INTRODUCCIÓN
La interpretación del Alzamiento Nacional de 1936 como una Cruzada Nacional ha sido uno de los debates historiográficos, políticos y teológicos más intensos del siglo XX español. Lejos de tratarse únicamente de una confrontación por modelos de Estado —república o monarquía—, los acontecimientos que precedieron al 18 de julio revelan un escenario de persecución religiosa sistemática, descomposición del orden público y ofensiva ideológica contra la Iglesia Católica sin precedentes en la historia contemporánea de España.
La quema de conventos y templos desde 1931, la legislación abiertamente anticatólica de la Segunda República y el clima de violencia revolucionaria promovido por socialistas, comunistas y anarquistas configuraron una situación límite en la que amplios sectores del pueblo español —civiles y militares— percibieron que no estaba en juego únicamente un régimen político, sino la supervivencia misma de la civilización cristiana en España. De ahí que la Guerra Civil, vivida desde la zona nacional a medida que se conocían los crímenes anticlericales, fuese interpretada existencialmente como una guerra religiosa, una lucha por Dios y por la continuidad histórica de la España católica.
Este texto aborda el Alzamiento Nacional desde esa clave interpretativa: no como una simple “cuartelada”, sino como una reacción in extremis frente a un proceso revolucionario que amenazaba con borrar las raíces espirituales, culturales y políticas de la nación. Analizaremos la pluralidad de motivaciones de los sublevados, el papel decisivo del martirio religioso, las tensiones internas entre las distintas “familias” del bando nacional y la posterior evolución ideológica del régimen, así como el impacto decisivo que tuvo el giro eclesial del Vaticano II en la deslegitimación posterior de aquella Cruzada.
A pesar de que, como ha quedado manifiesto documentalmente, la Iglesia y los católicos españoles en general recibieron el nuevo régimen republicano sin oposición ―incluso hasta los carlistas―, muy pronto la quema de edificios religiosos de mayo de 1931 y las disposiciones anticatólicas de la Constitución (Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas) visibilizaron a una mayoría católica oprimida. La ofensiva anticatólica estaba dirigida por una coalición formada por grupos de naturaleza y fines muy diversos: i) republicanos de izquierda o jacobinos; ii) socialistas; iii) anarquistas; iv) comunistas. El único objetivo común y su verdadero vínculo de unión entre todos ellos consistía en el arrinconamiento y destrucción de i) la Iglesia Católica; ii) el catolicismo; iii) los católicos. De manera que la coalición que inició el Alzamiento Nacional el 18 de julio de 1936 se armó en torno a la defensa de la religión católica, por mucho que en el bando del Frente Popular quedasen aislados unos pocos católicos como los nacionalistas vascos, y por mucho que entre los generales sublevados no faltasen los republicanos y hasta los masones como Cabanellas[1].
A causa de la atroz persecución contra la Iglesia desatada en la zona bajo el poder del Frente Popular, en la zona nacional, a medida que se expandía y se conocían los crímenes y destrucciones perpetradas, la Guerra Civil inicial fue interpretada y vivida con razón como una guerra religiosa. Es decir, principalmente como una guerra en defensa de la civilización cristiana y de la Iglesia Católica, o sea, como una Cruzada de Liberación Nacional.
Dentro de la fenomenología de los generales sublevados, y que son los autores materiales del Alzamiento Nacional, destaca su apoliticismo en el sentido de no poseer ninguna unidad ideológica o programática. Pero preocupado por la radicalización de la situación político-social por parte de las izquierdas, además de previamente humillado por el antimilitarismo de los gobernantes republicanos y, particularmente de Azaña. En el Ejército, como elemento de orden por excelencia, el militar se alza sin muchos planes concretos constitutivamente políticos, sino sencillamente contra la anarquía y por una nación en orden y bien gobernada.
La primera polémica cultural y gran debate en el régimen de Franco se produjo en los años 50 y versó sobre si el concepto de «cruzada» aplicado a la Guerra de 1936[2]era o no adecuado a los hechos históricos. Frente a varios de los sectores intelectuales más granados de la Falange[3], que habían sido mimados con cátedras universitarias, y también de los democristianos en alza, el carlismo[4] y otras corrientes conservadoras cercanas al tradicionalismo, defendieron que el conflicto bélico había consistido en una guerra en defensa de la religión católica. Luego una Cruzada, la última Cruzada habida en la historia. Sin embargo, no fue esa la motivación primera ni de Franco ni de los generales republicanos o alfonsinos que le rodeaban. Las distintas proclamas y bandos de guerra de Franco desde Tetuán, Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife entre los días 18 y 21 de julio de 1936 acababan en su mayor parte con un «¡Viva la República!», demostrando que los militares se alzaban en defensa de la propia legalidad republicana asaltada violentamente por las fuerzas de izquierdas. Esto no puede entenderse sin conocer las famosas rectificaciones de la República de Ortega y Gasset y su famoso «¡no es esto, no es esto!», con el que defendía su legitimidad, pero criticando sus derivas radicales.
El 19 de enero de 1937, al inaugurar Radio Castilla, habló así el Generalísimo Franco:
Por la libertad de conciencia y el respeto a la religión y a las tradiciones […] luchan hoy muchos soldados contra la invasión ruso-comunista […]. En el orden religioso, a la persecución enconada de los marxistas y comunistas a cuanto representase la existencia de una espiritualidad, de una fe o de un culto, oponemos nosotros el sentimiento de una España católica con sus santos y con sus mártires, con sus instituciones seculares, con la justicia social y con su caridad cristiana.
En la línea de Ortega, que posteriormente será convertido en el intelectual oficioso del régimen, Franco mostraba su adhesión al ideal liberal conservador con estas palabras de su manifiesto: «sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales en nuestra patria, por primera vez y en este orden, la trilogía fraternidad, libertad e igualdad». A continuación, acababa con la proclama: «¡Viva el honrado pueblo español!», claro trasunto del «¡Viva España con honra!» de los revolucionarios de 1868. Estas palabras permanecieron en las transcripciones de las proclamas entonces radiadas, pero los vivas a la República fueron censurados por el Servicio Nacional de Propaganda hacia finales de 1938. Ya se empezaba a ver claramente que la evolución de la contienda y su próximo resultado final no significarían una vuelta de la República. Sencillamente, porque la guerra no había consistido en una guerra civil, esto es, en un enfrentamiento por el modelo de Estado republicano o monárquico[5].
Los dirigentes del Servicio Nacional de Propaganda, los falangistas Pedro Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo, ordenaron al joven Juan Beneyto suprimir esas primeras alusiones de la fraseología liberal y republicana de los archivos. Laín Entralgo jugaría un papel destacado en la promoción de Ortega durante el franquismo ―en detrimento de la filosofía escolástica―, con el también falangista y ministro de Educación Joaquín Ruiz Giménez. El mismo Ortega, insistimos, ―con un considerable peso intelectual en la Falange― que en su Rectificación de la República (1931) había afirmado: «yo, señores, no soy católico, y desde mi mocedad he procurado que hasta los humildes detalles de mi vida queden formalizados acatólicamente»[6]. Y sobre su apoyo a una Revolución que acabe con la Tradición afirma el filósofo español: «La Revolución no es la sublevación contra el orden preexistente, sino la implantación de un nuevo orden que tergiversa el tradicional»[7].
El general Emilio Mola había mostrado una línea laica y liberal republicana, hasta el punto de elaborar una «Instrucción reservada» el 5 de julio que incluía como directrices para un nuevo gobierno la «defensa de la dictadura republicana», la «separación de la Iglesia y el Estado; y la libertad de cultos». El carlismo, evidentemente, tenía una motivación bien distinta de la de otros sublevados, tanto política como religiosa. Pese a todo, el 15 de junio de 1936 el dirigente carlista Fal Conde acudió al monasterio de Irache (Navarra) para tratar de entenderse con el general Mola. Fal Conde y la Comunión Tradicionalista habían elaborado ya su propio plan con el también liberal general José Sanjurjo, jefe militar del Requeté, pero éste moriría el día 20 de julio en un accidente cuando volaba en dirección a Pamplona con la intención de ponerse al frente de los voluntarios tradicionalistas.
Los carlistas, esta vez por medio de Antonio Lizarza, jefe del Requeté navarro, acudieron a las nuevas negociaciones, exigiendo que la política tras la guerra debía responder a los dictados de la religión católica y que debía reconstruirse el Estado sobre bases sociales y orgánicas para acabar con el parlamentarismo y el sufragio liberal. Por otro lado, se exigía también usar la bandera roja y gualda, en vez de la bandera tricolor republicana con la que pretendían continuar los militares, aunque esto se presentaba como una imposición exclusiva de Miguel Cabanellas, masón del Partido Radical de Lerroux. En este contexto, las negociaciones parecían rotas sin solución. A fin de que el carlismo, que tenía gran capacidad militar y adhesión popular, se sumara a la insurrección, se le prometieron recompensas como la concesión de los ayuntamientos de Navarra. Además de que también se acabara permitiendo el uso de la bandera rojigualda. Bastantes carlistas lo vieron suficiente, como el conde de Rodezno. Por su parte, el pretendiente carlista don Javier de Borbón, preguntaba: «¿Y a esto supeditan Vds. todo el historial, todo el futuro de la Comunión, a que los Ayuntamientos de Navarra sean carlistas?». La situación era tal que el 13 de julio recibe Lizarza la orden de Fal Conde de no secundar el levantamiento, con el apoyo pleno de Don Javier[8].
No obstante, las circunstancias del asesinato de Calvo Sotelo[9], junto con el martirio de miles de sacerdotes y la destrucción de los templos, fueron las que aceleraron los acontecimientos mientras se posponían todos los debates. Siendo la fe de los combatientes nacionales y la sangre de los mártires las que fusionaron, «por Dios y por España», a todos los soldados de Cristo Rey y de la España católica.
Los carlistas, con enorme generosidad y valentía, acabaron luchando en la misma trinchera junto a sus aliados: i) revolucionarios falangistas; ii) conservadores clericales de la CEDA; iii) liberales alfonsinos. Muchos de los cuales eran, «hijos y nietos de quienes lucharon contra los carlistas»[10], como escribió sobre Mola su propio secretario Iribarren, lo que prueba la línea histórica continuadora del tradicionalismo carlista en su enfrentamiento con los enemigos de la religión y la patria[11].
El Alzamiento Nacional surgió como una reacción in extremis a la doble amenaza, extraordinariamente grave: i) salvar la constitución histórica de España ―de indudable civilización cristiana― de su ruptura y sustitución por el marxismo, salvando a la Iglesia Católica del exterminio sistemático al que estaba siendo sometida; ii) salvar la continuidad de la unidad de España, impidiendo su disgregación en unos cuantos pequeños estados hostiles entre sí y fácilmente manejables, satelizados por la URSS de Stalin. El 18 de julio no fue un pronunciamiento o cuartelada envuelto en luchas político-partidistas, sino la actuación de una parte del poder militar, secundado por miles de voluntarios civiles y legitimado por las claudicaciones y complicidades del poder político en una coyuntura revolucionaria. Ante la tentación de los partidos políticos, atentos en numerosas ocasiones sólo a sus intereses particulares, el franquismo se proclamó como un régimen sin partidos. Aunque esto era más bien una ilusión, pues en toda sociedad surgen partidos y banderías como reflejo de la gran variedad de posiciones, intereses y sensibilidades presentes en ella.
El franquismo denominó «familias» a los diferentes movimientos que lo integraban, fundamentalmente el católico ligado al episcopado, la Falange, el carlismo y los monárquicos conservadores de Renovación Española. Estos partidos eran muy distintos y poco amistosos entre sí. En cada uno de ellos había un sector minoritario abiertamente antifranquista, y dos de ellos estuvieron cerca de provocar el derrumbe del régimen: i) el monárquico conservador hacia el final de la Segunda Guerra Mundial y posguerra europea; ii) el católico democristiano con una labor de zapa desde mediados de los años sesenta coincidente con el Concilio Vaticano II. Si algo demuestra la realmente extraordinaria prudencia política[12] de Franco, realmente incomparable con cualquier político posterior y a la par que su destreza militar[13], fue su habilidad para mantener unidas a todas las familias, superando sin derramamiento de sangre las distintas crisis provocadas por las rivalidades entre ellas. Aunque todo sea dicho, la religión católica era la razón de ser que lo facilitaba en gran medida.
El catolicismo del Estado franquista no era más que la consecuencia de la realidad católica de España y una conditio sine qua non para el mantenimiento del mismo Estado y de la paz pública. No obstante, hacia la muerte de Franco y en buena medida por el cambio de rumbo y la crisis subsiguiente de la Iglesia, el régimen del 18 de julio se resquebrajaba en todas sus familias, lo que podía haber provocado un hundimiento catastrófico. Sin embargo, los logros políticos, morales, sociales, educativos, culturales y económicos de este, en particular una sociedad religiosa y políticamente reconciliada tras la Cruzada hacía que las tendencias extremistas y deseosas de enlazar con el marxismo del Frente Popular fueran extremadamente débiles.
En suma, tanto Franco y sus principales colaboradores políticos como el episcopado que vivió la Cruzada intentaron reanudar y proseguir el tracto cultural de la España católica de la mano de los contrarrevolucionarios y tradicionalistas no carlistas, Marcelino Menéndez Pelayo, Ramiro de Maeztu y Jaime Balmes. Básicamente, este era el pensamiento de los cardenales Gomá y Pla y Deniel junto con el resto de los obispos y el clero. La finalidad era evitar que se malograra la excepcional oportunidad abierta por la gloriosa reacción de 1936 «por Dios y por España», esto es, el entusiasmo heroico y martirial de la Cruzada y la victoria de 1939. Favoreciendo políticamente una salida monárquica tradicional al régimen personal del Caudillo, porque la realidad de que España fuera consustancialmente católica no constituía ningún problema histórico y su desarrollo material no implicaba una modernización en el sentido europeísta-protestante, es decir, secularizador.
El fracaso en la continuidad de los principios del régimen del 18 de julio no se centra tanto en el personalismo del Caudillo, debido a la imposible continuidad a lo largo del tiempo de la persona física que los encarnaba, el Generalísimo Franco. Sino que se debió en primer lugar a la traición de los clérigos que dirigían la Iglesia, y que arrastraron con ellos a buena parte de las elites intelectuales españolas y a las masas populares haciendo inviable el proyecto, a fin de sustituirlo por la democracia liberal que imperaba en el resto de los países europeos con los que nos equipararíamos. Pero la modernización política y social devino en la actual partitocracia de indiscutible hegemonía socialista, convirtiendo a España en la nación más anticatólica y antinacional del continente, donde se dan las tasas más elevadas de sectarismo político y de corrupción institucional.
Insistimos: el giro liberal del Vaticano II influyó decisivamente en la deserción de los intelectuales primero y del pueblo después. El origen real de la malhadada Transición fue el Vaticano II, que se divorció no sólo del franquismo, sino también de la misma historia de la Iglesia y de la propia religión católica. Socavando la legitimidad del régimen del 18 de julio al escupir su desprecio sobre las tumbas de los mártires y de los voluntarios y soldados que combatieron para salvar a la Iglesia de la persecución marxista, la Iglesia modernista del mitológico Concilio Vaticano II pedía perdón a sus verdugos pasando a apoyar a los comunistas, socialistas, separatistas y e incluso hasta a los terroristas de ETA.
La democracia cristiana asentada en el Vaticano II impulsó los peores errores de la Transición. Declarándose como un Estado confesionalmente católico[14], el franquismo, que en realidad era un régimen de cuatro partidos bautizados como «familias», intentó consolidar una alternativa no sólo al marxismo, sino también a la democracia liberal. No consiguió lo segundo, y fracasó ya inevitablemente cuando la Iglesia le retiró un apoyo que cedió con sumo gusto a sus enemigos, que no eran otros que los de España y los de la misma Iglesia. Por consiguiente, el divorcio del Vaticano II del franquismo que había salvado a la Iglesia del exterminio de sus enemigos fue mucho más decisivo que toda la oposición política o terrorista junta. De no ser por el prestigio de Franco y la solidez de la sociedad creada en el franquismo, la política suicida del desdichado Pablo VI y su camarilla habrían provocado una quiebra política de dimensiones catastróficas.
El cambio de la Iglesia, reiteramos, no fue sólo estratégico y circunstancial, sino que es fruto de un tendencioso cambio doctrinal de hondo calado. Suponiendo una alteración que afectaba a la constitución política de España como nación histórica, modificando un deber solemnemente pactado por el Estado español con respecto a la Iglesia Católica. Con excepción de Mons. Guerra Campos el silencio episcopal fue rotundo, ningún obispo, excepto el antes mencionado, declaró la vulneración de la ley divina natural y positiva, así como el derecho natural y no solamente lo pactado con anterioridad. Siendo este un principio básico del derecho: pacta sunt servanda.
Hoy el principal enemigo contra el que hay que luchar no es la Internacional Comunista sino su mutación en la Internacional Globalista[15], es decir, el simbionte formado entre el liberalismo capitalista protestante y las mutaciones político-culturales del comunismo tras la caída de la URSS. En otras palabras, el Nuevo Orden Mundial, sus organismos como la ONU o la UE, y sus proyectos como la Agenda 2030, todos ellos con el proyecto de sustituir definitivamente el paradigma cristiano por el masónico[16].
CONCLUSIÓN
El Alzamiento Nacional de 1936 no puede comprenderse adecuadamente si se reduce a una mera pugna entre proyectos políticos o a un conflicto civil más dentro de la historia europea del siglo XX. Su raíz profunda fue de naturaleza espiritual, cultural y civilizatoria. La violencia anticatólica, el martirio masivo del clero y de los fieles, y el intento de erradicación de la Iglesia en amplias zonas de España transformaron una sublevación militar heterogénea en una Cruzada vivida y asumida por el pueblo creyente como defensa de la fe, de la nación histórica y de un orden moral objetivo.
Aunque las motivaciones iniciales de muchos militares no fueron explícitamente confesionales, la realidad de la persecución religiosa y la sangre de los mártires otorgaron al conflicto un sentido que desbordó los planteamientos políticos originales. La posterior configuración del régimen franquista, con sus equilibrios entre “familias” ideológicas y su progresiva erosión interna, mostró tanto la grandeza como las fragilidades de un proyecto que aspiró a reconstruir un orden cristiano en la modernidad.
El verdadero punto de inflexión no fue tanto el agotamiento del franquismo como la ruptura eclesial posterior al Concilio Vaticano II, que deslegitimó moral y simbólicamente la Cruzada que había salvado a la Iglesia del exterminio. Desde entonces, la España surgida de la Transición quedó expuesta a un proceso acelerado de secularización, desarraigo cultural y disolución moral, hoy culminado en la hegemonía de un globalismo poscristiano que amalgama liberalismo y mutaciones culturales del marxismo.
Frente a este panorama, la lección histórica permanece: las civilizaciones no sobreviven cuando renuncian a su fundamento espiritual. La Cruzada de 1936 no fue únicamente un episodio del pasado, sino el último gran intento de preservar en España un orden social cristiano. La reconstrucción futura de la Ciudad —si llega— dependerá, como entonces, no de cálculos tácticos, sino de la fidelidad a la verdad: veritas prius pace.
[1] Cf. Fontán, Antonio, Episodios republicanos. Apuntes sobre religión y política en la Segunda República (1931-1936), Rialp, Madrid 2021, p. 142. El autor es un perfecto modelo de la coherencia demócrata-cristiana, publicando el libro 80 años después de haber sido escrito, a fin de que no repercutiera negativamente en su carrera política tanto en el tardo franquismo como en el régimen de 1978.
[2] Cf. Andrés-Gallego, José; Pazos, Antón; De Llera, Luis, Los españoles entre la religión y la política. El franquismo y la democracia, Unión Editorial, Madrid 1996, p. 133.
[3] Cf. Penella, Manuel, La Falange Teórica. De José Antonio Primo de Rivera a Dionisio Ridruejo, Planeta, Barcelona 2006, p. 311.
[4] Cf. Elías de Tejada, Francisco-Gambra, Rafael-Puy, Francisco, ¿Qué es el carlismo?, Escelicer, Madrid 1971, p. 102. Pequeño catecismo carlista y una síntesis magistral del pensamiento tradicionalista. Un sucinto y lúcido librito que introduce en la concepción perenne de la tradición religiosa, política y jurídica en que consisten las Españas.
[5] Cf. Andrés-Gallego, José, ¿Fascismo o Estado católico? Política, religión y censura en la España de Franco (1937-1941), Encuentro Madrid 1997, 252.
[6] Gracia, Jordi, José Ortega y Gasset, Taurus, Madrid 2014, p. 465. Viene a ser la biografía oficial del filósofo español y de la que, lógicamente, se encuentra ausente la menor crítica del personaje.
[7] Redondo, Gonzalo, Las empresas políticas de Ortega y Gasset, Rialp, Madrid 1970, vol. I, p. 282.
[8] Lizarza, Francisco Javier, «La conspiración antirrepublicana de 1936. El general Mola y la Comunión Tradicionalista», en Bullón de Mendoza, Alfonso (dir.), Las guerras carlistas, Actas, Madrid 1993, p. 259.
[9] Cf. Romero, Luis, Por qué y cómo mataron a Calvo Sotelo, Planeta, Barcelona 1982, p. 214.
[10] Iribarren, José María, Mola. Datos para una biografía y para la historia del Alzamiento Nacional, Librería general, Zaragoza 1938, p. 199.
[11] Cf. Lawrence, Mark, Las guerras civiles españolas. Una historia comparada de la Primera Guerra Carlista y el conflicto de 1936-1939, Alianza, Madrid 2019, p. 179. El enfoque del que parte el autor es tendencioso y maniqueo en su liberalismo acrítico, no obstante, acierta en la relación de causa y efecto entre ambos conflictos.
[12] Cf. Palacios, Leopoldo, La prudencia política, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1946, p. 109.
[13] Cf. Casas de Vega, Rafael, Franco, militar. La única biografía militar del primer soldado de España en el siglo XX, Fénix, Toledo 1995, p. 445.
[14] Cf. Guerra Campos, José, «Franco y la Iglesia Católica. Inspiración cristiana del Estado», en El legado de Franco, Fundación Nacional Francisco Franco, Madrid 1992, pp. 79-163. La vida de este obispo santo y sabio no estuvo exenta de ataques mediáticos y políticos, así como de intrigas bastardas dentro de la propia Iglesia. A pesar de ello nunca se dejó intimidar, continuando su labor apostólica y escribiendo con claridad sobre temas polémicos. Su fortaleza ante estas adversidades lo consolidó como una figura respetada por su coherencia y valor, al contrario que la mayoría del decadente episcopado español.
[15] Cf. López, Daniel, Historia del Globalismo. Una filosofía de la historia del Nuevo Orden Mundial, Sekotia, Madrid 2022, p. 329.
[16] Cf. Guerra Gómez, Manuel, Masonería, religión y política, Sekotia, Madrid 2012, p. 327. Esta es la obra más completa del autor acerca de la masonería, siendo su producción sobre ella vastísima, ya que era su principal conocedor en el ámbito mundial junto a Ricardo de la Cierva.
