INTRODUCCIÓN
Los primeros años de la Segunda República española estuvieron marcados por una creciente tensión política y social que pronto derivó en episodios de violencia abierta. En diversas regiones del país, enfrentamientos entre obreros, fuerzas del orden, militantes políticos y grupos ideológicos rivales comenzaron a multiplicarse, reflejando una profunda fractura dentro de la sociedad española.
Sucesos como los asesinatos de guardias civiles en Castilblanco, los disturbios en Arnedo o los choques en Bilbao evidenciaron un clima cada vez más polarizado. Al mismo tiempo, la aparición de milicias civiles y organizaciones paramilitares, tanto en la izquierda revolucionaria como en sectores tradicionalistas y nacionalistas, anticipaba una dinámica de confrontación que desbordaba la política parlamentaria.
Este periodo, lleno de huelgas, levantamientos y discursos cada vez más radicalizados, fue configurando el escenario que años después desembocaría en la Guerra Civil española.
El 1 de enero de 1932 los españoles se enteraron de que en el pueblo extremeño de Castilblanco campesinos socialistas habían asesinado con navajas y cuchillos a cuatro guardias civiles, a los que machacaron a continuación con piedras y palos, mientras varias mujeres bailaban a su alrededor. Los socialistas tenían tres ministros en el Gobierno, que era el primero, después de jurar como presidente de la República, sin evangelios ni crucifijo, el católico Alcalá Zamora la Constitución que antes había atacado, pidiendo su revisión. Toda la prensa marxista mantenía una tenaz campaña, con la consigna «disolución de la Guardia Civil», originando una inquietud que se tradujo en numerosos encuentros, que produjeron dos muertos en Epila, otros dos en Jeresa, amén de atentados como el que costó la vida a un sacerdote en las cercanías de Bilbao. El día 5, unos guardias civiles, en Arnedo, bajo el recuerdo de Castilblanco, rechazan sin miramientos una manifestación de huelguistas, produciendo seis muertos y más de treinta heridos. Entre los muertos figuraban cuatro mujeres. El general Sanjurjo, director de la Benemérita, fue destituido, mientras en el Congreso se decía de él: «Es un cura con tricornio», «Hay que arrastrarlo».
No todos acosaban a la Guardia Civil. Entre las reacciones favorables señalamos una manifestación en Valladolid, la primera reseñable de las incipientes milicias jonsistas. El día 4 escribía Onésimo Redondo en Libertad: «No salvaremos la nación de la barbarie soviética sin organizar una falange extensa de españoles de todas clases dispuestos a defender con sus personas la vida civilizada de España.» «Hay que formar las milicias civiles de España, haciendo frente en primer término, con sagacidad y legalidad, hasta donde sea posible, a la franca y solapada oposición gubernativa.» Onésimo quería hacer de la Universidad «el cuartel civil de las futuras generaciones»
El 17 de enero, con motivo de un mitin tradicionalista en el frontón Euskalduna, de Bilbao, se produjeron diversos encuentros, socialistas de una parte y requetés y nacionalistas, de otra; escenario, los alrededores del frontón, local de la Juventud Nacionalista Vasca y Círculo Tradicionalista; resultado, tres muertos socialistas. Al día siguiente, declarada una huelga general, fueron incendiados el diario La Gaceta del Norte y un convento de monjas. Los tiroteos y explosiones se extendieron por la ciudad y fueron detenidos cientos de personas, entre ellas un buen número de requetés y afiliados a los «Luises».
Los ataques socialistas a los partidarios de Aguirre, futuro presidente de Euzkadi, se justificaban con la consigna lanzada contra él por Indalecio Prieto: «Quiere establecer un Gibraltar vaticanista.» Aguirre, aprovechando la organización de mendigoitzales, creada por montañistas en 1921, había puesto en pie una extensa milicia. Casi simultáneamente, bajo el mando del coronel retirado Sanz de Lerín, se había reorganizado en Navarra el requeté, con finalidad defensiva de conventos y locales propios. Siempre que se producía un debilitamiento de la dinastía reinante, surgían con pujanza brotes carlistas. En 1930 aparecen las Asociaciones Escolares Tradicionalistas, que fueron las primeras en oponerse a las violencias de la F. U. E. en la Universidad. Su éxito las llevó a una ampliación de actividades. La A. E. T. navarra recogía la masa estudiantil y además encubría con denominación de «Socios Protectores» a muchos de los requetés de Pamplona, que para llamar menos la atención hacían en ella sus ejercicios militares»
Entre sus núcleos más activos figuraba el de Madrid, en donde destacaron y alcanzaron celebridad tres hermanos Miralles, que detenidos gubernativamente provocaron, en 1932, un eco de simpatía que llevó a la organización de un mitin de protesta por su encarcelamiento. Se celebró en el teatro de la Comedia el 21 de febrero. En la presidencia figuraron los estudiantes Pedro Gómez Ruiz, que regía entonces la Asociación; su hermano Adolfo, Manuel Pombo Ángulo y Tomás Lucendo. Ante una concurrencia numerosísima, Pedro Gómez Ruiz explicó la razón del acto «en pro de la libertad de los hermanos Miralles, infatigables luchadores contra el masonismo de la Institución Libre de Enseñanza»; Adolfo Gómez Ruiz puso de relieve los ataques de la F. U. E. contra los tradicionalistas por su movilidad en las facultades, olvidándose de haber sido los introductores de las pistolas en la Universidad. Pombo Ángulo criticó a Maura, ministro de la Gobernación durante los incendios de conventos en mayo, y Lucendo abogó por la unidad de los católicos frente a los laicistas.
Quienes han juzgado al carlismo como un simple empecinamiento dinástico no podrían entender su revitalización, a pesar de que en octubre de 1931 había muerto Don Jaime, proclamándose pretendiente el hermano de Carlos VII, Don Alfonso Carlos, único descendiente varón, a partir del cual el carlismo entraría sucesoriamente en un incomprensible galimatías familiar.
Los grupos de acción de la Federación Anarquista Ibérica, dominando a la C. N. T., pusieron en marcha una subversión que llegó el día 21 a proclamar por las armas el comunismo libertario en seis pueblos de la cuenca del Llobregat. La represión fue tajante y rápida. Azaña declaró en la Cámara: «He dado al general de la División quince minutos entre la llegada de las fuerzas al lugar de los sucesos y el aplastamiento de los sublevados.» Un cenetista, el comandante Giménez, acusó en el Congreso al ministro de la Gobernación, Casares Quiroga, de «asesino de obreros» y «Napoleón de guardarropía». Fueron deportados a la Guinea 104 obreros. Como protesta se recrudece la plaga de las huelgas revolucionarias con su secuela de muertes. Según Pestaña, dirigente de la Confederación sindicalista, el intento sofocado no era más que un simple ensayo.
Las juventudes socialistas celebran el 10 de febrero un congreso nacional en el que marcaron una posición que les convertía en verdaderos comunistas, con quienes terminarían unificándose. En sus conclusiones pedían: Acentuación de la lucha de clases. Eliminación del espíritu patriotero entre los obreros. Retirada de las tropas de Marruecos. Supresión del presupuesto de guerra. Desarme total y la creación de milicias juveniles, jue justificaban argumentando así: «Si por un acontecimiento el Poder viniera a manos del partido socialista, no podemos correr el riesgo de encargar su custodia a la Guardia Civil o a otra fuerza mercenaria. Serán los jóvenes socialistas los encargados de esta misión, para lo cual deben de tener sus milicias preparadas.»
A continuación el partido comunista español reúne su IV Congreso Nacional durante el mes de marzo en la ciudad de Sevilla. Hasta entonces carecía de importancia numérica y de unidad. Pese a su habitual exageración, según la memoria leída, asistían al congreso veinte delegados juveniles en representación de solamente tres mil quinientos afiliados. De allí salieron las M. A. O. C, Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, que tenían como instructor militar a Francisco Galán, hermano del fusilado en Jaca. En el periódico Libertad, Onésimo acusaba la aparición de estas milicias señalando: «Bastan en cada provincia unos centenares de jóvenes disciplinados, idealistas, para dar en el polvo con esa amenaza roja. Es la hora de acudir alarma.» La proclama estaba fechada un 18 de julio.
Los ateneístas que gobernaban el país tenían capacidad para los desplantes dialécticos y hasta ideas atractivas, pero la nación no se sentía mandada. Y si en lo material no encontraban resultados prácticos, en lo espiritual sus medidas tenían la propiedad de herir los sentimientos de la mayoría de los españoles, señaladamente en lo relativo a la Iglesia y especial mente en materia de enseñanza; las preocupaciones culturales republicanas se reflejaban en una mayor dotación estatal para la educación, alcanzándose el 6,60 del total de los presupuestos. Pero muchos esfuerzos se perdían por sectarismo; así, el problema señalado por el ministro de 45.000 niños sin escuela en la capital, que se repetía en Barcelona, se agravaría con la disolución y expulsión de la Compañía de Jesús, acto en el que no se ahorraron escenas vejatorias, como la conducción por policías de jesuitas esposados. Todo se hacía con agresividad en la forma y resentimiento en las ideas. Así, el director general de Primera Enseñanza, el socialista Llopis, suprimía el crucifijo de las escuelas, con objeto «de respetar, sin coacciones, la conciencia del niño». Muy pocos dudaban de la necesidad de una profunda reforma agraria que sacara al campo de su miseria de siglos, pero la empresa requería decisión y seriedad técnica, pues las soluciones eran complejas y difíciles. Desgraciadamente, fue abordada con métodos sin adecuado estudio, en los que parecía más importante rebajar a la aristocracia terrateniente que elevar al campesino. Mientras proliferan las milicias civiles armadas y uniformadas, Azaña presenta los primeros presupuestos republicanos, con una drástica reducción en lo concerniente al Ejército, exclamando en las Cortes: «Ya nadie habla del Ejército en España», queriendo expresar así su postración política.
CONCLUSIÓN
Los acontecimientos de los primeros años de la Segunda República mostraron hasta qué punto la convivencia política en España se estaba deteriorando rápidamente. La proliferación de milicias armadas, la radicalización ideológica y los constantes episodios de violencia reflejaban una sociedad profundamente dividida.
Mientras el gobierno trataba de aplicar reformas estructurales en medio de una fuerte oposición, distintos movimientos políticos y sociales comenzaron a organizarse para defender sus propios proyectos de país, muchas veces mediante la fuerza. El debilitamiento de las instituciones y la creciente desconfianza entre los distintos sectores de la sociedad fueron alimentando una espiral de enfrentamientos.
En ese contexto de crisis política, social y moral, se fue gestando el ambiente que acabaría desembocando, pocos años después, en uno de los conflictos más dramáticos de la historia de España: la Guerra Civil.
