INTRODUCCIÓN
Europa atraviesa una crisis que no es únicamente económica o política, sino profundamente espiritual, moral y demográfica. El invierno demográfico, la disolución de la familia, la banalización de la vida humana y la pérdida del sentido de la trascendencia revelan una civilización que ha roto con sus raíces. Frente a la autocomprensión moderna de Occidente como fruto exclusivo de la Ilustración, este análisis sostiene que la negación del legado cristiano ha abierto un proceso de autodestrucción cultural que se manifiesta en el rechazo a la vida, en la fragmentación social y en la sustitución de la Tradición por ideologías revolucionarias.
El presente texto examina el colapso demográfico europeo, la cultura de la muerte —aborto y eutanasia—, la crisis de identidad civilizatoria y el papel de la inmigración masiva en un contexto de descomposición moral. Todo ello como síntomas de un problema más profundo: la renuncia de Occidente a su fundamento espiritual y metafísico. Frente a la Revolución permanente de la Modernidad, sólo la recuperación consciente de la Tradición ofrece una vía de restauración cultural, política y humana.
Demografía e historia
Como un adolescente en crisis que no acepta ni su nombre ni sus raíces, Europa intenta en vano autoconvencerse de que no proviene de ninguna parte, construyéndose en la Ilustración sin haber recibido la contribución fructífera y decisiva del cristianismo, sino, por el contrario, revolviéndose contra ella para ser independiente y libre. Una actitud que resulta patética, inmadura y suicida a los ojos de otros continentes emergentes, como África y Asia, pues Iberoamérica sufre una enfermedad similar a causa de la difusión y asentamiento de la Leyenda negra protestante e hispanófoba.
Las estadísticas actuales reflejan un cambio de mentalidad de forma negativa, que afecta a la manera de mirar la vida y la muerte, el propio cuerpo y la familia, el presente y el futuro, con la culminante exclusión de Dios de la sociedad[1]. Los datos de los actuales 27 países de la Unión Europea retratan una situación sombría: es cierto que entre 2001 y 2020 la población creció, pasando de 429 millones a 447 millones de habitantes, pero este incremento se explica por la inmigración masiva. De hecho, en el mismo período disminuyeron los nacimientos (de 4,4 millones en 2001 a 4 millones en 2020), la tasa de natalidad (de 10, 2 nacimientos por mil habitantes a 9,1), al mismo tiempo que la tasa de mortalidad (de 9,9 a 11,6). En Europa cada vez nacen menos personas y cada vez mueren más personas. La tasa de fecundidad se encuentra muy lejos de lo que los demógrafos señalan como tasa de reemplazo, es decir, 2,1 hijos por mujer en edad fértil. En 2021, esta tasa se situó en 1,53 por lo que está muy por debajo del umbral necesario para mantener un cierto equilibrio entre nacimientos y defunciones. Mientras que las estimaciones para el futuro son aún más bajas.
La idea de que la inmigración pueda resolver los problemas demográficos de Europa es ilusoria, y, en cualquier caso, sería una solución equivocada que no se sostiene desde un punto de vista cultural-antropológico, porque la sustitución étnica significa también la sustitución cultural, esto es, una sustitución religiosa. Las corrientes hegemónicas de pensamiento niegan que el aborto sea la primera causa del invierno demográfico, como también que es la primera causa de mortalidad en el mundo, incluso antes que los tumores cancerígenos y las enfermedades cardiovasculares. Por tanto, si se deseara resolver el problema demográfico en Europa, la solución pasaría por introducir una legislación que impidiera el aborto. No puede presentarse el aborto como un acto homicida, de lo contrario el sistema liberal colapsaría.
La doctrina católica tiene múltiples dimensiones, pero la defensa de la vida de los más vulnerables que son los no nacidos debe ser una prioridad indiscutible. El combate contra el aborto es la batalla más decisiva del tiempo presente. A pesar de que los obispos estén más preocupados por la sinodalidad, el cambio climático y la legalización de los inmigrantes musulmanes en masa, a fin de mantener la farsa y el fraude de Caritas. Una institución del todo innecesaria en un Estado del siglo XXI[2], que dispone de los recursos económicos más que suficientes para solventar las necesidades de alimentación vestido y vivienda de las personas pobres que se hallan en el territorio nacional.
Los abortos voluntarios oficiales en ocasiones aumentan o disminuyen, lo que se debe a una combinación de tres causas:
- a) Hay un aumento de la infertilidad y de la esterilidad, luego, hay menos concepciones, lo que disminuye el número.
- b) Hay una emigración abortiva proveniente de Iberoamérica y Europa del Este, lo que eleva el número.
- c) La tendencia a pasar de los abortos quirúrgicos a los más fáciles abortos farmacológicos por medio de la denominada «píldora del día después», provoca criptoabortos, que disminuyen el número.
El silencio de la jerarquía en este campo ―como en tantos otros― vulnera el derecho de los fieles[3] a recibir íntegra la enseñanza y la orientación práctica basada en la fe. La Iglesia del Vaticano II es la de unos obispos profundamente cobardes y acomplejados y, por ello, silentes. La mayoría porque sufren de timidez crónica a causa de su incapacidad e incompetencia incontrovertibles, además de que su máximo imperativo lo constituye la «buena nueva» de la evolución y el progreso de los tiempos, del que el aborto pasaría a ser un simple daño colateral más. La «Iglesia sinodal» de Bergoglio guarda un silencio ensordecedor que es cómplice por omisión, colaborando así con el genocidio prenatal planetario. El aborto ―nuevo ritual de sacrificios humanos de la religión globalista― constituye un mal público singular que no forma parte de su agenda pública vaticana.
No somos plenamente conscientes del horror que supuso para los españoles que, comandados por Hernán Cortés en 1519, descubrieron la maquinaria de sacrificios humanos ―niños incluidos― que sostenía el Imperio azteca[4]. Un horror por el que les resultó obvio que aquello era una religión de inspiración demoníaca, con unos ritos que no eran equivalentes a los de las otras religiones que conocían ―básicamente el judaísmo y el islam―, que atentaban contra la ley natural y que era su obligación arrancarlos de cuajo. A fin de comprender la ideología abortista contemporánea con perspectiva histórica, urge la lectura y relectura del imprescindible libro de Dumont El amanecer de los derechos del hombre[5], en el que aborda la cuestión de los sacrificios humanos en el marco de su magnífica exposición sobre el desarrollo de la Controversia de Valladolid en 1550.
Los anglo-sionistas que se autoperciben como los «Amos del Mundo»[6] ―la plutocracia globalista angloamericana―, a través de un miembro de la familia judía Rockefeller ―John Davison III― ordenaron y planearon, desde 1966, el más horrible y siniestro genocidio en la historia de la humanidad, la matanza de seres humanos antes de nacer, con este argumento: «el crecimiento demográfico no planificado pone en peligro la paz en el mundo». Es decir, su dominación oligárquica sobre el mundo, oficializada en un breve texto escrito por el citado Rockefeller y firmado por treinta líderes mundiales representantes de los cinco continentes, entre ellos el célebre presidente comunista yugoslavo Josip Broz, Tito.
El objetivo de la mencionada Declaración era transformar un proyecto corporativo privado ―el control global de la natalidad― en un problema mundial de Estado, de modo que los firmantes, en representación de sus respectivos gobiernos, asumieron como propio el objetivo corporativo privado, con lo que sus administraciones proporcionaron los fondos necesarios para llevar a cabo el plan antinatalista. Se trata de un auténtico y verdadero holocausto demográfico global, que en 2023 ya elimina anualmente a setenta y tres millones de niños antes de nacer, según datos oficiales de la ONU, junto a sus organizaciones asociadas en este aberrante y abominable crimen que clama al cielo. Es la aplicación irracional de la pena de muerte a las personas más inocentes e indefensas, realizada sobre la base de un derecho inventado, ya que el «derecho al aborto» no existe en ninguna tradición jurídica universal ni en ningún tratado internacional.
En todos y cada uno de los Mensajes para la Jornada Mundial de la Paz al inicio de cada año, Francisco no ha mencionado en absoluto el aborto, hablando habitualmente y con énfasis en contra de la vigencia de la pena de muerte. Pero en su indignación selectiva, a Bergoglio no se le ocurre incluir la condena de la abominable pena de muerte prenatal, que es la principal causa de muerte en el mundo y plena expresión de la mentalidad anticristiana de sus promotores y facilitadores, condenando a muerte a los seres humanos más inocentes e indefensos de todos: los niños no nacidos. No puede haber paz en el mundo mientras el aborto sea legal. En la falsa Iglesia sinodal hay una gravísima omisión pasiva respecto al aborto, ya que el genocidio prenatal no ha formado parte de la agenda pública y oficial del Vaticano durante el pontificado bergogliano, salvo declaraciones esporádicas en entrevistas, vuelos de regreso a Roma después de un viaje o intrascendentes conversaciones personales. En estas ocasiones el papa jesuita se permite calificar el aborto como un «crimen cometido por un sicario», pero en la práctica ha llevado a cabo el reconocimiento público de las figuras emblemáticas que promueven o apoyan el aborto mundialmente como Ema Bonino, Nancy Pelosi, Mariana Mazzucato, Hillary Clinton, Bill Clinton, Alexander Soros, Joseph Biden, Lula da Silva, Ernesto Raúl Zaffaroni, Jeffrey Sachs, Roberto Carlés, etc.
La otra expresión trágica de la cultura de la muerte es la eutanasia, que se plantea como la gran conquista definitiva[7], y además sirve para solucionar los problemas de las pensiones. En tiempos pasados era considerada como una monstruosidad, aunque con la técnica actual ha dejado de serlo. No obstante, la eutanasia constituye más que una deshumanización en sí misma, porque el ser humano es la única especie que se mata a sí misma con el aborto y con la eutanasia.
Cuando un Estado decide legalizar la eutanasia, no significa que haya decidido adoptar una actitud neutral sobre la cuestión, para dicho Estado la vida humana ya no es digna de ser protegida en presencia de ciertas condiciones como i) el deseo de morir del sujeto; ii) la existencia de una patología; iii) la proximidad de la muerte; iv) la cronicidad de una enfermedad; v) la «indignidad» de la vida, considerada como tal por el propio sujeto o por un equipo de expertos dotados de tal poder. Un sistema jurídico que legalice la eutanasia comunica a las generaciones siguientes una idea de la persona humana significativamente debilitada, hasta el punto de su total evaporación, en comparación con el sistema jurídico clásico, del derecho natural, con normas que prohíben y castigan la eutanasia. Para los defensores de la legalización, el objetivo es asignar a cada sujeto consciente una porción adicional de poder de decisión, que además tiene como objeto «sólo» la propia vida y no la de los demás. Para la opinión pública es verdaderamente muy difícil, si no imposible, resistir a los cantos de sirenas de esta idea de libertad como «voluntad de poder», revestida con el manto inocente de una decisión personal y limitada a la conciencia individual.
En Europa ya se encuentran muy extendidas dos tipos de eutanasia: i) la omisiva o pasiva, cuando no se siguen las terapias que salvan la vida y se desconecta a la persona de las máquinas que le ayudan a seguir viviendo; ii) la activa, que consiste en provocar la muerte de manera deliberada a una persona que, de no hacerse, seguiría viviendo. Por ejemplo, la inyección letal administrada por un sanitario, que es la que se usa de forma legal. Además del aborto y la eutanasia, existen otras caras de la «cultura de la muerte»[8].
- a) El divorcio, que es la muerte de la familia.
- b) La transexualidad, que es la muerte de la identidad personal.
- c) La homosexualidad, que es la muerte de la identidad sexual.
- d) Los vientres de alquiler, que es la muerte de la dignidad de la persona.
- e) La fecundación artificial, que produce muchas muertes hasta concebir, dado que la gran mayoría de los embriones producidos artificialmente morirán.
Haciendo uso de la base jurídica que otorga el reconocimiento de la capacidad de los menores para decidir su identidad sexual y dar su consentimiento a la transición de género, se impondrá la liberalización de las relaciones sexuales con menores. Es decir, la legalización de la pederastia. En el Occidente terminal los obsesos sexuales que han construido culturalmente la sociedad al menos desde hace medio siglo, han conseguido situar el sexo en el centro del debate político. De ello no se libran ni quienes, por su edad, viven ajenos a las cuestiones sexuales. Algo muy oscuro anida en el fondo de este afán por corromper a los niños atacando, sin defensa posible, su naturaleza psíquica y física. Una de las facetas más trágicas de este ataque a la naturaleza humana es la alegre promoción de la transexualidad infantil, que tantos problemas mentales y físicos está provocando en muchos niños desorientados que acaban arrepintiéndose cuando ya no hay vuelta atrás. Sobrecoge el manto de silencio que gobiernos, medios obedientes y la propia Iglesia extienden sobre los sufrimientos espantosos y las no menos espantosas cifras de suicidios que provoca esta locura, promovida, además, mediante talleres de travestismo infantil y otras iniciativas.
Pero la verdad es que todo esto palidece ante el aspecto más grave del odio a la infancia que está asolando Occidente, víctima voluntaria de esta plaga mientras el resto del mundo sigue reproduciéndose sin complejos. Porque los occidentales, con europeos y norteamericanos al frente, hace ya muchos años que decidieron no tener hijos para hacer hueco a las mascotas. Como la Modernidad ha proclamado que tener pocos hijos o ninguno es prueba de civilización, el nivel de excelencia civilizatoria se alcanza con el aborto, considerado como la conquista de las mujeres para liberarse de la carga de transmitir la vida. Tan espléndida conquista empezó a introducirse con la excusa minoritaria de los riesgos para la salud y las violaciones para no tardar en mostrar su verdadero rostro, el de inmejorable método anticonceptivo. Un detalle también es que la píldora del día después, ese preaborto camuflado, nació como instrumento para evitar que las yeguas y perras con pedigrí quedaran preñadas incontroladamente. Tras lo cual, no tardó en aplicarse a las mujeres. Sin embargo, no en todas partes sucede lo mismo, porque mientras que los sofisticados occidentales consideran que tener hijos es una vulgaridad que esclaviza, los atrasados africanos musulmanes lo ven como una bendición y una alegría. Pensando, con criterio difícilmente discutible, que lo que sucede en la Europa apóstata es obra de Satanás.
El persistente descenso de la natalidad es el síntoma más significativo de la decadencia moral de una sociedad. Determina la pérdida de vitalidad de la nación y causa su propia ruina e incluso su desaparición, absorbida por otros pueblos o culturas. Una absoluta indiferencia nihilista que se proyecta también como designio colectivo. Proteger y transmitir la vida es el primer principio vital de cualquier comunidad política, mientras que abandonarlo es renunciar a la aspiración de quienes nos precedieron y que explica nuestra misma existencia. España se encuentra a la cabeza de toda Europa en su brutal descenso de la natalidad, siendo amenazadas[9]:
- a) La continuidad histórica, religiosa y cultural.
- b) La estabilidad social y educativa.
- c) La prosperidad económica.
La inmigración ilegal transformada en un verdadero asalto a las fronteras de las naciones europeas no es sino su consecuencia. Nadie tiene derecho a vivir donde le plazca, de ahí que las intervenciones legales para regular la inmigración no vayan contra ningún derecho humano. La doctrina de la Iglesia sobre la inmigración ―brillantemente explicada por santo Tomás sobre los preceptos legales en lo que toca a las relaciones con extranjeros[10]― establece diferentes formas de inmigración. Desde el simple turismo, que no se puede prohibir, pasando por estancias prolongadas, como por ejemplo por motivo de estudios, hasta el traslado definitivo al nuevo país. En este caso, la misma ley natural impone límites para que el flujo de extranjeros no dañe el tejido social. La inmigración debe tener siempre presente el bien común, no puede abrumar ni destruir a la nación a la que se dirige[11].
La enseñanza tradicional de la Iglesia recuerda que un Estado tiene el derecho y la obligación de regular la vida de la sociedad, lo que significa regular quiénes entran en su jurisdicción territorial, cómo lo hacen, cuánto tiempo pueden quedarse y qué condiciones razones se dan para ello. Siendo crucial distinguir entre emigrantes legales, refugiados huidos e inmigrantes ilegales: los refugiados son personas que tienen legítimo derecho a temer la persecución o la muerte. Respecto a las denominadas «deportaciones masivas», sin ceder a un entusiasmo irreflexivo por Trump o en general por toda la anglosfera que lidera USA, el término «masiva» no cambia la naturaleza del acto, por lo que la cuestión es si las deportaciones son lícitas o no. Si se permitiera que toda persona, por el simple hecho de desearlo, entrara libremente a un país occidental para instalarse en él, éstos serían destruidos como sociedades por la avalancha que se produciría, ya que nadie quiere vivir en una casa o barrio pobre si puede vivir en una casa o barrio rico. Por consiguiente, de ningún modo puede considerarse una obligación moral la demagógica consigna de Francisco de «derribar muros». De hecho, es ciertamente una grave negligencia tanto por parte de los Estados como de Bergoglio y sus lacayos el permitir, amparar y promocionar la invasión-islamización de Europa, porque regular la inmigración por parte del Estado es un acto legítimo y moral.
En cambio, hoy tenemos una inmigración descontrolada y que muestra un interés nulo por integrarse, realidad especialmente notoria en el caso de la inmigración musulmana. Los bautizados viven conformados mentalmente e instalados en el relativismo sentimental y nihilista de la época, por lo que el homo religiosus prácticamente ha desaparecido, lo que no sucede en el islam. Como puede observarse en el caso de las procesiones religiosas, en la Modernidad persiste un elemento pseudoreligioso, pero proveniente del individualismo protestante, desinstitucionalizado y por ello extremadamente fragmentado.
La idea de la inmigración como salvavidas regenerativo para los países de acogida, no es más que un constructo ideológico desconectado de la realidad. La integración efectiva de los inmigrantes en las sociedades que los acogen, entendida como identificación de ellos con los principios, la cultura y las costumbres de esas sociedades, incluso cuando se trata de residentes de segunda o tercera generación, es un proceso que culmina con éxito sólo en una minoría de los casos. Mientras que en gran parte las diferencias estructurales y la incompatibilidad de los principios no sólo no se atenúan, sino que se acentúan, lo que no desemboca en la fusión multicultural de una sociedad ampliada, sino en la formación de burbujas incomunicadas y crecientemente conflictivas.
Los globalistas de la Unión Europea y la ONU instan a trasladar masas ingentes de inmigrantes para afrontar «el reto del envejecimiento», mientras fomentan la «cultura de la muerte»[12] con el aborto a escala industrial. Tanto el liberalismo como el socialismo carecen de conciencia de la nación histórica y cultural, por lo tanto, no son capaces de integrar a los inmigrantes. Creen que la inmigración en masa es sólo una receta económica para conseguir mano de obra barata. Las masas de inmigrantes africanos musulmanes no se integrarán porque tienen culturas no sólo diferentes, sino opuestas a la occidental, que es también la que los españoles llevaron a Hispanoamérica. La consecuencia será el resentimiento y el odio hacia Occidente, ya que van a formar las capas más bajas y explotadas de la población, aunque sean generosamente regadas con múltiples subvenciones y exenciones de todo tipo.
En la instigación a la ilegalidad de la inmigración, dirigida por los anómalos y estridentes individuos de la cúpula de la Iglesia, se subordinan los aspectos intangibles del desarraigo, la aculturación y la ruptura de los vínculos sociales que se derivan del fenómeno inmigratorio, dando por hecho la inexistencia de más horizonte vital que el del homo oeconomicus del liberalismo, en el sentido riguroso de la palabra. El Nuevo Orden Mundial o globalismo se construye sobre el designio de disolver la identidad nacional de los pueblos que conforman Occidente. El resultado es una Europa que se extingue a nivel demográfico mientras agoniza culturalmente, anestesiada bajo la batuta de gobiernos corruptos que han reducido la política al espectáculo de «pan y circo».
Cuando la inmigración se convierte en un fenómeno de masas, ya no nos encontramos en el ámbito de la caridad sobrenatural[13], sino en el previo de la justicia natural y su proyección jurídico-política. El inmigracionismo, es decir el «dogma» ideológico según el cual los países occidentales deberían acoger acríticamente a todos aquellos que deseen establecerse en ellos, es un componente esencial del progresismo políticamente correcto o woke. Un materialismo dogmático que, desde finales del siglo XX ha sustituido a la vieja retórica marxista del conflicto de clases por el de la venganza de las minorías discriminadas y oprimidas por los ricos occidentales.
A causa de la influencia liberal y marxista, tiende a hacerse la comparación entre los países y culturas por sus resultados económicos. Así, la superioridad de Europa ―hasta las dos guerras mundiales― se podría medir fácilmente comparando los PIB de unos y otros. Sin embargo, según los estudios de historia de la economía[14], al comenzar el siglo XIX, Europa no era más rica que China y posiblemente Hispanoamérica o parte de ella. La pobreza europea, también durante el siglo XIX, puede estimarse vagamente por la enorme masa de emigrantes económicos que se produjo hacia América o Australia.
Más bien la superioridad europea sobre otras culturas queda realmente de relieve por su enorme densidad en arte, ciencia, literatura, técnica o pensamiento, incomparable con cualquier otra cultura contemporánea ya desde el siglo XV. Reducir todo al poder económico es similar a valorar a un multimillonario ostentoso e inculto por encima de un importante pensador o escritor, algo que, por lo demás, se hace hoy constantemente. A finales del siglo XV se produjo un hecho decisivo: el descubrimiento del mundo mediante el cruce de los océanos Atlántico y Pacífico, dificilísima hazaña que quizá pudieron haber realizado China o el islam, pero que acometió la Cristiandad, concretamente la Monarquía Hispánica. Simultáneamente, el llamado Renacimiento impulsó la cultura occidental en todos los planos, dejando atrás a cualquier otra. Esa ventaja aumentó luego en el plano económico y derivadamente en el técnico-militar por la revolución industrial, y duró hasta mediados del siglo XX, en que Europa perdió su puesto dirigente, reitero, a causa de la denominada Guerra Civil Europea (1914-1945)[15].
La denominada como «Era Europea» comenzada con la primera vuelta al mundo tuvo su parte militar y conquistadora, también esclavista, una realidad nada novedosa en la historia humana. Actualmente, se ha institucionalizado la protesta contra el pasado por parte de la ideología woke, LGTB, climática e indigenista, reivindicando las culturas y países que experimentaron la civilización o colonización europea. Pero sin ésta, esas culturas y países no se habrían beneficiado de la medicina, a la que deben el haber superado en tal grado a la demografía europea, la técnica y hasta del pensamiento europeo, cuyos argumentos utilizan contra Occidente. A qué se deba dicha superioridad histórica y su decadencia actual es un tema del mayor interés, y en cuya exploración nos topamos inevitablemente con la pérdida de la perspectiva religiosa y moral de las sociedades occidentales.
Refutando a los sofistas, Platón indicaba que es absurdo decir que la justicia pueda ser impía o la piedad injusta[16]: las virtudes no pueden ser enteramente dispares entre sí. El crecimiento en la caridad es simultáneo, y no diverso u opuesto al crecimiento en la verdad como dice el Apóstol: «haciendo la verdad en la caridad»[17]. O como afirma Dostoievski: «El Señor no está en fuerza, sino en la verdad»[18]. Por mucho que se empeñe la descabellada Iglesia salida del Vaticano II, su futuro no se encuentra en las obras sociales, por muy loables y necesarias que sean, ni en el pobrismo como cultura existencial, ni en el ecologismo o los objetivos de la Agenda 2030. Así como tampoco en la creación del paraíso en la tierra con los aplausos de los príncipes de este mundo[19] y su Nuevo Orden Mundial. Como bien sabían los santos y los teólogos, los apóstoles, mártires y místicos, la vida de la Iglesia reside en lo que sucede en la celebración de los sacramentos y en la espiritualidad de una Iglesia despojada de otras vicisitudes temporales que no sean las correspondientes a su fin sobrenatural. De modo que la misión de la Iglesia estriba en lo que sucede una y otra vez en la sagrada liturgia trasmitida por la Tradición.
Es evidente que una tasa de natalidad por debajo de los mínimos de reemplazo generacional acarrea una reducción de la población. Pero como todos los vacíos tienden a llenarse, este déficit ―que se corresponde con una creciente tasa de envejecimiento― viene a compensarse con la inmigración, que debería ser al menos legal, compatible culturalmente y organizada con arreglo a las necesidades nacionales. Así, una sociedad envejecida puede rejuvenecerse, pero es indudable el problema que este injerto social plantea a la identidad y a los principios morales y culturales de la nación. Europa no es consciente de la disminución relativa de su talla estratégica a nivel geopolítico en comparación con los grandes Estados emergentes; menos aún lo es de su decadencia moral interna y de su progresiva irrelevancia en el mundo. Es tal la autocomplacencia y el etnocentrismo que aqueja a los europeos, que no son capaces de valorar la incidencia de dos factores socioeconómicos muy poderosos: i) la crisis demográfica; ii) la deslocalización industrial.
Los europeos están tan orgullosos del bienestar y de la estabilidad democrática que han venido disfrutando, que no advierten la realidad de que un país en el que no cabe ya esperar reemplazo generacional genera un vacío demográfico que tiende a llenarse, aunque simplemente sea porque falta fuerza de trabajo. No es necesario enfatizar las consecuencias políticas de un 30% de la población de procedencia extranjera, que es precisamente lo que vienen diciendo las proyecciones de población que va a suceder. Una de las consecuencias del envejecimiento que más debería preocupar es la defensa nacional. La drástica reducción de la base de reclutamiento unida al elevado coste que supone para el ejército competir en el mercado de trabajo, está empezando a causar un acusado déficit de efectivos en las Fuerzas Armadas de varias naciones, algunas de las cuales, como Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania, ya lo han advertido ante la opinión pública. España experimenta también estas tensiones, si bien atenuadas por el elevado índice de paro que duplica la media europea.
Está claro que, con salarios bajos y ante una vida de sacrificio, la vida militar resulta cada vez menos atractiva para una juventud autóctona nada dispuesta al sacrificio. Los nuevos candidatos provendrán cada vez más del creciente nicho de reclutamiento formado por los «nuevos ciudadanos» procedentes de la inmigración, muchos de los cuales llegarán a serlo precisamente por su permanencia en filas. Ante la perspectiva de un nuevo ejército de rasgos mercenarios, pues muchos de los jóvenes ciudadanos que habrán de defender la nación o sus padres no habrán nacido en España, en algunos países se propone ya, como alternativa, regresar al reclutamiento obligatorio.
La desaparición de España como nación histórico-cultural está pasando de ser una posibilidad a ser un hecho. Existen en la historia sociedades interculturales que han sido y son funcionales, también es un hecho histórico. Suele ponerse como ejemplo a Estados Unidos, que ordenadamente absorbió grandes contingentes de inmigración de muy distintas procedencias ―italianos, hispanos, polacos, griegos, alemanes, judíos, armenios y tantos otros― que, conservando sus orígenes culturales en el ámbito privado, se asimilaron civilmente a la nación que los acogía bajo el imperio de la ley, con unos mismos derechos y deberes ciudadanos y una aspiración por progresar inherente a la pujante sociedad estadounidense.
Mucho más lejana en el tiempo, aunque más cercana a nosotros, es la obra de España en ultramar, que venía a ser una continuación de la de Roma. Así como el emperador Caracalla en el 212 d. C. había fundado la latinidad al conceder la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio[20], los Reyes Católicos y, muy en particular la gran reina Isabel de Castilla, dieron vida a la Hispanidad, fruto del mestizaje y del creativo intercambio cultural entre pueblos que no habían tenido antes contacto alguno. El reconocimiento de una igual dignidad y unos mismos derechos a todos los súbditos de la Corona y la evangelización de los nativos del Nuevo Mundo fueron los pilares de las Españas a lo largo de cuatro siglos, una identidad intercultural que permanece viva y operante. Adviértase que la Hispanidad goza de una extraordinaria capacidad de resistencia a:
- a) Las emancipaciones de los virreinatos americanos.
- b) La inundación de la Leyenda negra protestante.
- c) La protestantización de la Iglesia Católica desde el Vaticano II.
- d) El desgobierno de los caciques criollos del siglo XIX.
- e) La guerrilla comunista y los dictadores socialistas del siglo XX.
- f) Los narcoestados del siglo XXI[21].
Todo ello recuerda el argumento del filósofo estoico Crisipo y que aparecerá más tarde en el neoplatonismo, en san Agustín, en Berkeley y en Leibniz. A saber, que el mal da más realce al bien del universo, así como el contraste entre la luz y las sombras aporta belleza a un cuadro o como «las comedias contienen versos ridículos que, aunque de suyo malos, prestan no obstante cierta gracia al conjunto de la pieza»[22].
El cruce cultural no tiene por qué romper la sociedad, antes bien, puede enriquecerla y revitalizarla, pero tienen que darse dos condiciones: i) la sociedad de acogida debe tener la fortaleza moral necesaria para asimilar a quienes llaman a su puerta; ii) en cuanto a éstos, deben querer integrarse en ella bajo unos mismos religión, leyes, lengua y principios. No es esto lo que sucede en países europeos que han recibido grandes contingentes de musulmanes africanos, que no muestran la menor intención de asimilarse a la decadencia moral que las naciones europeas padecen. Por el contrario, exigen regirse por la ley islámica ―sharía―, lo que, en cuanto a los resultados, induce a constatar que las sociedades multiculturales son un rotundo fracaso. Basta con asomarse al Líbano.
A pesar de las presiones políticas, es necesario señalar una serie de falacias acerca de los motivos economicistas de la baja natalidad: i) el precio de la vivienda y el de los alquileres; ii) los bajos salarios; iii) el desempleo; iv) la dependencia familiar del trabajo de la mujer. No puede negarse la incidencia de tales dificultades, pero sería una falacia si atribuyésemos la caída de la natalidad exclusivamente a causas crematísticas. La causa de tan baja natalidad ―que corre paralela con la baja nupcialidad y la creciente falta de estabilidad de matrimonios y familias― es la mentalidad antimatrimonial y antinatalista que se ha sembrado desde la revolución de mayo de 1968. La Modernidad ―no en sentido cronológico sino axiológico― ha desnortado a la sociedad renunciando a transmitir la vida proyectándola más allá de la propia existencia, a perpetuar sus genes, su fe y tradiciones en quienes han de sucederles y recoger un día su último aliento. En el ámbito internacional, particularmente la Agenda 2030 y la ONU no dejan de promover el antinatalismo. No obstante, es en Occidente ―Iberosfera incluida como parte intrínseca de la civilización occidental― donde la caída de la natalidad bajo la tasa de reposición es una tendencia que anuncia un final. El nihilismo domina.
El individualismo nihilista es una reivindicación extrema del libre albedrío que ignora deliberadamente la naturaleza a un tiempo libre y social del ser humano. Del liberalismo contractualista de Hobbes, Locke y Rousseau se hereda la idea del «contrato social» como fundamento de comunidad política. El individualismo liberal es tendente a desentenderse de los deberes sociales, y entre ellos está el de la procreación y educación de la prole, haciendo posible la continuidad de la comunidad histórico-política y de la especie. La omisión de ese deber es, por tanto, un abuso con graves consecuencias para la sociedad, pero también para la misma persona. Prueba de ello es que el vacío que deja en la existencia humana la privación de la entrega matrimonial en la paternidad y la maternidad es causa de frustración y depresión. Con la petofilia (atracción desmedida u obsesión hacia las mascotas) se trata de satisfacer patéticamente el deseo de afecto de un verdadero matrimonio y de los hijos. Ese mismo individualismo liberal acaba con la renuncia a la aspiración de la mujer a su maternidad, que pasa a ser una carga impuesta a la mujer por el «heteropatriarcado», contra el que se ofrecen la anticoncepción y el aborto como respuesta a fin de progresar profesionalmente. El trabajo sería incompatible con esta aspiración a la maternidad.
El abandono del matrimonio natural monógamo y de la familia natural extiende la mercantilización de los vientres de alquiler. Las categorías colectivas bajo las que actúan las izquierdas reducen la importancia del individuo, que pasa ahora a ser sólo un miembro más del colectivo. El hecho de ser madre es un deseo natural que la Modernidad ha corrompido para poder así corromper todo lo demás. Ser madre es evidentemente distinto de ser padre, por eso todas las personas tienen el derecho de tener un padre y una madre, aunque el homosexualismo contemple la fórmula de considerar que el hijo es un derecho, un sueño o capricho más. Ha de hacerse hincapié en el hecho de que el cristianismo derrotó la concepción pagana del sexo sin límites con la sacralización de las relaciones sexuales y procreativas dentro de la monogamia[23]. El individualismo liberal ha producido una sociedad sin sentido de la trascendencia ni del deber, en la que cada uno sólo se dedica a su propio interés. Maquiavelo, Bentham y Stuart Mill la han llevado hacia el relativismo utilitarista y el Estado totalitario demagógico.
La noción del bien común, como fuente de legitimidad de todo buen gobierno, se vio cuestionada por la «voluntad general» roussoniana, en puridad una falacia como el contractualismo mismo, porque de la misma manera que nadie puede dar fe de la firma de ningún contrato social, tampoco es posible alcanzar un acuerdo de todos los miembros de la sociedad que sustente cualquier medida de gobierno. Estas ideas sólo son ficciones ideológicas para justificar el ejercicio del poder, pero no pueden sustituir como fuente de legitimidad al bien común, finalidad de todo gobierno y asiento de su autoridad. El bien común es, ante todo, Bien y luego común, es decir, el bien del hombre en cuanto hombre. Dios es fuente de todo bien y el Bien mismo por esencia, pero, cuando la Modernidad separó la fe de la cultura, no fue compatible con la libertad humana imponer un determinado criterio ético, sólo proponerlo y defenderlo como inspiración de la moral (mores, costumbres) mayoritariamente aceptada como norma que rige la convivencia y, como tal, susceptible de ser tutelada por la ley.
La Revolución de 1789 golpeó los fundamentos de la civilización cristiana, haciéndose necesario buscar un nuevo fundamento ético. El pensamiento ilustrado se había remitido a un «dios de los filósofos», y la totalitaria Convención nacional francesa entronizó a la «diosa Razón». No obstante, se trataba de una Razón que no era ya el Logos divino, sino el racionalismo que subyace tras las ideologías políticas tributarias de la voluntad general, es decir, de la corriente social dominante. La deriva de la filosofía europea contemporánea, que había propiciado el auge de los totalitarismos en el siglo XX, abrió el camino a la freudo-marxista Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt, que ha promovido una visión negativa de la civilización occidental. Véase en el panorama social actual en qué medida prima el sentimiento sobre la razón, junto a una idea de la felicidad orientada a la realización de los sueños, alentada por el marxismo de Gramsci que subyace en la «izquierda caviar». En ese panorama de lucha social de todos contra todos (bellum omnium contra omnes, semejante al estado de naturaleza hobbesiano) no queda espacio alguno para el bien común.
Se pueden documentar las razones conceptuales que subyacen a la actual regresión cultural de múltiples formas, pero la forma en que se entiende la naturaleza humana está en el centro del cambio. Seamos honestos intelectualmente, el islam no dejará de avanzar y, en su inexorable descenso hacia la decadencia, Occidente tiene una voluntad de desaparecer; ya no hay solución para la crisis demográfica[24]. El origen cultural de los nuevos españoles y europeos será en términos proporcionales muy diferente al de los actuales, con los problemas de cohesión social que pueden avizorarse, a los que antes hemos hecho referencia. Ahora bien, siempre habrá que aplicar una solución al problema, cuando menos atenuar sus efectos y revertirlos, en la medida de lo posible. Como tanto la natalidad como la inmigración son factores determinantes de la evolución demográfica habrá que actuar en ambos campos. Frente a las concepciones deterministas progresistas, como es la del liberalismo calvinista de Fukuyama[25], la historia no está escrita.
En cuanto a la inmigración hispanoamericana, ha de empezar a contemplarse como el único factor corrector de la crisis demográfica. En el territorio nacional y europeo no puede entrar todo el que quiera, sino quien legal y ordenadamente deba hacerlo, en la medida de las necesidades cuantitativas y cualitativas en que los países lo demanden. La integración de quienes legalmente entren debe ser particularmente cuidadosa y exigente, con particular atención a la obtención de la nacionalidad. La inmigración ilegal musulmana debe ser enérgicamente rechazada y principalmente contenida en origen. Si los europeos reniegan de su historia y cultura difícilmente se adherirán a ellas quienes provengan de afuera. Por lo que respecta a la natalidad, todo conspira en su contra, con el aborto a la cabeza, el materialismo, el hedonismo, la desestructuración de la familia y el sinsentido de la vida social y, sobre todo, el impacto de ideologías deletéreas como son la LGTBI y el feminismo comunista. Esa radicalización, por su carácter inhumano, desnaturalizador y violento, es el factor que más contribuye al brusco y desmesurado descenso de la natalidad.
La corriente contraria al matrimonio y la familia natural se ha convertido en la dominante en la civilización moderna. Destruido civilmente de facto y de iure el vínculo matrimonial con el divorcio, que contaba la complicidad silente y pasiva de la Iglesia moderna salida del Vaticano II, era obvio y coherente que se iniciaría la destrucción de la familia. Muy pocos obispos lo vieron con claridad, y muchos menos todavía se atrevieron a denunciarlo con valentía evangélica. Mons. Guerra Campos[26] fue uno de ellos, pagando por ello el precio del ostracismo eclesial, la ridiculización del mundo político y mediático y, en definitiva, la tremenda soledad humana que acompaña al apóstol. Puestos en esa vía de liquidación de la naturaleza del hombre y de la mujer, era coherente la banalización del sexo y la degradación de la reproducción humana a través de la utilización de los métodos anticonceptivos artificiales: sexo libre y sin consecuencias, aborto libre y crimen sin consecuencias. Siendo también coherente el contemporáneo ataque a la ciencia biológica por medio del transhumanismo, de modo que la ética y la moral se encuentren a disposición de los poderes totalitarios del Nuevo Orden Mundial o Globalismo. La mayor parte de la actual jerarquía eclesiástica ha aceptado las tesis del feminismo más radical y suicida, por las mismas razones que presidieron el Vaticano II: la conjugación de la religión católica con la Modernidad anticristiana. Su desvarío al rechazar la sabiduría de la Tradición por mor de adaptarse a «los signos de los tiempos», elevados a la categoría de nueva y única fuente de la Revelación, puso a la Iglesia en un camino hacia el suicidio hace sesenta años de manera oficial.
Sin historia no hay civilización
La causa de la enfermedad mortal de Occidente no es externa, está muriendo por su propia mano, debido a decisiones estratificadas durante siglos de protestantismo, Ilustración y liberalismo. Una patología cultural suicida en el plano espiritual, moral, cultural, demográfico, político y económico. Insistiendo en la idea judía y calvinista de que la economía precede a la religión y la cultura. En la muerte del Viejo Continente también se vislumbran pequeños signos de esperanza en aquellas fuerzas de resistencia contrarrevolucionaria, capaces de oponer al sistema dominante la fuerza de la verdad, de la ley moral natural, de la Tradición católica y de una idea de societas christiana como Corpus Mysticum radicalmente distinta de los paradigmas de la ideología democrática liberal. Son señales todavía mínimas y aparentemente irrelevantes en comparación con las grandes cifras, pero son vivaces, jóvenes, en crecimiento y ciertamente destinadas a beneficiarse del futuro clima de caos.
El panorama del mundo actual sumido en la mentira[27] constata la neutralización del concepto de naturaleza humana, de la concepción cristiana de la sexualidad y del mismo sentido del «ser». Se trata de la negación de que el hombre se encuentra ligado a una naturaleza que determina su existencia y, por tanto, el espacio de su libertad. Según la revolución moderna el hombre carece de naturaleza y se hace a sí mismo: es el ser humano quien se produce a sí mismo decidiendo si es varón o mujer, determinando su destino que ya no proviene de un Dios Creador, sino de un laboratorio de invenciones humanas. Una subversión obrada por la Revolución sexual de 1968 y cuyos principios han sido absorbidos por las sociedades occidentales. Lo que equivale a la inversión total del orden de la creación, de la naturaleza humana y, en definitiva, tanto de la verdad que es unitaria como de la Tradición que la transmite, privando a la fe católica de su centro preciso de definición.
La sociedad moderna, siendo la más próspera de toda la historia de las civilizaciones, la más alejada de todas las vicisitudes y penas con las que el hombre se puede topar, padece un desequilibrio psicológico severo. Parece que la religión trascendente ya no puede salvar al hombre moderno de la formación de su neurosis privada, pues el individuo se ha convertido en su propia religión, lo que explica su renuncia masiva a reproducirse. El hombre moderno sufre una neuma-patología, esto es, se encuentra tan enfangado en lo material que cuando se abre una ventana hacia la realidad sobrenatural, es incapaz de reconocerla y asomarse a ella. Esta patología reverbera en el ámbito político y social, por lo que dificulta más aún su regeneración. Insistimos. Cuando utilizamos el concepto de realidad nos referimos a la realidad entendida en el orden ontológico y metafísico que la Modernidad subjetivista ha demolido. Es decir, el realismo metafísico.
Lo que la posmodernidad se esfuerza por considerar «familia» no es más que la deconstrucción sistemática de toda relación humana que tiene su fundamento en el orden natural creado por Dios: paternidad, maternidad y conyugalidad[28]. Pero la victoria en la guerra no elimina siquiera al enemigo, aunque sea cierto que neutraliza su capacidad ofensiva que, sin embargo, vuelve cuando el vencedor pierde la capacidad de dominarlo.
Es la familia natural la que crea la tradición a lo largo de la historia[29], transmitiéndola de una generación a otra, por lo que se convierte en el campo de batalla donde hay que luchar por la sociedad tradicional[30]. Tanto el liberalismo conservador (individualista) como el liberalismo exaltado (colectivista) que es el marxismo cultural[31], saben que su revolución será limitada si los fundamentos de la familia natural y cristiana permanecen intactos. Consecuencia: la elevación de la democracia a antropología comporta el ataque y socavamiento virulento a la familia tradicional para socavar efectivamente la Tradición[32]. La familia transmite la religión tradicional, los códigos morales de conducta, la lengua, la historia y la cultura, todo un conjunto de verdades opuestas diametralmente al globalismo como binomio liberalismo capitalista-marxismo cultural. Las actuales castas dirigentes política y eclesiástica compiten por quién es el que mejor aplica la ideología de la plutocracia globalista que se sustenta en los denominados «derechos humanos», a fin de abolir el sentido y la finalidad del derecho y la justicia.
Cuando el rey San Fernando mandó verter en romance el antiguo Fuero Juzgo[33] de los Monarcas visigodos, se hizo uso metafórico del adjetivo «derecho» para traducir el ius romano, en contraste, se reservó el participio «torcido» o «tuerto» para su contrario. Estos vocablos suponen la constatación de un orden natural que, por su continuo quebranto o encorvamiento, motiva instintivamente en la persona un persistente ánimo de enderezamiento o rectificación del mismo que nunca podrá tener cumplido término en este mundo imperfecto.
Así pues, la búsqueda del derecho constituye el fin que ha de impulsar las relaciones sociales entre los hombres. Implica la presencia, al menos, de dos sujetos: uno acreedor y otro deudor del derecho. En la tradición jurídica de los pueblos occidentales, que arranca principalmente a partir del Derecho romano, cumbre de esta ciencia en el mundo antiguo, el acento de dicha relación se situaba en el lado del deudor. Así lo plasmaban las bien conocidas definiciones recopiladas por el jurista Ulpiano[34]: «Justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho. Los preceptos del derecho son éstos: vivir honestamente; no causar daño a otro; dar a cada uno lo suyo».
Con la nueva teoría de los «derechos humanos» de la Revolución de 1789, el foco de atención se desplaza, en cambio, hacia el lado del acreedor. El filósofo tomista Josef Pieper, puso de relieve este inédito enfoque en que la tradicional visión preocupada primordialmente por el «derecho ajeno» es suplantada por la novedosa concepción centrada en el «derecho propio»:
La doctrina antigua de la justicia no es, pues, primariamente, exposición de derechos que pertenecen y que, por tanto, pueden reclamarse, sino que es exposición y motivación del deber de respetar derechos; mientras que la doctrina posterior, más familiar para nosotros, la de los derechos humanos, no parece tener a la vista, primariamente, a los obligados, sino a los legitimados. Naturalmente que tampoco aquí deja de considerarse la obligación y el obligado; como tampoco, claramente, la vieja doctrina de la justicia olvidaba al legitimado. Pero innegablemente hay un desplazamiento de énfasis, difícil de explicar tal vez, pero digno en todo caso de apuntarse[35].
Bajo esta moderna óptica, se podría reformular la sentencia de Ulpiano aseverando que: «Justicia es la constante y perpetua voluntad de reclamar de cada uno mi derecho». Y entre los preceptos del derecho, habría que introducir el de «reclamar de cada uno lo mío», en sustitución del enunciado clásico[36]. Además, el pensamiento revolucionario añadió una distintiva carga connotativa positiva respecto a la índole del derecho correspondiente al demandante, como si su contenido tuviera que ser necesariamente algo provechoso para él. Las voces «merecimiento» o «dignidad» participan de esta convencional connotación en el lenguaje jurídico contemporáneo. Lo cierto es que en una relación jurídica no necesariamente el «derechohabiente» se hace acreedor a un premio más que a un castigo, sino que «aquello que merezca» o «aquello de que sea digno» dependerá del dato objetivo de su situación específica.
A lo que genera este estatus peculiar en cada uno responde la doctrina moderna de los «derechos humanos» y de la «dignidad humana» fundamentando la existencia de derechos favorables para todas las personas, de cuyos beneficios serían dignos cualesquiera por el simple hecho de su común esencia humana. No entraremos en la imparcialidad o arbitrariedad observada a la hora de elaborar los sucesivos catálogos de esos derechos. Sencillamente hacemos hincapié en la problemática que subyace a esa fundamentación, ya que, si los derechos tuvieran efectivamente una base exclusivamente ontológica, en rigor jamás podrían perderse, y siempre conllevaría una flagrante injusticia todo arrebatamiento o despojo de los bienes amparados por dichos derechos.
Para ilustrar el asunto, se podría aducir el ejemplo del «derecho a la vida», apoyado por muchos antiabortistas sobre la base de la sola personalidad humana del concebido no nacido. Pero si el debido respeto al bien de la vida, protegido por ese derecho, se hiciera depender solamente de su naturaleza humana, entonces un reo jamás podría ser acreedor, por ejemplo, a la pena de muerte, por atentar ésta contra una valiosa realidad que se encuentra resguardada por un derecho inseparable del hombre, y respecto de la cual éste nunca será indigno precisamente por su cualidad de ser humano. A esta objeción contestó implícitamente Pío XII[37]: «Aun en el caso de que se trate de la ejecución de un condenado a muerte, el Estado no dispone del derecho del individuo a la vida. Entonces está reservado al poder público privar al condenado del “bien” de la vida, en expiación de su falta, después de que, por su crimen, él se ha desposeído de su “derecho” a la vida». Por lo tanto, el carácter humano del nasciturus no es causa suficiente para reconocerle en posesión del derecho a la vida (en puridad, ni a él ni a nadie), sino que es necesario sobreañadirle otro factor adicional distinto al de su mera constitución ontológica humana.
Desde un punto de vista puramente natural, este factor viene dado por su condición de inocente en el plano moral, lo cual comporta ―entre otros deberes― el consiguiente respeto a su vida por todos los miembros de la comunidad política, empezando por su madre. En consecuencia, el derecho o dignidad pende, en última instancia, no de la bondad ontológica del hombre (aserción, por lo demás, innegable), sino de la bondad o maldad moral del mismo, que resulta determinada por la calidad de sus acciones u omisiones.
Creemos que se entiende mejor esta idea si nos fijamos en la «dignidad» de ese mismo nasciturus desde el punto de vista sobrenatural. Porque, ante esta perspectiva, el niño ya no viene a la existencia inocente, sino culpable, digno o merecedor de pena eterna (dejamos a un lado la alta cuestión de en qué consista la sanción divina). Esta verdad choca una vez más con la mentalidad que propaga la ideología de los «derechos humanos» y de la «dignidad humana», abrazada con entusiasmo por los funcionarios eclesiásticos en el Vaticano II. En todo caso, si los liberales fueran lógicos y llevaran dicha teoría hasta sus últimas consecuencias, tendrían que reconocer pura y llanamente la total abolición del derecho criminal como una rama superflua de los ordenamientos legales, aunque tampoco es preciso pretender indagar racionalidad alguna en sus construcciones especulativas, diseñadas sin otro objetivo pragmático que el de servir de justificación para la eliminación absoluta de la Cristiandad y de sus restos hoy día.
Sólo existe un ente racional que, en justicia, goce de pleno derecho para reclamar todo y que no esté obligado respecto a nadie, y ése es Dios, libérrimo donador universal de todos los bienes habidos, empezando por el ser. Pero Dios también posee otro atributo infinito, el de la caridad, la cual, superponiéndose a una rigurosa justicia, le «obliga» en cierto modo para con aquéllos que correlativamente corresponden a Su amor, y, con el nombre de «Hijos de Dios», les convierte inmerecidamente en «merecedores» del Sumo Bien, siempre que ellos, con la indispensable ayuda de la gracia, se mantengan y perseveren en esa caridad santificante, que se manifiesta operativa en la caridad al prójimo. Fuerza indispensable y necesaria la del amor gratuito y difusivo por definición, incluso desde un ángulo meramente natural, no ya sólo para una sociedad intencionalmente justa, sino simplemente para la subsistencia de la sociedad misma, que no podría perdurar con la nuda promoción de una exacta justicia.
Pieper hacía referencia a aquellas especiales deudas que son imposibles de pagar o satisfacer, y que apenas pueden ser ligeramente compensadas a través de las obras derivadas de sus respectivas virtudes: i) la religión, en nuestra vinculación con Dios; ii) la piedad, en la ligazón con nuestros padres; iii) la observancia, en nuestra relación con los que están revestidos de un cargo o autoridad legítima en la comunidad política. Y concluía sus reflexiones con una pregunta: «la vida social ¿no será necesariamente inhumana si el individuo, por cualquier causa o motivo que sea, no consigue entenderse ―ante Dios y ante los hombres― como deudor y donatario? Esto puede sonar en principio un poco romántico y más que cándido. Pero con ello se está haciendo mención a algo muy real». «¿No se hará inevitablemente inhumana la vida social si se intenta entenderla y, sobre todo, construirla y vivirla bajo el único punto de vista: qué es lo mío?»[38].
Este es el eje de la Revolución liberal y el principio nuclear de la democracia moderna. Una constante histórica muestra que el proceso revolucionario puede ralentizarse, pero nunca detenerse. La socialdemocracia ecualiza a los partidos de izquierdas y derechas[39], y la Constitución de 1978 apoyada por los funcionarios eclesiásticos españoles y vaticanos, es socialdemócrata[40]. De modo que, aunque gane las elecciones la centroderecha emasculada, seguirá gobernando la extrema izquierda desbocada porque es quien ha ganado la batalla cultural.
Como señalábamos antes, Gramsci corrigió a Marx al entender que la estructura ―esto es, la economía― no es lo que genera la superestructura ―las ideas, creencias y valores―, sino al revés, puesto que la importancia clave es la de las ideas. De ahí que sea decisiva la posesión ideológica del sistema educativo y de los medios de comunicación, más que la propiedad de las principales empresas nacionales. Mostrándose en este punto la derecha liberal (incluida la Iglesia desde el Vaticano II) más economicista que el propio marxismo. Bastaba ver las construcciones megalíticas prehistóricas, las pirámides o las catedrales para entender que han sido las creencias religiosas las que dieron lugar a las civilizaciones. Así se explica por qué en el norte de África, con un clima mediterráneo, sin embargo, no se produce vino, pero sí en el centro y norte de Europa. En este caso, las creencias religiosas ―el cristianismo o el islam― son las que han dado lugar a una economía u otra.
Las revoluciones se definen cuando una visión de la vida sustituye a otra. El ethos democrático es por naturaleza progresista, por lo que los términos «izquierda» y «derecha» como categorías políticas desaparecieron tras la caída de la URSS. Ya no hay cesuras entre ellos. El régimen liberal de 1978 ha generado una serie de barreras mentales, llevando a pensar que los problemas y las soluciones siempre se hallarán en el color del partido gobernante o en su acción o inacción. Pero nunca hay que olvidar que las estructuras políticas actuales fueron ideadas por traidores siervos de ideologías extranjeras, por lo que las soluciones se hayan fuera de ellas, no dentro.
En la historia siempre hay enemigos. A lo largo de esta obra hemos visto brillar claramente el antagonismo y la pugna de las dos ciudades que marca la historia. Por ello, tras décadas de liberalismo y marxismo democráticos, esto es, de revolución-subversión cultural, moral y política, unida a la autodemolición modernista de la Iglesia, ha de advertirse que hoy nos hallamos en una situación extremadamente más adversa que la que precedió a la Cruzada de 1936. La misión es la de una reconstrucción, es decir, la restauración de la civilización cristiana o Cristiandad, pues quien no contribuye a restaurar la Cristiandad trabaja para su demolición.
En el orden racional y natural, la alternativa se da entre la filosofía clásica escolástica y la contrafilosofía moderna y posmoderna; entre el ser (metafísica aristotélico-tomista) y la nada (nihilismo). Tertium non datur. En el orden sobrenatural, la batalla se libra entre la Iglesia y la contraiglesia, el teocentrismo contra el antropocentrismo, la Tradición contra la Revolución. Siguiendo a san Pablo, el obispo de Hipona se refiere a los malos e hipócritas que hay en la Iglesia diciendo que llegarán a ser tantos que van a constituir un verdadero pueblo del Anticristo[41].
Sin concesiones melancólicas por la Edad Media, la bandera para nuestro tiempo es la misma que la de nuestros antepasados: Omnia instaurare in Christo[42]. Como señalaban los documentos históricos estudiados en esta obra, la restauración católica de la sociedad, la contrarrevolución frente al liberalismo y el marxismo precisa de católicos dispuestos a un intenso rearme espiritual, intelectual y moral. Católicos hispanos que hagan honor a las palabras del poeta de Florencia: «De noble estirpe es vuestro ser esencia: para alcanzar virtud habéis nacido, y no a vivir cual brutos sin conciencia». «Sed hombres, y no estúpida borrega, a quien pueda mofar gente judía»[43].
Nada más grandioso y poderoso que la fe universal y apostólica que vive, preserva y transmite el misterio salvífico de Nuestro Señor Jesucristo. El tesoro de la Iglesia también contiene sus tradiciones intelectuales y artísticas. Dichas tradiciones incluyen tratados, ensayos, poesía, música sacra, arquitectura, escultura, pinturas, mosaicos y otras tantas expresiones del arte sacro. Contienen expresiones y representaciones, símbolos de las realidades de Dios. Sin duda, el tesoro sobrenatural de la Iglesia está repleto del esplendor divino a todos los niveles. Cuando se presenta algo nuevo, debe ser complementario y derivarse orgánicamente de lo que le precedió en evolución homogénea. Por tanto, la Iglesia debe ser sumamente cautelosa con respecto a la innovación ecléctica que puede generar una evolución heterogénea o mutación. La Tradición significa que la antigüedad es el criterio de normatividad para juzgar la novedad, señalando siempre el misterio de Nuestro Señor Jesucristo y su obra de Redención. Las falsas esperanzas que la humanidad ha puesto en sí misma, en sus estructuras políticas, en el mercado y en las cosas transitorias de nuestro mundo sólo han traído decepción y generado desolación.
Del mismo modo que el 18 de julio de 1936, los defensores de la Cristiandad no se han de reducir a la dicotomía del posibilismo ingenuo, como tampoco del abstencionismo y a la autocomplacencia con la excusa de salvaguardar impolutos los principios salvíficos de la tradición política católica e hispánica[44]. La aspereza de espíritu y de tono, acompañados por la terca convicción de que la absoluta necesidad y bondad de todos y cada uno de los aspectos de sus planteamientos les exime de cualquier reflexión sobre sus propios errores y exageraciones, constituyen el poderoso defecto que ha contribuido a la actual situación calamitosa. La arrogancia prepotente no permite el argumento sustantivo y racional, su infalibilidad y carisma de profecía les hace inmunes a cualquier crítica filosófica o teológica a su opinión.
Ciertamente, no se trata de retornar a un pasado idolatrado. El amor del historiador por el pasado no es manifestación de una añoranza romántica. La tradición no está orientada al pasado, sino al futuro, a la Parusía, a la definitiva manifestación de Nuestro Señor Jesucristo, a la liberación de los hijos de Dios del pecado y a la redención completa de la Creación de las cadenas de la corrupción, la muerte y el Maligno.
Los revolucionarios se esfuerzan por enfatizar el carácter irreversible de los cambios que introducen, persiguiendo la parálisis de quienes se les oponen. No obstante, todo cambio llevado a cabo por el hombre es susceptible de ser revertido. Estimado lector, tenga por seguro que la Revolución en curso empeorará, por lo que los católicos hispanos han de considerar estos tiempos como los más indicados para llevar a cabo iniciativas importantes, comprendiendo que son sujetos protagonistas de la historia y no meros espectadores. El apostolado político no ha de desviarse hacia alguno de los tres extremos patológicos que hoy florecen por doquier:
- a) El derrotismo que lleva a la parálisis.
- b) El activismo desenfrenado que carece de fundamento doctrinal.
c) El despilfarro de críticas y quejas constantes sin propuestas concretas de mejora
CONCLUSIÓN
La crisis que atraviesa Occidente no es un accidente histórico ni una mera coyuntura económica: es la consecuencia lógica de un proceso revolucionario prolongado que ha disuelto los fundamentos espirituales, morales y antropológicos de la civilización cristiana. El derrumbe demográfico, la destrucción de la familia natural, la normalización del aborto y la eutanasia, junto con la pérdida de conciencia histórica, revelan una sociedad que ha decidido renunciar a su continuidad.
Frente a la promesa fallida del progreso indefinido, la Tradición no representa un refugio nostálgico, sino el principio vivo de toda verdadera civilización: transmisión de la fe, de la cultura, del orden moral y del sentido del bien común. La historia demuestra que las sociedades que rompen con su herencia espiritual no se emancipan, sino que se vacían por dentro y quedan expuestas a su propia desaparición.
En el horizonte de decadencia que se perfila para Europa y la Iberosfera, la alternativa no es entre pasado y futuro, sino entre Revolución y Tradición, entre nihilismo y verdad, entre la disolución del hombre y su restauración integral. Sólo una reconstrucción arraigada en la ley natural, en la fe cristiana y en la continuidad histórica podrá ofrecer a las nuevas generaciones algo más que la herencia estéril de una civilización que ha perdido la voluntad de vivir.
[1] Cf. Socci, Antonio, El genocidio censurado. Aborto: mil millones de víctimas inocentes, Cristiandad 2007, p. 193. Importante estudio que, tras casi veinte años transcurridos desde su publicación, debiera ser puesto al día en el capítulo de datos, puesto que estas dos últimas décadas han sido testigos de un pavoroso crecimiento del número de abortos a nivel mundial, especialmente en Occidente.
[2] No entro a juzgar las intenciones cristianas de muchos de sus miembros, a pesar de que otros tantos no sean más que sectarios activistas de izquierdas (dirigentes incluidos). Mi crítica se dirige a que dicha institución no es más que una subcontrata del Estado liberal-socialista, que así elude su responsabilidad de hacerse cargo de esas molestas necesidades, subcontratando por ello ―y por muy poco dinero― a una Iglesia encantada de hacerlo debido a su antropocentrismo. La supuesta «acción caritativa» ―de la que está ausente la evangelización― se convierte en el escaparate y la justificación preferidas de la Iglesia invertida del Vaticano II para presentarse al mundo moderno. De ahí que los funcionarios eclesiásticos no dejen de repetir en su ridícula publicidad autorreferencial, lo mucho que la sociedad necesita de la acción de Caritas.
[3] CIC, cann. 213-214.
[4] Cf. Vélez, Iván, La conquista de México. Una Nueva España, La Esfera de los Libros, Madrid 2019, p. 107.
[5] Cf. Dumont, Jean, El amanecer de los derechos del hombre. La Controversia de Valladolid, Encuentro, Madrid 2009, p. 186.
[6] Cf. Martín Jiménez, Cristina, Los amos del mundo están al acecho. Bilderberg y otros poderes ocultos, Temas de Hoy, Barcelona 2017, p. 45.
[7] Cf. Castellano, Danilo, «El problema jurídico y moral de la eutanasia» en Verbo, Madrid 2016, nn. 543-544, pp. 253-272. Una consecuencia lógica del dogma liberal de la soberanía popular, minando de raíz la legitimidad de todo ordenamiento jurídico, un dato del que no puede prescindirse.
[8] Juan Pablo II, Evangelium vitae, 1995, n. 24.
[9] Macarrón, Alejandro, Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo, Amazon 2018, p. 77.
[10] Cf. S. Th., I-II, q. 105, a. 3 ad 1.
[11] CEC, n. 2241.
[12] Juan Pablo II, Evangelium viate, 1995, n. 12.
[13] Cf. Royo Marín, Antonio, Teología de la caridad, BAC, Madrid 1960, 22.
[14] Cf. Kenneth Galbraith, John, Historia de la economía, Ariel, Barcelona 2012, pp. 128-129.
[15] Cf. Nolte, Ernst, La guerra civil europea, 1917-1945. Nacionalsocialismo y bolchevismo, Fondo de Cultura Económica, Méjico 2017, p. 504.
[16] Cf. Platón, Protágoras, 330 c 3.
[17] Ef 4, 15.
[18] Dostoievski, Fiódor, Los hermanos Karamázov, II, 6, 2, d.
[19] Muy distinto del éxito terrenal de la noble gloria humana, cf. De Cervantes, Miguel, Don Quijote de la Mancha, II, 8.
[20] Cf. Homo, León, Nueva historia de Roma, Barcelona 1971, p. 345.
[21] Cf. Kaiser, Axel, Álvarez, Gloria, El engaño populista, Deusto, Barcelona 2016, p. 136.
[22] Plutarco, De communibus notitiis adversus Stoicos, 1065 d: Marco Aurelio, Soliloquios, VI, 42.
[23] Cf. Holland, Tom, Dominio. Una nueva historia del cristianismo, Ático de los Libros, Barcelona 2020, p. 106. Un libro extraordinario desde una óptica muy interesante que recomiendo vivamente.
[24] Cf. Murray, Douglas, La extraña muerte de Europa. Identidad, inmigración, islam, Edaf, Madrid 2019, p. 363.
[25] A pesar del monismo de los estoicos, sorprende encontrar en ellos una actitud de devoción personal hacia el principio divino supremo, por el que tomaron bajo su protección la religión popular, cf. Séneca, Fragmentos, 17. Del mismo modo, el estoicismo otorgó un puesto honroso a la adivinación y a los oráculos, lo cual no resulta extraño si se advierte que los estoicos sostenían el determinismo y afirmaban que todas las partes y los acontecimientos del Universo están en mutua conexión.
[26] Cf. Guerra Campos, José, La Ley del divorcio y el episcopado español (1976-1981), Ediciones ADUE, Madrid 1981, p. 87.
[27] Cf. San Agustín, La Ciudad de Dios, XIV, 4.
[28] Cf. CIC, can. 1055 §1.
[29] Un profundo estudio sobre la fecundidad social del matrimonio en, Gomá, Isidro, La familia según el derecho natural y cristiano, Editorial litúrgica, Barcelona 1931.
[30] Cf. Gambra, José Miguel, La sociedad tradicional y sus enemigos, Guillermo Escolar Editor, Madrid 2019, p. 212. Obra de referencia obligatoria para conocer el verdadero pensamiento político de la Tradición.
[31] Cf. Pío XI, Divini Redemptoris, 1937, n. 16.
[32] Cf. Petit Sullá, José Mª, «La destrucción de la familia por el marxismo», en Obras Completas, Tradere, Barcelona 2011, vol. I/1, p. 146.
[33] Cf. Escudero, José Antonio, Curso de Historia del Derecho. Fuentes e Instituciones Político-administrativas, Gráficas Solana, Madrid 1985, p. 417.
[34] Ulpiano, Digesto, Parte I, Lib. I, Título 1, §10, dentro del Corpus Iuris Civilis. El emperador Justiniano quiso reunir en una sola obra las sentencias de los jurisconsultos clásicos (iura), es decir que el Digesto es una recopilación de la jurisprudencia romana que servía en forma de citas a los antiguos juristas, cf. Pastor y Alvira, Julián, Manual de Derecho romano según el orden de las instituciones de Justiniano, Amazon 2018.
[35] Pieper, Josef, La fe ante el reto de la cultura contemporánea, Rialp, Madrid 2000, pp. 190-191.
[36] Aunque desde el punto de vista liberal del derecho moderno, una obra de síntesis histórica que despliega una apabullante erudición en, Herzog, Tamar, Una breve historia del Derecho europeo. Los últimos 2.500 años, Alianza, Madrid 2019, pp. 50-53.
[37] Pío XII, Discurso a los participantes en el I Congreso Internacional de Histopatología del sistema nervioso, 14-IX-1952.
[38] Pieper, Josef, La fe ante el reto de la cultura contemporánea, Rialp, Madrid 2000, pp. 202-203.
[39] Cf. Bueno, Gustavo, El mito de la izquierda-El mito de la derecha, Pentalfa, Oviedo 2003, p. 238.
[40] Cf. Hernández, Paloma, El fin de la izquierda. El desbordamiento de las izquierdas por el globalismo oficial, Sekotia, Madrid 2024, p. 352. Este clarificador ensayo de la autora continua y actualiza la línea trazada por su maestro, Bueno, Gustavo, El mito de la izquierda, Ediciones B, Barcelona 2006.
[41] Cf. San Agustín, La Ciudad de Dios, XX, 19.
[42] Ef 1, 10. La exposición más exacta de este versículo y su contexto en la economía divina por uno de los mayores maestros de espiritualidad católica del siglo XX, cf. Marmion, Columba, Jesucristo vida del alma, Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1960, pp. 3-26.
[43] Aligheri, Dante, Divina comedia. Infierno, XXVI, 119-121; Paraíso, V, 80-81.
[44] Cf. Castellano, Danilo, La tradición política católica frente a las ideologías revolucionarias, Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, Madrid 2019, p. 143. Una apretada síntesis formidable.
