INTRODUCCIÓN
La persecución religiosa que se abatió sobre España en 1936 no distinguió vocaciones ni respetó obras de misericordia. Alcanzó también, con especial crudeza, a la Orden de San Juan de Dios, cuya razón de ser era el cuidado de los enfermos más pobres, desvalidos y olvidados.
Fieles al carisma de su fundador, los Hermanos Hospitalarios permanecieron junto a los enfermos cuando la violencia y el odio se extendían por hospitales y sanatorios. No empuñaron armas ni huyeron: eligieron la hospitalidad hasta la muerte. Así, 71 religiosos fueron asesinados únicamente por su fe y por su entrega caritativa, convirtiendo sus hospitales en altares de sacrificio y su vocación en testimonio martirial.
Este artículo recoge el contexto, el desarrollo y el sentido profundo de aquella persecución, que quiso borrar el significado religioso de la caridad cristiana y acabó revelando, con sangre, su fuerza indestructible.
Contexto histórico y martirial
En el historial persecutorio de los religiosos tiene la Orden de San Juan de Dios su capítulo, no menos glorioso que el de los demás Institutos, con aquellos matices peculiares de la vocación hospitalaria. Ellos son buen testimonio de que la persecución no se limitó a determinados aspectos de la vida política y social, sino que intentó la eliminación total del significado religioso. Por eso no hubo excepciones, ni se tuvieron en cuenta las peculiaridades de las instituciones, ni la dificultad de llenar sus vacíos.
Continuadora la Orden de la prodigiosa caridad del santo de los pobres, San Juan de Dios, sus obras hospitalarias, en favor de los enfermos, pobres y desvalidos, tuvieron siempre carácter de función social evangélica. Ejercitadas a imitación del Santo fundador, los Hermanos las llevaron y llevan con el mismo espíritu de abnegación y sacrificio. A ellas se consagraron sin otro aliciente que el amor de Dios y del prójimo necesitado.
Con ellas llenaron el vacío de la asistencia social por parte del Estado. Eran sostenidas con la ayuda de la caridad cristiana, a través de las limosnas recogidas por humildes Hermanos. No pocas veces el Señor suscitaba la generosidad en el corazón de almas buenas, que hacían donación de sus bienes en favor de los pobres, dando lugar a benéficas fundaciones y construcción de magníficos establecimientos. A esta ayuda contribuían, también, muchas personas de significación no católica, incluyendo enemigas de la religión atraídas por la simpatía de la acción social de los Hermanos.
En el tiempo de los hechos a que hacemos referencia, la actividad de los Hermanos comprendía la abnegada asistencia de enfermos mentales en grandiosos establecimientos propios de la Orden, con exiguas aportaciones de las Diputaciones provinciales; asistencia de enfermos epilépticos en fundación particular; curación y educación de niños escrofulosos y lisiados, pobres, en asilos-hospitales propios de la Orden, sostenidos por la caridad pública, y asilo de ancianos.
No fue, pues, la idea política lo que hizo víctima de la persecución a esta Orden. Nunca infundió recelos a los hombres políticos ni a las turbas la actividad de la vida hospitalaria, consagrada de lleno a hacer bien a los seres más desgraciados y desamparados de la sociedad.
Los dementes, los epilépticos, los niños escrofulosos y lisiados, los ancianos…, son el bello campo de acción de la vocación hospitalaria. Para lograr el desarrollo de esta misión tan nobilísima los Hermanos acudían a la desinteresada caridad pública, recogían limosnas, levantaban grandes establecimientos y, lo que es más, consagraban con admirable abnegación la vida de sus religiosos al alivio y asistencia de los pobres más desvalidos.
Así lo entendieron siempre los hombres políticos de ideas más avanzadas, exceptuándola de sus programas de proscripción a las Órdenes religiosas y ayudándola personalmente con sus limosnas.
La persecución religiosa y el estallido revolucionario
En un ambiente de relativa tranquilidad se vivió hasta febrero de 1936. Las provincias de la Orden se desenvolvían normalmente, con acrecentamiento de vocaciones, de que eran buena señal el aumento del número de novicios en los tres noviciados. Se hacían planes de nuevas fundaciones y se iniciaron las obras de su construcción.
Con el triunfo del Frente Popular, en las elecciones de febrero de 1936, la paz se vio totalmente perturbada. A diario se sucedían las violencias contra personas y lugares sagrados. Cualquier pretexto era suficiente para provocar incendios de iglesias, y los asesinatos eran casi de cada día. El horizonte religioso aparecía amenazante de disolución de todos los institutos e incautación de sus bienes.
Ante los desmanes y peligros, los Hermanos de San Juan de Dios, ligados con deberes sagrados para con los enfermos, no podían abandonar a éstos para salvarse a sí mismos sin hacer traición al ideal sublime de su vocación, que es dar la vida por los pobres enfermos.
«Obediencia-hospitalidad hasta la muerte» fue la consigna impartida desde Roma el 4 de abril de 1936. Con estas normas, los provinciales dictaron instrucciones claras: no abandonar las casas salvo mandato expreso, permanecer al lado de los enfermos, incluso vestidos de seglar si fuera necesario, y aceptar la dispersión solo como último recurso.
Los hechos desbordaron estas previsiones. A partir del 18 de julio de 1936 se desencadenó una persecución religiosa sistemática: incendios de templos, asesinatos, incautaciones y detenciones arbitrarias. La vida de las comunidades fue progresivamente controlada, los religiosos despojados de sus hábitos, prohibidos los ejercicios espirituales y sometidos a registros, amenazas e interrogatorios.
Pasados unos días, muchos fueron detenidos de forma intempestiva mientras asistían a los enfermos. Algunos fueron conducidos a cárceles; otros, engañosamente, fueron llevados directamente al lugar del sacrificio.
Sentido del martirio hospitalario
El número de víctimas sacrificadas supera el veinte por ciento de los religiosos que la Orden tenía en España. La forma y circunstancias de su inmolación son un glorioso timbre para la Iglesia. Resalta la noble lealtad de los Hermanos para con sus enfermos, y el doble heroísmo de su sacrificio en aras de la fe y de la caridad.
A la desaparición de las comunidades siguió la profanación de iglesias y capillas, la destrucción de imágenes y la privación de los enfermos de los sacramentos. Sin embargo, la fe y la fama de martirio permanecieron vivas desde el primer momento.
La beatificación por martirio de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios enriquece el martirologio de la Iglesia española con una nota específica: la fidelidad hospitalaria hasta la muerte.
Datos generales de los Mártires Hospitalarios
De los 71 mártires beatificados:
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64 eran españoles, procedentes de 30 provincias.
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7 eran de nacionalidad colombiana.
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Representaban todas las etapas de la vida religiosa: postulantes, novicios, religiosos profesos, superiores y sacerdotes.
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Su edad iba desde los 18 hasta más de 70 años.
Todos murieron violentamente por odio a la fe y a su misión hospitalaria, recibiendo la doble palma del martirio: fe y caridad.
Relación de mártires hospitalarios por grupos
I. Talavera de la Reina (25 de julio de 1936)
Cuatro religiosos martirizados junto al Santuario de la Virgen del Prado.
II. Calafell (30 de julio de 1936)
Quince religiosos sacrificados al grito de «¡Viva Cristo Rey!».
III. Hermanos colombianos (Barcelona, 9 de agosto de 1936)
Siete religiosos asesinados por su sola condición de religiosos.
IV. Ciempozuelos – Paracuellos del Jarama (noviembre de 1936)
Grupo numeroso de religiosos martirizados tras meses de prisión.
V. Carabanchel Alto (1 de septiembre de 1936)
Doce religiosos asesinados mientras repartían la comida a los enfermos.
VI. Martirios individuales
Once religiosos asesinados en distintos lugares y fechas.
I Hermanos de la Escuela Apostólica de Talavera de la Reina, Toledo, asesinados el 25 de julio de 1936
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Federico (Carlos) Rubio Alvarez, nacido en Benavides (León).
Tenía 73 años. Era sacerdote y exprovincial. -
Primo Martínez de S. Vicente Castillo, nacido en San Román de Campezo (Álava).
Tenía 67 años y era el superior. -
Jerónimo Ochoa Urdangarin, nacido en Goñi (Navarra).
Tenía 32 años. -
Juan de la Cruz (Eloy, Francisco, Felipe) Delgado Pastor, nacido en Puebla de Alcocer (Badajoz).
Tenía 22 años.
II Hermanos del Sanatorio San Juan de Dios, de Calafell, Tarragona, asesinados el 30 de julio de 1936
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Braulio María (Pablo) Corres Díaz de Ceno, nacido en Torralba del Río (Navarra).
Tenía 39 años. Era sacerdote, maestro de novicios y consejero provincial. -
Julián (Miguel) Carrasquer Fos, nacido en Sueca (Valencia).
Tenía 55 años y era el superior. -
Eusebio (Antonio) Forcades Ferraté, nacido en Reus (Tarragona).
Tenía 60 años. -
Constancio (Saturnino) Roca Huguet, nacido en San Sadurní de Noia (Barcelona).
Tenía 41 años. -
Benito José Labre (Arseno) Mañoso González, nacido en Lomoviejo (Valladolid).
Tenía 57 años. -
Vicente de Paúl Canelles Vives, nacido en Onda (Castellón).
Tenía 42 años. -
Tomás Urdánoz Aldaz, nacido en Echarn (Navarra).
Tenía 33 años y era novicio. -
Rafael Flamanque Salinas, nacido en Mendívil (Navarra).
Tenía 33 años y era novicio. -
Antonio Llauradó Pansi, nacido en Reus (Tarragona).
Tenía 26 años y era novicio. -
Manuel López Orbara, nacido en Puente la Reina (Navarra).
Tenía 23 años y era novicio. -
Ignacio Tejero Molina, nacido en Monzalbarba (Zaragoza).
Tenía 20 años y era novicio (Madrid). -
Enrique Beltrán Llorca, nacido en Villarreal (Castellón).
Tenía 37 años y era novicio. -
Domingo Pitarch Gurrea, nacido en Villarreal (Castellón).
Tenía 27 años y era novicio. -
Antonio Sanchis Silvestre, nacido en Villamarchante (Valencia).
Tenía 26 años y era novicio. -
Manuel Jiménez Salado, nacido en Jerez de la Frontera (Cádiz).
Tenía 29 años y era novicio.
III Hermanos colombianos asesinados el 9 de agosto de 1936, en Barcelona
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Rubén de Jesús López Aguilar, nacido en Concepción (Antioquia, Colombia).
Tenía 28 años. -
Arturo (Luis) Ayala Niño, nacido en Palpa (Boyacá, Colombia).
Tenía 27 años. -
Juan Bautista (José) Velázquez Peláez, nacido en Jardín (Antioquia, Colombia).
Tenía 27 años. -
Eugenio (Alfonso, Antonio) Ramírez Salazar, nacido en La Ceja (Antioquia, Colombia).
Tenía 23 años. -
Esteban (Gabriel) Maya Gutiérrez, nacido en Pácora (Antioquia, Colombia).
Tenía 29 años. -
Melquíades (Ramón) Ramírez Zuloaga, nacido en Sonsón (Antioquia, Colombia).
Tenía 27 años. -
Gaspar (Luis, Modesto) Páez Perdomo, nacido en La Unión (Huila, Colombia).
Tenía 23 años.
IV Hermanos del Sanatorio San José, de Ciempozuelos (Madrid)
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Flavio (Atilano Dionisio) Argüeso González, nacido en Mazuecos (Palencia).
Tenía 58 años. Asesinado el 12 de agosto de 1936, en Valdemoro (Madrid). -
Francisco Arias Martín, nacido en Granada.
Tenía 52 años. Era sacerdote y novicio. Asesinado el 18 de agosto de 1936, en Valdemoro (Madrid). -
Tobías (Francisco) Borrás Romeu, nacido en San Jorge (Castellón).
Tenía 75 años. Asesinado el 11 de febrero de 1937 en Vinaroz (Castellón).
Asesinados en Paracuellos del Jarama (Madrid) el 28 de noviembre de 1936
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Juan Jesús (Mariano) Adradas Gonzalo, nacido en Conquezuela (Soria).
Tenía 58 años. Era sacerdote, maestro de novicios y exprovincial. -
Guillermo (Vicente, Andrés) Llop Gaya, nacido en Villarreal (Castellón).
Tenía 56 años. Era el superior y exprovincial. -
Clemente Diez Sahagún, nacido en Fuentes de Nava (Palencia).
Tenía 75 años. -
Lázaro (Juan María) Mugica Goiburu, nacido en Idiazabal (Guipúzcoa).
Tenía 69 años. -
Martiniano (Antonio) Meléndez Sánchez, nacido en Málaga.
Tenía 58 años. -
Pedro María Alcalde Degredo, nacido en Ledesma (Soria).
Tenía 58 años. -
Julián Plazaola Artola, nacido en San Sebastián (Guipúzcoa).
Tenía 21 años. -
Hilario (Antonio, Hilario) Delgado Vilchez, nacido en Cañar (Granada).
Tenía 18 años. -
Pedro de Alcántara Bernalte Calzado, nacido en Moral de Calatrava (Ciudad Real).
Tenía 26 años y era novicio. -
Juan Alcalde Alcalde, nacido en Zuzones (Burgos).
Tenía 25 años y era novicio. -
Isidoro Martínez Izquierdo, nacido en Madrid.
Tenía 18 años y era novicio. -
Ángel Sastre Corporales, nacido en Villaralbo del Vino (Zamora).
Tenía 20 años y era novicio. -
Eduardo Bautista Jiménez, nacido en La Gineta (Albacete).
Tenía 51 años. -
José Mora Velasco, nacido en Córdoba.
Tenía 50 años. Era sacerdote y postulante. -
José Rutz Cuesta, nacido en Dílar (Granada).
Tenía 29 años y era postulante.
Asesinados en Paracuellos del Jarama (Madrid) el 30 de noviembre de 1936
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Diego de Cádiz (Santiago) García Molina, nacido en Moral de Calatrava (Ciudad Real).
Tenía 44 años. Era secretario provincial. -
Román (Rafael) Touceda Fernández, nacido en Madrid.
Tenía 32 años. -
Miguel (Miguel Francisco) Rueda Mepas, nacido en Motril (Granada).
Tenía 34 años. -
Arturo Donoso Murillo, nacido en Puebla de Alcocer (Badajoz).
Tenía 19 años y era novicio. -
Jesús Gesta de Piquer, nacido en Madrid.
Tenía 21 años y era novicio. -
Antonio Martínez Gil-Leonís, nacido en Montellano (Sevilla).
Tenía 20 años y era novicio.
V Hermanos del Instituto de San José, de Carabanchel Alto (Madrid), asesinados en Boadilla del Monte el 1 de septiembre de 1936
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Proceso (Joaquín) Ruiz Cáscales, nacido en Beniel (Murcia).
Tenía 48 años y era el superior. -
Cristino (Miguel) Roca Huguet, nacido en Molins de Rey (Barcelona).
Tenía 37 años. Era sacerdote y director de la Escuela Apostólica. -
Eutimio (Nicolás) Aramendia García, nacido en Oteiza de la Solana (Navarra).
Tenía 57 años. -
Canuto (José) Franco Gómez, nacido en Aljucer (Murcia).
Tenía 64 años. -
Dositeo (Guillermo) Rubio Alonso, nacido en Madrigalejo (Burgos).
Tenía 67 años. -
Cesáreo (Mariano) Niño Pérez, nacido en Torregutiérrez (Segovia).
Tenía 58 años. -
Benjamín (Alejandro) Cobos Celada, nacido en Palencia.
Tenía 48 años. -
Carmelo (Isidro) Gil Araño, nacido en Tudela (Navarra).
Tenía 57 años. -
Cosme (Simón, Isidro, Joaquín) Brun Arará, nacido en Santa Coloma de Farnés (Gerona).
Tenía 41 años. -
Cecilio (Enrique) López López, nacido en Fondón (Almería).
Tenía 35 años. -
Rufino (Crescencio) Lasheras Aizcorbe, nacido en Arandigoyen (Navarra).
Tenía 36 años. -
Faustino (Antonio) Villanueva Igual, nacido en Sarrión (Teruel).
Tenía 23 años.
VI Hermanos del Hospital de San Juan de Dios, de Barcelona, y del Sanatorio de San Baudilio de Llobregat
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Juan Bautista Egozcuezábal Aldaz, nacido en Nuin (Navarra).
Tenía 54 años. Asesinado el 29 de julio de 1936, en Esplugues de Llobregat (Barcelona). -
Pedro de Alcántara (Lorenzo) Villanueva Larrayoz, nacido en Osinaga (Navarra).
Tenía 55 años. Asesinado el 11 de septiembre de 1936, en Barcelona. -
Francisco Javier Ponsa Casallarch, nacido en Moyá (Barcelona).
Tenía 20 años. Asesinado el 28 de septiembre de 1936, en San Feliu de Codinas (Barcelona). -
Juan Antonio Burro Mas, nacido en Barcelona.
Tenía 22 años. Asesinado el 5 de noviembre de 1936, en Madrid. -
Acisclo (Joaquín) Pina Piazuelo, nacido en Caspe (Zaragoza).
Tenía 58 años. Asesinado el 10 de noviembre de 1936, en Barcelona. -
Protasio (Antonio) Cuhells Minguell, nacido en Coll de Nargó (Lérida).
Tenía 56 años. Asesinado el 14 de diciembre de 1936, en Barcelona.
Era consejero y secretario provincial. -
Gonzalo Gonzalo Gonzalo, nacido en Conquezuela (Soria).
Tenía 27 años. Asesinado el 4 de agosto de 1936, en Madrid. -
Jacinto Hoyuelos González, nacido en Matarrepudio (Santander).
Tenía 22 años. Asesinado el 19 de septiembre de 1936, en Ciempozuelos (Madrid). -
Nicéforo Salvador del Río, nacido en Villamorco (Palencia).
Tenía 23 años. Asesinado el 30 de noviembre de 1936, en Paracuellos del Jarama (Madrid).
Conclusión
Estos 71 Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios fueron mártires de la fe y de la hospitalidad. Su testimonio proclama que la verdadera libertad nace de la fidelidad a Cristo, del perdón y del amor al prójimo, incluso frente a la violencia más extrema.
La persecución contra la Orden de San Juan de Dios no fue un episodio colateral de la violencia revolucionaria, sino un intento deliberado de erradicar el testimonio cristiano allí donde resultaba más elocuente: junto al lecho del enfermo, del anciano y del marginado.
Los 71 Hermanos Hospitalarios martirizados en 1936 no murieron por una causa política, sino por permanecer fieles a Cristo y a los pobres. Su sangre selló una doble fidelidad: a la fe y a la hospitalidad. En ellos, la Iglesia reconoce un ejemplo luminoso de amor llevado hasta el extremo, una respuesta evangélica al odio y una lección permanente de que la verdadera caridad no se negocia ni se abandona.
Su martirio sigue hablando hoy, recordando que ninguna persecución puede apagar la luz de una vida entregada por amor.
Su ejemplo sigue siendo hoy un reto de vida cristiana madura, una respuesta de reconciliación frente al odio y una proclamación silenciosa pero elocuente del Evangelio vivido hasta el final.
