INTRODUCCIÓN
El martirio de Barbastro constituye uno de los episodios más dramáticos y elocuentes de la persecución religiosa sufrida en España durante los primeros meses de la Guerra Civil. En una diócesis eminentemente rural, profundamente arraigada en la fe cristiana, se desató una violencia sistemática cuyo objetivo no fue otro que la erradicación total de todo signo religioso.
Sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos comprometidos fueron perseguidos sin distinción, buscados incluso en los montes, detenidos sin juicio y ejecutados únicamente por su condición de creyentes. El ambiente estaba marcado por el odio ideológico y el deseo expreso de borrar la presencia de la Iglesia. En ese contexto de terror, la diócesis de Barbastro ofreció a la Iglesia un testimonio de fidelidad sin fisuras: no hubo apostasías, ni renuncias, ni silencios cobardes.
Especial relieve adquiere el sacrificio de los 51 misioneros claretianos, jóvenes en su mayoría, que vivieron su cautiverio como una auténtica preparación espiritual para el martirio. Su experiencia comunitaria, su oración constante, su perdón a los verdugos y su gozosa aceptación de la muerte transformaron la cárcel en un verdadero cenáculo y su ejecución en una proclamación pública de fe.
La diócesis de Barbastro en los años de la persecución
La diócesis de Barbastro está situada al nordeste de la provincia de Huesca, dentro de la que ocupa una extensión aproximada de 3.000 kilómetros cuadrados. Limita al norte con la diócesis francesa de Tarbes-Lourdes, de la que está separada por el macizo pirenaico central. Al sur y este, con la diócesis de Lérida, y al oeste con la de Huesca. Atraviesan la diócesis, de norte a sur, los ríos Isábena, Ésera, Cinca y Ara. En 1936, los habitantes eran unos 38.000, aproximadamente, que se distribuían entre las ciento cincuenta y tres parroquias con que contaba la diócesis, parroquias eminentemente rurales, asentadas, en su mayor parte, en las estribaciones y en los valles formados por el Pirineo Central.
Al estallar la Guerra Civil, en 1936, contaba con ciento cuarenta sacerdotes, además de los religiosos, entre los cuales destacaba la comunidad de los PP. Claretianos, y con una veintena de seminaristas. Al frente de la diócesis se hallaba el obispo don Florentino Asensio Barroso, que había hecho su entrada en la diócesis el día 16 de marzo de 1936.
Durante los años de la República, Barbastro había sido muy minado por la masonería y por los partidos de izquierda. Existía, por lo menos, una Logia Masónica. Se instaló una capilla protestante, sin adeptos, que tenía más carácter político que religioso. Lo que importaba era ir contra la Iglesia.
El Ayuntamiento republicano había querido apoderarse del edificio del Seminario Conciliar, alegando presuntos derechos nunca demostrados y, no pudiendo lograr la posesión del edificio por la vía legal, optó por conseguirlo por la fuerza, apoderándose de él después de un dramático asalto y comenzando a derribarlo a principios de 1936. Ya antes se había apoderado de él, pero los Tribunales de Justicia le habían obligado a restituirlo.
El ambiente estaba enrarecido, hostil. Así y todo, los partidos de derechas lograron organizarse y ganaron las elecciones del 16 de febrero de 1936. Quizás este triunfo electoral de la derecha exasperó aún más a los elementos izquierdistas, rabiosamente anticlericales.
Respecto al ambiente en el resto del territorio diocesano, cabe distinguir entre la zona próxima a Barbastro y la zona montañosa. En las proximidades de Barbastro, el ambiente era parecido. En alguna parroquia —antes ya del año 36— se prendió fuego a la iglesia. Sacerdotes hubo que tuvieron que salir de sus parroquias porque en ellas se les hacía la vida imposible. En algunas se prohibió el toque de campanas. Los ayuntamientos se apoderaron de los cementerios. Se insultaba públicamente a los sacerdotes y fácilmente se les denunciaba por los más fútiles motivos, o sin motivo ninguno.
Los primeros momentos tras el 18 de julio de 1936 fueron de actitud expectante. Los elementos de orden confiaban en el Ejército. El jefe de la guarnición les había dado toda clase de seguridades. Cuando los izquierdistas notaron las vacilaciones del mando militar, se lanzaron abiertamente y se hicieron dueños de la situación. El Ejército, entonces, se unió a ellos.
Y, por si fuera poco, comenzaron a llegar inmediatamente brigadas y más brigadas de milicianos —y milicianas también— de los barrios bajos de Barcelona, que se dirigían al frente de Huesca. Barbastro era paso obligado y cuartel general. Todo ello puso la situación a punto y comenzaron las matanzas.
La idea religiosa —mejor dicho, antirreligiosa— obsesionaba. Parecía como si no tuvieran otro objetivo más que destruir y hacer desaparecer todo lo que significase algo en el orden religioso. Indudablemente, había consigna —recibida de donde fuera— de que no quedase ni un solo sacerdote. Se les buscaba por los montes, incluso con perros de caza, azuzándolos para que olfateasen el rastro.
El ser sacerdote era motivo más que suficiente para justificar la muerte. Es muy curioso y muy sintomático lo ocurrido con don José Santos, párroco de Fornillos. Fue el único sacerdote, en toda la diócesis, que fue sometido a las apariencias de un proceso legal. Hubo desfile de testigos. Todos declararon en favor del sacerdote. Sus feligreses le querían. El tribunal no halló en él nada punible, pero era sacerdote y, por lo tanto, había que condenarlo a muerte. Y lo condenaron y lo mataron.
En Barbastro comenzó esta orgía de sangre por instigación del tristemente famoso anarquista Durruti. Por el ámbito de la diócesis hubo tres o cuatro comités, constituidos en los primeros momentos, que se hicieron desgraciadamente célebres: el comité de Mediano, compuesto por algunos de los obreros que trabajaban en las obras del Pantano; el de Aínsa, compuesto por unos cómicos ambulantes; el de Graus; el de Naval, etc.
Tal fue la saña y el empeño con que fueron buscados los sacerdotes que, de los ciento cuarenta con que contaba la diócesis en 1936, cayeron ciento catorce. Solo lograron salvarse veintiséis. Y téngase presente que los que se salvaron dentro del territorio de la diócesis —en odiseas escalofriantes e increíbles— fueron solamente ocho. El resto se salvó por hallarse fuera de la diócesis, por lograr cruzar la frontera francesa o por ocultarse en Barcelona.
Hubo indudablemente ambiente de martirio. Por parte de los verdugos, porque la tarea más importante para ellos fue la persecución religiosa. Aun los seglares que murieron, en su mayor parte, fueron sacrificados no por motivos políticos, sino por ser católicos. La Sección de la Adoración Nocturna de Barbastro vio diezmadas sus filas en un cincuenta por ciento. Y los Jóvenes de Acción Católica ofrecieron dieciocho mártires de entre sus filas.
Por parte de las víctimas no hubo ni una sola defección. Bien es verdad que, en muchos casos, nada concreto ha sido posible averiguar. No hubo más testigos de su martirio que los verdugos y los ángeles del cielo. Fueron los soldados desconocidos de esta batalla. Pero, a buen seguro, si alguno de ellos hubiera sido débil, ya se habrían encargado los mismos verdugos de propagarlo a los cuatro vientos.
En todos los testimonios recogidos acerca de los sacerdotes aparece indefectiblemente la conciencia de su martirio, las palabras de perdón y el «¡Viva Cristo Rey!», que fue el grito de guerra. Los que lograron despedirse de los suyos lo hicieron invariablemente con un «hasta el cielo». Los sacerdotes fusilados en Graus iban esposados de dos en dos y rezando el Rosario. Sacerdote hubo, de temperamento pusilánime, que exteriorizó reiteradamente su repugnancia, pero cuando llegó el momento de su detención exclamó: «Se ve que el Señor me quiere para mártir».
Esta persecución costó a la diócesis de Barbastro la muerte de su obispo —cuyo proceso de canonización por martirio está en curso—, de ciento catorce sacerdotes del clero secular, de cinco seminaristas, de cincuenta y un misioneros del Inmaculado Corazón de María, de nueve padres escolapios y de dieciocho monjes benedictinos.
En el orden material, el Seminario quedó convertido en un montón de escombros. Cuatro iglesias quedaron reducidas a solar en Barbastro y otras cuatro en el resto de la diócesis. Más de doscientas iglesias fueron saqueadas, con sus objetos de culto totalmente destruidos y quemados. Ni una sola iglesia se salvó de la devastación en toda la diócesis. Los templos fueron, en su mayor parte, destinados a usos profanos: garajes, almacenes y, en algunos casos, salones de baile.
Datos generales sobre el martirio de los 51 claretianos
El martirio de los 51 Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, claretianos, de Barbastro, aconteció durante el mes de agosto de 1936, en los inicios de la Guerra Civil española. Conocemos los detalles de su martirio gracias a las relaciones escritas y a los testimonios orales de dos estudiantes claretianos, compañeros de prisión de nuestros mártires, que fueron liberados en el último momento por ser de nacionalidad argentina. Sus nombres son Pablo Hall y Atilio Parussini.
La afirmación repetida por los milicianos de que bastaba que los misioneros abandonasen sus compromisos religiosos para salvar la vida apunta a una hostilidad no contra las personas, sino contra lo que representaban: la fe, la Iglesia. «No odiamos vuestras personas —les dijeron—; lo que odiamos es vuestra profesión». «Nos fusilan únicamente por ser religiosos», dejarán escrito algunos de estos mártires.
La Comunidad claretiana de Barbastro estaba formada por sesenta misioneros: nueve sacerdotes, doce hermanos y treinta y nueve seminaristas a punto de recibir la ordenación sacerdotal.
El lunes 20 de julio de 1936 la casa fue asaltada y registrada, infructuosamente, en busca de armas, y fueron arrestados todos sus miembros.
El superior, P. Felipe de Jesús Munárriz, el formador de los seminaristas, P. Juan Díaz, y el administrador, P. Leoncio Pérez, fueron llevados directamente a la cárcel municipal. A los ancianos y enfermos los trasladaron al Asilo o al Hospital. Los demás fueron conducidos al colegio de los Escolapios, en cuyo salón de actos quedaron encerrados hasta el día de su ejecución.
Su paso por las calles de Barbastro fue como una procesión; los testigos recuerdan el recogimiento de los religiosos, «como si volvieran de comulgar», y así era en verdad, pues antes de salir de casa habían comulgado todos.
En su breve estancia en la cárcel, los tres responsables de la comunidad claretiana fueron verdaderamente ejemplares: nunca se quejaron, animaron a sus compañeros detenidos y por ellos se sacrificaron, rezaron intensamente por sí mismos y por sus perseguidores, se confesaron y confesaron a otros encarcelados. Sin ninguna clase de juicio, simplemente por ser sacerdotes, fueron fusilados a la entrada del cementerio al alba del día 2 de agosto.
Los encarcelados en el salón de los Escolapios, desde el primer momento, se prepararon para morir. «Pasamos el día en religioso silencio y preparándonos para morir mañana; sólo el murmullo santo de las oraciones se deja sentir en esta sala, testigo de nuestras duras angustias. Si hablamos es para animarnos a morir como mártires; si rezamos es para perdonar. ¡Sálvalos, Señor, que no saben lo que hacen!», escribía uno de ellos.
Durante los primeros días de cautiverio pudieron recibir la comunión clandestinamente, y la Eucaristía fue el centro de su vida y el origen de su fortaleza. La oración, el rezo del Oficio de los mártires y el rosario los fueron preparando interiormente para la muerte.
Hubieron de soportar las incomodidades de la cárcel, pero sobre todo el racionamiento del agua, en pleno verano. Fueron atormentados con simulacros de fusilamiento. «Más de cuatro veces recibimos la absolución creyendo que la muerte se nos echaba encima», testimonia Parussini. «Un día estuvimos casi una hora sin movernos esperando de un momento a otro la descarga».
Les introdujeron prostitutas en el salón para provocarles, con la amenaza de fusilamiento inmediato en caso de contrariarlas. Pero ni uno solo claudicó. Tampoco sirvieron de nada las ofertas de liberación que varios de ellos recibieron de milicianos: prefirieron seguir la suerte de sus compañeros y morir mártires como ellos.
Estaban convencidos de que iban a ser mártires. Escribía uno de ellos el 10 de agosto a sus familiares: «El Señor se digna poner en mis manos la palma del martirio; al recibir estas líneas canten al Señor por el don tan grande y señalado como es el martirio que el Señor se digna concederme… Yo no cambiaría la cárcel por el don de hacer milagros, ni el martirio por el apostolado que era la ilusión de mi vida».
Del día 12 son estos otros testimonios de su gozosa conciencia martirial:
«Con el corazón henchido de alegría santa, espero confiado el momento cumbre de mi vida, el martirio»;
«así como Jesucristo en lo alto de la cruz expiró perdonando a sus enemigos, así muero yo mártir perdonándolos de todo corazón»;
«morimos todos contentos por Cristo y su Iglesia y por la fe de España»;
«no lloréis por mí; Jesús me pide la sangre; por su amor la derramaré: seré mártir, voy al cielo».
Estos escritos fueron estampados en pequeños papeles, en envoltorios de chocolate, en las paredes y en un taburete de piano.
Fueron llevados al martirio en grupos, en distintos días.
El primer grupo, en la madrugada del día 12, lo formaban los seis mayores: los PP. Sebastián Calvo, Pedro Cunill, José Pavón, Nicasio Sierra, el subdiácono Wenceslao María Claris y el Hermano Gregorio Chirivás. Acudieron sin resistencia al llamamiento de sus verdugos; les ataron las manos a la espalda y de dos en dos los amarraron codo con codo. El P. Secundino María Ortega, desde el escenario, les dio la absolución. A las cuatro menos siete minutos se oyeron las descargas. Antes de disparar, los milicianos les ofrecieron por última vez la posibilidad de apostatar, pero se mantuvieron fieles hasta el final.
Desde aquel momento, los que quedaban comenzaron a prepararse «próxima y fervorosamente para la muerte». Consignaron por escrito y firmaron la “Ofrenda última a la Congregación de sus hijos mártires”:
«Agosto 12 de 1936. En Barbastro. Seis de nuestros compañeros ya son mártires; pronto esperamos serlo nosotros también; pero antes queremos hacer constar que morimos perdonando a los que nos quitan la vida y ofreciéndola por la orientación cristiana del mundo obrero, por el reinado definitivo de la Iglesia Católica, por nuestra querida Congregación y por nuestras queridas familias».
La noche siguiente, cuando el reloj de la catedral daba las doce, los milicianos irrumpieron en el salón y leyeron una lista de veinte nombres. Ninguno desfalleció ni mostró cobardía. El P. Luis Masferrer, único sacerdote que quedaba, les dio la absolución. Los demás los vieron subir al camión y oyeron sus aclamaciones a Cristo Rey y sus cánticos misioneros. A la una menos veinte del día 13 se oyeron claramente las detonaciones y los tiros de gracia.
Los últimos veinte fueron llevados al martirio al amanecer del día 15, fiesta de la Asunción de María y aniversario de la profesión de la mayoría. Antes dejaron escrito lo que puede considerarse su testamento espiritual, en el que expresaban su gozo, su perdón, su amor a Cristo, a la Iglesia y a la Congregación, y su deseo de que su sangre no fuera vengadora sino fecunda.
De los dos jóvenes seminaristas internados en el hospital por enfermedad, Jaime Falgarona y Atanasio Vidaurreta, los compañeros recuerdan cómo, al ser llamados pasada la medianoche del día 18, se confesaron con un sacerdote prisionero y, junto con otros sacerdotes y seglares católicos, fueron llevados sin juicio al martirio.
El reconocimiento de su heroicidad fue inmediato por parte de la ciudad de Barbastro y de la Congregación Claretiana. En sus testimonios y escritos queda patente su amor apasionado a Jesucristo, su entrega filial al Corazón de María, su pertenencia gozosa a la Iglesia y a la Congregación, su afecto a las familias y su deseo de perdón y reconciliación.
Herederos del espíritu apostólico de San Antonio María Claret, se habían preparado con ilusión y mirada universal para un próximo ministerio misionero.
El decreto del martirio fue promulgado el 7 de marzo de 1992. Sus restos se veneran en la Iglesia del Corazón de María de Barbastro. Fueron beatificados el 25 de octubre de 1992 en la Plaza de San Pedro.
Testimonio de los Mártires Claretianos
La comunidad mártir de Barbastro se convirtió en modelo de aquella comunidad misionera que es más mística que estructura, más fraternidad que mera organización, más ayuda y acompañamiento que carga. Estar en período de formación inicial no les impidió ofrecernos en la cárcel el ejemplo de una admirable madurez en la vivencia de la fraternidad y del misterio de la comunidad.
Pensaban sus verdugos que, al separarles de sus superiores, debilitarían la firmeza de los jóvenes; sin embargo, fue más fuerte la comunión fraterna. Supieron permanecer juntos; entre ellos surgió una mística colectiva que mantuvo alta su moral e inquebrantable su decisión. Formaron una comunidad regida por el Espíritu y por el amor mutuo.
La comunidad alentó a José María Blasco, que se sentía débil y temeroso ante la muerte; oró por él y con él. Protegió y ayudó a Esteban Casadevall, acosado por una prostituta enamorada. Aquellos jóvenes misioneros supieron anteponer la comunidad a sus intereses individuales. Salvador Pigem rehusó la oferta de liberación que un miliciano le hizo para poder compartir en solidaridad la suerte de sus hermanos; lo mismo hicieron Miguel Masip y el Hermano Manuel Torras.
Formaron una comunidad orante. La conjunción entre sufrimiento y oración hizo florecer en ellos el don de la perseverancia hasta el fin. Se ingeniaron para ir rezando cada uno el Oficio de Mártires y el Oficio parvo a la Virgen, y, sobre todo, para poder comulgar, haciendo así del Pan Eucarístico el centro de aquella comunidad encarcelada y el vigor de su intensa y recia espiritualidad.
El Señor, Pan Eucarístico, se hizo clandestinamente presente entre ellos, sin ser notado por los carceleros. Con celeridad sorprendente aprendieron a hacerse también ellos pan partido y vino derramado por la vida del mundo. Aquellas comuniones les prepararon para la última y definitiva entrega del cuerpo y para hacer frente a los males del mundo. La presencia sacramental y la acogida del Señor en medio de ellos nos dan razón de todo lo que en nuestros hermanos mártires admiramos.
Los jóvenes misioneros de la comunidad mártir de Barbastro eran entusiastas. Encerraban en su corazón muchos sueños. La intensidad con que vivieron los últimos días hizo que éstos afloraran en sus cartas, exclamaciones, cantos, ofrecimientos, oraciones y confidencias. Unos esperaban ser enviados a Oriente; otros se veían en las misiones populares; otros dedicados a los estudios eclesiásticos o atendiendo a los problemas sociales. El único carisma aparecía multicolor y armónico en la variedad de carismas personales.
Y, sin embargo, supieron renunciar a sus sueños y proyectos. Comprendieron que la misión no es sólo acción, es también —y, a veces, sobre todo— pasión. Ni siquiera el apostolado y el sacerdocio, con ser tan importantes en su vida misionera, tenían mayor relevancia ante lo que Dios les pedía. «Yo no cambiaría la cárcel —decía Ramón Illa— por el don de hacer milagros, ni el martirio por el apostolado, que era la ilusión de mi vida». «Quisiera ser sacerdote y misionero, ofreciendo el sacrificio de mi vida por las almas», escribía Luis Javier Bandrés. Luis Lladó decía: «Muero tranquilo cumpliendo mi deber».
La primacía absoluta de Dios en el corazón hace que se relativice todo lo demás. Por este motivo todos estaban contentos y se felicitaban, como los apóstoles, por haber sido hallados dignos de sufrir algo por el nombre de Jesús.
La incondicionalidad de su entrega tampoco se vio frenada por el amor a la familia. Manifestaban ternura y profunda preocupación por sus seres queridos y por sus paisanos, pero nunca los antepusieron al martirio. El desprendimiento radical de la familia, que habían profesado como misioneros, se hacía ahora efectivo sin negar lo más bello de los sentimientos humanos.
«No lloréis por mí —escribía Salvador Pigem—. Soy mártir de Jesucristo. Mamá, no lloréis por mí, Jesús me pide la sangre; por su amor la derramaré; seré mártir, voy al cielo. Allá os espero». Y un día antes de su muerte escribía José Figuero a sus padres y hermanos: «Pronto voy a ser mártir de Jesucristo. No lloren por mi muerte, pues morir por Jesucristo es vivir eternamente. Yo, en estos instantes, ruego al Señor les dé fortaleza para sobrellevar tan rudo golpe. Nunca como ahora les ama su hijo que muere sereno y tranquilo porque muere por Jesucristo».
Formaron una comunidad a la que nada arredra. Un grupo entusiasmado que, camino del suplicio, cantaba y gritaba la gloria de Dios, la salvación del mundo, el reinado social de Cristo y del Corazón de María. Proclamaron sin complejos su amor a la Iglesia, a la Congregación, a la familia, a los obreros y a los pueblos o regiones donde nacieron.
El himno «Jesús, ya sabes…» se convirtió para ellos en canto apocalíptico, en el «cántico nuevo» de los vencedores: luchar, vencer, cumplir y caer abrazados con su ideal. ¿Y qué ideal? «¡Por ti, Rey mío; por ti, mi Reina, la sangre dar!». Murieron gritando «¡Viva Cristo Rey!», es decir, profesando su fe en el Reino de Dios realizado en Cristo Jesús.
Este entusiasmo vocacional, propio de un grupo comunitario lleno de mística, no permitió fisuras para el cálculo, la duda, el desaliento ni el miedo. Por el contrario, polarizó todas sus facultades en torno al Absoluto de su vida y estableció aquella jerarquía de valores que pone cada cosa en su sitio sin despreciar nada. En su martirio cobró sentido su proyecto de vida y cada uno de los aspectos que lo integraban.
Murieron perdonando a quienes les quitaban la vida. Se sentían poseídos por la misma compasión y misericordia de Dios. Ese fue su supremo testimonio de amor: perdonar, como Jesús, a sus perseguidores y verdugos.
En un muro del colegio de los PP. Escolapios, donde estuvieron encarcelados, pudo leerse durante varios años esta inscripción: «Perdonamos a nuestros enemigos… A los que vais a ser nuestros verdugos, os enviamos nuestro perdón». Al desenterrar a Salvador Pigem, encontraron en el bolsillo de la sotana un calendario en el que había escrito: «Nos matan por odio a la Religión. Domine, dimitte illis».
En el taburete del piano del salón aparecieron escritos de perdón: «Perdono de todo corazón a todos los que voluntaria o involuntariamente me hayan ofendido»; «Así como Jesucristo en lo alto de la cruz expiró perdonando a sus enemigos, así muero yo mártir perdonándolos de todo corazón y prometiendo rogar de un modo especial por ellos y sus familiares»; «Sólo el murmullo santo de las oraciones se deja sentir en esta sala, testigo de nuestras duras angustias; si rezamos, es para perdonar a nuestros enemigos. ¡Sálvalos, Señor, que no saben lo que hacen!».
En la «Ofrenda última a la Congregación» la proclamación del perdón es solemne: «Morimos perdonando a los que nos quitan la vida y ofreciéndola por la ordenación cristiana del mundo obrero». Y en la «Carta de despedida» se reitera: «Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos».
Estos testimonios revelan que la solidaridad y la reconciliación son fruto de la sobreabundancia del amor. Por eso estaban tan preocupados por que su sangre derramada no fuera vengadora, sino impulso de nueva vida y signo de perdón y reconciliación.
Ofrecieron su vida por la «ordenación cristiana del mundo obrero». Los obreros eran los más pobres y marginados de su tiempo. Muchos de los jóvenes misioneros subrayaron este aspecto esencial de la evangelización con exclamaciones llenas de convicción, escritas sabiendo que pocas horas después morirían. Conocían las inquietudes y rebeldías del mundo obrero y supieron dar a su muerte un significado de opción por ellos.
El signo con el que sellaron su vida fue la alegría. Cantaron la alegría de vivir y de morir. Demostraron que un hijo del Corazón de María se alegra incluso en los tormentos y se gloría en la cruz de Jesucristo. Repetían que morían no sólo resignados y serenos, sino alegres y contentos.
Los testigos relatan que sus rostros tenían algo sobrenatural, imposible de describir. El encargo que dejaron a la Congregación fue que se alegrase por tener hijos que, a ejemplo de su santo Fundador, supieron arrostrarlo todo hasta la muerte, estimulados por su sublime ideal.
Forjados en la escuela misionera de Claret, murieron contentos porque dieron un «sí» total al amor de Dios. Ese amor, que es el Espíritu Santo, les comunicó sabiduría, fortaleza y gozo en la tribulación. Sintieron su fragilidad humana, pero experimentaron también una fuerza extraordinaria que venía de Dios. Dejaron que Cristo viviera en ellos y se llenaron de serenidad y esperanza. En la hora decisiva se acordaron de todos y de todo, estuvieron alegres porque sabían lo que querían y hacia dónde iban.
Relación de los Mártires Claretianos de Barbastro
(Siglas: P = Padre sacerdote; E = Estudiante; H = Hermano)
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P. Felipe de Jesús Munárriz Azcona, Superior de la comunidad, nacido el 4-2-1875 en Allo (Navarra); tenía 61 años.
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P. Juan Díaz Nosti, Prefecto de Estudiantes, nacido el 17-2-1880 en Oviedo (Asturias); tenía 56 años.
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P. Leoncio Pérez Ramos, Ecónomo, nacido el 12-9-1875 en Muro de Aguas (Logroño); tenía 60 años.
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P. Sebastián Calvo Martínez, nacido el 20-1-1903 en Gumiel de Izán (Burgos); tenía 33 años.
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E. Wenceslao María Claris Vilaregut, nacido el 3-1-1907 en Olost de Lluçanés (Barcelona); tenía 29 años; acabado 4.º de Teología; subdiácono.
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P. Pedro Cunill Padrós, nacido el 18-3-1903 en Vic (Barcelona); tenía 33 años.
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H. Gregorio Chirivás Lacambra, nacido el 24-4-1880 en Siétamo (Huesca); tenía 56 años.
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P. José Pavón Bueno, nacido el 19-1-1909 en Cartagena (Murcia); tenía 27 años.
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P. Nicasio Sierra Ucar, nacido el 11-10-1890 en Cascante (Navarra); tenía 45 años.
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E. Javier Luis Bandrés Jiménez, nacido el 1-12-1912 en Sangüesa (Navarra); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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E. José Brengaret Pujol, nacido el 18-1-1913 en Sant Jordi Desvalls (Gerona); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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H. Manuel Buil Lalueza, nacido el 31-8-1914 en Abizanda (Huesca); tenía 22 años.
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E. Antolín María Calvo Calvo, nacido el 2-9-1912 en Gumiel del Mercado (Burgos); tenía 23 años; acabado 5.º de Teología; lector.
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E. Tomás Capdevila Miró, nacido el 5-5-1914 en Maldá (Lérida); tenía 22 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Esteban Casadevall Puig, nacido el 8-3-1913 en Argelaguer (Gerona); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Eusebio Codina Millá, nacido el 7-12-1914 en Albesa (Lérida); tenía 21 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Juan Codinachs Tuneu, nacido el 14-2-1914 en Santa Eugènia de Berga (Barcelona); tenía 22 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Antonio María Dalmau Rosich, nacido el 4-10-1912 en Miralcamp (Lérida); tenía 23 años; acabado 5.º de Teología; lector.
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E. Juan Echarri Vique, nacido el 30-3-1913 en Olite (Navarra); tenía 23 años; acabado 5.º de Teología; lector.
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P. Pedro García Bernal, nacido el 27-4-1911 en Santa Cruz de la Salceda (Burgos); tenía 25 años; acabado 5.º de Teología; lector.
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E. Hilario María Llorente Martín, nacido el 14-1-1911 en Vadocondes (Burgos); tenía 25 años; acabado 5.º de Teología; lector.
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H. Alfonso Miquel Garriga, nacido el 24-2-1914 en Prades de Molsosa (Lérida); tenía 22 años.
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E. Ramón Novich Rabionet, nacido el 18-4-1913 en La Sellera (Gerona); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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E. José María Ormo Serà, nacido el 18-8-1913 en Almatret (Lérida); tenía 22 años; acabado 4.º de Teología.
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P. Secundino María Ortega García, nacido el 20-5-1912 en Santa Cruz de la Salceda (Burgos); tenía 24 años de edad y dos meses de sacerdocio.
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E. Salvador Pigem Serra, nacido el 15-12-1912 en Vilobí d’Onyar (Gerona); tenía 23 años; acabado 5.º de Teología; lector.
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E. Teodoro Ruiz de Larrinaga García, nacido el 9-11-1912 en Bargota (Navarra); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Juan Sánchez Munárriz, nacido el 15-6-1913 en Malón (Zaragoza); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Manuel Torras Sais, nacido el 12-2-1915 en Sant Martí Vell (Gerona); tenía 21 años, el más joven de todos; acabado 4.º de Teología.
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E. José María Amorós Hernández, nacido el 14-1-1913 en Puebla Larga (Valencia); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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E. José María Badía Mateu, nacido el 30-9-1912 en Puigpelat (Tarragona); tenía 23 años; 5.º de Teología; lector.
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E. Juan Baixeras Berenguer, nacido el 21-11-1913 en Castelltersol (Barcelona); tenía 22 años; acabado 4.º de Teología.
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E. José María Blasco Juan, nacido el 2-1-1912 en Játiva (Valencia); tenía 24 años; acabado 4.º de Teología; acólito.
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E. Rafael Briega Morales, nacido el 24-10-1912 en Montemolín (Zaragoza); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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H. Francisco Castán Meseguer, nacido el 1-2-1911 en Abizanda (Huesca); tenía 25 años.
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E. Luis Escalé Binefa, nacido el 18-9-1912 en Fondarella (Lérida); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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E. José Figuero Beltrán, nacido el 14-8-1911 en Gumiel del Mercado (Burgos); tenía 25 años; acabado 5.º de Teología; lector.
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E. Ramón Illa Salvia, nacido el 12-2-1914 en Bellvís (Lérida); tenía 22 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Luis Lladó Teixidó, nacido el 12-5-1912 en Viladasens (Gerona); tenía 24 años; acabado 4.º de Teología.
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H. Manuel Martínez Jarauta, nacido el 22-12-1912 en Murchante (Navarra); tenía 23 años.
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P. Luis Masferrer Vila, nacido el 9-7-1912 en Sant Vicenç de Torelló (Barcelona); tenía 24 años de edad y tres meses de sacerdocio.
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E. Miguel Massip González, nacido el 8-6-1913 en Llardecans (Lérida); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Faustino Pérez García, nacido el 30-7-1911 en Baríndano (Navarra); tenía 25 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Sebastián Riera Coromina, nacido el 13-10-1913 en Ribas de Freser (Gerona); tenía 22 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Eduardo Ripoll Diego, nacido el 6-1-1912 en Játiva (Valencia); tenía 24 años; acabado 5.º de Teología; lector.
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E. José María Ros Florensa, nacido el 29-10-1914 en Torms (Lérida); tenía 21 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Francisco María Roura Farró, nacido el 13-1-1913 en Sors (Gerona); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología; lector.
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E. Alfonso Sorribes Teixidó, nacido el 17-12-1912 en Rocafort de Vallbona (Lérida); tenía 23 años; acabado 4.º de Teología; acólito.
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E. Jesús Agustín Viela Ezcurdia, nacido el 4-4-1914 en Oteiza de la Solana (Navarra); tenía 22 años; acabado 4.º de Teología; lector.
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E. Jaime Falgarona Vilanova, nacido el 6-6-1912 en Argelaguer (Gerona); tenía 24 años; acabado 4.º de Teología.
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E. Atanasio Vidaurreta Labra, nacido el 2-5-1911 en Adiós (Navarra); tenía 25 años; acabado 4.º de Teología.
CONCLUSIÓN
El martirio de Barbastro no fue un hecho aislado ni fruto del azar, sino la culminación de una persecución planificada que pretendía destruir el significado religioso de toda una sociedad. Frente a la violencia organizada, la respuesta de las víctimas fue unánime: conciencia clara de martirio, perdón sincero y una fidelidad inquebrantable a Cristo y a la Iglesia.
Los claretianos de Barbastro, junto al obispo, al clero diocesano, a los seminaristas y a tantos fieles laicos, ofrecieron su vida sin resistencia, pero con una fortaleza espiritual que sigue interpelando al presente. Su testimonio demuestra que la fe vivida en comunidad, alimentada por la oración y la Eucaristía, puede sostener al hombre incluso ante la muerte más injusta.
Hoy, Barbastro permanece en la memoria de la Iglesia como tierra de mártires, donde la sangre derramada no fue semilla de odio, sino de reconciliación, esperanza y renovación espiritual. Su legado no es solo histórico, sino profundamente actual: una llamada a vivir la fe con coherencia, valentía y amor hasta las últimas consecuencias.
