INTRODUCCIÓN
El pontificado del papa Francisco ha suscitado, desde sus inicios, un intenso debate dentro y fuera de la Iglesia Católica. Para unos representa una renovación “pastoral” adaptada a los tiempos; para otros, una ruptura profunda con la Tradición doctrinal, litúrgica y moral que durante siglos estructuró la identidad católica. Más allá del estilo personal del pontífice, el problema de fondo que aquí se analiza es la progresiva ideologización del discurso eclesial y su subordinación al llamado “espíritu del tiempo”.
Este fenómeno no surge de la nada. Encuentra su raíz en la transformación teológica y pastoral impulsada tras el Concilio Vaticano II, cuando la Iglesia comenzó a adoptar como criterio de acción el diálogo con el mundo moderno, aun a costa de relativizar la noción de verdad revelada, la unicidad salvífica de Cristo y el carácter normativo de la Tradición. En este marco, determinadas afirmaciones del papa Francisco —especialmente en materia de pluralismo religioso, justicia, política y moral— aparecen no como simples imprecisiones, sino como síntomas de una mutación más profunda: el paso de una Iglesia centrada en la trascendencia de Dios a una Iglesia replegada sobre categorías inmanentes, sociales y políticas.
Este artículo pretende ofrecer una reflexión crítica, de carácter teológico e histórico, sobre ese proceso de ideologización del pontificado actual, examinando sus presupuestos, su coherencia interna y sus consecuencias para la fe, la doctrina y la misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo.
Hasta el Concilio Vaticano II, la Iglesia profesaba que, de todas las religiones, sólo el cristianismo como la única verdadera dio a los hombres la creencia de la unidad del género humano. Únicamente esta concepción permite mirar a los semejantes como partes de una gran síntesis no dialéctica sino integradora, y por ende puede también afirmarse la existencia de una ley moral natural común a todos los hombres, y de un gobierno supremo de Dios sobre el mundo o Providencia. Sin la concepción de un Dios trascendente en la historia de los pueblos, la historia apenas alcanza a ser una recopilación de hechos aislados y carentes de sentido que se apilan o agitan en el vacío provocado por el paso de un tiempo carente de finalidad. No puede poseerse una idea precisa del progreso humano sin la comprensión de esa ley de la humanidad, en virtud de la cual los hombres y las sociedades van avanzando sucesivamente hacia el fin que Dios les ha asignado en la historia. Esta Teología de la Historia constituía una estructura metódicamente ensamblada, con una escolástica clasificación de conceptos y una tipificación de las nociones básicas para el conocimiento teológico de la historia, no por ello menos científico ya que la teología es una ciencia[1].
Sin embargo, esta disciplina fue arrumbada desde el último concilio ecuménico, dejando de considerarse verosímil. La Tradición entendida como comunión doctrinal, litúrgico-moral e institucional en el tiempo fue coartada, a pesar de que las teorías utópicas, luego revolucionarias, que la sustituyeron carezcan de la menor consistencia sistemática. Edmund Burke escribió que la sociedad es una asociación «entre los vivos, los muertos y los que están por nacer»[2]. El concepto inaugurado para la Iglesia por Juan XXIII como aggiornamento implica «modernización», «estar con la historia», «estar con su tiempo», lo que significa romper con lo anterior. Es como la Modernidad se entiende a sí misma. Sin embargo, copiar las formas de pensamiento dominantes de cada época equivale a capitular ante ellas. Nada más.
Por primera vez en su bimilenaria historia, las propias jerarquías de la Iglesia proclamaban que el mundo era el referente a seguir, abandonando la enseñanza bíblica y tradicional que le consideraba como uno de los enemigos de la religión católica: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre. Porque todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa y también con él sus concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre»[3]. Los católicos progresistas entienden por aggiornamento un replegarse militantemente a la época moderna, una superstición basada en la fórmula mágica de «abrirse al mundo» y a «los signos de los tiempos».
El 13 de septiembre de 2024 se celebró en Singapur el festival Toghether in Hope. Interreligious Youth with Pope Francis, un encuentro interreligioso para jóvenes organizado conjuntamente por el Ministerio de Cultura, Comunidad y Juventud y la Archidiócesis Católica de Singapur. El acto se desarrolló entre danzas tradicionales, intervenciones institucionales y breves palabras de jóvenes pertenecientes a las diferentes y falsas religiones. La intervención de Bergoglio fue ―como de costumbre― controvertida, puesto que, en una suerte de sincretismo ecumenista ubicó a todas las religiones en pie de igualdad, lo que equivale a negarlas todas en una caricaturización de lo divino.
En primer lugar, el papa Francisco comienza diciendo que había preparado un discurso, pero que prefiere conversar in situ, sobre la marcha. Traducido, que no le apetece nada leer lo que le han escrito sus amanuenses de palacio, pues así no se le permite ser él mismo. De lo que podemos extraer que las palabras en este foro no son propiamente las de papa Francisco sucesor de san Pedro Apóstol, sino las opiniones improvisadas del casposo jesuita «sesentayochista» Jorge Mario Bergoglio. Le ruego que no lea, por favor, doble intención sedevacantista en esta afirmación, tan sólo es una observación de contexto. Aunque, aludiendo a una cuestión humanamente comprensible y por ello del más vivo interés, teológicamente el sedevacantismo es una aporía conforme al Diccionario de la RAE: «enunciado que expresa o que contiene una inviabilidad de orden racional».
El objeto sobre el que vamos a reflexionar teológicamente, esto es, partiendo de los principios de la fe y subsumiendo bajo ellos todos aquellos principios de razón natural y de experiencia histórica, que deben ser tenidos en cuenta para que un católico hispánico se enfrente honestamente con el deber intelectual de comprender los orígenes y desarrollo de la crisis en la que está sumida la Iglesia y con ella la antigua Cristiandad, hoy la apóstata Europa. Para lo que me serviré de los elementos racionales y empíricos en los que se ha de fundamentar una conclusión práctica. Formulada esta precisión sobre el punto de partida y el método, conviene formular que el problema no reside primariamente en una cuestión de estilo, en las imprecisiones lingüísticas o terminológicas de un sujeto con una nula formación. La «pastoralización», o evacuación de lo trascendente de la Iglesia posconciliar, es un fenómeno anterior a Francisco, en quien se encuentra acentuado y apareado con su retórica zafia y su estilo garrulo. Más interesado en el poder político y mediático que en las ideas, sus intervenciones públicas, más propias de una tasca de suburbio, se dedican a oscurecer más que a esclarecer y esto se debe a la teología moderna y su continua confusión entre el plano natural-social-inmanente y el sobrenatural-teologal-trascendente.
El celo por la verdad retrocede ante el ademán del diálogo y la búsqueda del consenso. Se ha abandonado la verdad católica, en aras del diálogo con el mundo moderno y, como supuesto necesario de éste, la oposición tajante entre Bien-Mal, Verdad-Mentira, y desde luego la lucha de Nuestro Señor Jesucristo contra Satanás, lucha ya no sólo en el plano natural-ético, sino también sobrenatural-escatológico. El proceso iniciado con el modernismo a principios del siglo XX, y que se sirvió del Vaticano II como catalizador e instrumento para oficializarlo a modo de conversión de la Iglesia en un permanente Estado revolucionario[4], ha llegado con Bergoglio a su culminación: la pérdida de la trascendencia a favor de la inmanencia. Desacralizada la religión católica, la única religión verdadera porque es la única revelada, se consuman por extensión la desacralización de la vida humana y la abolición de la virtud cardinal de la justicia. El orden natural se inserta en el sobrenatural, de ahí que la verdad de la religión católica repercute políticamente. Contra las coordenadas en las que se encuadran la ley natural y del derecho natural, se dirige el empeño político-jurídico del papa Francisco por subvertir la justicia legal exigiendo la amnistía a los presos (24-XII-2024), presentada como una exaltación de la evasión ante la justicia, y olvidando que en la doctrina católica el perdón no es gratuito, a diferencia del concepto protestante de misericordia-amnistía que es el que tiene el papa montonero.
Bergoglio no pidió clemencia para los delincuentes. No expresó simples palabras de indulgencia o de lástima. Propuso una revolución en el sentido común, un levantamiento contra la idea de la justicia jurídica, caracterizada como castigo, opresión, cierre, negación de la libertad. Francisco, en virtud de su ideología socialista, lanzó un desafío que va más allá de la ritualidad del catolicismo en el marco de la celebración de un año jubilar. Propuso un replanteamiento de la sociedad ―de las relaciones humanas, de la organización del Estado― basado en el nivel de humanidad más bajo que es el crimen. Este replanteamiento de la sociedad propuesto por Francisco como exigencia cristiana no es más que ideología política. En la sociedad actual y en este campo de luchas ideológicas, del que el comunismo ha desaparecido y el liberalismo flaquea, quedan dos bandos que se enfrentan: i) el de la derecha hiperliberal, que gobierna en Argentina, Italia y América, avanzando en todo Occidente; ii) el de Bergoglio, que reúne a una parte no mayoritaria del mundo católico y a franjas dispersas, pero todavía vivas y vivaces, tanto de la izquierda del área liberal o socialdemocracia, como del nuevo socialismo-comunismo iberoamericano. El papa argentino cree que la Modernidad está en su brillante visión, mientras que del otro lado sólo estarían el atraso y la reacción.
Priman las intenciones abstractas y retóricas buenistas sobre las ideas metafísicas, minando la concreta vida de la Iglesia. Es la primacía pragmatista de la pastoral sobre la Verdad, produciendo sus amorfos y amargos frutos. Se trata del estilo «pastoralizador» de Bergoglio que no sólo se percibe en sus numerosas intervenciones públicas en foros sociales como el que aquí nos ocupa o como el sonado caso del grimoso y vomitivo documental Amén: Francisco responde (2023) producido por Disney, sino en el signo mismo de su pontificado. La Iglesia no es una ONG globalista, aunque haya en su seno un torpe desplazamiento evidente tanto en el estilo como en las preocupaciones, ya que al eclecticismo en el culto corresponde el sincretismo en las creencias. Sólo una cosa se prohíbe sañudamente: lo que precisamente se opone al sincretismo, por eso la Tradición es perseguida en esta Iglesia de la publicidad. Todo lo trascendente como los dogmas, ritos y símbolos queda evacuado en su íntima significación para dejar lugar a una moral humanitaria, a asambleas en que la electrización del grupo humano importa más que el culto de glorificación a Dios.
Un mundo de inconmensurable riqueza espiritual se ha ido dilapidando así por obra de dos generaciones del episcopado y el clero, deseosas de avenirse a toda costa con los poderes de la Modernidad y el efímero prestigio de la moda. Históricamente, esta constelación es perfectamente comprensible como inmersión en el «espíritu del tiempo». Pero una Iglesia que se ha considerado siempre a sí misma como el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, el Cuerpo Místico de la Divinidad Encarnada, y que vive según sus nociones, en un tiempo que trasciende el tiempo histórico-mundano, no puede realizar dicha inmersión sin apostatar en un doble modo:
- a) La apostasía dogmática formal, directa y explícita.
- b) Una suerte de apostasía en espíritu, consistente en una obediencia sólo formal a los dogmas, pero para poder acomodarlos a lo que se diagnostica como el «espíritu del tiempo».
La segunda opción es la que viene manifestándose en creciente medida desde el Vaticano II, y que va camino de desembocar en la primera. En el último concilio ecuménico se consideró irreversible el proceso secularizador occidental, de lo que se siguió el vaciamiento doctrinal de la encíclica de Pío XI, Quas Primas (1925), sobre la realeza de Nuestro Señor Jesucristo, practicándose una autosecularización interna de la Iglesia. Hasta el Vaticano II había prevalecido la tesis (de iure) de la claridad del Magisterio y las condenas al error, a pesar de que la diplomacia vaticana siguiera el camino opuesto de la conciliación con la hipótesis (de facto). Es decir, acatando el principio de los hechos consumados y transigiendo hacia la situación provocada por la revolución liberal por medio de:
- a) La coronación de Napoleón por parte de Pío VII en 1800.
- b) Las cesiones de León XIII en Francia con el ralliement. Es decir, la imposición ―en un claro abuso de autoridad― de una política de aceptación y acomodamiento de los católicos con la masónica Tercera República francesa en 1884 a través de la encíclica Nobilissima gallorum gens.[5] Un proceso similar fue seguido por el mismo papa para con España, instando a aceptar el régimen liberal con la encíclica Cum multa en 1882.
- c) La nefasta política de Pío XI con i) la condena de la Acción Francesa en 1926; ii) el abandono de los cristeros mejicanos en 1929, tras fiarse de las abstractas promesas de unos gobernantes que sabía que eran masones; iii) la contemporización e intento de acomodación a la Segunda República en España, en manos de jacobinos y socialistas.
Al menos queda el consuelo de saber que la doctrina infalible de la Iglesia aporta argumentos decisivos y suficientes como para poder rechazar la pauta diplomática entronizada por la jerarquía eclesiástica en sus relaciones fácticas con la Revolución liberal. Sin embargo, las crecientes cesiones y la sumisión de la Iglesia al liberalismo en sus diversas manifestaciones no sirvieron de nada a fin de apaciguar a los Estados modernos. Por el contrario, el poder político se manifiesta cada vez más contrario a una Iglesia que es crecientemente despreciada porque ya ni si quiera se respeta a sí misma en su doctrina, ritos, moral y gobierno. Es aquí donde se encuadran las palabras pronunciadas en Singapur por Bergoglio a las que nos referíamos al principio de este epígrafe. El Sumo Pontífice de la Iglesia Católica pronunció una sentencia herética: «Todas las religiones son un camino para llegar a Dios. Y hago una comparación: son como diferentes lenguas, como distintos idiomas, para llegar allí. Porque Dios es Dios para todos. Y por eso, porque es Dios para todos, todos somos hijos de Dios. […] nuestras religiones son lenguas, caminos para llegar a Dios».
No se trata tan sólo de una cuestión de estilo, es asimismo una cuestión de fondo, la indiferenciación y el mero sincretismo religioso. Al negar el catolicismo progresista o modernismo su identidad con el pasado rompe toda posibilidad de auténtica unidad en la verdad. No puede haber una especie de «unidad del instante», sino de todo lo pasado y del futuro. Para que todo se integre en la Iglesia, la verdad tiene que haber estado siempre presente en ella, de otra suerte se rompe la Tradición, privando de toda garantía de autenticidad a la unidad que degenera en un consenso político pactado y perecedero. El catolicismo debe poder mantener su sustancia y forma sin disolverse en la bruma sincrética, porque es la levadura que fermenta toda la masa del hecho religioso.
Por el contrario, la falsa unidad de coyuntura, del instante, empuja a las religiones a trocarse en el masónico mejunje homologable e intercambiable al que aspira el Nuevo Orden Mundial. El relativismo ha creado una mentalidad religiosa propia de un supermercado, al hacer creer que todas las religiones son iguales. En efecto, debe haber una unidad prístina a la que referirse, puesto que el re-conocimiento sólo se puede dar entre unidades reconocibles. El drama de la Iglesia del Vaticano II es la indiferenciación e intercambiabilidad con las falsas religiones, aspirando a la neutralización de las diferencias. Se trata del liberalismo expuesto en el Contrato social de Rousseau en atención a su fuente inspiradora que no es otra que el judío ateo Spinoza. Que afirma que no hay mejor modo de conseguir que el Estado se constituya en el detentador del monopolio de los juicios morales que la afirmación de la libertad de conciencia: si se deja que cada uno piense lo que quiera, sobre el caos de los juicios individuales, vendrá a erigirse el Estado como la fuente única y suprema[6]. Si se atiende a las fuentes filosóficas del liberalismo se comprenderá que, en realidad el Estado moderno que se impuso en Occidente a partir de la Revolución francesa deriva prácticamente del panteísmo[7] con dos posibles formulaciones:
- a) El monismo estático de Spinoza.
- b) El monismo dialéctico de Hegel.
Las lamentables deposiciones verbales del papa peronista muestran que se encuentra perfectamente incardinado en la órbita del pensamiento débil, estando seguro de que la verdad racional y la fe sobrenatural ―dogmática― dificulta el encuentro con las personas. Se trata de un acto de defensa ante el ejercicio de la inteligencia. Ya ocurrió en la Antigüedad griega. Con el epicureísmo y el estoicismo la filosofía se supedita a la vida, el conocimiento se subordina al obrar, la contemplación se subordina a la acción. Entonces Grecia entró en decadencia[8]. Modernamente, la aceptación de la sociedad pluralista-democrática, esto es, de la «sana laicidad como conquista de la convivencia de los pueblos», conlleva la renuncia a reconquistar la sociedad para la soberanía de Dios. En esta forma infraintelectual, la doctrina, liturgia, moral y disciplina católicas pasan a ser un contenido difuso y gelatinoso, mudable y evanescente, sujeto a una flexibilidad táctica total, bajo la cual caben los cuatro tipos de proyectos que Bergoglio ha llevado a cabo durante su pontificado:
- a) Sinodalismo democratizante.
- b) Ecologismo panteísta y ecumenista.
- c) Inmigracionismo e indigenismo socialista.
- d) Homosexualismo propagandístico.
Contra ideales rastreros y gnósticos al apostar, en lugar de por la doctrina católica racionalmente elaborada, por la renuncia a la razón en un confuso sentimentalismo donde las ideas no son más que viejas muletas para los pujantes y libres deseos. Un cristianismo desfigurado y débil, descafeinado y sin esperanza teologal de cara a revertir el proceso de secularización en el marco público de la Revolución. Lo que está en perfecta consonancia (esencialmente, aunque en mucho menor grado) con el aggiornamento de Juan XXIII y Pablo VI, en una intencionada funcionalidad al servicio teórico y práctico de los poderes revolucionarios constituidos, que son enemigos de Dios.
Aparcando la fe sobrenatural no tiene cabida la esperanza cristiana, y restan sólo las frágiles esperanzas humanas en las que se asientan las estrategias políticas cortoplacistas. «La virtud de la esperanza, de las tres virtudes teologales, es la que hace que nuestra voluntad, apoyada en la acción de Dios que viene a nuestro socorro, me lleve hacia Dios tal y como la fe nos lo revela, como sobre lo que puede y debe ser un día nuestra felicidad perpetua»[9]. Contra la virtud de la esperanza teologal se peca en cuanto al deseo de la felicidad eterna en el cielo o contra la confianza de obtenerla con la asistencia de la gracia de Dios. El deseo de la felicidad eterna se apaga en quienes están apegados a los bienes mundanos, que preferirían vivir para siempre en este mundo o excluyen de su horizonte la existencia después de esta vida[10].
El católico fiel no puede aceptar sin más el aggiornamento del Vaticano II, ni capitular ante el «espíritu del tiempo» ya que, para integrar a alguien en la cultura católica, antes hay que tenerla. La catolicidad es en sí misma ecuménica, pero nunca sincrética, pues se trata de la lucha entre la seriedad de lo sagrado y su banalización por lo profano hasta convertirlo en su único protagonista. La seriedad de lo sagrado resuelve lo profano, no anulándolo o cancelándolo, sino sublimándolo, purificando y elevándolo. Es la victoria de la eternidad sobre el tiempo. Conviene aceptar de una vez que la existencia de términos indefinidos como el de «humanismo cristiano», «sana laicidad», o, peor aún, como el de «diálogo interreligioso» han resultado ser el caballo de Troya del modernismo empeñado en trepanar la verdad absoluta que Nuestro Señor Jesucristo encomendó guardar y transmitir a la Iglesia que Él fundó. La Iglesia no ha claudicado en 2000 años de historia precisamente porque no es una ONG apegada al aquí y ahora (hic et nunc), sino que tiene encomendada una misión clara y distinta: ser contramundo en el mundo.
CONCLUSIÓN
El pontificado de Francisco no puede interpretarse únicamente como una cuestión de estilo personal o de comunicación pastoral. Lo que se manifiesta en sus discursos, gestos y orientaciones de gobierno es la culminación de un proceso iniciado décadas atrás: la progresiva sustitución de la centralidad de Dios por la centralidad del hombre, del dogma por la praxis, de la verdad por el consenso, de la trascendencia por la inmanencia. Este desplazamiento no es neutro: transforma la identidad misma de la Iglesia y la reconfigura como un actor moral y político más dentro del escenario global.
Cuando la religión revelada se diluye en un sincretismo funcional al pluralismo ideológico del mundo moderno, la fe deja de ser fermento y criterio de juicio para convertirse en un lenguaje más del mercado simbólico contemporáneo. La unidad católica, fundada en la continuidad doctrinal, es reemplazada por una “unidad del instante”, frágil, negociada y dependiente del clima cultural dominante. En ese marco, la misión propia de la Iglesia —anunciar la verdad de Cristo y ordenar la vida personal y social según la ley natural y divina— queda subordinada a objetivos de armonización política y legitimación mediática.
La crisis que atraviesa la Iglesia no es, por tanto, meramente disciplinar o institucional: es una crisis de fe, de inteligencia teológica y de conciencia histórica. Recuperar la centralidad de la Tradición no implica un repliegue nostálgico, sino la condición necesaria para que la Iglesia pueda seguir siendo lo que siempre ha sido: no una ONG del humanitarismo global, sino el Cuerpo Místico de Cristo, llamado a ser signo de contradicción en el mundo y testigo de una verdad que no depende de las modas ideológicas ni del “espíritu del tiempo”, sino de la eternidad de Dios.
[1] Cf. S. Th. I, q. 1, a. 1.
[2] Burke, Edmund, Reflexiones sobre la Revolución en Francia, Alianza, Madrid 2016, p. 127.
[3] 1 Jn, 2, 15-17.
[4] Cf. Kamrava, Mehran, Breve historia de la revolución, Rialp, Madrid 2021, p. 117.
[5] Los mismos temas serán retomados por León XIII en la encíclica Au milieu des sollicitudes, 1892. Las instrucciones del papa a los católicos franceses para que se unieran a la República fueron una anticipación del Vaticano II, aunque con matizaciones. En realidad, las directrices de la encíclica pretendían ser sólo tácticas y no teoréticas. Sin embargo, en la forma un tanto acrobática en que León XIII las formuló, hay un elemento teórico, incluso de teología, al menos por defecto. En este sentido, podríamos hablar, por lejana analogía, de enseñanza «pastoral». Insistimos una vez más, el Vaticano II no es el único responsable ni el inicio de la desastrosa situación actual.
[6] Cf. Spinoza, Baruc, Tratado teológico-político, 1670, prefacio al cap. 20, incluso en el título desarrolla la conclusión. La heterodoxia de su unitarismo teológico, negador del dogma de la Santísima Trinidad, evolucionará hacia un monismo panteísta, inmanente y antropocéntrico.
[7] Cf. Pío IX, Syllabus, 1864, n. 1. Esta proposición contiene en admirable síntesis todos los errores filosóficos de cuño spinoziano y hegeliano: el inmanentismo, hostil a toda idea de Dios trascendente, soberano, libre, creador y salvador del mundo que se traducía en los sistemas políticos modernos.
[8] Cf. Elorduy, Eleuterio, El estoicismo, Gredos, Madrid 1972, vol. I. p. 25.
[9] Pégues, Thomas, Catecismo de la Suma Teológica, Homo Legens, Madrid 2011, p. 217.
[10] Cf. Schneider, Athanasius, Credo. Compendio de la fe católica, Luz de Trento, Madrid 2024, pp. 237-238; Catecismo Romano, I, 8, 2.
