INTRODUCCIÓN
La persecución religiosa que se desencadenó en España tras el estallido de la Guerra Civil alcanzó con especial dureza a sacerdotes, religiosos y educadores cristianos. En la provincia de Ciudad Real, alejada del frente de batalla pero profundamente sacudida por la violencia revolucionaria, la Iglesia sufrió una de las mayores devastaciones humanas de todo el territorio nacional.
Entre las víctimas de aquella persecución se encuentran tres religiosos marianistas que ejercían su misión educativa en Ciudad Real o estaban vinculados a ella: Carlos Eraña Guruceta, Fidel Fuidio Rodríguez y Jesús Hita Miranda. Su único “delito” fue permanecer fieles a su vocación religiosa y educativa en un contexto donde la fe se convirtió en motivo de condena.
Este texto recoge, con rigor histórico y fidelidad documental, sus trayectorias vitales, su entrega silenciosa al servicio de la enseñanza y su testimonio final, afrontado con serenidad, fe y abandono confiado en la voluntad de Dios. No se trata solo de una narración de hechos, sino de la memoria viva de tres hombres que hicieron de su vida una ofrenda.
Contexto de la persecución religiosa en la provincia de Ciudad Real (1931–1936)
Hasta la proclamación de la República, sólo cabe citar en la provincia de Ciudad Real un acontecimiento notable que alterase el pacífico transcurrir de la vida provinciana: el levantamiento del 29 de enero de 1929 del regimiento de artillería de la capital, que intentó derrocar la dictadura del general Primo de Rivera. Esta sublevación apenas duró unas horas, sin que la población civil se sumara a la aventura. Como consecuencia de ella, desde 1929 Ciudad Real quedó sin guarnición militar, conservando sólo el Centro de Movilización y Reserva n.º 2 y la Caja de Recluta n.º 4, centros de carácter más burocrático que castrense, confiados a un reducido destacamento militar.
El 15 de abril de 1931 fue proclamada la República en Ciudad Real en un ambiente de expectación y esperanza. La provincia iba a vivir, a su nivel, los agudos problemas que convulsionarían al país en esta etapa: enfrentamiento de clases sociales, frustración ante las promesas de reforma agraria y radicalización de posturas políticas.
Las elecciones de febrero de 1936 significaron en Ciudad Real un menor índice de participación que en convocatorias anteriores, con un resultado favorable a la derecha. Sin embargo, el triunfo nacional del Frente Popular supuso el predominio efectivo de las izquierdas en la capital y en los pueblos, reponiéndose inmediatamente en la provincia los ayuntamientos de 1931. El 17 de febrero de 1936, el gobernador civil Ángel Yagüe Sánchez declaró a nivel provincial el estado de alarma, conforme a lo acordado por el Consejo de Ministros. Se estableció la censura de prensa y se suspendieron los derechos de reunión y manifestación. La Iglesia, especialmente en el ámbito rural, comenzó a experimentar en sus locales y en sus sacerdotes las consecuencias de la propaganda anticlerical. La gran tempestad se iba avecinando.
El 17 de julio de 1936 el gobernador civil Germán Vidal Barreiros, que había tomado posesión del cargo el 6 de junio, convocó aquella noche a los jefes militares y a los principales líderes de los partidos y sindicatos afectos al gobierno. El gobernador militar, coronel Mariano Salafranca, que se encontraba en Madrid ese fin de semana, garantizó la lealtad de la tropa local a la República. Lo mismo hizo el capitán Pascual, jefe de la Compañía de Asalto. En cuanto a la Guardia Civil, el teniente coronel Francisco de los Arcos prometió fidelidad al gobierno, aunque con mayor indecisión.
De este modo, la provincia de Ciudad Real quedó integrada geográficamente en la España controlada por el gobierno de la República. Conviene señalar que esta provincia no conoció directamente los horrores de los campos de batalla, si bien estuvo muy influenciada por el desarrollo de la guerra en las provincias colindantes y desde ella se emprendieron diversas acciones militares en apoyo del gobierno republicano. A pesar de esta ausencia de guerra en su propio territorio, la cifra de muertos con ocasión de la guerra civil fue muy elevada.
En los primeros días tras el alzamiento, salvo algunos brotes de resistencia apenas significativos, no se produjeron en la provincia incidentes que alteraran gravemente el orden público. Sin embargo, el pueblo se fue armando progresivamente: primero con las armas escondidas tras la revolución de octubre de 1934, después con la incautación de las armas de los elementos considerados de derechas y, finalmente, el 22 de julio, con los fusiles entregados por orden del gobernador desde la Caja de Reclutas.
Comenzó así la persecución religiosa en la provincia de Ciudad Real, que se prolongó durante algo más de cuatro meses: desde el 22 de julio, fecha del asesinato del sacerdote don Antonio Martínez en Campo de Criptana, hasta el 30 de noviembre, cuando fue fusilado en La Solana el sacerdote don Aníbal Carranza. En este periodo fueron asesinados la práctica totalidad de los religiosos varones y noventa y siete sacerdotes diocesanos, lo que representa casi el cuarenta por ciento del clero secular.
Es importante destacar la casi absoluta carencia de documentación oficial y pública referente a esta persecución religiosa. Ello se debió a diversos factores: la ilegalidad de las ejecuciones, la ausencia de constancia judicial de la mayoría de los enterramientos, el silencio absoluto de la prensa sobre los asesinatos y la destrucción deliberada de documentos comprometedores por parte de responsables locales o milicianos. A ello se suma el tiempo transcurrido entre los hechos y la entrada del ejército de Franco en Ciudad Real, junto con las numerosas vivencias acumuladas en esos más de treinta meses, lo que provocó confusión en la memoria de muchos testigos respecto a fechas, detalles personales y palabras pronunciadas por las víctimas.
Existe documentación, pero de fiabilidad limitada: los juicios sumarísimos celebrados tras la guerra para depurar responsabilidades políticas de los vencidos que no huyeron al extranjero. Las declaraciones y confesiones recogidas en ellos deben valorarse teniendo en cuenta el clima en que se produjeron. Además, gran parte de esta documentación resulta hoy inaccesible o ha desaparecido. Sólo la Iglesia local y las órdenes religiosas publicaron algunas reseñas de lo ocurrido, buscando principalmente la edificación espiritual y la presentación del martirio, más que el análisis crítico del contexto histórico.
En la persecución pueden distinguirse dos etapas claramente diferenciadas. La primera, caracterizada por la anarquía y la atomización del poder, se prolongó hasta el 4 de septiembre de 1936, fecha en la que el poder pasó al partido socialista. La segunda, bajo el gobierno de Largo Caballero, supuso un intento serio de controlar la situación y concentrar los esfuerzos en la lucha contra el ejército de Franco.
Durante la primera etapa, del 18 de julio al 4 de septiembre, se hicieron evidentes las fuertes tensiones internas existentes en el Frente Popular. Republicanos de izquierdas y socialistas moderados condenaban la violencia y los asesinatos, mientras que las juventudes socialistas unificadas y, sobre todo, la Federación Anarquista Ibérica propugnaban la eliminación de los llamados “enemigos del pueblo”.
El gobernador Vidal se encontró ante el dilema de apoyarse en la Guardia Civil para contener los desórdenes, con el riesgo de una sublevación, o intentar controlar la situación mediante la persuasión. La salida de la Guardia Civil de la provincia de Ciudad Real el 30 de julio evidencia la opción finalmente adoptada.
Al cumplirse un mes del levantamiento militar, habían desaparecido ya todas las comunidades religiosas masculinas de la provincia. En esta primera etapa fueron asesinados sesenta y cuatro religiosos, cincuenta y ocho de ellos en los pueblos. En general, no fueron sometidos a torturas. Las autoridades oficiales, tanto el gobernador como muchos alcaldes, facilitaron la huida de los religiosos tras la incautación de los conventos, mientras que los asesinatos fueron cometidos por patrullas armadas de milicianos, con frecuencia en estaciones de ferrocarril, donde los religiosos eran identificados como tales.
En cuanto a los sacerdotes seculares, durante este primer periodo fueron asesinados cincuenta y dos, la mayoría en los pueblos. Algunos de ellos sufrieron torturas especialmente crueles.
En la capital, las ejecuciones de religiosos y sacerdotes comenzaron más tarde, aunque algunos ya habían sido detenidos desde principios de agosto. El obispo don Narciso de Esténaga y su capellán fueron asesinados el 22 de agosto en las cercanías de Ciudad Real, constituyendo las primeras víctimas del clero secular de la capital. Entre los religiosos, los primeros ejecutados fueron cuatro marianistas procedentes de Madrid, fusilados el 2 de septiembre.
La segunda etapa de la persecución, del 4 de septiembre al 30 de noviembre, estuvo marcada por el intento del poder central de recuperar el control efectivo de la provincia y de poner fin a la atomización del poder local. Las derrotas del ejército republicano en los frentes del Tajo y de Córdoba, la consiguiente desmoralización, la llegada masiva de refugiados y las campañas contra los propagadores de rumores caracterizaron estos meses.
Continuaron las detenciones y ejecuciones de sacerdotes y religiosos, entre ellos los beatos Carlos Eraña y Jesús Hita, como represalias llevadas a cabo especialmente durante la noche y los fines de semana. Las ejecuciones en la capital dejaron de realizarse en las tapias del cementerio y se trasladaron a parajes más apartados, como las cercanías de Alarcos o Las Casas. A finales de septiembre comenzó a utilizarse de forma sistemática el pozo de Carrión.
Paralelamente, el gobierno de Largo Caballero dictó una serie de medidas destinadas a restablecer el control en la retaguardia, como la creación de las Milicias de Vigilancia de la Retaguardia, considerando facciosos a quienes ejercieran funciones propias de estas milicias sin pertenecer a ellas.
El 6 de octubre de 1936 fue aceptada la dimisión del gobernador Vidal Barreiros y nombrado en su lugar José Serrano Romero, militante socialista. En línea con el gobierno central, se propuso hacer gobernable la provincia, aunque necesitaría casi dos meses para lograrlo. Durante ese intervalo fue asesinado el beato Fidel Fuidio.
Persecución contra los Marianistas de Ciudad Real
Los religiosos marianistas llegaron a Ciudad Real en 1916 para hacerse cargo de una escuela de patronato creada por el obispo Francisco Javier Irastorza en ejecución de un legado hecho a la mitra.
El 9 de marzo de 1916 comenzó a funcionar la nueva escuela en un caserón de la calle de la Mata con el nombre de Instituto Popular de la Concepción. La comunidad marianista estaba formada por tres religiosos, con Carlos López como director. La enseñanza era gratuita y la alta dirección del centro correspondía a un patronato integrado por destacados miembros del clero local.
El beato Carlos Eraña se incorporó a Ciudad Real en septiembre de 1916 para hacerse cargo de la dirección de la escuela, que contaba ya con 120 alumnos distribuidos en cuatro unidades. En el curso 1919-1920, atendiendo a las peticiones de numerosas familias y a los deseos del obispo, se abrió una sección de pago y una Academia Popular de Magisterio dedicada a la formación de maestros.
El centro fue creciendo tanto en número de alumnos como en las especialidades impartidas. Se abrieron talleres de carpintería e imprenta y, en el curso 1925-1926, se inició el bachillerato en un nuevo pabellón. En el curso 1926-1927, «La Popular» contaba con 395 alumnos, una comunidad de doce religiosos y un incipiente bachillerato. Gozaba además de un notable prestigio y había secundado generosamente las iniciativas sociales de los obispos Irastorza y Esténaga.
En octubre de 1928 se creó la segunda comunidad marianista de Ciudad Real, al comenzar a funcionar el Colegio de Nuestra Señora del Prado en un edificio que anteriormente había sido asilo de las Hermanitas de los Pobres, situado en la carretera de Miguelturra, cerca de la Puerta de Granada. El Colegio del Prado quedó destinado a los alumnos de pago, mientras que el de «La Popular» se reservó para la enseñanza gratuita.
El período comprendido entre 1928 y 1931 transcurrió con normalidad en ambos centros. Con la proclamación de la República en abril de 1931 se alteró el pacífico desarrollo de la vida escolar. Al conocerse la noticia de la quema de iglesias y conventos en Madrid, en mayo de 1931, se suspendieron las clases, que fueron pronto reanudadas ante las garantías de normalidad que ofrecía la ciudad. Algunos alumnos se retiraron del colegio en el curso 1931-1932, ante el temor a los exámenes oficiales y a la legislación que prohibía la enseñanza a los religiosos.
La aprobación por las Cortes de la Ley de Congregaciones religiosas, en junio de 1933, provocó cambios profundos en la vida de los dos centros y de las comunidades marianistas. De acuerdo con las directrices de los superiores y del obispo, los religiosos se retiraron oficialmente. Se produjo un cambio total del personal religioso, que pasó a residir en pensiones fuera de los colegios y a impartir clases como personal contratado. El Colegio del Prado pasó a ser gestionado por una sociedad anónima, asumiendo la dirección don César Díez Hurtado, seglar de profundas convicciones cristianas. Incluso se cerró la capilla y se suprimieron las oraciones al comienzo de las clases.
Estas medidas se mantuvieron estrictamente durante el primer trimestre del curso 1933-1934. Tras el triunfo del bloque de centro-derecha en las elecciones de noviembre de 1933, la aplicación de la Ley de Congregaciones quedó en suspenso. La vida de los centros y comunidades marianistas fue recuperando progresivamente su curso normal, aunque en un clima de incertidumbre, situación que se mantuvo hasta el final del curso 1935-1936.
Según la costumbre de años anteriores, los superiores marianistas organizaron el verano de los religiosos atendiendo a las necesidades de la provincia, los ejercicios espirituales anuales, el estudio y el descanso. Casi la mitad de los religiosos de la comunidad de Nuestra Señora del Prado se desplazaron a Madrid o al norte para los ejercicios y otras actividades, mientras que todos los miembros de la pequeña comunidad de «La Popular» permanecieron en Ciudad Real.
El 18 de julio de 1936, fecha en que se conoció en la península el levantamiento militar de Franco, se encontraban en Ciudad Real nueve marianistas. En la comunidad de Nuestra Señora del Prado estaban el P. Blas Fernández, director en funciones; el beato Fidel Fuidio; el beato Jesús Hita; Leonardo Garay y Bonifacio Lafuente, ecónomo, quien salió esa misma noche hacia el sur pese a las recomendaciones de la comunidad. En la comunidad de la calle de la Mata residían Francisco Aranzábal, Antonio de Ocio, Valentín Pérez y Nemesio Pereda. El día 20 de julio se incorporó a esta comunidad Fortunato Peña, procedente de Madrid, y el día 22 llegaron también desde Madrid cuatro religiosos más: Mauricio Fernández, Cecilio Palacios, Jaime Rosas y Eleuterio Tamayo.
La comunidad del Colegio de Nuestra Señora del Prado quedó prácticamente disuelta el 24 de julio, al ser ocupado el edificio por guardias civiles procedentes de los pueblos de la provincia. Los religiosos se trasladaron en fechas diversas a pensiones o domicilios particulares. La comunidad de «La Popular» se dispersó el 29 de julio, al ser incautado el centro para convertirlo en «Hogar infantil». Ese mismo día llegó a Ciudad Real el beato Carlos Eraña, tras un viaje accidentado.
Los religiosos se distribuyeron entonces por diversas fondas, pensiones y domicilios particulares. El destino de estos catorce religiosos fue diverso: ocho fueron asesinados; tres lograron salvar la vida permaneciendo escondidos; dos, Valentín Pérez y Nemesio Pereda, fueron movilizados por el ejército republicano con la esperanza de pasarse al otro bando y, tras la guerra, se retiraron de la Compañía; uno, Antonio de Ocio, consiguió ser evacuado de Ciudad Real gracias a su nacionalidad argentina.
Los ocho marianistas capturados por los milicianos fueron fusilados en distintos momentos. Las primeras víctimas fueron ejecutadas el 2 de septiembre de 1936: Cecilio Palacios, Jaime Rosas, Eleuterio Tamayo y Mauricio Fernández. El último fue Leonardo Garay, asesinado el 2 de noviembre. Los otros tres fueron los beatos marianistas.
Cabe señalar que, de los ocho marianistas asesinados, sólo dos —el beato Fidel Fuidio y Leonardo Garay— pertenecían a las comunidades estables de Ciudad Real; los demás se encontraban allí circunstancialmente.
De los seis religiosos que sobrevivieron a la persecución, el primero en ser liberado fue Antonio de Ocio, que abandonó Ciudad Real el 19 de enero de 1937 gracias a la intervención del cónsul francés de Daimiel. Los demás vivieron la incertidumbre hasta el final de la guerra, dejando valiosos testimonios de aquellos acontecimientos.
Los marianistas afrontaron la persecución sin el director ni el administrador de la comunidad del Colegio de Nuestra Señora del Prado, la única que disponía de recursos económicos. Ambos se ausentaron por pocos días sin prever la incomunicación que sobrevino en la ciudad. La comunidad se encontró así sin fondos y sin un responsable único para hacer frente a la situación.
A pesar de ello, los religiosos dieron una prueba ejemplar de espíritu de familia, caridad fraterna y apoyo mutuo. Extremaron la discreción para no comprometerse unos a otros y, en caso de detención, evitar delatar a los demás. Gracias especialmente al beato Carlos Eraña y a Leonardo Garay, quienes se alojaban en pensiones pudieron hacer frente al pago de sus gastos al menos durante los primeros meses.
El reconocimiento oficial del martirio de estos religiosos fue promulgado por la Santa Sede el 6 de julio de 1993. Los marianistas mártires de Ciudad Real fueron beatificados por el papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995.
Beato Carlos Eraña Guruceta, S.M.
Nacimiento: Arechavaleta (Guipúzcoa), 2 de noviembre de 1884
Martirio: Alarcos (Ciudad Real), 18 de septiembre de 1936
Edad: 51 años
Su iniciación cristiana tuvo lugar en el seno de una familia ejemplar. Fue bautizado a los dos días de nacer y recibió la confirmación, según la costumbre de la época, con algo menos de siete años. La gracia de estos sacramentos, secundada por el entorno familiar y social, encontró terreno fértil en Carlos.
Asentada en el caserío Otala, la numerosa familia Eraña Guruceta fue un digno modelo de las costumbres cristianas y patriarcales del noble pueblo vasco. En el hogar aprendió el beato las bases de la vida cristiana: la honradez, la laboriosidad, la generosidad con los pobres, la primacía de Dios y de su culto, la oración en familia, la devoción a la Virgen. Esta familia de seis hijos dio al Señor tres de ellos para una consagración especial: Carlos, religioso marianista, y dos hijas, Rosa y Ramona, que ingresaron en el Instituto de María Inmaculada para el servicio doméstico.
Prolongación de este ambiente familiar fue la escuela del pueblo, donde inició su primer aprendizaje, afrontando las dificultades del bilingüismo. Contó con un excelente maestro, que dejó un recuerdo imborrable en la población. El ingreso de algunos compañeros de escuela en el postulantado marianista de Escoriaza, y el verlos regresar felices en vacaciones, le animó a pedir su admisión en dicho postulantado, situado a unos dos kilómetros de su casa. Fue admitido el 3 de enero de 1899, cuando tenía poco más de catorce años. Entre sus compañeros se encontraba su amigo íntimo Miguel Leibar, futuro sacerdote, asesinado por los milicianos en Madrid el 28 de julio de 1936, cuyo proceso de canonización por martirio está en curso.
Los tres años de postulantado, vividos en un ambiente familiar pero exigente, constituyeron su iniciación a la vida religiosa. El 5 de septiembre de 1902 comenzó el noviciado en Vitoria. Obtenido el título de maestro elemental, inició su actividad como maestro de primera enseñanza en septiembre de 1904, con escaso tiempo de preparación como escolástico y sin haber cumplido aún los veinte años.
Desde entonces enseñó sin interrupción hasta su muerte: treinta y dos años de dedicación ininterrumpida a la enseñanza como maestro y como director de centros. Entregado intensamente a su tarea de educador marianista, desarrolló plenamente sus cualidades humanas y sus virtudes cristianas.
En 1905 fue destinado a Villafranca de Oria (Guipúzcoa), donde permaneció tres años y donde fue consolidando sus cualidades pedagógicas. En 1906 obtuvo el título de maestro superior en la Escuela Normal de Burgos. Emitió la profesión perpetua en la Compañía de María en 1908, a los veintitrés años. Comenzó entonces una etapa de consolidación espiritual, marcada por la sencillez, la constancia y la entrega total a las obras educativas marianistas.
Este periodo lo vivió en Madrid, adonde fue destinado poco después de los votos perpetuos. Durante ocho años, sin grandes acontecimientos externos, fue adquiriendo experiencia como educador de niños en el recién fundado Colegio del Pilar, en un barrio residencial de alta burguesía, al que supo adaptarse plenamente.
En septiembre de 1916 fue nombrado director de la Escuela Popular de Ciudad Real, cuando estaba a punto de cumplir treinta y dos años. Permaneció en este cargo hasta su muerte, ejerciendo durante veinte años una delicada autoridad con religiosos y alumnos, en estrecha colaboración con las familias. En este servicio alcanzó su plena madurez cristiana y religiosa, convirtiéndose en una figura clave de la presencia marianista en Ciudad Real.
Entre 1927 y 1933 fue director del Colegio del Pilar de Tetuán, en Marruecos, entonces bajo protectorado español. Asumió la dirección de un centro en crisis y lo transformó en poco tiempo en un colegio de excelente reputación. Fueron años exigentes, agravados por un entorno difícil y un local inadecuado, lo que afectó a su salud, nunca robusta.
En septiembre de 1933 regresó al Colegio del Pilar de Madrid como director de la sección inferior de Bachillerato. A pesar del clima adverso para la enseñanza religiosa bajo las leyes de la República, se adaptó admirablemente a su nuevo cometido. En agosto de 1935 fue nombrado director de enseñanza primaria del mismo colegio, en plena madurez personal y profesional, con diecinueve años de experiencia contrastada en tres centros distintos.
Religiosamente fue siempre un marianista ejemplar, fiel a la observancia y profundamente piadoso; como superior, destacó por su prudencia y competencia en el gobierno de comunidades.
El progresivo deterioro del clima sociopolítico de España, especialmente tras el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, fue introduciéndolo lentamente en la gran prueba. Ante la hostilidad creciente hacia la enseñanza religiosa, intensificó su confianza en la Providencia divina, que expresaba con palabras llenas de fe: «Confiamos ciegamente en la Providencia, que velará por nosotros si somos lo que debemos ser». Interpretaba las dificultades como una llamada a la purificación interior.
El ambiente escolar se volvió cada vez más difícil, con la progresiva ausencia de alumnos. Así concluyó el curso 1935-1936 en un clima de tensión e incertidumbre.
Realizó los Ejercicios Espirituales anuales en Segovia, del 8 al 15 de julio de 1936, predicados por el padre Miguel Leibar. Regresó inmediatamente a Madrid con la intención de permanecer en el Colegio del Pilar. El 24 de julio la comunidad fue obligada a dispersarse tras la incautación del centro por orden ministerial. Tras comparecer en la Comisaría de Policía, fue liberado, pero poco después detenido de nuevo al encontrársele un rosario, siendo conducido a un comité comunista. Finalmente quedó en libertad y se refugió en casa de la familia Ruigómez.
Al día siguiente comprobó que estaba fichado por la CNT y decidió trasladarse a Ciudad Real, donde tenía amigos. Partió el 26 de julio, pero fue detenido en Alcázar de San Juan, donde permaneció cuarenta y ocho horas a disposición del comité revolucionario. Finalmente pudo continuar viaje y llegó a Ciudad Real el 29 de julio. Tras alojarse brevemente en casa de un antiguo alumno, se instaló en una fonda céntrica. Desde el 1 de agosto hasta el 5 de septiembre vivió en régimen de libertad vigilada, ayudando discretamente a otros marianistas dispersos por la ciudad.
El 6 de septiembre fue detenido y conducido al Seminario Diocesano, convertido en cuartel de milicias. Allí pasó los doce últimos días de su vida en absoluta incomunicación, solo en una celda, preparándose espiritualmente para el martirio.
En la madrugada del 18 de septiembre de 1936 fue sacado de su celda y trasladado a las cercanías de Alarcos, a unos nueve kilómetros de Ciudad Real, donde fue fusilado junto con siete seglares. Fue atado con Luis Verdejo Saavedra. Ejecutado alrededor de las tres de la madrugada, su cuerpo quedó abandonado junto con los de los demás ajusticiados.
Al amanecer, los cadáveres fueron descubiertos y enterrados en una fosa común del cementerio de Valverde. Así consumó su vida el beato Carlos Eraña Guruceta, educador marianista y mártir, fiel hasta el final a su fe y a su vocación.
Beato Fidel Fuidio Rodríguez, S.M.
Nacimiento: Yécora (Álava), 24 de abril de 1880
Martirio: Carrión de Calatrava (Ciudad Real), noche del 16 al 17 de octubre de 1936
Edad: 56 años
A los pocos meses de su nacimiento su familia abandonó la Rioja Alavesa y se estableció en Vitoria, capital de Álava, donde abrió un pequeño comercio que más tarde se trasladaría a la calle Pintorería, 32. Aunque trasladado a Vitoria a tan tierna edad, Fidel volvió con frecuencia a Yécora, tanto de niño como de adulto, conservando siempre un profundo cariño por su pueblo natal.
Recibió el sacramento de la confirmación siendo aún muy niño, según la costumbre de la época, con cuatro años recién cumplidos. Fue monaguillo en la iglesia de Santa María, donde conoció a Narciso Esténaga, futuro obispo de Ciudad Real, también víctima de la persecución religiosa de 1936 en esta ciudad. A los doce años ingresó en el postulantado marianista establecido en Vitoria. En septiembre de 1893 fue destinado a Pontacq (Francia) para continuar el postulantado, donde permaneció tres años, no siempre fáciles, en contacto con profesores y compañeros franceses.
Hecha la profesión religiosa, continuó su formación en Escoriaza. El ambiente recogido de estos años, entre 1897 y 1899, fue una feliz prolongación del noviciado. Se preparó además para la enseñanza y obtuvo el grado de bachiller. Inició entonces su actividad como profesor. En esta etapa se fue configurando el religioso educador: entregado a los demás, hombre de comunidad, preocupado por la cultura, alegre y comunicativo.
El 5 de agosto de 1904 emitió la profesión perpetua en la Compañía de María y fue destinado a Madrid para continuar sus estudios, obteniendo la licenciatura en Historia en enero de 1905. Paralelamente consolidó su experiencia de educador y de religioso apóstol. Su paso por los colegios de Cádiz y Jerez de la Frontera fue especialmente fecundo, siendo considerado uno de los mejores profesores.
Desde 1910 hasta 1933 ejerció como profesor en el Colegio del Pilar de Madrid, durante veintitrés años que marcaron su plena madurez como profesor, educador y apóstol. En este centro desplegó una intensa actividad llena de iniciativas: promoción de la comunión frecuente entre los alumnos, Cruz Roja juvenil, excursiones, estudios arqueológicos y múltiples actividades culturales. Durante estos años conoció al profesor Hugo Obermaier, bajo cuya orientación inició importantes investigaciones arqueológicas. En mayo de 1932 obtuvo el doctorado en Ciencias Históricas por la Universidad Complutense de Madrid con una tesis sobre la Carpetania romana, publicada en 1934.
Fue destinado a Ciudad Real en septiembre de 1933, poco después de aprobarse una ley educativa que colocaba a los religiosos educadores en una situación de ilegalidad. El traslado supuso un sacrificio personal, tras tantos años en Madrid, pero lo aceptó con su habitual alegría y docilidad. El inicio del curso 1933-1934 fue especialmente difícil y exigió un gran esfuerzo de adaptación. Por indicación del obispo, el colegio marianista adoptó una apariencia laica, con directores seglares, se cerró la capilla y se suprimieron las prácticas religiosas escolares. La comunidad se dispersó en diversas fondas, residiendo algunos religiosos fuera del colegio. Nuestro beato vivió buena parte de ese curso en la fonda «La Paca», entregado a la enseñanza y al apostolado con el mismo entusiasmo de siempre, iniciando además exploraciones arqueológicas en la zona de la Oretania romana.
Desde el curso 1933-1934 impartió clases en el Instituto de Segunda Enseñanza de la ciudad, entablando amistad con profesores de todas las ideologías. Su buen humor y entusiasmo fueron un apoyo decisivo en aquel curso vivido en circunstancias tan singulares. El curso 1934-1935 transcurrió con relativa normalidad. Se dedicó con empeño a la enseñanza, a la investigación arqueológica y a diversas iniciativas culturales. El diario El Pueblo Manchego, en su edición del 3 de mayo, dio cuenta del descubrimiento por nuestro beato del yacimiento paleolítico de Valdarachas, junto al río Jabalón, hallazgo que él mismo consideraba el más importante de su vida.
El curso 1935-1936 fue mucho más agitado. El ambiente político y social de España se radicalizaba progresivamente. Las elecciones de febrero de 1936 dieron la victoria al Frente Popular, iniciándose una etapa revolucionaria en la que ni la vida ni la propiedad gozaban de seguridad. La quema de iglesias y el asalto a conventos se intensificaron, sin una respuesta eficaz del gobierno. Circularon rumores insistentes de que el colegio sería incendiado, lo que obligó a tomar diversas precauciones: retirada de alumnos, consultas infructuosas a las autoridades, traslado de religiosos a viviendas particulares y salvaguarda de objetos de valor.
El clima espiritual de la comunidad fue de profunda tensión, pero también de fuerte motivación religiosa y fidelidad al servicio de la Iglesia y de la Compañía de María, evocando con frecuencia el ejemplo del fundador Guillermo José Chaminade, testigo de la Revolución francesa.
Nuestro beato vivió desde 1933 en un auténtico ambiente de persecución religiosa, intensificado a partir de marzo de 1936. Además, su salud era frágil. Finalizado el curso escolar, el 21 de junio marchó a Madrid para someterse a una intervención quirúrgica en la Clínica del Rosario, donde permaneció unos doce días. Rechazó un ofrecimiento de refugio familiar para no comprometer a los suyos y regresó a Ciudad Real el 17 de julio. Al día siguiente estalló el alzamiento militar.
El 24 de julio la Guardia Civil se incautó del Colegio de Nuestra Señora del Prado para convertirlo en cuartel. Al día siguiente, todavía convaleciente, se trasladó de nuevo a la fonda «La Paca». En el trayecto fue detenido por milicianos, quedando libre gracias a la intervención de un empleado del colegio.
El 28 de julio fue llamado al Gobierno Civil para aclarar un telegrama recibido a su nombre. Tras un largo interrogatorio quedó en libertad al día siguiente. El 7 de agosto fue detenido de nuevo por llevar un crucifijo al pecho y conducido al Gobierno Civil, donde permaneció preso más de dos meses.
A comienzos de octubre cambió el gobernador civil. José Serrano Romero intentó restablecer la legalidad y frenar los excesos, pero el clima de terror se intensificó ante los avances militares del ejército de Franco. En este contexto, nuestro beato pudo abandonar el Gobierno Civil, pero confió en la palabra de los responsables policiales y permaneció allí.
En la noche del 15 al 16 de octubre de 1936 fue trasladado arbitrariamente por milicianos a la checa del Seminario. Permaneció allí unas veinticuatro horas en condiciones de incomunicación absoluta. En la noche del 16 al 17 de octubre fue conducido a Carrión de Calatrava junto con los sacerdotes don Juan Herrero y don Francisco Fernández Granada y el abogado don Miguel Pintado.
Fueron ejecutados y, con toda probabilidad, sus cuerpos arrojados al pozo de Carrión, una noria abandonada junto al cementerio, utilizada habitualmente para las ejecuciones. Los restos fueron exhumados en 1960 para su traslado al Valle de los Caídos, sin que fuera posible identificar los del beato Fidel Fuidio. Su figura aparece representada en el mosaico de la cúpula central de la Abadía de la Santa Cruz, por voluntad de un antiguo alumno suyo, el arquitecto Pedro Méndez González.
Beato Jesús Hita Miranda, S.M.
Nacimiento: Calahorra (Logroño), 17 de abril de 1900
Martirio: Carrión de Calatrava (Ciudad Real), 25 de septiembre de 1936
Edad: 36 años
Nació en el seno de una familia de labradores profundamente cristiana y recibió el bautismo a los cinco días de nacer. Las buenas cualidades de la familia fueron conocidas y apreciadas por los superiores marianistas, que vieron en esta base humana y cristiana un sólido fundamento de esperanza para la perseverancia de nuestro beato. Tenía además un tío sacerdote, don Santiago Hita, que fue en su tiempo catedrático de Filosofía en el Instituto de Enseñanza Media de Vitoria.
Desde muy pequeño empezó a frecuentar los templos vecinos, siendo pronto monaguillo en la iglesia de San Andrés y en la de los Misioneros del Corazón de María. Recibió el sacramento de la confirmación en 1905, faltándole unos meses para cumplir los cinco años. Dada su piedad, sus antecedentes familiares y su amor al estudio, la opción por la vida consagrada se presentó con naturalidad. A los once años ingresó en el seminario de su ciudad natal, donde permaneció dos cursos.
Concluida esta etapa, entró en el postulantado marianista de Escoriaza (Guipúzcoa). En esta decisión influyeron especialmente dos personas: su tío sacerdote, don Santiago Hita, gran amigo y admirador de los marianistas, y el futuro padre Jesús Delfín González, S.M., coterráneo y amigo de la familia, que fue su director espiritual durante muchos años.
En agosto de 1917 comenzó el noviciado en Vitoria y el 14 de agosto de 1918 emitió la profesión religiosa. El 26 de septiembre de 1921 obtuvo el título de bachiller superior en Vitoria y, pocos días después, inició su vida como educador marianista en el pueblo de Suances (Santander). En 1922 recibió de sus superiores el encargo de iniciar estudios universitarios como alumno libre.
En septiembre de 1923 fue destinado como profesor al postulantado de Escoriaza. En el verano de 1927 manifestó al superior general su inclinación al sacerdocio, para la cual no fue autorizado. Aceptada esta decisión con serenidad y obediencia, emitió la profesión perpetua el 26 de agosto de 1928. En septiembre de 1930 obtuvo la licenciatura en Historia por la Universidad de Zaragoza.
En septiembre de 1931 fue destinado a Ciudad Real, donde permaneció un año y a donde regresaría más tarde para encontrar el martirio. En este destino destacó por su competencia profesional, su dedicación al trabajo, su conducta religiosa y su abnegación constante.
Al finalizar el curso escolar 1932-1933 fue trasladado a Madrid, a la comunidad del ya prestigioso Colegio del Pilar, situado en el barrio de Salamanca. Este cambio obedeció a la estrategia adoptada por los marianistas para afrontar la Ley de Congregaciones religiosas. Los religiosos vivían dispersos fuera de los colegios, con traje seglar, y la dirección oficial de los centros recaía en seglares de confianza. Ello implicaba el traslado de los religiosos más conocidos.
Nuestro beato se preocupó intensamente por el éxito académico de sus alumnos, ya que debían enfrentarse a exámenes oficiales ante tribunales no siempre favorables a la enseñanza privada. Sobre el curso 1935-1936 dejó este significativo testimonio el entonces superior de comunidad, padre Florentino Fernández, S.M.:
«El año que pasó en Madrid antes de su detención fue muy duro para él. Le afectaba profundamente todo lo que ocurría en la calle y su sistema nervioso se resintió. A ello se añadía la gran preocupación por sacar adelante a sus alumnos en los exámenes oficiales. Con todo, don Jesús Hita no perdió su calma interior: se entregó más a la oración, medio por excelencia para llevar adelante la misión que se le había encomendado».
Se mostró muy afectado por la evolución de la situación política y social de España, pero reaccionó como hombre de fe, recurriendo a la oración para mantener la paz interior. En julio de 1936 se despidió de su familia en Madrid antes de partir a Ciudad Real. No manifestaba temor alguno y repetía con frecuencia: «Sea lo que Dios quiera; si somos mártires, mejor». Estas palabras muestran que había asumido plenamente la posibilidad del martirio.
El 6 de julio de 1936 se trasladó a Ciudad Real, por orden de los superiores, para atender las clases de verano del centro. Inició este periodo con una comunidad muy reducida. Después del 18 de julio, al acudir a la estación de ferrocarril para recibir a un cohermano, fue detenido por unos milicianos, que finalmente le dejaron libre.
El 24 de julio el colegio fue ocupado por la Guardia Civil y ese mismo día se trasladó a una pensión familiar. Allí permaneció recluido durante dos meses junto con otros religiosos y un sacerdote secular, dedicándose a la oración y la penitencia, preparándose conscientemente para el martirio.
El 25 de septiembre de 1936 unos milicianos irrumpieron en la pensión y detuvieron a los cinco eclesiásticos allí alojados, entre ellos a nuestro beato, conduciéndolos a la checa del Seminario. Permanecieron incomunicados desde el mediodía hasta el atardecer, momento en que fueron trasladados a Carrión de Calatrava.
Fue inmolado en las últimas horas del viernes 25 de septiembre de 1936 en dicha localidad, situada a unos diez kilómetros de Ciudad Real. No se conservan datos sobre sus últimos momentos. Según el testimonio de José Antonio Romeo:
«Resulta prácticamente imposible recoger datos, ya que los fusilaban elementos de Carrión que ejecutaban a los que enviaban de Ciudad Real, sin saber quiénes eran ni los motivos de su ejecución».
Tras la ejecución, los cuerpos de los cinco miembros del grupo fueron arrojados al pozo de una antigua noria abandonada, situada dentro del pequeño cementerio de Carrión. En noviembre de 1960 se procedió a la exhumación, encontrándose noventa cadáveres de hombres y uno de mujer.
Entre los restos se halló parte del cráneo de nuestro beato, fácilmente identificable por una pieza de oro en el paladar. Con autorización del gobernador civil, el cráneo fue trasladado al escolasticado marianista de Carabanchel, donde quedó enterrado. Los demás restos mortales reposan junto con los no identificados en diez arcones situados en el Valle de los Caídos, cripta derecha, capilla del Cristo Yacente, nicho cuarto, columbario 2480.
CONCLUSIÓN
La historia de los tres marianistas asesinados en Ciudad Real no puede entenderse únicamente como un episodio más de la violencia de 1936. Es, ante todo, el testimonio coherente de tres educadores cristianos que permanecieron fieles a su identidad hasta las últimas consecuencias, sin odio, sin revancha y sin renunciar a la fe que daba sentido a sus vidas.
Carlos Eraña, Fidel Fuidio y Jesús Hita compartieron una misma vocación marianista: educar, servir y evangelizar a través de la escuela y del ejemplo cotidiano. También compartieron un mismo destino final, marcado por la incomunicación, la arbitrariedad y la muerte violenta, aceptada con espíritu de fe y abandono.
Su martirio, reconocido oficialmente por la Iglesia, no busca reabrir heridas ni alimentar confrontaciones, sino iluminar la historia con el testimonio de quienes supieron responder al odio con fidelidad, a la persecución con esperanza y a la muerte con confianza en Dios. Recordarlos hoy es un acto de justicia histórica, de memoria cristiana y de profundo respeto por la verdad.

Buenas, me gustaría saber de donde procede la información y de donde podría conseguir más del hombre que fue atado y fusilado junto al Beato Carlos Eraña, que fue familiar mío y victima tambien de esta persecución en Ciudad Real. Gracias por hacer visible esta realidad.
La información está sacada del libro «Mártires españoles del Siglo XX» de Vicente Carcel Orti