INTRODUCCIÓN
Los primeros años de la Segunda República española fueron escenario de una intensa agitación política en la que comenzaron a surgir nuevos movimientos ideológicos entre la juventud. En ese contexto apareció el jonsismo, impulsado por Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo, que pretendía articular una alternativa nacional-sindicalista frente al marxismo y al liberalismo parlamentario.
Uno de los primeros intentos de hacer visible públicamente este movimiento en Madrid tuvo lugar en el Ateneo, con una conferencia titulada «Fascismo frente a marxismo». Aquel acto, organizado por un reducido grupo de militantes de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS), reunió a numerosos opositores y terminó degenerando en un enfrentamiento violento.
Este episodio no solo reflejaba la fragilidad del naciente movimiento jonsista, sino también el clima de polarización ideológica que caracterizaba a la sociedad española de principios de los años treinta.
El primer acto de propaganda del jonsismo madrileño consistió en un intento de conferencia de Ramiro Ledesma en el Ateneo de Madrid. El tema, «Fascismo frente a marxismo», congregó a los veinticinco militantes de las JONS frente a un centenar de socialistas y comunistas. Ramiro se presentó vistiendo camisa negra y corbata roja, el confuso rojo y negro stendaliano y anarquista, sedujo desde el principio al fundador de La Conquista del Estado. La organización del acto era una prueba del valor y decisión del conferenciante y sus seguidores, pues nunca dudaron de que el final inevitable sería una batalla campal, como sucedió realmente, y en la que fue herido el estudiante Luis Batllés.
Cuando Europa parecía condenada a caer en las garras del comunismo staliniano, cuyos métodos estaban en la frontera de lo incivilizado, el fascismo italiano, instaurado por Mussolini, salvó al viejo Continente con la acción directa frente a la violencia roja, compatibilizando la revolución social con la Patria. El fascismo prendió en gran parte de la juventud europea, sin excluir,claro está, la española. En Francia surgía «elfrancismo»; no tardaría en aparecer el rexismo en Bélgica, las «mocidades» en Portugal, y en Inglaterra los «camisas negras» de sir Oswald Mosley. Ya con anterioridad los estudiantes británicos se habían opuesto, en 1925, a la huelga general marxista, y eran también evidentes las simpatías escolares en los Estados Unidos con la American Legión.
Pero el movimiento más sugestivo y poético fue el iniciado por Codreanu con otros catorce estudiantes de bachillerato en los bosques rumanos de Dobrina, la Legión de San Miguel, que en1931se transforma en la Guardia de Hierro.
Ramiro de Maeztu, que no pudo liberarse como conservador, de las «naderías muertas», con que en su juventud había acusado a Menéndez y Pelayo, declaró, al observar la reacción estudiantil, que constituían una aristocracia que sólo en el pasado excepcionalmente había sido revolucionaria.
La extensión internacional del fascismo suponía una contradicción con su acentuación nacionalista. También en nuestra Patria las nacientes agrupaciones de este carácter, casi sin excepción, huían del calificativo fascista. Ya en los primeros números de La Conquista del Estado Bermúdez Cañete escribía: «No se diga que esto es fascismo; el fascismo no podrá salir de Italia. Nosotros lo que queremos es una honda revolución española.»
De no haber sido derribada la Monarquía, el fascismo español hubiera sido como el italiano inicial, republicano y socialista. Los acontecimientos de los seis primeros meses del nuevo régimen, por reacción natural, atenuaban los extremismos. De ahí el error táctico de Ramiro, al empeñarse en nacer y crecer en ambientes considerados en la terminología de entonces de izquierda avanzada. La clave de estos comienzos puede contemplarse en un libro: ¿Fascismo en España? publicado en 1935, con el seudónimo de Roberto Lanzas, en él explica «los esfuerzos hechos en España para organizar de modo brioso un movimiento político, de entraña nacional profunda y grandes perspectivas sociales, mejor dicho socialistas, lo que las gentes llaman por ahí fascismo».
Ramiro aglutinó una bien dotada minoría, que elaboró las bases por donde discurriría en el futuro la acción del jonsismo. En este año de 1932 aparece en «descubierta precursora» el libro de Ernesto Giménez Caballero Genio de España, escrito en tono exaltadamente profético, dirigido preferentemente a los jóvenes. «No será extraño —decía— que esta voz la oigan con el tiempo millares de gentes de corazones juveniles, sanos, ingenuos y desinteresados.» Después de recorrer los «trece 98» que fueron hundiendo la Patria, criticaba la objetividad de Ortega, ponía de relieve la inutilidad de las soluciones propugnadas por las derechas y las izquierdas, para terminar con un canto a la resurrección del genio de España, pero advirtiendo: «El fascismo para España no es fascismo, sino catolicidad.» El libro de Giménez Caballero era la más alta cima literaria de las nuevas ideas.
En las esferas oficiales no se sentía la menor preocupación por los endebles brotes estimados como fascistas, máxime cuando otra crisis apasionaba a los partidos. Esta vez Azaña forma Gobierno sin los radicales e incorpora como ministro de Estado a Luis de Zulueta, disidente del catolicismo, que había sido propuesto para embajador en el Vaticano y era una figura relevante de la Institución Libre de Enseñanza.
Casi simultáneamente al pase de Lerroux a la oposición, don Ángel Herrera, que pronto abrazaría el sacerdocio, cede la presidencia de Acción Nacional a José María Gil Robles, quien a favor de mejores circunstancias redoblaría la actividad de la organización y cambiaría su nombre por el de Acción Popular. Muchos estudiantes católicos llevaron sus preocupaciones políticas a este partido; en sus juventudes, la disciplina y el espíritu ofensivo les daba de hecho carácter fascista.
Las persecuciones que originó el 10 de agosto hicieron refugiarse en Acción Popular a buena parte de los legionarios de Albiñana, estudiantes monárquicos y otros hasta entonces neutrales. Con ello adquirió aún mayor auge la sección juvenil del bloque populista, frenando considerablemente el crecimiento del jonsismo.
En enero de 1933 triunfa Hitler en Alemania. Las impresionantes formaciones nacional-socialistas influirían fuertemente en las juventudes españolas, inclinándolas hacia sus modos y parte de sus ideas. El partido hitleriano jamás se denominó fascista; preferían el apellido de socialistas y su política internacional discrepaba de la italiana.
Llegaban al Poder democráticamente, ganando de forma arrolladora unas elecciones preparadas y controladas por sus enemigos. Mientras, en España había aparecido el término «enchufismo» para designar con él la acumulación de cargos de los hombres gobernantes.
No cesó el dramático sendero de sangre del Régimen. Después del 10 de agosto había sido abolida la pena de muerte; sin embargo, los cadáveres prohibidos oficialmente en el Congreso se amontonaban en las calles, en donde pasaban de cuatrocientas las víctimas en desórdenes públicos en menos de cuatro meses. La supresión de la muerte como castigo legal alcanza trágica contrapartida en enero en Casas Viejas, un pueblecito de la provincia de Cádiz. Promovida por los anarcosindicalistas, bullía en armada rebelión buena parte del país. Dentro de ese desconcierto, unos campesinos proclaman en Casas Viejas el comunismo libertario. La represión gubernamental fue tan cruel como desesperada la resistencia de los sublevados, quienes, con un desprecio heroico por la vida, hicieron necesarias numerosas fuerzas de asalto con bombas de mano para que fuera reducido su fortín, una choza de paja defendida por el cabecilla «Seisdedos». Son necesarios más de cien guardias para dominar a la docena de anarquistas, que murieron ante las ametralladoras de los sitiadores cuando salían de la choza incendiada. Otros doce prisioneros cogidos en el pueblo fueron fusilados por los de Asalto, sin quitarles las esposas. Los españoles se enteran, entre asombrados y sobrecogidos, que en el expediente incoado figuraba atribuida al jefe del Gobierno, Manuel Azaña, la orden dada a los oficiales que dirigieron la represión: «Ni heridos ni prisioneros; los tiros, a la barriga.»
El 10 de agosto, que hizo sufrir las consecuencias a muchos que nada tenían que ver con el levantamiento, llevó consigo la suspensión de ciento veinticuatro periódicos, entre ellos el vallisoletano Libertad. Ledesma Ramos fue detenido; Onésimo Redondo lo evitó, pasando la frontera portuguesa.
Esta situación redujo casi a cero la actividad jonsista, de forma que son los estudiantes católicos y los tradicionalistas quienes llevan la iniciativa en la protesta estudiantil el 31 de octubre, con motivo del viaje a Madrid del jefe del Gobierno francés, Herriot. Popularmente, se veía en la visita del político galo una alianza militar. Nuevamente marcan la tónica los estudiantes de la Facultad de Medicina de Madrid, que se niegan a entrar en clase y se manifiestan gritando contra la guerra y el imperialismo francés. Al día siguiente, en la Universidad Central, Jiménez Asúa, en días muy cercanos cabecilla estudiantil, es abucheado por un grupo numeroso de alumnos, pese al intento de defensa llevado a cabo por afiliados a la F. U. E. En Barcelona, la represión de la fuerza pública contra la protesta de los universitarios fue de tal dureza que provocó una huelga escolar.
Los acontecimientos de fuera de las fronteras, sumados a los sucesos interiores, produjeron en el primer trimestre de 1933 una polarización de núcleos importantes en número, alrededor de la anunciada aparición de un semanario titulado descaradamente El Fascio. No se mostró ajeno a este proyecto periodístico Ramiro y su equipo, ansiosos de encontrar vehículo para exponer sus ideas. También Rafael Sánchez Mazas y José Antonio Primo de Rivera, sobre quien ya convergían muchas miradas esperanzadoras. El periódico tenía por subtítulo «Haz Hispano», y en el centro de la primera plana figuraba el inevitable llamamiento «a la juventud española». Por fortuna, aquel brote, sospechosamente poblado por antiguos servidores de la Unión Patriótica, fracasó al recoger la policía, el 16de marzo, la edición casi íntegra.
El episodio del «non nato» periódico fascista dio lugar a una correspondencia entre José Antonio Primo de Rivera y Juan Ignacio Luca de Tena, publicada en el A B C. «Sabes bien —dijo entonces el primogénito del dictador—, contra los rumores circulados estos días, que no aspiro a una plaza en la jefatura del fascio que asoma. Mi vocación de estudiante es de las que peor se compaginan con la de caudillo. Pero como a estudiante que ha dedicado algunas horas a meditar el fenómeno, me duele que ABC —tu admirable diario— despache su preocupación por el fascismo con sólo unas frases desabridas.»
Si el jonsismo arrastraba una vida sin relieve, no así las tácticas e ideas que propugnaba. Ramiro Ledesma volvía a la cárcel en enero de 1933, por culpa de un viejo artículo. Allí recibió la inesperada visita de una docena de estudiantes, «algunos de ellos antiguos comunistas», que le propusieron organizar las JONS en la Universidad Central. No le planteaban simples proyectos, le hablaban de grupos ya organizados. Aparecían como destacados José Guerrero, Diego Aparicio y Alberto Ortega. Aparicio soñaba entonces con un Sindicato Español Revolucionario. Aquel sector, sobre el que Ramiro construiría el jonsismo madrileño, probó su decisión en un alboroto en la Facultad de Derecho el 10 de marzo, logrando imponer sus gritos frente a los intentos de entonar la Internacional por parte de los fueístas.
En noviembre se había recibido la primera inscripción femenina del jonsismo. Era de la estudiante de Filosofía y Letras Justina Rodríguez de Viguri. Como no estaba prevista la admisión de mujeres, Justina, en prevención, masculinizó su nombre, sustituyendo la «a» final por una «o». Más adelante Ramiro aceptó la propuesta del sector de Filosofía de admitir mujeres, y Justina quedó encargada del encuadramiento en su Facultad. La actividad de Alcalá Galiano, 8, despacho madrileño de José Antonio, centrada bajo el nombre de Movimiento Español Sindicalista, tampoco caía en tierra yerma; por el contrario, contribuía a madurar el lanzamiento definitivo. El M.E. S. alcanzó cierta extensión provincial; en Oviedo incluso dio públicas señales de vida, repartiendo hojas de propaganda, tiradas en ciclostyl; en el paseo del Bombí, en una concentración de labradores, tras los correspondientes golpes, fueron detenidos siete estudiantes, entre ellos Eugenio Miñón, José Esteban, Antonio Pérez Campoamor y José María García Cernuda. En otros lugares comenzaron a operar pequeños núcleos, sin conexión con Madrid, adivinando lo que había de ser; así, fue en Sevilla en donde dos estudiantes, Narciso Perales y Juan Domínguez, consiguieron las primeras adhesiones de sus compañeros.
Ramiro buscaba con ansia las ocasiones de operar públicamente. Llegó una oportunidad con la proyección en el cine Actualidades de una película comunista titulada «Los soviets deportivos». El local solía ocuparse con afiliados a las juventudes comunistas y socialistas; el golpe, que consistía en embadurnar la pantalla con pintura negra en el momento de la aparición de Stalin, debía llevarse a cabo con rapidez y habilidad. Tomaron parte veinte afiliados; eran casi todo lo movilizable. En las últimas filas, quince de ellos suscitaron en el momento oportuno un conato de pelea, y cuando los demás espectadores se levantaron para mirar hacia atrás, los cinco encargados de manchar la pantalla arrojaron el líquido con toda eficacia. La confusión fue de tal naturaleza que no pudieron los de Asalto realizar ni una sola detención.
Después de una conferencia en Lisboa entre los dos jefes jonsistas, en el mes de abril, pareció reanimarse el partido. Reunidas dos mil pesetas, proyectaron una revista, tomaron un local para reunirse clandestinamente y se imprimieron las primeras hojas y manifiestos que llegaron a las Universidades. Hasta entonces la propaganda tomaba a menudo formas ingenuas, como hacer circular monedas de cobre de diez céntimos a las que se habían grabado las iniciales JONS.
En mayo de 1933 apareció el primer número de la revista JONS, bajo la consigna «Por la Patria, el Pan y la Justicia». En la presentación que Ramiro hizo se leía: «La revista JONS no será para el partido un remanso, un derivativo que suplante y sustituya en nuestras filas el empuje elemental, violento, el coraje revolucionario, por una actitud blanda, estudiosilla y razonable»; y terminaba pidiendo «fe en el esfuerzo de la juventud nacional». La venta del periódico se llevó a cabo casi exclusivamente por estudiantes de la Central y de los institutos Lope de Vega, Calderón y Cisneros, mandados por Diego Aparicio, José Guerrero, Cándido Sáez, Maté y Fernando González. La venta dentro de la Universidad costó un duro encuentro con los elementos de la F. U. E., cuya importancia era todavía manifiesta, hubo heridos por ambas partes, y por la decisión de Fernando González, que con su pistola hizo frente a la avalancha contraria, se salvó la situación. En Granada, gracias al entusiasmo de José María Gutiérrez Ortega, se hizo visible el jonsismo en la Unievrsidad. El 6 de mayo el periódico El Defensor de Granada publicaba una nota que reflejaba la actividad desplegada:
«El Gobierno de la República, con evidente acierto, ha prohibido la propaganda del fascismo en España. A pesar de tal prohibición, esos elementos organizan su propaganda, y en la Universidad casi todos los días se reparten manifiestos de las JONS. Esto entra de lleno en el terreno de lo intolerable.»
La revista JONS, laboratorio que proporcionaba la teoría revolucionaria necesaria, tenía su redacción en el Café del Norte, en la madrileña Red de San Luis; en aquella tertulia y en los primeros números encontraremos importantes aportaciones intelectuales, que, sumadas a las de La Conquista del Estado, suponían una minoría con fuerza creadora. Entre ellos, Eugenio Montes, Santiago Montero Díaz, Jesús Ercilla, José María Castroviejo y José María Cordero, amén de un joven vallisoletano, Javier M. de Bedoya, y el bilbaíno José María Areilza. Con fecha 30 de mayo, Ramiro Ledesma se dirigió a los estudiantes, instándoles a proseguir en las vacaciones su apostolado revolucionario:
«Camaradas: Finaliza el curso universitario, y ello os dispersa a vuestras provincias, os vuelve al círculo familiar, a las amistades antiguas y a la calma de las vacaciones. Pero el partido vigila la marcha y estima de gran interés orientar la actividad de los camaradas estudiantes en los próximos meses de verano.
Ha tenido lugar en las últimas semanas la presencia de las JONS como bandera rotunda de la juventud nacional. Os habéis unido a ella con entusiasmo fervoroso, dispuesto a nutrir las avanzadas del partido. Pusisteis voces y gritos nacionales en los recintos donde hasta aquí triunfaban las inconsciencias traidoras y los vejámenes marxistas contra la Patria. Cumplisteis las consignas del partido con decisión insuperable. ¡Bien por los camaradas estudiantes de las JONS!
Todos, pues, a conseguir:
- Que en octubre haya en vuestras ciudades y pueblos núcleos jonsistas
- Que los obreros y gentes del campo conozcan los propósitos justos del
- Que nadie confíe en la democracia liberal-parlamentaria, como medio de aniquilar el poder marxista y de conseguir la paz y prosperidad nacional.
- Que todos los jóvenes a quienes aliente un deseo de derrotar al marxismo se den cuenta de que ello se logra militando en nuestro partido, aceptando nuestra consigna de «Revolución nacional española frente a la revolución socialista», y abandonando esas pacíficas organizaciones, desde las que ancianidades con careta juvenil os recomiendan paciencia, prudencia y cursos de electoral sabiduría.
- Que se extienda con pulcritud y pureza la significación del partido, evitando esos confusionismos con que hoy se nos calumnia, y reafirmando tenazmente nuestro absoluto desdén hacia las personas que levantan fuera de las JONS bandera de reivindicación nacional con espíritu reaccionario y baldío.
- Que sean las JONS quien en toda ocasión y momento desarrollen la máxima violencia contra la barbarie
El manifiesto fue recogido por la policía casi íntegramente. El grupo de Santiago suplió este contratiempo colocando dos hojas en la puerta de la Universidad y haciendo guardia para impedir su rotura.
El jonsismo gallego, que debía su fuerza inicial a la personalidad del profesor Santiago Moreno Díaz, recibió el refuerzo de un buen propagandista, Jesús Suevos, que estudiando en Madrid se había afiliado a la F. U. E.
Gilberto de la Llama, matriculado en la Universidad de Valladolid, llevó la simiente jonsista a Santander y formaría parte del primer triunvirato de mando, del que era cabeza visible el pintor Pancho Cossío y secretario otro estudiante de diecisiete años, Arturo Arredondo. El núcleo jonsista de Murcia surge también con estudiantes: Antonio Torrecillas , José Miras, Manuel Mora, Antonio Molina, Manuel Santo y Lizón.
Aquel verano, tan agitado en sus aguas políticas, conoció la realización de una sugestiva idea universitaria. Bajo la batuta de don Manuel García Morente, la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid organizó un crucero mediterráneo en el «Ciudad de Cádiz». Unos centenares de estudiantes, guiados por sus profesores Elías Tormo, Enrique Lafuente Ferrari, Ángel González Palencia, Julio Martínez Santaolalla, Jaime Vicens Vives, con universitarios destacados: Tovar, Marañón Moya, Granell, Diez del Corral, Marías, Alonso del Real, Díaz Plaja. El viaje fue calificado por Gregorio Marañón como «periplo de alegría, de salud y de inteligencia…; crucero fecundo, no recreo de millonarios más o menos frívolos…; la Universidad, con sus maestros y con la gente joven, recogiendo por esos mares la vieja historia viva». Un concurso convocado entre los viajeros para la obra que mejor recogiese el sentido del crucero fue ganado por Carlos Alonso del Real, con su Diario de un estudiante viajero, obteniendo menciones Julián Marías y Manuel Granell. Dos años después, Guillermo Díaz-Plaja publicará, sobre el mismo tema, Cartas de navegar.
En la calle de Ferraz madrileña, próxima a la plaza de España, se había establecido una residencia escolar, regida por el presbítero Escrivá de Balaguer, con la sigla DYA, cuya traducción oficial parecía corresponder a Derecho y Arquitectura, aun cuando para algunos significaba Dios y Audacia.
En abril se creó la «Asociación de Amigos de la Unión Soviética», persiguiendo con la adhesión de intelectuales, aun cuando fuera sumariamente, aminorar el aire bárbaro de la revolución rusa. L’Humanité, comentando la constitución de los «amigos de la U. R. S. S.», escribía: «Los estudiantes que simpatizan con el comunismo están en una proporción del 33 por 100 en el seno de la organización profesional, la F. U. E.» Si el porcentaje señalado podía ser no tan acusado, era evidente que el enflaquecimiento numérico fueísta daba como resultado una creciente escalada hacia los mandos de sus elementos marxistas. El documento de constitución de los «amigos de Rusia», el término U.R.S.S. no cuajaba popularmente, aparecía con las firmas de estudiantes de la F.U. E. y de intelectuales del máximo relieve; eran solamente los marxistas como Negrín, Roces, Jiménez Asúa, Hernando; allí estaban los nombres de Marañón, Baroja, Benavente, Valle-Inclán y Concha Espina, entre otros. Ninguno de éstos simpatizaba con la ideología comunista, como lo demuestran sus escritos de entonces y su comportamiento posterior, pero era una ocasión de mostrarse tolerantes, postura siempre difícil en España e indudablemente necesaria.
Ramiro buscaba ocasiones de hacerse notar y le pareció fácil y de seguro relieve una demostración contra la confusión que el comunismo podía lograr a través de esa asociación. Decidió ocupar el local social llevándose la propaganda. El 14 de julio, día señalado, se encontraba en las oficinas el profesor socialista Wenceslao Roces, quien fue atado y amordazado. Los asaltantes destrozaron el mobiliario y se llevaron toda la documentación. El hecho alcanzó la resonancia prevista y la Policía organizó una inconcreta persecución, deteniendo a más de cien sospechosos; entre ellos no se encontraba ninguno de los autores. Pocos días después, los jonsistas de Santander, en su mayoría estudiantes, penetraron en la Universidad de Verano, en donde maniobraba la F. U. E. a su antojo, y el retrato que presidía, de Alcalá Zamora, apareció colgado al día siguiente en los jardines del paseo de Pereda.
Antes de finalizar el verano comienza a repartirse propaganda de un grupo dirigido por José Antonio Primo de Rivera y Julio Ruiz de Alda; las hojas llevaban en un recuadro las iniciales F. E., que solía traducirse por sus repartidores indistintamente como Fascismo Español o Fe Española. Nadie identificaba la «F» con el término Falange, a pesar de haber sido utilizado ya en La Conquista del Estado.
El director general de Seguridad, Andrés Casaux, inventó un complot con objeto de terminar con los «fascistas» y de paso con los anarquistas de la F. A. I. Los detenidos pasaron de tres mil, y en el penal de Ocaña se mezclaron el padre Gafo, los pistoleros de la Federación Anarquista Ibérica, monárquicos y jonsistas.
Por si no fuera bastante la confusión que producía tanto grupito fascista en su casi totalidad, reaccionarias partidas de la porra, este conglomerado reunido por la policía azañista, era capaz de equivocar a cualquiera.
En esta atomización de agrupaciones antirrepublicanas, tal vez deba mencionarse la dirigida por Rafael Blanco Caro con el nombre de Hueste Española.
CONCLUSIÓN
El intento de conferencia en el Ateneo de Madrid constituyó uno de los primeros gestos de propaganda pública del jonsismo madrileño y puso de manifiesto tanto la determinación de sus promotores como el ambiente de confrontación política que dominaba la España de la Segunda República.
Aunque en sus inicios el movimiento contaba con escasos militantes y una presencia limitada, sus ideas comenzaron a difundirse en ciertos círculos universitarios y juveniles, donde encontraron terreno fértil para desarrollarse. Al mismo tiempo, la proliferación de organizaciones políticas y milicias de distintos signos ideológicos contribuía a intensificar la polarización del país.
Aquellos primeros actos, modestos pero simbólicos, formaban parte de un proceso más amplio de radicalización política que marcaría profundamente la vida pública española en los años previos a la Guerra Civil.
