INTRODUCCIÓN
La historia de los mártires de Almería es una de las páginas más dramáticas y luminosas de la persecución religiosa sufrida en España durante el verano de 1936. En un contexto de violencia, odio ideológico y descomposición del orden social, dos obispos —el de Almería y el de Guadix— y siete Hermanos de las Escuelas Cristianas ofrecieron su vida como testimonio supremo de fidelidad a Cristo y a la Iglesia.
Los acontecimientos que llevaron a su martirio no fueron fruto del azar, sino consecuencia directa de un clima político y social hostil a la religión, en el que sacerdotes, religiosos y creyentes se convirtieron en objetivo prioritario. Detenciones arbitrarias, humillaciones públicas, encarcelamientos y trabajos forzados precedieron al desenlace final.
Este relato recoge, con rigor histórico y fidelidad documental, los últimos días de aquellos pastores y educadores cristianos que, conscientes del peligro, rechazaron huir y permanecieron junto a sus fieles y compañeros. Su sangre derramada en tierras de Almería se convirtió en semilla de fe y esperanza para las generaciones futuras.
Los Mártires de Almería (España)
El grupo de los Mártires de Almería (España) está constituido por el obispo de la misma ciudad, por el obispo de Guadix y siete Hermanos de las Escuelas Cristianas que desarrollaban su apostolado educativo en el colegio de San José de Almería.
Sus nombres son:
Mons. Diego Ventaja Milán, obispo de Almería, nacido en Ohanes, provincia y diócesis de Almería, el 22 de junio de 1880.
Mons. Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix, nacido en Lanteira, provincia y diócesis de Granada, el 9 de agosto de 1869.
H. Aurelio María, nacido en Zafra de Záncara, provincia y diócesis de Cuenca, el 22 de marzo de 1890.
H. José Cecilio, nacido en La Molina de Ubierna, provincia y diócesis de Burgos, el 14 de mayo de 1885.
H. Edmigio, nacido en Adalia, provincia de Valladolid y diócesis de Palencia, el 4 de abril de 1881.
H. Amalio, nacido el 6 de agosto de 1886 en Salinas de Oro, Navarra, diócesis de Pamplona.
H. Valerio Bernardo, nacido el 11 de julio de 1909 en Porquera de los Infantes, provincia de Palencia y diócesis de Burgos.
H. Teodomiro Joaquín, nacido el 8 de septiembre de 1907 en Puentedey, provincia y diócesis de Burgos.
H. Evencio Ricardo, nacido en Viloria de Rioja, provincia de Burgos y diócesis de Calahorra, el 5 de marzo de 1907.
Martirio y testimonio
Los dos Obispos y los siete Hermanos de La Salle fueron asesinados a causa de la fe en el verano de 1936.
Estos Obispos ejemplares manifestaron siempre una gran solicitud pastoral por todos sus diocesanos, que les llevó a recorrer infatigablemente sus diócesis para fortalecer y reavivar la fe en momentos verdaderamente difíciles. Sabemos concretamente que a don Diego Ventaja le ofrecieron en diversas ocasiones la posibilidad y las facilidades para huir de la zona del conflicto, y a pesar de todas las insistencias, él repetía que tenía que estar al lado de sus ovejas.
Tanto estos pastores de la Iglesia, los señores Obispos, como estos apóstoles de la Escuela, los Hermanos, nos gritan con su vida y su muerte algo tan sencillo como importante:
«Debemos amar a Dios sobre todas las cosas», estando dispuestos a dar la vida por Él en el servicio a nuestros hermanos y en la confesión de nuestra fe.
Reconocimiento eclesial
El decreto de la Congregación de las Causas de los Santos relativo al reconocimiento de su martirio lleva la fecha del 21 de diciembre de 1992.
Estos mártires fueron beatificados por Juan Pablo II en la Plaza de San Pedro el 10 de octubre de 1993.
Martirio de los dos obispos
Los últimos días de Mons. Diego Ventaja Milán, obispo de Almería, y de Mons. Manuel Medina Olmos, obispo de Guadix, estuvieron unidos y entrelazados con las últimas jornadas de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, presos con ellos.
En Almería, el 24 de julio, tres miembros del Comité revolucionario, armados, entraron en el palacio episcopal y ordenaron al obispo que lo abandonara, porque iban a instalar en él el Gobierno Civil. Le condujeron al cuartel de la Guardia de Asalto y le invitaron a dejar la diócesis, cosa que él rechazó. Mons. Ventaja tuvo que acogerse a la casa del vicario general.
En Guadix, a don Manuel Medina, el día 27, le prendió un grupo de gente que invadió el palacio. Le trataron muy mal: le quitaron el pectoral y el ceñidor, le rompieron la sotana y, después de registrar toda la casa, a empujones, le metieron en un coche y se lo llevaron a Almería. Aquella noche se pudo cobijar, junto a Mons. Ventaja, en casa del vicario general.
Intuyendo el peligro que corría la vida del obispo de Almería, unos oficiales de la marina inglesa le visitaron y le volvieron a ofrecer la posibilidad de salir de Almería a bordo de su nave. El obispo lo rechazó de nuevo, pues debía estar con su grey.
El 5 de agosto los milicianos condujeron a los dos obispos a la comisaría, llevándolos por la calle entre insultos y amenazas del gentío. El 12 de agosto, a las once de la noche, los trasladaron de la comisaría a la cárcel instalada en el convento de las Adoratrices, donde estaban algunos Hermanos de las Escuelas Cristianas y sacerdotes diocesanos. En un primer momento los tuvieron aislados, pero el día 25 los unieron a todos los demás presos y les obligaron a dejar la sotana.
El 28 de agosto los trasladaron al barco-prisión Astoy Mendi y el 29, para humillarlos, les llevaron al acorazado Jaime I, obligándoles a transportar cargas, a fregar la cubierta del barco, a cargar el carbón de la bodega y, luego, a servir la comida a la tropa, entre risas y burlas de los milicianos y marineros. Después los devolvieron al Astoy Mendi.
Por fin, la noche del 29 al 30 de agosto, junto con otros detenidos, los hicieron subir a una camioneta y los condujeron por la carretera de Motril hasta el lugar llamado «Barranco del Chisme», entre Félix y Vícar, donde los hicieron bajar y los colocaron en hilera para fusilarlos.
Mons. Medina pidió permiso para hablar y, según testimonio de uno de los verdugos, dijo:
«No hemos hecho nada que merezca la muerte, pero yo os perdono para que el Señor también nos perdone. Que nuestra sangre sea la última que se derrame en Almería».
El jefe le interrumpió y ordenó disparar.
Luego rociaron los cuerpos con gasolina y los quemaron. Los restos calcinados estuvieron abandonados y mucha gente fue a verlos, hasta que unos campesinos de los lugares cercanos los enterraron. Terminada la guerra, se procedió a la exhumación de los restos que quedaban y los trasladaron a la catedral de Almería.
Perfil biográfico de los obispos
A propósito de la vida y muerte de estos dos obispos escribe Montero:
«Por imposición de los hechos, más que por puro artificio literario, puede hablarse en el caso y el ocaso de los obispos de Almería y Guadix de dos destinos paralelos. Oriundo cada cual de la diócesis que rigió, siguieron ambos una trayectoria fraterna y casi idéntica como canónigos de la abadía sacromontana de Granada y colaboradores de otro insigne colegiado de aquel Cabildo, el P. Manjón».
Don Manuel Medina Olmos, nacido en Lanteira, provincia de Granada y diócesis de Guadix, el 9 de agosto de 1869, recibió una sólida formación eclesiástica en el seminario de su diócesis natal. Tras recibir el sacerdocio a los veintidós años, obtuvo el doctorado en Sagrada Teología y las licenciaturas en Derecho y en Filosofía y Letras en Granada.
Su sacerdocio dejó una profunda huella en diversos campos del apostolado, especialmente como pedagogo catequista. Destacaron sus intervenciones en la Asamblea Mariana de Madrid y en el Congreso Catequístico Nacional de Granada de 1926. Fue rector del Colegio del Sacromonte durante veintitrés años, por sucesivas reelecciones trienales, donde mantuvo una estrecha colaboración y amistad con don Andrés Manjón.
A esta etapa pertenece la conocida frase atribuida a Manjón:
«Usted será obispo y mártir».
El propio interesado asumía ese destino, como revela esta frase conservada por su familia:
«Yo he ofrecido a Dios mi vida por la salvación de España, y el Señor la ha aceptado».
Fue preconizado obispo auxiliar de Granada en diciembre de 1925, consagrado el 26 de mayo de 1926 y nombrado obispo de Guadix-Baza el 12 de octubre de 1928, tomando posesión el 30 de noviembre del mismo año.
Veintitrés años más joven, don Diego Ventaja Milán hizo su entrada como obispo de Almería el 16 de julio de 1935, tras una vida sacerdotal intensa de treinta y tres años. Su formación culminó en la Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo el doctorado en Filosofía y Teología. De regreso a Granada, fue capellán, profesor y más tarde canónigo del Sacromonte.
Colaboró activamente en la obra pedagógica de don Andrés Manjón y llegó a ocupar la vicedirección general de las Escuelas del Ave María. Fue consagrado obispo el 29 de junio de 1935 en la catedral de Granada.
El camino hacia el martirio
El contexto social y político de Almería era profundamente hostil a la Iglesia. La campaña antirreligiosa, alimentada desde la prensa y los mítines callejeros, creó un clima de violencia que culminó tras el estallido de la guerra civil.
Mons. Ventaja se encontraba en su palacio episcopal el día del Alzamiento, tras rechazar quedarse en Granada pese a las advertencias de sus amigos. El 24 de julio fue obligado a abandonar su residencia y trasladarse a la casa del vicario general, donde también acogió posteriormente a Mons. Medina Olmos.
Ambos obispos rechazaron reiteradamente cualquier posibilidad de huida, convencidos de que su deber era permanecer con sus fieles.
Desde su detención, el 5 de agosto, hasta su asesinato, vivieron un auténtico vía crucis de humillaciones, trabajos forzados y vejaciones, tanto en la cárcel de las Adoratrices como en el barco-prisión Astoy Mendi y en el acorazado Jaime I.
La noche del 29 al 30 de agosto fueron sacados del barco junto con otros detenidos y conducidos al barranco de los Chismes, donde fueron asesinados y quemados.
Martirio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas
Almería contaba en 1936 con 19 Hermanos de las Escuelas Cristianas: 15 atendían el Colegio San José y cuatro la Escuela de Las Chocillas. Siete de ellos serían escogidos por Dios para ser coronados con la palma del martirio: los HH. Edmigio, Amalio, Valerio Bernardo, Teodomiro Joaquín, Evencio Ricardo, Aurelio María y José Cecilio.
No sufrieron el martirio en la misma fecha, sino que murieron en tres grupos:
— En la noche del 30 al 31 de agosto: los HH. Edmigio, Amalio y Valerio Bernardo.
— El 8 de septiembre, por la tarde: los HH. Teodomiro Joaquín y Evencio Ricardo.
— La noche del 12 al 13 de septiembre: los HH. Aurelio María, director del colegio, y José Cecilio.
En la noche del 29 al 30 de agosto fueron martirizados dos obispos, que compartieron la prisión con los Hermanos: el de Almería, Mons. Diego Ventaja Milán, y el de Guadix, Mons. Manuel Medina Olmos.
Su proceso y el de los Hermanos de Almería han formado un solo grupo, ya que la documentación y los testimonios sobre sus vidas y su martirio, desde un principio, fueron unidos. Otros Hermanos del mismo colegio estuvieron también en prisión, pero se libraron de la muerte.
En otras provincias ocurrió algo similar a lo de Almería. Así, en las zonas de España bajo dominio republicano, en diversos lugares, fueron martirizados 165 Hermanos de las Escuelas Cristianas. Los Hermanos mártires de Asturias, que murieron en Turón en octubre de 1934, habían sido las primeras víctimas que presagiaban, con la revolución de aquella región de España, el vendaval que se iba a desencadenar en toda la nación veinte meses después.
Las noticias del levantamiento de una parte del ejército español contra el gobierno republicano se extendieron rápidamente a todos los rincones de la nación. Muchos lo esperaban como un alivio; otros lo temían; casi todos intuían que algo tenía que pasar, porque la situación político-social era insostenible.
El 18 de julio los comunicados y consignas se multiplicaron. El Frente Popular, que gobernaba la nación, recomendó que en cada localidad se estableciera un Comité para juzgar a todos los enemigos de la revolución. En Almería, provincia que estaba totalmente dominada por elementos republicanos y por la masonería, se reforzó este Comité, que de hecho ya existía. Lo formaron militantes socialistas, comunistas, republicanos, anárquicos y trotskistas, y lo presidió el anarquista Juan del Águila Aguilera. El criterio que de inmediato adoptaron fue detener a todos los elementos sospechosos de no apoyar la revolución, y de manera especial a los sacerdotes y religiosos.
Los tres días siguientes, del 19 al 21 de julio, la inquietud se extendió, pues todos comentaban que se iba a encarcelar a mucha gente. En algunos sitios se hablaba de huir, de esconderse, de salir de la ciudad. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas pasaron estas tres jornadas en el colegio, esperando acontecimientos. Mientras tanto, comenzaban a llegar noticias de registros, saqueos, detenciones e incluso incendios.
El día 22 fue al colegio el capellán, don Martín Salinas, y, dados los acontecimientos que se temían, optaron por consumir entre todos las sagradas formas conservadas en el sagrario. Hicieron bien, porque a las pocas horas una multitud vociferante del Frente Popular se juntó ante el colegio de los Hermanos. Uno de los cabecillas llamó a la puerta y un Hermano salió a abrir. Dijeron que venían a registrar el colegio y a buscar las armas que escondían. Evidentemente no había ninguna, pero se trataba de un pretexto.
A los Hermanos que encontraron se los llevaron al Ayuntamiento y de allí los encerraron en el Hotel Central. Un diputado socialista, vecino del colegio y bien conocido, llamado Gabriel Pradal, dijo al dueño del hotel: «Aquí quedan éstos, y que no se muevan sin orden mía».
Pero de nada sirvió el mandato, porque a las seis de la tarde entró en el hotel otro grupo del Frente Popular reclamando llevarse a los Hermanos. Entre insultos y agravios de la gente que estaba en la calle, los llevaron a la Casa del Pueblo, luego a la sede del Comité Revolucionario y, por fin, a la cárcel.
Los HH. Teodomiro Joaquín y Evencio Ricardo fueron detenidos el mismo día 22 en la calle, cuando iban a echar a Correos unas cartas para sus familiares. Los llevaron al cuartel de Infantería, donde los encerraron en un calabozo.
Así comenzaba la subida al calvario de los Hermanos. Siete de ellos serían coronados con el martirio.
Los HH. Edmigio, Amalio y Valerio Bernardo estuvieron en la cárcel hasta el día 12 de agosto en condiciones lastimosas: los detenidos se amontonaban en muy poco espacio y carecían de todo, a lo que se añadían las vejaciones y burlas de sus guardianes. Pero ellos no perdieron la calma, a pesar de estar convencidos de que iban a matarlos. Al contrario, fueron modelo para los demás prisioneros, animándolos constantemente a acudir a Dios.
El día 12 los llevaron al barco carbonero Astoy Mendi, convertido también en prisión. Allí los tuvieron hasta el día 30, cuando por la noche los llamaron de nuevo, junto con otros detenidos. Esta vez los sacaban para darles muerte. En una camioneta los transportaron al término de Tabernas, donde había pozos secos y abandonados de más de cuarenta metros de profundidad. Junto a la boca de uno de ellos, llamado «La Lagarta», fueron matando a los presos uno a uno con un tiro en la cabeza y luego los arrojaron dentro.
Cuando fueron exhumados meses más tarde, todos tenían las manos atadas a la espalda. Los médicos estimaron que el H. Valerio Bernardo fue echado al pozo aún con vida y que en la caída se fracturó ambas piernas. El H. Amalio tenía fracturado un brazo.
A los HH. Evencio Ricardo y Teodomiro Joaquín, tras su detención el 22 de julio, los tuvieron encerrados 44 días en un calabozo del cuartel. Un carabinero llamado Melitón Puerto fue su carcelero y les hizo sufrir lo indecible. Cuando se acordaba de llevarles la comida decía en voz alta: «Voy a dar de comer a los perros». Apenas les permitían salir unos minutos al día. Su salud se resintió gravemente, especialmente la del H. Teodomiro, cuyo cuerpo estaba hinchado y amarillento.
Temiendo que muriera en la cárcel, lo trasladaron a la enfermería, pero él pidió volver al calabozo con su compañero, que también estaba enfermo y solo. Días después solicitaron ser trasladados al barco-prisión Astoy Mendi.
Era el 4 de septiembre. Aquel día se presentó uno de los jefes revolucionarios, llamado Garrido, con otros milicianos. Los llevó en coche fuera de la ciudad y, junto a un acantilado llamado «La Garrofa», los interrogó con amenazas de arrojarlos al mar. Aunque comprobaron que no tenían relación alguna con el alzamiento militar, los devolvieron a prisión.
Solo cuatro días después, el 8 de septiembre por la tarde, los llamaron por su nombre. Los condujeron por la carretera de Roquetas de Mar, los apartaron del camino y los mataron, dejando sus cuerpos abandonados. Personas piadosas de los alrededores les dieron sepultura.
Los HH. Aurelio María, director del colegio, y José Cecilio habían sido detenidos el 22 de julio y pasaron por el Hotel Central antes de ingresar en la cárcel. El día 27 los dejaron salir para concluir los arreglos del colegio nuevo, pero el 29 fueron detenidos de nuevo y llevados a la comisaría hasta el 8 de agosto.
Ese día los separaron: al H. José Cecilio lo llevaron al convento de las Adoratrices, convertido en prisión; al H. Aurelio, al puerto, al barco Capitán Segarra. Tres días después se reunieron de nuevo en la cárcel de las Adoratrices, donde permanecieron un mes.
El 12 de septiembre los trasladaron a una nueva prisión: el propio colegio de los Hermanos. Solo estuvieron allí unas horas, pues aquella misma noche los sacaron en una camioneta y los llevaron a la «Venta de los Yesos», en el término de Tabernas. Junto a un pozo abandonado, llamado «Tahal», los mataron de un tiro y arrojaron sus cuerpos al interior.
Ni juicio ni alegaciones. Eran reos de un crimen evidente: ser religiosos.
CONCLUSIÓN
El martirio de los obispos de Almería y Guadix y de los Hermanos de las Escuelas Cristianas constituye un testimonio elocuente de coherencia evangélica y entrega total. En medio del odio, la violencia y la injusticia, supieron responder con serenidad, perdón y fidelidad a su vocación, aceptando la muerte antes que renegar de su fe.
Sus últimos días, marcados por la prisión, la humillación y el sufrimiento, no fueron vividos como una derrota, sino como la culminación de una vida ofrecida a Dios y al servicio de los demás. Ni las amenazas, ni los malos tratos, ni la certeza de una muerte violenta lograron quebrantar su espíritu.
Hoy, al recordar a los mártires de Almería, la Iglesia no solo honra su memoria, sino que reconoce en ellos un ejemplo perenne de valentía cristiana. Su testimonio sigue interpelando a la conciencia de nuestro tiempo y recuerda que la fe vivida con autenticidad puede exigir el sacrificio supremo, pero nunca queda estéril.
