INTRODUCCIÓN
La proclamación de la Guerra Civil Española en julio de 1936 abrió en Valencia uno de los episodios más dramáticos de su historia religiosa. En apenas unos días, la ciudad y su diócesis se vieron sumidas en una oleada de violencia sistemática que tuvo como objetivo directo a la Iglesia: templos incendiados, conventos saqueados, imágenes sagradas profanadas y una persecución implacable contra sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares comprometidos con su fe.
Este texto ofrece una visión amplia y documentada de la persecución religiosa en Valencia, describiendo tanto la magnitud de la destrucción material como el sufrimiento humano de miles de víctimas. Junto a la violencia desatada, emerge también el testimonio silencioso de una Iglesia perseguida que, en la clandestinidad, mantuvo viva la fe, la caridad y la esperanza en medio del terror…
A principios de julio de 1936 el orden público era insostenible en toda España, pues la ruptura política y social se había consumado. El sábado 18 se difundieron en Valencia las primeras noticias sobre la sublevación militar que se había producido en África el día anterior y, a primeras horas de la noche, comenzaron los desórdenes y violencias de los republicanos más exaltados. Las iglesias y conventos fueron el primer objetivo de los revolucionarios. Algunas comunidades religiosas abandonaron sus casas antes de que llegaran los asaltantes.
Víctimas de la violencia fueron el convento de los dominicos; el colegio mayor de la Presentación; la parroquia de los Santos Juanes, cuyo párroco pidió la intervención del Círculo de Bellas Artes para que fuera salvado uno de los mejores monumentos de Valencia, pero no consiguió ayuda y la mencionada iglesia estuvo ardiendo durante toda una noche; la parroquia de San Martín y otros templos, como la catedral.
Otro de los templos asaltados e incendiados el 21 de julio de 1936 fue la real capilla de la Virgen de los Desamparados, en la que se celebraron aquel día las misas a puertas cerradas para impedir que se las forzase, y sólo quedaron dentro algunos sacristanes y vigilantes. Se pudo evitar un primer intento de asalto gracias a la intervención de la Guardia Civil y del capitán Uribarry, que arengó al pueblo y le prometió que retiraría a los guardias pidiéndole, a cambio, que fueran respetados los templos, de los que iba a incautarse el Gobierno para convertirlos en museos de arte. Los guardias cumplieron la orden y se retiraron efectivamente, y los asaltantes permanecieron congregados ante la capilla y la catedral en espera de que Uribarry y sus hombres se alejasen.
Tres horas duró la tregua concertada, al cabo de las cuales, y siendo ya mediodía, comenzó simultáneamente el asalto e incendio a la capilla de la Virgen, a la catedral y al palacio arzobispal. Por la calle de la Barchilla asomaron algunas personas que con palos y vigas rompieron las puertas de la plaza de Almoyna y, una vez en el interior del templo metropolitano, incendiaron la girola y después la capilla del Santo Cáliz y otra contigua a ésta. Subieron al archivo y deshicieron varios legajos, códices y pergaminos, arrojándolos por las ventanas para después quemarlos en una hoguera.
Los atentados se extendieron a los monasterios de religiosos y religiosas. En el de las carmelitas de la Encarnación, fundado en 1502, desaparecieron una Virgen llamada la Moreneta, talla del siglo XIII considerada como la más antigua de la ciudad, y una gran cantidad de azulejería de Triana y Manises. Este monasterio fue incendiado y en su cementerio se cometieron espantosas profanaciones. En el Hospital Provincial quedó destruida una preciosa imagen de piedra policromada de la Virgen, que ocupaba el vano de la puerta principal, y se apeó, para fundirla, la estatua de fray Gilabert Jofré, fundador del primer manicomio de Europa.
Los revolucionarios se hicieron dueños de la ciudad en pocos días y trataron de eliminar todos los signos exteriores de la Valencia cristiana, destruyendo incluso imágenes de piedra de santos valencianos colocadas en los históricos puentes del Real y del Mar y las cruces de término —artísticas cruces góticas rematadas por templetes y situadas al principio de las carreteras de Madrid y Barcelona—, así como algunos retablos de cerámica que adornaban las calles con motivos religiosos.
En casi todos los pueblos de la diócesis se repitieron los desmanes de la capital, pues los comités revolucionarios locales cometieron impunemente toda clase de atropellos, asaltos, incendios, destrucciones, pillajes, profanaciones y violaciones, incendiando iglesias y casas religiosas, destruyendo imágenes sagradas, archivos parroquiales, museos, etc. La trágica historia de cada una de nuestras parroquias arroja un balance funestísimo, jamás conocido en la historia valenciana e imposible de resumir en pocas páginas.
El 21 de julio llegaron a Valencia varios miembros del Gobierno de Madrid, que constituyeron la llamada Junta Delegada del Gobierno de la República, con jurisdicción en las provincias de Valencia, Alicante, Castellón, Cuenca, Albacete y Murcia.
Entre tanto, había comenzado la caza a las personas, con registros domiciliarios efectuados por las milicias populares armadas y con los llamados «paseos», es decir, asesinatos perpetrados por milicianos que llevaban a las víctimas en automóviles para darles muerte en lugares más o menos alejados de la capital y pueblos, sin proceso alguno y tras largas y terribles torturas.
Al estar sitiado Madrid, el Gobierno republicano se trasladó a Valencia y en nuestra ciudad permaneció desde noviembre de 1936 hasta octubre de 1937. Entre tanto, la persecución religiosa había alcanzado su mayor nivel. Eran ya centenares las víctimas —eclesiásticos y seglares— que habían derramado su sangre en defensa de una causa que, aunque algunos pretendían enmascarar con razones políticas y sociales, era fundamentalmente religiosa, en defensa de Dios y de la Iglesia.
Responsables de aquellas matanzas fueron las milicias populares, armadas de forma indiscriminada con la ingenua pretensión de controlar el caos, y los militantes de la CNT, de la FAI y de otras organizaciones políticas, caracterizadas por el más exaltado y violento fanatismo antirreligioso.
No sabemos con seguridad cuántos cayeron durante la persecución religiosa en Valencia, porque faltan datos precisos sobre los seglares, aunque consta que fueron asesinados 372 hombres y jóvenes de Acción Católica y 32 mujeres de la misma asociación. Las cifras sobre sacerdotes y religiosos son casi ciertas, aunque existen leves discordancias de escasa entidad que no afectan a los datos globales.
Los sacerdotes seculares asesinados en Valencia fueron 327 sobre un total de 1.200, es decir, el 27,2%, casi un tercio. Aunque en datos absolutos fue la cifra más elevada de España, si se exceptúan las víctimas de Madrid.
En muchos pueblos se intentó aniquilar a todo el clero local. En cambio, en otros se les defendió, como en Villajoyosa, Finestrat o Jijona, donde se mantuvo el culto durante un tiempo y los sacerdotes fueron protegidos por la población.
Fueron frecuentes las ejecuciones de sacerdotes en grupo, así como las matanzas de comunidades religiosas masculinas y femeninas, afectando a numerosas órdenes y congregaciones. Este aspecto masivo de las matanzas se interrumpió a principios de 1937, aunque continuaron ejecuciones individuales cada vez más esporádicas.
La persecución no se limitó a sacerdotes y religiosos, sino que se extendió a monjas y mujeres de Acción Católica, reforzando el carácter esencialmente antirreligioso de la persecución. No se respetó ni siquiera a personas ancianas dedicadas a la caridad o a la enseñanza.
El análisis de la persecución religiosa se completa con el llamado «martirio de las cosas»: unos 800 templos fueron destruidos total o parcialmente, más de 1.500 resultaron profanados o saqueados y el ajuar litúrgico quedó prácticamente aniquilado. Las pérdidas de inmuebles eclesiásticos ascendieron a centenares de millones de pesetas, siendo irreparable la desaparición de una parte considerable del patrimonio histórico-artístico y documental.
A pesar de todo, se logró salvar una parte importante de archivos, bibliotecas y monumentos gracias a actuaciones concretas y excepcionales. Se mantuvo también una organización eclesiástica clandestina que garantizó la continuidad de la jurisdicción eclesiástica y la administración de los sacramentos en la más absoluta clandestinidad.
En este clima de persecución total y violación flagrante de los derechos humanos, fue decisiva la organización de la asistencia caritativa y del llamado socorro blanco, mediante el cual seglares y religiosas auxiliaron a sacerdotes perseguidos, proporcionándoles refugio, documentación y alimentos.
Gracias a esta red clandestina, muchos sacerdotes pudieron ejercer su ministerio arriesgando la vida, administrando sacramentos en domicilios particulares, hospitales, cárceles y capillas ocultas. En las prisiones se desarrolló una intensa vida espiritual marcada por la oración, la confesión, la comunión clandestina y la preparación al martirio.
Las cárceles de Valencia —la Modelo, las Torres de Cuart, San Miguel de los Reyes y el barco-prisión Cabo de Palos— fueron escenario de una profunda vida religiosa en condiciones extremas. De ellas salieron numerosos sacerdotes y seglares para ser ejecutados en el Picadero de Paterna, el Saler y otros lugares tristemente célebres.
Las checas y centros de detención fueron lugares habituales de tortura sangrienta. Quienes no murieron durante el suplicio entregaron finalmente su vida ejecutados en los escenarios del martirio que marcaron para siempre la historia religiosa de Valencia.
Las 17 mártires religiosas de la Doctrina Cristiana de Mislata
Al sobrevenir la República, todas las religiosas de la Doctrina Cristiana que formaban la comunidad de Mislata se quitaron el hábito, como las demás Hermanas, durante los primeros meses, pero sin abandonar el convento.
Iniciado el movimiento revolucionario el 18 de julio, en la tarde del día siguiente la mayoría de ellas se trasladó a Valencia, a un piso situado en la calle Maestro Chapí, 9, en cuyo entresuelo estaba el noviciado de la Congregación desde hacía tiempo. Allí no se alteró en nada la vida de comunidad, siguiendo las acostumbradas prácticas piadosas, sin que lo impidieran las continuas manifestaciones que desfilaban por la calle ni el alboroto de las radios vecinas que transmitían los mítines de los revolucionarios. Algunas, sin darse exacta cuenta de la gravedad de la situación, pasadas las primeras semanas, vieron transcurrir la vida algo más tranquila, aunque con bastantes registros y visitas de milicianos, hasta que llegó el día del martirio.
Sobre el traslado al noviciado de las religiosas desde Mislata hasta Valencia poseemos este testimonio de Sor Felisa:
«Así, el 19 por la tarde fue enviando a las Hermanas, empezando por las más ancianas, en los taxis que al efecto se pidieron. La Madre Ángeles salió la última acompañada de la Madre Adoración, su secretaria, a quien debemos el siguiente relato. Dice que al pasar por el jardín se detuvo ante la imagen del Corazón de Jesús y, fijando en ella su mirada, dijo con acento impresionante: “¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!”.
Después, dirigiéndose a la Madre Adoración, le dice: “Ya no le veré más en la tierra”, y sus ojos se llenaron de lágrimas mientras repetía: “Sagrado Corazón de Jesús, salvad a España, que en Vos confía”.
Cuando llegaron a su nueva residencia de la calle Maestro Chapí era casi de noche. A pesar de lo difícil de las circunstancias, su rostro reflejaba serenidad y sus palabras infundían confianza en el ánimo de todas.
El día 24, alrededor de las once de la noche, recibió la noticia de que el Colegio de la Sagrada Familia acababa de ser asaltado por los revolucionarios. Como era tiempo de silencio riguroso, se retiró a su habitación sin permitirse ningún comentario».
Durante la semana siguiente fueron desfilando por allí muchas Hermanas que, arrojadas de sus colegios y clínicas, pasaban a visitarla al dirigirse a sus respectivos domicilios o, mejor dicho, en busca de sus familiares. Naturalmente, las que no tenían a nadie se quedaban en su compañía. Al mismo tiempo, las novicias y otras Hermanas salieron unas tras otras hasta quedar las que se encontraban solas en el mundo, y la Madre General con la Madre Sufragio y Sor Paz, que, pudiendo marcharse, se creyeron en el deber de acompañarlas.
Aquella casa se convirtió en un verdadero convento donde se oían varias misas diariamente, porque eran varios los sacerdotes que acudían a celebrar; se escuchaban pláticas y se hacían todos los ejercicios de comunidad a su debido tiempo. No faltaban tampoco las asiduas visitas de los milicianos, registros e interrogatorios propios del tiempo.
En una de estas visitas se ofrecieron a trabajar desinteresadamente por los combatientes. Se aceptó, y con lana requisada que les trajeron pudieron confeccionar jerseys en número de veinte. El Señor, que con tanta bondad cuida siempre de los suyos, no las abandonó, proporcionándoles el consuelo de personas amigas y religiosas que las visitaban con frecuencia, procurando que no les faltara lo necesario.
Era el 20 de noviembre de 1936, un viernes, día consagrado al Corazón de Jesús, al atardecer, cuando un grupo de milicianos intimó a ella y a sus compañeras la orden de que ocuparan inmediatamente el coche que tenían a la puerta. No hubo ninguna protesta. Era la voluntad del Señor y una gracia que les concedía, la mayor de todas. Esos serían sus sentimientos en aquellos solemnes momentos.
Se ha dicho que la emoción le hizo perder el habla y que ya no pudo hablar. Es posible, pero se consolaría interiormente oyendo las exhortaciones de la Madre Sufragio, que durante el trayecto y hasta el último momento no dejó de hablar. Una señora que vivía en la misma finca donde se hallaban las religiosas pudo contemplar cómo iban ocupando el vehículo y que la mayoría de las Hermanas, que eran ancianas, subían penosamente, ayudadas de las demás.
De esta forma fueron conducidas todas ellas al Picadero de Paterna —situado a unos seis kilómetros de Valencia— y, sin preceder proceso alguno, fueron fusiladas esa misma noche, dando testimonio de su fe. Fueron camino del suplicio no inconscientemente, sino encomendándose a Dios, ofreciendo su vida por su causa y rogando por sus verdugos, movidas por las ardientes palabras de la Madre Sufragio.
Sus cadáveres —excepto los de Amparo Rosat y Calvario Romero— fueron llevados dos días después al cementerio de Valencia, fotografiados y, en cajas de madera, enterrados en la sección 5.ª, derecha, cuadro 1.º, filas 11 y 12.
El 1 de mayo de 1940 tuvo lugar la exhumación de los restos mortales de todas las mártires, que fueron identificados por las Religiosas del Consejo General con otras Hermanas. Pudieron ser identificadas fácilmente gracias a las fotografías y demás formalidades de la sepultura. Depositados en las cajas que se habían preparado, fueron transportados a la Casa Madre de la Congregación en Mislata. Allí fueron visitados los restos por familiares y personas conocidas.
Al día siguiente, 2 de mayo, se organizó el entierro solemne común en dirección al cementerio de esta población y fueron depositados en sus nichos respectivos. Unos años más tarde fueron trasladados de nuevo de los nichos que ocupaban al panteón que se construyó para honrar la memoria de las Madres y Hermanas que tan generosamente supieron dar su vida por Cristo.
Creciendo cada día más la fama del martirio de dichas religiosas, se inició el proceso super fama martyrii in genere en la Curia Arzobispal de Valencia el 5 de julio de 1965, y en los días 7 y 9 del mismo mes y año se incoaron, respectivamente, el Processiculus diligentiarum super Scriptis y el de Non Cultu. Clausurados los tres procesos el 1 de junio de 1969 y transmitidos a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, fueron abiertos canónicamente el 20 de enero de 1970.
El decreto de la misma Congregación, relativo al reconocimiento de su martirio, lleva la fecha del 6 de julio de 1993. Fueron beatificadas estas mártires por Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995.
CONCLUSIÓN
La persecución religiosa en Valencia durante la Guerra Civil no fue un fenómeno aislado ni circunstancial, sino una ofensiva profunda y prolongada contra todo lo que representaba la fe cristiana en la vida pública y privada. El elevado número de sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares asesinados, así como la destrucción masiva del patrimonio eclesiástico, revelan la dimensión trágica de aquellos acontecimientos.
Sin embargo, junto al martirio de las personas y de las cosas, este periodo dejó también una huella de heroísmo espiritual. En cárceles, casas ocultas y capillas clandestinas, la vida sacramental continuó, sostenida por sacerdotes y fieles que arriesgaron su vida para servir a Dios y a los demás. La historia de la persecución religiosa en Valencia es, por tanto, una historia de dolor, pero también de fidelidad, resistencia interior y testimonio de fe que sigue interpelando a las generaciones posteriores.
