INTRODUCCIÓN
La derrota histórica del comunismo soviético no supuso el fin del marxismo como cosmovisión revolucionaria. Antes bien, asistimos a su metamorfosis cultural. Allí donde fracasó la revolución económica, triunfó la revolución antropológica. El marxismo abandonó el obrero y tomó la cultura; dejó la fábrica para conquistar el lenguaje, la educación, la moral y, sobre todo, la sexualidad.
Desde el mayo francés de 1968, la civilización occidental ha entrado en una fase de transformación profunda en la que el pansexualismo, el relativismo moral y la ideología de género sustituyen al viejo ideal comunista de la sociedad sin clases. El enemigo ya no se presenta como dictadura del proletariado, sino como deconstrucción de la naturaleza humana. Este desplazamiento estratégico, impulsado por la Escuela de Frankfurt y el marxismo cultural de Gramsci, ha logrado un éxito que el comunismo político jamás alcanzó: colonizar la conciencia, disolver la noción de ley natural y subvertir los fundamentos antropológicos de Occidente.
El pansexualismo es una característica definitoria de la civilización occidental contemporánea tras la revolución freudo-marxista[1] del mayo francés de 1968, siendo su objetivo una mutación antropológica[2] sin precedentes en la historia de la humanidad. Es en la descomposición del marxismo donde se encuentra el escenario para la cultura que se desarrolló en Occidente a la luz del deterioro de la Unión Soviética. La Revolución proletaria se ha disuelto como objetivo político real del comunismo y la noción de libertad fue completamente socavada por el relativismo proclamado por el liberalismo. Su itinerario filosófico ha dado origen a los movimientos denominados como nueva izquierda[3], que han transformado el viejo ideal de la sociedad comunista por el hodierno de la sociedad homosexualista[4].
No existe una ideología marxista monolítica, univoca e inmutable. Debido a los rasgos permanentemente móviles del marxismo éste no admite verdades absolutas e inamovibles, y de ahí provienen sus continuas mutaciones. Todo puede modificarse sin que por ello se caiga en la contradicción, ya que para el marxismo la teoría se encuentra subordinada a la praxis: la teoría es acción y la acción es la teoría. Es la razón dialéctica, que es un momento de la construcción racionalista de la realidad, por eso el marxismo no es una filosofía del ser, sino una filosofía del acto, del devenir. De modo que, en el marxismo la ética y la moral (el deber ser) no están fundadas en la naturaleza (el ser de las cosas, su esencia), sino que son creadas y recreadas por la historia (historicismo).
El marxismo no fracasó, sino que se dividió en dos partes[5]: i) el ortodoxo o soviético, fracasado en todas sus realizaciones históricas excepto en China con las variantes de su idiosincrasia; ii) el heterodoxo, o marxismo cultural de Gramsci, perfeccionado posteriormente por la Escuela de Frankfurt[6], con tal sorprendente éxito que salvó al marxismo de desaparecer. Los filósofos de dicha escuela comprendieron cuáles eran las tres valiosísimas herramientas para la revolución social: i) la cultura; ii) el lenguaje; iii) la juventud. Especialmente una vez que, gracias al crecimiento económico occidental, el obrero había dejado de ser el sujeto revolucionario, al estar ya disuelto en la sociedad industrial capitalista. De hecho, los proletarios ya se habían vuelto propietarios. El marxismo proporcionó a Occidente el tipo exacto de relativismo que adoptó más tarde: las ideas políticas y sociales son simples subproductos de las condiciones materiales y culturales.
Este itinerario nos ha llevado a donde estamos hoy con las ciencias políticas, jurídicas e históricas invadidas por teorías que reducen la realidad social al triunvirato clase, raza y género. De ahí han surgido tres tendencias dominantes: el secularismo, el positivismo y la ideología de género.
- a) El secularismo. Corresponde a la pérdida de fe en el Ser trascendente y verdadero que determina la conducta individual y comunitaria.
- b) El positivismo. En ausencia de una verdad filosófica o una filosofía de la naturaleza: el único reclamo de objetividad estaba representado por el empirismo, las ciencias experimentales y las matemáticas.
- c) La ideología de género. El cristianismo había sostenido que la sexualidad era un eslabón particularmente débil y, por tanto, sujeto a una vigilancia especial, de modo que conductas previamente definidas como pecados graves[7] se han convertido en la norma social. La completa inversión del sexto mandamiento de la Ley de Dios[8], especialmente con la neurosis de la homosexualidad, se ha convertido progresivamente en el pilar de la nueva cultura occidental, alineándose perfectamente con dos los anteriores de la secularización y el positivismo.
Así se ha dado paso a una sociedad anómica, pero, al mismo tiempo con la sarcástica paradoja de que el liberalismo la inunda de un creciente número de leyes[9]. Es psicológicamente imposible para las personas nacidas en la posmodernidad crecer con un sentido positivo de la autoridad, particularmente de la autoridad de la Iglesia. La sociedad contemporánea exalta la libertad ilimitada del individuo como el summum bonum, y nada debe impedirla. Desde esta perspectiva, las leyes o cualquier tipo de normatividad son enemigas de la libertad y, por lo tanto, vistas con desprecio. Dado que la Iglesia se opone al principal ejercicio de libertad de la Modernidad ―la sexualidad sin restricciones―, la sociedad percibe sus leyes como la opresión y el atraso máximos: la moral católica es constrictora y represora, luego inhumana. Por lo que la mayoría de las personas, tanto fuera como dentro de la Iglesia (funcionarios eclesiásticos en primer lugar), muestra su desagrado simplemente ignorando las leyes eclesiásticas, que se fundamentan en Dios Creador y supremo Legislador. Este rechazo converge con el pensamiento antijurídico del modernismo que se ha adueñado de la inoperante Iglesia desde 1965.
La Modernidad destruye la idea de Ley divina[10], y la Iglesia se adaptó primero y sometió después a la Modernidad desde el Vaticano II, abandonando el derecho natural. Dados sus fundamentos en la metafísica realista y finalista[11], desde la posmodernidad nacida en la Revolución sexual de 1968, se ha destruido la idea de Ley natural, también en el interior del catolicismo. El mayo de 1968 no modificó las estructuras políticas y económicas del sistema capitalista. Su gran logro consistió en inocular en las nuevas generaciones un sentimiento disruptivo y de rechazo sin precedentes hacia el status quo, a la moral y las autoridades naturales, hacia la tradición y, en definitiva, hacia la historia de Occidente. Esto es, una corriente cultural relativista que atravesó la entera sociedad. Bajo esta óptica, puede afirmarse con todo rigor histórico que el Concilio Vaticano II fue la Revolución cultural de la Iglesia, el mayo de 1968 adelantado. De igual modo que la Modernidad fue útil para quitar definitivamente a Dios del centro, reemplazándolo por el hombre, esto es, el periodo sintetizado en la frase de Nietzsche «Dios ha muerto», desde el Vaticano II se quitó a Dios del centro de la Iglesia para ubicar al hombre en su lugar. Esta es la evidencia empírica del antropocentrismo que se manifiesta en todos los ámbitos de la vida eclesial: la nueva liturgia, la nueva catequesis, la nueva teología, la nueva pastoral, la nueva filosofía, derecho, política, arte, música, arquitectura, psicología, etc.
Un mero ejemplo en el campo litúrgico que hace visible lo dicho antes. Escribe el cardenal Ratzinger: «cuando se aplaude por la obra humana dentro de la liturgia, nos encontramos ante un signo claro de que se ha perdido totalmente la esencia de la liturgia»[12].
Aristóteles tiene conciencia de la realidad de la lucha moral[13], era demasiado buen psicólogo para desconocerla. La moral católica tradicional buscaba controlar los impulsos sexuales que podían descontrolar el ejercicio de la sexualidad[14]. Pero tras una creciente infiltración y usurpación homosexual en la cúpula de la Iglesia desde los años 60, ahora se trata de impulsar el reconocimiento y normalización de las relaciones homosexuales como innatas e irreversibles. Ejerciendo presión desde poderosos grupos de una especie de «Iglesia aparente», para hacer creer a los fieles que la materia ya es divina o que se diviniza, en lugar de creer que el Hijo de Dios se hizo carne. Lo que conmueve todos los cimientos de la doctrina tradicional católica acerca de la trascendencia de Dios, la santidad del matrimonio o el principio de autoridad.
Se separa el fin unitivo de la sexualidad conyugal ―como un valor en sí mismo― del procreativo primario, dado que tras el Vaticano II se procedió a la inversión o subordinación del fin primario procreador del matrimonio[15]. Sus principales promotores eclesiásticos tienen un interés personal significativo en la homosexualidad, es decir, que ellos mismos están afligidos por una u otra forma de atracción hacia el mismo sexo, llegando a identificarse sin restricciones con la ideología del movimiento homosexualista. Se trata de un diagnóstico psicológico sobre los rasgos más telúricos y destacados de su personalidad, no de una acusación. Las tendencias homosexuales son trastornos mentales y emocionales de la personalidad, discapacidades graves[16]. Caridad y dulzura no son sinónimos. En ocasiones, la auténtica caridad consiste en dejar de lado la dulzura y hablar con dureza, especialmente cuando los inocentes están siendo dañados.
Para no extenderme más omitiré las declaraciones que no necesitan aclaraciones, como se desprende del aberrante documento Fiducia supplicans (2023), al que me opongo abiertamente no sólo por sólidos motivos de naturaleza doctrinal, sino también histórica y cultural[17]. Es un escrito repugnante porque toma el nombre de Dios en vano profanándolo, y además es blasfemo al pretender que Dios bendiga el pecado contra natura. Hago mías las palabras del cardenal Sarah que define el documento firmado por el papa Francisco como «Una herejía que socaba gravemente a la Iglesia porque es contraria a la fe y a la Tradición» (8-IV-2024). Su intencionalidad no es otra que otorgar carta de naturaleza católica a los postulados freudianos[18], fusionando la teología católica con el psicoanálisis en una «psico-teología». Algo muy propio de la teología moderna, para la que «Dios es subjetividad», que, a la postre se resuelve en psicología o psicopatía, según la casuística estudiada por Freud.
Realizando un análisis lógico-lingüístico, sería demasiado complaciente calificar la ars poética de la redacción de los prolíficos textos del Tucho y Francisco como una rimbombante zafiedad en los límites de su singularidad mental. Avalando así la degradación de la teología moderna con su altísimo nivel de sectarismo ideológico, unido al esclerotismo estéril de sus pronunciamientos verbales. No son pocas las ocasiones en que, incluso tras varias lecturas, entender el sentido de sus palabras, formulaciones o cualquier otra construcción gramatical no provenientes del depósito de la fe y de la recta filosofía resulta cuando menos complicado para la mayor parte de los sufridos lectores. Algo curioso, teniendo en cuenta que el objetivo debería ser el contrario, esto es, que todo el mundo entendiese el significado de un texto oficial o norma de la Iglesia de la forma más sencilla e inteligible posible. La vieja ontología pretendía ser lo que su etimología indica: una lógica del ente. En función de ello, identificaba cuidadosamente la esfera del ser real de la esfera del pensamiento como adecuación de la cosa con el entendimiento. Pero este no es el caso de Fiducia supplicans.
Es inconcebible que un varón heterosexual normal pueda identificarse tan completamente con todos y cada uno de los aspectos de la causa homosexualista, cuyos eslóganes, careciendo de la menor base científica[19], usan el lenguaje propio de un anuncio de champú. Incluso cuando esta ideología la promueve un político heterosexual oportunista o ideologizado, no puede suprimir su sentido común aportado por la biología[20] y su sentido moral natural tan radicalmente como aquellos para quienes es una imperiosa necesidad personal de justificación vital. El motivo: su orientación contra natura, esto es, contraria a la naturaleza, al serlo a la esencia del hombre y, por ello, intrínsecamente desordenada[21]. Por otro lado, existe una fuerte base de evidencia proveniente de investigaciones psicológicas de que las inclinaciones homosexuales crónicas son manifestaciones de una neurosis sexual, y que dos factores de la infancia-juventud a menudo predisponen a los individuos a ellas. A saber:
- a) Patrones específicos de relaciones entre padres e hijos, con una masculinidad o feminidad subdesarrollada.
- b) Inadecuada adaptación a la comunidad homosexual de su entorno social.
Las personas atraídas por personas del mismo sexo sufren de un complejo de inferioridad sexual que se origina en la preadolescencia o la adolescencia. Se sentían inferiores en masculinidad (feminidad), no pertenecían al mundo de la masculinidad (feminidad) y anhelaban amistades masculinas (femeninas) y un afecto sexualizado. Se encuentran atrapados en sentimientos, hábitos, opiniones y relaciones adolescentes que estaban conectados con sus experiencias traumáticas de no pertenecer al mundo de sus compañeros del mismo sexo y, a menudo, de sus padres[22].
Una amistad homosexual significa perseguir una ilusión imposible. Esta fijación en la personalidad herida y anhelante del adolescente del pasado, con todos sus hábitos y relaciones con sus padres, sus compañeros del mismo sexo y del sexo opuesto, y con su egocentrismo, inhibe la maduración psicosocial y la sexualidad sana como capacidad de amar genuinamente a los demás. De modo que, afectivamente, puede definirse la homosexualidad como un estado de «adolescentización» perpetua, a tenor de la caracterización de la juventud inmadura que hace Aristóteles: «vive sobre todo por los sentimientos y atiende más que nada a su propio placer y al momento presente»[23]. La búsqueda del «amor homosexual» es una adicción al amor propio puberal, implica una visión de sí mismo y un hábito de autocompasión y autovictimización, los hábitos de queja, ira y descontento que son típicos de los complejos de inferioridad en general.
Como la historia demuestra en tantas ocasiones, para un jesuita, más en la teología moral casuística que tanto cultivaron, lo que no se dice a menudo es más importante que lo que se dice. La virtud teologal de la caridad obliga a que sigamos diciendo la verdad, es decir, que la homoafectividad es objetivamente un trastorno ligado al plano psicológico y a la esfera sexual. Esto se debe al profundo vínculo entre alma y cuerpo, rasgo característico de la antropología cristiana. La gramática del cuerpo masculino expresa apertura y tendencia hacia el cuerpo femenino, y viceversa, es en este cuerpo donde también se expresa la tendencia sexual, con su afectividad característica que la distingue de otras relaciones afectivas, como el amor paterno-filial o el de amistad[24]. Si esta tendencia se expresa de un modo diametralmente opuesto al de la gramática del cuerpo, entonces sólo puede haber un trastorno grave. La tendencia homosexual no es en sí misma pecado, pero no se puede negar que afecta muy negativamente a la persona. De aquí surge el deber de luchar contra una tendencia tan sumamente desordenada y que se siente de manera particularmente aguda, ya que se trata de una dimensión especialmente herida y difícil de reintroducir en el orden de la razón.
Los funcionarios eclesiásticos prohomosexuales constituyen la derrota no sólo de la doctrina moral de la Iglesia, sino también de su actividad apostólica y de su gobierno. Promueven la homosexualidad como identidad, como un hecho que no debe corregirse de ninguna manera, contra el cual estaríamos exentos de luchar. Personas que fueron creadas por Dios como hombre o mujer, pero a quienes se les repite la gran mentira de que su tendencia, completamente contraria respecto a lo que expresa su propio cuerpo, no es desordenada. A quienes se les silencia que los actos que surgen de esta tendencia son una ofensa grave para ellos mismos y para el Dios Creador. En definitiva, se sobreentiende una blasfemia: que Dios creó personas caracterizadas por una «egodistonía antropológica», dándoles un cuerpo caracterizado sexualmente y luego una tendencia completamente opuesta.
La negación del sentido moral innato, es decir, natural, respecto de la homosexualidad es parte de la negación ideológica homosexualista de la realidad que el papa Francisco ha absorbido, para lanzarlas en una serie de declaraciones desdeñosas como que los oponentes a sus controvertidas bendiciones de uniones homosexuales «pertenecen a pequeños grupos ideológicos», y que la Iglesia de África es un «caso especial», ya que «para ellos la homosexualidad es algo malo desde el punto de vista cultural, no lo toleran» (29-I-2024). De esta forma, se da por supuesto que las culturas «atrasadas» o «primitivas», como suponen que son las africanas[25], no logran captar la dirección supuestamente inexorable hacia donde se dirige la historia. Se trata de una visión historicista, hegeliana, en la que se apunta la dirección del futuro como un tiempo en que al final se aprobarán y equipararán toda clase de expresiones sexuales. En suma: lo «desarrollado» e «inevitable» equivale a lo «moderno» y «progresista».
Según Hegel, la historia es el despliegue de Dios en el mundo, su teofanía, de ahí que toda la historia sea sagrada. Luego el devenir es divino, por lo que no cabe oponerse al devenir en la historia. Es ésta la manera de pensar a la que la Iglesia está evolucionando[26] en un lento pero incesante desplazamiento: desde el contenido sagrado y trascendente de la religión católica hacia una pseudomorfosis antropocéntrica inmanente[27]. Sustitución obrada en nombre de una almibarada fraternidad universal masónica (Fratelli tutti), que implica ir más allá de las distintas tradiciones religiosas secundarias, porque todo está sujeto al criterio inapelable de cada cual.
La religión católica es necesaria para la existencia del hombre porque le religa con el único y verdadero Dios que es Trinidad y, por consiguiente, Creador, Redentor y Santificador. Principio absoluto de Ser y de gobierno pues también es Legislador, que mantiene y conserva al hombre en el ser, y a quien adoramos cuando en la sagrada liturgia[28] i) le rendimos culto de latría o sea adoración, que es el exclusivo de Dios (fin latreútico); ii) su Hijo divino expía por nuestros pecados renovando incruentamente en el altar el sacrificio en la Cruz (fin expiatorio o propiciatorio); iii) pedimos su ayuda para conocer el camino a seguir en la vida, es decir, la gracia para no desviarnos y resistir a las tentaciones de nuestros enemigos, los dos externos ―el mundo y el demonio― y el interno ―la carne― (fin impetratorio[29]); iv) le damos gracias por todo lo que recibimos de Él (fin eucarístico). Esta ayuda nos es concedida gratuitamente por Dios mediante los sacramentos de la Iglesia. La religión católica sana al hombre y le mueve a practicar las virtudes naturales y las infusas, siendo prudente, justo, fuerte y moderado. El amor del cristiano va unido al santo temor de Dios, «principio de la sabiduría»[30] para alcanzar el destino eterno de la beatitud, fin último del hombre sobre la tierra.
En cambio, la adaptación al mundo moderno comporta que la Iglesia, y por tanto Dios, existirían para estar al servicio del hombre y de sus apetitos degenerados, pues, en definitiva, todas las religiones no serían más que distintos lenguajes para referirse a Dios. Ya lo expresó diáfanamente Fromm, uno de los fundadores de la freudo-marxista Escuela de Frankfurt: «¿Cómo quebrantar la voluntad de la persona sin que ella lo advierta? Mediante un complicado proceso de adoctrinamiento, recompensas, castigos y una ideología adecuada generalmente se realiza esta tarea, tan bien que la mayoría cree que obedece a su propia voluntad y no advierte que su voluntad ha sido condicionada y manipulada»[31].
Los «pequeños grupos ideológicos» a los que se refería Bergoglio, en realidad, comprenden la gran mayoría de la humanidad, pasada y presente. Al utilizar el término «ideológico», el jesuita montonero proyecta su propia mentalidad sobre la gran mayoría de católicos que no puede compartir su extrema identificación con la ideología homosexualista[32]. Desafiantemente se mantiene alejado de ellos, los humilla e insulta, por lo que no es capaz de comprender sus principios de resistencia y sentirse como ellos. Como clave hermenéutica no tolera las críticas y despide a los disidentes. Aunque resulte muy difícil conocer la extensión real de esta situación en el ámbito de la jerarquía, ésta es la actitud propia de quienes suprimen su sentido moral, volviéndose insensibles y hostiles a la Ley moral natural y a la Ley divina positiva. Porque la voluntad de Dios es el primer principio en el orden especulativo (cuestiones divinas) y también en el práctico (cuestiones morales), ésta es la incorporación del orden natural al orden sobrenatural.
El Vaticano había labrado parte de su prestigio cultivando lo que se ha dado en llamar «el poder blando», es decir, aquel que emana de su diplomacia, su cultura, su encanto y sus tradiciones. Los británicos son unos maestros en ese fino arte de vender humo. Pese a que Bergoglio no es de la clase de gente de la que quepa esperar la transmisión de precisas nociones teológicas, siendo una figura más propia de la literatura picaresca, luego carente por completo de la virtud de la caridad[33], es un generador inacabable de ideas insultantes. Particularmente y con la crueldad patológica de un perfil psicológico trastornado, lo demuestra parlanchinamente en sus comentarios ofensivos e irrespetuosos hacia personas bien intencionadas.
Comportándose como si se hallara con sus amigotes en una taberna de pueblo, llama a las religiosas «viejas solteronas» (8-V-2013), o una mujer valiente que a pesar de las difíciles cesáreas ha dado a luz a muchos niños una «coneja» (20-I-2015), o a los desinteresados activistas provida «fanáticos y obsesivos» (28-VI-2022), o que «los cotilleos son cosa de mujeres» (1-VI-2024)[34]. Por no hablar de sus toscas y reiteradas referencias al «mariconeo» (27-V-2024 y 11-VI-2024), o la justificación de los atentados musulmanes en Francia porque, «si alguien dice una palabrota sobre mi madre, puede esperarse un puñetazo» (15-I-2015). Junto a tantas otras ocasiones en las que los actos de lamentable descortesía de este sujeto patentizan que sufre de coprolalia, además de su inaceptable carácter violento que destila un tipo de odio que toma formas casi fantásticas, incluso pareciera que preternaturales.
Alusiones y comportamientos que distan mucho de lo que se espera de una figura de su rango en la Iglesia, mostrando a un personaje en pleno delirio narcisista que atribuye a los demás cualquier comportamiento que a él mismo le pueda resultar un objeto de reproche. Incapaz de asumir su propia responsabilidad, las deyecciones verbales del papa Francisco son un recital de bajeza moral e irresponsabilidad. En lo que se refiere a nosotros, fieles al principio cervantino «Cuando a Roma fueres, haz como vieres»[35], respondemos al Robespierre de la Pampa sin que por ello caigamos en su misma inutilidad insultante y degradante.
Quedaron atrás los pulidos y cuidadosos sofismas de los progresistas de los años setenta. Cuando para un papa, el modo de interpretar la realidad consiste en encontrar motivos y ocasiones para insultar a los que no aceptan sus subyugantes lecciones, comienzan a socavarse los fundamentos de la realidad. Este fenómeno presenta un entrelazamiento de elementos, antropológicos, éticos, teológicos y también psiquiátricos, ya que dicha esperpenticidad es la categoría apta para la interpretación vital del sujeto. La conducta se vuelve irracional y las consecuencias de los propios actos no se tienen en cuenta. La vida se llena de actos objetivamente absurdos e inútiles, la diferencia entre lo real y lo irreal desaparece, viéndose perturbada la percepción de la realidad. Desde Heracles, que mata a sus hijos, Áyax el Grande, que confundió a sus enemigos con un rebaño de ovejas, o Licurgo, que confundió a su hijo, matándolo. Una realidad distorsionada que se percibe por una actuación teatral entre la actividad frenética y la catatonia. Gran parte de los cipayos que (des)gobiernan la Iglesia son maníacos y depresivos apáticos, que al dejar de creer en Dios desconocen lo que significa la naturaleza del hombre.
Los oligarcas de la Iglesia ―con doblez crónica― no han organizado ningún estudio en profundidad sobre la homosexualidad, así como ningún debate abierto y honesto intelectualmente sobre su infiltración entre el clero y el episcopado. Su intención es que los textos bíblicos que la condenan ―es decir, todos― deben ser deconstruidos de manera que se adhieran al «valor» que expresan, pero no a las normas que proponen y, sobre todo, evitando la transposición de una norma cultural antigua a una norma natural absoluta. Detrás de estas afirmaciones se deduce fácilmente la influencia de la exégesis protestante-liberal de la Sagrada Escritura desde el siglo XIX, en la que hay una dosis enorme de filosofía nominalista e inmanentista que i) es escéptica hacia cualquier hecho sobrenatural; ii) relativiza los absolutos morales por medio del historicismo y su relativismo cultural. Los presupuestos filosóficos modernos sobre los que se levanta la teología moderna han de ser sometidos con rigor a una crítica científica, porque son expresión de una idea mecanicista-cientificista del mundo.
Fiducia supplicans es un documento degradante, escrito a base de demagogia barata y que se niega a responder a las preguntas críticas de numerosos hombres eruditos y de gran integridad. El caso es que sus cínicos autores, carentes de orientación heterosexual, no tienen más respuesta que la promoción de un episcopado ampliamente homosexual a tenor de las palabras de Isaías: «llevan como Sodoma sus pecados a la vista, no los disimulan»[36]. Querido lector, quiero indicar que mi violenta requisitoria no corrompe a nadie, pues sólo indica a quienes ya están corrompidos y lo constatan. No nos es dado saber si la insistencia homosexualista es instrumental, esto es, utilizada maquiavélicamente, por ello, debe prestarse atención a los hechos: la praxis, en efecto, revela las verdaderas convicciones. «Por sus frutos los conoceréis»[37], dice Nuestro Señor Jesucristo refiriéndose a los falsos profetas.
Nos referimos a nombramientos de extravagantes homosexuales o prohomosexuales para puestos clave, que han copado de podredumbre el gobierno eclesial hasta parecer un lúgubre decorado de Juego de Tronos. Desde la Antigüedad, uno de los elementos vertebrales de la ruina de una institución es la impunidad de los culpables y el castigo a las víctimas. A pesar de que no falten sacerdotes y obispos que practiquen la más cínica amoralidad, una mayoría de los componentes del estado clerical son hombres rectos, que admiten y confían en el Derecho Canónico que pretende, antes que nada, preservar la justicia y la unidad en la Iglesia preservando el bien común de la fe y la gracia de los sacramentos frente al desorden y el caos de la herejía y el cisma. No obstante, la Iglesia lleva décadas sufriendo una selección inversa a la aristocracia, con obispos y cardenales que parecen venidos directamente de un programa de alfabetización de adultos. No tienen la menor gravitación sobre la vida pública porque son ignaros que no pasarían un elemental examen de la primera ciencia que es la taxonomía: la clasificación de las cosas. Al no caracterizarse por sus dotes humanas de equilibrio psicológico, madurez e inteligencia, vacíos de una visión y criterio sobrenatural, luego sin fervor apostólico y misionero, han sido elegidos, evidentemente, por sus numerosas carencias que los convierten en fácilmente dominables.
Un ejemplo. El recientemente antifranquista diario español ABC[38] publicaba esta esta noticia: el cardenal Cobo de Madrid[39], «el hombre del papa en España» ―así sin mayores explicaciones―, seleccionaba a nuevos candidatos para el episcopado «al estilo del papa Francisco». Con esa expresión se lleva al lector a un entimema, un silogismo falaz que lleva inmediatamente a una conclusión tendenciosa, pero que ha omitido una misteriosa pregunta: ¿desde cuándo existe ese cargo y nombramiento con ese oficio en el ordenamiento jurídico eclesial? Del mismo modo que los fieles de una parroquia son fieles de la Iglesia y no de su párroco, o los sacerdotes son sacerdotes de una diócesis de la Iglesia y no del obispo de turno, los obispos, lo son de la Iglesia Católica porque los papas mueren y pasan mientras que la Iglesia permanece. A tenor de la legislación canónica, quien representa al papa de forma estable en cada nación es el Nuncio Apostólico[40], y quien se encarga de presentar y proponer a la Santa Sede los candidatos de cada país para el episcopado es el Nuncio Apostólico[41]. Resulta evidente la aplicación a la Iglesia de idénticos patrones de promoción y designación de los partidos políticos.
El cardenal de Madrid busca una cantera de obispos que sean leales lacayos ideológicos (traduzco entre corchetes los eufemismos): «Un perfil con marcado carácter social [o sea, de izquierdas], sin doctorado en Teología [luego con una formación muy limitadita], y poca experiencia como párrocos [es decir, funcionarios eclesiásticos que desconocen la vida real de la Iglesia]». Reiteramos. Se trata del mismo procedimiento de selección y promoción que funciona en los partidos políticos modernos, lo que supone un cambio eclesial dramático: la pérdida de la fe en la divinidad de la Iglesia considerada una mera institución humana. La Iglesia deja de ser el Cuerpo Místico de Cristo, la comunidad cristiana en su curso histórico que alcanza la salvación por su ordenación a la eternidad, con la penetración de la fe y de la gracia en todas las dimensiones humanas. Ahora su salvación viene del mundo moderno y la democracia, del «espíritu del tiempo», de la Modernidad que es quien le marca las pautas de su i) expresión; ii) funcionamiento interno; iii) comunicación externa.
Confundiendo el inmutable cuerpo de verdades universales en sentido católico con lo caótico de sus desportilladas mentes, los dirigentes de la Iglesia del Vaticano II, al igual que los políticos de la democracia liberal, no es que sean cada vez más cínicos y mediocres, sino que son más nulos y amorales. No pensamos exagerar en nuestra «fenomenología del gaznápiro por lo civil y lo eclesiástico», por lo que pasamos a fundamentarla no fragmentariamente, sino en un contexto amplio.
El concepto de «mimesis» (imitación de un tipo especial) fue desarrollado por el filósofo católico y profesor de literatura René Girard. La mimesis caracteriza a la humanidad según Girard[42]. Al igual que otros animales, compartimos instintos que rigen los impulsos básicos para la promoción de nuestras vidas, pero también tenemos algo más: los deseos humanos. Estos últimos son abiertos y no determinados, luego decidimos lo que queremos aprendiéndolo de la observación de otras personas. Las nulidades episcopales actuales han aprendido así de las nulidades políticas modernas, imitando su mismo sistema de promoción y selección. Por ello, podemos decir con Jano García que «la ignorancia es más peligrosa que la maldad»[43].
El catolicismo tradicional era meritocrático y combativo, tendiendo hacia la política que es el ámbito donde se libran las batallas y se ganan o se pierden las victorias decisivas. En la Iglesia está la vida política de los pueblos y la vida cultural en su marcha histórica. Ese enfoque se dirige hacia la formación cultural, porque la cultura es donde se forma la comunión. De modo que unos obispos sin cultura teológica católica ―como de ningún otro tipo― no pueden favorecer la comunión católica, sino sólo la ideológica propia de los conspiradores de su partido radicalmente naturalista, que sirve al liberalismo en política y al modernismo en teología. Es la «Iglesia aparente» o «Iglesia de la propaganda», con sus funcionarios eclesiásticos que son los apóstoles del pluralismo sincretista-ecumenista, la democracia atea y la libertad religiosa en nombre de Dios.
Frente a ese liberalismo político y religioso, el tradicionalismo político hispánico desde la llamada Guerra de la Independencia en 1808[44], hasta la Cruzada de 1936 ha representado en la historia del mundo moderno la resistencia cristiana frente a la fuerza descristianizadora del Estado racionalista moderno. La tradición histórica hispánica está impregnada por el catolicismo tradicional, y se ha manifestado sumamente fecunda en su fructificación apostólica y cultural. No hay comunidad política o sociedad humana que tenga su fundamento último en el pluralismo religioso. Cuando en el mundo occidental se perdió la unidad religiosa, su principio de unidad se trasladó hacia los dioses falsos, como la «filosofía de las luces», el progreso social o la libertad sexual, entendidos idolátricamente desde una perspectiva antropocéntrica. Solamente en el acatamiento absoluto e incondicionado de un orden fundado en el principio de unidad, en el unum como trascendental del ser, que trasciende y fundamenta la pluralidad, se apoya la obligación del debido respeto a la pluralidad.
El monismo anticristiano se sustenta en la fuerza coactiva y, al afirmar la unidad, se disfraza propagandísticamente del pluralismo democrático en orden a combatir la soberanía trascendente de Dios Uno y Trino. Tras el engaño e inconsistencia aparente del pluralismo se encuentra disfrazado el culto anticristiano al principio de inmanencia, que fundamenta la construcción del Estado totalitario que tiende a la tiranía universal.
Una de las características del pensamiento y la cultura hispana[45] de todos los tiempos ha sido el realismo hasta el límite de lo macabro, lo soez y lo obsceno en su feroz carácter fustigador de todas las miserias humanas y costumbres corruptoras. Ya lo podemos observar en el filósofo Séneca en sus Cartas y en sus obras de teatro, pero más aún, en el poeta satírico y procaz Marcial en sus Epigramas. Una tradición continuada por Francisco de Quevedo en su obra La escuela de todos los vicios, que inspiró la obra de C. S. Lewis Cartas del diablo a su sobrino. Quevedo presenta a un diablo instructor que intenta cautivar a los estudiantes que esperan obtener titulaciones de «bachiller en mentir, licenciatura en engañar, doctor en robar y catedrático en medrar»[46].
Buena parte de la actual clase dirigente de la Iglesia ―de ínfima calidad y por ello enervada y deslegitimada― es digna de ser objeto de un estudio teratológico, a causa de su estructura saprófita que acelera su descomposición al estar asentada sobre el fin de:
- a) Protegerse mutuamente contra los escándalos y sonoros fracasos.
- b) Cuidar sus privilegios económicos, no exagerados, pero sí jugosos.
- c) Enquistarse en el poder con sus nombramientos y los de sus amigos.
Un elemento significativo de la identidad sacerdotal reside en que siempre la homosexualidad se consideró incompatible con la ordenación sacerdotal. La Iglesia ha reconocido tradicionalmente una inadecuación antropológica de las personas homosexuales para el sacerdocio, considerando la condición homosexual como presagio de rasgos incompatibles con los necesarios para la misión sacerdotal. No se trata del error voluntarista-pelagiano[47], se trata de comprender que el comportamiento homosexual estructura una serie de actitudes que no son coherentes con la vocación sacerdotal. Teniendo en cuenta que ningún comportamiento es neutral y que cada comportamiento moldea a la persona, el comportamiento homosexual moldea personalidades inadecuadas para el sacerdocio. El pecado produce la enemistad con Dios, pero no la anulación del ser natural. Incluso en la deficiente condición de naturaleza caída, puede el hombre hacer algún bien particular, aunque no todo el bien que le es connatural[48].
La libertad absoluta que reclama la mentalidad contemporánea genera, paradójicamente, identidades definidas que no son aptas para ejercer ningún tipo de responsabilidad, especialmente la religiosa. Una relación homoafectiva ―luego contra natura[49]― perfila identidades disimilares a las que construyen las relaciones heteroafectivas naturales. El sacerdote por la fe de la predicación y la gracia de los sacramentos engendra a Nuestro Señor Jesucristo en los fieles porque tiene como misión ser padre espiritual de las almas[50]. Una paternidad sobrenatural que no es ficticia, sino que, como la gracia presupone la naturaleza según el principio tomista, la paternidad espiritual se sustenta previamente en la paternidad psicológica natural, luego heterosexual[51]. Las relaciones homoafectivas niegan la paternidad real-natural, trayendo consigo un desorden grave en el orden psicológico-espiritual de cara a la estabilidad, la fecundidad y la responsabilidad social. En la Iglesia actual hay una clara ausencia de una reflexión doctrinal completa sobre la homosexualidad, pero también sobre el celibato y el sacerdocio. La «pastoral» no puede superar y derogar de facto la teología dogmática. El cristianismo es una fe dogmática que debe dirigir la naturaleza humana en el campo de los sentimientos y las emociones hacia la madurez afectiva.
Partiendo de la influencia psicológica feminizante propia del sodomita, se observa un claro objeto instrumentalizador: que la Iglesia cambie su juicio sobre la homosexualidad, canonizando la comisión y reivindicación de un grave pecado contra natura. El «vicio nefando» consiste en una neurosis obsesiva, un impulso completamente centrípeto que, trasladado al ámbito eclesiástico, lo que persigue es consolidarse en el mando y asegurarse el control del poder eclesiástico, con la finalidad de justificar la homosexualidad en general y con ella, la propia del clérigo en particular. Un modus operandi que santo Tomás resume con su habitual brevedad lúcida: «algo que es contrario a la naturaleza específica se vuelve accidentalmente natural para este individuo»[52].
La estructura particular del acto humano supone una interacción de dos facultades de orden espiritual: i) el entendimiento; ii) la voluntad. Para que se produzca este acto concreto es necesario no sólo que la voluntad quiera, supuesto que ya le ha sido presentado un bien racional, sino que la razón le mande hacerlo. En estos burócratas y matones que hoy dirigen una Iglesia en liquidación, las facultades del entendimiento y la voluntad se encuentran muy dañadas. Las secuelas son sus predecibles e indecorosos actos de pánico, que ceden a los chillidos histéricos de una clerigalla atormentada que carece de arreglo mental (metanoia) posible.
Sin embargo, no perdemos la esperanza natural-humana siguiendo al sabio: «No hay nadie tan vil que el amor no logre impulsarle, como por una inspiración divina, hacia la virtud»[53]. Así como la esperanza teologal-sobrenatural como dice Trento: «no hay nadie tan perverso y tan culpable que, si verdaderamente está arrepentido de sus pecados, no pueda contar con la esperanza cierta del perdón»[54]. Aunque sea inútil ignorar que lo único que acabará impidiendo el hacinamiento de estos rijosos mezquinos en un manicomio será una serie de gracias extraordinarias derramadas por Nuestro Señor Jesucristo[55]. Tres casos, uno reciente y otros dos contraejemplos del pasado.
- a) Durante la «Cumbre sobre Abusos» organizada a bombo y platillo por el Vaticano en enero de 2019, se eliminó la palabra «homosexualidad», culpando de los abusos sexuales a un evanescente «clericalismo» que Bergoglio es incapaz de definir.
- b) Aunque los historiadores no suelan mencionarlo, la práctica pecaminosa homosexual no se encuentra entre los catálogos de pecados referidos por la Iglesia antigua, en parte porque es un pecado ya en gran medida desaparecido en sus comunidades, y también para aplicar a este pecado la norma paulina[56].
- c) Giovanni di Lorenzo de Médicis, que reinó como papa León X[57] (1513-1521), fue un homosexual activo, pero nunca buscó en absoluto la justificación de la sodomía en la teoría o praxis eclesial. Exactamente lo mismo puede decirse en el campo heterosexual. A pesar de las numerosas inmoralidades de Alejandro VI que «fue víctima de una gran sensualidad y del excesivo amor por los hijos que tuvo de diferentes mujeres»[58]. El papa tuvo en total nueve hijos.
Por el contrario, Francisco favorece el estilo de vida homosexual. En lugar de renovar la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad, Bergoglio, de hecho, apoya el estilo de vida homosexual al decir que estas personas tienen que ser respetadas y que la Iglesia Católica no debería decir nada que perturbe la paz y la tranquilidad de las personas que han abrazado las prácticas homosexuales. El papa jesuita dice que «Dios Padre los ama con el mismo amor incondicional, los ama como son y los acompaña del mismo modo que lo hace con todos los demás, siendo cercano, misericordioso y tierno» (16-I-2024). Pero si Dios ama a los homosexuales tal y como son, significa que a Dios le encanta que cometan actos de sodomía, olvidando que la sodomía es una grave abominación y pecado mortal[59].
Francisco difunde la misma propaganda que los grupos homosexuales sedicentemente «cristianos». La sodomía estuvo prohibida en toda la Cristiandad durante la mayor parte de la historia por ser contraria a la ley natural. Con el rechazo del derecho natural clásico ―sustituido por el derecho político moderno secularizado― ha terminado por rechazarse la ley natural, por lo que dichas disposiciones contrarias a la sodomía han sido abolidas en la mayoría de las naciones. Sin embargo, en los países africanos, las leyes contra la sodomía permanecen como testimonio del vínculo entre derecho natural y ley natural. La Iglesia Católica enseña que «los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una auténtica complementariedad afectiva y sexual. En ningún caso pueden ser aprobados». Esto es, los homosexuales no tienen derecho a cometer actos de sodomía, porque son profundamente inmorales y socialmente destructivos.
El cardenal Joseph Ratzinger como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, emitió el documento Homosexualitatis problema en el que instruía a los obispos sobre la atención pastoral a las personas homosexuales. El texto exhortaba a los obispos a asegurarse de que ellos y cualquier «programa pastoral» en la diócesis «afirmaran claramente que la actividad homosexual es inmoral». «Por lo tanto, se debe prestar una atención pastoral y una preocupación especial a quienes padecen esta condición, para que no se les haga creer que vivir esta orientación en la actividad homosexual es una opción moralmente aceptable»[60]. El antecesor de Ratzinger al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Séper, ya había publicado otro documento casi diez años antes reafirmando que «No puede haber verdadera promoción de la dignidad del hombre si no se respeta el orden esencial de su naturaleza»[61]. A través de sus audiencias regulares y reuniones con destacados defensores del movimiento los derechos LGBT, como el jesuita sodomita James Martin, el papa Francisco ha dado mucha esperanza a estos activistas de que la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad podría cambiar en el futuro. Bergoglio ya defendió el reconocimiento civil de las uniones homosexuales (21-X-2020), además de autorizar la bendición de «parejas» del mismo sexo-.
CONCLUSIÓN
La mutación del comunismo en marxismo cultural no constituye una ruptura, sino una continuidad estratégica adaptada a las condiciones históricas de la posmodernidad. La revolución ya no se dirige contra las estructuras económicas, sino contra la naturaleza humana misma: la diferencia sexual, la ley moral natural, la familia, la autoridad y el orden trascendente. La ideología de género, la disolución de la identidad y la absolutización de la sexualidad expresan esta nueva fase de la lucha revolucionaria.
Frente a este proceso de deconstrucción antropológica, la defensa de la verdad sobre el hombre se convierte en una tarea urgente. La tradición cristiana, al afirmar la centralidad de la ley natural, la complementariedad sexual, la primacía de la verdad sobre el relativismo y la subordinación de la libertad al bien, ofrece el único marco capaz de resistir la disolución cultural contemporánea. No se trata de nostalgia del pasado, sino de realismo histórico: toda civilización que renuncia a su fundamento moral termina por destruirse a sí misma. Entre el comunismo de ayer y el pansexualismo de hoy, el conflicto de fondo sigue siendo el mismo: la negación de una naturaleza humana creada y ordenada por Dios.
[1] Freud confesó en múltiples ocasiones que su verdadera vocación y anhelo desde la juventud era la filosofía y no la medicina, cf. Freud, Sigmund, Epistolario, Plaza y Janés, Barcelona 1972, vol. II, p. 10.
[2] Cf. Choza, Jacinto, Antropología de la sexualidad, Rialp, Madrid 1991, p. 41.
[3] Cf. Marquez, Nicolás; Laje, Agustín, El libro negro de la nueva izquierda. Ideología de género o subversión cultural, Unión Editorial, Madrid 2016, p. 157.
[4] Cf. Moa, Pío, La sociedad homosexual y otros ensayos, Criterio Libros, Madrid 2001, p. 26.
[5] Cf. Guerra Campos, José, La Iglesia y el marxismo, Asociación de Universitarias Españolas, Madrid 1977, p. 20. El conocimiento del pensamiento marxista por parte de este obispo era perfecto.
[6] No obstante, los marxistas ortodoxos maximalistas, de estricta observancia soviética, consideraron a los intelectuales de la Escuela de Frankfurt (marxistas no dogmáticos) como unos herejes: «intelectuales burgueses, traidores», cf. Colom González, Francisco, Las caras del leviatán: una lectura política de la teoría crítica, Anthropos, Barcelona 1992, p. 43.
[7] El sentido teológico del pecado, como un acto con consecuencias que primero son de índole sobrenatural y trascendente, se ha desfigurado por completo en la Iglesia protestantizada. Es la consecuencia de reducir a Dios a la conciencia del hombre. El pecado es un apartamiento o transgresión voluntaria de la ley de Dios, y tiene dos componentes: i) la aversión o alejamiento de Dios; ii) la vuelta desordenada a las criaturas, cf. S. Th., I-II, q. 72, a. 2. El papa carece de autoridad para inventarse nuevos y absurdos «pecados ecológicos» (Laudato si, 2015, n. 20-26) o sociales, como rechazar la inmigración ilegal, porque, sencillamente no tienen el menor sentido teológico. Contra lo que afirma Bergoglio, apoyando así el marketing de las mafias del tráfico de personas, la expulsión de inmigrantes ilegales desde el punto de vista moral es buena, porque la inmigración ilegal es contraria a la ley natural y positiva. Por eso en el Estado Vaticano que él rige, nadie puede entrar ilegalmente sin ser expulsado. Nunca la enseñanza de la Iglesia se manifestó a favor de la acogida incondicional e indiscriminada de inmigrantes. «La regulación de los frutos migratorios según criterios de equidad y equilibrio es una de las condiciones indispensables para garantizar que las inserciones se produzcan con las garantías que exige la dignidad de los emigrantes» (Pontificio Consejo Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 2006, n. 298).
[8] Cf. Schneider, Athanasius, Credo. Compendio de la Fe Católica, Luz de Trento, Madrid 2024, p. 316.
[9] Cf. De Prada, Juan Manuel, Una enmienda a la totalidad. El pensamiento tradicional contra las ideologías modernas, Homo Legens, Madrid 2021, p. 352.
[10] Cf. Brague, Rémi, La Ley de Dios. Historia filosófica de una alianza, Encuentro, Madrid 2011, p. 317.
[11] Cf. Derisi, Octavio Nicolás, Los fundamentos metafísicos del orden moral, CSIC, Madrid 1951, p. 58
[12] Ratzinger, Joseph, El espíritu de la liturgia. Una introducción, Cristiandad, Madrid 2001, p. 223.
[13] Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1102 b 14.
[14] Cf. Varden, Erik, Castidad. La reconciliación de los sentidos, Encuentro, Madrid 2023, p. 67.
[15] Cf. CIC/1917, can. 1013 §1-CIC/1983, can. 1055 §1.
[16] Acerca de esta cuestión tan controvertida en la actualidad por efecto de las presiones de los grupos de presión homosexualistas a nivel político-social, mediático y eclesiástico, recomiendo dos obras recientes de un extraordinario teólogo y filósofo tomista, Andereggen, Ignacio, Bases para una psicología cristiana, Dyonisius, Roma 2022; La psicología ante la gracia, Dyonisius, Roma 2022.
[17] Del mismo modo que tampoco puede considerarse al documento Traditionis custodes (2021) como enseñanza o normativa oficial de la Iglesia, ya que se caería en una contradictio in adiecto. Esto es, la figura lógica y retórica que se refiere a una autocontradicción que se construye con un sustantivo y un adjetivo. El papa y los obispos son los custodios de la Tradición, lo que significa que no son sus dueños.
[18] Como atestigua una abundante bibliografía, cf. Ruitenbeek, Hendrik M., La homosexualidad en la sociedad moderna, Ediciones Siglo XXI, Buenos Aires 1965, p. 183; Oraison, Marc, El problema homosexual, Taurus, Madrid 1976, p. 39. El autor fue un controvertido sacerdote psicoanalista. En su tiempo era considerado como un progresista de manual. Dada la deriva prohomosexual del pontificado de Bergoglio, hoy se le etiquetaría como un moderado opositor
[19] Cf. Martínez Guisasola, José Manuel, Neomarxismo. Feminismo, marxismo y género, Sekotia, Madrid 2024, p. 222. Careceríamos de perspectiva histórica si pensáramos que ésta es la primera vez que se impone universalmente una ideología sin el menor respaldo científico. No otra cosa es el estado de naturaleza que configura la legislación a nivel mundial, cf. Rousseau, J. J., Contrato social, III, 15. Otro tanto puede decirse de la tesis freudiana acerca del origen de la religión, la moral y la sociedad en el complejo de Edipo y su sentimiento de culpabilidad, cf. Freud, Sigmund, Totem y Tabú, Alianza, Madrid 1970, pp. 186-187; Psicología de las masas y análisis del yo, Alianza, Madrid 1972, p. 169.
[20] Cf. Aristóteles, Metafísica, IV; S. Th., I, a. 78, a. 4, ad 1; Moa, Pío, La democracia ahogada. Ensayos sobre la España de hoy, Áltera, Barcelona 2009, p. 184.
[21] El dinamismo tendencial del apetito, que se manifiesta en la voluntad y en las pasiones, es coextensivo con el ser: se encuentra en todos los entes, cf. S. Th., I, q. 5, a. 5. Contra Freud, no hay un puro movimiento de atracción (pulsión), sino también uno de rechazo y fuga. Olvidar esto incapacita para juzgar el obrar humano y hasta el animal. Para conseguir los bienes congruentes a la naturaleza se requiere no sólo apetecer el bien, sino apetecerlo también a pesar de la dificultad.
[22] Cf. Kuby, Gabriele, La Revolución Sexual Global. La destrucción de la libertad en nombre de la libertad, Didaskalos, Madrid 2017, p. 262. Una obra de referencia que sabe condensar todo el proceso.
[23] Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1156 a 31-33.
[24] Cf. S. Th., I, q. 60, a. 3. El amor de amistad tiene como objeto un bien subsistente, mientras que el amor de concupiscencia tiende a un bien accidental o inherente.
[25] Cf. Martín Puerta, Antonio, «El concepto antropológico en Oswald Spengler», en Verbo, Madrid 2004, nn. 421-422, pp. 237-283. Más que de decadencia de Occidente, en el estadio actual en el que nos encontramos sería más correcto hablar de demencia de Occidente. En cualquier caso, Spengler tuvo gran repercusión sobre escritores como Thomas Mann y Hermann Hesse y sobre filósofos como Martin Heidegger o Theodor Adorno. Su teoría general de los ciclos culturales expresa el relativismo histórico.
[26] Un estudio de utilidad acerca del evolucionismo como teoría ideología, cf. Universidad de Salamanca, El evolucionismo en filosofía y en teología, Juan Flors, Barcelona 1956, p. 87.
[27] Cf. Gilson, Étienne, La metamorfosis de la Ciudad de Dios, Rialp, Madrid 1965.
[28] Cf. Garrigou-Lagrange, Reginald, La síntesis tomista, Desclée de Brouwer, Buenos Aires 1946, p. 291. Esta obra y la citada a continuación son las dos más logradas y meritorias de este gran tomista.
[29] También es lícita la petición de bienes temporales, «como sostén de la vida temporal y en cuanto nos sirven de instrumento para realizar la virtud», S. Th., II-II, q. 86, a. 6.
[30] Pr 1, 7. Siguiendo la tradición dominicana y carmelitana, este tema se expone con suma maestría en, Garrigou-Lagrange, Reginald, Las tres edades de la vida interior, Palabra, Madrid 1992, vol. I, p. 347.
[31] Fromm, Erich, ¿Tener o ser?, Fondo de Cultura Económica, México 2000, p. 109. Este psicoanalista judío denunciará airadamente la alienación y potencial violencia que producen las religiones monoteístas en los individuos y en la sociedad, apoyándose en las teorías del sexópata Wilhelm Reich al que admiraba.
[32] Cf. Marshall, Taylor, Infiltración. El complot para destruir la Iglesia desde dentro, Homo Legens, Madrid 2019, p. 233. Además de con brevedad, el autor analiza con claridad y contundencia los aspectos más dolorosos de la vida de la Iglesia desde la época de León XIII.
[33] Cf. Sertillanges, A. D., El amor cristiano, Poblet, Buenos Aires 1948, pp. 90-91.
[34] La manipulación demagógica del lenguaje en Francisco le lleva a intentar equiparar el aborto, que es el asesinato directo de una vida inocente y cuya banalización está provocando un verdadero genocidio, una creciente masacre que es uno de los cuatro pecados que claman al cielo por la justa venganza divina (cf. CEC, n. 1867; la sodomía también es uno de ellos), con las leyes de inmigración (13-IX-2024). Que son un asunto político prudencial y, por lo tanto, deben ajustarse en función de la capacidad de cada país para garantizar que su bien común no sea destrozado por avalanchas de extranjeros inasimilables.
[35] De Cervantes, Miguel, Don Quijote de la Mancha, II, p. 53. Dostoievski definió esta obra de Cervantes como «La última y más sublime palabra del pensamiento humano». Azorín proclamará que «El Quijote es nuestro símbolo y espejo». Y Dámaso Alonso: «Es la fe de España, él es España». La literatura española de finales del siglo XV hasta mediados del XVII, posee una fuerza, originalidad y profundidad que no han vuelto a aparecer en las letras hispánicas, habiendo alcanzado hoy un alto grado de trivialidad.
[36] Is 3, 9.
[37] Mt 7, 16; Lc 6, 43. De gran provecho espiritual y formativo son los comentarios tomistas a los evangelios, Santo Tomás, Catena aurea, Cursos de Cultura Católica, Buenos Aires 1946, vol. I, t. I, p. 215.
[38] Navarro-Pareja, José Ramón, ABC, 29-XII-2024.
[39] Esa excelsa lumbrera del pensamiento occidental como muestran sus voluminosas obras completas, todo un eximio Padre de la Iglesia y enemigo jurado del carrerismo. A pesar de que en sólo seis años pasara de ser un cura socialista en los suburbios de Madrid a cardenal, arzobispo de la segunda diócesis más grande de Europa después de Milán y vicepresidente de la Conferencia Emasculada Española.
[40] Cf. CIC, can. 363.
[41] Cf. CIC, can. 364 §4.
[42] Cf. Girard, René, El chivo expiatorio, Anagrama, Barcelona 2012, p. 129.
[43] Cf. García, Jano, El triunfo de la estupidez. Por qué la ignorancia es más peligrosa que la maldad, Plaza y Janés, Barcelona 2024. Aunque pueda parecer desesperanzado, en realidad el discurso del autor está bien articulado y es sensato, señalando al verdadero problema, que es el crecimiento del poder del Estado y la amenaza que eso supone para las libertades individuales.
[44] Cf. Esdaile, Charles, La Guerra de la Independencia. Una nueva historia, Crítica, Barcelona 2003, p. 95. Las raíces religiosas del levantamiento popular, así como sus posteriores consecuencias imponen una mayor atención esta contienda. La obra presta mayor atención de lo habitual a la influencia británica.
[45] Pese a que algunas intervenciones sean irregulares, en general hay interesantes aportaciones en Jiménez García, Antonio (ed.), Nuevos Estudios sobre Historia y Pensamiento español, Fundación Ignacio Larramendi, Madrid 2005.
[46] De Quevedo, Francisco, Teatro completo, Cátedra, Madrid 2011, p. 442.
[47] Cf. Dz, n. 199.
[48] Cf. S. Th., I-II, q, 109, a. 2.
[49] El pecado no es la naturaleza humana ya que todo ser, en cuanto ser, es bueno, cf. S. Th., I, q. 5, a. 3.
[50] La tradición de las enseñanzas pontificias al respecto es muy rica y abundante, cf. san Pío X, Haerent animo, 1908; Pío XI, Ad catholici sacerdotti, 1935; Pío XII, Mediator Dei, 1947; Juan XXIII, Sacerdotii nostri primordia, 1959. Además de las cartas de Juan Pablo II dedicadas a los sacerdotes cada Jueves Santo de su pontificado, así como las catequesis de Benedicto XVI durante el año sacerdotal 2009-2010.
[51] Cf. Calvo, María, Paternidad robada, Almuzara, Córdoba 2021, pp. 51 y 61.
[52] S. Th., I-II, q. 31, a. 7.
[53] Platón, Banquete, 179 a 7-8.
[54] Catecismo Romano, I, 11, 5.
[55] Cf. Royo Marín, Antonio, Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid 1955, p. 331. Es la gran obra del autor, donde se encuentra condensada toda su ciencia y experiencia en grado sumo.
[56] Ef 5, 3-4.
[57] Cf. Pastor, Ludwig, Historia de los papas, Gustavo Gili, Barcelona 1911, vol. VII, pp. 57-61. Hay que saber entre líneas lo que sutilmente dice este gran historiador de los papas, y completarlo con el siguiente volumen VIII. Otros historiadores eclesiásticos, pero sobre todo civiles serán mucho menos delicados.
[58] Paredes, Javier (dir.), Diccionario de los Papas y Concilios, Ariel, Barcelona 1998, p. 308.
[59] CEC, n. 2357; Schneider, Athanasius, Credo. Compendio de la fe católica, Luz de Trento, Madrid 2024, n. 545.
[60] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los obispos sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1986, n. 7.
[61] Congregación para la Doctrina de la Fe, Persona humana, 1975, n. 14.
