INTRODUCCIÓN
El martirio de los nueve religiosos de Turón constituye uno de los episodios más sobrecogedores de la persecución religiosa en la España contemporánea. En octubre de 1934, en el contexto de la Revolución de Asturias, ocho Hermanos de las Escuelas Cristianas y un sacerdote pasionista fueron detenidos, encarcelados y finalmente fusilados únicamente por su condición de religiosos y educadores cristianos.
Este relato recoge, de manera íntegra y ordenada, los hechos que condujeron a su detención, los días de prisión, su preparación espiritual y la ejecución final en el cementerio de Turón. Lejos de un episodio aislado, su muerte se inscribe en un clima de odio ideológico y violencia anticristiana que marcó profundamente a la sociedad española de la época. Su serenidad ante la muerte y su perdón a los verdugos los convirtieron, desde el primer momento, en mártires a los ojos del pueblo.
Los Mártires de Turón son ocho Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Padre Pasionista.
Los hermanos dirigían una escuela en Turón, un pequeño pueblo en el centro de un valle minero de la región asturiana, en el noroeste de España.
Relación de los mártires
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H. Cirilo Bertrán, nacido en Lerma, diócesis de Burgos, el 20 de marzo de 1888.
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H. Marciano José, nacido en El Pedregal, diócesis de Sigüenza-Guadalajara, el 17 de noviembre de 1900.
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H. Victoriano Pío, nacido en San Millán de Lara, diócesis de Burgos, el 7 de julio de 1905.
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H. Julián Alfredo, nacido en Cifuentes de Rueda, diócesis de León, el 24 de diciembre de 1903.
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H. Benjamín Julián, nacido en Jaramillo de la Fuente, diócesis de Burgos, el 27 de octubre de 1908.
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H. Augusto Andrés, nacido en Santander, el 6 de mayo de 1910.
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H. Benito de Jesús, nacido en Buenos Aires, el 31 de octubre de 1910.
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H. Aniceto Adolfo, nacido en Celada Marlantes, diócesis de Santander, el 4 de octubre de 1912.
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P. Inocencio de la Inmaculada, nacido en el Valle de Oro, diócesis de Mondoñedo, el 10 de marzo de 1887.
El Padre Pasionista se hallaba con los hermanos porque había sido llamado para preparar a los niños a celebrar el primer viernes de mes, que coincidía el 5 de octubre.
Contexto histórico y religioso
El martirio no llegó de un modo totalmente inesperado.
La situación que vivía España era difícil: la masonería y el comunismo luchaban por el poder y por hacer desaparecer la tradición religiosa de España. Se habían programado una serie de iniciativas contra la Iglesia, los sacerdotes y los religiosos. Se encendió una campaña de odio y violencia que, en ciertos casos, llegó a crueles desenlaces, incluso más allá de las previsiones de los grupos dirigentes.
Asturias era una región minera con un fuerte nivel de inmigrados cuyo régimen de vida era duro y se sentían desarraigados de sus mejores tradiciones. La campaña contra la burguesía y contra la Iglesia encontró allí un terreno particularmente preparado.
Detención de los religiosos
El 5 de octubre, un grupo de revolucionarios arrestó a los ocho hermanos que trabajaban en la escuela de Turón y al sacerdote pasionista que estaba con ellos.
Los nueve religiosos fueron concentrados en la Casa del Pueblo, a la espera de la decisión que había de tomar el Comité revolucionario. Bajo la presión de algunos extremistas, el Comité decidió la condena a muerte de estos religiosos, que tenían una notable influencia en la localidad, puesto que gran parte de las familias del pueblo mandaban a sus hijos a su escuela.
La decisión se tomó en secreto: los religiosos serían fusilados en el cementerio del pueblo poco después de la una de la madrugada del día 9 de octubre de 1934.
Preparación espiritual de los mártires
Los asesinos fueron reclutados de otros lugares, porque en el pueblo de Turón no encontraron quienes estuvieran dispuestos a perpetrar semejante crimen.
Las víctimas comprendieron de inmediato las intenciones del Comité y se prepararon generosamente al sacrificio con la oración, la confesión y el perdón otorgado a sus asesinos. Su ejemplo alentó a los demás prisioneros, que también se acercaron al sacramento de la reconciliación.
La última noche parecía que iba a resultar como las anteriores. Se acomodaron sobre el suelo y se dispusieron a dormir en la medida de lo posible.
La noche del martirio (9 de octubre de 1934)
A la una de la madrugada se abrió de improviso la puerta de la sala donde se hallaban los detenidos. Todos dormían, salvo el director, hermano Cirilo.
Los verdugos obligaron a los nueve religiosos a entregar sus pertenencias y los separaron de los demás detenidos. Les dijeron que pensaban llevarlos al frente para servir de parapeto ante los soldados.
Tardaron de ocho a diez minutos en conducirlos hasta el cementerio. Caminaron juntos y serenos.
Ante sus ojos, a unos 300 metros, se alzaba el edificio del colegio, iluminado a aquellas horas de la noche. Fue lo último que contemplaron.
Fueron muertos con dos descargas de fusilería y rematados a tiros de pistola. Algunos que habían quedado con señales de vida recibieron el tiro de gracia. Una zanja de unos nueve metros estaba preparada para recibir los cuerpos.
El enterrador recibió la orden de echar tierra sobre los cadáveres y marcharse.
La serenidad y valentía con que aceptaron el martirio impresionó incluso a los asesinos.
Testimonios posteriores
Días después, el jefe de los milicianos, detenido en la cárcel de Mieres, reconocía:
«Los hermanos y el padre oyeron tranquilamente la sentencia y fueron con paso firme y sereno hasta el cementerio. Sabiendo a dónde iban, fueron como ovejas al matadero; tanto que yo, que soy hombre de temple, me emocioné por su actitud. Me pareció que, por el camino y cuando estaban esperando ante la huerta, rezaban en voz baja».
Reconocimiento del martirio
Los habitantes de Turón los consideraron mártires desde el primer momento.
Pocos meses después de su muerte, sus cuerpos fueron exhumados y trasladados con grandes manifestaciones de adhesión al mausoleo donde reposan en la casa de Bujedo, en la provincia de Burgos.
El martirio en el contexto de la Revolución de Asturias
Desde principios de siglo funcionaba la Sociedad Hulleras del Turón, filial de Altos Hornos de Vizcaya. La empresa había desarrollado amplios servicios sociales, entre ellos una escuela confiada a los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
En octubre de 1934, el valle se convirtió en un centro estratégico de la revolución. El Comité revolucionario se instaló en la escuela de los hermanos, convertida en sede del poder local y prisión.
La vida de la comunidad educativa antes del martirio
Los hermanos, obligados por la legislación anticlerical, ejercían como maestros seglares. Vivían su vocación con discreción, seriedad y profunda fe.
El grupo era joven, dinámico y profundamente religioso. Su edad media al morir era de treinta años. El más joven tenía veintidós.
Arresto y prisión
La madrugada del 5 de octubre estalló la revolución.
Los hermanos fueron detenidos mientras se preparaban para la misa del primer viernes.
Fueron trasladados a la Casa del Pueblo, donde permanecieron vigilados, incomunicados y sometidos a amenazas constantes. Pasaron hambre, frío y noches sin descanso.
Durante los días de prisión rezaron el rosario, se confesaron y se prepararon conscientemente para la muerte.
Decisión final y ejecución
En el Comité se discutió violentamente la ejecución de los religiosos. Finalmente, la decisión quedó en manos de los más radicales.
La noche del 8 al 9 de octubre, pasada la medianoche, fueron sacados de la prisión y conducidos al cementerio.
Allí, ante la fosa preparada, recibieron la orden final.
Dos descargas acabaron con sus vidas. Algunos fueron rematados con disparos de pistola o golpes.
El enterrador cubrió los cuerpos con tierra y cerró el cementerio.
Reacción del pueblo y final de la revolución
La noticia de la ejecución causó una profunda conmoción en Turón, incluso entre quienes simpatizaban con la revolución. Fue considerada una crueldad inútil e injustificable.
Días después, la revolución fracasó. El 19 de octubre, fuerzas militares y de la Guardia Civil recorrieron el valle sin hallar resistencia.
CONCLUSIÓN
El martirio de los nueve religiosos de Turón no fue fruto del azar ni de un enfrentamiento armado, sino la consecuencia directa de una persecución ideológica que buscaba erradicar la presencia cristiana en la educación y en la vida pública. Fueron asesinados indefensos, sin juicio justo y sin haber cometido otro delito que el de vivir su fe con coherencia y entrega.
Su comportamiento durante la prisión, su preparación espiritual y la serenidad con la que afrontaron la muerte dejaron una huella imborrable incluso en la conciencia de algunos de sus verdugos. El reconocimiento popular inmediato de su martirio y la posterior veneración de sus restos confirman que su sacrificio no fue en vano.
Hoy, los nueve mártires de Turón permanecen como testimonio luminoso de fidelidad, perdón y fortaleza cristiana en uno de los momentos más oscuros de la historia de España, recordándonos que la violencia no puede apagar la verdad ni la fe vivida hasta las últimas consecuencias.
