1. En su conversación con el conde de Rodezno, en torno al decreto de Unificación, el lunes 12 de abril, Franco estuvo más explícito: temía enfrentamientos entre sus partidarios. Se rompió el secreto, aunque seguía sin darse publicidad al tratamiento. Los días 14 y 15 comenzaron a llegar al Cuartel General telegramas de adhesión, en especial desde Zaragoza, Pamplona y Palma de Mallorca: a muchas personas parecía llegado el momento de poner fin a las querellas y divisiones políticas. Así pues, cuando Manuel Hedilla regresó a Salamanca de su viaje a las provincias del Norte, pudo comprobar que su posición personal se hallaba deteriorada. Tenía prevista una reunión del Consejo Nacional de Falange el 25 de abril; ante la situación, decidió adelantar la fecha, convocando a los consejeros para el día siguiente, viernes 16, plazo excesivamente corto, adecuado para crear confusión. Llamados con urgencia, los consejeros nacionales comenzaron a afluir hacia Salamanca.
A las once y media de la mañana del 16 de abril de 1937 Agustín Aznar, José Moreno y Sancho Dávila, que habían estado reunidos horas antes en un local de Falange, se presentaron a Hedilla y le comunicaron que habían tomado la decisión de destituirle: en adelante gobernaría el Partido, como en sus primeros tiempos, un triunvirato que ellos mismos iban a componer y del que actuaría como secretario Rafael Garcerán. Tras este minúsculo golpe de Estado, los flamantes triunviros acudieron al Cuartel General y fueron recibidos por Franco. Pero éste, que sin duda seguía con atención los acontecimientos, se limitó a recomendarles que mantuviesen a toda costa la unidad. El teniente coronel Antonio Barroso llamó a Hedilla —sin duda a sabiendas del Generalísimo— para recomendarle que si temía por su seguridad se refugiase en el Cuartel General en donde siempre estaría a salvo.
Se había producido una irremediable división en Falange Española. Seguramente el Caudillo pensó que ésta hacía más urgente y necesaria la unificación proyectada, pero en cuanto al hecho mismo de la contienda se mantuvo neutral. No existe ningún documento que permita afirmar que Franco jugó en favor o en contra de Hedilla acción alguna. Una vez tomada su decisión, el 11 de abril, como sabemos, nadie iba a desviarle del camino emprendido.
2. El hecho es, sin embargo, que estuvo a punto de producirse, el 16 de abril de 1937 una pequeña guerra civil en Falange Española o un amago de noche de «cuchillos largos» que abortó sin duda por las previsiones pacificadoras y disciplinarias adoptadas por el Generalísimo y porque la propia Falange estaba lejos de las reyertas. José Antonio Girón, que mandaba a las milicias de Valladolid, y Laporta, que dirigía las de Salamanca, impidieron a los suyos todo movimiento. En la tarde de aquel mismo día Hedilla decidió recobrar el control sobre el Partido reuniendo en su torno a los dirigentes que le acompañaran en su reciente viaje y a los que se instruía en Pedro Llen, lugar cercano a Salamanca, con Von Hartmann y otros oficiales alemanes. Caída la noche, los hedillistas, armados de pistolas y bombas, se dirigieron al domicilio de Sancho Dávila. La Guardia Civil tuvo que intervenir para alejarles. Marcharon entonces hacia la residencia de Garcerán en donde se inició el tiroteo: murieron dos falangistas, uno de cada bando, José María Alonso Goya, y Manuel Peral. Acudió finalmente el comandante Doval con sus guardias y encerró en celdas separadas a los agitadores detenidos.
Lo sucedido, desde el punto de vista de un militar puro, como era Franco, revestía la mayor gravedad: en el curso de una guerra de las proporciones que asumía la española, enfrentarse con las armas en la mano para dirimir una querella política, equivalía a un acto de traición. Justificaba ciertamente la urgencia de llevar a la práctica el decreto de Unificación. Hedilla, que creyó tener el camino despejado, decidió reunir el Consejo de Falange el 18 de abril, domingo. Transcurrió el día 17 en medio de gran tensión.
Los periódicos nacionales del 18 de abril anunciaban en primera plana que el Generalísimo Franco hablaría por radio a las diez y media de la noche para comunicar al país importantes decisiones. El III Consejo Nacional de Falange se reunió bajo la presión de este anuncio que Hedilla explicó diciendo que Franco había decidido asumir sin dilación el mando político. Qué significaba esto no se sabía con precisión, pues muchos dudaban de si, en el seno de un Movimiento Nacional, Falange Española conservaría su independencia como partido. Se puso a votación, como Hedilla deseaba, el nombramiento de un Jefe de Falange: los consejeros eran veintidós, a falta de algunos detenidos; diez votaron a favor de Hedilla, ocho se abstuvieron y cuatro se pronunciaron por candidaturas diferentes.
3. Manuel Hedilla estuvo presente en el Cuartel General aquella noche, a las diez y media, cuando, con absoluta puntualidad, el Generalísimo pronunció el discurso que se había anunciado. Es posible que se viese sorprendido por el tono del mismo: Franco estaba comunicando al país que había decidido crear un Movimiento integrador de todas las fuerzas políticas legítimas, que no era un Partido ni como tal supeditador de las estructuras del Estado y que, además, se presentaba como restaurador de las esencias tradicionales de España. Las palabras, tal y cómo han llegado a nosotros, tras los retoques que se efectuaron antes de convertir el discurso en un escrito, conservan contundente claridad.
«Con la conciencia clara y el sentido firme de mi misión ante España… pido a todos una sola cosa, unificación… no quiere decir conglomerado de fuerzas ni concentraciones gubernamentales… Pido unificación en la marcha hacia un objetivo común, tanto en lo interno como en lo externo, tanto en la fe y en la doctrina como en sus formas de manifestarlas ante el mundo y ante nosotros mismos». El Movimiento Nacional, al que se incorporaron como principios axiomáticos los 26 puntos de Falange —fue suprimido el que hubiera obstaculizado las relaciones íntimas entre Iglesia y Estado— no se presentaba como Partido sino como Proyecto de acción política, abierto y no cerrado, inserto en la tradición histórica española con la que Franco decía identificarse.
Siguiendo la pauta de Víctor Pradera, el Generalísimo interpretaba la Historia de España como resultado de tres grandes ejes o misiones: el de la conformación de la nacionalidad, a través de la Reconquista, culminando con los Reyes Católicos; la defensa de los valores cristianos frente al mundo europeo que los combate, hasta culminar heroicamente, pero sin victoria, con el carlismo; la de restauración de estos mismos valores, iniciada con la Dictadura de Primo de Rivera, continuada después por las JONS y por Falange Española, hasta culminar, en pura esperanza de futuro, en el Alzamiento nacional.
También hizo Franco una contraposición ejemplarizante de «la democracia verbalista y formal del Estado liberal», con su demanda abstracta de libertad que permanece en pura teoría, con las dos libertades, concretas y esenciales, sobre las que descansa la dignidad de la naturaleza humana: «libertad moral, al servicio de un credo patriótico» y «libertad económica, sin la cual la libertad política resulta una burla». En esta ocasión, y como consecuencia lógica de su razonamiento —es conveniente establecer la comparación con la contenida en el discurso de 1 de octubre de 1936— el Generalísimo utilizó también el término Estado totalitario para definir al que debía sustituir a la República.
Conviene detenerse un momento porque hay palabras graves que si se emplean inadecuadamente desvirtúan la realidad.
Todos los Estados que nacen de la evolución del liberalismo, independientemente de la forma en que organicen la sucesión en el poder o su relevo, son totalitarios: se anulan todos los privilegios —leyes o normas privadas—, se reserva a sus órganos de poder la decisión última y no admiten que exista principio que no les quede sometido. Aunque no nos guste, a esto es a lo que se llama progreso, y se justifica en nombre de la justicia social y de la igualdad entre todos los ciudadanos, pues no existe otra igualdad que la de los sometidos. La forma en que esa totalidad se venía ejerciendo —y se ejerce aún— es el Partido político. Frente a los varios Partidos de la democracia liberal, el marxismo, el nacional-socialismo y el fascismo optaban resueltamente por un solo Partido; y atribuían a éste, y siguen atribuyendo —socialismo es libertad, no respeta la libertad— a él sólo el totalitarismo. De acuerdo con esta fórmula es el Estado el que se supedita al Partido y los ministros y Gobiernos se convierten en meros ejecutores de su voluntad.
Franco pretendía exactamente lo contrario y comenzaba a expresarlo todavía en forma muy incorrecta. Subsumida en el Movimiento, Falange Española de las JONS, a la que dedicó cálidos elogios en aquella noche del mes de abril, pasaba a convertirse en importante mecanismo de un proceso político que se declaraba abierto y, por lo mismo, cambiante, evolutivo. Nunca consentirá Franco a Falange, ni a ninguna otra opción política, proclamar yo soy el Movimiento o yo soy la libertad, porque lo único que él consideraba inamovibles eran los principios del Cristianismo y la integridad histórica de España. Así lo entendió, sobre la marcha, el cardenal Gomá.
A punto ya de concluir, su largo discurso, el Generalísimo hizo la afirmación que en él era constante. «Cuando hayamos dado fin a esta ingente tarea de reconstrucción espiritual y material, si las necesidades patrias y los sentimientos del país así lo aconsejaran, no cerraremos el horizonte a la posibilidad de instaurar en la nación el régimen secular que forjó su unidad y su grandeza histórica». Exactamente lo mismo que una semana antes dijera a von Faupel. De cómo cumplía Franco su palabra es testimonio hoy la Monarquía restaurada.
