INTRODUCCIÓN
La persecución religiosa desencadenada en España a partir de julio de 1936 alcanzó con especial crudeza a numerosas comunidades religiosas. Entre ellas, la Orden de las Escuelas Pías sufrió una de las pérdidas más dolorosas de su historia: el asesinato de trece de sus miembros, que hoy la Iglesia venera como beatos mártires.
Los 13 escolapios mártires, pertenecientes en su mayoría a la comunidad de Peralta de la Sal, afrontaron la violencia y la muerte sin renegar de su fe ni de su identidad religiosa. Sacerdotes y hermanos, jóvenes y ancianos, todos compartieron una misma fidelidad al Evangelio y al carisma heredado de San José de Calasanz: la entrega total a Dios y al servicio de los más pequeños.
Las biografías que siguen recogen sus vidas sencillas, su labor educativa y pastoral, y el camino que los condujo al martirio en los dramáticos meses del verano de 1936. Son páginas de dolor, pero también de esperanza, que muestran cómo la fe vivida con coherencia puede convertirse en testimonio supremo…
De los 203 religiosos escolapios asesinados durante la persecución religiosa española de 1936 (1936-1939), trece han sido elevados al honor de los altares. Su causa de canonización, una vez completado el proceso ordinario en las diócesis donde sufrieron el martirio, pasó a la competencia de la Congregación para las Causas de los Santos.
El método seguido con respecto a los trece mártires escolapios es distinto del usado con los anteriores, ya que algunos de ellos murieron en grupo en el mismo día y lugar, pero otros no, pues fueron martirizados en sitios y circunstancias diversas unos de otros. Se presentan las figuras de estos beatos, los cuales supieron afrontar la muerte antes que renegar de su fe o esconder su propia identidad de religiosos o de sacerdotes.
De cada uno de los beatos se exponen las circunstancias que lo llevaron al martirio y se traza un perfil de su personalidad.
Se antepone a cada grupo de biografías una breve descripción de los lugares donde estos mártires pasaron los últimos días de sus vidas.
Los cinco escolapios mártires de Peralta de la Sal (Huesca)
Peralta de la Sal es una pequeña localidad de la provincia de Huesca (España), muy en el corazón de todos los escolapios, por haber nacido en ella San José de Calasanz.
Los Padres Escolapios se establecieron en ella en el año 1697 —Calasanz había muerto en 1648 en Roma— para educar a los niños del pueblo. A principios del siglo XVIII se construyeron el colegio, la casa del noviciado, la iglesia y la capilla en el mismo lugar en que naciera el Santo. En el centro de la plaza situada delante del colegio se colocó, en 1897, una estatua de bronce de San José de Calasanz, regalo de la reina María Cristina y obra del escultor Mariano Palao.
A comienzos de nuestro siglo empezaron a manifestarse posturas anárquicas y anticlericales en una parte de los habitantes de Peralta, como lo prueba la creación de la Escuela Moderna de Ferrer Guardia, escuela laica abierta como contraposición a la de los religiosos. Aunque tuvo una vida efímera, influyó notablemente en la formación de las nuevas generaciones.
Al ser proclamada en España la República, el 14 de abril de 1931, en Peralta fue depuesto de su cargo el alcalde Jaime Meler, y el ayuntamiento quedó en manos de los radicalsocialistas, quienes expulsaron también de la casa cuartel a la Guardia Civil. La propaganda marxista llegaba desde Huesca, Barcelona y, sobre todo, Lérida.
Los días 8 y 9 de diciembre de 1933, quienes en Peralta estaban afiliados a la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y a la FAI (Federación Anarquista Ibérica) intentaron proclamar el comunismo, asaltaron el cuartel de la Guardia Civil y proyectaron ocupar también el colegio de los Padres Escolapios. La Guardia Civil se defendió valerosamente, mientras que los religiosos, junto con novicios y postulantes, se vieron obligados a abandonar el colegio y buscar refugio en casas de familias amigas. El párroco había huido ya. A pesar de que todas las salidas del pueblo estaban bloqueadas, dos jóvenes lograron eludir la vigilancia y, dirigiéndose a Monzón, pidieron refuerzos a la Guardia Civil, que llegó durante la noche desde Graus y Benabarre y consiguió, tras horas de lucha, poner en fuga al grupo extremista.
Tras las elecciones de 1934, que dieron la victoria a la derecha, apenas hubo en Peralta repercusiones dignas de mención, salvo el nombramiento del nuevo Consejo Municipal. En ausencia del párroco, el cuidado pastoral de los fieles fue encomendado al escolapio P. Ramón Castel, quien, al desencadenarse la persecución, salvó su vida por encontrarse enfermo en julio de 1936 en casa de sus familiares.
En las elecciones del 16 de febrero de 1936, la izquierda, aglutinada en el Frente Popular, volvió al Gobierno. En Peralta hubo una relativa tranquilidad hasta el 18 de julio, con la llegada de las primeras noticias relativas al pronunciamiento militar. Al día siguiente, en pleno tiempo de siega, se proclamó la huelga. El día 20 tuvo lugar una reunión entre los hombres del Frente Popular y los de derechas para garantizar el orden y la tranquilidad en el pueblo. El día 21 se declaró nuevamente la huelga.
Llegaron a Peralta nuevas noticias de lo sucedido en Madrid y Barcelona y la situación cambió radicalmente. Se prescindió de quienes eran de derechas y se constituyó un Comité revolucionario, sustituido pocos días después por otro de carácter más extremista.
A partir de la tarde del 23 de julio de 1936 comenzó la serie de acontecimientos que golpearon a la comunidad escolapia de Peralta: la llegada de un grupo de milicianos de Binéfar; el traslado de los religiosos, postulantes y novicios a Casa Llari; la detención y asesinato del P. Dionisio Pamplona, rector de la comunidad, entre el 24 y el 25 de julio; el asesinato del P. Manuel Segura y del H. David Carlos el 28 de julio; y el traslado del P. Faustino Oteiza y del H. Florentín Felipe a Casa Zaydín, seguido de su asesinato el 9 de agosto.
El colegio de los Padres Escolapios fue utilizado como cuartel general de los milicianos y la iglesia como almacén y depósito. Los altares y las imágenes sagradas, junto con todos los ornamentos de la iglesia, fueron destruidos por el fuego. La estatua de bronce de San José de Calasanz, abatida y hecha pedazos, fue llevada a Barcelona junto con las campanas y cambiada allí por un camión. También la iglesia parroquial, que conservaba preciosos recuerdos de San José de Calasanz, fue saqueada y transformada en sala de baile.
Con el asesinato de los cinco religiosos y el saqueo de las iglesias desapareció toda presencia religiosa en Peralta. Estos acontecimientos se analizarán con mayor detalle al tratar individualmente de cada uno de los cinco primeros siervos de Dios. Pertenecían a la Provincia religiosa de Aragón, que perdió treinta de sus miembros durante la persecución religiosa.
Beato Dionisio Pamplona Polo
Sacerdote, Sch. P.
Nacimiento: Calamocha (Teruel), 11 de octubre de 1868
Martirio: Monzón (Huesca, diócesis de Lérida), 23 de julio de 1936
Edad: 67 años
Nacido en el seno de una familia profundamente enraizada en la fe, sintió muy pronto el deseo de consagrarse a Dios en la Orden de las Escuelas Pías. Vistió el hábito escolapio en Peralta de la Sal el 16 de noviembre de 1882 y emitió su primera profesión el 2 de agosto de 1885. Cursó sus estudios filosóficos en Irache y los teológicos en San Pedro de Cardeña, donde emitió su profesión solemne el 17 de noviembre de 1889. Recibió la ordenación sacerdotal en Jaca el 7 de septiembre de 1893.
Terminado el período de formación, dedicó su vida y sus esfuerzos a la educación de los niños y jóvenes en varios colegios de la Provincia escolapia de Aragón: Zaragoza (1895), Alcañiz (1895-1903), Jaca (1903-1906), Peralta de la Sal (1906-1919), Buenos Aires (1919-1922), Pamplona (1922-1928), Barbastro (1928-1934) y nuevamente Peralta de la Sal (1934-1936).
Fue un religioso austero por temperamento y por convicción, fiel a la observancia religiosa, perseverante en la acción, espiritual y piadoso. Buen conocedor del corazón humano, supo infundir sólidas virtudes cristianas en los jóvenes a él confiados, más con el ejemplo que con la palabra. Actuaba siempre de manera discreta, pero eficaz.
Disponible a la obediencia —en la que veía un signo de la voluntad de Dios—, trabajó en diversas casas religiosas como simple religioso o como superior. Dio pruebas de gran prudencia y celo en promover la vida religiosa y la actividad educativa, cuidando de que los alumnos progresaran no solo en las letras y ciencias humanas, sino también en la virtud. Sabía imponerse con su personalidad y atraer las voluntades, conquistando la simpatía de todos.
En Pamplona manifestó su celo sacerdotal dando vida a las funciones religiosas en la iglesia del colegio, siguiendo los tiempos litúrgicos, reavivando la devoción a la Eucaristía y a la Virgen, y promoviendo la participación activa de los fieles, especialmente de los niños y jóvenes. Entre sus méritos se cuenta el haber instituido los «Turnos Eucarísticos», con la finalidad de fomentar la comunión frecuente.
En Buenos Aires permaneció solo tres años, de 1919 a 1922, pero dejó un grato recuerdo. Además de rector, era párroco de la parroquia de San José de Calasanz, situada en un barrio popular de más de cuarenta mil habitantes. Si como rector del colegio, al que estaba unida la parroquia, no pudo realizar plenamente sus deseos por no ser las circunstancias propicias, su labor como párroco fue excelente y de abundantes frutos. Allí pudo desplegar mejor sus dotes de religioso y sacerdote a través de una intensa acción apostólica. Hombre profundamente piadoso y sacerdote celoso, preocupado por la gloria de Dios y la salvación de las almas, encontró en la parroquia el campo ideal para el ejercicio de su ministerio. Vivió para sus fieles sin ahorrarse fatigas ni esfuerzos y no puso nunca límites a su celo apostólico. Era consciente de su responsabilidad y habría preferido morir —como en realidad hizo— antes que traicionarla.
Este celo sacerdotal, tan visible en Buenos Aires, se reavivó cuando en 1935 le fue encomendada la parroquia de Peralta de la Sal. Frente a la grave situación existente tras la marcha del anterior párroco, su corazón se conmovió profundamente. Fue párroco por poco tiempo, pero el suficiente para mostrar su entusiasmo y el cuidado desinteresado de los fieles confiados a su ministerio.
El secreto de su celo, como de toda su vida interior, se encuentra en su amor a Jesucristo y a María, amores que lo mantuvieron firme durante toda su existencia y, de modo especial, en el momento supremo de la prueba, ante el pelotón de fusilamiento.
Había llegado a Peralta en julio de 1934, tras haber ejercido el ministerio escolapio en diversos colegios de la Provincia religiosa de Aragón. Fue un retorno, pues en aquella casa había transcurrido su noviciado y había sido ya maestro de novicios y rector.
A pesar de tratarse de una población pequeña, la situación se volvió muy difícil para los Padres Escolapios con la proximidad de la revolución y la guerra civil. El beato fue pronto consciente de ello y, animado por este convencimiento, tuvo el valor de celebrar la santa misa en la iglesia parroquial incluso después del estallido revolucionario. Asistió una sola persona. En el momento del ofertorio fue obligado a suspender la celebración y abandonar la iglesia.
El clima político había cambiado y se avecinaban días de prueba para la comunidad escolapia, que buscó en la oración la fuerza necesaria para afrontar los inevitables sufrimientos e incluso el martirio.
El P. Faustino Oteiza, en una carta enviada al P. Provincial de Aragón, describe así lo sucedido el 23 de julio de 1936: aquel día, hacia las cuatro y media de la tarde, llegó una cuadrilla de cuarenta o cincuenta extremistas armados procedentes de Binéfar con la intención de bombardear y quemar el colegio. Los religiosos se reunieron en el oratorio del noviciado, recibieron la absolución y aguardaron serenamente la muerte. Los vecinos del pueblo lograron evitarlo con la condición de que abandonaran el colegio y se destruyera todo lo relacionado con la religión. El Comité comunista intimó el abandono del edificio y, pese a la resistencia del P. rector, hubo que ceder a la fuerza.
Previendo el desarrollo de los acontecimientos, el Santísimo Sacramento había sido trasladado al oratorio del noviciado, considerado lugar más seguro. Sin embargo, hacia las ocho y media de la tarde, el P. Dionisio, los demás padres y hermanos, los novicios y los postulantes fueron conducidos bajo custodia armada a la casa de la familia Llari, convertida en cárcel provisional.
Al amanecer del día 24, preocupado por la posible profanación del Santísimo Sacramento de la iglesia parroquial, el P. Dionisio pidió a los novicios que alguno lo acompañara a servir la misa. Se ofreció José Yáñiz. Aprovechando que los guardias dormían, lograron salir y llegar a la iglesia, donde celebró la santa misa y consumió las especies eucarísticas.
Descubiertos por algunos vecinos, el Comité envió hombres armados en su busca. La iglesia fue rodeada y el P. Dionisio fue conminado a bajar. Salió con serenidad, cerró las puertas y conservó las llaves. Al llegar a la Plaza Mayor fue rodeado por hombres armados. Rechazó entregar las llaves, afirmando que solo las devolvería al obispo que se las había confiado. Finalmente, aprovechando una distracción, le fueron arrebatadas.
Fue registrado, despojado de sus objetos religiosos y del dinero del colegio, conducido al Ayuntamiento y, poco después, escoltado a la cárcel. Esa misma mañana fue trasladado esposado a la cárcel de Monzón, entre insultos y amenazas.
Encerrado en una celda húmeda y oscura, permaneció sereno hasta la noche del 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol. Con la llegada de la columna del POUM se decidió ajusticiar a los presos en la Plaza Mayor. Antes de salir pidió un cepillo para limpiar su sotana y, devolviéndolo al carcelero, le dijo: «Adiós, hasta la eternidad».
En la Plaza Mayor, profusamente iluminada y llena de gente, fue colocado en primera fila. Sereno y en oración, al darse la orden de fuego hizo la señal de la cruz y cruzó los brazos sobre el pecho. Eran cerca de las once de la noche cuando cayó abatido por las balas.
Su cuerpo fue trasladado en un camión junto con el de otros fusilados y enterrado en una fosa común del cementerio de Monzón. La ejecución provocó profundo rechazo en la población y, terminada la guerra, la Plaza Mayor pasó a llamarse «Plaza de los Mártires». En la fachada del Banco de Aragón se colocó una lápida con esta inscripción:
«RIP – R. P. Escolapio Dionisio Pamplona, mártir por Dios y por España en este lugar, 25 de julio de 1936».
El beato Dionisio Pamplona murió en el cumplimiento de su deber sacerdotal. Su muerte heroica, afrontada con serenidad y fortaleza admirable, fue la culminación de una vida vivida «para alabanza de Dios y utilidad del prójimo», siguiendo el ejemplo de San José de Calasanz.
Beato Manuel Segura López
Sacerdote, Sch. P.
Nacimiento: Almonacid de la Sierra (Zaragoza), 22 de enero de 1881
Martirio: Gabasa (Huesca, diócesis de Urgel), 28 de julio de 1936
Edad: 55 años
Nació en una familia pobre en bienes de fortuna, pero rica en virtudes cristianas. Desde pequeño se distinguió entre sus compañeros por su piedad y su bondad. Cuando apenas tenía seis años y comenzaba a frecuentar la escuela, fue también monaguillo de la parroquia. Probablemente se deba a esta temprana cercanía al altar su deseo de ser sacerdote. Sin embargo, este deseo se enfrentaba a la extrema pobreza de la familia, agravada con la muerte de su padre.
Acudió en su ayuda el buen párroco, quien se prestó a darle clases de latín y se interesó para que fuera aceptado como empleado en el colegio escolapio de Zaragoza. De este modo pudo estudiar y prepararse para entrar en el noviciado, que inició a la edad de dieciocho años.
Sus muchas dotes comenzaron a manifestarse desde los primeros años de formación, tanto en el noviciado como en el juniorato. Evidenció especialmente una gran laboriosidad, visible tanto en el estudio como en la práctica de la caridad. Estaba siempre disponible para las labores más humildes del servicio común y para todo aquello que pudiera beneficiar a sus compañeros. Todo lo hacía sin ostentación, deseoso únicamente de ser útil a la comunidad.
Vistió el hábito escolapio en Peralta de la Sal el 1 de noviembre de 1899 y emitió su primera profesión el 18 de agosto de 1901. Cursó los estudios filosóficos en Irache y los teológicos en Tarrasa y Alcañiz. Emitió la profesión solemne en esta última ciudad el 1 de abril de 1906 y fue ordenado sacerdote en Barbastro el 25 de mayo de 1907.
Ejerció el ministerio calasancio en Barbastro (1907-1908), Tamarite de Litera (1908-1914), Pamplona (1914-1915), Tafalla y Torre de Cascajo (1915-1932) y Peralta de la Sal (1932-1936).
Desde 1915 hasta 1936, año de su muerte, se dedicó de modo preferente a la formación religiosa y cultural de los jóvenes aspirantes escolapios. Este fue el campo en el que desarrolló la mayor parte de su apostolado, oculto y siempre fecundo.
Su trabajo comenzó en Tafalla como ayudante del maestro de postulantes. Más tarde, como ayudante y después como maestro de novicios, nunca dejó nada que desear en el cumplimiento de una tarea tan delicada. Se distinguió sobre todo por su caridad y amabilidad.
El beato Manuel Segura había sido nombrado maestro de novicios poco antes de los acontecimientos que turbaron profundamente a la comunidad escolapia de Peralta de la Sal. Cuando, en la tarde del 23 de julio de 1936, llegaron al colegio unos cuarenta extremistas procedentes de Binéfar con la intención de incendiarlo y fusilar a los religiosos, el P. Dionisio Pamplona, superior de la casa, reunió a la comunidad y les expuso la gravedad de la situación.
El P. Segura se asomó inmediatamente a la ventana y pidió silencio a los postulantes y novicios que jugaban en el patio, ignorantes de lo que sucedía. Les explicó el peligro que les amenazaba, les pidió que se vistieran con ropas civiles y, tras reunirlos en el oratorio del noviciado, les dijo:
«Dentro de breves momentos estaremos ante el Supremo Juez; preparad vuestra alma con una sincera contrición, que quiero daros la absolución».
En un determinado momento los forasteros se retiraron. Los novicios, creyendo que el peligro había pasado, volvieron a vestir el hábito y se acercaron a la puerta del colegio, desde donde se divisaba un gran incendio en el pueblo de Calasanz. Al no poder asaltar el colegio, los extremistas de Binéfar se habían dirigido allí y habían incendiado la iglesia.
A las 20:30 horas, por orden del Comité, todos —religiosos, novicios y postulantes— fueron conducidos a Casa Llari, convertida en cárcel provisional. Allí organizaron las prácticas de piedad como si estuvieran en el colegio, rezando diariamente el Oficio completo de la Virgen y el santo rosario. Oraban en voz baja para no provocar a los guardias, pero con profundo fervor, preparándose para afrontar con valentía lo que el Señor dispusiera.
En la tarde del día 24 y en la mañana del 25, fiesta de Santiago Apóstol, todos se confesaron con el P. Manuel Segura y el P. Faustino Oteiza. El día 24, el P. Segura, que hacía las veces de superior en ausencia del P. Dionisio Pamplona, envió a dos hombres al colegio, a la hora de la comida, para recuperar las especies eucarísticas que habían quedado en el oratorio del noviciado. Les recomendó envolverlas en papel de periódico para no levantar sospechas.
La mañana del día 25, de dos en dos, los detenidos de Casa Llari fueron pasando por la habitación del P. Segura, donde se conservaban las sagradas especies, y recibieron la comunión con el fervor propio del viático.
El día 26 se presentó en Casa Llari un miembro del Comité acompañado de otra persona. Comunicó al P. Manuel que había demasiados jóvenes en aquella casa y que debían ser repartidos entre familias del pueblo. El P. Segura, con profundo dolor, vio dispersarse su rebaño y se despidió de todos abrazándolos uno a uno, entre sollozos. En Casa Llari quedaron solo los cuatro mayores para acompañar a los padres.
A las once de la mañana se publicó un bando invitando a las familias de Peralta a acoger a los novicios y postulantes, cosa que hicieron con generosidad, rivalizando entre sí en hospitalidad. Por la tarde, cuando los jóvenes visitaron a los padres, les informaron de los destrozos cometidos en la iglesia del colegio y del derribo de la estatua de San José de Calasanz, que más tarde sería fundida para armamento.
Tras una breve calma, en la mañana del día 28 llegaron a Peralta tres coches con forasteros armados, enviados para detener a fascistas y sacerdotes. Informados de que en Casa Llari había dos padres y dos hermanos, quisieron matarlos inmediatamente. Para apaciguarlos, la gente del pueblo entregó al P. Manuel Segura y al H. David Carlos, evitando así la muerte del P. Faustino Oteiza, enfermo, y del anciano H. Florentín Felipe.
Hacia las diez de la mañana se presentaron en Casa Llari un forastero de Tarragona y una persona del pueblo, armados con fusiles, preguntando por el P. Manuel Segura y el H. David Carlos. Cuando ambos se presentaron, el forastero dijo:
«Prepárense, P. Manuel y H. David, para ir a Arén a entregar personalmente los chicos a sus padres».
El P. Faustino Oteiza relató más tarde que comprendieron de inmediato que se trataba de un pretexto. El P. Manuel pidió ponerse los zapatos, entró en la habitación, se arrodilló y pidió la absolución. Lo mismo hizo el H. David. Se abrazaron y se despidieron diciendo:
«¡Adiós, hasta el cielo!».
Radiantes de alegría se presentaron a los guardias, que los llevaron en coche hasta el lugar del suplicio. Antes de partir del pueblo fueron conducidos a la plaza del colegio, donde vieron las imágenes sagradas y los ornamentos esparcidos por el suelo, así como la estatua de San José de Calasanz abatida.
Camino de Purroy de la Solana, cerca de Gabasa, fueron obligados a descender del vehículo. A unos cincuenta metros de la carretera, junto a unas carrascas, fueron fusilados y quedaron gravemente heridos. Sus cuerpos fueron rociados con gasolina y quemados, mientras gemían. Los ejecutores tuvieron que bajar a Gabasa en busca de más gasolina para completar la destrucción de los cadáveres.
Un amigo que pudo ver los cuerpos antes de ser destruidos por el fuego afirmó que tenían el rostro y los ojos elevados al cielo y los brazos cruzados sobre el pecho.
Terminada la guerra, se inspeccionó el lugar y se hallaron restos de ceniza y pequeños fragmentos de hueso. Todo fue recogido en una caja que se conserva actualmente en la iglesia escolapia de Peralta.
En el lugar del martirio se levantó posteriormente un pequeño monumento de piedra con esta inscripción:
«De aquí volaron al cielo los escolapios P. Manuel Segura, nacido el 21-1-1881 y muerto el 28-7-1936, y el H. David Carlos, nacido el 29-12-1907 y muerto el 28-7-1936. Coelo tegitur qui nullam habet urnam».
Beato David Carlos Marañón
Hermano, Sch. P.
Nacimiento: Asarta (Navarra), 29 de diciembre de 1907
Martirio: Gabasa (Huesca, diócesis de Urgel), 28 de julio de 1936
Edad: 28 años
Su biografía escolapia es parca en noticias, pues fueron pocos los años que perteneció a la Orden, transcurridos, además, todos ellos en la casa de Peralta de la Sal. Su familia gozaba de buena posición y, enriquecida con doce hijos, la casa rezumaba piedad: rosario todas las tardes, dirigido por el padre; oración por la mañana y por la noche, antes y después de las comidas; asiduidad a la iglesia; caridad hacia los pobres; vida sobria y hacendosa.
El H. David recibió de su familia numerosos ejemplos que imitar y lo hizo con fruto. Desde pequeño mostró una especial piedad, manifestada en el interés con que seguía las lecciones del catecismo, en su servicio al altar como monaguillo y en otros pequeños pero significativos gestos, como acompañar cada tarde a una anciana hasta su casa después de las funciones religiosas.
No le gustaba la escuela, pero le encantaba la vida del campo, especialmente el riego de la huerta. Ya mayor, acompañaba a su madre y a su hermano mayor al campo y trabajaba con entusiasmo para mejorar la hacienda y la casa. En verano se levantaba temprano para ayudar en las tareas y permanecía en el campo regando hasta bien entrada la tarde.
A los veintiún años hubo de prestar el servicio militar. Permaneció tres meses en Huesca y luego fue enviado a la Capitanía General de Zaragoza como ordenanza de un capitán. No tenía otra ocupación que acompañar a un niño a la escuela y realizar algunos encargos. Al disponer de mucho tiempo libre, visitaba con frecuencia a su hermana Paula, que se encontraba en el Colegio de las Delicias de Zaragoza. Compartía con ella noticias de la familia y le hablaba de su vida en el cuartel. Así supo Paula que su hermano repartía entre los compañeros más pobres el dinero que recibía de su familia.
Con frecuencia rezaban juntos el rosario paseando por el jardín o la huerta y, antes de marcharse, él se dirigía siempre a la capilla para visitar al Señor. Cuando comunicó en casa su decisión de ingresar en la Orden escolapia, su padre lo abrazó y exclamó: «¿Qué te falta en casa, que te quieres ir de nosotros?». A su hermana le explicó su decisión con estas palabras: «Ya tengo veintiún años y no he hecho nada por Dios». A su madre no le agradó su partida, tanto más cuanto que, tras su regreso del servicio militar, con él había vuelto también la alegría al hogar.
Durante el período de prueba en Estella le fueron confiados los trabajos de la huerta, a los que se dedicó con el mismo interés y cuidado que en su casa. Cuando algunos vecinos le decían: «¿Para eso has dejado tu casa, para hacer ricos a los frailes?», respondía: «¡Qué tontos son los que no se dan cuenta de que el provecho es para mí y no para ellos!».
Concluido el período de prueba pasó a Peralta de la Sal, sede del noviciado, donde recibió el hábito escolapio el 4 de junio de 1931 y emitió la primera profesión como hermano lego el 12 de junio de 1932. Hizo la profesión solemne en Peralta de la Sal el 28 de junio de 1935. Su vida religiosa transcurrió íntegramente en Peralta, dedicado a los trabajos de la cocina y del huerto.
Llevó una vida marcada por la sencillez y la humildad, con conducta intachable y gran espíritu de oración. Durante el noviciado supo aprovechar los ejemplos de virtud que le ofrecían religiosos escogidos, como los PP. Faustino Oteiza y Manuel Segura.
Cuando el 23 de julio de 1936 llegó a Peralta de la Sal un grupo procedente de Binéfar con la intención de incendiar el colegio, el H. David, junto con los demás religiosos, novicios y postulantes, se dirigió al oratorio del noviciado para recibir la absolución y prepararse para el martirio. Fue él quien comunicó al rector la retirada del grupo, lo que permitió a la comunidad un breve respiro. Seguidamente se dirigió a la cocina para preparar la cena.
A las 20:30 horas, sin embargo, los religiosos, junto con novicios y postulantes, fueron obligados a abandonar el colegio y encerrados en Casa Llari. El H. David Carlos llegó poco después junto con el rector, el P. Dionisio Pamplona, escoltados por hombres armados.
En Casa Llari se procuró mantener un clima religioso, marcado por la oración, en una auténtica atmósfera martirial. Los religiosos —tres padres y dos hermanos— eran plenamente conscientes de su condición de prisioneros, sobre todo tras el asesinato del P. Dionisio Pamplona. Esperaban ser ajusticiados en cualquier momento.
En la mañana del 28 de julio llegaron a Peralta personas de fuera del pueblo con la intención de matar a los religiosos. El H. David fue una de las víctimas elegidas, junto con el P. Manuel Segura. El día 25, fiesta de Santiago Apóstol, había sido confortado con la Eucaristía, quedando así espiritualmente preparado para dar testimonio de su fe.
Antes de partir dio un abrazo afectuoso al P. Faustino Oteiza y al H. Florentín Felipe, y se dirigió serenamente hacia el coche que le esperaba a la puerta de Casa Llari. Al pasar por la plazuela del colegio quedó profundamente impresionado al ver las imágenes sagradas y los ornamentos de la iglesia esparcidos por el suelo y, sobre todo, la estatua de San José de Calasanz derribada. Era muy devoto del fundador de las Escuelas Pías y esta visión le causó un gran dolor.
En aquella misma plazuela recibió también, al igual que el P. Manuel Segura, la bofetada de un joven que había subido al estribo del coche. La aceptó sin pronunciar palabras de resentimiento.
Parecía que el H. David no estaba destinado a la muerte, por no ser sacerdote y ser conocido como trabajador ejemplar. Por ello se le propuso que, si quería salvar la vida, bastaba con que se quitase el hábito religioso. Ese gesto habría sido considerado suficiente para reparar sus supuestos errores pasados. Pero el H. David rechazó la propuesta, pues para él significaba renegar de su fe y de su identidad de religioso. Respondió con sencillez que podían matarlo.
Y así sucedió. Apenas el coche llegó a un punto de la carretera de Gabasa, desde donde se divisa Purroy, fue obligado a descender junto con el P. Manuel Segura y conducido a un lugar con carrascas, a unos cincuenta metros de la carretera.
Lo sucedido en aquellos momentos, aparte de los disparos y de la quema de los cuerpos, no ha podido conocerse con certeza. Hay quien afirma que el H. David se arrodilló y aguardó la muerte en esa posición. Lo que sí es seguro es que su rostro estaba vuelto hacia el cielo y sus manos cruzadas sobre el pecho.
Su cadáver, al igual que el del P. Manuel Segura, fue rociado varias veces con gasolina y quemado. De sus restos quedó muy poco: algo de ceniza y algunos fragmentos de hueso, que se conservan actualmente en la iglesia escolapia de Peralta de la Sal.
El cielo fue su única tumba, como reza la inscripción colocada en el pequeño monumento erigido en el lugar donde sufrió el martirio el 28 de julio de 1936.
Beato Faustino Oteiza Segura
Sacerdote, Sch. P.
Nacimiento: Ayegui (Navarra), 14 de febrero de 1890
Martirio: Azanuy (Huesca, diócesis de Lérida), 9 de agosto de 1936
Edad: 46 años
Vistió el hábito religioso en Peralta de la Sal el 9 de noviembre de 1905 y emitió la primera profesión el 15 de agosto de 1907. Cursó los estudios filosóficos en Irache y los teológicos en Alcañiz. Hizo su profesión solemne en Alcañiz el 15 de julio de 1912. Recibió la ordenación sacerdotal en Tarrasa el 14 de septiembre de 1913.
Desde la infancia, transcurrida en Ayegui, su pueblo natal, y más aún desde que frecuentó las Escuelas Pías de Estella, se distinguió por una bondad, piedad, aplicación y seriedad poco comunes en niños de su edad. Una de las impresiones que más profundamente se le grabaron fue la larga fila de jóvenes escolapios que recorrían las calles de Estella procedentes de Irache —a un kilómetro de Ayegui—, donde se encontraba la Casa Central de estudios de las Escuelas Pías de España. Venciendo su timidez, Faustino les pedía estampas de San José de Calasanz y de la Virgen de las Escuelas Pías, que conservaba cuidadosamente entre sus pertenencias.
Hacia los catorce años sufrió un grave ataque de pulmonía que lo llevó al umbral de la muerte, hasta el punto de recibir el viático. Una vez restablecido, solicitó el ingreso en la Orden de las Escuelas Pías como clérigo, dando así cumplimiento a su deseo de ser sacerdote, cultivado desde la infancia.
Desde el 16 de febrero de 1912 fue encargado de enseñar en la «Escuela de niños» de Peralta de la Sal, única escuela del pueblo y frecuentada por todos los niños del lugar. En 1919 fue nombrado ayudante del maestro de novicios, cargo que ejerció hasta 1926, cuando fue designado maestro de los mismos novicios. Desde entonces, su vida quedó enteramente dedicada a la formación de los jóvenes escolapios. Sus antiguos novicios conservaron siempre un grato recuerdo de él, considerándolo un hombre de Dios, seriamente empeñado en el camino de la perfección.
Desde niño había deseado ser sacerdote para poder celebrar diariamente la santa misa. Una vez ordenado, la celebraba con tal fervor que contagiaba a los fieles. Los novicios disputaban entre sí por servirle en el altar. Al hacerse escolapio, el P. Faustino era consciente de que podía verse llamado al martirio.
El Señor comenzó a prepararlo no solo infundiéndole santos deseos, sino también poniéndole la cruz sobre los hombros con muchos años de anticipación. En febrero de 1920 cayó víctima de una enfermedad que lo marcaría para el resto de su vida. Aunque se recuperó pronto, le quedó un temblor crónico, fuente constante de molestias: la enfermedad de Parkinson. A pesar de ello, nunca permaneció inactivo ni abandonó del todo la escuela.
Desde 1931 comenzaron a manifestarse en algunas zonas de España actitudes antirreligiosas. El P. Faustino Oteiza, entonces maestro de novicios en Peralta de la Sal, supo tranquilizar a los familiares de los novicios que temían por sus hijos, aunque él mismo comprendía que la hora de la prueba llegaría. Ese mismo año escribió a sus familiares:
«Si llegara el caso, que no espero, de derramar mi sangre por Jesucristo, con su divina gracia, con gusto la daré. ¿Puede darse una mayor dicha?».
El 8 de noviembre de 1933, por la tarde, llegó a Peralta un camión lleno de extremistas, que, unidos a otros hombres del pueblo, formaban un grupo de unas ochenta personas. Convencidos de que la revolución había triunfado en toda España, intentaron incendiar el cuartel de la Guardia Civil y el colegio de los Padres Escolapios, sin lograrlo. A pesar de que las salidas del pueblo estaban bloqueadas, dos jóvenes pudieron huir y dar la alarma en Benabarre. Los padres, conocedoras las intenciones de los asaltantes, abandonaron el colegio vestidos de paisano y se refugiaron en casas amigas. Solo permanecieron en el colegio el P. Faustino Oteiza y el H. David Carlos. Hacia las cuatro y media de la madrugada siguiente, cerca de cuarenta guardias civiles entraron en Peralta y obligaron a huir a los forasteros.
Lo que no ocurrió en 1933 se produjo, en cambio, en julio de 1936. La comunidad escolapia vivía en un clima de creciente temor, especialmente tras la formación de un comité revolucionario, pronto sustituido por otro más violento.
La tarde del 23 de julio de 1936, por orden del comité, todos los religiosos, novicios y postulantes fueron obligados a abandonar el colegio y trasladarse a Casa Llari, convertida en cárcel provisional. El P. Faustino, a pesar de su delicado estado de salud, compartió la suerte de sus hermanos. En Casa Llari vivió como quien se prepara conscientemente al martirio y ayudó a los demás a afrontarlo con valentía, serenidad y perdón hacia los perseguidores.
Tras el asesinato del P. Dionisio Pamplona, del P. Manuel Segura y del H. David Carlos, solo permanecían con vida de la comunidad de Peralta el P. Faustino Oteiza y el H. Florentín Felipe.
El 29 de julio, por orden del comité, los cuatro novicios que aún se encontraban con los religiosos fueron sacados de Casa Llari y entregados a familias del pueblo. El P. Faustino y el H. Florentín, en cambio, fueron trasladados a Casa Zaydín, donde permanecieron hasta el día de su martirio.
Los últimos días de su vida el P. Faustino los pasó en oración y escribiendo cartas al P. Provincial de Aragón y a los familiares de sus hermanos asesinados. Durante las visitas de novicios, postulantes y vecinos, tenía siempre palabras de ánimo. Cada tarde rezaba el santo rosario acompañado por las mujeres de Casa Zaydín. Al no poder celebrar misa, hacía que uno de los novicios le leyera las oraciones litúrgicas del día y la plegaria eucarística, realizando después la comunión espiritual.
Sentía un profundo deseo del martirio y una intensa nostalgia del cielo, llegando incluso a envidiar a sus hermanos llamados antes que él a dar testimonio. En una carta dirigida al P. Provincial escribió:
«Lo que siento es no haber podido participar de su dicha. Tal vez, como inútil, el Señor me tendrá reservado solo el papel del criado de Job, que se libró de la catástrofe para darla a conocer al amo. Cúmplase siempre la voluntad de Dios».
El 9 de agosto, al terminar la comida, se presentaron en Casa Zaydín dos hombres que comunicaron a los religiosos que, por orden del comité, debían acompañarlos a Fonz para declarar en una causa. El P. Faustino comprendió que era un pretexto y dijo en voz alta al anciano H. Florentín, próximo a cumplir ochenta años:
«¡Hala, H. Florentín, que nos vamos al cielo!».
Este respondió serenamente, con los ojos alzados:
«¿Qué dice, Padre, que nos vamos al cielo? Pues, ¿qué vamos a hacer, si así lo quiere Dios?».
Concedido un breve tiempo para prepararse, el P. Faustino confesó a los presentes y dispuso su propia alma. Previendo que su cuerpo sería arrojado entre las malezas, se vistió de paisano para evitar la profanación del hábito religioso. Antes de partir renovó sus votos y dio su bendición sacerdotal a los presentes, que la recibieron de rodillas, llorando, y pidiéndole que orara por ellas en el cielo. El Padre respondió:
«Sí, sí. Me acordaré de todos, pediré por todos y por nuestros enemigos».
Hacia las cuatro de la tarde se detuvo un coche ante Casa Zaydín y los dos religiosos fueron obligados a subir. La calle estaba llena de gente, llegada para despedir a los últimos religiosos de Peralta. Todos permanecieron de pie, en respetuoso silencio, hasta que el coche desapareció rumbo a Azanuy. A unos cuatro kilómetros del pueblo fueron obligados a bajar y fusilados.
Sus cadáveres fueron rociados con gasolina para ser quemados, pero el fuego no llegó a destruirlos. Por orden del comité de Azanuy fueron enterrados en el mismo lugar del martirio.
En memoria de ambos religiosos se erigió un pequeño monumento con esta inscripción:
«Aquí dieron su vida por Dios y por España los escolapios de Peralta de la Sal, R. P. Faustino Oteiza y H. Florentín Felipe. 9-8-1936».
Terminada la guerra, sus restos fueron trasladados a la iglesia escolapia de Peralta de la Sal, donde actualmente se conservan.
Beato Florentín Felipe Naya
Hermano, Sch. P.
Nacimiento: Alquézar (Huesca), 10 de octubre de 1836
Martirio: Azanuy (Huesca, diócesis de Lérida), 9 de agosto de 1936
Edad: 79 años
Tuvo unos padres buenos y honrados, humildes trabajadores. Su madre, mujer virtuosa y ejemplar, murió santamente. Su padre, también fervoroso cristiano, tenía un hermano sacerdote que fue párroco en Junzano. Su hermana mayor, Joaquina, fue religiosa capuchina en un convento de Huesca.
Terminada la escuela elemental, Francisco —como se llamaba antes de tomar el hábito religioso— se dedicó al trabajo del campo. Parecía que iba a ser campesino durante toda su vida, pero el Señor tenía otros proyectos para él. Al llegar a la mayoría de edad fue tomado al servicio del más rico propietario de Alquézar, Antonio Sánchez, quien tenía también casa en Barbastro, situada frente al obispado y conocida como «La Muela». La esposa de este propietario mantenía buenas relaciones con los padres escolapios de Barbastro. Observando la modestia, la obediencia y la inclinación a la vida religiosa de su servidor, facilitaron su ingreso en las Escuelas Pías de Barbastro, donde Francisco siguió con entusiasmo su vocación escolapia.
Pidió ser admitido como hermano lego. Sus virtudes, sencillas pero sólidas, se manifestaron pronto durante los años de noviciado, que transcurrieron en Peralta de la Sal. Allí recibió el hábito escolapio el 27 de febrero de 1876. Emitió la primera profesión como hermano lego el 7 de marzo de 1880 y la profesión solemne en Zaragoza el 29 de abril de 1883.
Sus años de vida religiosa, dedicados principalmente a la cocina y al comedor, transcurrieron en los colegios de Zaragoza (1880-1886 y 1894-1899), Tafalla (1886-1887 y 1889-1913), Molina de Aragón (1887-1894), Pamplona (1913-1919), Alcañiz (1919-1921) y Peralta de la Sal (1929-1936).
Fue cocinero durante casi toda su vida, salvo raras ocasiones en que se ocupó de la escuela de los más pequeños. A los sesenta y cuatro años cambió el oficio de cocinero por el de refitolero, debido al deterioro de la vista. Durante nueve años desempeñó este humilde servicio prodigando atenciones a padres y hermanos. Caritativo con sus iguales, era obsequioso con los sacerdotes y profundamente reverente con los superiores.
En Peralta de la Sal, adonde llegó ya anciano en 1929, continuó trabajando en la medida que se lo permitían la edad avanzada, la creciente ceguera, la sordera y los persistentes problemas estomacales que le acompañaban desde hacía años. En los últimos tiempos, cuando ya no podía trabajar, dedicaba largas horas a la oración, recitando especialmente el rosario, que tenía siempre entre las manos.
El 23 de julio de 1936 fue el día trágico para la comunidad escolapia de Peralta. Llegaron desde Binéfar cerca de cuarenta milicianos con la intención de incendiar el colegio. El comité logró que se limitaran a obligar a los religiosos a abandonar la casa. Por ello ordenó al P. Dionisio Pamplona, rector del colegio, que la dejara junto con todos sus ocupantes y se trasladaran a Casa Llari.
Así, a las 20:30 de aquel día, el H. Florentín Felipe formó parte de la larga fila de postulantes, novicios y religiosos —unos treinta en total— que descendió las escaleras del colegio, atravesó lentamente la plazuela y llegó a mitad de la calle Mayor, donde se encontraba Casa Llari. Aun encorvado por los años, destacaba por su elevada estatura, su constitución robusta y su cabeza completamente blanca. Vestía una bata negra, que solía usar en casa.
En Casa Llari, requisada días antes y acondicionada como cárcel provisional, los religiosos, novicios y postulantes fueron custodiados por dos guardias. Reunidos en una sala que hacía las veces de comedor, se les sirvió la cena preparada en el colegio por el P. rector y el H. David, acompañados por los milicianos. El H. Florentín afrontó la situación con admirable serenidad, adaptándose a compartir las inevitables incomodidades pese a sus casi ochenta años.
En la medida de lo posible se intentó mantener en Casa Llari el ritmo de vida propio de una casa religiosa. Tuvieron la dicha de recibir la Eucaristía el 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol. Aquella comunión fue el viático para padres y hermanos.
Poco a poco, los postulantes y novicios fueron saliendo de Casa Llari, regresando a sus familias o siendo acogidos por vecinos del pueblo. Esto dejó un gran vacío en la comunidad. Pero el golpe más duro para el H. Florentín y para el P. Faustino Oteiza llegó el 28 de julio, cuando el P. Manuel Segura y el H. David Carlos fueron sacados y conducidos al martirio. De los cinco religiosos iniciales solo quedaban con vida el H. Florentín, anciano, y el P. Faustino Oteiza, enfermo de Parkinson.
El 29 de julio ambos religiosos fueron trasladados por orden del comité a Casa Zaydín, situada a pocos metros de Casa Llari, donde fueron acogidos y cuidados por las hermanas Marina y Aurora Camón.
El H. Florentín, casi sordo y con la vista muy debilitada, pasaba las jornadas rezando el rosario, sentado tranquilamente en un banco fuera de la habitación. Aunque no podía seguir con detalle los acontecimientos, comprendía que en cualquier momento podía llegar para él la hora de la prueba.
El 9 de agosto de 1936 fue el día de su martirio. A primeras horas de la tarde se presentaron en Casa Zaydín dos miembros del comité, asegurando que el P. Faustino y el H. Florentín debían ser conducidos a Fonz para comparecer en una causa. Era uno de los pretextos habituales para ocultar la ejecución.
Cuando el P. Faustino le dijo que se preparase, que iban al cielo, el H. Florentín comprendió que había llegado el momento de dar el supremo testimonio. Su rostro se iluminó, alzó los ojos al cielo y pronunció estas sencillas palabras:
«¿Qué dice, Padre, que nos vamos al cielo? ¡Pues qué vamos a hacer, si así lo quiere Dios!».
Antes de abandonar Casa Zaydín, renovó sus votos religiosos, recibió la bendición sacerdotal del P. Faustino y se despidió de las hermanas Camón, prometiéndoles interceder por ellas desde el cielo. Luego subió al coche que aguardaba ante la casa, ante una multitud silenciosa que despedía respetuosamente a los dos últimos religiosos de Peralta.
El trayecto fue breve. A pocos kilómetros de Azanuy fueron obligados a bajar del coche y conducidos a unos cien metros de la carretera, donde fueron fusilados por las mismas personas que los habían transportado. El beato Florentín estaba a punto de cumplir los ochenta años.
Los cuerpos de ambos religiosos, tras varios intentos fallidos de cremación, fueron sepultados en el mismo lugar del martirio. Sus restos, exhumados después de la guerra, fueron trasladados a la iglesia escolapia de Peralta de la Sal, donde aún se conservan.
CONCLUSIÓN
La historia de los 13 escolapios mártires no es únicamente un relato de violencia y muerte, sino, sobre todo, una proclamación silenciosa de fidelidad, perdón y amor a Dios hasta el extremo. En medio del odio, la persecución y el desarraigo, estos religiosos supieron mantener la serenidad del espíritu, la confianza en la voluntad divina y la caridad hacia todos, incluso hacia quienes los conducían a la muerte.
Su martirio, consumado en distintos lugares y circunstancias, culminó una vida entregada a la educación cristiana de niños y jóvenes, fiel al ideal calasancio. No buscaron el sacrificio, pero lo aceptaron cuando llegó, conscientes de que la renuncia a la fe habría sido una traición a su vocación y a su conciencia.
Hoy, su memoria permanece viva como ejemplo luminoso para la Iglesia y para la sociedad: un recordatorio de que la verdad, la fe y la dignidad humana no pueden ser sofocadas por la violencia. Los 13 escolapios mártires siguen hablando con su sangre, invitando a vivir con coherencia, valentía y esperanza incluso en las horas más oscuras de la historia.
