La muerte de Francisco Franco en noviembre de 1975 provocó numerosas reacciones dentro y fuera de España. Entre ellas se encuentran las procedentes del ámbito de la Iglesia católica y de los medios vinculados a la Santa Sede, que reflejaron diferentes aspectos de la figura del entonces fallecido jefe del Estado.
El texto que se presenta recoge referencias a la información publicada por Radio Vaticana y L’Osservatore Romano, así como un comentario de Eugenio Montes publicado en ABC el 22 de noviembre de 1975. La interpretación que ofrece Montes destaca especialmente el significado que atribuye al comentario de Radio Vaticana y a la relación entre la Iglesia católica y Francisco Franco.
El documento resulta especialmente interesante como fuente histórica de la época, ya que permite conocer cómo determinados sectores católicos españoles interpretaron, inmediatamente después de su muerte, la trayectoria política, religiosa y personal de Franco.
El diario de la Santa Sede recogió las palabras pronunciadas por el Cardenal Tarancón en la Misa celebrada en El Pardo frente a los restos del Generalísimo y reproduce algunos párrafos del comentario del diario «Ya» en que se refleja la condena que inspira la actitud «ausente» de una gran parte de la Prensa occidental frente a la larga y conmovedora agonía de Franco.
Los observadores vaticanistas subrayaron que el haber dedicado L’Osservatore Romano hasta tres párrafos de la información en apertura de primera página a esa protesta indica claramente que el órgano de la Santa Sede se adhería a ella. Y la aprueba sin reserva alguna, como, por otra parte, lo hizo, la gran mayoría de la opinión pública italiana.
Pero lo más interesante fue el comentario de Radio Vaticana que insertamos aquí íntegramente:
«Después de semanas y semanas de luchas con la acumulación de gravísimas dolencias, la increíble resistencia del General Franco ha cedido. Es ahora la noticia de su muerte la que entra de lleno en la atención de la opinión pública mundial, que ha seguido paso a paso, las vicisitudes de su enfermedad. Cuatro decenios al frente de los destinos de España se han concluido con esa muerte.
La figura del hombre que a los ochenta años de edad, casi a los ochenta y tres, ha cerrado el curso de su existencia, es de las que, por encima de la antipatía o simpatía que su actuación haya producido, se ve con respeto. Es el respeto que puede existir incluso en los cerrados en una animadversión total o en los profesionales del ditirambo servil, el que sólo se da a los hombres que la Historia consagra, por que son indiscutiblemente grandes. Cuarenta años al frente de su nación, y en circunstancias muy difíciles, tanto en el interior como en el exterior, han acreditado al General Franco como hombre de extraordinaria capacidad política.
Con serenidad, habilidad y firmeza, el triunfador de la guerra de 1936 supo enfrentarse con los problemas de la reconstrucción del país en un mundo en guerra, supo mantener a la nación fuera de un conflicto mundial cuyo estallido real había tenido lugar en el suelo español, supo superar el bloqueo internacional impuesto por los vencedores del eje y abrir la nación al desarrollo industrial.
Franco ha dado a España el período más largo de orden y estabilidad pública de su agitada Historia, y ello le ha valido una indiscutible adhesión en gran parte de los españoles, y fuera de las fronteras le ha ganado una consideración capaz de vencer muchos antagonismos.
Otra faceta que no puede olvidarse en el que acaba de enfrentarse con el juicio inapelable de Dios ha sido su abierta y definida profesión de fe católica. Francisco Franco ha querido ser un Jefe de Estado católico. Llegado al poder en medio de una guerra civil en que la cuestión religiosa adquirió el dramatismo de una persecución sangrienta y despiadada, salió de ella como vencedor de lo que se llamó una Cruzada contra los enemigos de la religión. Y la confesionalidad católica, la protección y la ayuda a la Iglesia y sus instituciones fueron los pilares de la constitución del nuevo Estado.
Si bastante de las concepciones religiosas de los tiempos de su victoria han quedado superadas cuando el Concilio Vaticano II trazó derroteros nuevos para la Iglesia, queda siempre el hecho de que el General Franco quiso ser un gobernante católico.
Que Dios le dé el descanso al hombre que ha forjado la España de hoy, y que esa España encuentre la paz, la concordia y la prosperidad».
Don Eugenio Montes, gran conocedor del mundo vaticano y romano, comentaba en ABC de Madrid del 22 de noviembre de 1975:
«Este comentario de Radio Vaticano es importantísimo y posee un gran valor simbólico. Algunos episodios de roces o choques de ciertos sacerdotes con la autoridad civil, episodios menores en comparación con otros mayúsculos que hubo en tiempo del Emperador Carlos y de Felipe II, habían sido interpretados como signo de una contraposición de la Iglesia a Franco.
Pero este requiem de Radio Vaticana al Generalísimo español, prueba cómo, más allá de anecdóticos roces de los que ninguna época ha estado carente, la Iglesia hace plena justicia a Francisco Franco, como hombre y como estadista y hace plena justicia a su obra de grandeza histórica.
Ciertamente la Radio Vaticana no es la voz de Dios. Tampoco es la voz directa del Vicario de Cristo. Pero desde esa estación emisora nada se lanza a las ondas sin que corresponda al criterio de altas autoridades, tanto si es consecuencia de previas consultas como sin ellas».
