momentos presentes: por el egoísmo de nuestra condición humana, que da lugar a gérmenes de división; y por la existencia de algunas ideologías que propugnan la violencia como medio necesario para el progreso de la sociedad. Tal reconciliación es necesaria y urgente. Y será posible si, por una parte, descansa sobre unas disposiciones que afectan a los ciudadanos y a los grupos sociales: son las virtudes morales, sociales y cívicas que, con la ayuda de la gracia de Dios, capacitan a las personas para ser artífices de una nueva humanidad.
Por otra parte, no podemos olvidar que las estructuras sociales y políticas, que canalizan las actividades ciudadanas, deben responder verdaderamente a todas las exigencias del bien común. Estas breves consideraciones a propósito de los trascendentales momentos que vive España, nos obligan a una reflexión atenta y sincera, para preparar responsablemente el futuro, ya desde ahora.
A los creyentes, el deber de la plegaria nos urge. Porque «el espíritu de Dios, con su admirable providencia, dirige el correr de los siglos» y está presente en la evolución de los pueblos. Y nosotros oramos para que Dios derrame muy copiosamente su gracia sobre España.”
